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Sodoma

jueves, 20 de febrero de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Cuatro años gastó el escritor y periodista francés Frédéric Martel en la investigación para la escritura de su libro Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano, publicado hace poco por Penguin Random House en 638 páginas. Para tal propósito recorrió treinta países, vivió incluso dentro del propio Vaticano, y contó con un equipo de ochenta personas para el estudio de los documentos y las entrevistas con cardenales, obispos, sacerdotes y diversos testigos sobre esta materia.

El libro, traducido a numerosos idiomas, enfoca el problema mayor que hoy afronta la Iglesia católica, que es el de la homosexualidad del clero, comenzando por los altos prelados del Vaticano. Advierte el autor que su obra no critica el carácter homosexual de la persona, que es un estado natural, sino el hecho de practicarse, de manera descarada, como conducta prohibida por la Iglesia.

Se presenta una doble moral: condenar en público lo que se hace en privado. Y no tan en privado, ya que tales actos se ejecutan en la mayoría de los casos ante los ojos de la comunidad y producen grandes escándalos. La hipocresía se volvió normal en los predios eclesiásticos. Estos desvíos son los que devela Martel con pruebas abundantes.

A esto se suma el caso de la pederastia que tanto revuelo ha tenido en los últimos tiempos, y que en realidad subsiste desde épocas inmemoriales. Pero solo en los últimos años comenzó a destaparse la corrupción eclesiástica y castigarse a los autores y sus encubridores gracias a las nutridas denuncias que se han presentado en todos los confines del mundo.

El mal no da más espera. Es el papa Francisco quien ha ejercido el mayor papel en esta campaña de depuración, si bien se siente frenado por los sectores más radicales, retrógrados y ortodoxos de la Iglesia. Si Jesucristo viviera, volvería a usar el látigo para sacar del templo a los depredadores de su religión.

El trabajo de Martel reviste especial trascendencia en este momento crucial que vive la Iglesia católica. Es un trabajo serio y bien documentado, escrito con carácter analítico, estilo ameno, mente serena, y a veces punzante, para que sea el propio lector el que juzgue. Sabe pintar muy bien a las personas, tanto en el aspecto físico como en el interno y en el moral.

Dice que “el Vaticano tiene una de las comunidades gais más numerosas del mundo”, y afirma que “el papa vive en Sodoma. Amenazado, atacado desde todos los flancos, criticado, Francisco, como ha dicho alguien, está entre los lobos”. Y toca el tema del celibato católico, norma obsoleta y antinatural que desde hace mucho tiempo reclama revisión. Puede pensarse, como se ha sugerido muchas veces, en el celibato opcional, en oposición al obligatorio, que tantas tragedias y conflictos ha causado.

El eminente sacerdote colombiano Alfonso Llano Escobar, de la orden jesuita, dijo lo siguiente en carta abierta al papa (El Tiempo, 5 de julio de 2016): “Usted, querido papa Francisco, sabe muy bien que Jesús no impuso a sus apóstoles y discípulos el yugo del celibato. Usted bien sabe que durante los primeros diez siglos los sacerdotes católicos se casaban (…) Padre Francisco: tenga bien presente que si usted no lo hace (suprimir el celibato), no lo hará ningún otro papa, según lo previsible, en el siglo XXI”.

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El Espectador, Bogotá, 15-II-2020.
Eje 21, Manizales, 14-II-2020.
La Crónica del Quindío, 16-II-2020.

Comentarios 

El artículo da a los lectores que no conozcan la obra de Martel una idea muy clara y concisa sobre el contenido. Además, constituye una intrigante invitación a penetrar en su lectura, dada la actualidad del tema y los muchos episodios de homosexualidad y pederastia que en los últimos tiempos se han descubierto con el aberrante y triste protagonismo de miembros religiosos de la Iglesia católica. Eduardo Lozano Torres.

