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Cartas a Antonia

jueves, 13 de mayo de 2021 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Cuando Alfredo Molano Bravo falleció, era uno de los 11 comisionados de la Verdad, entidad constituida dentro del Acuerdo de Paz suscrito en La Habana. Se trataba de uno de los colombianos con mayor conocimiento sobre el conflicto armado y la perturbación de la vida campesina, y que podía, por lo tanto, aportar muchas luces para esclarecer lo que había sucedido en Colombia durante más de medio siglo de violencia.

Como sociólogo, periodista y escritor fue un crítico vehemente de los desastres de la guerra y la desidia de gobernantes y políticos para obtener reales medidas de solución social. En tal carácter, se dedicó a conocer la entraña del conflicto armado mediante entrevistas con diversos colombianos residentes en todos los confines del país.

Era un viajero impenitente que a bordo de su campero se desplazaba por la geografía colombiana, provisto de libros, libretas de apuntes y pocos atuendos personales, y recorría a pie los sitios más remotos y abruptos, siempre con el afán de dialogar con la gente y entender sus problemas. Cuando murió, quedaron 126 pares de tenis, según cuenta su hijo Alfredo. Y dejó publicados 27 libros, otro de relatos sin concluir y 3 más sin editar. En ellos está el testimonio de toda una vida de estudio, análisis, denuncia y protesta social.

Entendió las angustias del campesino, los despojos de la tierra y la injusticia con que siempre se le ha tratado. Supo que las guerrillas nacieron como un método de defensa contra los terratenientes y los políticos usurpadores, si bien con el tiempo surgió en los guerrilleros el apetito de riqueza con los narcóticos y desfiguraron su causa. Todo esto comenzó a relatarlo como periodista estrella de El Espectador, y después lo plasmó en sus libros. Sufrió el destierro, y nunca se apartó de la verdad. Su labor le mereció el Premio Nacional de Periodismo y el título de doctor honoris causa de la Universidad Nacional.

Cartas a Antonia es su libro póstumo, editado por Aguilar en agosto de 2020. Lleva el prólogo de su hijo Alfredo y la enternecedora imagen de su nieta Antonia, la adoración de su vida, quien desde niña lo acompañó en muchas de sus correrías, recibió sus enseñanzas, compartió sus penas y alegrías y entendió el sentido de sus luchas. Este libro es un recorrido por Colombia en el que el abuelo lleva de la mano a su nieta, le muestra paisajes y maravillas ecológicas, le señala la miseria humana, le resalta los valores de la vida y le inculca el amor a la patria.

Cuando un día aparecen los primeros síntomas del cáncer, el abuelo presiente que se aproxima el final de la jornada. Pero no pierde la esperanza de sobrevivir. Tiene la valentía de describir por escrito, paso a paso, el proceso de la enfermedad, como si se tratara de una historia clínica. Y siente miedo y confusión ante el tratamiento médico, cada vez más perverso y extenuante. Todo esto se lo narra a su nieta perpleja, ahora ya una adolescente de 14 años que adquirió asombrosa madurez bajo la guía y el cariño de su abuelo.

Alfredo Molano murió en Bogotá el 31 de octubre de 2019, a los 75 años de edad. En el cementerio, Antonia se despidió de él con palabras entrañables y serenas. Y más tarde hizo una evocación del saco rojo que él siempre llevaba puesto: “No me hallo sin ti y solo veo ese saco rojo que abrazo cuando me haces falta”.

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El Espectador, Bogotá, 8-V-2021.
Eje 21, Manizales, 7-V-2021.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-V-2021.
Aristos Internacional, n.° 42, Alicante (España), junio/2021.

Comentarios 

Preciosa remembranza de este soldado de la paz, quien la buscó con ahínco y fue un viajero incansable y conocedor como nadie de las carencias y angustias de las comunidades más pobres de nuestro territorio. La bella relación con su nieta Antonia es hermoso ejemplo de un ser que desborda cariño y afecto en medio de su infatigable labor. Gustavo Valencia García, Armenia.

Excelente libro. Nos lleva por la historia de Colombia, nos permite entender el problema de la tierra, el despojo, la usurpación por parte de los terratenientes, problema vigente y causa de la violencia en el país. La relación con su nieta, llena de ternura; su enfermedad lleva a las lágrimas. Martha (en El Espectador).

Bella semblanza. Todos los libros del señor Molano son hermosos, pero este es el que deja a flor de piel todo el amor que siente por su nieta y la tristeza de morir sin haber terminado la tarea que le había sido encomendada en la Comisión de la Verdad. Ana Celina (en El Espectador).

Energía positiva

viernes, 2 de octubre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El confinamiento que impuso la pandemia ha traído, fuera del miedo al contagio, un mal colateral y es el del pesimismo. La primera cuarentena comenzó hace seis meses –el 24 de marzo–, y a partir de entonces quedaron perturbadas por completo la marcha del país y la tranquilidad de los hogares. Eso mismo sucede en el mundo entero. Conforme pasan los días sin que aparezca la vacuna, crece el desaliento.

Hay gente que en esta emergencia se enferma atacada por los nervios. Y muchos llegan a la desesperación. Este estado patológico no solo trastorna la emotividad, sino que desencadena males superiores que a veces se vuelven letales. El virus se convirtió en una cruel realidad, y como tal hay que asumirla y esperar que lleguen mejores días. Llegarán, más temprano que tarde.

