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Poetas palmiranos

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De paso por Palmira, la acogedora y aromatizada ciudad del Valle del Cauca que hace recordar pretéritas épocas de la corona española –con sus encomiendas de indios y el impe­rio de los hierros de la esclavitud y la negación humana–, alguien ha querido que yo conozca a sus poetas. Esto me sue­na a un símbolo de liberación y se me antoja que en medio de la crueldad de las moliendas, sudadas con el chasquido del látigo y el furor de los hacedores de riqueza fácil, iba a surgir, como surgió, la voz conciliadora de los poetas.

Tras dos meses de estadía en la maravillosa tierra de los paisajes embrujados y los trapiches en eterna eferves­cencia, y donde además me he contagiado con el sabor de su idiosincrasia laboriosa y pródiga, lleno mis maletas del regreso con una muestra de la poesía lugareña, y me voy completo.

Hace pocos días El Espectador publicó mi crónica Palmira señorial  y bien está que transcriba aquí el siguiente aparte que se sitúa en los contornos precisos de la ciudad poética:

«Por las calles se deslizan, con visos coloniales, sus coches tirados por caballos, que hacen pensar en lejanas épocas de romanticismo. Y es que en el sentimien­to de los palmiranos perduran los ecos del ayer romántico. Jorge Isaacs sembró en el corazón del pueblo el amor de María, y sin ella es imposible asimilar la sustancia de la tierra edénica. Y Ricardo Nieto, el inspirado vate palmirano cuyo poema Libros ha resonado tantas veces en el alma del cronista, parece que deambulara por las calles nocturnas del pueblo señorial”.

Es Otoniel Olave Ríos quien ha puesto en mis manos, entre­ga tras entrega y para que los cate mejor, los 25 poemas que según me cuenta serán  pronto recogidos en un opúsculo que desde ya recibe el título de Poesía palmirana. Allí se da­rán cita cinco poetas de la ciudad, cuya producción se ha perdido en efímeras publicaciones, siendo inclusive hoy de difícil consecución el libro denso de Ricardo Nieto, con­siderado como una reliquia bibliográfica.

Cinco poetas. Un patrimonio de Palmira que se ha dilapi­dado por falta de interés cultural. Si hay personas que en verdad se quedan pegadas al alma de los pueblos son el es­critor y el poeta, cuya voz, por más que se silencie por épocas o trate de acallarse, será eterna como la voz misma de la conciencia.  Lo demás es transitorio y perece­dero. Los pueblos se comunican con las sucesivas generacio­nes, más que a través de sus monumentos y sus obras suntua­rias, por boca de sus poetas, sus filósofos, sus escritores. El imperio de la palabra resiste el embate de todos los tiempos.

Despacio, con la delectación con que se debe leer la poesía, he degustado una por una, como en manantial de límpidas aguas, las 25 obras de estos artistas. Obras, en realidad, cada una de estas poesías. Tratándose del género literario maestro por excelencia, supone un acabado perfec­to. La poesía es la síntesis de la literatura y como tal debe llenar, a base de ritmo, de imágenes y elocuencia, el corazón del hombre. Al poeta es al único que se le conceden licencias en el uso del lenguaje, siempre y cuando la expresión sea  estética, pero nunca se le perdonará que su mensaje carezca de sentimiento y belleza.

No concibo la poesía moderna que se mueve más por signos o contorsiones que por manifestación espontánea, y que me perdonen los tales poetas, o seudopoetas, si sus productos me resultan ininteligibles. El mejor arte es el que a uno, personalmente, más le agrada, y lo otro, por más respeta­ble que sea,  es predicar en el desierto. No cambio el soneto clásico por los versos sueltos de esta época, y no porque sean sueltos sino por carecer la mayoría de sentido y es­tar tocados de epilepsia. ¿Para qué salirse de los moldes clásicos de la poseía si ya todo está descubierto?

Simples divagaciones las mías para decir que la poesía palmirana con que el amigo ha querido recrear mis horas de hotel deja un estremecimiento interno en el escritor en marcha. He escuchado el eco de la ciudad a través de la inspiración de sus bardos. La ciudad me ha hablado, y esto es mucho decir, porque hay lugares que sólo murmuran.

