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Archivo para la categoría ‘Miradas al mundo’

La oscura noche argentina

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Una excursión por los alrededores del imponente lago Nahuel Huapi, en la Patagonia argentina, me llevó hasta un paraje solitario: la mansión El Mesidor, donde la presidenta María Estela Martínez de Perón, más conocida como ‘Isabel’, estuvo prisionera durante varios años tras su derrocamiento por la Junta Militar presidida por el general Jorge Rafael Videla.

En cercanías de la casa apareció un aviso que ordenaba reducir la velocidad y no detenerse en aquel lugar recóndito, que se me antojó lleno de fantasmas. Dicho espectro del pasado, símbolo de un terrible período de cárceles y desapariciones, aún se mantenía en pie en medio de fantásticos paisajes, y se mostraba al viajero como una atracción turística, aunque sin permitirle el ingreso a ese territorio de sombras.

Hace 30 años, el 24 de marzo de 1976, ocurría el golpe militar más funesto de la historia argentina, que no sólo quebró el orden constitucional sino que implantó la peor época de terror vivida a lo largo de las rebeliones militares iniciadas en 1930. La última dictadura del siglo, la del 76, explotó como consecuencia de la serie de desaciertos cometidos por la señora de Perón: abuso del poder, violencia implacable, ineptitud administrativa, enriquecimiento ilícito. La ciudadanía, por supuesto, recibió con júbilo la noticia del golpe de estado.

Sin embargo, no se presentía que con el mando militar se instauraban siete años y medio de represión y barbarie, en los que se emplearían métodos mucho más despiadados que los ejercidos por la mandataria depuesta, que una vez, desde un balcón de la Casa Rosada, amenazó con convertirse en “la mujer del látigo”.

Como ironía para la antigua bailarina, la Junta Militar usó con ella castigos más atroces que el látigo, al mantenerla recluirla en absoluta soledad en la casa de la provincia de Neuquén que hace poco me surgió a la vera del camino. Sólo se le permitía leer la Biblia y se le prohibía escuchar noticias y recibir diarios o correspondencia. Se rumora que durante algún tiempo mantuvo un idilio con el capitán Valverde, uno de sus guardianes, quien fue trasladado al descubrirse la noticia. El célebre síndrome de Estocolmo.

La dictadura, fuera de violar todos los derechos humanos, causó grandes estragos a la economía, de los que el país todavía no se ha repuesto. La deuda externa alcanzó niveles insoportables. La pobreza saltó de 3,2 a 38,5 por ciento. La brecha entre ricos y pobres se agudizó en forma exagerada y el país sufrió  una crisis de proporciones gigantescas.

Se calcula en 30.000 el número de desaparecidos. Con el llamado Plan Cóndor se puso en ejecución un sistema abominable para detener a los opositores, torturarlos y asesinarlos. Nadie podía hablar mal del régimen. La libre expresión estaba coartada. La represalia era la orden del día. En síntesis, los militares desempeñaban el mando supremo sobre la vida y la muerte.

Azucena Villaflor, fundadora de las Madres de la Plaza de Mayo, buscaba como una desesperada a su hijo Néstor, uno de los 30.000 desaparecidos. Y no lo encontró por parte alguna. Más tarde, ella también fue detenida y torturada en la Esma, organismo del que hacía parte Alfredo Astiz, el “ángel de la muerte”, que hoy se encuentra en presidio. Otro miembro de la siniestra organización, Emilio Massera, condenado a cadena perpetua, fue declarado loco.

En meses pasados vino a descubrirse que el cadáver de Azucena había sido lanzado al mar, lo mismo que había ocurrido con infinidad de víctimas: religiosos, laicos, periodistas, escritores, intelectuales, artistas, obreros, estudiantes, niños, jóvenes, adultos… todo el que protestara contra el régimen del pavor. La mayoría de los cadáveres fueron enterrados como personas anónimas en algún cementerio, o fueron a dar al mar.