La ciencia trabaja a ritmo alentador, cada vez con mayores avances, para descubrir la vacuna y brindarle al mundo el alivio que busca. Los pesimistas, en cambio, dicen que aún faltan años para el hallazgo y hasta dudan de que esto llegue a ocurrir, para lo cual aducen cuanto argumento les viene a la mente. La esperanza es fuente de energía, pero no todos saben hallarla y convertirla en tabla de salvación. Venga al caso esta frase de Churchill: “Un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”.

¡Claro que sí! La pandemia es una oportunidad para que la sociedad rectifique el rumbo torcido que lleva en medio de infamias, tiranías, inequidades, abusos contra la naturaleza y toda suerte de atropellos, y una oportunidad para que los individuos mediten en su propia conducta y se cuestionen los actos que atentan contra la moral, la justicia y la convivencia humana. Después de la pandemia habrá un mundo nuevo.

De tiempo atrás el país vive un grado corrosivo de desajuste social provocado por la apatía,  la insatisfacción, la desesperanza. El pesimismo infestó el alma nacional con su carga de miedos, recelos, inestabilidad, desconfianza en gobernantes, políticos y jueces. Esta atmósfera es movida por el torrente de noticias funestas que escuchamos todos los días y a cada momento, desde que prendemos el radio o leemos el periódico o la revista hasta que vemos el último noticiero de la noche. Quien es optimista en medio de esta atmósfera enrarecida es un ser superior, desde luego. Y no es que el optimista deje de ver la adversidad, sino que sabe afrontarla.

Hay que buscar la energía positiva para fortalecer el ánimo y ver la cara buena de la vida. Los pesimistas no ven sino desgracias por todas partes. Como viven entre sombras, todo lo encuentran sombrío y de la misma manera juzgan a la sociedad. Son pregoneros de desastres que transmiten su mal tóxico a quienes se atraviesan en su camino. Los medios de comunicación deben contribuir a bajarle el tono al pesimismo nacional.

Admirable el caso de Michelle Figueroa, nacida en Boston y con raíces colombianas, quien con su portal @goodnews_movement se convirtió en pregonera mundial de las buenas noticias e hizo del optimismo un movimiento viral. “No hago mis post –dice– para ganar seguidores sino para alegrar a la gente y hacerles caer en cuenta todo lo bueno que hay en el mundo”. En su movimiento no hay lugar para lo negativo, consigna que en corto tiempo le hizo conquistar 200.000 seguidores. Hoy llegan a un millón. De allí salen las buenas noticias que se publican en su espacio, las que cada día atraen más simpatizantes.

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El Espectador, Bogotá, 26-IX-2020.
Eje 21, Manizales, 25-IX-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 27-IX-2020.

Comentarios 

Este tipo de mensajes positivos son los que la sociedad actual necesita. Esta pandemia decaerá y con paciencia y esfuerzos colectivos volveremos a vivir la «normalidad». Si bien el maldito virus volvió patas arriba al mundo, hay que pensar que esto no será eterno y que la humanidad ha pasado por epidemias peores que fueron superadas y sin los recursos modernos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

De verdad que hay mucha gente aburrida en sus casas. Hay muchas parejas que estando juntas se han separado. A muchos les cambió todo. Y se sienten desesperados: no pueden hacer una reunión, no pueden ir a un sitio a tomarse unas cervezas, no pueden estar en la universidad o en el colegio con sus amigos. Y lo peor: con la situación económica tan mal, hay mucha gente deprimida. Montón de personas desempleadas. Muchos con sus empresas quebradas, los negocios cerrados, vendiendo los apartamentos. El problema es grandísimo. Por eso hay tantos pesimistas: porque el panorama para volverse a levantar no es alentador. Llenos de deudas, con familia para alimentar. Se trata de ponerle una cara diferente a la vida, pero de todas maneras es complicado. Admiro mucho a quienes les ha pasado de todo en esta pandemia y tienen ánimo para ver cómo se levantan. Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Así piensan los jóvenes

martes, 14 de abril de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La encuesta gigante de Cifras & Conceptos efectuada hace poco para la Universidad del Rosario, con el apoyo de El Tiempo, revela datos inquietantes respecto a lo que piensan los jóvenes sobre la situación del país. En este grupo están ubicadas  las personas entre los 18 y los 32 años, que representan a 4 millones de colombianos.

Entre diciembre y febrero fueron consultados, tanto en forma presencial como virtual,  4.230 ciudadanos en todo el país. Es la muestra de opinión más amplia que se ha hecho, y ventila duros señalamientos sobre lo que se mueve por el camino equivocado y que debe corregirse para que Colombia sea en verdad una nación más justa y equitativa, que está lejos de serlo.

La corrupción y el desempleo son los campos más enjuiciados por los jóvenes. Y no solo por ellos: es un clamor que repercute en todo el territorio nacional. De continuo salen a relucir monstruosos robos contra el erario, y otra clase de delitos, que, lejos de frenarse, se intensifican. Los mayores delincuentes son de cuello blanco, y para ellos no existe el rigor de la ley.

Es bien conocido el caso de los funcionarios de control que llegan comprometidos a su cargo y no pueden, por lo tanto, actuar con independencia, si tienen las manos atadas. Suele ocurrir que de entrada anuncian medidas ejemplares contra los asaltantes de los bienes públicos, y terminan encubriendo la impunidad que asfixia a la administración pública, cuando no son ellos mismos los que delinquen.

En cuanto al desempleo, los índices vienen en constante aumento, y subirán hasta niveles insospechados después del coronavirus. Parte del desempleo es el subempleo, que muchas empresas manejan con tiranía. El empleo informal es situación crónica que castiga a miles de ciudadanos, sin que se vean fórmulas de solución.

