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Entradas Etiquetadas ‘Temas literarios’

A Horacio Gómez Aristizábal

sábado, 8 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los libros son para leer. Sobraría la manifestación, pero hay que hacerla. Muchos, o la mayoría de los libros, tienen como triste suerte la de llenar anaqueles y simular solemnidad, sin que su propietario se tome siquiera el trabajo de ojearlos. Hojearlos, repasarlos, ya sería pedir mucho para quienes viven ajenos a la cultura.

Semejante preámbulo es para decirte que tus Defensas penales no han dormido el sueño de los espacios inertes de las bibliotecas. He penetrado en tu libro con interés y cierta intriga, esta última muy explicable en mí que no soy especialista en Derecho y que por eso mismo el terreno se me presentaba misterioso a primera vista.

A poco andar me encontré con una obra humana, de fácil y erudita penetración. Cuando creía hallarme ante el fatigoso tomo doctoral, muy propio de los abogados, recorría las experiencias del humanista que sabe el difícil arte de transmitir conocimientos en forma sencilla y elemental.

Te ganas el interés del lector con amenidad, con frases directas y vigorosas, y no descuidas la intención profunda ni la sabia enseñanza. Matizas la materia con la ocurrencia anecdótica, con la cita precisa y la estocada certe­ra de quien ha recorrido a la par que las disciplinas del Derecho, los caminos de la vida.

Veo que defiendes con ardentía la dignidad del hombre. Ahí está tu humanismo en bruto, pero el otro, el humanismo diserto, se encuentra en la evolu­ción de tu pensamiento, que se afian­za en cada frase y en cada idea para proyectar calor y reclamar solidaridad para con la tragedia del hombre.

Tus otros libros apenas los conozco por referencias. Por el que has hecho el privilegio de obsequiarme deduzco tu formación no sólo de escritor sino de pensador inquieto y de vastos escrutinios. Pretendes, me parece, lanzar las experiencias de tu ejercicio profesional a consideración de los estu­diosos del Derecho para que sirvan de guía y de meditación, y tal vez sin darte cuenta logras un tratado accesible a otras personas. Te dejas, en definiti­va, leer hasta de los profanos, y esto es enaltecedor. Eres abogado muy respetable, pero no conseguirías comu­nicarte con el mundo si no fueras al propio tiempo escritor y humanista.

Estas líneas sirven para avisar reci­bo de tu envío. Quedas, pues, enterado de que tu libro no ha corrido el pobre destino de las bibliotecas inhóspitas.

La Patria, Manizales, 3-IX-1979.  

* * *

Misiva:

Tu comentario –magnífico y generosísimo– me hizo recordar al «nuevo rico» que recibió una tarjeta en la que decía –parte final– «corbata negra” y, perplejo, no sabía si mandar un sufragio o una corona. Y si de lo social se pasa a lo cultural, se observa que los nuevos ricos y muchísimos más confunden una biblioteca con una librería. Ad­quieren textos por metros, con lomos dorados y exóticos para decorar flamantes residencias. No. Una biblioteca es una colonización paciente, ennoblecida por el amor a la cultura. Un libro es un amigo, un hermano, el mejor compañero. Cómo es de grato, cuando todos nos abandonan, entregar­nos a las esclarecedoras confidencias de un autor preferido. Horacio Gómez Aristizábal, Bogotá.

 

 

 

 

 

 

 

El Tipacoque de Eduardo Caballero Calderón

viernes, 7 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De vacaciones en Soatá, mi tierra natal, me asal­tó de pronto la idea de entrevistarme en la vecindad, en el legendario Tipacoque, con don Eduardo Caba­llero Calderón. Después de trece años regresaba yo a la patria chica, con mi mujer y mis hijos, a rendir un tácito homenaje al pueblo que todos sentíamos prendido al afecto, los unos por haberlo vivido y dis­frutado, y los hijos por comprensible solidaridad.

Pensé que el personaje de Tipacoque, por más caba­llero de caminos y romántico cantor de aquellas bre­ñas ariscas, tan suyas y tan irrenunciables –como mías–, debía hallarse en la capital del país, muy lejos de los senderos polvorientos que serpenteando por el páramo de Guantiva, donde ni siquiera logran saciar la sed, toman breve descanso en Soatá para luego escabullirse montaña abajo, por entre precipicios y peligrosos recodos, hasta Tipacoque, pasando luego por Capitanejo y otros pueblitos resistentes al progreso, hasta morir finalmente en Cúcuta, un horizon­te remoto.