Las madres y abuelas de los desaparecidos organizaron a partir del 30 de abril de 1977 marchas semanales (todos los jueves, a las 3 y 30 de la tarde) hasta la Plaza de Mayo, donde le mostraron al mundo el dolor que las afligía. En 29 años, sólo tuvieron una interrupción, entre 1978 y 1980, al haber sido desalojadas de la plaza por perros furiosos, tan satánicos como sus amos militares. La desgracia del pueblo argentino se esparció por todo el orbe como un polvo de la maldad humana.

Las marchas cesaron en diciembre del 2005 ante las cenizas de Azucena Villaflor (su cuerpo al fin logró ser rescatado del mar), que fueron depositadas junto a la Pirámide de Mayo como ofrenda perenne al valor de esta mujer y de todas las madres torturadas por el despotismo. La mayoría de esas madres están muertas o son mayores de 90 años. La viuda de Perón, liberada en 1981, reside desde entonces en España, con absoluta holgura económica.

Entre tanto, el octogenario general Videla, el mayor responsable de la “guerra sucia”, mirará desde su arresto domiciliario hacia las profundidades de su conciencia, y es posible que se estremezca. En realidad, las cenizas de Azucena fueron entregadas a la memoria de todos los pueblos para que nunca olviden que el ser humano, vilipendiado y masacrado como en este capítulo bochornoso de la Argentina, hace estremecer la tierra.

El Espectador, Bogotá, 25 de marzo de 2005.

España, ¿sin fumadores?

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Difícil imaginarse a un español sin su cigarrillo en los labios. Hablo de “su” cigarrillo como si se tratara de una de sus pertenencias de uso ineludible, que en efecto lo es. Hay, claro está, muchos que no fuman, pero la imagen que se ha transmitido al mundo es la de un país envuelto en densas capas de humo.

Es una herencia que viene desde días inmemoriales. Aquella frase según la cual “cada hijo llega con su pan debajo del brazo”, podría modificarse por esta de la misma certeza: “Cada español llega con su cigarrillo pegado a los labios”. Todos los habitantes de ese país, en mayor o menor grado, en forma directa o indirecta, están contagiados por el humo maligno. Si alguien se declara libre del hábito pernicioso, habrá en su propio hogar varios o muchos que lo practican.

La misma literatura española está infestada de nicotina. Don Quijote y Sancho Panza recorrían los caminos y las posadas en medio de fuertes nubes de tabaco. El humo se contorsiona en infinidad de obras con cierto amago de incendio, y sus páginas permanecen intactas. En el cine moderno, el galán acentúa su estampa de seductor con un cigarrillo bailándole en los dedos o en los labios, como gesto de arrogante virilidad que debe encantar a las mujeres.

El cigarrillo es en España parte de su cultura milenaria, como lo es el maíz en Méjico, la coca en Bolivia o la papa entre nosotros. En Colombia logramos erradicar la chicha y el guarapo, con lo que pretendimos liberarnos de un vicio embrutecedor, pero los sustituimos por el aguardiente, bebida que tomada en exceso es tan dañina como aquellos licores aborígenes.

Los españoles llevan el cigarrillo en la sangre y en el espíritu, lo mismo que en los labios: con la mente también se puede fumar. Muchos no inhalan el humo, y gozan lanzándolo al aire como volutas de ilusión. O lo hacen contra el rostro de los demás, con gesto de mala crianza, convirtiéndolos en fumadores involuntarios. En conclusión: todos fuman en España, en forma activa o pasiva. Al igual que en cualquier otra latitud del planeta, fumar es un placer. Placer nocivo para la salud y el bolsillo, que mata a miles de personas en el mundo.

Como nadie –y menos el fumador empedernido– experimenta en cabeza ajena, el enfisema no le da a él sino al vecino. El hijo no aprende que su padre murió de cáncer pulmonar, ni las campañas contra el cigarrillo (frenadas por poderosos intereses comerciales) logran conmover a los fumadores, cuya voluntad es muy débil para dejar un regocijo tan absorbente, y al mismo tiempo –discúlpenme– tan tonto.

