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De Carlos Botero Herrera

martes, 18 de agosto de 2009

(La Patria –Revista Dominical–, Manizales, 19 de diciembre de 1982)

«Dos especies de escritores tienen genio: los que piensan y los que hacen pensar», dice un generalizado proverbio. Para mí, y seguramente para quienes ya han degustado de su lectura, en Gustavo Páez Escobar se reúnen estas dos virtudes, porque en realidad él es un verdadero pensador, consciente a plenitud de lo que su mano asienta, y por eso sus escritos no pecan, ni podrán pecar nunca, de ligereza y precipitud, ya que ellos llevan la auténtica definición del hombre que medita y recapacita cada lance literario.

Su producción tampoco se lee como simple noticia, ni menos para salir del paso, porque quien disfruta de su lectura tiene que sacarle provecho espiritual, luego de pensarla, meditarla y saborearla a conciencia.

Es notable el avance de Páez Escobar en el difícil campo de las letras, tomando como su iniciación de escritor serio y profesional la fecha de 1971, cuando publicó su primera novela, Destinos cruzados, extendiendo, en prodigiosa marcha de inalterable voluntad, las virtudes y singularidades de su honesta capacidad. Honesta, porque esta es otra cualidad sumada a las múltiples de que puede ufanarse el artista.

Y su honestidad va más allá de toda posibilidad humana, pues esta se confunde con la abierta sinceridad y ruda franqueza de sus conceptos, por muchas razones meritorios. Este Páez Escobar duele a veces en sus apreciaciones, pero ello es producto de una inequívoca conducta y de un inalterable temperamento. Es su filosofía personal, depurada y bien calificada, sostenida, en su talento y en su lucha, por una férrea voluntad y una envidiable disciplina.

A veces se piensa si la capacidad y la facilidad literaria de Páez Escobar se confunden con sus labores de alto ejecutivo bancario, pero se debe entender que, una y otra, marchan en forma independiente, y se haría difícil aceptar que esa gran elocuencia artística, con tonos de seriedad y simpatía, cuando no humorísticos, producida con un elevado sentido de responsabilidad hacia la brillante exigencia de su inspiración, se ligara al frío sentido de las cosas materiales y se valorara en la misma proporción de los mercados bursátiles.

Sin embargo, habrá que reconocer que, de su normal y angustioso papel de ejecutivo, se debe nutrir alguna parte de sus cosechas, porque en aquel campo brotan también las consideraciones que puedan merecerle la conducta y la penuria del hombre común. Solo está en la mente del artista delimitar las diversas fronteras de su comportamiento en los distintos tramos de su actividad y reconocer la influencia de unos y de otros para el desenvolvimiento de los mismos.

La edad aparente de Gustavo Páez Escobar da para pensar que es mucho lo que se puede esperar de su ya demostrada capacidad, y que su última obra, Caminos, se podrá contar luego, cronológicamente, como una de sus primeras producciones.

En cuanto al Quindío se refiere, tenemos que aceptar, de muy buena gana por cierto, que desde hace algún tiempo para acá Gustavo Páez Escobar ha sido abanderado de la región en cuanto al aspecto literario se refiere, aspecto no limitado a los ya varios libros publicados sino al hecho importante de hacer parte de la nómina de colaboradores permanentes de El Espectador y La Patria, diarios que lo cuentan como a uno de sus más capaces articulistas.

La cultura quindiana tiene en Páez Escobar un valioso eslabón, e injusto sería no incluirlo entre los valores propios de la tierra, hacia la cual ha demostrado su buena conducta y simpatía. Y es que la región y sus gentes lo tienen como a uno de sus más preclaros hijos.

Decir que Gustavo Páez Escobar hace parte vital del meridiano cultural del Quindío es apenas sensato como concluyente reconocimiento a sus múltiples méritos, como lógico es agigantar su figura espiritual a la altura de los más claros exponentes de las letras regionales, como Julio Alfonso Cáceres, Baudilio Montoya, Humberto Jaramillo Ángel, Jesús Arango Cano, Euclides Jaramillo, Carmelina Soto y tantos otros merecedores de justos galardones.

(Sigue una entrevista con el escritor).

Concluimos esta agradable e ilustrativa charla con el hombre del día en el Quindío en cuanto a literatura se refiere, Gustavo Páez Escobar, cuyas obras, a nivel nacional, han dado y seguirán dando qué decir, porque se trata de un estilo renovado, ágil, prudente y contemporáneo, bajo la disciplinaria escuela de una personal superación. Este es el hombre, el escritor que Armenia muestra a Colombia, no como una continuidad de sistemas sino como una continuidad de voluntades y valores.

 

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