Por ahí en un restaurante del pueblo me tropecé de repente con Cipriano Chaparro, un viejo amigo sogamoseño a quien no veía desde veinte años atrás y que ahora aparecía en mi tierra en animada tertulia con Marcos Acevedo y Alfonso Márquez Rivadeneira, mi condiscípulo de las primeras letras en el Colegio de la Presentación durante una niñez ya des­dibujada por el tiempo, pero no olvidada.

Supe en­tonces, frente a un apetitoso plato de cabro, comida típica de la región, que Cipriano, ahora en uso de buen retiro del poder judicial, se había quedado en Tipacoque. «De esta tierra no me voy», no se cansa­ba de repetir entre arremetida y arremetida del jugo­so festín.

«Yo, el alcalde»

Apenas iniciado el reencuentro, ya Cipriano me tenía concertada una entrevista con Caballero Calde­rón, ahora también en temporada de descanso en su refugio sentimental de Tipacoque, y me aclaró que no se tomaba ninguna libertad, ya que «don Eduardo» –como lo nombraba con énfasis–, esquivo en la capital a los «lagartos» y los aduladores, recibía a to­do el mundo en su aldea.Muy rápido deduje un buen clima de amistad entre ellos.

Convinimos una prudente fórmula de protocolo, indispensable para quien iba a conocer en persona al cronista de Tipaco­que y no quería llegar invadiendo territorios ajenos, por más que de otra manera le fueran éstos fa­miliares por la lectura de los libros del eximio escri­tor, más que por la propia cercanía lugareña.

Tipacoque está a trece kilómetros de Soatá y a trescientos cuarenta de Bogotá. Años atrás fue co­rregimiento de mi pueblo, hasta que la porfía de Ca­ballero Calderón consiguió volverlo independiente, habiéndole correspondido la misión de apadrinarlo como su primer alcalde, por espacio de dos años. La duración de su alcaldía demuestra que no se trató de un acto protocolarlo, sino de un verdade­ro servicio a la comunidad. Fue él quien intrigó los primeros auxilios oficiales, abrió calles y hasta encar­celó al primer borracho disidente.

Soatenses y tipacoques

Soatá y Tipacoque, por lo tanto, tienen nexos de vecindad y de ancestro. Sobre esto último habría que hacer alguna salvedad, si bien el paso del tiempo se ha encargado de desvanecer viejos antagonismos. La rivalidad política de soatenses y tipacoques, en épocas de ingrata recordación, culminó en la separa­ción territorial. El motivo era poderoso. Se vivían las pasiones del país político que mantenían divorcia­dos a los colombianos entre liberales y conservado­res. Soatá, netamente conservador, no podía enten­derse con Tipacoque, netamente liberal, y lo mismo ocurría, desde luego, en sentido contrario.

En Soatá el canónigo Cayo Leonidas Peñuela, historiador, pro­sista y polemista vigoroso, disparaba sus arcabuces contra los Caballero, y éstos, como buenos libera­les, mantenían enhiestas sus banderas. El país res­piraba por la herida de los odios políticos y los colom­bianos se mataban bajo la sinrazón del agudo sectarismo de la historia. Pasados los años, hoy la paz es absoluta. Desaparecieron, por fortuna, las épocas borrascosas de los vivas y los abajos y los ti­ros tronando en las calles de los pueblos.

Camino de Tipacoque, al que desde Soatá se lle­ga en veinte minutos, muchas ideas cruzaban por mi mente. Llevaba presentes las críticas de Caba­llero Calderón contra todos los ministros de Obras Públicas que vienen trabajando a paso de inválidos con esta carretera descuidada por todos los gobier­nos, y que acaso por ser el camino real de Colombia parece que estuviera condenada al eterno camino de herradura que aún lo es en muchos trechos, sobre to­do de Tipacoque a Cúcuta. El pavimento viene en Cerinza y sabrá Dios –que no los gobiernos– cuándo prosigue su ruta interminable.

El presidente Reyes, boyacense y uno de los grandes impulsadores de las obras públicas na­cionales, abrió la carretera de penetración hasta San­ta Rosa de Viterbo. Ahí se quedó estática por largos años. El camino seguía apto para mulas y cerrado a la civilización. A paso de mula fue avanzando una carretera difícil, sostenida entre peñascos y las ora­ciones de los viajeros, hasta que algún día logró lle­gar a Soatá y Tipacoque; y en la siguiente generación a Cúcuta.