Entre las opiniones que tienen los encuestados sobre la Colombia desfigurada por tanto vicio y desafuero, los jóvenes mencionan, como motivantes de ese desastre, la apatía ciudadana, el conformismo, la corrupción, la desigualdad, la inseguridad, el miedo.  Bien dijo Darío Echandía: “Colombia es un país de cafres”.

Hay una tendencia sorprendente: el 49 % prefiere una mascota a una compañía fija, y el 36 % no quiere tener hijos. Este es un fenómeno de la época: vivir aislados y sin hogar por propia decisión. La familia ha perdido solidez en la sociedad moderna, que es más dada a la inconexión, a la falta de compromiso, e incluso a la soledad. ¿En qué sociedad estamos? Si decaen los principios de la solidaridad y la unión familiar, y si el hogar entra en barrena, como sin duda sucede, la vida se vuelve insustancial. Y se pierde el encanto de vivir.

Los jóvenes de la encuesta no creen en los jueces, ni en los políticos, ni en el presidente ni en el Congreso… No creen en las instituciones. De esta manera, se convierten en la voz de la inmensa mayoría de los colombianos. La incredulidad crea el mundo apático en que vivimos.

Pero, por otra parte, los jóvenes muestran gestos positivos, como el de preferir –el 63  %– el diálogo directo con las personas. Apenas el 2 % considera que la protesta callejera es la vía  para buscar soluciones. Otro aspecto destacable de este estudio, que señala la manera de ser de los colombianos, es que el 66 % vive con alegría –¡quién lo creyera!–, a pesar de los problemas y los sinsabores.

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El Espectador, Bogotá, 11-IV-2020.
Eje 21, Manizales, 10-IV-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 12-IV-2020.

Comentarios 

Sí, no hay esperanzas para la juventud y la niñez en este país destrozado por la politiquería, la corrupción y la falta de justicia. Eso comentaba yo en estos días con una amiga. Las parejas no quieren tener hijos, no sé si por comodidad o por temor del mundo que les queda; también por la falta de compromiso para formar un hogar estable. Inés Blanco, Bogotá.

No me sorprende que el desempleo y la corrupción sean motivo de temor para los jóvenes, pues son dos campos que los afectan directamente en su búsqueda de un porvenir adecuado. Por otro lado, es patente la displicencia juvenil por dejar descendencia y creo que eso se debe al poco incentivo que problemas como la politiquería, el desempleo, la inseguridad laboral y la desigualdad social dejan para un futuro promisorio de los hijos que podrían traer a este mundo. Sobre esto, creo yo que es una forma que la misma naturaleza adopta para disminuir la población mundial, pues al ritmo de crecimiento actual y al ritmo de disminución de los recursos naturales como el agua, la situación pronto será caótica. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

La Ñata Tulia

martes, 21 de enero de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Muchas veces oí hablar de la Ñata Tulia durante los años que residí en el Quindío. Las pícaras lenguas me contaban bellezas sobre esta atractiva mujer que causaba impacto en Armenia, donde apareció como diva del sexo que alborotaba con sus hechizos la vida local. Hombres notables frecuentaban su casa de citas en el sector de Arenales. La Ñata Tulia –Tulia Rendón Guzmán– nació en Armenia en 1925 y se convertiría en un ícono de la ciudad.

Todo el mundo tenía que ver con ella, bien por gozar de sus favores, o bien porque su nombradía llegaba a todas partes. Esto llevó al ingeniero y poeta humorista Alberto Gutiérrez Jaramillo, alcalde de Armenia, a escribirle un picante soneto que así empieza: “Era la Ñata Tulia un monumento / sin pedestal en mi ciudad, rescoldo / de un juego juvenil, vaso sin fondo, / lista al amor para cualquier momento”. Y así termina: “Todo Armenia recuerda su dulzura, / puesto que su portal lo traspasaban / ¡el notario, el alcalde y hasta el cura!”.

César Hoyos Salazar, que fue secretario de Gobierno en la alcaldía del poeta Gutiérrez,  y llegaría a ser alcalde de Armenia y presidente del Consejo de Estado, comenta que como funcionario municipal firmaba frecuentes licencias de funcionamiento a bares, almacenes, ferreterías, etcétera, y no recordaba haber dado ninguna a prostíbulos o burdeles o mancebías o lupanares.

Le planteó esta inquietud a su secretaria, quien le explicó que su antecesor había hecho cambiar, por pudor, estos nombres por el de “coreográficos” para los establecimientos donde se ejercía la profesión más antigua del mundo. La Ñata figuró en aquella ocasión como dueña, no de un burdel, sino de una coreografía: “un conjunto de pasos y figuras de un espectáculo de danza o baile”, como lo define el diccionario.

Cuando en Armenia me hablaban de la Ñata Tulia, supuse que era un personaje del pasado que había fallecido mucho tiempo atrás. Ahora vengo a saber que su deceso ocurrió el pasado 2 de octubre, a la edad de 94 años. Hacía mucho tiempo se había jubilado y ya no ejercía la profesión, pero no faltaban quienes solicitaban con sigilo sus servicios, y ella se los negaba. Al periodista Miguel Ángel Rojas le contó que se había dedicado a ahorrar dinero durante varios años, y cuando reunió buen capital compró una casa y se fue a vivir con su mamá y sus sobrinos, alejada del mundanal ruido (léase “burdel”).

No conocí a la Ñata Tulia, pero las referencias recibidas sobre ella me sirvieron para hacer un símil suyo en La noche de Zamira (1998), novela que dibuja la prostitución vivida en los tiempos de cosecha. Allí le di el nombre de Diosa, y la atmósfera lujuriosa está plasmada en los capítulos Todos llevan máscaras y La noche demencial. 