El conductor del bus que hace unos años nos transportó por varios países europeos, un catalán obeso y simpático, no abandonó en todo el recorrido su tabaco flamante, con el que parecía inspirarse como si fuera una brújula para el buen desempeño en las veloces travesías. Cuando quisimos viajar por vía férrea a Málaga, para recoger  el automóvil que allí habíamos contratado con destino a Costa del Sol, nos encontramos con la noticia de que no existía cupo en ningún tren por tratarse del desplazamiento masivo que hacen los españoles durante las festividades de la Virgen del Pilar, patrona del país.

Tras larga insistencia, al fin apareció una luz salvadora: podían llevarnos con ‘cierta’ incomodidad ¡en un vagón de fumadores! ¡Qué horror! Pero no quedaba otro camino. Resistir durante un largo trayecto el humo asfixiante de aquel conglomerado de fumadores voraces y dichosos significó tanto como ahogarnos en una atmósfera infernal. Recordando tan tormentosa experiencia, siento que el humo me sale todavía de los resquicios del alma.

Como una manera de desvanecer esta estampa brumosa, he leído en la prensa que los españoles resolvieron, a partir de este primero de enero, tomar drásticas medidas sobre la materia. Las 50.000 personas que mueren al año por culpa del cigarrillo condujeron, al fin, a implantar la ley antitabaco, en virtud de la cual se prohíbe fumar en sitios de trabajo y en centros cerrados de diversión. Los restaurantes con menos de 100 metros cuadrados decidirán si permiten el cigarrillo, y los de mayor área adaptarán una zona especial para dicho efecto. Además, se prohíbe el expendio de tabaco en los quioscos donde se ofrece la prensa.

Por supuesto, habrá que superar muchos escollos para que la nación más fumadora del mundo rectifique su pasado venenoso. Pero lo más importante es aceptar, como se hace hoy, que el cigarrillo es una enfermedad adictiva y destructora, cuyos resultados están a la vista con la cifra impresionante de 50.000 muertes anuales producidas por la nicotina. España expresa así un excelente propósito de año nuevo. Un mensaje de buena salud para el mundo entero. La rectificación es tardía, pero de todas maneras va a intentarse. ¡Enhorabuena, España!

El Espectador, Bogotá, 31 de enero de 2006.

La rata atrapada

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las imágenes de televisión mostraron a un Saddam Hussein acobardado, de mirada huidiza y aspecto indigente. Se veía envejecido y cansado, y sus ojos suplicantes borraron la figura del sátrapa despiadado que impuso en Irak, durante 24 años, uno de los gobiernos más sanguinarios del mundo. No parecía que fuera el dictador acusado de crímenes horrendos contra la humanidad, autor de innumerables actos de asesinato, tortura y violación. La mano de hierro con que ejerció el mando y masacró a sus enemigos, se volvió una mano lánguida y huesuda que él se pasaba, con nerviosismo, por las barbas hirsutas con que había transformado su apariencia dura de otras épocas.

Ahora era el dictador atrapado en su propia madriguera, que no tuvo ni siquiera fuerzas para descerrajarse un tiro, como lo hizo Hitler, o de apurar el veneno redentor, como fue el caso de Goering antes de llegar al pabellón de la muerte, en el Proceso de Nuremberg. De la estampa aguerrida de Hussein no quedaba nada. Apenas el escombro de un hombre desfigurado que careció de la dignidad de morir luchando, como lo esperaban sus seguidores, y que prefirió someterse sumiso a sus captores, sin ningún hito de grandeza.

En la operación de captura no hubo un solo disparo. No se necesitaba disparar, ya que no se vio el menor intento de resistencia. Sin embargo, el verdugo de miles de compatriotas disponía de una pistola y dos fusiles AK-47, que había pensado emplear en el acto heroico de una muerte gloriosa, que sin duda alcanzó a concebir como corona de sus guerras bárbaras. Pero dejó pasar la oportunidad y se entregó como manso cordero. Consigo llevaba, además, 750 mil dólares, no se sabe para qué.

Habría que pensar que su poderoso carácter de otros días se había derrumbado como una montaña deleznable, ante la sola sospecha de que sería ejecutado si realizaba cualquier movimiento peligroso. El soberbio tirano cerró así el capítulo final de su caída irremediable, a la que siguieron ocho meses de escape sigiloso, mientras a su alrededor, en los operativos de búsqueda, estallaban las bombas y eran sacrificadas numerosas personas inocentes. Se cumple así la sentencia de Gandhi respecto a la suerte de los dictadores: “Por un tiempo pueden parecer invencibles, pero al final siempre caen”.

