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Golpe a la cultura boyacense

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Se suponía que ya por esta época estaba solucionado el problema financiero del Instituto de Cultura y Bellas Artes de Boyacá. Pero la situación se ha dejado avanzar desde hace dos años, y ahora los empleados se han visto obligados a decretar un paro laboral como medio para pre­sionar el pago de sus sueldos y llamar la atención sobre la decadencia del organismo por culpa del recorte presupuestal que le impuso el gobierno del departamento.

El presupuesto de la entidad, reducido en un 50%, no alcanza a sufragar los gastos. El personal no recibió es­te año, como los demás funcionarios del Estado, aumento salarial. Con esta economía, absurda e injusta, se busca­ba nivelar las cifras, y como de todas maneras la restric­ción es drástica, los sueldos se atienden con demoras y los gastos de funcionamiento se hallan castigados con se­veridad, hasta el punto de que el pago de la nómina va a cumplir dos meses de retardo y la prima de junio está to­davía sin cancelar.

A las cajas de previsión y de subsidio familiar no se les cubren, dentro de la misma política de errónea auste­ridad, los aportes que el patrono debe hacer para benefi­cio de los afiliados. Tampoco existe dinero para erogacio­nes tan elementales como el aseo. No ha habido recorte de la nómina pero sí renuncias de varios funcionarios que se han visto precisados a acudir a otros empleos. Esto equi­vale a una disminución de personal, ya que los cargos se han dejado vacantes.

Desde tiempo atrás se habla de una reestructuración del instituto y ésta no se ha visto ni se sabe en qué con­sistirá. Lo único cierto es que el gobierno seccional le ha propinado duro golpe a esta institución de tanto arraigo en Boyacá. La Escuela Superior de Música es la mejor de Latinoamérica y representa, no sólo para Boyacá sino para el país, título de honor más allá de nuestras fronteras. La Orquesta Sinfónica de Vientos de Boyacá tiene más de cien años de existencia y osten­ta una de las tradiciones más ponderadas del arte colom­biano.

El perjuicio no es sólo para el personal de la ins­titución, que ha tenido que afrontar serios tropie­zos para el sostenimiento de sus hogares, sino para los alumnos que se capacitan en diferentes discipli­nas. Hoy está en peligro, debido a la huelga, la culmina­ción del año académico de 450 alumnos que cursan estudios en música y en artes plásticas. Y si las cosas siguen co­mo van, también se verá afectado el Aguinaldo Boyacense, uno de los espectáculos más celebrados en el país, por la ausencia de las escuelas de música del festejo po­pular.

Cuando se antepone el simple afán económico al con­cepto de cultura (y parece que en esto estriba todo el problema), suceden episodios lamentables come éste de Boyacá. No es sensato, ni conveniente ni patriótico, mutilar la vida de este organismo meritorio sólo porque no produce dinero. Y tampoco votos. Los gobernantes deben saber que la cultura está por encima de los menesteres económicos. Enderezar las finanzas del departamento sacrificando la cultura no tiene ningún mérito. La gracia sería hacer producir los orga­nismos realmente productores del dinero. Y castigar (lo que también es producción) las manos que cercenan los bienes públicos.

Una junta de exgobernadores se ocupó en días pasados de este y otros apremios de la vida boyacense. Sin embargo, la enfermedad no ha sido atacada. Al señor gobernador, un joven inteligente y bien inten­cionado, le decimos: salve usted la cultura boyacense. Boyacá es tierra culta por tradición. No rompa usted, se­ñor gobernador, tan bello legado.

El Espectador, Bogotá, 27-XI-1989.

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El impulso de Paipa

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Mucho va de la Palpa rústica que decantó Armando So­lano a la Paipa de hoy que, 36 años después de su muer­te, ya se trepó al carro irreversible del progreso. En los tiempos de Solano existía la aldea pastoril y elemen­tal –imposible de recuperar cuando se ha perdido–, enmar­cada en paisajes soñolientos y bañada por las aguas tran­quilas de sus dos ríos; y hoy, cuando el zarpazo de la vi­da moderna le quitó placidez al campo y contaminó las co­rrientes de los ríos, es otro sitio.