El diputado y sus cojeras

Leo al vuelo en Tipacoque, una de las obras de Eduardo Caballero Calderón, el siguiente episo­dio que viene a propósito sobre el milagro del primer automóvil que apareció en aquellas laderas, perteneciente a un tío mío:

«Después, en el automóvil de don Miguelito, que es la única persona que en Soatá tiene un auto­móvil, vino el diputado Alvarado, médico también y con una pierna tiesa; y por último hizo su aparición en una mula barrigona el diputado Vera, que por una circunstancia maravillosa es médico también y tam­bién cojo. El tercer diputado era yo, aunque me fal­taba ser médico». Y más adelante: «Y cuando se fueron, el doctor Alvarado en el automóvil de don Miguelito y el doctor Vera en su mula, quedó flotan­do en el comedor un tenue olor a linimento». Es esta la constancia de las cojeras del diputado Caballero Calderón por aquellas tierras agresivas.

El automóvil, quién sabe cuántos años después, pisaba ahora un terreno más firme y menos polvo­riento. Pero no dejaba de saltar en los baches, ni de sudar en las pendientes. Los helechos salían ariscos al paso de la gasolina. Por fortuna el ambiente olía a naranja, a trapiche, a perfume de tierra caliente. El pedregal se sentía menos duro con la ilusión de cono­cer al insigne hombre de letras. En el fondo, casi im­perceptible, el río Chicamocha rumiaba sus pesares.

Alguna cabra solitaria me recordó la presencia de Siervo Joya, que no ha muerto, porque siervos sin tierra los habrá en todos los momentos de la humani­dad. En una vuelta del camino, ya presintiendo la aparición de Tipacoque, detuve la marcha para cap­tar el maravilloso espectáculo de la vega del Chicamocha, ante el que se queda corto el más recursivo pincel y desconcertado el más inspira­do poeta. El viento transportaba el aroma de las ho­jas de tabaco que manos endurecidas cosían en sartas que luego, al secarse, las llevarían a la Co­lombiana de Tabaco para convertirlas en duros sor­bos de vida.

Tipacoque y su personaje

Algo confirma la presencia de Caballero Calde­rón desde la primera piedra del pueblo. Es un perso­naje inmerso en la historia de esta comarca que parece más legendaria que real. Los tipacoques quieren a su amo como algo elemental y se acostumbraron a verlo y palparlo en cada esquina co­mo el espíritu que es de la aldea convertida por él en leyenda universal.

De labios del tipacoque sale con afecto y con respeto aquel «don Eduardo» que había escuchado yo en Soatá, y hasta me atrevo a creer que sus paisanos, distantes de los modernos «doctores» que han desacompasado la vida, tienen la doctísima noción de que el «don» era en España título nobilia­rio de difícil conquista.

Caminando por el corredor de entrada sentí que había llegado por fin al paraíso entrevisto. Unas sar­tas de tabaco colgadas en el tambo parecían más simbólicas que ciertas, y más románticas que materia­les. La casona, limpia desde el primer ladrillo y en­vuelta en acogedor manto de silencio, descorría a cada pisada su majestuosa solemnidad. Fue como si alguna mano invisible descubriera tanta historia detenida.

Allí estaba el fantástico lugar, se­de en un tiempo de los frailes dominicos y que en el año de 1580 pasó a ser propiedad de los antepasados de los Caballeros Calderón. Han corrido, por tanto, cuatro siglos desde que la familia sentó sus reales en la tierra mítica.

La hamaca coloquial

Por el corredor grande llegamos directo a la sala y allí nos reunimos con don Eduardo y con doña «Bel», otro personaje del pueblo. (Se trata de doña Isabel Holguín, nieta del expresidente Holguín). En el corredor pasa el escritor sus mejores momentos de recogimiento, entregado a sus lecturas y sus traba­jos. Allí permanece guindada la hamaca coloquial. Su esposa se encarga de trasladarle a máquina todos sus escritos.

Para interpretarlo en persona es preciso haber leído sus libros. De lo contrario puede tomarse como un ser corriente Conversador ameno y enterado de todo, habla de cuanto tema se ofrece, menos de lite­ratura. Yo entendí su postura, y se la respeté. Es un crítico observador del quehacer nacional y se mues­tra preocupado por las angustias sociales.

Sabe lo mismo de inflaciones y congelación de dineros bancarios, con cifras precisas, que de los abusos de los políticos y las inmoralidades oficiales. Le preocupa la transformación del país agrícola en país de ciudades. Es hombre sencillo. Con él se pue­de hablar de corrido y hasta se olvida uno que está conversando con un maestro de la literatura.