A la opinión mundial le queda difícil entender que este pobre diablo, de figura demacrada y sucia, asustadizo y con cara de demente, sea el mismo que implantó una larga época de terror en su patria; que sepultó en fosas comunes a miles de iraquíes que luchaban contra sus atrocidades; que mató a sus dos yernos por oponerse a sus ideas demenciales, y que representó en la historia de los matones uno de los espíritus más destructores de la humanidad.

Se calculaba que se había refugiado en algún sótano construido con mucha anticipación, donde dispondría de una relativa comodidad en espacios amplios y provistos de sofisticadas tecnologías. Es posible que así haya sucedido en comienzo, pero las bombas de las fuerzas aliadas lo expulsaron de sus dominios y lo obligaron a buscar escondites baratos, de la peor condición. Tal vez en carreras incesantes, y temeroso de que algún soldado gringo lo identificara en sus harapos sospechosos, fue a dar a esta última morada: un agujero de 1,80 de ancho por 2,40 de profundidad.

En la pequeña choza, que parecía abandonada, el hombre fuerte de las épocas de terror penetró a la guarida por entre ladrillos y basuras y compartió la vecindad con las ratas que por allí merodeaban. Nadie, por supuesto, podría imaginarse que en aquel mínimo recinto se ocultaba el tirano fugitivo, el que de  seguro nunca habría sido descubierto si uno de sus amigos, tentado por los 25 millones de dólares de la recompensa ofrecida, no lo hubiera denunciado. Dramática ironía la de este cuadro de miseria frente a la suntuosidad de los palacios que se hizo construir el dictador arrogante, al tiempo que el pueblo moría de hambre.

Y doloroso el epílogo que deja este nuevo capítulo de la crueldad universal ejercida por los dictadores: los hijos de Hussein, Uda y Qusay, murieron en duro combate en Monsul, y sus cuerpos masacrados fueron exhibidos como un trofeo de la guerra; su esposa y sus tres hijas tuvieron que buscar el exilio para proteger sus vidas, y sus colaboradores más cercanos han sido capturados. Además, los desastres producidos en pérdidas humanas y materiales son incalculables.

Pero el hombre no aprende la lección. No fue suficiente el Proceso de Nuremberg para frenar los horrores de la guerra y los abusos del poder. Los monstruos no se terminan. Quizá, por lo menos, en el caso de Saddam Hussein, se tome conciencia de que a nada conduce tanta locura y tanto terrorismo moderno, cuando al final la rata queda atrapada.

El Espectador, Bogotá, 18 de diciembre de 2003.

El regreso de Bagdad

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La guerra de Irak sólo duró 21 días. Con el derrumbamiento de la estatua de Saddam Hussein en la plaza principal de Bagdad, la guerra se dio por terminada. Lo demás ha sido asunto de ajuste. Ese acto simbólico, similar a la caída del Muro de Berlín, significó el desplome del régimen de Hussein, uno de los más atroces de la humanidad, que puede asimilarse a los de Hitler, Mussolini y Stalin, entre otros. Era el 9 de abril de 2003, día que quedará marcado para la historia mundial como el de la extinción -por lo menos aparente- de la figura fatídica que por espacio de 25 años dominó a Irak y puso en jaque la paz del  planeta.

Hussein sostuvo durante su mando tres guerras arrasadoras, aplastó a sus enemigos a sangre y fuego y desafió dos veces a Estados Unidos. Su estatua estaba erigida a 25 metros de altura, un metro por cada uno de los años en que se mantuvo en el poder. Cuando se vino al suelo el gigantesco esqueleto -que ya lo era tras la invasión de la ciudad-, los restos fueron pisoteados por la turba enardecida. La cabeza monumental, que albergó tantas maquinaciones, fue arrastrada por la calle con una cadena, como la imagen más fidedigna del final de la dictadura.