Sin duda el libro Sodoma ha levantado ampolla no solo en los medios eclesiásticos, sino en el mundo en general, pues bien sabidos tenemos los escándalos sexuales que rodean a la Iglesia por su gran número de clérigos homosexuales y su consabida pederastia, algunos para encubrirse y otros por el celibato impuesto, que está mandado a recoger hace mucho tiempo. En el Vaticano se consume el secreto de las atrocidades cometidas por sus miembros. Inés Blanco, Bogotá.

La homosexualidad de seglares o de religiosos no es cuestionable, así no se mantenga en privado. El problema es la pederastia, un ataque inhumano a la libertad sexual que causa traumas difíciles de superar. Ojalá el papa Francisco le ponga fin al celibato como obligación, y que este sea por elección personal, aunque no creo que acabe la homosexualidad entre los religiosos, porque esta es congénita y no una enfermedad para la que exista tratamiento. Es simplemente una apetencia natural en muchos individuos y tan respetable como la heterosexualidad. leticiagomezpaz (correo a El Espectador).

Uno de los capítulos más dolorosos y aberrantes es el dedicado a Alfonso López Trujillo, arzobispo de la católica capital de Antioquia. Muchos pecados se rumoraban y sabían del personaje –arrogante, vengativo, intrigante como el que más, ultraconservador, anticondón, depredador de las riquezas religiosas de las parroquias–, pero no se sabía, con detalle, como las que cuenta Frédéric Martel, de sus prácticas desaforadas de homosexualismo. Era un diablo, diablo, al igual que Maciel en México. ossamar (correo a El Espectador).

Desgracias del dinero sucio

miércoles, 25 de marzo de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Son tantos, tan monstruosos y continuos los actos de corrupción que se cometen en Colombia, que se cubren unos a otros para dar paso a nuevos desenfrenos. En este sinfín de maniobras oscuras, de cohechos y prevaricatos, de asociaciones para delinquir y de robos descarados al erario o a la empresa, la moral pública ha caído en abismos insondables.

Se soborna lo mismo al agente de tránsito o al funcionario de impuestos, que al juez y al magistrado. En Colombia todo es comprable y vendible. El decoro y la honradez son flores exóticas en nuestros días. Nunca la justicia había estado tan pervertida. El  capítulo bochornoso que se vive hoy en la Corte Constitucional produce grima y vergüenza y desespero a los ciudadanos de bien. Los delincuentes de cuello blanco son los mayores corruptos y los mayores corruptores del país.

Los desvíos de la justicia y de la conducta pública tienen como común denominador el ansia irrefrenable de poder y dinero que se apoderó de la sociedad y se volvió endémica. Y todo se va olvidando. De escándalo en escándalo, las colosales fechorías ya no se ven. Se las llevan las corrientes de la impunidad y la degradación de las costumbres.

El empresario italiano Giorgio Sale, años atrás sonado personaje del alto mundo (por los días en que regaló unos botines a un magistrado y un reloj a otro, con intenciones aviesas), y quien más adelante fue condenado a diez años de prisión por el delito de lavado de activos, había dejado de ser noticia. En noviembre de 2013 le fue concedida la casa por cárcel debido al cáncer de pulmón y la diabetes que padecía. Habían pasado los días fulgurantes en que los círculos sociales y políticos frecuentaban su restaurante L’Enoteca y su almacén Made in Italia.

Ahora llevaba una vida escondida en el municipio de Cartago, donde pagaba, en el apartamento que compartía con su esposa, la pena que le faltaba cumplir. Por las calles se le veía caminar con lentitud y fatiga, como alma errante, acompañado de su inocente mascota. Murió en días pasados, víctima de sus dolencias y entre las sombras de su tremenda soledad.

Caso parecido es el de Mariano Alvear Sofán, fundador de la Universidad San Martín. Se calcula que a través de las maromas realizadas durante largos años desvió un billón de pesos a sus cuentas particulares. Montó con su familia un potente clan que explotaba los dineros succionados a miles de estudiantes atraídos por los planes que la universidad anunciaba en los periódicos con gran despliegue y en forma constante (un señuelo para el engaño).