Ya no es Paipa, mi pueblo –el de Armando Solano, tan bellamente definido por él en escrito de 1943–, sino un lugar en permanente crecimiento, todavía encantador, toda­vía agreste y hospitalario, pero menos sosegado. Es nor­mal que esto les suceda a los pueblos. Las nuevas épocas imprimen otro ritmo y otro estilo. Conforme pasa el tiem­po sobrevienen cambios inevitables, unos silenciosos y otros acelerados, unos provechosos y otros destructores, unos metódicos y otros revolucionarios. Pero todos carac­terísticos de la evolución social.

La metamorfosis de Paipa no es de ahora sino que arran­ca de treinta anos atrás. En página que tengo a la vista, Eduardo Torres Quintero, uno de los mayores co­nocedores del alma boyacense, anotaba lo siguiente en 1962: «Paipa dejó de ser una bella durmiente rústica para con­vertirse en una recién casada que ostenta las ojeras vio­letas de su luna de miel con ese esposo brusco, gritón e impositivo que se llama el progreso».

No quiero decir con lo anterior que el pueblo, hoy con ganas de ser ciudad, haya sido mejor en la época de la quietud de lo que es en ésta de la velocidad. No. Sencillamen­te es distinto. En los años de la juventud de Solano tenía ocho mil habitantes, y hoy ya pasó de los cuarenta mil. Ha crecido cinco veces y esto es como cambiar de piel. En aquellos tiempos se vestía de negro y la música era moderada y casi no se sentía. En los actuales, de colorines y estrépito, se trocó el luto por las vestimentas multicolores, y la música silenciosa por las de las bandas de los concursos decembrinos que repercuten en todo el país.

Todo esto lo he hablado con el joven alcalde del muni­cipio, Julio César Vásquez Higuera, exponente de las nuevas generaciones. Tuvo él la amabilidad de explicarme, en asocio de su equipo de colaboradores, una se­rie de cifras y proyectos de su administración que me con­firman, sin equívocos, que Paipa ha dado el gran salto al futuro. Ya se embarcó en el futuro.

Obra fundamental de este alcalde (el primero elegido por el pueblo) es la del acueducto y el alcantarillado, cuyo costo se aproxima a $ 500 millones. Era un proyecto prioritario, tal vez desde que Solano tomaba el agua pura de sus ríos, y que venía aplazándose desde doce o quince años atrás del momento actual. Ahora, en virtud de un dinámico acto de gobierno, se deja asegurado y en marcha el futuro de la población. Paipa, centro turístico de primer orden, carece de agua suficiente y bien tratada para im­pulsar su desarrollo. Increíble pero cierto.

El pasado histórico del municipio, rico en acontecimientos y hombres prestantes, habrá de afianzarse con su progreso local. El Pantano de Vargas y el Convento del Sa­litre son hitos de ese ayer un poco desdi­bujado hoy, el de la libertad y el de la religiosidad. Bolívar siempre tuvo entre sus mejores recuerdos la haza­ña de Rondón cuando derrotó a Barreiro con sus intrépidos lanceros en el potrero del Cangrejo.

Paipa entiende el modernismo co­mo necesidad vital para no divorciarse de ese «esposo brusco, gritón e impositivo que se llama el progreso», con el que seguirá conviviendo a sus anchas.

El Espectador, Bogotá, 12-XII-1989.

 

 

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¿Se están acabando los lectores?

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En el aeropuerto se hizo lustrar los zapatos. Tenía aspecto de ejecutivo. Me quedó de vecino en la sala de espera y me miró de soslayo. En seguida se puso a leer el periódico. Cuando no hay con quién platicar, el pe­riódico es el mejor interlocutor. Una de las caracterís­ticas de los aeropuertos es la soledad, por más que nos movamos entre la multitud.

Mi vecino se consumí en la lectura de El Espectador. ¡Qué bien!, pensé. Deseaba saber si había salido mi artí­culo. Lo descubriría cuando el viajero con pinta de ejecu­tivo abriera la página editorial. Pero había comenzado al revés, por la deportiva. Llamaron a bordo. En el trayecto busqué un ejemplar de mi diario y no lo encontré. Me ofrecieron  El Espacio, con su tradicional exhibición de des­nudismo. Una rubia seductora en las alturas no es lo más aconsejable, medité. Sobre todo si es de papel. Por con­siguiente, la desprecié.

En el recinto del avión volví a quedar, por maravillo­sa coincidencia, al lado del señor con trazas de ejecuti­vo, que me miró por encima de las hojas en desorden. Seguía absorto en la lectura y ajeno al nerviosismo que ataca a la mayoría de los transeúntes aéreos. Ya acomoda­do en mi silla, me sentí triunfante. Ahora sí sabría de mi nota. A los columnistas nos pasa algo extraño: cuando nos vemos en letras de imprenta nos elevamos. Un escritor en las nubes es lo más soberbio del mundo.

