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Sólo Boyacá

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La adhesión de Otto Morales Benítez al departamento de Boyacá viene desde sus albores estudiantiles, cuando comenzó a descifrar los hechos patrióticos y a comprender el sentido de la nacionalidad. Y más tarde, en su vida pública y en su carrera de escritor, cuando se compenetraba cada vez más con los símbolos y los valores vernáculos de que es tan rica la tierra boyacense. Ya desde 1950, en el capítulo Algunos aspectos de su cultura, que hace parte de su reciente libro Sólo Boyacá, dedicado con devoción a esta parcela grande de la patria, divagaba con hondura sobre la obra de Eduardo Caballero Calderón, que gira, casi toda, alrededor de Tipacoque y el alma campesina.

Los enfoques contenidos en esta obra de 514 páginas, publicada con el auspicio de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, indican que Morales Benítez conoce muy bien a Boyacá. Se dedicó a estudiarlo desde sus lejanas mocedades, lo visitó muchas veces en sus giras políticas, lo escudriñó en numerosos trabajos como escritor analítico, y hoy remata el concepto con este acopio de ensayos que le fueron brotando con espontaneidad al paso de los días, en más de medio siglo de fecunda indagación.

Nunca fue invitado de piedra, sino que aprovechó sus contactos con la tierra y con la gente para saber cómo piensan, escriben, actúan los boyacenses, y para detenerse en los monumentos y obras de arte que surgen como testimonio del  pasado glorioso. El escritor se escapa a Boyacá siempre que encuentra un resquicio para asistir a los sucesos comarcanos. Allí se dedica a husmear la historia, remover la piedra milenaria, pasear por los horizontes mágicos y aprender nuevas cosas.

Para decirlo de otra manera, Morales Benítez es un boyacense más. Este título tan bien ganado es el franco reconocimiento que le hace la región por su identidad con las tradiciones, las costumbres y los valores locales y por su asidua labor de divulgación de todo lo positivo que allí existe y le da hitos de grandeza a la comarca. Con esta consideración, la Academia Boyacense de Historia lo designó hace muchos años como socio honorario.

La historia y la cultura boyacenses, unidas a los paisajes y a la riqueza terrígena, constituyen dones inapreciables, de desconcertante magnitud. Nunca se terminará de interpretar el pasado histórico de Boyacá, ni abarcar la pléyade de hombres, ubicados en los campos del arte, la literatura, la política, la vocación religiosa o el ejercicio militar, que han sido las tendencias más marcadas de los pobladores de ayer y de hoy.

Por todas estas áreas pasea su pluma Morales Benítez, unas veces para exaltar las gestas patrióticas o admirar el patrimonio artístico, otras para estudiar la obra de los escritores y poetas. Y siempre para señalar a Boyacá como departamento de infinitos caminos y portentosas virtudes.

El tema del mestizaje, uno de los hechos indoamericanos más estudiados por el escritor caldense, encuentra aquí terreno fértil para elaborar planteamientos de interés para la cultura nacional. El folclor y la identidad cultural, que se expresan lo mismo en los caballitos de Ráquira, en el arte religioso o en la música autóctona, llevan de la mano al analista reflexivo que hay en Morales Benítez para resaltar la autenticidad de la raza aborigen.

Cuando escarba en los veneros del arte y las letras, decanta grandes figuras reconocidas a lo largo de los años, como Eduardo Caballero Calderón, Armando Solano, José Mar, Gabriel Camargo Pérez, los hermanos Torres Quintero, Vicente Landínez Castro, Enrique Medina Flórez o Javier Ocampo López , y se detiene en nuevas revelaciones, como el escultor César Gustavo García Páez.

El libro de Otto Morales Benítez es un canto a Boyacá. En el juego de los amores mutuos faltaba esta declaración a la tierra que lo ha acogido, lo ha agasajado y lo distingue como personaje entrañable. El título de la obra es una expresión de exclusividad literaria, que hace más firme la unión espiritual: Sólo Boyacá.

El Espectador, Bogotá, 24-X-2002.

