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La encrucijada

miércoles, 22 de junio de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Colombia no conocía una campaña presidencial tan depravada y turbulenta como la actual. Juan Lozano la califica como una “maluca y dañina campaña”: definición exacta de lo que ha sido esta contienda sin altura ni grandeza y caracterizada por los agravios y el sartal de odios, ataques personales, juego sucio, mentira y desinformación.

Aparte de la ola de oprobios, recrudecida tanto por los candidatos como por sus alfiles y secuaces, está la falta de verdaderos planes de bienestar social, que no solo deben ser bien estructurados, sino realizables. Se engaña a la gente con la baja de impuestos, la vivienda gratis, el mayor tributo a la clase adinerada, la mitigación del hambre de 22 millones de colombianos. Todo esto suena bonito, y de paso hace conseguir votos entre la gente sectaria, la ingenua o la angustiada. Lo que debe saberse es dónde está la realidad y dónde la farsa.

Pasada la votación, falta conocer qué porcentaje de las promesas se cumplirá. En sus campañas por la presidencia, Juan Manuel Santos ofreció con ahínco –y hubo quienes le creyeron– eliminar el impuesto del 4 x 1.000 y disminuir la cuota de salud de los pensionados, del 12 % al 4 %, que es la cifra justa. Y no cumplió su palabra. Eso mismo sucede con la generalidad de los candidatos.

En el momento actual, llueven halagos de todo tipo. Mientras estos sean más novedosos –y algunos son estrafalarios y ridículos–, más adeptos se consiguen. La candidez de algunos ciudadanos, tan lindante con la simpleza y la resignación, es un distintivo de la época. Para los pregoneros de ilusiones lo que importa son los votos, así haya que comprarlos en los caminos de la corrupción.

La política ha llegado a los peores niveles de desprestigio y quebranto moral. No solo se ultraja al adversario con palabras soeces, sino que se inventan actos deshonestos que jamás cometió. De esta manera crecen por las redes los rumores perversos, las aseveraciones falsas, los testimonios adulterados. Vivimos en una sociedad en la que se quita la honra y nada pasa. Todo vale cuando no hay principios. Nada se pierde cuando prima la indignidad.

Fíjese lo que sucedió con los “petrovideos” denunciados por Semana, método ruin de la campaña de Petro, con el que se difamaba a los rivales para debilitar su imagen y luego destruirlos. Con este panorama de miedo, insidia, falsedad y desconcierto llegamos a la segunda vuelta. “Los sucios ensucian”, dice María Isabel Rueda. Hay que reaccionar y votar a conciencia.

Colombia entra en una preocupante etapa de polarización. Sea quien sea el ganador, el país no puede hundirse. Debemos salvarlo, para salvarnos nosotros mismos. El próximo presidente debe deponer los odios, dejar la rabia, limpiar el alma, buscar los mejores asesores, y lo más importante, implantar reales fórmulas de buen gobierno. Sin concordias nacional, todo será oscuro, tortuoso, tétrico. ¡Que los dioses de la democracia nos lleven de la mano! Solo así podremos salir de la encrucijada.

El Espectador, Bogotá, 18-VI-2022.
Eje 21, Manizales, 17-VI-2022.
La Crónica del Quindío, Armenia, 19-VI-2022.

Comentarios 

¡Qué buen artículo! Oportuno, pertinente, preciso. Y corresponde de verdad a lo que lamentablemente ha sucedido. Dios oriente el futuro de Colombia. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Excelente columna. La más sensata y justa que he leído sobre este tema, y he leído muchas. Duele mucho ver a nuestro país tan apasionado y absurdo. Las redes sociales se apoderaron de la razón y hacen a su antojo lo que les da la gana. Quiera Dios que mañana reinen la cordura, la tranquilidad y no se hunda la democracia. Eduardo Arcila Rivera, Bogotá.

La encrucijada señala los males y las complicaciones que el país afronta en estas tortuosas y desgastantes elecciones, donde priman el odio, la ambición de poder y la prepotencia de los personajes políticos que parecen actores de circo. Donde los electores nos sentimos marionetas mal dirigidas y sin rumbo. Inés Blanco, Bogotá.

