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El indígena y el escritor, dos seres olvidados

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el mayor interés he leído en el Magazín Domini­cal el excelente ensayo que sobre la causa indigenista escribe Carlos Bastidas Padilla, amplio conocedor de la materia tanto por sus raíces nariñenses –escenario muy marcado de la explotación del indio en épocas feudales– como por su consagración intelectual a di­cho tema.

Sólo en la época actual, tras centurias de dominio sobre esta clase humillada, el indio comienza en nuestro país a adquirir catego­ría social. Ha conquistado su liber­tad, después de haber vivido escla­vo del gamonal, el terrateniente y el cura, símbolos de la burguesía dominante que en 1899 denunció la escritora peruana Clorinda Matto de Turner en su novela Aves sin nido.

Cerca de cien años han transcurrido desde entonces y el indio apenas se vislumbra en América como un ser social. Los espa­ñoles, en la Conquista, lo conside­raban un animal, y tal vez esto explique el que curas lascivos sa­ciaran en las indias sus instintos animales.

Otros escritores, como Alcides Arguedas, Jorge Icaza, Ciro Ale­gría, José María Arguedas, César Vallejo, Fernando Chávez, José Eustasio Rivera, César Uribe Piedrahíta, Diego Castrillón, han abanderado la misma cruzada de redención a través de varias obras famosas. Ellos, escritores connota­dos, han merecido el apoyo de las editoriales. Pero existen otros au­tores que militan en la misma causa y cuyos libros duermen en el polvo del olvido.

Deseo referirme a un caso que conozco y que por lo menos desper­tará curiosidad. Se trata del escri­tor quindiano Jaime Buitrago Car­dona, muerto hace largos años –y muy ponderado en su época–, au­tor de una valiosa trilogía novelísti­ca sobre el tema que me ocupa, hoy ignorada: Pesca­dores del Magdalena (1938), Hom­bres transplantados (1943) y La tierra es del indio (1955). Esta última fue ganadora de un con­curso patrocinado por la Caja Agraria, y la entidad le incumplió el premio de la impresión. El autor la editó por su cuenta en Editorial Minerva, con prólogo del padre Félix Restrepo, y nunca más volvió a publicarse.

La pátina del tiempo borra la memoria de algunos escritores no­tables. Jaime Buitrago Cardona, a quien ya no conocen ni en su tierra quindiana, es uno de esos ejemplos dolorosos. Otro caso sensible es el de Eduardo Arias Suárez, también quindiano, uno de los pioneros del cuento en el antiguo Caldas y acaso el mejor cuentista que haya tenido el país. ¿Había oído usted mencionar (le hablo a Bastidas Padilla o a quien me lea) a estos dos escritores quindianos del comien­zo del siglo? Si la respuesta es negativa, echémosle la culpa a la imprenta.

En 1980, siendo yo residente en Armenia, asesoré al Comité de Cafeteros del Quindío para el res­cate de una excelente novela de Eduardo Arias Suárez –Bajo la luna negra– que permanecía inédi­ta desde 50 años atrás. Se rescató la novela, pero sus libros de cuen­tos, traducidos en su época a varios idiomas (y uno de ellos todavía inédito), son ignorados por las actuales generaciones.

Esto me lleva a pensar que no sólo el indígena merece redención: también el escritor. El ensayo que comento aboga por el alma del indio, y yo lo acompaño en su clamor. Agrego a esta protesta el alma olvidada del escritor. Co­lombia, por desgracia, es un país de grandes escritores anónimos.

El Espectador, Bogotá, 19-VII-1994.

* * *

Comentarios:

Tuve oportunidad de leer el interesante artículo titulado El indígena y el escritor, dos seres olvidados. En verdad, no hemos demostrado el aprecio que se debe tener hacia las culturas «minoritarias» y hacia los escritores. No sé si es que nuestra cultura está pasando al analfabetismo, o la pantalla chica nos está esclavizando, pero leer detenidamente casi ha pasado de moda.

A pesar de todo, nosotros, como Asociación, trabajamos entre 44 diferentes grupos étnicos y continuamos animando la formación de escritores y editores indígenas, de tal modo que ellos mismos apoyen la literatura en cada idioma para la conservación y preservación de los idiomas y culturas indígenas. No vamos a perder la esperanza en esta lucha. Con la presente, me permito enviarle publicaciones, y cartillas, de los cuales algunos son escritos por los mismos indígenas y que espero le sean de interés. Le reitero mi admiración y aprecio por su interés en todo lo relacionado con la causa indigenista. Abram Koop P., Asociación Instituto Lingüístico de Verano, jefe de relaciones gubernamentales, Bogotá.

