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Entre riquezas y miserias

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El género humano siempre se ha movido entre dos extre­mos irreconciliables: la riqueza y la pobreza. La diferencia de clases arranca desde los mismos oríge­nes de la humanidad. Y ha sido el dinero –el «estiércol del diablo» llamado por Papini– el que más ha contribui­do a hacer desiguales a los hombres; el que más odio y violencia ha desencadenado; el que más guerras ha causa­do; el que más ha envilecido la dignidad de la vida.

El dinero se ha convertido en medio funesto de poder. Ya vimos, en los recientes sucesos de Panamá, que la acu­mulación de dólares millonarios, más que su goce, condujo a un gobernante ambicioso, en otros tiempos simple habi­tante de barriada y luego el general prepotente sosteni­do por la fuerza de las armas, a implantar uno de los regímenes más oprobiosos de su pueblo. Cautivo ahora en una cárcel de Estados Unidos, de donde difícilmente saldrá, es un pobre diablo que nunca comprendió –y ya es tarde para rectificar la equivocación– para qué sirve una fortuna de dólares astronómicos que sólo puede pro­ducir desequilibrio.

Los grandes jefes colombianos del narcoterrorismo, que sobresalen en el mundo como los fabricantes más hábiles y más veloces de incalculables tesoros mal habidos, no cuentan con un metro de tierra de tranquili­dad. Para sostener su imperio han cometido las mayores in­justicias y los peores sistemas de tortura contra sus conciudadanos. En esta ciega batalla han sido también sacrificados amigos y familiares.

Uno de esos capos cayó entre las balas de la justicia, acorralado por sus propios actos estrafalarios y antisocia­les. Con él se derrumbó, sin pena ni gloria, otro caudal desconcertante del dinero fácil, de la riqueza fabulosa que casi no encuentra sitio en Colombia para comprar un instante de sosiego. Repudiado por la ciudadanía, tu­vo que ser enterrado en la fosa pública, como si se tra­tara de un alma sin dolientes; y de allí lo rescataron personas caritativas para ser trasladado a Pacho, su tierra natal, donde le ofrecieron una tumba con nombre propio, pero tan común como la de cualquier oscuro parro­quiano de la población.

La gente no ha aprendido que las grandes fortunas só­lo causan infelicidad. Como es imposible controlarlas y disfrutarlas, hay que ser esclavos de ellas. La pug­na por la posesión de los bienes materiales, tan anti­gua como el hombre, es el factor más determinante de la hostilidad humana. Los hermanos se pelean y las familias se desintegran cuando olvidan, por rendirle tributo al becerro de oro, que existen otros motivos fundamentales para la superioridad del ser humano. Los pueblos se destruyen cuando descienden a los abismos de la corrup­ción y el apetito desmedido de opulencias.

Séneca afirma que «la mejor medida para el dinero es aquella que no deja caer en la pobreza ni alejarse mu­cho de ella». Esta fórmula, tan difícil de practicar, equivale a la moderación de los bienes materiales, que permite ser ricos con el solo usufructo de los ob­jetos indispensables que dan comodidad sin incurrir en el derroche y la ostentación. El hombre, que nun­ca se sacia, ha cambiado el placer de la vida por la per­secución del dinero. Vivir es más difícil que conseguir capital.

*

Enseña un autor anónimo, en ágiles sentencias carga­das de sabiduría, el verdadero sentido de la moneda. Di­ce que con el dinero podemos comprar:

Cama, pero no sueño.

Libros, pero no inteligencia.

Comida, pero no apetito.  

Adornos, pero no belleza.

Casa, pero no hogar.

Medicamentos, pero no salud.

Lujos, pero no alegría.   

Diversiones, pero no felicidad.

Camaradería, pero no amistad.

 

El Espectador, Bogotá, 5-VI-1990.

 

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El exilio voluntario de Helena Araújo

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace varios años adquirí una novela cuyo título me pare­ció sugestivo: Fiesta en Teusaquillo,  de Helena Araújo. Te­nía yo poco conocimiento sobre la autora y, no sé por qué, se me había metido en la cabeza que se trataba de alguna se­ñora burguesa que en los entreactos de su cómoda existencia había escrito este libro ocasional.

