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Cartas a Antonia

jueves, 13 de mayo de 2021 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Cuando Alfredo Molano Bravo falleció, era uno de los 11 comisionados de la Verdad, entidad constituida dentro del Acuerdo de Paz suscrito en La Habana. Se trataba de uno de los colombianos con mayor conocimiento sobre el conflicto armado y la perturbación de la vida campesina, y que podía, por lo tanto, aportar muchas luces para esclarecer lo que había sucedido en Colombia durante más de medio siglo de violencia.

Como sociólogo, periodista y escritor fue un crítico vehemente de los desastres de la guerra y la desidia de gobernantes y políticos para obtener reales medidas de solución social. En tal carácter, se dedicó a conocer la entraña del conflicto armado mediante entrevistas con diversos colombianos residentes en todos los confines del país.

Era un viajero impenitente que a bordo de su campero se desplazaba por la geografía colombiana, provisto de libros, libretas de apuntes y pocos atuendos personales, y recorría a pie los sitios más remotos y abruptos, siempre con el afán de dialogar con la gente y entender sus problemas. Cuando murió, quedaron 126 pares de tenis, según cuenta su hijo Alfredo. Y dejó publicados 27 libros, otro de relatos sin concluir y 3 más sin editar. En ellos está el testimonio de toda una vida de estudio, análisis, denuncia y protesta social.

Entendió las angustias del campesino, los despojos de la tierra y la injusticia con que siempre se le ha tratado. Supo que las guerrillas nacieron como un método de defensa contra los terratenientes y los políticos usurpadores, si bien con el tiempo surgió en los guerrilleros el apetito de riqueza con los narcóticos y desfiguraron su causa. Todo esto comenzó a relatarlo como periodista estrella de El Espectador, y después lo plasmó en sus libros. Sufrió el destierro, y nunca se apartó de la verdad. Su labor le mereció el Premio Nacional de Periodismo y el título de doctor honoris causa de la Universidad Nacional.

Cartas a Antonia es su libro póstumo, editado por Aguilar en agosto de 2020. Lleva el prólogo de su hijo Alfredo y la enternecedora imagen de su nieta Antonia, la adoración de su vida, quien desde niña lo acompañó en muchas de sus correrías, recibió sus enseñanzas, compartió sus penas y alegrías y entendió el sentido de sus luchas. Este libro es un recorrido por Colombia en el que el abuelo lleva de la mano a su nieta, le muestra paisajes y maravillas ecológicas, le señala la miseria humana, le resalta los valores de la vida y le inculca el amor a la patria.

Cuando un día aparecen los primeros síntomas del cáncer, el abuelo presiente que se aproxima el final de la jornada. Pero no pierde la esperanza de sobrevivir. Tiene la valentía de describir por escrito, paso a paso, el proceso de la enfermedad, como si se tratara de una historia clínica. Y siente miedo y confusión ante el tratamiento médico, cada vez más perverso y extenuante. Todo esto se lo narra a su nieta perpleja, ahora ya una adolescente de 14 años que adquirió asombrosa madurez bajo la guía y el cariño de su abuelo.

Alfredo Molano murió en Bogotá el 31 de octubre de 2019, a los 75 años de edad. En el cementerio, Antonia se despidió de él con palabras entrañables y serenas. Y más tarde hizo una evocación del saco rojo que él siempre llevaba puesto: “No me hallo sin ti y solo veo ese saco rojo que abrazo cuando me haces falta”.

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El Espectador, Bogotá, 8-V-2021.
Eje 21, Manizales, 7-V-2021.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-V-2021.
Aristos Internacional, n.° 42, Alicante (España), junio/2021.

Comentarios 

Preciosa remembranza de este soldado de la paz, quien la buscó con ahínco y fue un viajero incansable y conocedor como nadie de las carencias y angustias de las comunidades más pobres de nuestro territorio. La bella relación con su nieta Antonia es hermoso ejemplo de un ser que desborda cariño y afecto en medio de su infatigable labor. Gustavo Valencia García, Armenia.

Excelente libro. Nos lleva por la historia de Colombia, nos permite entender el problema de la tierra, el despojo, la usurpación por parte de los terratenientes, problema vigente y causa de la violencia en el país. La relación con su nieta, llena de ternura; su enfermedad lleva a las lágrimas. Martha (en El Espectador).