Pero Hussein no estaba muerto ni preso, ni lo está en el momento de escribir esta nota. Y se ha ganado un santuario peligroso -el de mártir-, como lo considera medio pueblo árabe. Un mártir vivo es mucho más temible que uno muerto, y ahí reside uno de los peores fracasos de las fuerzas aliadas, no obstante haber ganado la guerra de los misiles. La cabeza del dictador -no la metálica que vimos rodando por la calle, sino la real, que continúa conspirando en la sombra-, era más importante que el dominio de la ciudad. Osama Ben Laden, el mayor enemigo actual de Estados Unidos, también sigue vivo y produciendo pánico en el mundo. La frase del presidente de Egipto, Mubarak, es cáustica y expresiva: “Esta guerra puede producir cien Osama Ben Laden más”.

El número preciso de muertos de este choque demencial nunca se sabrá. Podrían aventurarse cifras: tres mil, cuatro mil, cinco mil… Entre ellos hay 16 periodistas, los grandes inmolados de todas las contiendas. Una cifra, desde luego muy inferior a la de las dos guerras mundiales, que sacrificaron millones de vidas y causaron daños físicos incalculables. Esta vez la guerra se libró con las armas más sofisticadas e inteligentes -término éste de nuestra indescifrable era virtual- que haya conocido la humanidad. Por eso se resolvió en 21 días. En esto ha progresado la sevicia del hombre. Pero el drama es lo mismo de espantoso. Una sola vida segada por la brutalidad fratricida estremece la conciencia. Lamartine dice que “la guerra no es más que un asesinato en masa, y el asesinato no es un progreso”.

La deslumbrante cultura de Irak data de 4.000 años antes de Cristo. Durante la mayor época de esplendor de Bagdad, se destaca, entre los años 786 a 809, el gobierno de Harún-al-Raschid, el héroe de las “Mil y una noches”. La tumba de Zobeida, su bella esposa -la supuesta Scherezada-, está en la mezquita de Kaimain. Las fuerzas invasoras, que no se detuvieron ante esta rica cultura milenaria, profanaron los lugares sagrados de la ciudad sojuzgada en su ímpetu arrasador. El saqueo del Museo de Bagdad y de la Biblioteca Nacional, dos de los tesoros más preciados del mundo, de donde fueron robadas o destruidas las joyas más valiosas de aquellas culturas, representa un atropello salvaje que nunca podrá perdonarse.

Los daños materiales son desconcertantes, y reconstruir a Bagdad y a las otras ciudades tendrá costos imposibles de establecer hoy. Una ciudad caída es una ciudad desaparecida. Lo que vendrá será otra urbe: el alma histórica y cultural de la anterior ya no existe. El pillaje de las guerras no puede ser más evidente y horroroso. Bagdad padece en estos momentos grandes carencias de agua, luz, salud pública y servicios elementales. El caos es absoluto. Se dice que devolver a Irak a la situación de 1980 puede costar entre 600 y 800 mil millones de dólares.

¿Dónde está el triunfo de Estados Unidos? ¿Cómo puede hablarse de triunfo si lo que queda es la destrucción total? ¿Cómo puede cantarse victoria si Hussein sigue libre y desafiante, y no se encontraron las armas químicas y biológicas por las que se iba? El regreso de Bagdad, que es un retroceso, no significa una victoria, ni siquiera pírrica, sino un fracaso estruendoso. Se vuelve con las manos vacías y con un sombrío panorama de sangre, desolación y frustración que conmueve el sentimiento universal.

El Espectador, Bogotá, 5 de junio de 2003.

La salud de la Iglesia

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La salud del Papa es un vaso comunicante con la salud de la Iglesia. La una y la otra van enlazadas en tal forma, que cuando el Pontífice sufre una enfermedad delicada, como sucede hoy, el cuerpo de la Iglesia se debilita. No se entiende, dentro de la sana lógica humana, por qué se había querido silenciar, por la Santa Sede, el lastimoso deterioro que muestra Juan Pablo II. Dadas sus pésimas condiciones físicas, lo sensato hubiera sido el retiro del cargo desde hace varios años. Según la tradición vaticana, se trata de una costumbre que se ha conservado a lo largo de la historia como una manera de afianzar la regla de que a los pontífices de Roma se les elige para que mueran en el trono.