Poco a poco el tiempo me fue revelando la identidad de la autora. Supe que era calificada crítica de li­teratura colombiana, residente en Lausana (Suiza), y no en Cartagena o en El Chicó de Bogotá, como llegué a suponerlo por simple ficción. Y descubrí, por excelente reportaje de Ignacio Ramírez y Olga Cristina Turriago en su libro Hombres de palabra, quién es en verdad Helena Araújo. La da­ma vive en Suiza hace varios años y allí disfruta a plenitud del ambiente apropiado –que no halló en Colombia– para su actividad intelectual.

En sus palabras hay nostalgia colombiana. Dolor de pa­tria por lo que aquí no pudo realizar. Ella fue víctima, según sus palabras, «de todo ese andamiaje tieso de Bogotá, que tenemos muchas bogotanas y nos viene de ahí, del conven­to, de la negación del cuerpo, de la frigidez de años. Y des­pués, de ese sentido del deber y del rigorismo impuesto por esa religión que hacía de nosotros masoquistas de vocación».

Marcada por las angustias, obsesiones y pesadillas de sus primeros años, fue preciso, para superar los traumas, buscar otros horizontes. Y se fue a Suiza, bello país del romanti­cismo y la tranquilidad social. Vive pesarosa de su tierra colombiana. En Suiza siente más próxima su patria al dolerle la corrupción, los privilegios de clases, la tragedia social, la falta de oportunidades para los escritores.

Helena no es mala colombiana. Es, ante todo, realista y sincera. Ama a Colombia criticándola con altura. Como eru­dita en letras, se gana la vida en el oficio de profesora y de conferencista por diversos países de Europa. La críti­ca literaria le reporta mayor beneficio que los libros de narrativa. Dice que publicar ficción (y recuerda el caso de García Márquez en sus comienzos) es difícil: mientras los escritores se matan la cabeza, los editores se esconden si no ven el negocio redondo. ¡Y qué bien lo sabemos quienes, como Helena, hemos sufrido los portazos de las editoriales!

Helena incursionó en el periodismo como colaboradora de Eco, Nueva Prensa y Gaceta Tercer Mundo. Es prosista clara y vigorosa (así lo aprecié en su novela), y autora de tres libros: La «M» de las moscas (cuentos), Fiesta en Teusaguillo (novela) y Signos y mensajes (ensayos). Parece que su primera novela, La desadaptada, la encajonó, o la destru­yó, por apatía editorial. Trabaja ahora en otra novela, en busca del lenguaje andrógino. Los grandes amantes de la his­toria –sostiene– han sido andróginos. Es, además, gran fe­minista y defensora decidida de los derechos de la mujer.

Identificada la autora, con esa vehemente personalidad que brota del personaje entrevistado en Hombres de palabra,  leí luego el libro suyo que mantenía en suspenso a la espe­ra de una motivación. Novela ágil, movida por la téc­nica del lenguaje recursivo, que se desarrolla en un solo acto (el que va de las siete de la noche a las cinco de la mañana) en vieja casona del barrio Teusaquillo de Bogo­tá. Y dibuja, en esta fiesta en que actúan el político, el par­lamentario, el gobernador, el abogado, el militar, la gente del común, y hasta el obispo, el mundo de la intriga, de la pasión, del chisme y la veleidad de los cocteles.

Bien logrado cuadro de costumbres, sin dejar de ser novela, donde al calor del trago y al impulso de los ade­manes sociales se repasa el país y se enderezan, en efímera noche de bohemia, todos los problemas imaginables. En­tre la murmuración y el oportunismo, una pareja rompe con su pasado y halla su propia identidad. Aquí ha­bría que situar el alma de la novelista.

*

Me he encontrado, pues, con esta notable escritora colombiana, ni burguesa ni frívola, en su exilio voluntario. Duele que esto sea así. Pero hay que respetar sus razones. Lo cierto en es que en Helena Araújo, inquieta personalidad y mujer madura, que le da honor a Colombia en el exterior, la patria vibra con dolor de ausencia.

El Espectador, Bogotá, 4-IV-1990.