Bella semblanza. Todos los libros del señor Molano son hermosos, pero este es el que deja a flor de piel todo el amor que siente por su nieta y la tristeza de morir sin haber terminado la tarea que le había sido encomendada en la Comisión de la Verdad. Ana Celina (en El Espectador).

Los fantasmas de Guayacanal

martes, 1 de octubre de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Conforme avanzaba yo por Guayacanal, la reciente novela de William Ospina editada por Panguin Random House, surgía de la entraña de los montes y del encanto de los paisajes un mundo alucinante. Son 248 páginas movidas por el asombro, el embrujo y la poesía. Lo que el novelista sintió al descubrir la historia de sus bisabuelos lo transmitió con autenticidad para que el lector sintiera su propia emoción, como si fuera un miembro más del grupo de colonos que a mediados del siglo XIX salió de Sonsón, Antioquia, a descuajar montañas en las tierras vírgenes del norte de Tolima.

Esta corriente de antioqueños sintió el deseo de buscar un nuevo mundo más allá de  los horizontes azarosos. Era preciso desafiar los peligros si querían obtener las riquezas que se escondían en el territorio indómito. Los seducían las guacas en que los indígenas habían enterrado sus tesoros, y sabían que en la exuberancia de las tierras baldías estaba el futuro para ellos y sus descendientes.

Largos días transcurrieron en medio de grandes penalidades. Caminaron sometidos a las enfermedades de la selva, el hambre y el asalto de las fieras, antes de llegar a la tierra presentida. Benedicto, el bisabuelo, hombre duro y visionario, puso el pie firme en el terreno conquistado y ayudó a Rafaela, su mujer formidable, a desfilar por entre matorrales y laderas de horror. No supo cómo hicieron para atravesar la hondonada que carecía de puente, para llegar a la finca, ni qué espíritu lo iluminó para saber que aquella tierra sería la futura morada.

Lo que sí tuvo claro fue el encuentro de una plantación de guayacanes, y ahí mismo resolvió que el predio se llamaría Guayacanal. El nombre pasó de generación en generación hasta el día de hoy, y el escritor, que siempre había soñado con rescatar la memoria de sus antepasados, con ese título bautizó la novela. Manera genuina para sacar del olvido las historias fantásticas y crear de paso otro pueblo mítico, como Tipacoque, Comala o Macondo.

En este contorno tolimense se retrata, por otra parte, la historia del país. Se pinta el éxodo de gentes sencillas y laboriosas manejadas por la aventura y el ansia de progreso. En su tránsito por otras latitudes fundaban pueblos y sembraban sus propias raíces. La colonización antioqueña es un hecho histórico que definió la suerte de varias comunidades y formó núcleos familiares que impulsaron la vida social de pueblos y regiones.

En Guayacanal se estrechó la convivencia de varias familias –mejor: de una sola familia con diversas ramificaciones– en medio de sudores, esfuerzos, penas y alegrías. La novela se encarga de revivir el pasado, y en sus páginas vibran la música, los tiples, los tangos, los amores y desamores de antaño. Allí se vivieron largos días de paz, pero en los años 50 estalló en los alrededores, y en el país entero, el fragor de la violencia, del odio y las pasiones. Famosos bandoleros surgieron en la zona y acabaron con la paz edénica.

Guayacanal es Colombia. Es la patria de todos, vapuleada por la insania y la maldad humana. Estos reflejos agitaban la mente del novelista, y este no recobró el sosiego hasta dialogar con sus propios fantasmas –los de la finca y los de su espíritu–, para saber sobre sus ancestros. Y forjó su novela, la más personal de todas, escrita con magia, pulso sereno, alegría y ánimo emotivo, con la que muestra una época y una familia fabulosa.

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El Espectador, Bogotá, 28-IX-2019.
Eje 21, Manizales, 27-IX-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 29-IX-2019.

Comentarios

Guayacanal es la memoria de un país que se mueve entre el olvido y el miedo. Es una radiografía de una sociedad que no ha nacido para ser país. Tan solo somos intentos fallidos. Sin embargo, sus gentes son el tesoro y su territorio, aunque violado constantemente, aún da la esperanza y el compromiso de quedarse para insistir en el arado y el abono en pro de un país mejor. Gracias, William Ospina: la historia es una buena vieja que nos invita a dialogar con el tiempo vivido y los sueños por cumplir. a.puentes (correo a El Espectador).