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Bocetos y vivencias

domingo, 29 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde la bella tierra de Barichara, donde reside embelesado hace largos años, el escritor y académico boyacense Vicente Landínez Castro pone en circulación su noveno libro: Bocetos y vivencias. Toda obra suya tiene un sello inconfundible: la pureza y elegancia del lenguaje, la poesía de las imágenes, la riqueza de las ideas y las altas miras de los enfoques humanísticos.

Maestro del ensayo, al que viene consagrado desde sus lejanas y fecundas jornadas culturales en la ciudad de Tunja, la mayor parte de su producción gira alrededor de este género. Ha hecho de sus escritos un venero de sapiencia y un jardín de floraciones estéticas. Es un intelectual puro y un trabajador incansable de la palabra, y vive en función constante de pensar y producir.

Cuando dirigió el departamento de publicaciones de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, creó una valiosa revista que circulaba en todo el país y que se queda con la impronta de su autor: Pensamiento y acción.

Su nuevo libro, procesado en San Gil con admirable técnica editorial, reúne sesudos estudios sobre personas y sucesos de la vida cultural colombiana, con algunos atisbos hacia escritores de otros países, y se convierte en manual de consulta que pueden envidiar las bibliotecas más exigentes. Páginas ya consagradas se trasladan de otros libros suyos de vieja data, como la manera de airear el pensamiento y renovar las ediciones.

Landínez Castro, enamorado entrañable de Boyacá y su gente, ha sido el gran cantor de las tradiciones y excelencias de la tierra que le nutrió el alma de ensueños y le enseñó a pensar y a querer en grande. Leyendo este acopio de exploraciones  sobre eminentes figuras comarcanas, es como si la voz del pasado reviviera en sus ensayos, marcados por la hondura del análisis, la destreza para calificar caracteres y el preciosismo de los juicios y de la expresión idiomática.

Figuras de nuestro Boyacá glorioso, preñado de grandeza intelectual, resurgen en los estudios dedicados, entre otros, a Eduardo Torres Quintero –su maestro y su álter ego–, Juan Clímaco Hernández, Armando Solano, Eduardo Mendoza Varela, Enrique Medina Flórez, Javier Ocampo López, Ramón C. Correa, Carlos Arturo Torres. Cuando se va por otras latitudes del país o del exterior, lo mismo sucede  con los nombres de Marco Fidel Suárez, Baldomero Sanín Cano, Otto Morales Benítez, Germán Arciniegas, Jorge Isaacs, Gabriela Mistral, Azorín,  Montaigne.

Rasgo imprescindible en el garbo de este ensayista, que acostumbra expresar en cartas privadas, es el de comentar los libros que le llegan a su corralito de piedra de Barichara. En el libro a que alude la presente nota hay alusiones, convertidas en  ensayos, sobre obras recientes que han ingresado a su vasta biblioteca. Engrandece a los hombres cuando los encuentra, como él, recorriendo y sufriendo los ásperos caminos de las letras.

Sabe que el estímulo, como el pan, se hicieron para alimentar el espíritu y recuperar las fuerzas, y no ignora que el hombre de letras es un ser ignorado  por la sociedad, cuando no por sus propios colegas encumbrados, y que por eso mismo necesita una voz de aliento en su andar solitario.

La carátula de Bocetos y vivencias es un viejo dibujo que el maestro David Parra Carranza elaboró para ilustrar el cuento La ventana de la hermana Lucía, publicado en Tunja –¿cuántos años hará?– por el personaje de Barichara. Primera noticia que tengo, a pesar de mi estrecha amistad con el autor, sobre su incursión en el género del cuento. Pienso que ese trabajo, perdido en el tráfago de los días, hoy sería una novedad, como lo fue el cuento de Julio Mario Santo Domingo que reveló en días pasados Juan Gossaín en edición dominical de El Espectador, o como el único cuento que, en 1925, escribió el poeta Luis Vidales con el título Tragedia de un rostro.