La alusión al incumplimiento de Santos a dos promesas de campaña es mínima falta frente a las tropelías, abusos de poder y delitos cometidos en los dos periodos de Uribe, y la incapacidad, pésimo desempeño y abusos de poder del actual mandatario Duque. Lo destacable de la actual coyuntura es el ansia de cambio que se hizo evidente en la campaña, el descontento y hastío del pueblo con la clase política y sus dirigentes. Estoy de acuerdo con la alusión a los mutuos insultos y excesos verbales, pero la noticia es la gran expectativa por el ansiado cambio. Gustavo Valencia García, Armenia.

El acuerdo nacional ya es una realidad. Intelectuales, académicos, exministros, exmagistrados, empresarios y todos los sectores de la sociedad comprometidos en sacar adelante el país. ¡Sí se puede! Daniel Rodríguez Céspedes (correo a El Espectador).  

Qué alivio que esta cochina campaña ya acabó, y aunque el resultado no fue el que yo quería, celebro que haya pasado el día de elecciones en calma, sin desbordamientos ni altercados. Como demócratas, tenemos que aceptar el triunfo de Petro y esperar confiadamente que lo expuesto en su mensaje de anoche sea llevado a la realidad para convocar un diálogo conciliador. Por supuesto que hay que darle tiempo para que pueda empezar a gobernar e implementar cambios positivos para el país. Hay que respaldarlo en las propuestas que sean provechosas y rechazar los posibles desvíos que pueda cometer. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Efectivamente, hemos asistido a una de las campañas más sucias que se hayan llevado a cabo en el país. Ahora que sabemos quién será el próximo presidente solo nos queda aferrarnos a las fuertes instituciones, incluidas las Fuerzas Militares, que tiene Colombia para que no vaya a ser cambiado el modelo económico y que no tengamos un giro hacia modelos como los de Venezuela, Argentina o Nicaragua. Esperemos con optimismo que las cosas no se salgan de cauce y que nuestros peores miedos no se conviertan en realidad. Por mi parte, mantendré el optimismo y la fe. Pedro Galvis Castillo, Bogotá.

Qué acertada y oportuna columna sobre la encrucijada que vivimos. Allí está dicho todo, lacerante, pero es la realidad, y suscita las más hondas y prontas reflexiones. Vicente Pérez Silva, Bogotá.

Novela inédita de Tulio Bayer

miércoles, 8 de junio de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Cuarenta años han pasado desde la muerte en París del médico Tulio Bayer, autor de los siguientes libros: Carretera al mar (1960), Carta abierta a un analfabeto político (1968), Gancho ciego (1978) y San BAR, vestal y contratista (1978). Su vida fue intensa y combativa. Luchó contra los poderosos, sufrió persecuciones, cárceles y destierro, y nunca se detuvo en su protesta social.

Se le tachaba de loco, aventurero y rebelde. Tuvieron que pasar muchos años para que su nombre fuera rehabilitado. El prestigioso historiador Orlando Villanueva Martínez adelantó una exhaustiva investigación sobre esta vida meritoria, y en 2019 publicó dos libros muy bien documentados que cuentan quién fue en realidad este líder insurgente: Tulio Bayer, el luchador solitario, y Tulio Bayer, una vida contra el dogma.  

De paso, se enteró de que Bayer había dejado una novela inédita, Fineglass, escrita en París en mayo de 1968 –hace 54 años–. Localizarla no era fácil, ya que la viuda había muerto en Venezuela tras su regreso de París, y no quedaron rastros sobre los papeles dejados por su marido. Yo sabía de esta novela a través de mis cartas con Bayer, y estaba enterado de algunas correcciones que pensaba hacerle.

Villanueva se trasladó por propia iniciativa a Barranquilla con el fin de ubicar al médico siquiatra Alberto Galofre Franco, en cuya casa Bayer había forjado la obra más de medio siglo atrás, cuando descendió de la Sierra Nevada de Santa Marta, antes de emprender su viaje de destierro a París.

Pero Galofre había fallecido 12 años antes. Al mismo tiempo, Villanueva supo que una hija del siquiatra –Tatiana Galofre–, que era una niña cuando Bayer se hospedó en su casa, podía dar alguna información, pero vivía en Bogotá. Sin mucha esperanza, le dejó una tarjeta en el apartamento-consultorio que había ocupado su padre, al que ella le pasaba revista una vez al año.