Bella y sentida columna sobre la hermosa novela-reportaje Guayacanal del escritor grande, William Ospina. Carlos-Enrique Ruiz, Manizales.

Información explícita y concisa acerca de Guayacanal. He leído varios libros de Ospina y me encanta su forma de pensar, expresar y describir. Además, su amplio conocimiento de la Historia se refleja en ellos para deleite del lector. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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El legado de Adel López Gómez

miércoles, 26 de junio de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nació en Armenia el 18 de octubre de 1900, y a los 20 años se trasladó a Medellín, donde inició su oficio periodístico. Años después se radicó en Bogotá y se vinculó a Cromos, El Gráfico, Revista de las Indias, Revista de América, El Tiempo y El Espectador. La labor más notable la desarrolló en La Patria, de Manizales, donde se residenció en 1940 por el resto de sus días.

Allí sobresalió como uno de los cuentistas más importantes del país. Maestro de la crónica y del género costumbrista, sus artículos en La Patria representan un dechado de pulcritud idiomática y belleza literaria. Esta virtud le valió el ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua y el doctorado honoris causa conferido por la Universidad de Caldas.

Un día le dio por irse a vivir sin esposa ni hijos al Urabá antioqueño como almacenista de una empresa constructora de la carretera al mar. Sobre este episodio hizo años después esta confesión: “En 1939 me marché a las selvas de Urabá. Quería un tratamiento de violencia para cierto sarampión pasional y extramatrimonial que se había apoderado de mí”. Frutos de esta fugaz aventura fueron la novela Allá en el golfo y Cuentos del lugar y de la manigua.

El primero de tales libros fue publicado en 1995, como obra póstuma, por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. El autor no tuvo interés en que saliera a la luz durante su vida. En él pinta las características de aquella región plagada de contrabandistas, miseria, enfermedades, pasiones borrascosas y convulsos dramas humanos.

Adel López Gómez es autor de más de 20 obras publicadas. Ejecutó su haber literario entre Medellín, Bogotá, Turbo y Manizales. Dejó inéditos los libros Escribe Eros, que reposa en la Biblioteca Piloto de Medellín, y Las ventanas del día, elaborado en un solo ejemplar, con bella ornamentación del pintor Restrepo Rivera, texto que está en poder de un pariente suyo en Cali. Una copia se encuentra en la biblioteca antes citada.

Murió el 19 de agosto de 1989. Dos años atrás había deplorado yo su ausencia de La Patria, y así lo expresé en un artículo. Él me contestó que tan dolorosa circunstancia, después de cerca de medio siglo de labor continua, obedecía a su estado físico que le había hecho perder sus ritmos interiores.

El filántropo Braulio Botero Londoño, fundador del Cementerio Libre de Circasia, me contó que la víspera del deceso fue a visitarlo al hospital y tuvo con él calurosa entrevista. Lo invitó a que pasara los días de la convalecencia en su finca Versalles, de Circasia, y en eso quedaron. Al día siguiente por la tarde se enteró de que lo estaban sepultando.

Adel respiraba literatura por todos los poros. Las letras eran su credo y su esencia vital. Con su pluma dibujó paisajes, montañas, ríos, almas, alegrías y tristezas. Su prosa castiza y amena era la delicia diaria de sus fervientes lectores de La Patria. Pertenecía a la escuela de los grandes cuentistas antioqueños e hizo de Maupassant su maestro de cabecera. Su biblioteca y valiosos archivos están hoy en la Sala Antioquia de la Biblioteca Piloto de Medellín.

Al cumplirse en los próximos días 30 años de su muerte, nada mejor que volver, como lo hace esta nota, sobre las huellas de este personaje emblemático de la zona cafetera que con su creación artística supo engrandecer el destino.

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El Espectador, Bogotá, 22-VI-2019.
Eje 21, Manizales, 21-VI-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-VI-2019.

Comentarios 

Muchas gracias por compartir este bello escrito sobre el gran personaje que fue Adel López, de quien contamos con el privilegio de poseer sus archivos en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto; con toda seguridad lo tendremos muy presente como aporte para aquellos usuarios interesados en investigar o conocer más sobre este importante escritor colombiano. Sala Antioquia.

