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Lección sobre Méjico

martes, 29 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Se escribe México o Méjico? Unos escritores utilizan la equis, otros la jota. Para mí la duda desaparece en adelante, después de la respuesta que he recibido de la Academia Colombiana en torno a este asunto. Aduce la entidad que “no hay en español palabras que se escriban de un modo y se pronuncien de otro”. Lo correcto, por consiguiente, es Méjico, con jota.

Esta es la consulta que formulé al doctor Horacio Bejarano Díaz, secretario de la Academia:

En la lengua azteca se escriben las palabras México, mexicano, con jota. En España estas palabras y sus derivados se escriben con jota, como suenan. En México utilizan la equis, pero la pronuncian con el sonido de jota. Me gustaría saber si la Academia tiene alguna norma al respecto. Veo que los escritores –y hablo de personas sobresalientes– utilizan en forma indistinta ambas grafías.

“Una vez el agregado cultural de la embajada de aquel país me anotó lo siguiente: ‘Le rogamos que en sus próximas comunicaciones escriba el nombre de México con x’. Esto, desde luego, hay que interpretarlo como una manifestación del sentido nacionalista del pueblo mejicano (y aquí se me ocurre que, por estar en Colombia, la jota es la auténtica).

“Ojalá la Academia me ilustre sobre la materia. Adelanto en el momento una biografía de Germán Pardo García, nuestro gran poeta que reside hace 59 años en el país azteca, y en ella, como es natural, abundan las dos palabras de la consulta”.

*

El doctor Horacio Bejarano Díaz me contesta lo siguiente:

“Me refiero a su consulta sobre la x que usan más que todo los mejicanos para escribir términos como México, mexicano y Texas. Primeramente es de anotar que ninguno de nuestros grandes escritores, como Miguel Antonio Caro, Rufino José Cuervo, Marco Fidel Suárez y el padre Félix Restrepo usaron la citada grafía sino que siempre escribieron Méjico, Tejas. En segundo término no hay en español palabras que se escriban de un modo y se pronuncien de otro; en realidad si se escribe México, hay que pronunciarlo Mégsico y esto sería ridículo.

“Don Alfonso Junco opina a este respecto: ‘No es devoción a lo indígena el escribir México con equis. Los indígenas no escribían México con equis de ninguna manera, porque carecían de alfabeto. Fueron los españoles quienes escribieron por primera vez la palabra, interpretando con letras el sonido que escuchaban. Los indios pronunciaban aproximadamente Méshico, y los españoles escribieron correctamente México, porque a principios del siglo XVI la x tenía valor fonético, la equis conservó el propio suyo que aún guarda (cs, gs)) y además el de jota. Con sonido de jota se pronunció Méjico desde tiempo inmemorial, a la vez que se escribía México –así invariablemente durante las tres centurias virreinales– puesto que la equis representaba entonces el papel fonético de jota. Convenía quitarle ese doble papel. En 1815, con muy juicioso acuerdo, la Academia Española determinó que se usara la letra jota para expresar el sonido cs y gs, que actualmente tiene…’

“Por la anterior disposición de la Real Academia, en las ediciones del Diccionario Mayor publicadas a partir de 1815, aparecen registradas con jota mejicanismo, mejicano y Méjico, Tejas y tejano”.

*

¿Quién va a utilizar –después de esta cátedra erudita que ojalá trascienda a los periódicos y a los medios cultos– la x de México? La lección es clara: Méjico.

El Espectador, 26 de diciembre de 1990.
Academia Colombiana de la Lengua, N°170, diciembre/1990.