Cuando se asfixia entre el tufo urbano de los mo­tores y la falsa civilización, corre con la fiel compañe­ra hasta la casona donde puede respirar el aire puro de la montaña y encontrar los límites de su corazón («este rincón del Chicamocha donde los hombres son buenos, transparentes y silenciosos co­mo el agua»).

Allí, en sosegadas horas de paz interior, es cuando se encuentra consigo mismo y se confunde con la sencillez de la vida en el alma del campesino. Hablar sobre esto hubiera sido una in­tromisión. Preferí ver al escritor en su silla, reflexivo y afectuoso, para deducir luego, sin rebuscamientos, que aquello era lo auténtico, lo humano.

Tipacoque, símbolo espiritual

La casa es museo nacional, y así se conmemora en el decreto colgado en la pared del corredor. También se recuerda el paso de Bolívar cuando per­noctó en la hacienda. Los muebles, las vasijas, los pequeños utensilios, todo atestigua una época inme­morial. El viejo fogón todavía huele a cocina, porque lo inmemorial, para quienes saben ejercer la memo­ria, es lo presente, lo que nunca muere ni debe mo­rir.

Y le pedí permiso de tomar unas fotos. Me cui­dé, claro, de retratar a los distinguidos moradores, para no alterar una paz bucólica que por nada del mundo iba yo a alterar con mi lente fisgona. Fueron dos fotos rápidas. La una al corredor grande y la otra a la capilla de la hacienda.

Salí con dos estupendos testimonios gráficos y con la sensación de un sueño. Había encontrado, por fin, el secreto de los libros del fecundo escritor que supo descubrir y mantener su territorio romántico para hallar su propia ánima. Tipacoque, más que un pueblo, es una leyenda, un símbolo espiritual. En él se encarna la familia humana, con sus vicisitudes y sus esperanzas.

Afuera, en la noche, el aire sabía a trapiche y a perfume de azahar.

La Patria, Revista Dominical, Bogotá, 16-IX-1979.
Boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, Nos. 179-180, Bogotá, enero-junio de 1993.
Revista Manizales, 1995.

* * *  

Comentarios:

Magistral tu Tipacoque. José Agustín Amaya, párroco de Soatá (mencionado por Caballero Calderón en sus libros sobre Tipacoque).

Para quienes conocemos la región, al leerte nos trasladamos a esa tierra legendaria y contigo entramos a conocer la casona de don Eduardo Caballero Calderón y a presenciar tu diálogo con el maestro, para luego acompañarte en la soledad de la penumbra a observar el paisaje y a tomar ese aire tibio con olor a miel, a yerba y majada fresca. Rodolfo Barajas, Bogotá.

 

 

 

Miserias de la literatura

miércoles, 5 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Antonio Morales Riveira, joven escritor de El Espectador, ha logrado en corto tiempo afortuna­dos enfoques sobre hechos menudos. Hay que aplaudirlo por su incursión en los archi­vos cargados de polvo y recuerdos de la colombiana Milena Esguerra, que como jefe del departamento de grabaciones de la Universidad Autónoma de Méjico se convirtió en pun­to de referencia de las angustias económicas de gran­des escritores continentales.

Eran ellos escritores de algún renombre que estaban despegando hacia horizontes insospe­chados, hasta llegar a ser figuras notables de la literatura latinoamericana, y miembros algunos del sonado boom, institución detestable para mu­chos, pero al fin y al cabo cofradía de influjo hemisférico. Por más excluyente y antipático que sea este círculo cerrado que pretende apoderarse de la literatura, con desconocimiento de otros valores que no logran descollar entre las cortinas de humo creadas por las vacas sagradas, constituye una res­petable fuerza de presión regional y un hecho cierto de impulso a las letras latinoamericanas.

Pero no hablemos aquí de circunstancias distin­tas a las miserias del escritor, una faceta que no por conocida es tratada con el realismo que merece. La literatura y el dinero no son compatibles. Parece que la fortuna material hubiera declarado guerra a muer­te al escritor. Este se resigna a los hados de la parvedad, aunque consigue, como contrafuego, armar su mejor obra rodeado de estrecheces. Con el estómago vacío se han escrito los libros más valiosos de la lite­ratura. ¡Vaya consuelo! La palabra «escritor» ha si­do siempre sinónima de pobre, y por lo general, de pobre de remate.

El cerco de las deudas

Recuérdese a un García Márquez deambulando con su literatura a merced del hambre por las calles de Ciudad de Méjico y lanzado, por insolvente, de míseras pensiones. Un portero lo alberga en secreto en su insignificante guarida, sin sospechar que estaba sirviendo de mecenas al scritor que no sabía qué hacer con el mamotreto que llevaba a cuestas, nada menos que Cien años de soledad.

