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Homenaje al Cauca

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Con el sello de Villegas Editores se acaba de en­tregar al público un pre­cioso libro de 176 páginas de tamaño extenso, ilustrado con más de 150 fotografías a todo color, como homenaje a la tierra caucana. Efectuó la impresión la Litografía Arco, firma que en asocio de Villegas Editores viene realizando, para orgullo de Colombia, maravillosas ediciones plenas de arte y colorido, envi­diadas por otros países. El libro fue patrocinado por el Senado de la República, bajo la presi­dencia del doctor Aurelio Iragorri Hormaza, quien anota en las palabras de presentación: «Popayán y el Cauca, a través de la Historia Patria, han permaneci­do siempre erguidos e inaltera­bles en su misión de amar, comprender, servir y dar gloria a Colombia».

Tres textos escritos por inte­lectuales caucanos –Gus­tavo Wilches Cháux, Diego Castrillón Arboleda y Julio Arboleda Valencia– sirven de fondo para este recorrido por una de las regiones más preciadas de la patria, tanto por su pasado his­tórico y cultural como por su soberbia geografía. Los autores de los textos abordan los siguientes temas: Breve historia natu­ral del Cauca, Trazo etnohistórico del Cauca y Perfil cultural del Cauca, ensayos que dibujan, con el aporte del material fotográfi­co, los rasgos más sobresalien­tes de este pueblo forjador de grandeza.

El Cauca, con sus poblacio­nes legendarias cargadas de his­toria (como Popayán, Almaguer, Cajibío, Silvia, Santander de Quilichao, Caloto), es relicario de las tradiciones, la religiosi­dad y las letras. Ha sabido man­tener sus virtudes a pesar de la disolución moral que hoy cam­pea en el país, y en lucha  contra los grupos subversivos que en los últimos tiempos per­turban la paz de la región.

Es territorio castigado por la adver­sidad, unas veces por las fuer­zas de la naturaleza y otras por los problemas sociales. El Cau­ca necesita mayor atención, y ojalá este libro se convierta en motivo para que el Gobierno mire más hacia la tierra lejana y le dispense superior tratamien­to.

Ha dado a Colombia 13 presi­dentes, además de una brillante nómina de sabios, guerreros, escritores y artistas. Por las ca­lles de Popayán se escucha to­davía la voz de su poeta mayor, el maestro Guillermo Valencia, cuyo mensaje épico parece que retumbara en los picos más al­tos de los Andes. Privilegiada tierra que cuenta entre sus hijos ilustres a escritores de la categoría de Guillermo Valen­cia, Rafael Maya, Julio Arbole­da, Gerardo Valencia, Carlos Ló­pez Narváez, Helcías Martán Góngora.

Popayán, ciudad letrada que conserva el espíritu de los viejos pueblos de Castilla, os­tenta la diadema de su noble estirpe y de su pasado glorioso. Se muestra orgullosa en medio de la incomprensión y los infor­tunios, por haber derrotado con temple espartano la furia de los terremotos. Humboldt dijo que en Popayán había escuchado «el trueno más majestuoso que ja­más se ha oído».

El Espectador, Bogotá, 12-XII-1991

 

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Manizales bajo el volcán

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El escritor caldense Hernando Salazar Patiño no pone a Manizales como dominadora del volcán, sino que la define en su reciente libro como la diosa arrodi­llada que ha dejado perder su pasado de glorias para descender la cuesta de su presente de cenizas. Sostiene que, tras una larga etapa de liderazgo nacional –acaudi­llado por una constelación de prohombres que dirigían unos la economía cafetera y sobresalían otros como brillantes políticos o humanistas–, el decai­miento de la ciudad se hizo notorio a partir de 1973.

Hay una frase punzante con que Salazar Patiño descri­be el deterioro actual de la urbe: «El acelerado y con­fuso proceso de urbanización, sin pautas de bienestar ambiental y futuro, ni planeación racional, ha vuelto sus alrededores inexpresivos, terrosos y sin verdes. Una dramática invasión de grises petrifica el paisaje».

El volcán, entonces, ha impuesto su garra cenicienta sobre la noble villa, otrora soberana y cubierta de cum­bres iluminadas. El paisaje se ha oscurecido, no tanto por la irrupción del cráter furioso –que a Manizales no le causó ningún daño material–, sino por el declive de su clase dirigente y la ausencia de sus mejores hijos. «Tiene una élite cerrada –dice Salazar Patiño–, nada au­tocrítica y un poco alejada de la realidad, de la que se dice no le duele la ciudad». Y agrega que el proble­ma fundamental es «la falta de compromiso profundo, real y eficaz con la ciudad, de propósitos firmes y co­munes (…) Se ha perdido la gana. El lenguaje se ha res­tringido. Se volvió más provinciana».