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¿Poeta o poetisa?

martes, 27 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siempre utilicé la palabra poetisa, no poeta, para mencionar a las mujeres que hacen versos. De cierto tiempo para acá, los movimientos feministas insisten en que el término correcto es poeta para referirse a los dos sexos. Por mi parte, considero que los argumentos expuestos en mi columna de El Espectador del 22 de mayo de 1991 conservan plena validez. Dicho escrito, que fue acogido por la Academia Colombiana de la Lengua en su boletín número 172 de junio del mismo año, dice así:

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, la mujer que escribe versos o está dotada de imaginación poética recibe el nombre de poetisa. Y si se trata del hombre, se le llama poeta. Las dos palabras diferencian los sexos, y la poesía será siempre poesía –ni masculina ni femenina–, porque el arte es único. Dentro de las campañas de liberación femenina, en los últimos tiempos se ha puesto de moda designar a la poetisa con el título del varón: poeta. Se comete así un error de concordancia. Es lo mismo que decir señora ministro –sustantivo femenino con uno masculino–, o sea, un caso de hermafroditismo idiomático; o distinguido ministro, tratándose de una dama, con lo que se desconoce de plano el bello sexo de la agraciada funcionaria.

¿Acaso las campañas de liberación buscan borrarle el sexo a la mujer? ¡Ni más faltaba! Esto sería lo mismo que arrebatarle, en aras de una causa mal entendida, su dulce identidad. No se trata de masculinizar a la mujer, sino de ponerla a competir con los puestos y las dignidades. Decir la poeta Guiomar equivale a inyectarle hormonas masculinas a la tierna poetisa y así desnaturalizarla. Esto no es invención del cronista. Es el genio del idioma.

Hay dos palabras similares: profeta y profetisa, consagradas para cada sexo. También existen definiciones exclusivas: pitonisa será siempre palabra femenina por asimilación con la mujer que en la mitología de Apolo predecía el porvenir. Si dijéramos el pitoniso Ramiro, o sea, un caso de masculinidad adulterada, ya sabríamos de qué se trata.

Al entrar la mujer a ocupar las posiciones que antes eran exclusivas del varón, la sabiduría del idioma reconoció a nuestras queridas competidoras, con los términos indicados, ese justo derecho. Y cada cual continuó en su puesto. En los tiempos antiguos solo había médicos. Hoy también hay médicas. Lo mismo ingenieras, abogadas, capitanas, alcaldesas, gobernadoras, ministras, gerentas, presidentas, zapateras, peluqueras… Sin embargo, algunas universidades todavía le dan el título de ingeniero o médico –sustantivos masculinos– a la mujer. Parece que en tales recintos no hubiera entrado la evolución del idioma, que también es una conquista de la mujer.

P“oetisas siempre las ha habido –y las habrá– por más que ciertos alardes feministas persigan, en un desmedido afán por igualarlas con el hombre, volverlas machos. ¡Y dicen que el hombre es el machista! La poesía, entre tanto, seguirá siendo poesía. No importa quién la elabore.

La poetisa Meira Delmar -que no el poeta– hizo esta defensa de la mujer en su discurso de ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua: “Tal vez no sobre aquí una breve observación dirigida a los que opinan que se encarece más a la poetisa si se le llama poeta, olvidando no solo elementales principios de gramática, sino la verdad incuestionable de que si la obra de arte cumple su cometido y trasciende su propia materia –palabra, sonido, color y forma– para transformarse en ese ‘algo más’ que constituye su real esencia, no será ni más alta porque se le atribuya a un creador, ni menos porque se le asigne a una creadora”.

 * * *

El poeta y académico Óscar Echeverri Mejía hace en sus columnas de prensa (que se reproducen en varios periódicos regionales) el siguiente comentario, titulado  Defensa de la palabra poetisa:

“En más de una ocasión he escrito sobre el tema: es contrario al buen uso y a la concordancia llamar poetas a las poetisas. Lo dice el Diccionario de la Lengua y lo manda la Academia Colombiana. Vuelvo al tema después de leer en la interesante revista Manizales un artículo del escritor Gustavo Páez Escobar, del cual extractaré algunos párrafos, por considerarlos atinados (…)

“Más adelante, Páez Escobar cita al secretario ejecutivo de la Academia de la Lengua, Horacio Bejarano Díaz, quien se muestra totalmente de acuerdo con las ideas expuestas al respecto por Páez Escobar, y reafirma que estas coinciden con las de la entidad rectora del idioma en nuestro país. De manera que Meira del Mar, Maruja Vieira, Dora Castellanos, Mariela del Nilo, mis ilustres colegas, en la Academia, son poetisas, a mucho honor y conforme con lo que mandan las Academias Española y Colombiana de la Lengua”.

