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Después de Navidad

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Diciembre es el mes más albo­rotado del año. Y el más per­turbador, a pesar de la alegría que encierra o pretende encerrar. Para muchos hogares es una alegría triste, aunque esto suene extraño. La tarjeta de Navidad representa el mayor símbolo de esta festividad y se convierte en medio idóneo para expresar los sentimientos de la sangre, del compromiso o el protocolo. En los correos, con esta explosión de tarjetas que caminan hacia todas las direcciones, se produce un infarto en el servicio.

Después del suceso, lo más in­teresante es bajar del árbol navideño esos mudos y elocuentes testimonios, unos de amor, otros de amistad, otros de convenien­cia, algunos de falsedad. Todos quedan a la vista como apéndices de sus remitentes. Es como reunir el año entero en un haz de papel y practicar, sobre cada obsequiante, la radiografía de su afecto y de su personalidad, que en otros casos es la expresión de una fórmula social o de un mentiroso cumplido.

Las tarjetas de Navidad no pueden desaparecer. Son irremplazables. Cada una lleva diferente mensaje. Timbradas o manuscritas, todas son porta­doras de un secreto. La amistad, como el amor, tiene distintos grados. La doblez, como la trai­ción, usa complicadas armas.

Ese papel impreso, de colorines y buenos deseos, hace tono con la época decembrina y no siempre  con los sentimientos. Pero es el correo ideal para hacernos pre­sentes, así nos hallemos a muchos kilómetros de la persona y sobre todo de su alma.

Yo practico todos los años el análisis de las tarjetas recibidas. Y lo hago a distancia de la Navi­dad, cuando ya se han quemado los globos de la euforia y se han evaporado las ilusiones de una llama efímera. La tarjeta más visible es la que no me llega. La que esperaba pero no fue puesta al correo. Año por año alguien se cuelga en la amistad. Y también, de pronto, aparece un nuevo amigo, que sin embargo queda a prueba de nuevas navidades. A veces el que creíamos el mejor amigo de toda la vida es el gran ausente en esta ocasión.

Tal vez ese amigo o pariente haya resistido, ya en el declive de la fidelidad que creímos imperecedera, la travesía de varios diciembres decadentes. Y al fin vendrá el definitivo, donde se rompe la solidaridad. Es entonces cuando su tarjeta no aparece. La amistad no dio para más.

El lector sabe que esto es exacto en toda relación humana. Nunca la amistad está condicionada al tiempo. Los sentimientos nacen y mueren. La gratitud es, muchas veces, flor de un día. El entusiasmo y los juramentos de amor suelen ser tan caducos como las bengalas navideñas. La vida misma, tan fugaz como una noche de globos y veloces alga­rabías, pasa como una ráfaga.

Repase usted, antes de llevar­las al cuarto de San Alejo o a la caneca de la basura, las tarjetas recibidas. Descubrirá de pronto que alguien le falló. Ponga en observación, a lo largo del nuevo año, al amigo o amigos ausentes, analícese usted mismo, y verá que algo se ha deteriorado. Como en sentido contrario usted puede ser el añorado, desde la otra dis­tancia es posible que se practique la misma prueba. Si el vínculo era puramente comercial, nada ha pasado: estas son las relaciones más inestables. Si el nexo es el del corazón, aflíjase.

*

Pero busque otra u otras tarjetas, las que nunca fallan –que no van pegadas al whisky adulterado, al perfume falsificado, al cuadro inservible, a la generosidad condicionada–, y se alegrará de ser un privilegiado de la suerte. La Navidad, como se ve, es la mejor época de la recordación. También el momento preciso  para inventariar los amigos y descubrir las deserciones.

El Espectador, Bogotá, 19-I-1988.  

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Invasión de pornografía

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando el sexo se vulgariza se vuelve pornografía. El sexo es una función natural; la pornografía, una aberración. Hay un abismo entre ambos conceptos. Es la distancia que va del acto normal a la desviación morbosa. La pornografía degrada y desnaturaliza, como conducta envi­lecedora, y es uno de los caminos más seguros hacia el vicio y el delito.

Al impulso de las mentes defor­madas por las complacencias mor­bosas son muchos los crímenes que se cometen a diario. Casi podría afirmarse, incluso sin estadísticas (ya que es imposible cuantificar los es­tragos producidos por las mentes torcidas), que por lo menos el 90% de las violaciones de la ley, para no hablar de las desgracias familiares, obedecen a desvíos sexuales. El irregular comportamiento sexual perturba la perso­nalidad y crea condiciones propicias para las actitudes delincuentes.