Este duro diagnóstico, de eminente intención constructiva, levantará ampollas. Pero no puede despojár­sele de la verdad que contiene. Es pertinente anotar que el ensayista, hombre de vasta erudición y destaca­da actuación en la cultura de Caldas, exdirector del suplemento literario de La Patria, fundador de la re­vista universitaria Siglo 20, creador del Instituto Caldense de Cultura y de la Fundación Caldas Ayer y Hoy, es un inquieto y reconocido escritor que susci­ta con sus ideas interés y polémica.

Sus dardos intelectuales cayeron en buen terreno. Otro hombre culto de la región, Fernando Londoño Ho­yos, quien en excelente disertación presentó el libro en el Club Caldas de Bogotá, comparte la tesis de que a Manizales la abandonaron sus mejores hijos, unos au­sentes de la ciudad y otros resignados entre las ceni­zas del Ruiz. Londoño Hoyos hace un repaso de la época cenital de su departamento, cuando sus grandes hombres dominaban la economía y la política de la nación, y sus ilustres letrados hacían pasar por Manizales la brúju­la de la cultura nacional, para admitir que la verdad enorme que hoy esgrime su coterráneo «está escrita en­tre la melancolía de la decadencia».

La tierra de Silvio Villegas, y de Gilberto Alzate Avendaño, y de Aquilino Villegas, y de Manuel Mejía, y de José Restrepo Restrepo, y de Fernando Londoño Lon­doño, y de Antonio Álvarez Restrepo, y de tantas otras figuras estelares, queda sometida al juicio histórico en la pluma incisiva y galante (ambas cosas unidas) de un gran escritor de la región.

*

Este libro de Hernando Salazar Patiño es un hermoso canto al pasado caldense y una voz de confianza en el futuro que es preciso vitalizar. Lo más bello de Manizales –la tierra, los paisajes, la raza, las tradicio­nes, sus lindas y virtuosas mujeres, sus virtudes an­cestrales– desfila, en afortunadas síntesis, por estas páginas inspiradas bajo la sombra del volcán. “Manizales –concluye el escritor– es un sitio donde todavía se puede soñar. Un territorio de esperanza”.

El Espectador, Bogotá, 21-III-1991.
Eje 21, Manizales,   -VII-2015.

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Hombres de palabra

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Ignacio Ramírez y Olga Cristina Turriago, escritores, periodistas y guionistas de cine y televisión, realizaron una hazaña portentosa: recorrer medio planeta, por espa­cio de cinco años largos, para entrevistar a treinta de nuestros destacados escritores y ponerlos a hablar sobre sus experiencias, secretos, fobias, odios y amores con que han edificado su mundo de las letras. Ignacio y Olga, viajeros  de geografías y de libros, tu­vieron que leer antes mucha literatura colombiana, inves­tigar a los autores, averiguar sus residencias y salir en persecución de ellos, donde estuvieran (que podía ser en el lejano apartamento, en el tertuliadero bogotano o a bordo del bus por las carreteras del Huila, y también en Francia, España o Suiza), hasta conseguir sus semblanzas o retratos hablados.

Armados de paciencia y coraje, ya que muchos escri­tores son evasivos o poco abordables, cumplieron doble propósito: localizarlos y ambientar los encuentros para que los personajes se confesaran y dejaran conocer su verdadera identidad, y en otros casos su sorprendente in­timidad. Estas pesquisas fueron recogidas en el libro Hombres de palabra, sustancioso volumen de 404 pági­nas publicado por Editora Cosmos.

Son textos que permiten navegar por los mares procelo­sos de la literatura nacional y captar miserias y gran­dezas, imágenes y emociones, angustias y esperanzas. «El escritor –dicen los autores de la obra– no es alguien común y corriente. Vive en un mundo fluctuante entre la soledad y la muchedumbre (…) El escritor tiene tantas caras como el fantasma de la ópera».

En esta mezcla de estilos y de producciones, que va desde los diablos y brujas de Gómez Valderrama hasta las osadías de Álvarez Gardeazábal, o desde la erudición crítica de Helena Araújo hasta la energía batalladora de Marvel Moreno, aflora un horizonte de vivencias, actitudes, gritos de independencia y amor por las letras. Los en­trevistados narran su mundo y revelan sus manías, sus mé­todos de escritura, sus presunciones y humildades. Para quien comience a escribir, este libro debería convertir­se en manual de consulta. Y para los avanzados, en confrontación de sus propios hábitos y sus an­siedades.