Quedo desconcertado al descubrir este hallaz­go de legítima poesía, pero luego me repongo de la sorpresa al acordarme de que la cultura nacional,  que no quiere sa­lir de los centros y se embriaga hasta el cansancio con las  mismas figuras ya consagradas, mantiene marginada a la provincia. La provincia, de donde emerge todo germen cultural, es en Colombia una cenicienta deprimida. Los directivos de la cultura no tienen el valor de venirse por estos pueblos callados a indagar por los valores ocultos que en todas partes existen, y por eso no es de extrañar que el patrimonio cultural del país se conserve a medias.

Palmira es conocida por su caña da azúcar y su agricul­tura tropical, mas no por sus poetas. Las rotativas oficia­les no han alcanzado para ella, y el peculio de los artistas, como es el triste destino universal, vive menguado. Interpreto en su exacta angustia al afán con qua Olave Ríos –auténtico promotor cultural– trata de salvar este acervo poético. Me cuenta, por ejemplo, que de una tumba parroquial él mismo rescató, para el libro en proyec­to, la siguiente inscripción lapidaria de Pascual Guerrero, uno de los cinco jinetes de la orfandad:

Porque fuiste noble, porque fuiste buena,

guardo de tu ausencia, con amor, la pena;

y en este sepulcro de infinita calma,

dejo suspendida, como flor, mi alma.

¿No es éste, acaso, un tesoro escondido? Ojalá, me digo con optimismo, los palmiranos del mañana sepan apreciar la presencia de sus poetas y valorar la profundidad de sus mensajes. Y quizá adviertan, por ejemplo, que el poema Buenaventura, de Eval Leynoto, está inspirado por la misma densidad humana de un Porfirio Barba-Jacob, y que la producción completa de estos cinco personajes (Ricardo Nieto, Julio César Arce, Eval Leynoto, Pascual Guerrero y Francisco Barona Rivera) está unida por el mismo sentimiento.

Ellos le han cantado a su comarca en hermosos versos de corte clásico. El paisaje, el amor, la mujer palmirana, la miseria ambiental, el dolor de patria, todo se confunde para enmarcar la existencia humana.

Conforme avanzo en estas lecturas y converso con mi contertulio, me nace la habilidad de sospechar que en Otoniel Olave Ríos hay más que un simple intermediario de la cultura. Agazapado en el seudónimo (que él formó con la  alteración de su propio nombre de pila), lo identifico de pronto como uno de los cinco poetas del opúsculo, secreto que quiso guardar hasta el momento mismo de mi revelación. Pien­so que así es el arte: discreto y en ocasiones anónimo.

No soy, sobraría decirlo, crítico de poesía, ni crítico de nada, y Dios me libre de semejante pretensión. Pero de­claro, a fuer de buen lector, que la poesía palmirana re­presenta ese pedazo de Colombia que le falta a la cultura nacional. Como ésta es una crónica viajera, más satisfecho me siento de poder dialogar con los poetas sin ataduras académicas.

El País, Dominical, Cali, 14-IV-1985.

* * *

LIBROS

 ¿Para qué los libros, para qué, Dios mío,

si este libro amargo de la vida enseña

que el hombre es un pobre pedazo de leña

que arrastra en sus andas fugaces un río…?

¿Para qué los libros, para qué, Dios mío?

Leí muchos libros, leí tanto, tanto,

que al fin se cansaron de hacerlo mis ojos…

¿Qué resta de todo…? Un poco de llanto,

una honda amargura y un hondo quebranto,

un bosque de espinas y un bosque de abrojos.

¿Qué sabio ha podido mecerse en la bruma?

¿Qué artista una gota formar de rocío?

¡Oh, pobres poetas, romped vuestra pluma,

mirad cómo escribe sus versos la espuma

y oíd cómo canta sus versos el río!

En vano con libros tu mente torturas,

en vano a las puertas cerradas golpeas;

no hay astro que alumbre tus noches oscuras,

si buscas en ellos capullos de ideas

¡tendrás el veneno de las desventuras!

Lee sólo este libro: la naturaleza,

embriágate de aire, de luz y de rosas,

sé humilde, sé bueno, recógete y reza,

y pide a la augusta, serena belleza,

te muestre su imagen en todas las cosas.

Debajo de un árbol medito y espero…

¡Cuán poco a los hombres que pasan les pido!

La vida es un viaje; yo soy un remero

cansado de todo… ¡dormir sólo quiero

el último sueño de paz y de olvido!