Óscar Domínguez escribió en la revista Malpensante, de julio de 2016, una semblanza sobre Marta Pintuco –María Teresa Pineda–, famosa mujer de la vida alborotada del Medellín de antaño. Considero, y motivos tengo, que Jaime Sanín Echeverri tomó a Marta Pintuco como modelo para personificar a Helena Restrepo en la novela Una mujer de cuatro en conducta (1948).

La historia universal es rica en estas mujeres emblemáticas. Ellas representan el arte amatorio de todos los tiempos. Recordemos a las célebres cocottes de la época de Proust, y a Blanca Barón, en el gobierno de Valencia. Lleras Restrepo es autor de un delicioso libro: De ciertas damas (Mesalina, Lucrecia Borja, Clareta, La bella Otero, y cinco más). Todas, reinas y cortesanas, grandes damas y prostitutas, encarnan el mito femenino. No faltará alguien en la Armenia de hoy a quien se le ocurra levantarle el busto a la Ñata Tulia en el ya decaído –como ella– sector de Arenales.

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El Espectador, Bogotá, 18-I-2020.
Eje 21, Manizales, 17-I-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 19-I-2020.
Aristos Internacional, n.° 33, Alicante (España), julio/2020.

Comentarios

Fenomenal el contexto histórico donde elevaste el busto caído. Quedé absolutamente convencido de que jamás traspasaste el portal de la Rendón Guzmán. Cuando me regalaste la novela, allí pude identificar a varios personajes amigos de Armenia, entre ellos la Ñata. Óscar Jiménez Leal, Bogotá. (Respuesta: yo no traspasé su portal, pero ella sí traspasó el portal de La noche de Zamira y se volvió personaje de novela. GPE).

A medida que avanzaba en la lectura del artículo esperaba que el autor iba a confesar que había caído en la tentación de visitar la “coreografía”, pero sentí un fresco cuando me encontré con la frase salvadora: “No conocí a la Ñata Tulia”. Eduardo Lozano Torres, Bogotá. (Respuesta: el don portentoso de la escritura le permite al novelista penetrar con la imaginación hasta en los lugares más ocultos. GPE).

No se te ocurra proponer levantarle un busto a quien de hecho lo tenía enhiesto desde jovencita como emprendedora de lupanares que era (¡no en vano Leonisa nació aquí!). Jaime Lopera (Armenia).

Muy merecido el reconocimiento para quien desempeñó un oficio tan difícil. El más difícil de todos. Esperanza Jaramillo, Armenia.

La Ñata Tulia me hizo recordar a Anita la Chiquita, personaje con una trayectoria de vida muy similar en Chinchiná, Caldas. ¿Cómo hago para obtener La Noche de Zamira que quiero leer puesto que me evoca mi nacimiento y juventud en el recordado Eje Cafetero? Rodrigo López, Montería. (Respuesta: lamentablemente, esta obra, publicada hace veintiún años, está agotada. GPE).

En Marulanda, mi pueblo, ese personaje se llamaba la Ñata Quintero. Su centro de operaciones era El Portal, y en su numerosa prole hubo alcaldes y gobernador. Josué López Jaramillo, Bogotá.

En mi novela San Rafael de los Vientos hablo de la Mona Miriam, una mujer que llegó a la zona de tolerancia de Aranzazu en los años setenta y dejó honda huella por sus atributos físicos. José Miguel Alzate, Manizales.

Gracias por el crédito que me das con Marta Pintuco a quien tampoco conocí. Tampoco sé si la yarumaleña está viva. Serían de la misma edad. Óscar Domínguez, Bogotá.

Cierto: el libro De ciertas damas es una delicia. Estas historias son amables, despiertan curiosidad y suceden en cada pueblo, ciudad y país del mundo. Inés Blanco, Bogotá.

También podrían escribirse las miles de historias de hogares destruidos gracias al matronato de la madame que abrió las puertas de la desintegración moral del Quindío. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Innegable personaje de la ciudad. Yo la conocí, porque viví en Armenia en la época en que ella salía en un taxi, por el centro de la ciudad, a mostrar las nuevas adquisiciones de su casa de citas. Nunca visité su casa. Josué Carrillo, Armenia.

Creo que ningún varón en “edad de merecer” que haya vivido en Armenia en los años cincuenta y sesenta, época del mayor esplendor de su famoso burdel, diga que nunca estuvo allí, pues si lo hace está mintiendo. La “ñata” recorría varias ciudades, especialmente Cúcuta, para proveerse de hermosas chicas, las cuales paseaba en automóviles de Tax Páramo por los principales sitios de la ciudad, donde sabía se encontraba o acudía la juventud de la clase alta y media de la época: alrededores del Club América, la Fuente El Prado, etc. Era muy común encontrar allí, cuando los jóvenes nos dábamos nuestras escapaditas, gente encumbrada de la época (los riquitos de entonces), quienes después de sus traguitos en el América o Campestre acudían allí para, en medio de ese ambiente de “amor”, suplir sus falencias amatorias. Definitivamente fue un personaje de la época. Muy buen artículo sobre una persona que marcó una época, así muchos camanduleros, hipócritamente, se escandalicen. William Piedrahíta González, Miami.