La sorpresa fue grande cuando tiempo después el historiador recibió una llamada que le decía: “Soy Tatiana Galofre y ¡tengo el manuscrito de Fineglass!”. En efecto, Bayer había enviado desde París una copia de la novela, escrita el 8 de mayo de 1968. Novela que dio vuelta por varias editoriales y no logró su edición. Trata el caso siquiátrico de un homosexual enfermo, hecho que le había dado ocasión a Galofre para escribir un texto sobre la materia, el que a la vez le sirvió a Bayer de base para elaborar la novela citada, que acaba de publicar Villanueva, con su propio peculio, en la editorial Búho de Bogotá.

Es una defensa de la diversidad y el derecho a la diferencia sexual, situada en aquellos años fustigados por la sociedad y la conducta religiosa. La siquiatría estaba en pañales, y la acción de Galofre ante su universidad y sus compañeros de estudios fue denodada y valiente. Y tuvo como testigo y escritor de excepción a Tulio Bayer, siempre polémico y analítico. La novela es una deliciosa sátira que enfoca la naturaleza andrógina en los seres humanos. 

El Espectador, Bogotá, 4-VI-2022.
Eje 21, Manizales, 3-VI-2022.
La Crónica del Quindío, Armenia, 5-VI-2022.

Comentarios

Maravillosa historia la de rescatar un libro, después de tantos años de escrito, sobre un tema prohibido en los 60. Felicitaciones al historiador Villanueva por dejar esta huella después de tantos años del fallecimiento de Tulio Bayer. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Una verdadera proeza la del historiador Orlando Villanueva Martínez al haber logrado recuperar los manuscritos de Fineglass gracias a los buenos oficios de la hija del médico psiquiatra Alberto Galofre Franco, los cuales entregó su hija Tatiana Galofre, para hacer posible su publicación en la editorial El Búho. El tema, por demás interesante. Inés Blanco, Bogotá.

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La vida desesperada

martes, 24 de mayo de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Según la Ocde –Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico–, Colombia ocupó el puesto 62 en el Índice Anual de Miseria, lo que significa que ascendió 21 puestos en el ranking entre las naciones miserables, al pasar de la casilla 41 a la 62. En las acepciones que da el diccionario a la palabra “miserable” se encuentra la de “extremadamente pobre”.

¿Cómo negarlo cuando hay más de 9 millones de colombianos que solo pueden tener un alimento diario? Según encuesta de Pulso Social del DANE, más de 2,6 millones de hogares solo consumen 2 comidas diarias. Dramática realidad que mide la miseria de un elevado número de ciudadanos. El hecho de avanzar Colombia en el grupo de las naciones miserables eriza el alma nacional. Esto llevó a la Ocde a emitir este juicio perturbador: “Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina”.

Si nos situamos en Bogotá, se determina que la tercera parte de la población vive en pobreza, bajo el agobio del hambre, y el 10 % de toda la ciudadanía padece pobreza extrema o indigencia. Así es el país. Estos enfoques aparecen en todas partes: en periódicos y revistas, en la radio y las redes sociales, en Google y en la percepción con que a diario nos tropezamos en las calles.

El hambre es el mayor flagelo nacional. “La situación del hambre en Colombia es crítica”, dice la Asociación de Bancos de Alimentos. Opinión que concuerda con esta de la FAO al finalizar el examen del año 2021: “Colombia está entre los 20 países en riesgo de enfrentar hambre aguda en 2022”. En efecto, la carencia alimenticia ha tomado impulso a lo largo y ancho del país.

Paso a paso hemos llegado, desde mucho tiempo atrás, a este catastrófico cuadro de miseria, de oprobio y desesperanza que en nuestro país le ha quitado dignidad al ser humano. Si hay hambre, no puede haber paz. Si hay hambre, habrá delincuencia. Si hay hambre, seguirá escuchándose por doquier el terrible “yo acuso” de las multitudes contra políticos y gobernantes. Si se agudizan el desempleo, la corrupción y la inequidad social, surgirán el caos y la anarquía.