Mi vecino continuaba entretenido en las noticias de de­portes. Entonces saqué el bolsilibro que siempre cargo en los viajes y retomé la lectura. ¿Quién asesinó a Ankarets? (el título del libro) me lo revelaría, en dos viajes más, Herbert Adams, mi novelista de turno. Ya posesionado de las alturas, el jet parecía dormido entre las nubes. Cuando mi vecino le dio vuelta a la página, calculé que ahora sí buscaría el principio. Pero no. Seguía leyendo al revés.  ¡Qué lector tan extraño!, protesté en mi intimidad. Luego, por una sonrisa suya, adiviné el gol retundo de su equipo.

El jet y mi compañero de silla continuaban embebidos, el uno en los espacios infinitos y el otro en los deportes eternos. Íbamos ya por la mitad del viaje y el ejecutivo apenas había visto las dos hojas finales. Hasta que, con expresión de gozo, se manifestó enterado de todos los goles y todas las algarabías de los estadios. De pronto se detuvo. Con un bolígrafo se dedicó al crucigrama –y esta vez el pre­sunto ejecutivo apareció con cara de intelectual–, pasatiem­po que abandonó a los tres minutos al no fluir las soluciones. Saltó dos, tres, cuatro páginas. Cuando llegó al co­rreo de los lectores hizo una nueva parada.

Me hallaba en vecindad de mi posible artículo, que ya casi se descubría con caracteres magnéticos. Luego, con increíble acrobacia, pasó a la página primera, donde apa­recían los muertos del día anterior y el anuncio de los nuevos impuestos. ¡Horror! Se mostró desencantado con es­ta mezcla de goles, crucigramas indescifrables, muertes violentas y gravámenes inatajables. Y cerró el periódico. Cuando esperábamos la entrega de las maletas le pregunté:

–¿Qué dice el editorial de hoy?

–¿El editorial de hoy…? –repuso–. ¡Ah, sí! ¡La pági­na editorial! La leeré con reposo en mi casa. Usted sabe que esta sección es la más seria, la más intelectual del periódico. Hay que leerla con más reflexión.

Tomó su maleta y se fue en busca del taxi. En su sem­blante sorprendí una ligera sonrisa. De ironía o de des­precio, no sé. Más adelante, suponiendo que yo no lo veía, arrojó el periódico en la caneca de la basura y se perdió en la muchedumbre.

¿Se estarán acabando los lectores?, me pregunté más tarde, y me acordé, a propósito del falso o real ejecuti­vo, que también el mundo es de fachada y de ficción. Tal vez los lectores nunca se terminen, pero ciertas aparien­cias indican que la sociedad es hoy más superficial, aun­que también más ostentosa.

El Espectador, Bogotá, 24-XI-1989. 

 

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Cuando los animales lloran

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Se dice que Colombia es el infierno de los animales. Sobre ellos se ejecutan las mayores crueldades, y toda­vía hay gente que se pregunta de dónde nace la violencia. Mientras los animales lloran de dolor, el hombre ríe de placer. Muy pocos sienten el dolor de los animales. Y lo avivan.

Es costumbre ancestral, de difícil extirpación. Las corridas de toros, que nos llegaron de España como acto cultural, son el mayor espectáculo de barbarie del mundo. Los toros, antes de salir a la lidia, han pa­sado por un sinnúmero de sufrimientos, como el de recibir una aguja de tejer en los órganos genitales, o vaselina en los ojos para nublarles la visión, o unturas en di­versas partes del cuerpo para producirles escozor.

Y en la faena de la plaza pública, que enardece mul­titudes, el noble bruto, sofocado y herido, es sometido a la muerte lenta y bárbara. El acto supremo de la fies­ta, donde la muchedumbre expresa su mayor sadismo, es el hundimiento de la espada, de un metro de largo, en los pulmones ya averiados por la asfixia, hasta que el ani­mal muere ahogado en su propia sangre.

En las fiestas de San Pedro, que se repiten cada vez con superior vehemencia, miles de gallos mueren decapi­tados por competidores ebrios que demuestran su «hombría» cortando pescuezos, en una especie de rito cavernícola, al pasar ante la cuerda que se afloja y se estira para incitar más el brinco salvaje.

