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El furor de las aguas

sábado, 11 de febrero de 2012

Por: Gustavo Páez Escobar

Nunca pensó el presidente Santos que durante su gobierno le correspondería reconstruir al país, afectado de manera catastrófica por la peor ola invernal que ha ocurrido en toda la historia colombiana.

Ocurrida la emergencia a los pocos meses de iniciada su administración, las cinco locomotoras que anunció en la campaña presidencial para el desarrollo de la nación (sector de la vivienda, infraestructura, sector agrícola, sector de la minería y el petróleo, y desarrollo tecnológico) aún no han tomado impulso. No es que esas iniciativas estén paralizadas, sino que la atención del desastre les ha quitado el vigor que por estos días, nueve meses después de iniciado el gobierno, debería mostrar resultados evidentes que no se ven.

Mientras tanto, las fuerzas desatadas de la naturaleza mantienen a la gente perpleja y atemorizada ante tanta desgracia pública que ocurre en todo el territorio. Grave situación la causada por este crudo invierno que no ha cesado en un año y que se prolongará, según el Ideam, hasta el mes de junio en la región andina, pero luego las lluvias se trasladarán a la costa del Atlántico.

El desborde de los ríos, quebradas, lagunas y embalses hasta extremos nunca imaginados ha destruido la red vial, inundado poblaciones enteras (como Útica), arrasado cosechas, ahogado animales y producido una verdadera hecatombe nacional. Los muertos ascienden a 418 (entre ellos, 90 en el presente año). Las personas afectadas pasan de tres millones, y muchas han quedado en la ruina absoluta.

La Sabana de Bogotá ha sido una de las regiones más castigadas por el furor de las aguas. Se perdieron grandes cantidades de fresas, flores, hortalizas y papa en más de 20.000 hectáreas inundadas. La leche sufre una merma de 300.000 litros. Los ríos Bogotá, Frío y Ubaté irrumpieron como tromba maldita. La Universidad de la Sabana, que ha puesto tanto empeño en la construcción y mantenimiento de su sede, quedó anegada. La laguna de Fúquene, que desde muchos años atrás ha mermado su nivel a merced de los cebolleros, se rebosó como jamás había sucedido, ahogó las siembras de cebolla e hizo imposible el tránsito en una carretera de vital importancia para la región.

La primera lección que puede sacarse de esta debacle es el maltrato continuo  que se le ha dado al medio ambiente durante largo tiempo. Colombia, país de inmensa riqueza ecológica, no ha sabido cuidar la naturaleza. Por eso, esta se rebela y cobra los abusos cometidos. En lugar de cuidar la forestación de los montes y las riberas de ríos y lagunas, hacemos todo lo contrario. Queda una segunda lección, entre las más significativas: la precariedad del Estado para contrarrestar con prontitud estos golpes sorpresivos. En este terreno cabe mencionar la pésima estructura de las carreteras, prioridad que registra un retraso inaudito y nos tiene a la zaga de la mayoría de países del continente.

El director del Ideam, Ricardo Lozano, define muy bien el fenómeno: “La Niña no ha dejado de impactar al país. Es como un huracán completo que entra y se queda por meses”. Y del presidente Santos es la siguiente revelación: “Cuando me fui a la sierra nevada de Santa Marta a saludar a los mamos, ellos me advirtieron que la naturaleza se vengaría de los abusos del hombre y que el país se vería enfrentado a grandes inundaciones en su territorio”.

En medio del desastre, hay que admirar la serenidad, el tino y el pragmatismo con que el presidente Santos ha sabido afrontar la crisis. Si todavía sus cinco locomotoras no han emprendido la plena marcha, frenadas por la conmoción nacional, el Gobierno ya puso en marcha mecanismos eficaces de apoyo a la gente damnificada y reconstrucción de los bienes materiales más apremiantes. Por lo pronto, están arbitrados 4,4 billones de pesos para cubrir buena parte de los destrozos.

Hay que confiar en las buenas acciones del Gobierno y no permitir que el optimismo, que es la principal fuerza para salir del naufragio, se debilite. Y nos ayude a fortalecer la esperanza.

Eje 21, Manizales, 28-IV-2011.
El Espectador, Bogotá, 28-IV-2011.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-IV-2011.

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Comentarios:

Creo que el furor de tanta agua es buscando limpiar esa suciedad que nos invade, no el invierno. Luis Fernando Echeverri Calle, Medellín.

Tarde o temprano, la Naturaleza siempre pasa la factura, y ahí vienen entonces el llanto y el crujir de dientes. Muy buena tu columna, y ojalá que sea fundado tu optimismo en la gestión presidencial. Ricardo Bada, Colonia (Alemania).

Perfecta descripción de lo que los colombianos estamos viviendo. Esta vez, a diferencia de años anteriores, el invierno tocó todos los estratos sociales y es así como se sensibiliza aún más este grave problema de la naturaleza enfurecida por el mal manejo de las manos nuestras. Si no nos concientizamos, toda esta deforestación que se viene presentando será nuestro enemigo permanente, como lo ha sido el hombre para la tierra. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Para los que vivimos en el exterior es triste y depresivo ver cómo se anega nuestro bello país, pero da rabia y coraje que mientras la ola invernal arrasa con todo y se necesitan recursos monetarios de urgencia, los corruptos y ambiciosos cínicamente y sin ninguna vergüenza siguen esquilmando el tesoro público y privando a sus compatriotas de recursos urgentes y necesarios. Luis Quijano, Houston (Estados Unidos).

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