Quiero resaltar la virtud cardinal que he mencionado en otras ocasiones sobre el estilo de Vicente Landínez Castro: la brevedad luminosa de su escritura. Mide las palabras después de someterlas a la purga implacable de la corrección idiomática y el brillo de las ideas. Sus escritos son modelo de claridad, donosura y belleza. Ya lo dijo el maestro Arciniegas: “Hasta donde yo conozco no hay otro colombiano que escriba un castellano más perfecto, expresivo, elegante y jugoso que el suyo».

El Espectador, Bogotá, 27-XII-2001
Repertorio Boyacense, No. 338, Tunja, abril de 2002

 

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Vigencia de Gaitán

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando Horacio Gómez Aristizábal tenía 14 años de edad conoció a Gaitán. Aquella vez, en una manifes­tación que se realizaba en la plaza de Armenia, se sintió deslumbrado con la presencia del hombre público que enardecía multitudes con su talante de caudillo y su oratoria estremecedora. La sola noticia de que Gaitán llegaba a la capital quindiana en una de sus giras políticas por el país, mantuvo durante varios días, en ardorosa ex­pectativa, al joven estudiante que en secreto había creado un ídolo en la persona del tribuno del pueblo.

El magnetismo ejercido por Gaitán se venía incrementando al paso de los días, y cuando Gómez Aristizábal gozó del privilegio de escucharlo y presenciar de cerca sus ademanes oratorios, sintió que algo fulminante había ocu­rrido en su vida. El ídolo, ahora de carne y hueso en la plaza de Armenia, no sólo avivaba su entusiasmo juvenil sino que lo impulsaba a seguirlo.

Es posible que aquel día Gómez Aristizábal se hubiera decidido por el derecho penal. No hay duda: la admiración despierta el deseo de imi­tación. Hace surgir una envidia sana por poseer las mismas virtudes del maestro. Tal fue la irradiación que produjo el líder social en el menudo estudiante quindiano, que de ahí en adelante, y a pesar de que éste milita­ría en el partido contrario, las ideas del caudillo serían fuente de estudio y orientación para el brillante penalista que es hoy Gómez Aristizábal.

Leyendo el libro que éste escribe sobre Gaitán, acabado de salir al pú­blico en nueva reedición, no me cabe duda de que dicha obra comenzó a escribirse en la mente del escritor el día que el jefe de multitudes pasó por la plaza de Armenia e hirió con su elo­cuencia la sensibilidad de su futuro admirador.

Obra que recoge y analiza el pen­samiento de Gaitán, no hasta el extre­mo de la idolatría, sino como faro de un ideario político de avanzada, que ha ejercido papel esencial en la vida del país. Las posiciones vertica­les del caudillo revolucionario cuando embestía contra los oligarcas y defen­día la causa de los humildes, que otros han tratado de imitar sin convicción, y sobre todo sin la fuerza del intelectual y el dirigente que era Gaitán, se echan hoy de menos en esta Colombia mar­cada como nunca por las desigualda­des sociales.

El repaso histórico que hace Gómez Aristizábal sobre la vida de Gaitán y la vigencia de su filosofía política, resul­ta aporte sustantivo para enaltecer la memoria del mártir, cincuenta años después de su holocausto. Jorge Eliécer Gaitán sigue vivo en Colombia. Su doctrina continúa incólume. Nadie ha logrado enarbolar sus mismas ideas, aunque muchos pretendan apa­recer como sus abanderados. ¿Dónde están los verdaderos luchadores de los intereses populares? A estas reflexio­nes convoca la lectura del ensayo del penalista y escritor quindiano.

La Crónica del Quindío, Armenia, 9-VII-1998

 

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Jaramillo Ángel y Vargas Vila

miércoles, 11 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Gracias al celo conyugal de Merce­des González Cifuentes se ha publicado la obra póstuma de de Humberto Jaramillo Ángel: Vargas Vila con otros escritores. Se trata de crónicas preparadas en los años 1990 y 1991, las que, frustradas por la muerte de su autor, quedaron bajo el cuidado de su fiel compañera.