*

Como escritor, me halaga que mi ensayo Aves sin nido en el frontón de la novela indigenista le haya gustado y avivado en usted sus sentimientos de solidaridad hacia la causa indígena. Yo, sin ser un experto en la materia, he tratado de abordar el problema desde el punto de vista literario; estudiando la manera como nuestros escritores latinoamericanos han enfrentado el tema del indio. Colcultura me otorgó una beca para desarrollar el proyecto La versión literaria de la cuestión indígena latinoamericana (ya terminado).

Para darle al trabajo una visión más universal escogí a los autores más representativos de las letras latinoamericanas de la región andina, tanto indianistas como indigenistas (…) y a los que por la información que usted me da (y que agradezco) también lo son, como Jaime Buitrago Cardona y Eduardo Arias Suárez, de quien en alguno de mis cursos de literatura en la Universidad de Popayán disfrutamos y estudiamos su excelente cuento Guardián y yo (…) Aplaudo su empeño por el rescate y valoración de la obra de estos dos escritores colombianos que me gustaría estudiarlos para un segundo libro sobre el tema o para un ensayo de los que publico en el Magazín Dominical de El Espectador; para entonces trataré de encontrar La tierra es del indio. Carlos Bastidas Padilla, Popayán.

  

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El rescate del Banco Popular

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Si al presidente Gaviria y al ministro Hommes les hubie­re alcanzado el tiempo, el Banco Popular habría pasado a manos de particulares. La entidad estaba lista para su venta al mejor postor, el que, según todos los indicios, iba a ser el grupo Sarmiento. La negociación hubiera significado más concentración de poder económico para los imperios económicos, tan favorecidos por el actual Gobierno, y menos apoyo para los pobres, los eternos perdedores.

La idea de privatizar algunas entidades oficiales para darles mayor eficiencia, no puede considerarse desacertada. Lo es, en cambio, vender otras de alta utilidad pública, como el Popular, que pueden y dejen robustecerse, bajo la orientación del Estado, a fin de desarrollar reales políticas de avance social. Esta institución, que durante mucho tiempo fue un alivio para las clases más necesitadas, desvió en los últimos tiempos sus postulados hasta convertirse en un banco común. Lo indicado, ante dicha realidad, era enderezar su rumbo.

Con el afán del lucro se descuidó en este caso el beneficio social. El organismo pasó a competir en ci­fras voluminosas con los bancos poderosos y se olvidó de su esencia popular. Si la rentabilidad es indis­pensable para cualquier empresa, el exceso engendra voracidad. Poco a poco, a lo largo de quince o veinte años atrás, esta benemérita institu­ción fue perdiendo su vocación inicial y prefirió volverse aliada de los ricos, que son quienes producen utilidades. Los pobres perdieron su banco y se quedaron con un símbo­lo. No tuvieron quién los defendie­ra.

El Banco Popular se iba a vender porque el negocio era jugoso. Jugo­so en doble sentido: para el Gobier­no, que reduciría el déficit, y para el comprador, que aumentaría su do­minio. ¿Y los pobres? Ellos no contaban. Nunca han contado en el reparto de la riqueza. Pero el calen­dario no alcanzó, y la medida, que suscitó conflictos, ha quedado en manos del próximo Gobierno.

El cual, de acuerdo con el anun­cio del doctor Guillermo Perry Ru­bio, nuevo ministro de Hacienda, conservará la entidad para adelan­tar, como lo prometió el doctor Samper en su campaña presiden­cial, un vigoroso programa de creación de microempresas. Hay que celebrar, para bien del país, este rescate redentor. Y extrañar, de paso, el editorial de El Tiempo en su edición del 27 de junio, cuando se muestra partidario de que el orga­nismo sea privatizado.

Decir, como allí se manifiesta, que el Banco Popular ya cumplió su misión, y que «mantenerlo en la esfera públi­ca por más tiempo no se justifica», es un desenfoque. En cambio, ha debido expresarse que se necesita vigorizarlo, ponerlo al día en tecno­logía e imprimirle el espíritu social que se dejó perder. Al editorialista parece preocuparle más el déficit presupuestal que crecerá al no venderse la casa bancaria.

Este rescate de una de las em­presas más acreditadas del país debe significar, ante todo, el regre­sarla a su papel de líder de las grandes transformaciones sociales que ostentó por largos años.

El Espectador, Bogotá, 3-VII-1994.

 

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Los primeros televisores

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El país ha celebrado, este 13 de junio, los primeros 40 años de inaugurada la televisión colombiana, hecho trascendental que tuvo como protagonista al general Gustavo Rojas Pinilla, al año siguiente de iniciado su gobierno. En aquellos días, cuando el mundo comenzaba apenas a dar los primeros pasos a la luminosa tecnología de la época actual, la televisión surgía como invento de magia, con cierta sospecha de incredulidad.