Bajo tales premisas habría que admitir que el nuestro es un país enfermo. Enfermo de pornografía, para situarnos en el marco exacto que persigue esta nota. Este morbo se exhibe y se nutre de las más va­riadas formas. Recorra usted las calles céntricas de cualquier ciudad del país y encontrará expuestas, aquí y allá, las más sensacionalistas inci­taciones —invitaciones clamorosas— al comercio sexual.

Si en el centro de Bogotá se camina por la avenida 19, se encontrará todo un establecimiento de ventas pornográ­ficas formado por numerosos escaparates –que cuentan con la bendición de las autoridades–  donde se pregonan las más llamativas y repugnantes poses carnales y se muestran al desnudo –para emplear el término preciso– ­las mayores aberraciones.

El pudor se quedó en el pasado. Hoy el mundo moderno, activado por la falsa idea de la liberación sexual, se volvió vulgar. Hombres y mujeres compiten por las manifestaciones más extravagantes del machismo —y debe saberse que hoy las mujeres son más machistas que los nom­bres—. Dentro de los nuevos códigos el porno se apoderó de la época.

Los comerciantes del sexo, ex­pertos en estimular los sentidos con la lluvia de revistas lascivas, libros, películas y videos, lo mismo que de ciertos periódicos con fotos atrevidas, son los mayores explotadores del público embrutecido. Como en el nuevo Código Penal no se contempla el porno como delito, esta mercancía fantasiosa es de libre comercio y ya hasta las llamadas salas X se han convertido en los sitios más co­rrientes y frecuentados.

En los ho­gares el cine rojo se maneja con la complicidad del betamax, otro aparatico de la época que no sólo se in­ventó para el solaz sino también para la perversión.

Hoy no es insólito que las quinceañeras aprendan en sus casas todas las maniobras de alcoba que divulgan los videos, los que se consumen como cualquier artículo casero. Si hay descuidos de los padres, como con frecuencia ocurre, hasta la muchachita de los diez años se embar­cará en estas escenas escabrosas, primero con desconcierto y después con curiosidad.

*

Las juventudes ya no tienen ta­lanqueras para penetrar, desde los primeros años, en los predios pro­hibidos. El porno lo encuentran en todas partes: en los puestos de re­vistas, en los cines, en los periódicos, en las librerías, en el hogar. A la larga, de tanta sobresaturación llegará la apatía por el sexo. De la curiosidad se pasará a la frustración. Y la mente, así atrofiada, desquiciará la personalidad.

Como el hogar moderno no sabe transmitir un sano ambiente sexual, es preciso meditar, serenamente, en la deformación de los hijos a merced de esta ola callejera de obscenidades frenéticas. Muchos de los desequi­librios del carácter obedecen, sin duda, a la contaminación porno­gráfica.

El Espectador, Bogotá, 26-VIII-1987.

 

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Derecho a morir dignamente

lunes, 31 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La persona moribunda necesita morir como la persona somnolienta necesita dormir, y llegará el momento cuando es inútil y erróneo tratar de resistir. Stewart Alsop 

En 1979 doña Beatriz Kopp de Gómez fundó en Colombia, asesorada por un respetable grupo de sacer­dotes, juristas y médicos, la Funda­ción Pro Derecho a Morir Digna­mente, entidad sin ánimo de lucro que busca crear la conciencia de la muerte digna y evitar la prolonga­ción inútil de la vida y el sufrimiento innecesario del paciente. Este pro­pósito, que el asociado expresa li­bremente y en completo estado de lucidez mediante un documento firmado ante testigos, será obede­cido, llegado el caso, por familiares, médicos, abogados y clínicas.

En dicho documento, que recibe el título de «Esta es mi voluntad», la persona manifiesta:

«No temo a la muerte por sí misma, pero sí temo a las miserias de la enfermedad, de la dependencia y del dolor sin espe­ranza. Temo también a abusar invo­luntariamente del amor, de la pa­ciencia y de la abnegación de mis familiares y amigos. Si se presentare una situación en que no hay espe­ranza razonable de recuperación de enfermedad física o mental, pido que no se mantenga mi vida por medios artificiales o por ‘medidas heroicas’, y que se me administre piadosamente toda medicación o recursos necesa­rios para aliviar mis sufrimientos».