Dostoiewski, espíritu inquieto, vive sus últi­mos años acosado por las enfermedades y los acree­dores. A pesar de que sus obras se cotizan en am­plios círculos, los triunfos económicos se quedan en el bolsillo de los editores. Y es tanto el cerco de las deudas, que en época dramática no se atreve a regre­sar a Rusia por miedo a la cárcel. En Colombia, por lo menos, no pagamos cárcel por deber, loado sea Dios.

Teófilo Gautier, gran aficionado a la prosa y a la poesía, tiene que desviar su vocación al periodismo, forzado por las dificultades económicas. Escritos apresurados, folletones, crónicas a dos manos, salen de esta pluma abundante que, para no extinguirse, produce a como dé lugar, así sean naderías. En los entreactos de su oficio remunerado continúa con su producción literaria, que lo lleva a la celebridad. Vencido por terrible enfermedad, el médico le prohí­be trabajar. Está casi paralizado. Ya ha escrito El capitán Fracasa que años atrás había tenido que vender por míseros pesos a un editor explotador, pa­ra no morir de indigencia.

¿No trabajar? ¿Y cómo po­dría vivir y sostener a los suyos? Oigamos lo que dice uno de sus biógrafos: «Tercamente, reuniendo todas sus fuerzas, Gautier se refugia en la evocación del pasado y emprende Historia del romanticismo. Cuando la mano no puede escribir, dicta; y muchas noches, atormentado por el insomnio, garra­patea febrilmente con lápiz en la cama». Muere días más tarde con la pluma en los dedos.

Chateaubriand, de noble linaje, pasa años de in­mensa penuria defendiéndose con traducciones, trabajos periodísticos y clases particu­lares de francés. Solo después lograría relativo bienestar económico, pero en la vida pública de Francia, donde llega a ser figura destacada.

Cervantes pasa hambres

El nombre de Cervantes es patrimonio de la lite­ratura universal y al mismo tiempo símbolo de la vida esforzada. Se dice de su padre, cirujano errabundo y bohemio por los pueblos de España, que en va­rias ocasiones se vio procesado por las deudas. En este ambiente estrecho crece el genio de las letras, que deseoso de conocimientos se matricu­la como alumno pobre en el colegio de los jesuitas en Sevilla.

Al correr del tiempo y ya literato reconocido, es nombrado recaudador de impuestos de su Majes­tad el Rey, apremiado por la necesidad. Termina en la cárcel al no poder responder por los fondos que le birla un banquero inescrupuloso. Escribe Cervan­tes las primeras páginas del Quijote en medio de su­ma pobreza. Llegado a Madrid, debe cambiar de ca­sa con frecuencia por falta de cumplimiento del arriendo.

Los editores se benefician de sus obras mientras el autor pasa hambres. Son miserias desco­munales de la literatura, que no respetan ni al primer clásico de la lengua hispana, autor de vasta obra como poeta, dramaturgo y novelista. Es su producción alimento del espíritu y orgullo para la humanidad, así ignore ésta que el pobre de don Mi­guel por poco se queda sin proteínas por aguzar de­masiado la inspiración.

El augusto silencio de los libros

¿Habrá que citar más tristezas? Es un recorrido al vuelo que se hace tomando apenas una hilera de li­bros famosos. Ahí está la literatura mundial lujosa­mente empastada y protegida, nutriendo las raíces del espíritu. Varias veces he acariciado los lomos de estos libros de augustos silencios y elocuentes mensajes, y acaso mis descendientes y los descen­dientes de éstos sepan apreciar la majestad de las bi­bliotecas. Pero en el fondo de éstas, y agazapadas, muchas hambres se esconden con sus corolarios de angustias, de sofocos, de incomprensiones, de enfer­medades, de muerte…

El burdo almacén de baldosas

¿Recuerda usted a José Asunción Silva cuando tuvo que ponerse al frente del menguado negocio para salvar la dignidad de la familia? Son tiempos de luchas abrumadoras que lo llevan a la ruina total. Y como si no fuera suficiente el fracaso económico, muere de repente su hermana Elvira, la noble confidente del poeta que le deja cicatri­ces incurables y le inspira –¡bendita literatura!– el célebre Nocturno, una de las más bellas poesías de la lengua española.