Los motivos del insurgente*

miércoles, 18 de septiembre de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De paso por Cartagena, un día caminaba por el centro de la ciudad cuando vi de repente, en un puesto de venta callejera invadido por el sol, el libro Carta abierta a un analfabeto político, de Tulio Bayer, que buscaba desde tiempo atrás y no había logrado conseguir en ninguna librería. Le pasé al librero el  billete de la compra, y él me dijo que no tenía vueltas. Le prometí volver en diez minutos, mientras le traía el dinero preciso. Y le encarecí que me guardara el libro. Mostrando una actitud de seguridad, me respondió que no me preocupara, y para mayor certeza me informó que durante el tiempo que llevaba exhibiendo la obra nadie se había interesado en ella.

Dio la casualidad de que pasos adelante me encontré con un viejo amigo, con quien entré a conversar en una cafetería. Y corrieron los minutos. Cuando regresé al puesto callejero, el libro había sido vendido. Protesté, pero mi reclamo carecía de razón, ya que los diez minutos se habían convertido en una hora. Mientras tanto, había llegado otro comprador –el diablillo que nunca falta en estas trastadas de la vida–, y el librero no podía desaprovechar la ocasión.

Este incidente de aparente trivialidad transmite, sin embargo, un signo revelador: que todo lo que giraba alrededor de Tulio Bayer era complicado, duro, tortuoso. Su vida estuvo marcada por la adversidad. Nada le fue fácil. Todas las puertas se le cerraban. Sus luchas sociales en defensa de las clases desprotegidas y en contra de los eternos explotadores del pueblo chocaban contra los poderosos y a él le creaban barreras infranqueables.

Siempre se opuso al atropello y la sinrazón. Tal vez estos dos conceptos fueron los principales resortes de sus ataques y sus diatribas en los círculos donde se desempeñó como médico, científico, profesor universitario, intelectual, periodista, diplomático, guerrillero, escritor o empleado público y privado. En estos campos quedaron huellas de su férrea oposición a las personas o los sistemas que se apartaban de los caminos correctos.

Nunca se dejó tentar por los halagos del poder ni seducir por la vida cómoda. Huía de la actitud conformista y del gesto complaciente, acaso los mayores generadores de la mediocridad y la apatía ciudadanas y causantes de grandes problemas sociales. Su tránsito por el mundo se convirtió en constante y denodada protesta contra la injusticia y la corrupción. “Yo he sido toda mi vida un luchador contra el abuso y la explotación, y además contra el absurdo”, son palabras suyas al final de su existencia.

Doble rito

Tulio Bayer nació en Riosucio (Caldas) el 18 de enero de 1924. Al presentarse una complicación en el momento del parto, estuvo a punto de morir. Ante dicho percance, su abuelo paterno le aplicó de afán el agua bautismal. El niño sobrevivió, y al surgir la duda de que no había sido bien realizada la ceremonia, fue bautizado por segunda vez en la iglesia del pueblo. Doble rito para un católico que se volvería ateo. Formado en un hogar católico, años después dejó de creer en la existencia de Dios. Sin embargo, creía en Cristo, pero no en el que infunde miedo por su figura amenazante, sino en el verdadero, el bondadoso, el Cristo de los pobres.

Nació con el síndrome de Marfan, que afecta a una de cada cinco mil personas y consiste en el aumento desmedido de los miembros. Este trastorno también puede lesionar el corazón. Pero no la inteligencia. Tales hechos son evidentes en el personaje: de un lado estaban su elevada estatura –que pasaba de dos metros– y la longitud inusual de sus miembros, y de otro, su aguda inteligencia. A fines de los años cincuenta lo conocí “como un simpático y extraño personaje que después se volvería leyenda en la historia de las luchas sociales que han estremecido la vida del país” (así lo percibí). Además, poseía el don de su conversación chispeante y diserta. Con tales características libró todas sus batallas.

La primera batalla tuvo como escenario el Colegio de Nuestra Señora en Manizales, donde recibía el trato áspero y discriminatorio del rector, Baltasar Álvarez Restrepo, quien sería obispo de Pereira. Sometido a humillaciones e injusticias, el alumno promovió contra el jerarca una huelga estudiantil. Fue expulsado del centro docente, pero volvió a ser recibido por mediación de su padre. Sin embargo, en su alma ya había quedado incrustada la marca indeleble de la rebeldía. Con el tiempo escribiría el libro San BAR, vestal y contratista, que tuvo como origen aquella experiencia traumática.

Luchador implacable

Años después, adelantó en Manizales, como secretario de Higiene y Educación, implacables campañas contra los adulteradores de la leche, los traficantes de lotes de la Beneficencia y otros depredadores de la hacienda pública. “No es leche sino veneno caro lo que se consume en Manizales”, clamó desde el diario La Patria. En esta guerra abierta contra la clase política no le tembló nunca el pulso. Los responsables de las fechorías, pertenecientes a la clase alta, de tal forma lo hostigaron que tuvo que abandonar la ciudad.

Fue a dar a Puerto Leguízamo con el oscuro cargo de jefe del puesto de Salud que él mismo había buscado luego de su salida de Manizales y de pasar hambres en Bogotá. En aquella lejanía selvática yo trabajaba en el sector bancario, y nos hicimos amigos cercanos por la empatía y la afinidad de nuestras ideas en el terreno humano e intelectual. Allí descubrió la miseria de los nativos, abandonados por todos los gobiernos y víctimas de los males tropicales y la carencia de medicinas. Protestó contra la indolencia oficial, y perdió la batalla.

Laboratorios CUP: un legado envilecido

De nuevo en Bogotá, ingresó como director técnico de los laboratorios CUP. Esta entidad quería aprovechar su especialización en la Universidad de Harvard en Farmacología y Toxicología. Tulio Bayer era, ante todo, un científico. En tal carácter, se hizo la ilusión de que ahora sí estaba en el lugar adecuado.