***

José Ríos Trujillo, notable glosador del idioma, expone lo siguiente en el diario El Tiempo (7-I-92):

“Frecuentemente se oye decir poeta, para designar a un hombre o a una mujer que hacen versos, indiscriminadamente, como si se tratara de un sustantivo de género común a ambos, que abarca los dos sexos, lo que constituye un error gramatical.

“En efecto, la palabra poeta (que en griego significa creador) en castellano designa únicamente al varón que se dedica al anterior quehacer, pero si se trata de la mujer, el término que le corresponde es poetisa. Este error no se cometía cuando los ministros de Educación exigían la enseñanza del castellano como materia primordial y éramos por eso reputados los colombianos ante los extranjeros como los que mejor hablábamos el idioma.

“Las palabras en cuestión fueron tomadas del latín, donde existía el sustantivo poeta para el varón y poetria para la mujer, en la época clásica, y en la de la baja latinidad poetissa. Estos a su turno fueron tomados del griego donde existía el término poietés para el varón y poiétria para la mujer. Curiosamente son las mismas poetisas las que quieren denominarse poetas, como si se tratara de un término peyorativo el que les corresponde, lo que es paradójico en los tiempos de la revolución femenista (sic)”.

 * * *

El escritor Hernando García Mejía me envía una carta desde Medellín, el 19 de octubre de 1992, y en ella me cuenta un simpático episodio:

“Ayer, domingo 18, en su columna Funcionalidad del idioma, mi buena amiga Lucila González de Chaves reprodujo parcialmente tu excelente nota sobre la palabra poetisa, tan injustamente vilipendiada y rechazada por las hijas de Eva que cometen versos.

“¿Sabes qué llegó a decir en las mismas páginas de El Colombiano Dominical una de dichas damas: ‘¿Y por qué a los hombres no les dicen también poetisos?’. Esto me recuerda una anécdota de un amigo mío, de esos que emplean palabras sin conocer su verdadero significado. Pues bien, el sujeto de marras me llamaba siempre poetastro. Poetastro esto, poetastro aquello, poetastro lo de más allá. Un día, entre irritado e intrigado, le pregunté: ‘Dime, hombre, ¿tú sabes realmente lo que significa poetastro?’. Y el ‘académico’ respondió ni corto ni perezoso: ‘¡Claro, hermano! ¡Claro! ¡Significa poeta grande como un astro”.

Antonio Panesso Robledo escribe en su columna de El Espectador (7-VII-1992):

“En estos días se realizó en nuestro país una asamblea de ‘mujeres poetas’. En otro tiempo se llamaban poetisas, una expresión que se sigue aplicando a Safo y a Gabriela Mistral. En Colombia, las señoras que hacen versos han preferido llamarse oficialmente ‘mujeres poetas’, por alguna razón no muy clara. La primera vez que oí hablar mal de la palabra ‘poetisa’ fue al poeta Eduardo Carranza, a quien nunca le gustó ese vocablo, así como detestaba también la palabra ‘mirlo’.

“Empero, poetisa es una palabra muy bonita, bien formada en la tradición del idioma y usada durante siglos por los escritores de la lengua española, incluyendo a las mismas poetisas.