Ricardo Nieto

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Pensión a los 60

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las mujeres, que quieren tanto sus años, han sido las primeras en protestar contra el proyecto del Gobierno de elevar a 60 años la edad para el disfrute de la pensión de jubilación. Piensan ellas que una década en estas alturas de la vida, cuando la cuesta del calendario se torna más empinada y azarosa, es demasiada ofrenda para ayudar a re­solver el desequilibrio financiero del país.

Es un esfuerzo exagerado que no están dispuestas a realizar. Los autores del proyecto no tuvieron el cuidado de reflexionar, a la luz de elementales miramientos femeninos, en qué terreno espinoso se iban a meter. Lo que más afecta a la mujer es la edad y de ahí los supremos esfuerzos que ella realiza para engañar el paso inevitable del tiempo a base de cosméticos, gim­nasias, drogas rejuvenecedoras y men­tiras.

Aumentarles en diez años la entrada al ocio remunerado, y todo porque las finanzas públicas se han manejado a la diabla, es lo mismo que condenarlas a terrible senectud. Hoy la mujer colombiana se siente más vieja que en los gobiernos anteriores y por eso se pone en pie de combate para defender sus conquistas laborales.

A los nombres se les pide un sacrificio menor, en apariencia. El límite de edad subiría para ellos en cinco años, al correrse también a 60 lo que ahora está en 55. Pero como para los varones el tiempo cuenta el doble, por cierta similitud con la guerra, desde ya, con el solo anuncio de la pretendida reforma laboral, se sienten destrozados. Calcu­lan ellos que si el límite de superviven­cia masculina difícilmente supera en Colombia los 60 años, el Gobierno les está decretando la jubilación para el cementerio.

Al nivelarlos en esta prestación con las mujeres, suprimiendo de paso un raro privilegio femenino (mucho se habla hoy del machismo), no se les está concediendo una gracia sino im­poniéndoles una carga. Por eso, se rebelan también contra esta extraña manera de arbitrar recursos, o mejor, de enderezar entuertos, con la inmolación de los años otoñales.

Sometido el hombre en nuestro país a toda clase de desgastes por razón de los impuestos, las carestías y el exceso de tensiones, a los 60 años se llega jorobado y mal­trecho, tanto física como emocionalmente, si es que en realidad se ha contado con suerte.

Puede que la mujer sea todavía joven a la misma edad, pero en cambio el varón parece a veces un desecho humano, agobiado por infinitas calamidades. Este, como contrasentido, es el año dedicado por el Gobierno a la tercera edad.

En otros países, sobre todo de Eu­ropa, la persona corona en buenas condiciones físicas y síquicas la cumbre de los 60. Y es que allí los sistemas de vida son más sanos, y la supervivencia hasta edades avanzadas es un hecho normal. En Colombia, la ancianidad se ha tornado prematura.

El desequilibrio presupuestal de la Caja Nacional de Previsión Social, que trata de corregirse con esta reducción de derechos, no se solucionará im­pidiendo la entrada de nuevos pensio­nados. El mayor deudor de la Caja es el propio Estado al no atender las cuotas pensionales a cargo de los municipios, los departamentos y la nación. ¿Será justo, entonces, que el déficit lo paguen los ancianos?

*

La otra cara de la medalla está en ciertos organismos donde se jubilan viejitos de 45 años. Este extremo re­presenta, como es obvio, un lastre económico que debe enmendarse para no incurrir en los estados de quiebra que acarrea la sobredosis prestacional.

Los 55 años son el justo equilibrio, dentro del medio colombiano, para ingresar a la paz dorada de la tercera edad. El hecho de que a esa edad el hombre sea todavía productivo no le disminuye el derecho a gozar del descanso después de muchos años de actividad.

En otras partes del planeta se podrá ser joven a los 80 años, pero aquí a duras penas pasamos la barrera de los 60. Legislar no es otra cosa que interpretar las características ambien­tales. No sigamos esquemas distintos a los nuestros y así las leyes nos saldrán mejor elaboradas.

El Espectador, Bogotá, 27-IX-1984.

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Palmira señorial

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«Tú has sido un gran crisol: el africano bronce, el oro español y el cobre indio”. Así definió el maestro Valencia el alma ancestral de Palmira. Ciudad añeja, con sus trapiches secu­lares olorosos a molienda y sus tierras trabajadas con el sudor de las negrerías y fertilizadas con el prodigio de la naturaleza ubérrima, recuerda aún el dominio feudal de la corona española.