Qué grato leer estas notas sobre Adel. Recuerdo que en los últimos días de octubre de 1985, cuando regresaba de dictar unas charlas en Armero y Honda sobre los peligros del volcán, paré en su casa a hacerle una visita y explicarle mi teoría y mis temores, que él ya había leído y entendido por mis columnas en La Patria sobre el tema. Me queda la satisfacción de que gracias a los diálogos esporádicos con Braulio Botero Londoño logramos hacerle más de una reverencia, a la que era tan huraño. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

De Adel leí algunas de sus publicaciones en La Patria hace muchos años. Lo recuerdo como gran escritor. Su influencia de Maupassant debe haber sido muy valiosa. Para mí, Maupassant es lo máximo como cuentista. Recuerdo cuando leí Relatos, que, tan pronto empezaba uno de sus cuentos, de inmediato me atrapaba y no quería que se terminara por ese gran encanto que tenían sus narraciones. Muy buena columna. William Piedrahíta González, Miami.

William Piedrahita al referirse a tu columna sobre mi papá, ha dicho «muy buena columna». Yo coincido con esa apreciación, pero agrego algo más: bella y generosa columna sobre alguien que es vital en mi vida: mi papá. Gracias por recordarlo. Tu generosa tarea de toda la vida ha sido esa: no dejar que caigan en el olvido total todos aquellos que han escrito en nuestra patria, todos aquellos que, junto contigo, forman esa élite, ese grupo de privilegio de escribir, de dar opinión, de emitir conceptos, de hablar de belleza, de amistad, de entendimiento. Diana López de Zumaya, Ciudad de Méjico.

Momentos con Belisario

miércoles, 26 de diciembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Mis encuentros con el presidente Belisario Betancur fueron siempre amables y efusivos. Ese era su talante. A veces una sola entrevista es suficiente para producir impacto. Hay momentos que nunca se olvidan. Desde mi época juvenil en Tunja, por los días de la dictadura de Rojas Pinilla, percibí su imagen como la de un político osado y valiente, de ideas avanzadas.

Mientras muchos colombianos se deshacían en elogios hacia el nuevo régimen y gozaban de sus prebendas, él seguía firme en la oposición. Lideraba el famoso Batallón Suicida, integrado por otras 6 figuras notables de su partido. Esa actitud equivalía a un suicidio. Colosal ejemplo de carácter, coraje y dignidad.

Belisario se hizo a puro pulso. Campesino nato, salido de las breñas antioqueñas de Amagá, sus  primeros años fueron de pobreza absoluta. Con el pie al suelo asistió a la escuela pública. Luego  ingresó al seminario misional de Yarumal, de donde lo expulsaron por carecer de vocación para la vida religiosa. Mediante una beca para la gente pobre obtuvo el grado de abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

En 1945, de 22 años, se casó con Rosa Helena Álvarez. Ese mismo año inició su carrera política como diputado a la Asamblea de Antioquia. Fue el único diputado que no abandonó a Laureano Gómez como presidente constitucional. En 1950 ingresó a la Cámara de Representantes. Entre 1953 y 1957 fue miembro de la Asamblea Nacional Constituyente convocada por Rojas Pinilla. Carrera fulminante y admirable, producto de su aptitud y su ética en el campo de la política.

En el Frente Nacional fue ministro de Trabajo, senador y embajador ante España. En 1970 se postuló como candidato presidencial y perdió la contienda. En 1978 se enfrentó a Turbay Ayala, quien le ganó por estrecha diferencia. Y llegó el tercer intento, el de 1982, cuando  todo parecía indicar que el vencedor sería López Michelsen, que buscaba la reelección con fuerte maquinaria electoral. Pero Belisario, experto en derrotas, convenció al país de que él era la carta cabal para ese momento, y días después acarició las mieles del triunfo.

López Michelsen había puesto como símbolo de su campaña al gallo ‘colorao’, y ubicó en el otro extremo al gallo plebeyo. A la gente no le gustó la actitud arrogante de López, y la votación por el candidato de aparente minoría fue aplastante. De entrada, el día de la posesión pronunció estas palabras que se volverían la mayor enseña de su gobierno: “Ante el pueblo de Colombia levanto una alta y blanca bandera de paz: la levanto ante los oprimidos, la levanto ante los perseguidos, la levanto ante los alzados en armas, ante mis compatriotas de todos los partidos y de los de sin partido”.