Pero se halló con otra realidad decepcionante: bien pronto salieron a flote graves anomalías en la elaboración de las drogas, con peligros latentes para la salud del pueblo. Por otra parte, se agazapaba en esa firma la ambición mercantilista con que se manejaba el negocio. Se enfrentó a los directivos con los códigos de la ética médica y el respaldo de la ciencia farmacológica, pero tales premisas sobraban en un organismo que se movía ahora con otro rumbo y otros afanes.

En consecuencia, fue despedido del cargo en corto tiempo. El caso tuvo revuelo nacional, y al científico se le presentó la oportunidad de denunciar ante la opinión pública la adulteración de las drogas y los negociados que se urdían bajo el prestigio de la entidad. Los laboratorios habían sido fundados con alta mira científica por el eminente médico antioqueño César Uribe Piedrahíta, también especializado en la Universidad de Harvard y, al igual que Bayer, agitador de ideas, escritor y novelista. Muerto el filántropo en 1951, su colega caldense ejerció el papel de ángel vengador dentro del legado que se había envilecido. Él también era filántropo.

Crítico social

Bayer asociaba este episodio con el ocurrido durante su año rural en los municipios antioqueños de Dabeiba, Turbo y Anorí, donde recibió la propuesta de un gamonal para que formulara determinadas medicinas –existentes, por supuesto, en la droguería del político– a cambio de una comisión. Su negativa le acarreó serias dificultades en su ejercicio profesional y de paso le descubrió los caminos de la corrupción que le mostraban desde entonces la realidad que viviría en diversos escenarios. A raíz de dicha experiencia, escribió la novela Carretera al mar.  

Su pensamiento acerca de la medicina y el área de las drogas, expuesto en conferencias, tesis, debates, artículos de prensa y en el libro autobiográfico Carta abierta, es luminoso. Durante su estadía en Manizales expuso respetables puntos de vista sobre los asuntos sociales y los pecados de la administración pública. Penetró en los terrenos de la salud, la educación, el desamparo de los humildes, las causas de la prostitución, y lo hizo con lenguaje vehemente, a veces mordaz y siempre justiciero.

El rincón del Jaibaná, su columna de La Patria, fue tribuna combativa y erudita. Nunca decayó en sus denuncias. En cualquier espacio donde actuaba, y en cualquier momento en que sufría  oprobios y persecuciones, su voz fue siempre categórica y fustigante. Como no transigía en el  terreno de la rectitud y se enfrentaba a cuanta depravación o desafuero surgían en su entorno, se hizo a grandes enemigos que lo hostigaban y no le permitían ejercer su profesión y vivir en paz. Fue un colombiano indeseable para muchos e incómodo para el “establecimiento”.

Cónsul en Puerto Ayacucho

Después de la salida de CUP fue médico indigenista en el Vichada. Además, cónsul en Puerto Ayacucho (Venezuela). Desde este cargo puso su mayor empeño en resolver los apremios de los residentes en esa zona fronteriza, pero tropezó con escollos insalvables al no recibir respuestas del ministerio ni el apoyo del embajador colombiano en Venezuela. Por otra parte, la aversión del cónsul anterior, hombre fuerte en la zona y dedicado a operaciones oscuras, tornó nugatoria su labor.

Se sentía solo, arrinconado, impotente para brindar soluciones. Quería trabajar por el bien de la comarca y de la gente, y nadie le prestaba ayuda. Mientras tanto, desde el interior del país le llovían epítetos como “conflictivo”, “revoltoso”, “locato”, “comunista”… Vientos huracanados se arremolinaban en su territorio selvático para frenar su misión e impedirle una vida digna. La patria le era ajena. Sintió entonces que el destierro y el desprecio lo lanzaban a la rebelión.

En el Vichada conoció a Amira Pérez Amaral, quien fue su secretaria en el consulado y era hermana de varios coroneles venezolanos. La bautizó con el curioso nombre de “Tanque”, y se convirtió en su intrépida aliada de la subversión y su leal compañera sentimental hasta la muerte del médico en París dos décadas después. Fue su segunda esposa, después de Morelia Angulo Peláez, efímera relación que había quedado atrás. Cuando todos lo abandonaban, apareció Amira, la razón perfecta para no sucumbir.

Se levanta en armas

El hambre fue una constante en la vida y en la literatura de Tulio Bayer. Dedicó una página entera de Carta abierta para escribir la palabra hambre en distintos tamaños y en diversas direcciones, como apuntando hacia todas partes. El hambre fue símbolo del abandono que padecía en su propia vida y que veía manifiesto en miles de colombianos marginados. Repitiendo palabras de Gaitán, decía que “el paludismo no es liberal ni conservador, ni el hambre es liberal ni conservadora”.

Cuando todos los caminos se le habían cerrado, se levantó en armas en el Vichada. Corría el año 1961. Organizó un grupo subversivo y se lanzó a la guerra contra el régimen. Su destino guerrillero era ya imparable. Su caso produjo impacto en el país. Desde luego, un joven médico de 37 años, con capacidad para ser brillante científico o destacado político, llamaba la atención de la opinión pública.

Colombia estaba a cinco años de presenciar el levantamiento en armas del sacerdote Camilo Torres, asesinado por el Ejército en febrero de 1966. En octubre de 1967, caía en Bolivia el Che Guevara, líder de la revolución cubana. Dentro de la Iglesia católica latinoamericana avanzaba la Teología de la Liberación, corriente cristiana que se basa en el Evangelio para redimir la miseria de los pobres.