A Palmira llegaron muchas corrientes étnicas que crearon una raza fuerte, mezcla del indio cobrizo y el blanco español, e impulsaron la especie hasta plasmar un conglomerado humano de múltiples matices, que le dio asiento a la moderna ciudad de hoy en la que se confunden, hermanados, los habitantes actuales, en quienes se conjugan distin­tos colores de raza, desde el muy negro hasta el muy blanco, y poseen además diferentes acentos idiomáticos. Es ciudad de contrastes, tanto en lo económico como en lo social.

Predomina la raza vivaz, trabaja­dora, endurecida por los sofocantes soles de su agricultura, y que en los laboreos de los trapiches en eterna efervescencia, de las cañas de azúcar tremolantes, de la agricultura agresiva y las briosas ganaderías, como símbolos de poder económico, se mantiene fiel a la tradición de pueblo pujante.

El ámbito rural, donde el esclavo aprendió a amasar con vigor la riqueza de la tierra, se ha trasladado con igual ímpetu febril al marco de la ciudad, en la que crece la imaginación creadora de las fábricas metalmecánicas y las industrias caseras de los manjares azucarados, los buñuelos y los pandebonos. Es el abrazo de la ruralía con la ciudad, y al fondo, como ex­presión necesaria de la sangre tórrida que constituye su manera de ser, se disfrutará del sabor afrodisíaco de la salsa, o como quiera llamarse el último grito tropical de la música, un mensaje que llega de lejanas reminiscencias.

La gentileza de sus habitantes hace de Palmira una ciudad cordial y atrac­tiva para el turista. Por las calles se deslizan, con visos coloniales, sus coches tirados por caballos, que hacen pensar en pretéritas épocas de romanticismo. En el sen­timiento de los palmiranos perduran los ecos del ayer romántico. Jorge Isaacs sembró en el corazón del pueblo el amor de María, y sin ella es imposible asimilar la sustancia de la tierra edé­nica.

Ricardo Nieto, inspirado vate palmirano cuyo poema Libros ha resonado tantas veces en el alma del cronista, parece que deambulara por las calles nocturnas del pueblo señorial.

*

Tal la estampa de Palmira que capta al vuelo, en breve recorrido por su geografía quemante, el escritor que ha venido en pos de la belleza del paisaje y ha admirado al mismo tiempo la esbel­tez de sus mujeres. Las autoridades municipales me transmiten la preocu­pación que las anima por remozarle la cara a la ciudad y acometer diversas obras que le impriman un progreso más dinámico.

El alcalde Sanguino y su equipo de colaboradores (entre quienes se destaca el elemento femenino como un sello de la tierra) trabajan por una Palmira mejor. Luz Elena Duque, graciosa y activa tesorera del muni­cipio, que me sirve de guía mostrán­dome diferentes aspectos de la admi­nistración, sabe que su ciudad saldrá adelante y corresponderá a los símbolos que figuran en su escudo: el músculo, el paisaje y el corazón.

La ciudad, adormilada en los últimos tiempos, ha descuidado sus calles y fachadas y aplazado algunas nece­sidades prioritarias, como el alcanta­rillado ya envejecido, los teléfonos en constante deterioro y la construcción del Palacio Municipal, antigua obra que ahora se ve progresar a mayor ritmo.

Es preciso que la dulzura del azúcar, cuyo olor perfuma el ambiente, haga el milagro de transformar a Palmira. Es ciudad con larga historia y sin fundador, cosa rara. «No tenemos dueño, todos somos dueños de nuestro municipio», leo en una cartilla municipal. He ahí el reto del progreso.

El Espectador, Bogotá, 13-IX-1984.

 

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La paz de los sepulcros

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Acaba de pactarse la paz después de treinta años de guerra entre los colombianos. Treinta años contados de afán, en medio del fragor de los disparos, cuando en realidad el germen fratricida inoculado en el alma nacional, como un estigma canceroso, significa ya un estilo se­cular de nuestra manera de ser bárbaros. Caín no ha muerto en Colombia. Las últimas tres dé­cadas están teñidas de tanta sangre y tanta sevicia, que la mayor violencia del país puede enmarcarse en este período.

Imposible sería hacer un in­ventario siquiera aproximado del número de muertos y de hogares destrozados que ha dejado la violen­cia. Imposible, además, determinar hasta qué punto el instinto asesino ha frenado el desarrollo espiritual y material de este pueblo con enormes posibilidades de progreso y poca vocación de grandeza.