Se mata por placer. Matar se ha convertido en un de­porte. En la pesca y en la caza los animales quedan mal­heridos, infectados y angustiados. Se goza viéndolos contorsionarse, sin importar que los hijos van también a morir de tristeza y abandono. Trasladado este instinto a los campos de la violencia entre hombres, no es diferente la situación cuando se asesina a seres humanos y se de­jan huérfanos y viudas, padres y hermanos, agobiados por el terror y el sufrimiento.

Alguien me contaba en estos días el caso de un hacen­dado que había construido un horno en su finca y, para inaugurarlo, había invitado a buen número de amigos. Como el horno estaba sin probar en su sistema de desfogue, no tuvo inconveniente en meter vivo a un gozque que por allí rondaba, hasta que el pobre plebeyo, cocido en la brasa viva ante los ojos de la concurrencia, demostró que el aparato servía.

Los pajaritos de los campos son perseguidos por los muchachos traviesos –asesinos en potencia– que disfrutan de regocijadas sensaciones al bajarlos de los árboles a punta de pedradas o escopetazos. Esos muchachos, armados de caucheras y municiones, serán los antisociales del ma­ñana, y de allí a engrosar las guerrillas, que matan hombres de verdad, hay poca distancia.

A los animales de carga se les tortura clavándoles es­puelas y propinándoles latigazos y otros maltratos como estímulos para la locomoción. A los bueyes se les insertan argollas en la nariz para jalarlos. A los perros calleje­ros se les traslada al coso y allí mueren de inanición. En el matadero –como leo en una hoja del Club de Amigos de los Animales, de Medellín– se aplican procedimientos bru­tales como el de lanzar cerdos sin morir a tanques con agua hirviendo.

Los animales lloran. Y el hombre ríe. Estas oscuras tendencias del género humano han erigido el gran monu­mento a la crueldad. Las lágrimas de los animales no se ven. El hombre no quiere verlas. Pero son reales. Eduardo Arias Suárez vio llorar, en cuento estelar, a una vaca: La vaca sarda. Allí asegura: «Todos la vimos, y por eso lo escribo. Todos nosotros vimos que cuando la vaca lamía aquella piel, iba vertiendo gruesas lágrimas de sus ojazos espirituales».

El Espectador, Bogotá, 11-I-1990.
Revista Manizales, septiembre de 1991.
Vivir con Salud, revista decana del naturismo español, Madrid, marzo de 1991.
Revista Aristos Internacional, n.° 23, Torrevieja (Alicante España), sept/2019.

* * *

Comentarios:

Es mi propósito hacer llegar mi felicitación al columnista destacado de ese diario, Gustavo Páez Escobar, por su conmovedor artículo titulado Cuando los animales lloran, en donde queda a la luz pública toda la crueldad que antecede a la final orgía de sangre en el espectáculo de las plazas de toros (plazas que debiéramos convertir en gimnasios o canchas para prácticas de deportes). Luis Alfonso Saavedra F., Barranquilla.

Es triste ver a un país sumergido en la violencia, añorando paz y haciendo campañas para conseguirla, cuando vamos a las plazas de toros a ver correr sangre. No sabía ni imaginaba lo que se hace a un toro antes de salir al ruedo. Es inhumano. Los animales sienten y lloran como nosotros. En un animal tenemos siempre un amigo para toda la vida. Marta Cecilia Pacheco Blanco, Bucaramanga.

Queremos felicitarlos por la entereza y el valor demostrado por su periódico al publicar el artículo Cuando los animales llorann, de Gustavo Páez Esco­bar. Ojalá sigan publicándose con frecuencia notas sobre ese tema tan importante, como medio eficaz para despertar la conciencia espiritual de nuestro pueblo y para estimular a todos los que quieren trabajar en ese sentido, pero son víctimas del silencio. Antonio Martínez Segura, Walter Ballesteros, Julia Ballesteros de Martínez, Bogotá.

Cuando los animales lloran, de Gustavo Páez Escobar, es un auténtico Salpicón de amor. Exploté de regocijo al reconocer que to­davía hay columnistas que dejan de vez en cuando la temática aburrida de la política para deslizar su pluma por aspectos urgentes como el de los derechos animales. Ese listado de afrentas contra los irracionales es así mismo un grito desgarrador que clama al cielo y a los hombres por que cese ya la barbarie que continúa diezmando con todo lo bueno que puso Dios en la naturaleza para sustento de todas sus criaturas. De la violencia contra los animales a la violencia contra los propios humanos hay sólo un paso. No debemos olvidar que al igual que nosotros, los  animales no sólo nacen, crecen, se reproducen y mueren, sino que son capaces de amar algunas veces con un amor y fidelidad más puros de como pueden hacerlo muchos orgullosos humanos. Que los mayores sigan matando y violentando animales, pero a los niños –¡por favor!– salvémoslos de tan nefasto ejemplo. Leonor Galvis de Auzas, Bogotá.