El hambre causa desesperación, y esta conduce a mucha gente a cometer delitos para poder vivir. No se puede ser feliz ni buen ciudadano con el estómago vacío. Leí el caso de un sujeto que pedía dinero, y como nadie se lo daba, hirió con una navaja a una pareja. Hoy vivimos amenazados, en todos los sitios y a toda hora, por la ley del cuchillo, una alternativa de la ley del revólver. ¡Qué horror!

Como parte de esta tragedia dantesca están la creciente ola de suicidios, la cantidad de personas atacadas por la depresión y otras graves patologías, y la legión de mendigos hambrientos y enfermos que mueren solitarios en las calles sin que nadie se dé cuenta. Imágenes todas que pertenecen a esta época bárbara, apática e inclemente.

El Espectador, 21-V-2022.
Eje 21, Manizales, 20-V-2022.
La Crónica del Quindío, Armenia, 22-V-2022.

Comentarios 

Esta gran tragedia nacional de la pobreza es la que los candidatos en lid por la presidencia no mencionan y por supuesto eso hace pensar que no será prioridad de sus gobiernos. Y la tragedia continuará, hasta que se produzca un feroz estallido social (hoy en gestación) que volverá todo al revés con graves consecuencias para todos. No es nada alentador el panorama. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Uno de los graves problemas de Colombia es el hambre que padece una gran parte de la población. Es increíble que en un país con la vocación agrícola que nos acompaña pase algo como lo descrito en el artículo. Esto hace que el país se convierta en un caldo de cultivo para las propuestas populistas que aparentemente solucionan este tipo de problemas pero que a la larga lo que hacen es empeorar la situación. Pedro Galvis Castillo, Bogotá.

Empero, tal cuadro de horror, como usted muy bien lo anota, no viene de ahora, es de vieja data, se gestó desde la Colonia y se acentuó en los subsiguientes dos siglos. Y con mayor énfasis en el fatal centralismo que aún nos carcome. Mas queda otro letal ingrediente, nuestro individualismo. Atenas Pei (correo a El Espectador).

Ciudad de horror

martes, 10 de mayo de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Cada día se reportan en Bogotá alrededor de siete personas desaparecidas. Según información suministrada por el concejal Rolando González, en los dos primeros meses de este año fueron anunciadas 311 personas como desaparecidas, de las cuales 207 siguen en esa situación y tres se han reportado muertas. En el 2021, de acuerdo con datos suministrados por el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres –SIRDEC–, 2.446 personas desaparecieron en Bogotá, lo que significa un aumento de 401 casos en relación con los 2.045 del 2020.

En el centro de Bogotá se descubrieron las llamadas “casas de pique”, que son copia de las establecidas en Buenaventura en el año 2014. A ellas van a dar los ciudadanos que caen en esta red tenebrosa bajo los efectos de la escopolamina, y luego son sometidos a los peores vejámenes, como el robo, la tortura y la violación.

El alcaloide consumido deja a la persona alucinada e indefensa, situación que permite apoderarse de sus objetos personales y tarjetas bancarias. Este es el paseo millonario, o secuestro exprés, en virtud del cual la persona retenida suministra las claves de sus tarjetas y estas son vaciadas de inmediato.

Las casas de pique son los sitios estratégicos buscados por los facinerosos para tener escondidas a las víctimas. Unas regresan a sus hogares con graves traumatismos, y las autoridades ni siquiera se enteran; otras mueren por el exceso de la escopolamina, que es el hecho frecuente denunciado a diario por los periódicos

Para deshacerse de ellas, son desmembradas y ocultadas en bolsas que se tiran a los basureros o a la calle, o sepultadas en fosas incógnitas de difícil localización. Esta es la macabra industria del crimen que hoy deja en Bogotá y otras poblaciones las mayores ganancias bajo la deficiencia y permisividad de las autoridades y la flagrante impunidad que estremece al país. Por eso mismo, el delito prolifera y atrae a más practicantes de este método diabólico.