Se ausenta del país poco tiempo después, queriendo superar la pena; y a su regreso pierde en alta mar la casi totalidad de su obra litera­ria. Aun así hace esfuerzos por mantener la calma y de nuevo intenta otro negocio, un burdo almacén de baldosas que debe estremecer la sensibilidad del poeta. La empresa quiebra y los acreedores no dejan en paz al hombre liquidado. Atormentado por la ma­la suerte y vencido moralmente, se dispara un tiro. Tiro certero en mitad del infortunio, que con­mueve a esta sociedad no consciente de que ha perdi­do a un genio de la poesía.

El mundo escondido

Nada nuevo, por consiguiente, nos cuenta Anto­nio Morales Riveira en su crónica. Pero lo hace con novedad y gracia, con sabor a boom, con disparo de nombres célebres. Es un hallazgo venturoso éste de sacar del baúl de los recuerdos unas cuantas cartas conservadas con naftalina y sentar a su propie­taria, Milena Esguerra, que algo o mucho tiene de mecenas, a narrarnos intimidades sobre los afanes de célebres personajes de las letras que buscaron, entre discretos y menesterosos, la con­quista del  pequeño cheque en dólares como pago «simbólico» por la grabación de fragmentos de sus obras. Se me antoja que el escritor es un personaje forrado entre vestido de paño y con el estómago crujiéndole.

Las cartas que los escritores y poetas se cruzan con Milena son testigos del mundo escondi­do de los intelectuales que, disminuidos por regalías que no fluyen, acuden al favor del exiguo patroci­nio cultural que debe buscarse y obtenerse, no im­porta que sea simbólico, si también es económico. Hermosa página humana, de profundo conte­nido. Las necesidades del poeta, o del escritor, o del artista, son vergonzantes. El mundo las ignora y las pisotea. El intelectual, mientras más intelectual, más refinado y más renombrado, tiene que ahogar sus apuros entre el humo de su inspiración. Es el tributo que pagan las letras, y muy caro, porque es en carne propia, al vil metal que todos desprecian pero todos necesitamos.

El escritor es duro animal de combate, de re­cias bregas, de desiguales resistencias contra el me­dio ambiente que lo rodea y lo asalta. Su dignidad corporal, de tan sensible miramiento, la protege a hurtadillas del mundo huidizo y despectivo que no entiende ni entenderá jamás las dolencias ajenas y se solaza, en cambio, con sus propias holganzas. Por eso acude al correo secreto de las Milenas dispensa­doras de pequeños guarismos y sobre todo de dulces expectativas.

El grito vergonzante de la literatura

Por estas cartas que guarda el baúl abierto de repente, casi contra la voluntad de su dueña y al am­paro de una vodka acariciante, desfila la vida del es­critor, sea éste famoso o escritorzuelo de provincia, con sus angustias, sus ironías, sus urgencias de vi­vir. Cuando un García Márquez, o un Jorge Zala­mea, o un Vargas Llosa, o un Fuentes, o un Cortázar, o un de Greiff revelan sus aprietos económicos, sale un grito vergonzante de las entrañas de la literatura. No importa si quienes sufrieron penurias llegaron más tarde a poseer chequeras abultadas, si de todas maneras el hambre es hambre.

Y si tales miserias abundan en el mundo alto de la literatura, qué no ocurrirá con el menudo escritor que deambula por periódicos y revistas ofreciendo una mercancía que no tiene cotización. El talento es mendicante. Las tarifas rentables, capaces de com­prar un vestido a plazos, son para unos pocos. El real estipendio por un «artículo», la literatura, que se suda y se cincela con lágrimas de sangre, es esca­so. Para ser cotizado se necesita fama. Fama es­quiva como las Milenas convertidas en dólares.

¡Defiéndame el cielo de estar metido en un be­renjenal! Pero no lo digo sólo por los periódicos de Colombia, ni por nuestros editores, que no existen, sino por la apatía universal hacia el escritor. La ins­piración vuela con las revelaciones de este cronista in­quieto que sabe hablar entre líneas sugiriendo pro­tección dentro del mundo metalizado y bárbaro. Tanto por nuestros artículos como por nuestros libros que nadie compra porque se quieren regalados y has­ta con dedicatorias mentirosas.

¡Lástima grande que el consuelo de las Milenas sea tan irreal!

La Patria, Revista Dominical, Manizales, 21-I-1979.
El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 28-I-1979.
Revista Nivel, No. 272, Ciudad de Méjico, febrero de 1986.