¡Qué bien puesta tu pluma sobre un tema casi nunca tratado y más bien evadido o evitado por te­mor, o por vergüenza, si es que otros periodistas que no sean tú están conscientes de la verdad sobre la crueldad y la violencia en Colombia! Casualmente hoy recibí un casete de Jorge Roos en donde se refiere a ese ar­tículo tuyo con el mismo sentimiento que produjo en mí. Realmente te mereces un gran abrazo de felicitación por el magnífico trabajo, el cual, multiplicado en cientos de copias, va a ir a todos los países donde tenemos correspondencia. Asi­mismo y con una recomendación se lo enviaré a Animal Agenda para que se traduzca y se publique. Gloria Chávez Vásquez, escritora colombiana residente en Nueva York.

Al leer recientemente el artículo dedicado a los animales recordé que hace mucho tiempo me comentaste tu rechazo a las corridas de toros. Sí, ciertamente los animales sufren permanente maltrato del hombre, tanto que ha llegado a decirse que el animal más cruel y peligroso es el hombre. César Hoyos Salazar, Bogotá.

Su artículo me transmitió toda su congoja de hombre sano y toda su indignación de hombre entero. Si esa verdad es sobrecogedora, y lo es, no menos terri­ble es tener que contarla como usted lo ha hecho. Quiero creer que con estas palabras le confirmo que estoy a su lado, apretando los dientes yo también, con tremenda ra­bia, con inmenso desprecio por una bazofia criminal y cobarde que pretende ser vista como cultura.

He dispersado por lo menos veinte copias de su artículo ya que en esta caricatura de democracia no hay un solo periódico o revista que asumiría la responsabilidad de exhibir el hispanismo de rufianes que usted expone con tan espléndida vehemencia. Recibí hace unos días unas líneas de una amiga de Barcelona que, emocionada con su vigorosa acusación, está tratando de hacer reproducir el artículo en Cataluña. Jorge Roos, Madrid (España).

La Asociación Defensora de Animales y del Ambiente (ADA) desea expresarle sus más pro­fundos agradecimientos por su magnífico escrito Cuando los animales lloran. Para nosotros es de suma importancia que un periodista como usted tenga esa sensibilidad y respeto por el dolor y sufrimiento de los animales. En Colombia se ha perdido toda la capacidad de apreciar la vida en todas sus manifestaciones; los animales, los últimos en esta escala, se convierten en blanco de toda clase de maltratos, y lo que es peor, como anota usted, se mata animales por deporte o diversión.  Se cree equivocadamente que si en Colombia la violencia ha lle­gado a extremos en seres hu­manos, denunciar e insistir en el tema de la violencia hacia los animales está fuera de discu­sión. Sofisma de distracción. De esta violencia también hay que hablar, y mucho. Cecilia Delgado, presidenta de ADA, Bogotá.

Queremos felicitarlo por la amena e inteligente forma como ha manejado el tema en sus escritos. Nos complacería muchísimo leer su comentario acerca de la vivisección, que aunque fue prohibida expresamente por el nuevo estatuto de protección animal, todavía es mirada por algunos profesores como un mal necesario. Estamos seguros de que usted demostrará una vez más la sana sensibilidad que posee, y que ojalá todos los periodistas y educadores tuviesen, para poder pensar que si sembramos ahora a través de la información y educación, podríamos más rápido obtener una cosecha generacional muy diferente a la violencia que tenemos ahora. Orlando Beltrán Quesada, Bucaramanga.

El abogado Roberto Cárdenas Ulloa, de Bogotá, utilizó este artículo como texto de sus tarjetas de Navidad de 1991.

 

Derechos del enfermo

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El Primer Simposio Nacional sobre los Derechos del Enfermo, organizado por la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y la Consejería de Derechos Humanos de la Presidencia de la República, fija diez puntos pri­mordiales que deben observarse, por médicos y centros hospitalarios, para hacer digna la condición del paciente.