Los jóvenes de aquella época abríamos los ojos estupefactos ante la caja embrujada y no podíamos concebir cómo el mundo lograba transmitirse al natural, con personas que se movían y hablaban como si hicieran parte de nuestro entorno, con sólo apretar un botón.

Los primeros televisores fueron vendidos por el Banco Popular. Por esos días iniciaba mi carrera en dicha entidad, y esto significa, en buen romance, que soy testigo y actor del despegue de la televisión, lo que no es poca cosa. Conforme Gonzalo Mallarino nos ha contado en estas páginas, en gratísimas crónicas, sus experiencias empresariales de años remotos, ­yo quisiera encender para mis lectores el primer televisor que nos regaló a los colombianos el general Rojas Pinilla. Si los años posteriores de su administración hubieran tenido el mismo brío y la misma rectitud del inicial, habría sido el mejor gobierno de este siglo.

La Caja de Ahorros del Banco Popular le puso gran colorido a la naciente televisión (por aquella épo­ca, en blanco y negro) con el progra­ma que denominó el Lápiz Mágico, por donde desfilaban los mejores caricaturistas de la prensa e incen­tivaban el ahorro nacional median­te entretenidos concursos de dibu­jo, abiertos al público en medio de un clima de acertijos, humor y creatividad. El programa dependía del departamento de Re­laciones Públicas y Propaganda del Banco Popular (cuyo director era Alberto Acosta), en el que tenían principal figuración Gloria Valencia de Castaño, como animadora, y Maruja Pachón Castro, como asidua dibujante.

El Lápiz Mágico era el mejor medio publicitario para la venta de televisores, los que, a precios módicos y con plazos cómodos, se distribuían en las oficinas del Ban­co Popular. Ya se me había olvidado que en mi vida empresarial fui un día vendedor de electrodomésticos (y en esto le gano a Gonzalo Mallari­no). La televisión fue entrando en los hogares con goce y cultura. Al principio, a la innovación se le miraba con recelo y no todos se mostraban dispuestos a adquirir su propio aparato. Pero cuando, a través de campañas de tanto alien­to como la aquí evocada, la imagen se volvió contagiosa, Colombia dio el gran paso al modernismo actual.

Pionero de este avance es Fer­nando Gómez Agudelo, el joven director de la Radiodifusora Nacio­nal que se encargó de adquirir los primeros equipos y poner en mar­cha el programa. Otro personaje lo es el Banco Popular, el nervio dinámico (vendedor, llaman hoy los profesionales del mercadeo) para que el experimento pegara. Duele que esta benemérita institución, comprometida en tanta realización grande del país, haya llegado a su ocaso por culpa de los afanes privatizadores del Gobierno, que en lugar de entregarlo al mejor postor como una mercancía jugosa, ha debido robustecerlo y conservar­lo como la bandera social que fue por largos años.

El Espectador, Bogotá, 9-VII-1994.

Por los caminos de la droga

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Soy uno de los colombianos que se sienten estupefactos ante el fallo de la Corte Constitucional que despenaliza el uso personal de las drogas. El alto tribunal, que en otros casos ha dado muestras de equilibrio y sabiduría, no interpretó esta vez el clamor de un país que desde hace mucho tiempo lucha por frenar el consumo de las sustancias alucinógenas que tantos estragos ha causado, y continuará causando, en la salud mental y corporal de la juventud.

Permitir la llamada dosis personal de las drogas, con el argumento de que la Constitución consagra el libre desarrollo de la personalidad, es soberano exabrupto. Por encima del bienestar individual prima el beneficio general de la comunidad. Por la corrupción de unos pocos no puede exponerse la seguridad del país. Lo que la Corte ha abierto es un despeñadero al vicio, superior al que ya existe. Por eso, la opinión pública coincide en que esta vez la Corte Constitucional, conformada por sabios y eminentes varones, se ha equivocado en materia grave.

En juego está el futuro de la juventud colombiana. La salud de la patria. Este fallo inverosímil, en este país carcomido por tanta desgracia familiar y colec­tiva a causa de la permisividad de algunas leyes, de las autoridades y de los propios padres de familia, casi significa una invitación, con cier­to señuelo de curiosidad, a probar los productos sicoactivos.

Si la dosis personal no acarrea consecuencias serias, como se pregona, de allí es fácil pasar, por efectos de la seducción pro­gresiva, a los grandes consumos que no sólo embrutecen y arrui­nan la personalidad del consu­midor, sino que desqui­cian las defensas morales de la nación.