En abril de 1994, cuando ya existían serias alteraciones en su salud, Juan Pablo II se fracturó el fémur de la pierna izquierda, lo que obligó a una complicada  cirugía,  antes de la cual le dijo al médico: “Querido profesor, trate de curarme bien porque debe saber que en la Iglesia no hay sitio para un Papa emérito”. El poder papal no se considera atado a la temporalidad de los gobiernos civiles, y se supone, de acuerdo con la usanza romana, que la salud del Papa es eterna, hasta que la muerte diga lo contrario. Que es lo que va a ocurrir en el caso actual, según todo parece indicar. Llegar a este final traumático no es humano ni comprensible.

Una de las explicaciones que se ofrecen para que el valiente jerarca de los católicos haya dado muestras de tanta reciedumbre para soportar sus dolencias, es la de que él ve en el sufrimiento físico un mérito espiritual y quiere morir como mártir, cumpliendo la misión heroica del deber. Por eso no ha contemplado la posibilidad de su renuncia, si bien la dejó en manos de sus colaboradores más cercanos para que se haga efectiva en el caso de entrar en estado de demencia. El próximo 16 de octubre Karol Wojtyla cumplirá 25 años de papado. Su período representa el cuarto más largo de la historia eclesiástica.

Cuando fue elegido Papa en 1959, tenía 59 años de edad y gozaba de plena salud. Después le sobrevinieron graves percances, los que hoy, a sus 83 años, lo hacen aparecer como un ser doblado por una ancianidad abrumadora. Con todo, disfruta de buena salud mental, aunque oscurecida por los dolores implacables del Parkinson y una serie de achaques atrofiantes: problemas reumáticos de la rodilla derecha, dificultades de movilidad, de respiración y de lenguaje, y el cáncer intestinal de que dan cuenta las últimas noticias. Sin embargo, en los pasillos del Vaticano era indebido hasta hace poco hablar de que el Papa estaba enfermo.

Mientras tanto, crecen los rumores sobre el sucesor de este Pontífice carismático que ha realizado más de cien viajes a los sitios más alejados del planeta,  llevando a todos los pueblos su palabra de reconciliación y paz; que ha sostenido duras batallas contra el comunismo, hasta vencerlo en Europa Oriental; que ha apoyado a los seres desprotegidos y ha llorado con los pobres; que ha condenado la guerra y ha acudido en defensa de los oprimidos, y que al mismo tiempo ha conservado incólumes, contra el deseo de muchos, los principios ortodoxos y ultraconservadores de la Iglesia.

Elección nada fácil de realizar, teniendo en cuenta el duro enfrentamiento de las dos corrientes tradicionales de la Iglesia: la de derecha y la de izquierda. Dentro de los juegos electorales que siempre se han desplegado en las elecciones papales (en el Vaticano también hay clintelismo), se rumora que los últimos cardenales nombrados por Juan Pablo II pertenecen a su más íntima entraña, medida con la que busca la continuidad de sus políticas. En sentido contrario, otras tendencias luchan por un cambio radical de la Iglesia, al estilo de Juan Pablo I, a quien la muerte repentina (causada por el veneno que le aplicaron, según revelaciones de David Yallop en su libro En nombre de Dios) frustró esa perspectiva.

En estos albores del siglo XXI, época a la que hemos llegado en medio de guerras atroces y toda clase de conflictos sociales; de tremendos fenómenos perturbadores de la conciencia; de descrédito de la propia Iglesia por los abusos  sexuales de algunos prelados, se clama por una institución de mayor avance y de superior comprensión de este mundo convulsionado, para interpretar mejor los nuevos tiempos.

Época de confusión para la misma cristiandad, que aspira a que cambien algunos obsoletos moldes religiosos. Hoy la Iglesia de Cristo ya no es la de los pastores primitivos, sino la situada en un planeta superpoblado y diverso donde se aglutinan 1.200 millones de católicos, muchos de los cuales viven desorientados y confían al mismo tiempo en fórmulas salvadoras que les rescaten la esperanza.

El Espectador, Bogotá, 16 de octubre de 2003.
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