Todo cuanto tienda a proteger la nobleza de la vida debe convertirse en afán prioritario de la sociedad. El enfermo es un ser disminuido en sus capacidades y mere­ce, por consiguiente, y sobre todo si ha llegado a un estado extremo de gravedad, que se le trate con esmero y la máxima eficiencia curativa.

Las clínicas y hospitales, que debieran ser las casas supremas de la sensibilidad humana, no siempre lo son. A veces se convierten en todo lo contrario: en centros inhumanos. Se sabe con frecuencia de enfermos graves que son rechazados por no llevar, en pesos contantes y sonantes, el depósito previo que se exige como requisito de admisión. Muchas personas mueren después de horas de espera y de súplicas inútiles. Y no ha valido ni la ofer­ta de cheques y fiadores ni la promesa de consignar más tarde el costo hospitalario.

El juramento de Hipócrates está devaluado en nuestros días. Lo borró el apetito mercantilista. El simposio que acaba de pasar, cuyo propósito es revaluar los principios éticos de la medicina, recuerda el derecho del paciente «a que en casos de emergencia, los servicios que reciba no estén condicionados al pago anticipado de honorarios».

El trato digno del enfermo va desde el buen recibo en la puerta de los centros de salud hasta el respeto por sus creencias y costumbres, que hacen parte de su personalidad y por consiguiente no pueden violentarse. Hoy, en este tráfago de la vida moderna, ya desapareció el médico de familia y nos convertimos en fichas de computador.

En los consultorios de la llamada medicina social, donde el galeno debe atender tantos pacientes por hora para mostrar cumplimiento de su contrato laboral, no hay diálogo y me­nos verdadero escrutinio científico. Los médicos caminan a marchas forzadas, y las enfermedades, por lógica, permanecen incuradas y además se degeneran.

Dos de las recomendaciones del simposio son la elección libre del médico y la comunicación plena y clara que debe existir con él. Estos puntos serán letra muerta, como lo han sido, para la masa indefensa de la población que ca­rece de recursos económicos y del privilegio de ser escu­chada y menos de elegir su consejero de salud.

Se avanza, de todas maneras, con este debate que bus­ca humanizar la medicina en el medio colombiano. Los pun­tos propuestos van todos ligados al honor del individuo, y algunos penetran en los tiempos modernos al determinar que la donación de órganos y la posibilidad de prestar el cuer­po para investigaciones científicas son actos voluntarios.

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Sobre el derecho a morir dignamente, se hace énfasis en el acatamiento que debe dispensarse a la voluntad del enfermo terminal de no prolongarle la vida con medios artificiales ni suministrarle drogas heroicas cuando el mal es irreversi­ble. Se consagra el libre albedrío «a morir con dignidad y a que se le respete su voluntad de permitir que el pro­ceso de la muerte siga su curso natural en la fase termi­nal de su enfermedad».

La Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente (apartado 88900, Bogotá), presidida por Beatriz Kopp de Gómez y que cuenta con destacado equipo de asesores, acaba de cumplir diez años de labores en Colombia. Sea esta la oportunidad de felicitarla por su permanente afán de elevar el sentido de la vida imprimiéndole decoro al desenlace final. «Cuando naces –dijo Confucio– tú lloras y nosotros sonreímos. Cuando mueres, nosotros lloramos y tú debes sonreír”.

El Espectador, Bogotá, 8-XI.1989.

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Comentarios:

He leído con mucho interés y agradecimiento a Salpicón refiriéndose a los “Derechos del enfermo” y al aniversario de diez años de fundada A.M.D. Sus artículos, como son tan difundidos, nos ayudan inmensamente. El foro resultó muy positivo y ahora lo importante es que los propósitos sean cumplidos. Creo que está en manos de todos nosotros hacerlos respetar, para beneficio de los pacientes. Beatriz Kopp de Gómez, Bogotá.

Esta columna plantea uno de los capítulos más dolorosos de la medicina moderna. El paciente es hoy un ser desprotegido en clínicas y hospitales, y a veces un caso raro que estorba la vida de las instituciones médicas. Y el médico, que vive más de los honorarios que del espíritu de Hipócrates, se ha deshumanizado. Muchos pacientes mueren por falta de dinero en el bolsillo para entrar a la sala de cirugía. Bien está que plumas doctas –y ya se ve que sensibles, como la del escritor Páez Escobar– se ocupen de estos menudos y gigantescos dramas de la humanidad. Alcides Romero Morales, Bogotá.