Se le dictó orden de captura, lo mismo que a otros directivos de la universidad. La audiencia tuvo que llevarse a cabo en su lujosa mansión de El Peñón debido a la enfermedad que lo aqueja (fascitis necrotizante –infección severa–). Ahora viene un largo proceso judicial donde se expropiarán sus bienes localizables, y hasta es posible que vaya a prisión, si su edad –74 años– y su precaria salud lo permiten. ¿Qué queda de su emporio económico y de sus días de esplendor? Un horizonte de miserias.

Otro tanto sucede con los grandes capos. Pablo Escobar, el hombre más poderoso de la mafia colombiana, terminó abaleado en el techo de una modesta casa de Medellín. Gonzalo Rodríguez Gacha, uno de los terroristas más temidos, ricos y sanguinarios de la historia junto a Pablo Escobar, fue dado de baja en espectacular cacería. Los hermanos Rodríguez Orejuela, fuertes narcotraficantes, pagan prisión en Estados Unidos. Es el mismo caso de Carlos Lehder, el otrora dueño de la isla Cayo Norman, por donde introducía los narcóticos a Estados Unidos.

Igual panorama de desgracias se cierne sobre Víctor Maldonado y los directivos de Interbolsa; sobre Silvia Gette, exrectora de la Universidad Autónoma del Caribe, exvedette y exbailarina erótica en Argentina; sobre Jorge Pretelt Chaljub, presidente de la Corte Constitucional. La lista de infractores de la ley es infinita. Pero la gente no escarmienta en cabeza ajena. A veces, ni en cabeza propia, porque se vuelve a delinquir cuando llega la ocasión.  

Epílogo. La Posada Alemana, la suntuosa sede de Carlos Lehder en el Quindío, está en escombros desde hace mucho tiempo. De allí desapareció hasta la estatua de          John Lennon elaborada por Rodrigo Arenas Betancourt. En días pasados tuvo que ser demolida, para evitar que causara una tragedia, la casa de Pablo Escobar en la Hacienda Nápoles, que en los tiempos de gloria fue visitada por políticos, reinas y muchas figuras nacionales. En ambas mansiones se sienten fantasmas.

El Espectador, Bogotá, 20-III-2015.
Eje 21, Manizales, 20-III-2015.
Mirador del Suroeste, n.° 63, Medellín, diciembre/2017

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Comentarios

Es muy triste que quienes hemos vivido con rectitud de principios y de conducta, ahora seamos los «pendejos» de este país carcomido por la corrupción. Esto se está volviendo irrespirable, pues para donde uno mire hay una «cartelización» con propósitos siempre torcidos. Pero nos toca seguir insistiendo ante propios y extraños sobre la necesidad de retomar lo perdido. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

La columna pone el dedo en la llaga purulenta en que se convirtió la sociedad colombiana,  otrora modelo de gentes laboriosas y honestas. Gustavo Valencia García, Armenia.

La gente no aprende. Pero será la ley del karma la que cobra justicia. Así anda el mundo. El diluvio universal es ahora “la corrupción universal”. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Muy acertado el artículo en estos momentos en que la gente solo quiere tomar el camino más fácil y solo importa el “yo, yo, yo y lo que sobre para mí”. Alexandra Oñate, Bogotá.

La Justicia es el cáncer que corroe a nuestro país. No sólo en la Corte Suprema sino en todos los departamentos los jueces tienen precio. Por eso no se pueden esperar fallos justos y ronda la inequidad por doquier. Raquel Martínez Aguirre, Armenia.

Mi reconocimiento por tener aún nuestro país personas como usted con entereza de carácter y sabiduría para que como periodista exprese lo que es el sentir de la mayoría de nuestro querido pueblo colombiano y que ojalá la reflexión y sensatez de nuestros dirigentes direccionen una sociedad con decoro y decencia sobre todo en los de cuello blanco que tanto daño le están haciendo con su maligno ejemplo. Fernando Valencia Ríos, Tuluá.