 

Adel y su Gloria

miércoles, 5 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Toda una vida consagrada a la literatura otorga a Adel Ló­pez Gómez el titulo de maestro. El distintivo de maestro, re­servado en otras épocas a los peritos en las distintas ramas del saber humano, está hoy degradado por el abuso. Ahora se le dice maestro a cualquiera y por el hecho más simple. El poetastro que acaba de pecar contra la estética al publicar un sartal de sandeces que nadie leerá, queda graduado como maestro. También es maestro el novelista ingenuo con vora­cidad de triunfo prematuro. Y lo es el cuentista aventure­ro, y el músico desentonado, y el emborronador de lienzos, y el comediógrafo barato, y has­ta el diablo.

Como ironía, ha perdido esa distinción el más auténtico de los maestros, el que enseña las primeras letras, no sólo porque se acabaron los maestros, sino por no conformarse el de escuela con ribete distinto al de profe­sor o catedrático.

Pero el maestro Adel López Gómez… ese sí es maestro. Dueño de ejemplar lenguaje castizo, sobresale co­mo uno de los escritores más fecundos y más notables, au­tor de cuentos de inspira­ción campesina e intérprete de costumbres y paisajes ver­náculos que traslada a su am­plio público en amenas notas pe­riodísticas, convertidas en cá­tedra del buen decir. Desde su columna diaria de La Patria ha recorrido distancias que ya no es posible retro­ceder, para orgullo de las letras y premio a sus esfuerzos.

Hoy mirará el escritor esas correrías desde la cima de su gloria, con la emoción del ca­minante aprovechado que fue sembrando vientos de amor y esperanza, de fres­cura y ensoñación. Los perso­najes de sus obras están pegados a la tierra como seres de la esencia misma del hombre que ama, que odia y vive entre gozos y penas.

Infatigable en la búsqueda estética del hombre, ha hecho de lo cotidiano y lo trivial el canto de cada día. Pule su ins­piración con pulso de ciruja­no y ennoblece lo prosaico con toques de genialidad. Pocos lo­gran una trayectoria de tan mar­cada perseverancia y tan bri­llante destino Huésped de los periódicos y las revistas más prestigiosos de Colombia, la pluma docta de Adel López Gómez es como un penacho de esta nacionalidad nuestra que se precia de su vocación humanística, la mayor embes­tida contra las asperezas del ru­do vivir.

Penetre usted, maestro, a los nimbos de la inmortalidad de manos de sus personajes. Son ellos los que lo empuja­rán –y el día esté lejano– al cenáculo de los convidados de la gloria.

Cuando José Restrepo Restrepo, director de La Patria, recoge como «homenaje de admiración y aprecio al maestro y al amigo” algunas de las colaboraciones con que Adel ha enaltecido la existencia de uno de los periódicos más selec­tos de Colombia, se siente en­vidia por el maestro. La sanda­lia y el camino, un certificado de buen comportamiento en las letras, es mensaje de honda amistad.

En feliz encuentro con el maestro y el amigo, y al amparo de la hospitalidad de Eduardo Arango Palacio, personaje en­trañable de los libros y la vida de Adel, acabamos de compar­tir con mi mujer, en la frescura de estos predios quindianos de tan plácidos atardeceres, gratos momentos de efusión. Es admirable la plenitud físi­ca de quien, pletórico en sus años intensos, mira atrás sólo para nutrirse de vivencias, al lado de la amantísima compañe­ra de todas sus travesías.

Tam­bién se hallaba en la tertulia Ramón Londoño Peláez, otro báculo del maestro, eximio hombre público que un día, como gobernador de Caldas, fundó la biblioteca de autores caldenses, con la asesoría y la presión de Adel como jefe de la imprenta oficial.

Y como trasfondo de la tar­de campesina, estaba la dicha del escritor de vientos y atajos quindianos, el creador de amo­res y reyertas comarcanas, es­te Adel López Gómez que transita sereno las luces del oto­ño, con la gloria en los ojos y en el corazón. Gloria, la hija dilecta, es su galardón y su mejor conquista. La fiel discípula, ya con nombre pro­pio como escritora de limpio estilo, puede rubricar la obra de quien le transmitió la ternu­ra humana y la talló a su gusto como prolongación de sus venas y de su estirpe literaria.

La Patria, Manizales, 22-X-1978.

 

 

El escritor y el periodista

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un buen amigo a quien siem­pre escucho aconseja al escritor no dejarse manejar de la urgen­cia. Es el mal de la época. Con lo cual estoy identificado. Cin­cuenta años atrás se hacía un periodismo pausado y pensante. El tiempo permitía repasar y pulir con mayor es­crutinio. Una página era so­metida a implacable ejer­cicio de moldura, de dicción, de obra artesanal. Tanto era el afán de perfección, que a veces se llegaba al perfeccionismo, un extremo que traiciona al es­critor.