Es actitud decorosa frente a cualquier enfermedad crítica o terminal, cuando el paciente, que ya no tiene esperanzas de sobrevivir, se acoge a esta fórmula humana. Alargar la vida en tales condiciones, aparte de los gastos por lo general onerosos que esto significa, crea un calvario para el enfermo y sus fami­liares y amigos.

Cosa muy distinta es la eutanasia, que aunque también procura la muerte sin dolor, suprime la vida por sistemas científicos. En el caso que se comenta, que no riñe ni con la ética médica ni con la ética eclesiás­tica, la persona se anticipa a rechazar los recursos artificiales o las llamadas drogas heroicas para una enferme­dad incurable.

Me contaba un sacerdote la situa­ción de una familia pobre que había tenido que salir de su casa de habi­tación y endeudarse más allá de sus posibilidades, en el intento de recuperar la salud del jefe del hogar, condenado a una enfermedad defi­nitiva que, aunque calmada por días, tuvo su desenlace dos años después, cuando ya todos habían quedado en la miseria y habían tenido que padecer los rigores de la lenta agonía.

Loable labor la adelantada por la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente (Apartado N° 89314, Bogotá), que cada vez penetra más en el interés de los colombianos convencidos de la que debe ser rea­lidad amable de la muerte. Es preciso desterrar tabúes y evitar sobresaltos.

El Espectador, Bogotá, 19-IV-1987.  

 

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Un banquero cabal

domingo, 30 de octubre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Luis Alfonso Orjuela Rojas ha coronado en el Banco Popular una eficiente, abnegada, pulcra y brillante carrera. Ahora se retira de la empresa des­pués de 32 años de ser­vicios y deja con su ejemplo motivo suficiente para que se exalte el significado de estas vidas silenciosas y productivas que saben hacer del trabajo la justificación de cada día.

El hombre sólo es importante en la medida en que sea justo, honorable y laborioso, condiciones que no pueden andar separadas cuando se trata de entregar a los descendientes una obra que realmente valga la pena. Este banquero demostró que con virtud, constancia y sacrificio puede llegarse muy lejos y escribir para los mediocres y los pusilánimes la pa­rábola del trabajo rendidor y grati­ficante.

Iniciado en sencillos oficios, en los tiempos en que sin demasiados oropeles académicos se conseguía hacer una carrera laboral comen­zando desde la base, fue ascendiendo, escala por escala, en los rigores de aquella banca ortodoxa y formadora, tan desdibujada en nuestros días, hasta conquistar destacadas posi­ciones. La empresa era su propia universidad porque de ella extraía conocimientos y en ella practicaba las reglas necesarias para su continua superación. Se hizo profesional de la banca con los títulos de su esfuerzo y su capacidad, las mejores herra­mientas del éxito.

Después de ocupar importantes niveles administrativos, en todos los cuales sobresalió por su entusiasmo y el vigor de sus realizaciones, se retira ahora como gerente de zona en la capital del país. Enfrentado a la banca moderna de los sistemas y los computadores, entendió el reto y no se quedó marginado. Con su natural instinto para no dejarse ganar la partida, se metió en la época. Aprendiendo de los computadores lo que ellos tienen de bueno, él, por su parte, les trasladó su vasta expe­riencia y les dio lecciones de urba­nidad y refinamiento ético. Ambos ganaron, y mucho más ganó la em­presa al mezclar la experiencia con la tecnología. Esto, en términos bancarios, se denomina canje.

¿Por qué Salpicón escoge el caso de Luis Alfonso como molde de esta nota? Aparte de tratarse del amigo personal y el compañero de jornadas laborales, digno de admiración y aprecio, su supervivencia en los tiempos actuales de metamorfosis social y ética, de transformación empresarial y rompimiento de la banca antigua, demuestra que por encima de la máquina estará siempre el hombre. Si la máquina trata de desplazarlo, corresponde al hombre capaz probarle que él es su creador y por tanto su operador.

Pedro Bossio de la Espriella, ge­rente de Sistemas del Banco Popular, define al computador como un idiota veloz. Con esto sugiere que es el hombre el que le da cuerda y lo pone a funcionar. Y mientras mejor sepa manejarlo, más le rinde. Luis Alfonso Orjuela, que hizo transición entre dos bancas (la antigua, con sus reglas tradicionales, y la nueva, con sus miedosas revoluciones), y por tanto vivió una época de choques y des­conciertos, aprendió a darles cuerda a las dos. Y ganada la batalla, se aleja fortalecido por sus valerosas ejecu­ciones.