Otto Morales Benítez, en el prólogo del libro, traza un esbozo certero sobre la personalidad literaria y humana de Jaramillo Ángel, sobre quien dice que “su peregrinaje no obedecía sino a un mandato: el arte y, en especial, la literatura». Toda su vida, en efecto, estuvo dedicada al noble ejercicio de las letras, bien como ensayista de limpia pluma, bien como vehemente crítico social y li­terario, bien como poeta y cuentista de castiza imaginación.

Uno de los personajes que más admiró en el mundo de las letras fue Vargas Vila. Lo leyó, lo estudió y lo asimiló. Sobre él publicó escritos diversos a lo largo del tiempo, y le dispensó el trato deferente de maestro.

Mejor: de su maestro. El demo­ledor panfletario y polemista que arremetía por igual contra el clero desubicado que contra los gobier­nos despóticos, lo mismo que con­tra los falsos ídolos de la sociedad, tenía por qué ser maestro de Jaramillo Ángel, otro espíritu rebel­de que hizo de la pluma un ele­mento de ataque y censura cuan­do de reprobar a la gente y sobre todo a los escritores se trataba.

Jaramillo Ángel manejaba, al igual que Vargas Vila, una prosa vigorosa y una mordacidad inna­ta. Les venía de la cuna la insatis­facción social. Estaban hermana­dos dentro del mismo estilo y el mismo temperamento. Nunca des­falleció la ferviente adhesión del escritor calarqueño a su maestro, y puede decirse que llegó más allá de la muerte con su libro póstu­mo.

Estas crónicas presentan a Vargas Vila en su trato personal y literario con grandes figuras de las letras, tanto colombianas como de otras latitudes.  Afloran allí amores y odios, afinidades y diver­gencias. Útil, sin duda,  este escrutinio que hizo el escritor quindiano sobre las andanzas de su maestro por los caminos de la inteligencia. A los genios se les entiende mejor cuando se les ubica en su mundo cotidiano, y esto es lo que hace Jaramillo Ángel en los ensayos que por fortuna ha rescatado su espo­sa Mercedes.

Vargas Vila es uno de los escri­tores más fecundos del país, y de los más densos en ideas y de mayor expresividad idiomática. Creador de metáforas refulgentes y de original y castigado estilo li­terario –que por lo general iba en contravía de las reglas aca­démicas–, sus libros, que llegaron al centenar, hacían estremecer a sus innumerables lectores de Amé­rica y de Europa. Era ídolo de multitudes, genio del talento. El maestro Valencia lo llamó «el divino».

Hoy vuelven a aparecer sus obras en las librerías, editadas por la editorial Panamericana. Regre­sa otra vez a su patria el ilustre desterrado que hizo grande el nom­bre de Colombia por los aires del mundo.

La Crónica del Quindío, Armenia, 26-V-1998

 

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Por las sendas del Quijote

viernes, 16 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si bien Miguel de Cervantes Saavedra llegó al mundo en el año de 1547, en Alcalá de Henares, no se conoce el día exac­to de su nacimiento. Puede pensarse que éste tuvo lugar en septiembre –tal vez el 29, día de San Miguel, su patrono–. Lo que sí consta es que fue bautizado el 9 de octubre de 1547, y la cercanía con la fecha patronal es la que hace pre­sumir dicha hipótesis, aunque no era común en aquella época que un bautizo se retrasara tantos días.

Hacia 1597 inició Cervantes la primera parte del Quijote, que vio la luz en 1605, cuando el novelista tenía 58 años de edad. Fue tal el interés que despertó la obra, que al año siguiente salieron seis ediciones: dos autoriza­das por el autor, las de Madrid, y las otras, clandestinas, las de Lisboa. Desde entonces existían las ediciones piratas, hurto que ha querido situarse sólo en los tiempos ac­tuales. Ya por esa época era conocido Cervantes como novelista y dramaturgo de renombre. Su incursión en la poesía fue menos afortunada. En 1584 habían aparecido las co­medias El trato de Argel y El cerco de Numancia, y al año siguiente, La Galatea, su primera novela.