Qué nos pasó cómo sociedad es la pregunta que me hago antes que mis hijos me la hagan para ver si puedo encontrar una respuesta para mantener la dignidad como pueblo. Muchas son las veces que me pregunto sobre la necesidad de mantener la bandera en alto de los valores, la familia, la civilidad y el respeto por el orden, las leyes y las instituciones. Armando Rodríguez Jaramillo, Bogotá.

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Triunfó la corrupción

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

No ha habido Gobierno del país en varios años atrás que no anuncie mano dura contra la corrupción. Todos llegan animados por el mismo propósito, a sabiendas de que se trata de uno de los mayores flagelos que azotan la vida nacional. Y a poco andar, comienzan a aparecer los casos más aberrantes de descomposición en el propio ámbito estatal, y a veces desde las posiciones más altas de la administración.

Echar mano a los bienes del Estado, valiéndose de los pervertidos sistemas de soborno, de celebración de contratos fraudulentos y toda suerte de artimañas, se ha convertido en un ejercicio corriente, cometido en forma descarada y desafiando todos los rigores de la ley. Quien no roba está fuera de órbita. Quien no roba no sabe aprovechar su cuarto de hora. Es una regla invisible que se ha extendido en la vida pública como patente de corso. Qué triste tener que admitir esta abyecta desviación en la conducta moral de grandes núcleos de la ciudadanía.

La encuesta de Transparencia Internacional que acaba de revelarse no hace nada distinto que refrendar la dolorosa realidad que todo el país conoce. Según ella, la percepción de un 56 por ciento de los colombianos señala que la corrupción en el sector público ha aumentado de manera alarmante en los dos últimos años. Los sectores donde más se pagan sobornos son la Policía y la Justicia.

¿Qué puede esperarse cuando estas dos columnas vertebrales de la nación están  penetradas por la inmoralidad? ¿Cómo esperar que exista justicia –en este país tan necesitado y carente de ella– cuando los encargados de ejercerla se dejan enredar por el vil dinero, el tráfico de influencias o los apetitos de poder? ¿Cómo confiar en la acción contra el delito, las bandas organizadas y los peces gordos cuando los policías hacen de las “mordidas” un medio de vida? Con todo, los últimos directores de la institución han realizado los mayores esfuerzos de depuración en sus filas, que en muchos casos han tenido correctivos ejemplares, si bien el gigantismo de la empresa facilita no pocos descarríos.

Según la encuesta, las entidades más corruptas de Colombia son el Congreso y los partidos políticos. Entidades que tienen mucho en común como representantes del pueblo, y que debiendo ser, por eso mismo, dechados de pulcritud y eficiencia, son todo lo contrario. Los partidos han deteriorado su esencia democrática, y sus miembros han dejado perder el prestigio personal e institucional que fue la nota preponderante de otras épocas.

Hoy nuestros partidos son los menos reputados en América. Lo dice Fernando Londoño Hoyos en su columna de El Tiempo de este 11 de julio: “La política perdió toda nobleza, se quedó sin altura, sin ideas ni motivos”.

Esta encuesta cubrió 107 países, y entre ellos Colombia tuvo una pésima nota. El primer lugar en corrupción lo ocupó Bolivia, luego quedaron Méjico y Venezuela, y el quinto puesto fue para Colombia. Nos rajamos. Triunfó la corrupción.

Ojalá esta penosa circunstancia lleve a Colombia, con su presidente a la cabeza, a reflexionar sobre los graves problemas que nos rebajan y nos deshonran ante el concierto de las naciones, y a buscar medidas prontas y eficaces para salir del atolladero a que hemos llegado. El hundimiento moral no es de ahora, no es solo de este Gobierno, ni del anterior, ni del de más allá, sino que se ha producido poco a poco a través de largo tiempo.