* * *

Misiva:

Agradezco tu muy bondadoso artículo sobre el “exilio voluntario” de la suscrita. Siempre pensando en lo que sucede por allá, considero que si hubiera más gente de tu mentalidad en la República del Sagrado Corazón de Jesús, no se hubiera llegado a la “ley de la jungla”. Helena Araújo, Lausanne (Suisse).

 

Museos de Bogotá

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Valioso legado cultural entrega el alcalde Andrés Pastrana Arango, con el patrocinio económico de los cinco ins­titutos descentralizados del distrito, al recoger en este libro esplendoroso publicado por Villegas Editores una muestra de los 34 museos que existen en Bogotá. Consta el libro de 240 páginas y más de 350 ilustraciones a to­do color, y los textos llevan la firma de Enrique Pulecio Mariño.

La mayor referencia histórica que tiene una ciudad reside en sus museos. Preservarlos e incrementarlos, co­mo debe ser función vigilante de toda sociedad culta, sig­nifica resguardar el pasado para afianzar el futuro. Dia­logar con los museos es lo mismo que buscar nuestras pro­pias raíces y el sentido de la nacionalidad. Hay que aplau­dir este aporte grandioso que hace la administración Pas­trana para que la gente halle el mayor patrimonio que enorgullece a Bogotá, por primera vez reunido en un mis­mo libro.

No es fácil conocer la totalidad de los museos, entre otras cosas porque se ignora la existencia de muchos de ellos. No todos saben, por ejemplo, que la ciudad cuenta con los siguientes lugares exclusivos: Museo Postal, Museo Nacional de Comunicaciones, Museo de Artes Gráficas, Mu­seo de Trajes Regionales de Colombia, Museo de los Niños, Museo del Mar, Museo Francisco de Paula Santander, Museo Colombia, Museo Organológico Musical, Museo Militar, Mu­seo de la Policía, Museo Ricardo Gómez Campuzano, Museo de Desarrollo Urbano, Museo de Arte Religioso, Museo del Siglo XIX.

Tenemos, además, otras obras de extraordinaria trascen­dencia. El Museo Nacional, que fue fundado por el general Santander en 1823, es el más antiguo del continente. Posee reliquias históricas de inestimable valor, y la ca­sa (antiguo panóptico) es una de las construcciones más admirables de la capital. En el Museo de Arte Colonial, que funciona en el viejo claustro de la llamada Casa de las Aulas (construido en 1604), se conserva el más amplio legado de la Colonia.

El Museo del Oro, que tiene resonancia en el mundo en­tero, es el mayor templo de las culturas precolombinas que se ejercitaron en la elaboración de la orfebrería, la cerámica y el oro. Habiéndose iniciado con 335 piezas, la colección liega hoy a 45.000.

Una obra paralela en el campo de la cerámica orfebre y artesanal es el Museo Arqueológico Casa del Marqués de San Jorge, creado por el doctor Eduardo Nieto Calderón cuando ocupaba la presiden­cia del Banco Popular. Esta muestra consta de 16.000 pie­zas de cerámica precolombina y abarca todas las culturas del ayer legendario. Realización plausible la de este ban­quero que entendió (lo que no es usual) que las entidades financieras, fuera de producir dinero, deben preocuparse por el desarrollo cultural de la patria.

Cuado se quiera admirar las artesanías colombianas salidas de todas las regiones debe visitarse el Museo de Artes y Tradiciones Populares. En el Museo El Chicó, dedicado a la memoria de Mercedes Sierra de Pérez, que donó la vieja casona santafereña, el visitante se sentirá en la clásica hacienda sabanera, rodeado de mue­bles, porcelanas, vajillas y otros artículos de ambiente europeo combinados con objetos de la Colonia. El Museo de Arte Moderno, viva representación de las tendencias pictóricas del siglo XX, es admirado en toda Latinoamérica.

En la Quinta de Bolívar surgirá, en cada rincón del re­fugio preferido por el Libertador para sus días de descan­so, la personalidad palpitante del prócer. Como era su recinto íntimo, todavía iluminado hoy por la llama ar­diente de Manuelita, Bolívar permanece allí en sus horas de amor y en sus añoranzas guerreras.

En fin, cada museo es un espíritu. En cada uno de ellos brota una atmósfera propia e inconfundible. Esta obra es una incitación para que la ciudadanía acreciente el sentimiento hacia la patria, sus símbolos, tradiciones y costumbres. Visitando museos se comprende la vida y se eleva el espíritu.