Lope de Vega, tan en boga por aquellos días, al pedírsele una opinión sobre los escritores españoles, manifestó: «Muchos están en cierne para el año que viene, pero nin­guno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote». No es la primera vez que en el mundo de las letras se produce un juicio tan equivocado y aplastante.

Recuérdese de paso el episodio de García Márquez, cuatro siglos después, cuando también es descalificado como literato. La obra que había enviado a un notable crí­tico y editor de Buenos Aires, de ésos que llaman vacas sagradas, le es devuelta con la anotación de que, siendo tan pobre la novela, le aconsejaba que cambiara de oficio. A la vuelta de los años, dicha obra sería famosa. ¿Qué tal que a estos escritores, apabullados por los jerarcas de las letras, se les hubiera ocurrido rasgar sus cuartillas y re­nunciar a su vocación?

La segunda parte del Quijote fue editada en 1615. Si se analizan con rigor los dos volúmenes, podrá advertirse que el segundo es más esmerado en su escritura. Hay críticos puntillosos (siempre habrá críticos empeñados en señalar minucias) para quienes Cervantes es un prosista descuida­do y desigual, y esta falla la hacen más notoria en la prime­ra parte que en la segunda. De todas maneras habían corrido diez años de distancia entre ambos tomos, y este tiempo introduce cambios en el estilo del escritor.

Caminos trashumantes

Eduardo Caballero Calderón, uno de los mayores intérpre­tes de Cervantes, y que vivió una provechosa temporada en España dedicado al estudio y la creación, declara que «el Quijote es como la vida: un viaje». El hidalgo de Tipacoque –también caballero andante– dice que en el li­bro de caballerías de Cervantes aprendió a leer y a soñar. Con motivo del cuarto centenario del novelista, Caballero publicó una excelente guía para entender mejor la obra genial: Breviario del Quijote.

En 1972, el Instituto Colombiano de Cultura, dirigido por Jorge Rojas, incluyó la novela de Cervantes en la serie de bolsilibros, abreviada y adaptada para todos los públicos, con la siguiente nota: «Quien no ha leído siquiera ‘algo’ del Quijote, está muy lejos de cono­cer el mundo, sus hombres, su historia. Y no ha vivido la más fantástica y humana de las aventuras».

La vida de Cervantes es un continuo deambular por los pueblos de España. Su padre, cirujano modesto sin mayor éxito profesional, cambia con frecuencia de domici­lio para escapar de los acreedores. El pequeño Miguel mar­cha siempre de la mano de su padre hacia los nuevos destinos: Madrid, Valladolid, Córdoba, Sevilla… En ningu­na parte encuentran residencia fija. La vida de Cervantes está enmarcada por la adversidad, signo que lo acom­pañará hasta la muerte. Hambres, privaciones, temores, inseguridad, en medio de una ansiedad corrosiva y cons­tante, invaden sus desplazamientos.

Por tal motivo, los estudios escolares del futuro genio de las letras son inestables y precarios. La vida vagabunda y bohemia de su padre, agobiada cada vez más por las deu­das, crean desazón y desencanto en el adolescente. Las cla­ses de gramática, materia por la cual se siente apasionado, son tan fugaces como sus errancias. Adopta enton­ces una actitud ejemplar: aprender por su propia cuenta. Con esa formación autodidacta enmienda las deficiencias con que lo castiga el azar de los caminos. En Sevilla asiste como alumno pobre al colegio de los jesuitas y allí se le descubre su afición por los libros.

En 1571, cuando contaba 24 años, marcha como solda­do a la batalla de Lepanto, donde es herido de tres arcabuzazos en la mano izquierda, que le queda inutilizada para siempre. En 1575, en guerra contra los corsarios turcos, cae prisionero frente a la isla Terceira (Azores) y es conducido a Argel, donde sufre un penoso cautiverio de cinco años. En estas acciones heroicas fortalece el espíritu y adquiere una visión superior sobre la existencia huma­na. En su mente comienza a nacer su obra maestra.

