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Hacia una Colombia mejor

martes, 11 de julio de 2017

Por: Gustavo Páez Escobar

Colombia no está en la boca del lobo, como dicen los pregoneros de desastres. Ni frente a un despeñadero. Las voces apocalípticas que buscan nutrir sus propios instintos con fines egoístas y electorales no hacen otra cosa que falsear la realidad nacional para presentar al país al borde de la catástrofe.

Como lo manifiesta el general Óscar Naranjo en su entrevista con Yamid Amat, su mirada al país le hace recordar los 260.000 muertos y los 8 millones de víctimas dejados por la guerra. Hace memoria de las 3.800 personas secuestradas a finales de los años 90, y de los policías asesinados (uno cada 36 horas) durante el tiempo en que fue director de la Policía. Hoy, esa ola de secuestros y asesinatos es historia del pasado. “Creo —dice— que la dejación de las armas ya hizo de este proceso un hecho irreversible”.

Entramos en la etapa de la paz. Serán muchos los obstáculos que aparecerán en  el camino de las confrontaciones políticas. No obstante, la inmensa mayoría del país siente los aires de la reconciliación y percibe los beneficios de este pacto sorprendente que le cambia el rumbo a Colombia. A medida que el tiempo transcurra, se verá el surgimiento de un país nuevo que lejos del estallido de las armas ha de florecer en los campos social y económico.

La llegada de la paz nos toma de sorpresa a los colombianos, porque estábamos acostumbrados a la guerra sin fin. Somos hijos de la guerra. Y víctimas del terror y la maledicencia. La apatía nacional, la desinformación, el torrente de rumores y mentiras propagados por las redes sociales, el auge de las amenazas y los miedos, los mensajes de ira y destrucción crearon una atmósfera enrarecida y bárbara. Colombia se volvió indescifrable.

Todo esto es lo que debe cambiarse. Las palabras de monseñor Luis Augusto Castro al retirarse de la presidencia del Episcopado representan una urgencia inaplazable: “Tenemos que perdonarnos y reconciliarnos. Ahora que las Farc se desarmaron, tenemos que desarmar nuestros corazones”.

En medio de este turbión de noticias fatídicas y perturbadoras, muchas voces se han expresado desde los espacios de opinión con serenidad, mesura y raciocinio. En sentido contrario, abundan las columnas explosivas, guiadas por la pasión y el ánimo aniquilador. El derecho a disentir es uno de los dones más preciados de la democracia, pero debe ejercerse con altura y respeto. En la sana controversia sobran las palabras hirientes y los juicios exacerbados.

Por desgracia, este es el ambiente que hoy se vive al entrar el país en la etapa del posconflicto. El periódico El Tiempo, en su Manual de Redacción que acaba de promulgar, hace esta recomendación a sus periodistas: “Cuide el lenguaje para que no escinda, estigmatice, generalice o divida”.

Es cierto que con el acuerdo firmado con las Farc no se obtendrá la paz absoluta. Sin embargo, mucho se ha avanzado. Y se seguirá avanzando. Habrá que ajustar algunas piezas dentro de los mecanismos establecidos, pero los puntos centrales de la negociación, que ya se encuentran en marcha, garantizan que las condiciones están dadas para que al fin Colombia salga de la horrenda noche luego de 53 años de lucha fratricida.

El Espectador, Bogotá, 7-VII-2017.
Eje 21, Manizales, 7-VII-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-VII-2017.

Comentarios

Comparto a plenitud los términos de la columna. Estoy en las filas de quienes creen que avanzamos a pasos agigantados hacia la paz, la convivencia y la justicia social. Augusto León Restrepo, Bogotá.

En mi bambuco Hermano, perdóname, que interpreta el dueto de los Hermanos Martínez,  expreso mi preocupación, con alta dosis de esperanza, para que reine la tan anhelada paz entre los colombianos. Cuando en mi canción digo con visos de angustia:  A Colombia no la salva sino el perdón y el olvido, considero esa posibilidad sobre la base de que las partes piensen y obren con sinceridad, porque la hipocresía, la deslealtad y la traición no tienen cabida frente al angustiado grito de paz y concordia de 40 millones de colombianos. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

Seguirán los enemigos de la paz atacándola, pero solo perderán su tiempo y seguirán haciendo daño. La paz es un hecho, y aunque se demore en llegar, llegará. Jesús Escobar, Armenia.

La paz en nuestro país se va adelantando a golpecitos, como cuando uno clava una puntilla en un bloque de madera muy dura: no se puede hacer de un solo martillazo, sino que se precisan muchos golpes hasta lograr que quede firme. Es verdaderamente lamentable que una parte de la población colombiana (la que nunca ha sufrido los horrores de la guerra) haya formado el bloque de dura madera que se opone a que la paz penetre en los espíritus de un solo golpe. Pero la persistencia vencerá al final. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Esa ha sido mi cantaleta desde hace mucho tiempo, en las columnas que publico, porque nosotros somos, tristemente, de la que llamó Fabio Lozano Simonelli «generación de la violencia». E insisto en que esto no se cambia con viejos. Los jóvenes son los llamados, porque algunos de ellos ya han expresado: «Nosotros no tenemos por qué pelear una guerra que no iniciamos». José Jaramillo Mejía, Manizales.

Su prosa clara y precisa, y su notoria actitud conciliadora, es un canto que refresca, cual bálsamo, el ambiente pestilente que hoy divide a nuestro país, que debería estar alborozado por los resultados ya evidentes, con los recientes hechos de paz, como el desarme de una guerrilla que después  de 52 años de infructuosa lucha armada buscará protagonismo político mediante el voto, mecanismo de las  democracias,  y con sus hombres integrados a la sociedad civil. Gustavo Valencia García, Armenia.

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