Fue el gran abanderado de la paz, mucho antes que Juan Manuel Santos. Los guerrilleros acogieron la invitación a la concordia, y hubo avances significativos. Más tarde, se aprovecharon de la magnanimidad presidencial, y vino el rompimiento. La inmolación del ministro Lara Bonilla fue decisiva para que el presidente tomara medidas drásticas. Como respuesta, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia y declaró al presidente objetivo militar. La recuperación del edificio por el Ejército implicó una dantesca operación de sangre y terror, que la Historia no podrá olvidar.

Todo fue confusión los días 6 y 7 de noviembre de 1985. Los hechos hacen pensar que en esa encrucijada hubo vacío de poder. Más tarde Belisario asumió toda la responsabilidad por lo que había sucedido y ofreció que dejaría su propio testimonio sobre la realidad, para que se conociera después de su muerte. Apenas habían pasado 6 días de sofocada la rebelión, cuando se presentó la catástrofe del Nevado del Ruiz que destruyó a Armero y dejó más de 20.000 muertos.

El 31 de marzo de 1983 un sismo había devastado la ciudad de Popayán y dejado un saldo de 300 muertos y 10.000 damnificados. Ningún otro presidente de Colombia ha afrontado tantas adversidades como las ocurridas en el gobierno de Belisario.

* * *

En agosto de 1990, 4 años después de que entregó el poder, publiqué en El Espectador el artículo titulado Presidente: ¡salve usted al poeta! Me refería a la crisis económica que atravesaba en Méjico el poeta Germán Pardo García. El recién posesionado presidente era César Gaviria, y quizás por eso el artículo no tuvo eco en su despacho. El que se apersonó de la situación fue Belisario, quien como presidente de la Casa de Poesía Silva consiguió un auxilio para el poeta en apuros.     

En un acto cultural, 2 años después, lo saludé en un grupo de amigos. Acababa yo de escribir un artículo sobre la muerte de Pablo Echeverri, mi excolega de la banca en Armenia, víctima de un infarto en una calle de París. Narraba en esa nota la maravillosa atención que María Clara Betancur, cónsul general de Colombia en aquella ciudad, había prestado a la viuda. Belisario, con gran emoción, me presentó a su esposa Rosa Helena y me manifestó que el mismo día del artículo había llamado por teléfono a su hija a contarle el reconocimiento que se le hacía por su noble acción en la columna de El Espectador. Eso era él: emotivo, sincero, deferente. Dicho en otra forma, montañero puro.

Tengo otros recuerdos gratos sobre el hijo de Amagá que la brevedad del espacio no me permite incluir aquí. Cuando supe la noticia de su muerte, sentí que se había ido un gran colombiano. Entre tantos títulos conquistados está el de evangelista de la cultura. Desde antes de morir, ya había ingresado a la galería de los hombres ilustres. Saltó de los barrizales de su tierra al palacio de los presidentes.

El Espectador, Bogotá, 22-XII-2018.
Eje 21, Manizales, 21-XII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 23-XII-2018.
Mirador del Suroeste, n.° 67, Medellín/2019.

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Magnífico artículo sobre nuestro admirado paisano. Amagá, su tierra natal, pertenece a la subregión del Suroeste Antioqueño, por lo que te pido autorización para publicarlo en la edición # 67. Considero a Belisario  el más importante personaje nacido en esta subregión. Jaime Vásquez Restrepo, fundador de la revista Mirador del Suroeste, Medellín.

Ha sido para mí el presidente más admirado, no por sus realizaciones políticas ni por su condición de gobernante, que también, sino por el talante humano y cultural que lo caracterizaba y que tanta falta le hace al político contemporáneo. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Muy gratos los recuerdos y muy bien traído el breve, pero sentido, homenaje que en su amena prosa hace del presidente Belisario Betancur, prohombre salido de las breñas antioqueñas. Es justo y merecido el reconocimiento, pues fue un luchador denodado, un hombre sencillo y poseedor de una cultura superior. Gustavo Valencia García, Armenia.