En 1582, durante su estancia en Portugal, tiene amores con una dama pasajera que le deja de regalo a su hija Isa­bel, quien lo acompañará hasta el fin de sus días. Dos años más tarde, también en Portugal, contrae matrimonio con Catalina Palacios Salazar, con quien no logra ser feliz.

Aquí no se detiene su destino errátil y azaroso. Ya distante su padre, el hijo transita los mismos caminos de deudas y penurias que aquél le había hecho conocer. Y como él, cambia de vivienda a cada rato para esconderse de los acreedores. Esto parece una herencia fatídica. Varias veces termina en la cárcel debido a las acreencias insalvables. Apenas gana para vivir con miseria. Este itinerario de son­rojos y penalidades se vuelve, sin embargo, enriquecedor para su labor de novelista. Nunca lo acompaña la fortuna, y su existencia es una cadena de fracasos y amarguras.

Alianza con Sancho

Situado Cervantes en la ruta del novelista, tenía que hallar un espíritu travieso y humano que lo salvara de sus infortunios. Y aparece Don Quijote, su álter ego. Lo mismo que un día exclama Flaubert: «Madame Bovary soy yo», a Cervantes le corresponde decir: «El Quijote soy yo».

Creador de genial humorismo, Cervantes moldea al ingenioso hidalgo como ser visionario y romántico, to­cado de locura mística y de verbo chispeante. Lo arma de lanza y adarga para que se vaya por los caminos a «desfacer entuertos», y lo pone a cabalgar sobre el noble Rocinante, flaco de carnes y ágil de imaginación, que –en sus entendederas de jamelgo sufrido y caviloso– siente incrus­tada la propia personalidad de su amo.

Don Quijote es alto, desgarbado, de débil contextura y aspecto tranquilo, de mirada penetrante y perfil aguileño. A su lado va Sancho Panza, montado en su borrico plebe­yo. La figura del escudero es singular: gordo, barrigón, mugriento, de baja estatura y facciones bruscas, en cuyo rostro mofletudo y vivaz brillan los ojos maliciosos y se agazapa la sonrisa socarrona. De él dirá la historia que es astuto y prudente, pero también egoísta (como lo son quienes nada tienen y por eso ambicionan algún bienestar). Es un aldeano bueno y respetuoso, y su lealtad a toda prueba es su mayor virtud.

Don Quijote y Sancho, los personajes centrales de la obra, que apenas se separan dos veces en sus aventuras camineras, representan los dos tipos esenciales de la con­dición humana: el idealista y el realista. Ambos caminan en la misma dirección: defender sus ideales y limpiar los caminos de emboscadas y de malandrines. No importa que don Quijote sea versado en letras y de noble estirpe, mien­tras que el escudero es analfabeto y de humilde cuna, si los dos –en sus luchas por la justicia y la libertad– se necesitan y se complementan.

En sus encuentros con los curas, los barberos, los tru­hanes, los arrieros, los venteros, los bachilleres, los nobles, los plebeyos, los caballeros, las señoras, las labradoras… el humilde acompañante, al lado de su soberano señor, aprende a conocer y tratar la humanidad. Y de tanto oír los con­sejos y los regaños paternales de su amo, se vuelve sabio. En tal forma se le graban los refranes y las frases cultas, que cuando llega a ser gobernador de la ínsula Barataria aplica las lecciones recibidas. Allí promulga y hace cum­plir, como ejemplo para los gobernantes de todos los países y de todos los tiempos, Las Constituciones del gran gobernador Sancho Panza.

La pasión aventurera

Para interpretar mejor el Quijote es preciso saber que el español era aventurero impenitente que no podía per­manecer quieto en ninguna parte, y por eso buscaba la emoción de los caminos, donde hallaría la fortuna y la felicidad. Este sueño casi nunca se realizaba, pero había que seguir adelante, sin flaquezas ni cobardías, porque la ven­tura aguardaba a la vuelta del camino. Así, de fonda en fonda, de pueblo en pueblo y de sueño en sueño, el espa­ñol alimentaba su vida errante.