Entre insatisfacciones, rebeldías e incomprensiones, muchos de los que aquí dejan su impronta nos enseñan cuán arduo, aunque irrenunciable, es el camino de las letras. Hay un denominador común: todos son luchadores, unos soli­tarios y otros de espacios abiertos, que se han entrega­do con pasión al reto cotidiano de tan exigente discipli­na. No cambian su destino por nada. «Uno debe hacer de la literatura una especie de amante secreta», dice Ben-Hur Sánchez. «Escribir es el único acto que me hace olvidar el tiempo», proclama Óscar Collazos.

Hay manifestaciones singulares como la de Fernando So­to Aparicio, uno de los escritores más prolíficos e insis­tentes del país, cuando cuenta cómo forja y elabora su na­rrativa. La idea de su próxima novela la desarrolla en la mente por tiempo más o menos prolongado. Y cuando todo le cuadra –ambiente, personajes, temperatura–, escribir la obra resulta un acto simple. Lo ejecuta de un jalón, en jornadas continuas de ocho o doce horas diarias. Su duende oculto le mueve la mano y le aguza la mente, y en pocos días está terminado el nuevo título. La rebelión de las ratas la escribió en 9 días; Hermano hombre, en 13 días; Camino que anda, en dos meses y 13 días, metido en la celda de un convento. Luego corrige con rigor.

En Hombres de palabra están reseñados treinta de los trescientos escritores que hay en el país. Y si Colom­bia tiene 28 millones de habitantes, ya se ve qué ínfima minoría, pero minoría selecta, representa la escuela de los quijotes: el 0.01%. Entre ceros y decimales –o sea, entre apatías y desprecios sociales–, casi no nos vemos. ¡Que vivan los escritores!

El Espectador, Bogotá, 1-II-1990.

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La pasión del café

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

José Chalarca es experto en literatura sobre el café. Se trata de uno de los colombianos que más co­nocen la historia del grano y que más la han difundido en artículos y en libros. Desde su despacho de publicacio­nes de la Federación de Cafeteros, absorbido por las le­yendas que giran alrededor del «néctar negro de los dioses blancos», vive pendiente del acontecer del producto agrícola que mayores sorpresas produce a la economía del país. Se regocija cuando la aguja señala precios ha­lagüeños en las bolsas internacionales, y sufre cuando el producto se precipita, como ahora, por los abismos de los mercados traicioneros.

He leído varios libros de Chalarca sobre la materia. Me deleité con la Fabulosa historia de una taza de café, y le seguí los pasos a la pepa mila­grosa en Historia del café. El escritor manizaleño, que es también cuentista, nos debe un libro de ficción –y el personaje se presta para la fantasía– sobre este dios de los colombianos que es al mismo tiempo mito y realidad. Unas veces es generoso y otras opresor. Creo que Chalarca, de tanto vivir compenetrado con su hado tutelar, va a quedar convertido en una pepa de café.

Ha caído en mis manos un nuevo libro de José Chalar­ca, realzado con la maestría fotográfica de Félix Tisnés, con este título poético: El café, relato ilustrado de una pasión. Obra literaria y artística donde la gracia del texto compite con la policromía del paisa­je campesino. La Compañía Litográfica Nacional y la Edi­torial Colina, de Medellín, impresoras de la obra, ganan honores con esta realización. El texto tiene traducción simultánea al inglés de Consuelo S. Santamaría y Cathy de Quáqueta.

Chalarca hace de su obra un canto al café. Con su poema en prosa, matizado de datos y sugerencias, lleva al lector a un mundo encantado. Con habilidad de crea­dor, como buen cuentista, toma la semilla en sus manos, la siembra, la bendice, la riega y la abona. Y la deja en gestación hasta que se origina la vida. El grano, con­vertido en plántula en forma de chapola o fosforito, emer­ge al conjuro del sol y  la brisa; y más tarde, «vesti­dos los cafetos de blanco como novias dispuestas para una boda multitudinaria», el espectáculo es sobrecogedor.

Quienes conocemos la campiña cafetera sabemos que Jo­sé Chalarca sabe interpretar la sinfonía de la tierra. Somos testigos del amor con que las manos del caficultor, encallecidas y esperanzadas, acarician sus ilusio­nes. Cada cosecha en perspectiva se vuelve para él una plegaria. Nos hemos recreado, además, con el paisaje de los cafetales tremolantes en tiempos de cosecha, que simulan mantos de terciopelo sobre las la­deras y las planicies, y sentimos apesadumbrado el ánimo cuando, tras la cogienda, se van las chapoleras.

El escritor, que hace de este texto un permanente vuelo poético, se transporta por la Colombia de los paisa­jes embrujados y las tierras feraces, para sembrar su matica de café. El café, que es el mayor generador de di­visas, produce sensaciones sensua­les como rey de las florescencias.