Se requiere una fuerza nacional –de todos los estamentos y de todos los ciudadanos de bien– para romper las barreras de la indiferencia social y de la común tolerancia con el vicio, que mantienen al país en tan lastimoso estado de ruina moral.

El Espectador, Bogotá, 12-VII-2013.
Eje 21, Manizales, 12-VII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 13-VII-2013.

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Comentarios:

Yo creo que mientras no existan leyes fuertes y se apliquen con vigor, nunca vamos a destruir ese flagelo de la corrupción. Mauricio Guerrero, colombiano residente en Estados Unidos.

Si el país no despierta de esta pesadilla, nos aniquilará a todos. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Hay problemas tan arraigados que uno no vislumbra solución a ningún plazo. Si bien es cierto que la corrupción es un mal general en muchos países del mundo, ¿por qué Colombia tiene que figurar entre los más corruptos? Una de las razones por la cual aumentó la corrupción fue la de acabar con el control previo para la fiscalización de los compromisos fiscales del Estado. De esta manera la Contraloría General de la República pasó de hacer un control anterior al egreso, a uno posterior, es decir a «bendecir y avalar» hechos cumplidos, mucho tiempo después de las erogaciones. Pero ¿a quién puede interesarle reimplantar el sistema anterior de control? Se terminaría el festín con los dineros públicos. Gustavo Valencia García, Armenia.

He leído varios escritos donde los columnistas se duelen de la corrupción, a raíz del reciente informe internacional, pero ninguno habla de la sanción social inexistente en Colombia. Sin ella no saldremos de esta situación. Jorge Jaramillo, Bogotá.

De los males mayores del país, la corrupción los supera todos. Por más leyes, cambios a la Constitución, cambios estructurales del sistema, planes decenales para mejorar las cosas, no vamos a cambiar sustancialmente nada sino hasta que cada uno de nosotros hagamos conciencia histórica y autocrítica, aceptando primero que somos los únicos responsables de lo que tenemos y nos merecemos: los unos por acción, los otros por omisión, los otros por adinamia, los otros por complacencia… Jorge Luis Duque Valencia, médico cirujano, Armenia.

Esta columna es el pálpito y el dolor de todos los ciudadanos de bien y del común, que no tenemos forma de alzar la voz en un medio de comunicación. Debo confesar que lo que yo siento es una enfermedad colectiva de desánimo, incredulidad, impotencia, desesperanza y miedo. Los corruptos nos tienen al borde del abismo físico, emocional, económico, que agota  y nos convierte en un pueblo maltratado y dolido. Y nosotros metidos en un laberinto del cual no tenemos posibilidades de salir. Inés Blanco, Bogotá.

Cuando joven, la industria de la familia me enseñó a ver la corrupción bien de cerca y cuando mayor, regresado de estudiar en Europa y ya en el medio trabajando, hube de vivirla bien de cerca y como nunca pude ni quise participar, me vi obligado a salir del país. Jorge Enrique Angel Delgado (correo a El Espectador).

La corrupción en Colombia es una forma de vivir para la clase política desde que somos república. En la actualidad súmanse narcotráfico, contratos y todo tipo prebendas. Adolecemos de códigos éticos que realmente nos conviertan en una sociedad ejemplar, democrática, equitativa, justa. Para eliminar o por lo menos disminuir este flagelo se requieren por lo menos 5 generaciones de colombianos aplicados a un nuevo orden que cambie todas estas malas costumbres. Hay que estudiar, transformar con nuevos valores y códigos éticos lo que queda de país. socratesindignado (carta a El Espectador).  