“El capricho de rechazar esa palabra se pone de bulto cuando se piensa en femeninos sonoros y expresivos, como emperatriz. A nadie se le ha ocurrido hasta ahora llamar a Eugenia ‘la mujer emperador’. Tampoco dice nadie ‘mujer actor’ para designar a María Eugenia Dávila. Decimos actriz, otra bella palabra española de la mejor estirpe.

“Un fenómeno cultural destructor que influye en estos fenómenos es el unisex, originado hacia 1968 y que ha tendido a la confusión de los sexos, en una atolondrada tendencia de garantizar los derechos femeninos y la ‘igualdad’ de mujeres y hombres. Al idioma penetró esta broca con ímpetu mayor en ciertos idiomas…”

 * * *

En días pasados (ya estamos en el nuevo siglo) asistí a un acto académico en torno al bello poemario de Inés Blanco Navío de arena, para el que escribí el prólogo y donde la menciono como poetisa (con perdón de mis queridas amigas y amigos que no comparten este vocablo). Y me encontré con una situación curiosa: quienes intervinieron con su palabra en la velada, tanto mujeres como hombres, siempre la llamaron poeta. Por lo tanto, quedé reducido a una abrumadora y única minoría. Como para salir corriendo. Pero no lo hice.

Recordé que días atrás, el 7 de septiembre de 2003, había leído la columna semanal que Soledad Moliner, una autoridad del idioma, escribe en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en la que absolvía la duda que se ha acrecentado en los últimos tiempos sobre si lo legítimo es poeta o poetisa. Transcribo la columna de Soledad Moliner:

Pregunta: “Varias cartas evocan a la desaparecida María Mercedes Carranza, llorada promotora de la cultura y la poesía, y preguntan por qué razón rechazaba para sí el término poetisa. Igualmente inquieren si debe decirse ‘Casa de la Poesía’ o ‘Casa de Poesía’.

Respuesta: “En cuanto a esto último, es indiferente el uso del artículo. Por otra parte, poeta es ‘el que compone obras poéticas’. Autores como Emilio Alarcos lo consideran masculino, pero para otros, abarca ambos géneros. Poetisa, en cambio, es definición exclusiva para la ‘mujer que hace versos’. Algo parecido ocurre con cantante (el/la) y cantatriz (solo la). Corresponde a una terminación femenina usual en castellano: papisa, sacerdotisa (…) Entiendo que, al rechazar el término, María Mercedes Carranza rechazaba la connotación de una poesía femenina, que le olía a ateneos y centros poéticos para señoras”.

 * * *

Como puede observarse, la cuestión está polarizada. En vista de estos vientos contrarios (y ya se sabe que las palabras nacen o se transforman por el uso popular, y también mueren), no queda fácil implantar una regla o teoría única. En los tiempos de Laura Victoria no había “mujeres poetas”. Todas eran poetisas y lo único que les afanaba era hacer buena poesía.

Debo anotar que mi posición, que tiene cierto carácter de anécdota, no es dogmática ni caprichosa. Pero la defiendo con las razones de peso que exponen las Academias de la Lengua y con el aliento que me transmiten las voces autorizadas que he citado, las que además considero útiles para los lectores de estas páginas. He querido tocar este asunto palpitante, de indudable interés para los estudiosos del idioma y para los propios cultivadores de la poesía, para que otros sigan buceando en el tema. Pienso que el choque actual es asunto de moda, de aire ambiental. ¿Cuánto durará esta moda?

Prometeo Digital, Madrid, España, 2006.
Revista Mefisto, No. 65, Pereira, 2009.

Baculazos

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Gustavo Páez Escobar

La aplicación por primera vez en Colombia de la ley del aborto ha dado lugar a reñida controversia entre la jerarquía eclesiástica y la opinión pública. El cardenal Alfonso López Trujillo, presidente en el Vaticano del Consejo Pontificio para la Familia, se vino lanza en ristre contra quienes intervinieron en la suspensión del embarazo de una niña de once años a quien su padrastro había violado.