¿En qué sociedad vivimos? ¿Hasta cuándo seguirá la comunidad muerta de miedo y expuesta a esta tortura abominable que guarda similitud con los campos de tortura de Hitler? El alma nacional está herida y sangrante. Ha perdido la fe en sus gobernantes y no acierta a explicarse semejante aberración en estos monstruos que andan por el territorio nacional sin Dios ni ley, y no solo por la hoy atemorizada y sacrificada área bogotana, a donde han venido a parar las mentes más siniestras de la delincuencia.

Se dirá que se han tomado medidas para reprimir el crimen cotidiano que se incuba en las casas de pique, lo cual no puede negarse. Sin embargo, al no detenerse esta ola criminal, e incrementarse todos los días según dan cuenta las redes sociales, hay que decir que nos hallamos ante un fracaso conturbador de los encargados de garantizar la vida y los bienes de los ciudadanos. Ojalá el país sepa elegir un buen presidente en la contienda que se avecina.

El Espectador, Bogotá, 7-V-2022.
Eje 21, Manizales, 6-V-2022.
La Crónica del Quindío, Armenia, 8-V-2022.

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Excelente artículo que retrata con realismo la situación que se está presentando en Bogotá. Esto realmente me parece insólito, y lo peor es que uno ya no pueda ni siquiera salir a la calle. Ojalá que esto llegue a las autoridades y hagan algo para evitar el horror que vivimos los ciudadanos cada día por cuenta de la delincuencia. Pedro Galvis Castillo, Bogotá.

Ahora da miedo salir a caminar por cualquier sector de nuestra querida Bogotá. Abrigo la esperanza de que esto cambie. Es posible. New York dejó de ser, en su momento, uno de los lugares más peligrosos del mundo cuando en 1994 nombraron de jefe de la policía de La Gran Manzana a William Bratton, quien redujo el crimen de manera sustancial. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Es un verdadero horror que nuestra capital llegue a ese extremo de descomposición social y de pérdida de valores. La inseguridad rampante carece de límites. Gustavo Valencia García, Armenia.

Increíble que Bogotá terminara como Buenaventura. Leí la nota, y aterra. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Los habitantes de Bogotá nos sentimos acorralados y en estado de pánico por los horrores que a diario se divulgan en los medios de comunicación. Hemos llegado a insospechados territorios de crueldad, odio, ambición y deshumanización. Ya no vivimos sino que sobrevivimos a los tenebrosos designios de los grupos de maleantes descuartizadores, ladrones y depravados. ¿En dónde podrá el hombre de bien ocultarse ante la ignominia y el dolor y el miedo? No sabemos. Inés Blanco, Bogotá.

Yo creo que Colombia toda fue convertida en un país de pique. Y que quienes más pican son los que están arriba, por acción y por omisión. Somos un país de vergüenza humana. Jorge Rafael Mora Forero (escritor colombiano residente en Estados Unidos).

Nota estremecedora. No nos explicamos los ciudadanos pacíficos cómo el hampa se ha tomado la ciudad sin que los dirigentes gubernamentales, de presidente para abajo, tomen el toro por los cachos y adopten medidas fuertes para garantizarnos la tranquilidad y volver a los caminos de la concordia. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Bogotá, y en general Colombia, están sitiadas por el horror de la inseguridad y la violencia. A muchos nos ha encerrado más esta situación que la misma pandemia. Flor (correo a El Espectador).

Colombia está sumida en la criminalidad, corrupción, negligencia, impunidad. Es un Estado fallido, sin esperanza, donde ser criminal paga. Andrés (en El Espectador).

¡Aplausos, Juan Gossaín!

domingo, 24 de abril de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

La vida de Juan Gossaín en San Bernardo del Viento transcurría entre la lectura, la escritura y los tableros de dominó. En el campo laboral, era empleado en un molino de arroz (iba a decir “en un molino de viento”, siguiendo los pasos de don Quijote). El único diario que circulaba en el pueblo, con solemne parsimonia, era El Espectador, a cuya lectura se fue aficionando con alegre empatía. Algún día envió, sin mayor pretensión, y probando suerte, un escrito al diario bogotano. Y siguieron ocho o diez artículos más.