Muy interesante artículo. Espero ayude a crear conciencia. La corrupción es el cáncer que está devorando al país y de acuerdo a las últimas informaciones hizo metástasis en todas las entidades  oficiales. Pero lo más grave es la permeabilización de la justicia que como dicen varios columnistas en la prensa hizo que se «corrompiera la sal». Hasta ahora no se vislumbra quién le ponga el cascabel al gato, pues todo es fruto de la politiquería y de los politiqueros, a quienes el bien de la nación les importa un pepino. Sólo les interesa llenar sus arcas en forma fácil y rápida, sin importar los medios. Desafortunadamente establecieron la cultura de la trampa y el atajo donde al delincuente se le admira como «vivo» y al honesto lo tachan de «pendejo». Lástima nuestra Colombia, tan bella pero tan mal manejada. William Piedrahíta, colombiano residente en Belleview, Florida.

Debate ético

jueves, 31 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Almacenes Éxito puso en su página web un aviso donde ofrecía, por 400.000 pesos, neveras cuyo precio era de cuatro millones. Para muchas personas esta oferta pasó inadvertida. Otras se apresuraron a adquirirlas, entre ellas varios empleados de Bancolombia. En este sector comenzó a crecer el rumor de que se trataba de una equivocación de la firma vendedora, y algunos de los beneficiados con la ganga animaron a sus compañeros para que aprovecharan la ocasión.

Días después, la firma descubrió el error cometido en la facturación del producto.  Entre tanto, los compradores ya tenían el electrodoméstico en sus domicilios. Fue entonces cuando el presidente de Bancolombia, Carlos Raúl Yepes, se enteró de lo que él llamó “viveza” de los 40 empleados que habían adquirido la nevera. Y le escribió una carta al presidente del Éxito doliéndose de esta falta de ética. Una segunda carta la envió a los 23.000 empleados de Bancolombia reprochando el proceder deshonesto de quienes habían incurrido en dicha conducta.

Esta intervención llevó a la mayoría de empleados a devolver las neveras. Unos estaban arrepentidos del acto, mientras otros pensaban que habían procedido de buena fe, motivados por la oferta comercial, que hallron legítima. Numerosos lectores se mostraron inconformes, en correos dirigidos a El Tiempo y Portafolio, donde se publicó la noticia, por la actitud excedida del doctor Yepes al haber señalado como deshonesto a todo el grupo.

El caso se prestó para hacer representar en él, como presidente de Bancolombia, a todo el sistema bancario, cuyos excesos en los costos financieros, y la alarmante ola de fraudes cibernéticos que se hacen recaer sobre los usuarios a sabiendas de que estos no son los responsables, convierten a la banca en uno de los organismos más deshumanizados  del país. Se trata, según muchos de esos correos, de una doble moral.

De todas maneras, este capítulo controvertido da pie para acentuar los principios éticos que se han dejado perder. Virtudes como la honradez, el cumplimiento, la seriedad, el decoro andan de capa caída. En otro sentido, el abuso, el robo, el atropello, la explotación, la ventaja indebida se volvieron moneda corriente en nuestros días. Gobernantes, políticos, magistrados, empresarios, que deben ser las mayores guías morales de la sociedad, contribuyen con actos deshonestos o delincuenciales a que las costumbres se degeneren y la vida pública se pervierta.

En medio de la degradación moral a que ha llegado el país, tonifica el ánimo el hallar actitudes edificantes como las de varios taxistas que en distintas ciudades han devuelto dineros de consideración olvidados en sus carros por los usuarios del servicio. Ya se ve que la ética tiene varias caras. La ética es un valor subjetivo. O dicho de otra manera, no todo lo que brilla es oro.

El Espectador, Bogotá, 31-IX-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 1-IX-2012.
Eje 21, Manizales, 1-IX-2012.

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Comentarios:

Lo ético es asumir los errores. El Éxito ofrece al público un objeto en promoción y en razón del precio anunciado Pablo lo compra. Pablo no es responsable si el Éxito cometió un error. El Éxito tiene la obligación de entregárselo por el precio ofrecido. En Francia, Carrefour se equivocó con los precios de unos vinos de reserva, ofrecidos a 12 euros y que costaban 70. Tuvo que entregarlos por el precio fijado. Después corrigieron el error y los clientes posteriores pagaron el precio real. Es la ley. secartonpiedra (correo a ElEspectador).