El problema residía en que el organismo de la niña no era apto para la formación del feto (que llevaba mes y medio de gestación), lo que impediría el nacimiento de una criatura normal. De ocurrir el parto, la joven madre expondría su propia vida, y en caso de supervivencia recibirían –ella y su hija– graves traumas sicológicos. La situación encajaba en los tres casos previstos por la ley para realizar el aborto: cuando haya violación o incesto, cuando se encuentre en peligro la salud de la madre o cuando haya malformaciones en el feto que hagan inviable su vida.

El aborto se realizó dentro del marco jurídico. No obstante, el cardenal López Trujillo señaló como “red de malhechores” a quienes habían participado en el proceso, y les anunció la pena de excomunión. Como “malhechores” –es decir, delincuentes– quedaban incluidos el personal médico y paramédico del Hospital Simón Bolívar, los magistrados que habían votado a favor de la ley, e incluso los periodistas que la habían apoyado con comentarios públicos.

Ante semejante desmesura, El Tiempo terció en el debate con el editorial titulado La lengua del Cardenal, donde apoya la legitimidad jurídica, al acatarse, como se acató, lo establecido por la norma (dentro de una “sociedad plurirreligiosa como la colombiana –enfatiza el editorial–, donde las leyes no tienen por qué someterse al ‘nihil obstat’ vaticano: les basta el ‘imprimatur’ de la Constitución y la ley”).

La polémica, acalorada en ocasiones, no debería llegar al extremo de la excomunión, figura temible que en viejas épocas de ingrata recordación –movidas por el fanatismo religioso y la pasión política– se prestó para el abuso y se convirtió en arma que asustaba las conciencias.  A lo largo del tiempo, figuras famosas del país, lo mismo que entidades, han sufrido anatemas y excomuniones que hoy carecerían de razón.

El Espectador padeció censuras y hostigamientos, oficiales y religiosos. Fidel Cano, su fundador, fue encarcelado varias veces por capricho de las autoridades y recibió reprimendas religiosas por sus causas sociales y la defensa de la libre opinión. En 1888, cuando se adelantaban grandes preparativos para celebrar con pompa y lujo las bodas de oro sacerdotales de León XIII, un escritor criticó la suntuosidad de dicho suceso, frente a la pobreza y humildad vividas por Cristo. Como represalia por el artículo, el obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo, prohibió a los fieles, bajo pena de pecado mortal, “leer, comunicar, transmitir, conservar o de cualquier manera auxiliar al periódico titulado El Espectador”.

En 1948, monseñor García Benítez censuró un cuadro de Débora Arango en el que un obispo le daba la comunión a una prostituta, y amenazó con excomulgarla. El filósofo y escritor Fernando González fue excomulgado por sus escritos irreverentes. Lo mismo sucedió con Vargas Vila, por la publicación de su novela Ibis, en 1900, y por sus críticas contra el clero. El párroco de Choachí hizo quemar el granero del poeta Germán Pardo García por no pagar diezmos y primicias.

En los años 20 del siglo pasado, la familia Botero inició en Circasia la construcción del Cementerio Libre –“monumento a la libertad, la tolerancia y el amor”–, que recibió el apoyo decisivo del filántropo Braulio Botero Londoño durante el resto del siglo. La obra nacía como una necesidad –y una protesta– frente a la prohibición de enterrar en cementerio católico a los librepensadores, a los suicidas y a quienes, a criterio del párroco, vivieran en “estado de pecado”. Los promotores del proyecto fueron a dar varias veces a la cárcel por atentar contra la religión.

Enrique Santos Montejo –Calibán–, el columnista más leído del país con “La danza de las horas” en El Tiempo, recibió tres excomuniones cuando dirigía La Linterna en la ciudad de Tunja, debido a sus denuncias contra el clero por su intervención en política y su enriquecimiento personal y de las comunidades religiosas.  Por aquellos días, un amigo ponderó el fino traje que lucía Calibán en la capital del país, ante lo cual éste le manifestó: “Estoy estrenando mi vestido de primera excomunión”.