Es mejor no intentar el balance de nuestras calamidades. Olvidémonos, si somos capaces, de los miles de sacrificados por las balas oficiales y las balas subversivas, para situarnos sin mayores interrogaciones en esta hora de la tregua condicionada. El pueblo quiere la paz y la reclama con desespero, al rechazar, por simple instinto de supervivencia, la muerte sentenciada en campos y ciudades.

Hasta tal grado de escepticismo hemos llegado, que vivimos insensi­bilizados contra la certidumbre de la conflagración permanente. El estado de sitio, medida de emergencia y salvación en cualquier país del mundo, en el nuestro perdió eficacia y se convirtió en figura desgastada por el uso. La acción oficial de las armas y la justicia, en las que la gente no cree, se quedó escrita en los códigos, mientras que por el alma aterida de espanto y de impotencia cabalgaban los muertos reales que todos los días veíamos avanzar como un atropello monstruoso.

*

Viudas, huérfanos, familias enteras con el alma mutilada salen hoy entre las tinieblas del combate tratando de convencerse de que ha cesado la guerra. ¿Y sus seres queridos que nadie podrá restituir, y sus haciendas irrecuperables, y sus sentimientos marchitos…? Todavía, en vísperas de la tregua, fuerzas guerrilleras y del orden se enfrentaban y caían abati­das…

Nadie se explica la masacre de Yumbo. Nadie podrá justificar los nueve policías acribillados en lejano caserío de la selva a pocas horas de suscribirse el armisticio. El sacrificio absurdo de Carlos Toledo Plata, como posible venganza de sus propios aso­ciados por habérseles adelantado a la firma de la paz, quedará gravitando en la historia de la violencia como signo aberrante de la insensatez.

La guerra, en fin, ha concluido. Las trompetas de la reconciliación pre­gonan la llegada de una nueva auro­ra. Los guerrilleros han desfilado por el micrófono, con los fusiles aún humeantes y los cañones apuntados al suelo, mostrándole al país la satis­facción —y yo diría el desconcierto— con que se reintegran a la sociedad. ¡Bienvenidos sean y que les perduren sus buenas intenciones! No están arrepentidos de sus actos, sino can­sados de la contienda. Y condicionan el cese del fuego a la búsqueda de fórmulas sociales que permitan al pueblo mejores sistemas de vida.

El presidente Betancur pasará a la historia como el gran abanderado de la paz si consigue, como todos los colombianos lo pedimos y lo necesi­tamos, que esta paz sea duradera. ¡Ni un tiro más!, es la consigna general, y hay que suponer de buena fe que el propósito es recto. Es un triunfo evidente del Gobierno, logrado con el concurso de verdaderos patriotas convencidos del poder de la persuasión, que salvaría todo un tramo carcomido de nuestra historia.

Pero la paz no puede ser resistente si no tiene soportes para apoyarse. Debe ser un estado del alma y una fuerza de la convicción. Tan habituados estábamos a la guerra y tan posesionados por el pesimismo, que todavía no hemos despertado a la realidad de un país que amanece pacífico. País desgastado en largas noches de inútil espera, que ahora se asusta con la paz. Ha llegado el momento de la convivencia y la gente no cree en ella. La paz parece un hecho curioso.

*

La tranquilidad que nos prometen sólo será posible en la medida en que todos nos empeñemos en declinar los odios y propiciar el clima del enten­dimiento, con voluntad y optimismo. Para este y todos los gobiernos sucesivos, y desde luego para los políticos, surge el gran reto de la paz, que no es otro que el de mantenerla con sabias medidas de bienestar popular. Si no se impone la paz económica y social —algo insepara­ble—, la paz de las armas será un sofisma de distracción. Apenas una palabra hueca.

El Espectador, Bogotá, 6-IX-1984.

 

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Corazón y cerebro

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El corazón, definido como el centro de las emociones y las facultades afectivas, es, anatómicamente ha­blando, un órgano hueco. Quizá por eso los poetas y los enamorados encuentran en él la máxima trans­parencia para sus expresiones sen­timentales.

Con el corazón se siente pero no se piensa. Es aquí donde entra en discu­sión si es más importante el corazón o el cerebro. Con el cerebro, por ser el mayor engranaje de la autodeter­minación, se adoptan las grandes decisiones de la vida. El hombre es consciente y razonador gracias al poder de su mente y sin ella sería incapaz de medir la trascendencia de sus actos. El corazón, debido a su naturaleza instintiva, puede frenar los mejores dictados del raciocinio. Digamos, para diferenciarlos, que el corazón es acelerado y la mente, analítica. En ocasiones es aquél tan desenfrenado que se desboca y acaba con la vida.