Simplemente es un negocio. Un gran almacén ofertó un producto y la gente lo compró. Se pudo pensar que era un gancho comercial del oferente. Una pequeña gabela  de un pulpo para su clientela. No se nos olvide el manejo que le da el Éxito a muchos de sus proveedores y cómo los presiona en el momento de cualquier negociación. Lo que no tiene sentido es que el gerente de Bancolombia entre a presionar a sus trabajadores para que regresen el producto. Él sabía que  su banco cobraba unos precios muy elevados por las transacciones bancarias, y se las cobraba a una buena cantidad de obreros colombianos, muchos de ellos de salario mínimo, que se ven obligados a tener cuenta en su banco,  y ahí sí no dice nada don moralista. Luis Carlos Jiménez A.

Marcado un precio por un almacén serio, ese ente debe honrar lo anunciado. Por supuesto que si los auditores encuentran un error, este se debe corregir, y desde ese momento rige lo enmendado. Las promociones son en esencia eso, un error —consciente o consentido— respecto al precio de una mercancía, la cual mantendrá ese estatus hasta que se anuncie la caducidad. usacabeza (correo a El Espectador).

¿Cómo es posible que USA con 250 millones de habitantes tenga menos fraudes bancarios que Colombia que tiene 45 millones de habitantes? Porque en USA los bancos tienen que responder por todos los fraudes. En Colombia se acabará tanto fraude bancario el día que el gobierno obligue a los bancos a responder. Lira (correo a El Espectador).

¿Qué tal? Un banquero, sinónimo de usura, hablando de ética. Los principales responsables de la ruina de muchos ciudadanos son los bancos. O si no, miremos las tasas de interés de préstamos y las tasas de captación. Miprofesor (correo a El Espectador).

Es muy positivo que el columnista nos recuerde a todos que «los principios éticos se han dejado perder». En mis años de juventud en Armenia nunca se escuchaba de chantajes, de falta de honestidad, de «vivezas» de las personas en asuntos de negocios. Había «honradez, cumplimiento, seriedad, decoro». En Estados Unidos he visto que las fechorías son, y es triste decirlo, de los extranjeros. Nunca en mi trabajo, ni en mi trato con los  americanos, he visto la capacidad de engaño de gente de otros países. La explotación en Colombia es un mal congénito. Yo lo viví en los empleos que tuve allá: a las mujeres nos pagaban menos que a los hombres por hacer el mismo trabajo. Amparo E. López, colombiana residente en Estados Unidos.

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Rescate de los valores

domingo, 29 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Tiempo ha puesto en circulación El libro de los valores, amena obra que busca despertar en los hogares la conciencia ética de la vida. El abandono de los principios morales es la causa principal del deterioro que padece hoy el pueblo colombiano. Cuando la moral y la ética dejan de ser las guías del comportamiento humano, ocurre la degradación del individuo.

Toda sociedad, para que sea libre y permita el desarrollo de las personas y el progreso del país, debe acatar una serie de reglas básicas que se fijan los mismos pueblos para vivir en armonía y gozar de elementales beneficios que dignifican la existencia.

Normas de conducta como la honestidad, la justicia, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la prudencia y la paz son principios perennes que la sociedad ha establecido como faros para navegar por los mares embravecidos del mundo. Por desgracia, el hombre contemporáneo se preocupa más por lo material y lo frívolo que por lo espiritual y lo ético. Ya vimos la trifulca que se formó hace poco contra el senador Carlos Corsi Otálora por haber incluido los Diez Mandamientos en el proyecto del Código de Ética del Congreso, propuesta que fue atacada por sus colegas entre burlas y rechazos.