Soy testigo de una experien­cia dolorosa que bien vale la pena traer a cuento para refren­dar lo que significa la caída de una sociedad cuando no se con­trolan a tiempo los vicios públi­cos. En el Quindío, consumido hoy en grandes abismos de de­gradación moral, se comenzó por mínimas cantidades de dro­ga. Un día surgió en la tranquila ciudad de Armenia una figura seductora y funesta, la de Car­los Lehder, que bajo el barniz de las obras sociales incitaba a los jóvenes a la vida muelle del placer y las alegres fugas de la realidad. En esa forma se fueron trastocando, casi en forma in­sensible, los valores que ador­naban a esta raza laboriosa y progresista, hasta desfigurarse los principios ancestrales.

Con el tiempo, la marihuana y otros productos más refinados circulaban a ojos vistas por co­legios, calles y hogares. Chicos y mayores, obnubilados por la orgía general, contribuyeron a que Armenia sea lo que es hoy: el paraíso perdido. Un día, cerca de la Posada Alemana (el mayor centro de diversión de Carlos Lehder), siete jóvenes pertenecientes a familias distinguidas perdieron la vida bajo el vértigo de la velocidad y el estí­mulo de las sustancias suici­das en espeluznante accidente. Ellos, como muchos de la sociedad desquiciada por el pro­feta de la liviandad, se habían iniciado con porciones menores de droga, o sea, con las dosis personales que ahora se legali­zan.

Las tragedias que le ocasionó al Quindío aquella época desen­frenada, cuando se le rendía tributo al becerro de oro, son inenarrables. Uno de los magistrados que votó a favor de la despenalización de la dro­ga es quindiano, y él (como yo) es testigo de aquel capítulo tor­mentoso que ojalá sirviera para ponerles freno a las locuras co­lectivas.

El Espectador, Bogotá, 30-VII-1994.

 

La desgracia del alcohólico

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si el joven que por primera vez se toma una bebida alco­hólica, que supone inocua, supiera el daño que se hace al aumentar esa práctica a lo lar­go de la vida, tal vez preferiría no haber conocido nunca el licor. Una investigación reciente indica que el grupo de perso­nas con más riesgo de conver­tirse en adictos al alcohol o las drogas es el de los primíparos universitarios (entre los 17 y los 19 años).

Por desgracia, el bebedor no se da cuenta ni admite el daño progresivo que esa práctica causa en su salud física y en su estabilidad emocional. Lo que en principio se considera pasatiempo social, a la lar­ga, cuando la persona se deja llevar por el vicio, será un in­fierno. Siempre se comienza por pequeñas dosis de licor. Para muchos, es un medio de extroversión, una fórmula para vencer la timidez y adaptarse a los ambientes sociales. Y así, poco a poco, a medida que la persona se hace hombre y se enfrenta a los rigores de la vida, se vuelve dependiente del trago o de las drogas.

En estados avanzados so­brevienen las grandes crisis de la salud física y mental para responder con equilibrio y res­ponsabilidad a las exigencias del trabajo, al comportamien­to dentro de la familia y al desempeño en la sociedad. Es cuando el bebedor adicto de­searía no haberse tomado el primer trago. Pero como ya su voluntad es débil, en lugar de mermar la dependencia la aumenta.

La misma investigación señala que el 80% de los universita­rios consumen bebidas alco­hólicas, y de ellos el 20% se halla en grave peligro de caer en las drogas. Veamos estas cifras aterradoras: en Colom­bia hay más de un millón de alcohólicos, cerca de 300.000 drogadictos y millón y medio de personas más que marchan a pasos precipitados hacia el alcoholismo.

Colombia es un país canti­nero. El Estado lo prohíja. Pero este juicio puede hacerse más severo: el hogar es la mayor cantina social. Todo se festeja al calor de los tragos. En la bebida se busca lenitivo para las penas, para las inhibi­ciones, para los fracasos. Las consecuencias de ese desen­cadenado comportamiento son desastrosas: accidentes de tránsito, heridos, muertes, abusos sexuales, pérdidas irrecuperables en los negocios, separaciones  conyugales, rui­na espiritual….

De los tres departamentos del antiguo Caldas donde más trago se consume es el Quindío. Esto reza igual con hombres que con mujeres. Quizá sea oportuno un minuto de re­flexión para hallar explicación a tanto desvío moral, a tanta tragedia familiar, a tanta muer­te prematura. En la mayoría de los casos, todo comenzó por el primer trago, a veces el de los 17 años, y otras todavía a más corta edad.

La Crónica del Quindío, Armenia, 7-V-1994.