El caficultor no cambia por nada su suerte. Lleva su actividad en la sangre, como un líquido vital. Entre el hombre y el árbol se produce la comunión perfecta, que los hace inseparables hasta en las circunstancias más aciagas. La esclavitud del café es una victoria sobre la tierra. Y la pasión del café, como toda pasión, conmueve y estremece.

El Espectador, Bogotá, 9-I-1990.

 

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Violencia y literatura en Colombia

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El nombre de Jonathan Tittler, ciudadano norteamerica­no, se ha vuelto familiar para los escritores colombianos. Desde hace varios años, tanto desde su cátedra de litera­tura hispanoamericana en la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York), como a través de sus viajes a Colombia, más se aproxima a la cultura del país.

La mala prensa que en ocasiones enloda la fama de Co­lombia en el exterior tiene una rectificación, en el ca­so de Tittler, con sus enfoques constructivos y su constante afán por exaltar nuestra categoría intelectual. Aho­ra ha puesto en circulación, con el sello de la editorial Orígenes, de España, la obra Violencia y litera­tura en Colombia, de venta en nuestras librerías. En ella recoge diversos tratados alrededor de la violencia y la creación literaria, expuestos en el cuarto simposio de la Asociación de Colombianistas Norteamericanos que en abril de 1987 se realizó en los Estados Unidos.

El tema de la violencia ha trascendido, y no puede ser de otra manera, en las obras de los escritores contempo­ráneos. Buena parte de nuestros cuentos y novelas de los últimos tiempos gira alrededor de este tema. Como lo comenta Marino Troncoso, de la Universidad Javeriana, en un concurso de cuento promovido por El Tiempo en 1959 se presentaron 515 trabajos y los tres ganadores (de Jorge Gaitán Durán, Manuel Mejía Vallejo y Gonzalo Arango) fue­ron relatos sobre la violencia.

Raymond L. Williams, otro gran amigo de nuestro país, se va más lejos al señalar la novela Manuela, de Eugenio Díaz, aparecida en 1858, como la precursora del género de la violencia. En los tiempos modernos, fue Hernando Téllez el primer crítico que acuñó el término «novela de la violencia» a comienzos de la década del 50. Entrába­mos en época crucial que determinaría el nacimiento de novelas como El día señalado,  de Mejía Vallejo, El Cristo de espaldas,  de Caballero Calderón, La casa gran­de, de Cepeda Samudio, La otra raya del tigre, de Gómez Valderrama, Cien años de soledad, de García Márquez. Hoy la lista es numerosa, casi incontable, porque el morbo se volvió común.

Este foro de intelectuales se explaya por distintas manifestaciones de nuestro país. Eduardo Caballero Calde­rón, visto por Kurt L. Levy, es valorado en cuanto vale como escritor de primer orden. Sus obras –anota– no se leen hoy con la frecuencia y el aprecio que merecen debi­do al exagerado impacto del boom. En efecto, el mito de Tipacoque es tan importante como el de Macondo, pero el destello de García Márquez ha opacado otros valores.

El bibliotecario David Block analiza las tendencias con­temporáneas del mercado de libros colombianos. Aden Hayes, John Benson, Randolph D. Pope, Juan Manuel Marcos, Gloria Bautista y William L. Siemens se ocupan de diversas face­tas de la obra de García Márquez. Yolanda Forero Villegas enfoca La otra raya del tigre como punto de referencia de la raza santandereana. James J. Alstrum señala la función iconoclasta del lenguaje coloquial en la poesía de María Mercedes Carranza y Anabel Torres. Rafael Escandón llega a la poesía de José Asunción Silva bajo los conceptos del tiempo, la vida y la muerte.

Mientras George Woodyard se refiere a Enrique Buenaven­tura como pionero del teatro, el propio Buenaventura ex­pone su pensamiento, novedoso y polémico, sobre el campo teatral. Colombia: un país de telenovelas le sirve de título a Azriel Bibliowicz para profundizar en el terreno, común a toda América, de la diversión de masas incitadas por las telenovelas. Fernando Hinestrosa, exministro de Justicia, diserta sobre el com­plejo tema de la administración de justicia en nuestra patria. Germán Vargas hace un cuadro humano sobre Álvaro Cepeda Samudio, su compañero de oficio y amigo de bohemias.

Y Otto Morales Benítez, tan conocedor del país, rema­ta el capítulo de la violencia con un recuento de los hechos que en su concepto la han desencadenado hasta llegar al fenómeno actual del narcotráfico. La decaden­cia del pueblo colombiano la define en una frase impre­sionante: «Asistimos a una crisis múltiple: económica, política, cultural, moral».

El Espectador, Bogotá, 29-I-1990.

 

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