El Espectador, Bogotá, 26-VI-1986.

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El traguito de los ejecutivos

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El doctor Michael O’Donnell maneja en la revista International Manage­ment la interesante columna titulada Salud del ejecutivo, donde presenta novedosos enfoques sobre la salud en general y principalmente sobre los peligros físi­cos y emocionales que acechan al empresario moderno.

El estrés, el peor castigo de los ejecutivos, se ha convertido en el mayor reto de la fama. Quien no sea víctima de él tal vez no es buen empresario, porque las cimas del éxito no se conciben sin úlceras, insomnios e infartos, y aquí reside  la mayor ironía de la celebridad.

Vencer la tensión laboral en un clima caracterizado por la acele­ración de los negocios y la carencia de reposo, donde todos parecen empeña­dos en impedirnos el progreso, no es tarea fácil. El doctor O’Donnell, brillante periodista médico que domina la filosofía del buen vivir, reparte en su columna consejos prácticos, con base científica, para superar los conflictos de la empresa.

Es espacio que siempre leo de esta publicación especializada, por la necesidad de buscar consejo en quien sabe darlo. Y además porque el autor expresa talento y gracia en sus escritos. Primero la salud, después los malabarismos de las cifras. Primero el hombre, luego la empresa. Quien vive atra­pado entre los vericuetos fantasiosos y seductores del ámbito empresarial, que sin embargo no a todos nos deshuma­niza, ha de saber hallar soluciones para subsistir sin traumatismos.

Veamos lo que dice el columnista respecto de las bebidas alcohólicas. Bien es sabido que el trago es elemento indispensable de la vida de los ejecuti­vos, sin el cual se dice que los negocios no prosperan. Pero no es menos sabido que su abuso representa consecuencias desastrosas.

Durante mucho tiempo se ha sostenido que el traguito diario de los almuerzos y las comidas, y por fortuna todavía no de los desayunos ejecutivos —la última moda de los tiempos actuales—, termina alcoholi­zando a la persona. Bajo ese mismo concepto los sacerdotes y las monjas serían alcohólicos silenciosos.

No opina lo mismo el médico británi­co. Para él beber con moderación es fórmula maestra para protegernos contra las cardiopatías. El corazón resiste más con pequeñas dosis de alcohol bien refinado. La medicina debate hoy la tesis de que el alcohol, per se, ni es venenoso ni arruina la existencia. Sólo hay que saberlo tomar.

Los médicos actuales animan a los abstemios con problemas cardiacos a tomarse unos copetines mesurados, no tanto para entonar el espíritu y mejorar el talante —el eterno pretexto de nuestros borrachitos consuetudinarios— como para hacer fluir mejor la sangre. «El punto flaco no está en la bebida sino en el bebedor», dice el doctor O’Donnell, y sugiere que en cualquier función de la vida se necesita templanza.

Si el abuso etílico puede producir cirrosis hepática y acabar con la fa­milia, el consumo moderado activa la circulación de la sangre y el vigor de las arterias. El doctor de marras confiesa que se toma un trago casi a diario y goza de salud completa. O sea, que el alcohol por sí solo no es productor de desgracias. «El licor de los dioses», que es el saboreado con arte y buen provecho, da felicidad.

Ojo, sin embargo, ejecutivos borrachines, con el trago que se toman de más. Ese es el que hace daño. La ciencia del buen bebedor consiste en mantenerse en «un nivel aceptable». ¿Y cuál es éste?, se preguntará más de uno. He aquí la respuesta: dos o tres copitas de bebida espirituosa de alta graduación etílica (coñac, whisky, etcétera) o su equivalente, por ejemplo media botella de vino de mesa. Tradu­cido a otros términos, el límite diario es de 50 a 60 ml —40 a 50 gramos— de alcohol absoluto.

*

Y ni uno más, porque ahí es donde se va la mano. De ese límite prudente, al alcoholismo absoluto, hay poca distan­cia. Su artículo, querido doctor O’Donnell, es recetario de buena vida y hará las delicias de quienes sean capa­ces de no traspasar las barreras de la prohibición.

El Espectador, Bogotá, 4-III-1985.

 

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