En días pasados, las autoridades policivas allanaron, al norte de Bogotá, una casa que había pertenecido a Gonzalo Rodríguez Gacha, puesta al cuidado del Inpec, y descubrieron que el guardián de esta entidad y varias personas más, entre las que se hallaba un coronel, se habían dedicado a destruir paredes y pisos en la búsqueda afanosa de un presunto tesoro escondido allí por el extinto narcotraficante. El tesoro de Alí Baba y los cuarenta ladrones.

En conducta abyecta y bochornosa, estos piratas de la codicia, dirigidos por un alto mando de la Policía, pisoteaban no sólo los cimientos seductores de la edificación, sino los códigos éticos y los códigos penales. La corrupción se volvió moneda corriente en una sociedad como la nuestra desviada de la órbita moral. Con todo, existen procederes decorosos, aunque aislados, que reconfortan el ánimo de la gente honesta frente a los desvíos perniciosos de las buenas costumbres.

Hace varios años viajé a Santa Marta en plan de trabajo. Hacia las once de la noche, cuando me dirigía al hotel donde me hospedaba, tras una intensa jornada laboral, me detuve en uno de los restaurantes que estimulan el apetito con provocativos platos de comida rápida. Al despertarme al día siguiente, lo primero que advertí fue que no estaba conmigo la chaqueta con que había viajado de Bogotá, en la que llevaba la chequera, las tarjetas de crédito, los documentos de identidad, el dinero, el tiquete de regreso…

Me sentí hundido por el contratiempo. La lógica indicaba que la pérdida era irremediable. Sin embargo, me fui en pesquisa del restaurante y lo localicé a dos cuadras del hotel. Las mesas que por la noche se situaban en la acera para atraer turistas, las vi recogidas en el fondo del local y hacia ellas dirigí la mirada ansiosa.

¡Cuál no sería mi sorpresa al descubrir colgada allí mi chaqueta! Supuse, claro, que el dinero y los documentos habían desaparecido. Un vecino se ofreció a hablar por teléfono con la dueña del negocio, y ella envió las llaves del restaurante para que sin ningún problema dispusiera de mi propiedad. Con explicable ansiedad, me acerqué al asiento donde estaba la chaqueta, la miré con incredulidad, la pulsé, revisé los bolsillos… ¡y todo estaba intacto!

Volví por la noche a darle una gratificación a mi insólita protectora, y ella me manifestó que el mérito no era suyo sino de los meseros, dos muchachos de escasos veinte años en quienes la patrona había inculcado lecciones de delicadeza y honradez como base del prestigio comercial de que disfrutaba su negocio. En esa vivencia inolvidable supe lo que vale el respeto por el bien ajeno.

Aquí cabe el caso de Dúber Pulgarín, de 13 años, habitante de una comuna de Medellín, que se encontró un paquete con cinco millones de pesos y lo devolvió a su dueño por saber que no le pertenecía. Y el de mi hija Fabiola, que perdió sus tarjetas bancarias al salir de un cajero automático y dos días después se las regresó una caminante anónima que las había hallado  en la calle.

Recuerdo que ella llegó aquella noche a nuestra casa, en pleno aguacero, y nos sorprendió con la noticia de la pérdida, que mi hija no había descubierto aún. La transeúnte hizo milagros para averiguar nuestra dirección, y no quedó contenta hasta conseguir su objetivo. Trabajaba como empleada de una cigarrería y se negó a recibir la recompensa que se le quiso dar por su valiosa acción.

Es posible que el lector haya vivido o conocido casos increíbles como los aquí narrados. La honradez todavía existe, en casos excepcionales, pero anda de capa caída.

El Espectador, Bogotá, 7-III-2002.

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Comentario:

Artículos como este, que confortan el espíritu, son de grande utilidad. Estoy muy triste y sensible por lo que pasa en nuestra querida patria. Me duele Colombia. Por esa razón me emocioné con esta columna y hasta la grabé, pues me especialicé en bioética y quiero citarla cuando escriba algunos artículos que me solicitaron. Luis Eduardo Acosta Hoyos (escritor), Recife (Brasil), 7-III-2002.

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