El Espectador, Bogotá, 22-III-1990.

* * *

Misiva:

Gracias por la nueva manifestación gentilísima sobre la obra del Museo Arqueológico del Banco Popular. He vivido reconocido por sus nobles y generosas manifestaciones sobre mi paso por el Banco, del cual fue usted colaborador dilectísimo. Sigo y aplaudo sus pasos literarios, periodísticos y aun históricos y me complace registrar su gran actividad intelectual. Eduardo Nieto Calderón, Bogotá.

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Hombres de palabra

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Ignacio Ramírez y Olga Cristina Turriago, escritores, periodistas y guionistas de cine y televisión, realizaron una hazaña portentosa: recorrer medio planeta, por espa­cio de cinco años largos, para entrevistar a treinta de nuestros destacados escritores y ponerlos a hablar sobre sus experiencias, secretos, fobias, odios y amores con que han edificado su mundo de las letras. Ignacio y Olga, viajeros  de geografías y de libros, tu­vieron que leer antes mucha literatura colombiana, inves­tigar a los autores, averiguar sus residencias y salir en persecución de ellos, donde estuvieran (que podía ser en el lejano apartamento, en el tertuliadero bogotano o a bordo del bus por las carreteras del Huila, y también en Francia, España o Suiza), hasta conseguir sus semblanzas o retratos hablados.

Armados de paciencia y coraje, ya que muchos escri­tores son evasivos o poco abordables, cumplieron doble propósito: localizarlos y ambientar los encuentros para que los personajes se confesaran y dejaran conocer su verdadera identidad, y en otros casos su sorprendente in­timidad. Estas pesquisas fueron recogidas en el libro Hombres de palabra, sustancioso volumen de 404 pági­nas publicado por Editora Cosmos.

Son textos que permiten navegar por los mares procelo­sos de la literatura nacional y captar miserias y gran­dezas, imágenes y emociones, angustias y esperanzas. «El escritor –dicen los autores de la obra– no es alguien común y corriente. Vive en un mundo fluctuante entre la soledad y la muchedumbre (…) El escritor tiene tantas caras como el fantasma de la ópera».

En esta mezcla de estilos y de producciones, que va desde los diablos y brujas de Gómez Valderrama hasta las osadías de Álvarez Gardeazábal, o desde la erudición crítica de Helena Araújo hasta la energía batalladora de Marvel Moreno, aflora un horizonte de vivencias, actitudes, gritos de independencia y amor por las letras. Los en­trevistados narran su mundo y revelan sus manías, sus mé­todos de escritura, sus presunciones y humildades. Para quien comience a escribir, este libro debería convertir­se en manual de consulta. Y para los avanzados, en confrontación de sus propios hábitos y sus an­siedades.

Entre insatisfacciones, rebeldías e incomprensiones, muchos de los que aquí dejan su impronta nos enseñan cuán arduo, aunque irrenunciable, es el camino de las letras. Hay un denominador común: todos son luchadores, unos soli­tarios y otros de espacios abiertos, que se han entrega­do con pasión al reto cotidiano de tan exigente discipli­na. No cambian su destino por nada. «Uno debe hacer de la literatura una especie de amante secreta», dice Ben-Hur Sánchez. «Escribir es el único acto que me hace olvidar el tiempo», proclama Óscar Collazos.

Hay manifestaciones singulares como la de Fernando So­to Aparicio, uno de los escritores más prolíficos e insis­tentes del país, cuando cuenta cómo forja y elabora su na­rrativa. La idea de su próxima novela la desarrolla en la mente por tiempo más o menos prolongado. Y cuando todo le cuadra –ambiente, personajes, temperatura–, escribir la obra resulta un acto simple. Lo ejecuta de un jalón, en jornadas continuas de ocho o doce horas diarias. Su duende oculto le mueve la mano y le aguza la mente, y en pocos días está terminado el nuevo título. La rebelión de las ratas la escribió en 9 días; Hermano hombre, en 13 días; Camino que anda, en dos meses y 13 días, metido en la celda de un convento. Luego corrige con rigor.