Tiempo después, el ilustre periodista comentaba: “Instalado yo en Bogotá, me encontré un día con monseñor Restrepito, quien cariñosamente me dijo: ´Camina conmigo y te quito esa calamidad de la excomunión que puede entrabar tu carrera. No tienes que hacer declaraciones ningunas’. Así fue. Monseñor Restrepito me puso una estola en el hombro. Me dio una porción de bendiciones con muchos latines. Así regresé al seno de la Iglesia, dentro del cual espero morir liberado de la gran pesadumbre de mis pecados y locuras”.

Esto de la reconciliación y el perdón, de parte y parte, suena muy bien en estos días en que el cardenal López Trujillo anuncia una lluvia de excomuniones. Al dejarme perplejo esta actitud, corrí a desempolvar viejos capítulos del país dominado por el sectarismo, la ortodoxia y la intemperancia, y los comparé con los actuales.

En esta carrera me tropecé con Lutero, el monje alemán que criticó a la Iglesia  por la práctica, entre otros casos, de ofrecer la salvación del alma mediante las donaciones, las bulas y las indulgencias. La salvación del alma solo se consigue, dijo el monje, con la fe y la confianza en Dios. Su censura le valió la excomunión. Y dio origen al protestantismo, hace cerca de 500 años. Después de tanto tiempo, Juan Pablo II vino a reconocer que Lutero tenía la razón y le levantó la excomunión. Lo mismo sucedió con Galileo Galilei, a quien Roma condenó como hereje (y por poco va a la hoguera, si no abjura ante la Inquisición), debido a su defensa del sistema cósmico de Copérnico. También Galileo tenía la razón. El Papa, por tamañas equivocaciones, le pidió perdón al mundo.

Viene al caso la sabia receta, que separa lo divino de lo humano: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

El Espectador, Bogotá, 9 de septiembre de 2006.

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Comentarios:

Sobre tu tema hay mucha tela para cortar. Una hermana de Luis Granada Mejía, Aleyda, que había sido monja y era mi compañera de trabajo en el almacén de Héctor Gutiérrez Mejía, decía con la mayor propiedad que matar liberales no era pecado. Y el padre Alzate, cura de Circasia cuando yo era un niño, azuzaba a la gente para que apedreara la casa donde vivía una familia de protestantes. El caso es que ya nadie se asusta por las excomuniones, menos cuando provienen de la arrogancia del cardenal López Trujillo, un Torquemada perdido en el siglo XXI. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Gracias por tu artículo a propósito del tan cuestionado exabrupto de ‘Savonarola’ López Trujillo. Me pareció buenísimo y ojalá él lo lea para que se dé cuenta de que no solo él sino muchos otros han procedido en igual forma, hasta el punto de que el papa Juan Pablo II tuvo que pedir perdón en nombre de la Iglesia, tal como tú lo recuerdas. Daniel Ramírez Londoño, Armenia.

Haces un simpático relato de algunas situaciones en las que ha habido sanciones eclesiásticas. Y digo simpático porque aunque el tema es bastante delicado y complejo le has dado un tono intrascendente y el apunte de Calibán vale por un texto. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Palabras cruzadas

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde mi traslado de Armenia a Bogotá, hace más de veinte años, ya sabía que el odontólogo Daniel Ramírez Londoño preparaba un diccionario para crucigramas. Como apasionado por dicho pasatiempo, Daniel se forjó el plan de ir elaborando una obra de consulta fácil para resolver los acertijos que plantean los crucigramas, desde los más comunes hasta los más ingeniosos y complicados.