Cuál no sería su sorpresa cuando días después le llegó la invitación de don Guillermo Cano, director de El Espectador, para que viajara a Bogotá para hablar con él sobre el campo del periodismo. Los Cano eran especialistas en descubrir nuevas vocaciones. Así se inició el nexo de Juan Gossaín con El Espectador. En poco tiempo, sus crónicas alzaron vuelo y conquistaron infinidad de lectores en el país.

Su paso por Bogotá se prolongó hasta comienzo de los años 70 del siglo pasado. Luego se trasladó a Barranquilla como jefe de redacción de El Heraldo durante ocho años. Entre 1984 y 2010 desempeñó, con lujo de competencia, el cargo de director nacional de noticias de RCN. Luego, en la edad del retiro y el descanso –una utopía en su caso–, se residenció en Cartagena, donde no ha dejado de ser periodista: hoy son famosas sus crónicas de profundidad investigativa en El Tiempo, en las que aborda grandes temas de la vida nacional y escudriña, con su peculiar gracia y amenidad, diversas facetas de la cultura, las costumbres y la idiosincrasia colombianas.

Y le ha quedado tiempo para escribir libros de narrativa y otros géneros, sin descuidar su compromiso como miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, a la que ha aportado sustantivos estudios. Entre los honores recibidos están el premio Simón Bolívar y el del Círculo de Periodistas de Bogotá a la vida y obra de un periodista, fuera de doctorados universitarios y diversas distinciones. En suma, una trayectoria ejemplar, infatigable y constructiva, que enseña lo que valen la constancia, el estudio, el ingenio, el esfuerzo y la creatividad.

¿Qué está pasando con los call centers?, pregunta en reciente artículo de El Tiempo. Hace allí un crítico análisis sobre este invento perverso de la época moderna que ha invadido la paz de las familias, ha aumentado el desempleo y se convirtió en sistema desesperante. A toda hora, incluso en las del almuerzo y las nocturnas, suena la voz de algún empleado de ese sistema que ofrece increíbles planes bancarios, fantásticos avances de la telefonía celular, cambios del mobiliario doméstico, préstamos sin fiador, etcétera, etcétera.

“Hablan tan rápido –dice el artículo–, y con un tono tan autoritario, que no se les entiende ni jota. No respetan la intimidad de la gente ni la privacidad del teléfono”. Gracias, amigo Gossaín, por poner el dedo en la llaga en este método torturante de nuestros días. 

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El Espectador, Bogotá, 9-IV-2022.
Eje 21, Manizales, 8-IV-2022.
La Crónica del Quindío, Armenia, 10-IV-2022.

Comentarios 

Qué grato es volver a tener noticias tuyas. Y gracias por tu artículo, generoso y noble con este servidor y amigo. Para mí tus palabras son una voz de aliento que me estimula a seguir escribiendo mis crónicas. Te mando dos abrazos: uno de cariño y otro de gratitud. Juan Gossaín, Cartagena.

Qué buen artículo. Y qué ciertos los méritos de Juan Gossaín a que haces referencia. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Con relación a las muy frecuentes e impertinentes llamadas de bancos y empresas de telefonía, para ofrecer sus productos o servicios, puedo dar testimonio de lo descrito por Gossaín en su artículo. La persona que llama, después de saludar con el cacareado “¿cómo se encuentra usted el día de hoy?», empieza a disparar un apresurado e ininteligible rollo que lo deja a uno pensando si el teléfono está fallando o si uno sufre algún grado de hipoacusia (…) Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Juan Gossaín, dotado del talento y dedicación desmesurada a su labor en todos los campos de la comunicación, ha hecho, sin duda alguna, las delicias de los lectores y contribuido grandemente al progreso de los periódicos y emisoras donde ha prestado su eficiente servicio. Merece todos los reconocimientos y aplausos. Inés Blanco, Bogotá.

Qué bello artículo sobre Juan Gossaín: lo comparto totalmente. En mis años de auditor interno tuve la oportunidad de auditar un call center de españoles y pude ver cómo esas compañías explotan a esos muchachos de una manera miserable, y por otro lado tratan de lavarles el cerebro haciéndoles creer que ese es el mejor lugar para trabajar; obviamente que el trabajo es inhumano, con salarios muy bajos, y además los obligan a que invadan la privacidad de las personas y se aprovechan del desempleo de este país. José Miguel Páez Barón, Bogotá.

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