En Hombres de palabra están reseñados treinta de los trescientos escritores que hay en el país. Y si Colom­bia tiene 28 millones de habitantes, ya se ve qué ínfima minoría, pero minoría selecta, representa la escuela de los quijotes: el 0.01%. Entre ceros y decimales –o sea, entre apatías y desprecios sociales–, casi no nos vemos. ¡Que vivan los escritores!

El Espectador, Bogotá, 1-II-1990.

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Un coloso de América

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hoy recordará Jacqueline Kennedy la figura frágil de aquel Presidente colombiano que al lado de su esposo, el Presidente de Estados Unidos, inauguraba los primeros ladrillos, en una soleada mañana del diciembre de 1961, pa­ra la que sería la pujante Ciudad Kennedy en Bogotá.

Jacqueline, que por su propia veleidad descen­dería más tarde de la grandeza que le había construido su héroe, y que hoy ve transcurrir sus días en anchurosa soledad, fue testigo excepcional del encuentro de dos co­losos de América: el uno, de figura atlética, su esposo; y el otro, de aspecto leve y elegante silueta, el presi­dente Alberto Lleras Camargo.

La historia de los grandes hombres queda incrustada en sus pueblos como murallas del pasado. Kennedy, uno de los gobernantes más destacados de su país en toda su historia, comparte laureles, en el horizonte de América, con este Lleras Camargo nuestro, de dimensión internacional. Forjadores los dos de la democracia más arraigada de sus respectivas naciones, eran como imanes que se atraían en el liderazgo de las ideas, del carácter y de los ac­tos de gobierno.

Se pusieron cita en Bogotá, ante la mirada entre perpleja y romántica de una bella mujer que todavía no interpretaba la trascendencia de la gloria, y fue como si América toda se hubiera iluminado.

Retirado desde hace más de diez años de la vida públi­ca, el doctor Lleras Camargo apenas dejaba escuchar su voz, en momentos cruciales, cuando se le insistía demasiado. Pero el país sabía que su conciencia moral seguía vi­gilante el curso de los sucesos, y aunque no se resigna­ba al silencio del capitán lúcido de otros días, se sen­tía fortalecido con la seguridad de aquella vida que marcaba, con su sola presencia presentida, el termómetro acusador de una nación que aún se sostiene del pasado.

Cuando el doctor Lleras Camargo baja a la tumba, en momentos de tanta confusión y de tanta ruindad de espíri­tu, es como si algo se desintegrara en la República. Di­sueltos los partidos y menoscabados los principios, la Co­lombia de la nueva década no se parece en nada a aquella soberana nación que surgió, en los pactos de Benidorm y Sitges, para derrotar la tiranía. Esta otra tiranía de los tiempos actuales, la del narcotráfico y la corrupción, que invade los propios recintos del Parlamento, ha avan­zado con tanto ímpetu, hasta los límites de la aniquilación de toda ética, porque carece de líderes capaces de frenar la barbarie.

Con el doctor Lleras desaparece el estadista más sobre­saliente de Colombia en el presente siglo. Caso deslumbran­te el suyo, que hizo de la palabra el arma más temida y más reformadora de la vida del país. Su aguda inteligencia, perfilada cuando era periodista raso en largas jornadas purificadoras de la mente, habría de imponerse, en sus épocas de político y gobernante, como la brújula que le indicaba a la Nación qué camino debía seguir o qué vicio debía corregir.

Hombre de partido, nunca fue sectario y siempre se mostraba conciliador y fácil para la armonía. Frío, cerebral, razonador, su palabra era la mejor guía en los momentos oscuros. Un discurso suyo volteaba la opinión pública.

*

Con dos años de bachillerato, y con su proverbial sen­cillez y modestia, dio el ejemplo más desconcertante de lo que puede la voluntad del autodidacto. Esta conducta no es fácil encontrarla hoy, y tampoco se reconocería en esta dispersión de las disciplinas intelectuales.

Sin boato, sin discursos, sin cámaras ardientes –y ma­jestuoso en medio de su pobreza regocijante–, ha llegado a una sencilla tumba, por él mismo diseñada, este coloso de América que le enseñó a Colombia el camino de la gran­deza. Su vida, que es su mejor, conquista, será siempre una lección palpitante.

El Espectador, Bogotá, 8-I-1990.

 

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