El amigo quindiano se había ideado su propio método de trabajo, consistente en adelantar la tarea con base en los crucigramas que él mismo descifraba en sus ratos de ocio, lo que suponía ponerse en el lugar de la persona enfrentada a esta afición, para suministrarle una serie de posibilidades o fuentes de consulta que lo llevaran a encontrar respuestas en la obra novedosa que planeaba, la que por supuesto exigiría largo trabajo para su elaboración.

Me desentendí de la noticia sobre dicho propósito, y en estos días llegó a mis manos, publicado por la Universidad del Quindío, un tomo de 328 páginas, en formato de 21 por 27 centímetros, que lleva por título Diccionario de sinónimos y Diccionario al revés para crucigramas. Considerando que cada página tiene cuatro columnas para las definiciones (es decir, unas 1.300 columnas en total), puede deducirse la ingente labor que ha significado la fabricación de la obra.

Si se pusieran en fila los crucigramas que el autor ha resuelto en más de veinte años, y que le proporcionaron la materia prima para armar este libro curioso y útil –tanto para crucigramistas como para cualquier persona que busque información rápida sobre diversos tópicos–, tendríamos una extensión incalculable, que a buen seguro el mismo autor no podrá determinar.

Desde luego, el diccionario no da todas las respuestas a la infinidad de preguntas y dudas que surgen en estos rompecabezas, pero sí contiene un inmenso acervo de datos (como el de los sinónimos y parónimos, campo muy fértil en el libro) que en la mayoría de los casos conduce a la solución acertada. Tampoco ningún diccionario da todas las respuestas, y ni siquiera el de la Real Academia Española, que vive desactualizado en razón de la permanente evolución del idioma.

Al crucigrama se le califica el “rey de los pasatiempos”. Es la diversión más popular en todo el mundo. Tiene la ventaja de que entretiene enseñando. Practicando esta disciplina constante, que apenas requiere unos minutos diarios, como lo hace el inquieto amigo quindiano desde que comenzó a leer periódicos –¡cuántos años hace!–, se mejora el vocabulario y se adquieren diversos conocimientos sobre las ciencias, ha historia, los países, la gente notable, las ciudades, los ríos, la naturaleza, el arte, la mitología, las plantas… Sobre la vida humana en general.

Según los médicos, la lectura y la actividad de descifrar crucigramas favorecen la función cerebral y protegen a la persona contra algunos deterioros y enfermedades, como la pérdida de la memoria, el alzhéimer y la demencia senil. Es conducente pensar que Daniel se encuentra amparado contra estas embestidas de la edad adulta en virtud de su disciplina impenitente por las palabras cruzadas, que le prometen gozosa longevidad.

No se sabe a ciencia cierta quién fue el creador del pasatiempo que hoy le da energía a esta columna. Según el prologuista de la obra, médico y crucigramista Rubiel Mejía Ramírez (otro apasionado del sano hábito de no tener la mente ociosa), sería Tour Wynner, en Norteamérica. Por internet me entero de que una primera versión apareció en Inglaterra en el siglo XIX, y que el crucigrama moderno hizo su primera aparición en Estados Unidos, en New York Word, en diciembre de 1913. Quizá algún lector pueda aportar mayores datos.

En el Quindío suceden cosas extraordinarias. En 1980, el escritor folclorista Euclides Jaramillo Arango publicó, con el sello de la Editorial Bedout, otro diccionario singular, donde recoge el habla propia de las gentes del Quindío, en especial el que tiene que ver con la actividad cafetera. Y lo llamó Un extraño diccionario. Obra deliciosa, llena de humor, de anécdotas y de historia, donde se deslizan costumbres y apuntes regionales movidos con la gracia que caracteriza toda la producción literaria del genial escritor.

Ahora, la labor silenciosa de Daniel Ramírez Londoño representa otro hecho destacable en la comarca quindiana. Valioso aporte para la cultura de su tierra y del país. Su paciencia benedictina le ha permitido coronar con creces este empeño digno de ponderación.

El Espectador, Bogotá, 24 de julio de 2006.