Mientras recorría las veredas, hablaba. Hablaba con el vecino, o con la moza labradora, o con los molinos de viento, o con quien fuera –incluso consigo mismo–, porque el español nunca puede quedarse en silencio. La locuacidad es su mayor distintivo. Por eso, los personajes del Quijote caminan y caminan… y nunca se callan. Es el pueblo más hablador del planeta, y Cervantes no hace más que interpretar esa característica. Eso explica que el Quijote sea libro tan locuaz.

Por esta obra pasan muchedumbres bulliciosas como si fueran para una feria, pero en realidad es la España de todos los días –y de siempre– que no se cansa de andar y de conversar. No hay libro que capte mejor el alma españo­la como el Quijote. Cervantes no pinta paisajes, ni sienta cátedra, ni explica nada, sino que platica con sus persona­jes –y a uno le dan ganas de hacer parte de las tertulias–, mientras rueda la vida. La caballería andante era una reli­gión. Y como tal, transportaba al hombre a los espacios del idealismo y la dignidad humana.

La cueva de Montesinos

Don Quijote, agotado por las severas jornadas, penetra en la cueva de Montesinos y busca reposo. No sólo está exte­nuado, sino demacrado. En ese momento resalta más la calificación que le endilgó Sancho: el caballero de la triste figura. Al preguntarle Don Quijote por qué lo llamaba así, Sancho respondió: «Porque le he estado mirando un rato a la luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y ver­daderamente tiene vuesa merced la más mala figura, de poco acá que jamás he visto».

En la cueva se queda dormido y sueña con el mundo de la caballería. Su imaginación arrebatada, que no lo aban­dona ni en el sueño, le hace ver la mística caballeresca como un postulado supraterreno. En el cielo de su delirio, muy cerca de Dios, flota sobre el mundo vil que tantos sinsabo­res le causa, y se contempla a sí mismo como el supremo sacerdote de la caballería.

Este atribulado señor de todas las desdichas –que lleva en su encarnadura la propia vida atormentada de Cervantes­– se desquita en la cueva de Montesinos. En su ascensión a los cielos se olvida de las desgracias terrenas y se encuentra, en esta nueva escala de Jacob, con una legión de ángeles que suben y bajan y lo hacen sentir en la morada celestial. En su éxtasis santo, muy propio de santa Teresa, la realidad de la vida se transmuta en visiones fantásticas. Es uno de los pa­sajes más hermosos de la obra, lleno de hechizos, ensueños y poesía, donde la caballería rompe el cerco de lo prosaico y se eleva por el cosmos como un estado del alma.

Las armas y las letras

Dice Don Quijote: «Dos caminos hay por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; el otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras». Si estas palabras hubieran sido pronunciadas en los días actuales, estarían desenfocadas. Por lo menos las letras no hacen rico al escritor, aunque sí honrado. Pero hace 450 años eran diferentes los valores en la España ca­balleresca y letrada que contaba con personajes tan fabu­losos, y casi irreales, como los que rescata Cervantes en su obra.

Las armas no eran las mismas armas asesinas de esta época, con las cuales el hombre ha llegado a los peores extremos de barbarie y destrucción. Eran armas nobles que adornaban a los caballeros y les transmitían talante e hidalguía. El mismo Don Quijote, que dejó un discurso magistral sobre estos atributos de su tiempo, manifiesta que «las armas requieren espíritu como las le­tras»; y refiriéndose a la finalidad de las letras, dice que éstas «deben poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo».

El que habla aquí no es un loco, como algunos califi­can a Don Quijote, sin más distinción, sino todo un esta­dista que ojalá gobernara, para no ir muy lejos, este país en honda y continua crisis que se llama Colombia, que ha olvidado el sentido verdadero que tienen las armas y las letras. Las armas son hoy uno de los elementos más atroces y detestables que gravitan sobre la humanidad, y las letras andan pisoteadas por los gobernantes; aunque no por todos, pues hay algunos tan quijotescos que han sido capaces de acogerse al humanismo para que no perez­ca la sociedad.