El momento era de agitación social y de toma de conciencia de las desigualdades humanas, toleradas y fomentadas por los gobiernos y la propia sociedad. Contra ese estado de cosas se rebeló Tulio Bayer. Pero su voz se ahogó en el abismo.

No duró mucho tiempo en la guerrilla. El 10 de diciembre de 1961 fue capturado, junto con su esposa, por el coronel Álvaro Valencia Tovar. Varios hechos se conjugaron en su contra: la arremetida militar, la traición de algunos de sus compañeros y el agotamiento físico. Llevado a Villavicencio, quedó incomunicado más de un mes en los calabozos del Batallón Vargas.

La prensa nacional no cesaba en los improperios: “desquiciado mental”, “desadaptado social”… El coronel Valencia lo calificaba de “esquizofrénico con complejo de Edipo”, “bandido sin ningún ideal social o político”, “frustrado”, “fracasado”… Pero, cosa extraña, fue el presidente de la Corte Suprema de Justicia quien dijo estas palabras cuando se producían los mayores ataques y las peores injurias: “Tulio Bayer no es un bandido ni un asesino, ni un loco, simplemente es un rebelde”.

El síndrome de Estocolmo al revés

Como la vida es rica en paradojas, a veces incomprensibles, Valencia Tovar fue a visitar a Bayer en su sitio de reclusión y entabló con él un diálogo civilizado e incluso cordial. Se encontraban cara a cara dos escritores e intelectuales. Con el tiempo tendrían un franco intercambio epistolar, y el militar publicaría sobre el médico algunos artículos en la prensa. Ya habían cesado los dardos venenosos y brotaban en el coronel palabras de elogio hacia ciertas facetas de su adversario. Ahora el síndrome de Estocolmo se producía al revés: el sentimiento de admiración iba del captor hacia el capturado. Bayer lo acusó de haberse apropiado de algunos papeles personales cuando lo capturó en Santa Rita, los que dieron origen a la novela Uisheda (1969) que escribió Valencia Tovar en torno al conflicto armado.

Por otra parte, el biógrafo enjuicia novelas y escritos que a lo largo del tiempo calificaron al médico como personaje caricaturesco, deformándolo y ridiculizándolo. Entre los textos de esa índole están las novelas Bulevar de los héroes, de Eduardo García Aguilar; La guerra en todas partes, de Jaime Restrepo Cuartas; Uisheda, de Álvaro Valencia Tovar; algunos artículos de Gustavo Álvarez Gardeazábal; un reportaje desenfocado de Eligio García Márquez, y la presunta biografía titulada Tulio Bayer, solo contra todos, de Carlos Bueno Osorio, que es en realidad un plagio elaborado con la propia redacción de Bayer en sus libros.

Tulio Bayer fue recluido un año en la cárcel Modelo. A raíz de aquella vivencia, a la vez tétrica y creativa, escribió la novela Gancho ciego: 365 noches y una misa en la cárcel Modelo. Testimonio patético de su última desventura en Colombia. Se le imputó el delito de rebelión. La rebeldía era su fuerte y lo movía a combatir la desigualdad social. Después del año de encierro quedó en libertad, sin haber sido juzgado ni definida su situación. Luego, viajó a Caracas.

El comunismo no lo seducía

Estuvo varios días en Méjico y de allí pasó a Cuba, donde fue director de un hospital. El régimen y la ideología de Cuba lo desencantaron. Se convenció de que el castrismo no era la solución para las angustias del continente. Visitó varios países socialistas, habló con importantes líderes y sufrió la misma frustración. El comunismo no lo seducía. A la postre, se radicó en París como refugiado político. Allí se le consultaba como experto en los problemas latinoamericanos. Y declaró que era un “guerrillero en uso de buen retiro”.

En París prestó servicios ocasionales como médico de un hospital y médico legal al servicio de la policía. Con todo, obtenía mejores resultados económicos como traductor de una enciclopedia médica. Los años finales de su vida los dedicó al estudio y difusión de la ecología como base de la vida del hombre en el planeta, y hacía énfasis en los peligros que encierran las centrales termonucleares, para aprovechar, en cambio, la energía solar. No cesaba de insistir en que Colombia no tenía conciencia ecológica. Nunca dejó de pensar en la patria. Era un gran patriota.

Maestro de la palabra, sus escritos son modelo de sabiduría y belleza idiomática. Carta abierta, su inicial obra autobiográfica (en realidad todas poseen ese carácter), puede leerse como novela. Vigorosa, poética y espléndida narración de su vida combativa. Toda su verdad está contenida en este libro. Fue lector empedernido y poseía vasta cultura. Iba por el cuarto libro, y quedó sin publicar Fineglass, un tratado sobre el homosexualismo. “Dejo mis libros –manifestó– como testimonio de un hombre que morirá como ha vivido: como territorio libre del cosmos”.

Especialista en bancarrotas

Durante los últimos cuatro años mantuve con él nutrida correspondencia, parte de la cual está  recogida en mi página web. En ese lapso fui su corresponsal más constante y más convencido del significado de sus luchas, de la ingratitud del país hacia este patriota incomprendido y de la certeza de que algún día Colombia sabrá reconocer su mérito. El médico batallador, que nunca echó marcha atrás, se calificaba como un especialista en bancarrotas a quien no asustaban los fracasos.

Considerar a Tulio Bayer un quijote del siglo XX no es comparación despectiva. Por el contrario, es la manera genuina de representar su vocación idealista y altruista como fórmula para buscar la dignidad humana. Así precisa el Diccionario de  la lengua española al quijote: “1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. 2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino”.