Don Luis Cano, maestro de periodistas y escritores, cin­celaba cada editorial con pa­ciencia de orfebre. Sus escritos son modelo de periodismo ejemplar. Se vivía entonces bajo la tutela del país gra­matical donde la mala dicción desentonaba, y el estilo, que tanto se ha perdido en nuestros días, era rótulo de categoría.

En épocas recientes, Gil­berto Alzate Avendaño sudaba los editoriales que al día si­guiente sacudirían la opinión del país. Era el suyo pe­riodismo cerebral, henchido de ideas. Dueño de prosa florida, jugaba con la retórica y desgranaba adjetivos ondulan­tes que debían encajar en forma precisa, o de lo contrario eran sacrificados.

Silvio Villegas se desem­peñaba con garra, con nervio, con alma de poeta. Desde La Patria de Manizales escribía en tono magistral para la amplia audiencia que disfrutaba de su prosa original y combativa, lírica y refinada. Ya en sus úl­timas jornadas se sentía aprisionado por el periodismo y buscaba el reposo de la bi­blioteca, luego de haber vivido la pasión del tribuno y la lisonja del diplomático. Se proponía iniciar las memorias que la muerte le frustró. Su verdadera vocación la suponía en el quehacer literario, aparte del afán editorial del periódico, donde pudiera enhebrar sus ideas con calma y delectación, superadas las angustias de la escritura veloz. Como para­doja, su mejor obra la escribió de afán.

Dostoievski realizó su no­velística inmortal acosado por los usureros y agobiado por dolencias físicas y espirituales. Pienso que el escritor ne­cesita cierto desasosiego como acicate para herir su mundo interno. La comodidad y el exceso de reposo no son los mejores tónicos para la produc­ción.

En el campo alternado del periódico y el libro se han movido no pocos de nuestros ilustres hombres de letras. Para Eduardo Caballero Cal­derón el periodismo restringe y desvía la calidad del escritor. Los temas se tocan al vuelo, sin mayores contornos, dentro de las exigencias de un público que va de prisa y que quiere notas breves para llenar la curiosidad de cada día.

Hay quienes piensan lo con­trario. Al no permitirles la velocidad del tiempo y el cerco de las preocupaciones sentarse a escribir un libro continuo, alejados del bullicio, van estruc­turando entre líneas de corrido las dimensiones de una obra a largo plazo. Tal el ejemplo de Luis Tejada, que se propuso escapar de lo circunstancial y lo efímero para fabricar breves ensayos que resistieran la embestida del tiempo. Sus Gotas de tinta, vertidas en El Es­pectador y trabajadas con minucias y mira ele­vada, son tratado de pe­riodismo ágil y profundo.

José Umaña Bernal, esteta y cirujano de la palabra, trabajador nocturno y maña­nero de duros rigores, huyó en sus Carnets de lo transitorio, lo provisional y lo inauténtico. En su columna de El Tiempo fue recorriendo, paso a paso, largas travesías.

Surge la pregunta intran­quila: ¿La gente prefiere el libro o el periódico? ¿O no le in­teresa ninguno de los dos gé­neros?0 Se llega al momento de la gran interrogación y es saber para quién se escribe. El mundo es hoy ligero y se aparta de los libros pesados. Prefiere la nota rápida. La idea debe llegar escueta, pero expresiva. Lo im­portante es transmitirla con gracia y simplicidad. Lo único que no pere­cerá es el estilo.

¿Se estará perdiendo el tiem­po en la fugacidad del perió­dico? Desde luego que no, si hay estructura para pensar. Se puede ser escritor perdurable en las glosas dispersas que con el tiempo unirán un itinerario intelectual. El periodista debe ser, por esencia, escritor. No siempre lo es. El buen escritor supone un buen periodista. La fórmula ideal está en la fusión de ambas calidades.

Se conciliarían todas las co­rrientes con dos puntadas fi­nales. La obra que mucho se piensa, que se trabaja con demasiadas exigencias, a lo mejor nunca se termina o no se entiende. Y es de pronto el ar­ticulo de urgencia, del afán cotidiano, que escarba aquí y allá, el que perdura. Creo que el arte no consiste en tratar temas profundos, sino en presentarlos con novedad. Cae al dedillo el consejo de escribir de prisa y con emoción, para luego co­rregir despacio.

El Espectador, Bogotá, 20-VII-1978.
El Pueblo, Cali, 23-VII-1978.
Aristos Internacional, n.° 44, Alicante, España, agosto/2021.