Los políticos no han leído el discurso de Don Quijote, el guerrero inte­lectual que en sus travesías por los caminos de su patria legisló para todas las naciones y todos los tiempos. Si él viviera en la época actual –¿y por qué no resucitarlo?–, nos diría que las armas pasan y las letras quedan.

La mujer ideal

Los amores pastoriles que surgen a lo largo del recorrido convierten a Don Quijote, el mayor enamorado de los per­sonajes, en el precursor de los románticos. Por todas par­tes se encuentra él con frescas doncellas, con dulces pastoras, con apetecibles venteras, con mujeres castas y pecadoras.

Penetra en los secretos de las almas y recoge para la historia, entre ficciones y artificios, pero sin faltar a la ver­dad de los enamorados, deliciosos idilios enmarcados en el embrujo de los campos. No necesitó ser artista del pin­cel para pintar, con la sensibilidad de la emoción y la poe­sía, toda una galería de cuadros bucólicos que seducen a los enamorados. Por ese solo motivo, ya que el amor nunca muere, habría que leer a Don Quijote.

En la exaltación que hace de los atributos femeninos se afirma la vigencia del amor. Este caballe­ro galante se embelesa ante ciertos valores inmutables: la belleza, la gracia femenina, la pureza, la majestad del alma. Las mujeres que cruzan por las páginas de la novela –in­cluso Maritornes, la moza de la posada que se refocilaba con los clientes en las noches lujuriosas– son heroínas del amor.

Así las ve el caballero romántico, pero él le guarda leal­tad a su casta Dulcinea. En la aldea lejana quedó, provoca­tiva como ramo de uvas, la virtuosa y bella zagala por la que él suspira en sus noches de delirios. Dulcinea es agra­ciada y sensual, fuerte y rebosante de vida como una de esas labradoras que pasan a su lado y lo atraen. Virginal y etérea. A veces le parece que es irreal y se pierde en la at­mósfera como una avecilla de los montes. En tanto tiempo que lleva queriéndola, sólo la ha visto cuatro veces. No importa: ese es el amor de su vida. Ella ignora el torrente de esa pasión, porque su enamorado platónico, que no se ha atrevido a descubrirle su alma, prefiere idealizarla.

Don Quijote pondera ante Sancho los atractivos de su diosa espiritual, por quien está dispuesto a morir si fuera necesario: «Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la Tierra». El hidalgo, aunque cueste trabajo creerlo, es un tími­do caballero que en secreto idolatra a su amada y se la imagina inmaculada, e inconquistable para el resto de los mortales. Y a Sancho, el depositario de todas sus cuitas y todos sus secretos, le confiesa que no es un enamorado vicioso, sino un platónico continente.

Difícil concebir mayor grado de idealismo romántico. Hay amores sublimes –inmortalizados en grandes páginas de la literatura universal, e ignorados en la vida corriente, donde también existen–, que dejan de ser de carne y hueso para volverse heroicos.

«No se muera vuesa merced»

Cuando Sancho presiente el final de su patrono, le ruega que no se muera:

No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la ma­yor locura que puede hacer un hombre en esta vida es de­jarse morir (…) Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mala hallaremos a la señora doña Dulcinea (…) Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por ha­ber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron.

Pero Don Quijote no le hizo caso y se murió.

Queda su obra, esa sí inmortal. En su testamento le dejó a la humanidad el quijotismo, cabal expresión del ideal humano. El altruismo, la dignidad, el desprendimien­to de los bienes terrenos, la gallardía, la generosidad, el romanticismo, son principios fundamentales de la doctri­na quijotesca. En estas normas de vida, escritas para todas las generaciones y todos los tiempos, el hombre aprende a ser justo, libre, hu­manitario.

Don Quijote vivirá siempre en el corazón de los que aman, de los que sueñan, de los que luchan. Y será el me­jor aliado, como lo fue de Sancho, contra los choques del mundo y la desesperanza.

Academia Colombiana de Historia, Boletín de Historia y Antigüedades, N° 799, Bogotá, octubre-diciembre de 1997

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