El luchador solitario

En ambas acepciones está descrito, en cuerpo y alma, el luchador solitario de que se ocupan estas páginas. En su lecho de enfermo, le dijo Bolívar a su médico minutos antes de morir: “Los tres grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote… y yo”.

La insuficiencia aórtica con que llegó al mundo terminó con su vida en París a los 58 años, el 27 de junio de 1982. Al enterarme de la triste noticia, recordé las palabras que me había expresado días antes: “Pongamos las cosas en su punto: yo no soy sino un episodio de una larga guerra. Las batallas que me tocó librar las perdí. Pero aun perdidas, esas batallas contribuyeron a crear una conciencia política”. Esa conciencia política es la que se ventila a lo largo de esta biografía.

Este estudio biográfico le hace justicia a Tulio Bayer. Es el resultado de varios años de investigación en los sitios donde el personaje protagonizó sus acciones insurgentes. Orlando Villanueva Martínez se fue en busca de datos a poblaciones y entidades donde estaba escrita la historia, y por lo general permanecía oculta. Habló con la gente, revisó archivos, cartas, sumarios, documentos de distinta índole, tomó fotografías, y hoy saca a la luz sucesos inéditos y reivindicativos de la vida del médico. Todo esto le permitió conformar el material gráfico que exhibe el libro y que constituye prueba amplia de su rigurosa indagación.

Por otra parte, el historiador explaya la realidad de una etapa convulsa del país, en la que Bayer   abanderó solitarias y valerosas campañas a favor de la gente desprotegida y en contra del atropello. Y chocó, como queda dicho, contra el poder arrasador de la clase dominante, situada bien en la esfera oficial o bien en la privada. La obra no solo establece la evidencia de aquella contienda social, tan desdibujada en sus días, sino que pone al descubierto a los detractores y los señala con nombre propio, y de manera fehaciente, a través de sus escritos o libros vejatorios.

Su carácter histórico

En estas páginas emerge el Tulio Bayer que merece un puesto digno en la historia colombiana, como paradigma que es de la justicia y de la equidad. Fulguran el literato y el intelectual, el ideólogo y el periodista, el ecólogo y el científico. Y ante todo, el luchador solitario que le da el título a esta obra. Aquí está el líder ignorado y vejado en su tiempo, que con su duro trajinar en la vida contribuyó a crear la conciencia política que él resaltó en una de sus cartas. Yo, tan conocedor de la vida de Tulio Bayer, quedé muy satisfecho con su biografía. Es una investigación seria, exhaustiva, precisa y justa. Está bien documentada, y esto dará credibilidad ante los lectores.

En la prestigiosa producción de Orlando Villanueva Martínez figuran textos de famosos líderes de la insurgencia, como Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, Camilo Torres, Sangrenera, Biófilo Panclasta, Manuel Quintín Lame. El año pasado publicó Canciones de la guerra, libro que recoge el folclor musical que ha corrido de boca en boca y describe el alma llanera a través de su historia, su gente y sus tradiciones.

Mi novela Ráfagas de silencio (2007) fue publicada con ocasión de los 25 años de la muerte de Tulio Bayer, como homenaje a su memoria. Su escenario es la selva, y la obra presenta una semblanza del médico insurgente que comenzaba a sobresalir con su rebeldía en aquella lejana frontera de la patria. No tuve la pretensión de hacer una novela histórica sobre este personaje legendario, sino la de dibujar su espíritu justiciero y sus gritos de protesta social en la selva del Putumayo. Esa fue la antesala de su vida guerrillera.

Bogotá, abril de 2018 

 * Prólogo del libro Tulio Bayer, el luchador solitario, de Orlando Villanueva Martínez (Universidad Distrital Francisco José de Caldas, abril de 2019). Junto con dicho libro salió un segundo tomo: Tulio Bayer: una vida contra el dogma. Correspondencia y otros escritos, del mismo autor y publicado por la misma universidad. 

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 Eje 21, Manizales, 16-IX-2019.

Comentarios

Celebro que por fin se pudo editar este reconocimiento a un verdadero revolucionario. Orlando Villanueva Martínez, Bogotá.

Tulio Bayer fue un hombre talentoso e inteligente que cumplió con su misión de crear conciencia. Sus libros son un gran legado, y ahora con esta biografía y tus artículos se asegura su puesto en la historia. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Con el brillante prólogo que escribiste para el libro de Orlando Villanueva, adquirí pleno conocimiento de los ideales del atormentado médico, de los motivos que tuvo para llegar a convertirse en guerrillero, de su valía como escritor y líder social y de su acrisolada personalidad. Y con tristeza, también pude comprobar una vez más la desidia, el desinterés y la abominable indiferencia de los gobiernos y clases favorecidas por los campesinos, indígenas y desposeídos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.  

En mis trasteos  lo primero que empaco en mi maleta de mano es el ejemplar de Carta abierta a un analfabeto político, en el cual, entre los varios subrayados destaco el de la página 24, de Ediciones Hombre Nuevo: “Si quieres un ejemplo personal y reciente de este fenómeno aparentemente contradictorio, te diré que en la llamada por mi coronel enemigo Álvaro  Valencia Tovar la “campaña del Vichada” se gastó en perseguirnos unas diez  veces más de lo que valía lo que nosotros estábamos pidiendo antes de levantarnos en armas. Lo pedí yo mismo siendo cónsul de Colombia en Puerto Ayacucho”. Javier González Q.