Los poetas, cuya misión es embellecer la vida, pintan al corazón de mil colores y lo representan como una dulce y ardorosa posesión del hombre. Las quinceañeras le enciman palomitas y colitas de querubín. La mente, por el contrario, reconocida su contextura de poderosa maquinaria, se representa como un recinto so­lemne y frío.

La empresa no tiene corazón, es frase en boga. Si lo tuviera, sostienen los economistas, no se produci­rían utilidades. Esto no es tan evidente, ya que también los empresarios dejan de obtenerlas cuando deshumanizan sus áreas de trabajo. Cuando tratan a sus colaboradores como máquinas y no como personas.

Entre los variados estilos de admi­nistración en que los tratadistas en­casillan a los gerentes (y aquí caben todos los puestos de mando, desde el de presidente de un país hasta el de ama de casa), figuran, en los extre­mos, los de la dictadura y el paternalismo. La dictadura es abominable, según el grito de los hombres libres.

El paternalismo no es bueno, asegu­ran unos, porque con él se relajan los sistemas disciplinarios al dominar el sentimiento sobre la razón. Es el ideal, refutan otros, porque el indi­viduo, para que produzca, debe ser dirigido como ser humano y no piso­teado como animal. Paternalismo no significa debilidad, agrega el de más allá, por lo mismo que el padre sigue siendo afectuoso por más enérgico que sea.

La tendencia de la empre­sa, contra el sentir de los poetas y los enamorados, es la de mover los negocios con el máximo de rigor y el mínimo de sensibilidad. Así se ma­neja el mundo industrial a fin de que genere rendimientos. Lo lamentable es que muchos negocios, donde hay más cifras que sentimientos, se quiebran a pesar de tanto rigor utili­tarista, o tal vez por exceso de rigor. Esto pone de manifiesto la eterna lucha entre el cerebro y el corazón.

*

Los gerentes, que son el alma de los negocios —y que por lo general ca­recen de corazón—, se devanan los sesos buscando caminos para lograr ganancias. Se matan, en el sentido exacto del término, detrás de un punto más en el balance o de una pírrica ventaja sobre el competidor. En este medio inclemente de las metas y los objetivos no puede entrar en consideración la comodidad per­sonal, ni existe tregua para la conquista voraz de las ganancias materiales.

El hacedor de cifras es un ser duro, vertiginoso, ensimismado en cálculos infinitos, insaciable en su vocación de malabarista de las fi­nanzas, y que en esta era de la deslumbrante cibernética le ha ro­bado la frialdad a la máquina.

El estrés, la peor enfermedad del mundo moderno, que causa depresión y también mata, parece ser el precio de la fama. Quien se precie de ejecutivo debe padecer de úlcera, de gastritis, de insomnio y taquicardias. Mostrará, además, aunque los deba, flamantes coches y deslum­brantes mansiones y dejará de tener brillo social si no es protagonista de unos cuantos enredos amorosos y unas cuantas especulaciones bursá­tiles.

Todo esto produce ansiedad y desequilibrio emocional. No impor­ta. En esta persecución de la gloria efímera están descartados el esfuerzo físico y el desgaste síquico. Y el corazón es el mayor sacrificado. Es posible incluso que la mente se resguarde, pero el músculo impulsor de la sangre y las emociones queda expuesto a resistir los peores estra­gos. Mientras más veloz y más eficiente sea el ejecutivo, más sensible será al infarto. Aquí se desquitan los poetas y los enamorados, cuyas fibras cardíacas parecen de acero.

*

Si con la mente se piensa y con el corazón se siente, debe admitirse que ninguno de estos órganos es superior, sino que se complementan. El indi­viduo no puede estar nivelado mientras no mantenga al compás todas sus facultades. El enamorado, a más de pulsar sus emociones, debe pensar, y el ejecutivo, ser pensante por naturaleza —aunque no siempre piensa bien—, no debe ser tan autómata como para prescindir del sentimiento.

Ni tan tonto como para conquistar la celebridad al costo del corazón, un bien que no tiene precio. El equilibrio ideal está en la fusión de ambos poderes: el del instinto y el del raciocinio, para que el individuo llegue a ser hombre completo.

El Espectador, Bogotá, 24-VIII-1984.

 

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