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En la muerte de una monja

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Habíamos salido muy temprano de Bogotá para asistir en Villa de Leiva al entierro de la hermana Ana Josefa, carmelita descalza. Cuando llegamos, antes de las nueve de la mañana, todavía la población se encontraba dormida. Algunas personas se movían en la plaza como sombras de la noche anterior. Y es que en Villa de Leiva el tiempo no corre. Ese es su secreto.

No hay allí afán para nacer, y tampoco para morir. Parece, al igual que Comala –el pueblo quieto de Juan Rulfo–, territorio de almas vaporosas. Pueblo de sombras, de resplandores etéreos. Algún parroquiano se apostará en la pared centenaria y se dedicará a ver correr el tiempo. Y como éste no corre, también el vecino sospecha que está fosilizado. Ambos, la persona y el tiempo, se encuentran en un ángulo de la plaza y dialogan sobre la inmovilidad de sus existencias.

En el convento de las Carmelitas Descalzas, enmarcado entre pesadas y blancas paredes de eternidad, la quietud era absoluta. Podía masticarse la paz. Por ninguna parte había vestigios de muerte. Nos deslizamos hasta el torno, como si fuéramos parte de las sombras, y tocamos. Hablamos con duda y reverencia. Pensamos que iba a contestar el silencio, pero no. Cuando oímos el ¡Ave María Purísima! , supimos que adentro había vida. En la salutación recibimos un aire, un respiro del encierro conventual.

Íbamos, sin embargo, a buscar a la hermana Ana Josefa, la muerta de la madrugada. Y por allí debía estar, entre aromas de naranjales y lirios. Al otro lado –o sea, la separación del mundo y el edén espiritual–, la voz de nuestra interlocutora, tenue voz de santidad, nos informó que en la capilla, atravesando el parque, estaba la hermana Ana Josefa. Nos lo dijo con suavidad, sin tono mortuorio y casi con alegría.

Como en el sacro recinto no existía alteración alguna, ni signos fúnebres ni lloros mundanos, hubiera podido pensarse que nada había ocurrido. Y aquí, otra vez, la sensación de que en Villa de Leiva el tiempo está detenido. Con mayor razón en la densidad del convento.

No localizábamos a ninguno de nuestros familiares que habían viajado el día anterior. Tal vez ellos, también, se habían vuelto invisibles, como tantas cosas inertes de la población. Al fondo de la capilla divisamos dos siluetas que velaban ante el féretro. Eran dos hermanos de la monja, compenetrados con su recuerdo. Hablaban en secreto con quien, fuerte ante la última arremetida de la dura enfermedad, se había ido adelante.

La hermana Ana Josefa –Lucilita, como la llamábamos cariñosamente–, que un día fue superiora del convento, nos esperaba allí, en la iglesia del Carmen, serena y angelical. No estaba muerta. Por el contrario, la vimos bella y radiante. Algo debe pasarles a las religiosas en su último trance terrenal, cuando toman carne fresca y actitud de vuelo. Se van convencidas de que se han reencarnado en Cristo, y por eso sonríen, y derrotan las enfermedades, y expiden perfumes celestiales. Penetran en su última morada con belleza seráfica.

En la misa concelebrada por siete sacerdotes y con la presencia de una legión de diáconos y monjas, todos hermanos en la religión, que no lloran sino que cantan, la hermana Ana Josefa ascendió entre salmos y alborozos a su reino espiritual. El recinto no olía a muerta: olía a santa.

La escena parecía sacada de Comala, el pueblo de las almas errantes, que quedan flotando para siempre por los contornos del sueño. En Villa de Leiva parece que la vida fuera inmaterial. Allí la misma muerte es silenciosa. Tiene algo de fascinante. Cuando una monja muere, sólo ocurre un aleteo. Apenas se siente un suspiro.

El Espectador, Bogotá, 22 de agosto de 1988.

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