Curiosa anécdota

viernes, 19 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La muerte de mi ilustre amigo Jorge Arango Mejía, exgobernador del Quindío y expresidente de la Corte Constitucional, me hace recordar un curioso suceso que viví a su lado hace 58 años. Por aquellos días de 1960 ambos llegamos a Cartagena desde el interior del país, vinculados con contrato de trabajo al Banco Popular.

Yo había sido nombrado secretario de la sucursal, con una misión compleja: reformar la parte administrativa de la oficina, que registraba alto grado de desorganización. Tras dos años de ardua labor, logré cumplir esa finalidad y esto me significó alzar vuelo en mi carrera bancaria, en la que cumpliría 36 años de servicio en diversas posiciones.

El otro lado flaco de la oficina de Cartagena estaba en el índice anormal de la cartera morosa. Como los abogados locales eran permisivos con sus paisanos, esta cartera se había desbordado. Por tal motivo, la Dirección General dispuso contratar un abogado de otro lugar para  intensificar dicha acción. Aquí aparece Jorge Arango Mejía, de Armenia, recién graduado en el Externado de Colombia. De la nómina de la oficina, éramos los únicos del interior del país.

El municipio de Cartagena era deudor de una obligación vencida años atrás, la que por algún hecho extraño carecía de instrumento de pago. El nuevo abogado consideró que la medida indicada consistía en la aprobación por el Concejo de un acuerdo que reconociera la deuda. Hizo contacto con los concejales y obtuvo de ellos la mejor actitud para colaborar en la solución del caso. Se sentían encantados con la simpatía y el don de gentes del abogado. Y entendieron que esa era la fórmula precisa.

Mientras tanto, el abogado enviaba cartas de cobro a los deudores cuyas obligaciones le habían sido confiadas. Una de ellas fue para un destacado político liberal de la región. ¡Y quién dijo miedo! Este lo llamó indignado por ese gesto que consideraba ofensivo para su alta dignidad, y le preguntó si sabía con quién trataba (el trillado “¿no sabe quién soy yo?” de la actualidad). Y lo enteró de que como miembro del Congreso había votado la ley de reestructuración del Banco Popular.

Jorge Arango Mejía, ni corto ni perezoso, le respondió que por eso mismo debía dar ejemplo de moral. Le recordó que el banco había quebrado durante la dictadura de Rojas Pinilla, entre otras cosas, por el incumplimiento financiero de miles de deudores, como el gamonal lo era en ese momento. Ya en esta encrucijada, el político le pidió el saldo de la deuda y le hizo llegar el respectivo cheque.         

Días después, dialogábamos Arango Mejía y yo con el grupo de concejales en una muralla de Cartagena. De pronto, todos se pusieron de pie para saludar al personaje que acababa de llegar, al que le rendían pleitesía. Era el político de marras. Los concejales se sentían orgullosos de presentarle al abogado foráneo. Y el político, con risa irónica, les dijo que ya lo conocía. Al día siguiente, mi amigo renunció al banco y regresó a su tierra. Sabía que el gamonal bloquearía el proyecto de los concejales y le incomodaría su trabajo. En ese episodio está reflejado al vivo lo que constituye la politiquería en el país.

Los únicos honorarios que recibió Jorge Arango Mejía durante el mes de estadía en Cartagena fueron los del dirigente político. Poco después supe que había sido nombrado alcalde de Armenia. Y por esas cosas raras que suceden en la vida, volvimos a encontrarnos, nueve años después de la anécdota que dejo narrada, al posesionarme ante él mismo como gerente del Banco Popular en Armenia, cuando ejercía el cargo de gobernador del Quindío.

El Espectador, Bogotá, 3-VIII-2018.
Eje 21, Manizales, 3-VIII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-VIII-2018.

Comentarios

Excelente relato. Felicitaciones por esa capacidad para estructurar la anécdota, siempre llena de imágenes que la hacen expectante y atractiva. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

De Jorge Arango Mejía quedan ya las anécdotas. Su esfuerzo para recuperar el espacio público de Armenia hizo agua, se deslizó por entre los dedos, los vendedores ambulantes están ocupando de nuevos las aceras, cantidades de distribuidores de verduras, frutas, legumbres y hortalizas se ven parados frente a los principales negocios formales de la ciudad, y como no hay alcalde titular, aprovechan más. Cesáreo Herrera Castro (La Crónica del Quindío).