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Petróleo y cultura

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

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En 1985 estuve por primera vez en Barrancabermeja. Descubrí entonces el territorio mítico que siempre había deseado conocer, dura tierra de revoluciones proletarias y soles inclementes, donde los yacimientos petroleros arden a toda hora como infiernos irredentos. El viejo puerto del vicio, la prostitución y el azar tuvo en otras épocas –y esto sorprende a cualquiera– vida inte­lectual. Me extrañó saber que hacia el año de 1947,  cuando allí resonaban los viernes culturales de Gaitán, existía un movimiento de intelectuales, conocido con el nombre de Los Saturnales, que conquistaba la presen­cia de grandes escritores y artistas de Colombia y del exterior, sobre todo poetas de la negrería.

Con el paso del tiempo la prostitución dejó de ser tan airada y peligrosa, aunque también, por los capri­chos de las metamorfosis sociales, bajó la atmósfera cultural. En crónica publicada en este periódico anoté lo siguiente: «El ambiente cultural también se extinguió como si fuera inseparable de la vida bohemia. La mecha se apagó y sería interesante averiguar la fórmula para que la combustión intelectual vuelva a prender».

Regreso ahora, cinco años después de aquel comenta­rio, y encuentro que el puerto, convertido en ciudad populosa y progresista, trata otra vez de encender la llama cultural. Un movimiento cívico, cuya junta directiva está conformada por funcionarios de Ecopetrol, trabaja por dotar a la ciudad de una biblioteca gigante, bautizada ya con el nombre del patricio santandereano Alejandro Galvis Galvis, fundador de Vanguardia Liberal, quien como presidente de la Asamblea Departamental fir­mó la ordenanza de creación del municipio de Barrancabermeja.

Es un proyecto de gran envergadura, como que el cos­to de la construcción y la dotación –en un lote de 10.000 metros cuadrados donado por Ecopetrol y avalua­do en $ 45 millones– se calcula en $ 732 millones, de los que ya se han recibido aportes por $ 262 millo­nes. Esto ha permitido construir los 3.700 metros cua­drados de obra negra que se airean sobre el petróleo ci­vilizador, y que en detalle tuve oportunidad de conocer como una realidad desafiante. Otras donaciones fueron hechas por el Banco de la República, Gobernación de Santander, auxilios del presupuesto nacional, Ministe­rio de Educación y municipio de Barrancabermeja.

Faltan $ 470 millones para abarcar el proyecto total. Ya hay gestiones adelantadas con algunas entidades, sobre todo con el municipio, el que sin duda apropiará es­te año una contribución considerable, y con Ecopetrol, cuyo patrocinio será definitivo para el adelanto de la obra. De todas maneras, es largo el camino por recorrer, pero la junta avanza con tesón para que los trabajos no se paralicen.

Esto es ya un compromiso de Barrancabermeja, y como el petróleo también produce cultura, en poco tiempo, como me lo explicaron el ingeniero Milton Zambrano Mondol y doña Carmen Cecilia Rincón, miembros de la junta directiva, la ciudad pondrá en funcio­namiento por lo menos la primera parte del plan.

Esta sede ambiciosa busca la culturización regional y con ella la convivencia pacífica del Magdalena Medio. La idea de la biblioteca nació en 1987. Al año siguiente se dieron pasos fundamentales para conseguir los recur­sos, y en 1989 se adelantó la construcción. Será un cen­tro cultural de primer orden, dotado de salas de lectu­ra, hemeroteca, mapoteca, sala de informática, sala de exposiciones, sala de música, que competirá con los mejorares del país y se convertirá en un polo de desarrollo alrededor del cual se formarán las nuevas generaciones y se escribirá un hecho sobresaliente: la cultura del petróleo.

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Entre los personajes memorables que pasaron por Barrancabermeja, cuando ésta era apenas un sitio de li­bertinaje, de mujeres alegres y obreros hundidos en la miseria, se cuenta el poeta chileno Andrés Crovo. Eran los días de las embriagueces cotidianas y los pla­ceres sin fin. Crovo había llegado atraído por el oro negro del petróleo, pero no para disfrutarlo sino para que le quemara las entrañas poéticas ansiosas de emocio­nes tórridas. Por allí, entre guitarras, canciones y aguardientes, conoció a María Elena, se enamoró de ella y la hizo su mujer. Si hubiera alcanzado a verla de mi­nistra, habría sabido que ella sacó de Barrancabermeja la fiebre proletaria.

Por allí mismo habían desfilado Jorge Artel, Nicolás Guillén, Natanael Díaz, Luis Vidales y Manuel Zapata Olivella, entre otros. Pedro Nel Gómez pintó para los obreros un óleo trascendental: Galán hacia el patíbulo. Mientras en el puerto Las Escalas, lugar imprescindible para los placeres baratos, las prostitutas se quedaban con el salario de los obreros y les encimaban las en­fermedades venéreas, el petróleo hervía con arrebatos coléricos.

Un escritor de la comarca, Gonzalo Buenahora, captaría la atmósfera calenturienta en libros como Sangre y petróleo, La comuna de Barranca, Anverso de Barranca y No volveré a Barranca. Muchos años después, en 1983, Jaime Álvarez Gutiérrez publicaría en Méjico una novela de tipo social sobre la vida del puerto, con un título curioso y sin ningún contenido pornográfico: Las putas también van al cielo.

Es ciudad de hondos contrastes sociales y culturales. Mientras el Distrito de Ecopetrol procesa más de 170.000 barriles diarios y abastece el 75% de los pro­ductos refinados y el 90% de los productos químicos que demanda la nación, en los alrededores hay focos de mi­seria.

La ciudad, que se siente desamparada por el gobierno de Santander, persigue mayor independencia administrati­va y financiera. En la legislatura pasada alcanzó a de­batirse una ley que creaba el Distrito Petrolero, pero fue archivada. Hoy avanza la Troncal de La Paz, vía de enorme importancia para el desembotellamiento de la región, la que se intercomunicará con la ca­rretera que conduce a la Costa. Barrancabermeja aspira a quedar como eje de una nueva organización territorial, y desde luego su afán de progreso es legítimo.

Es una ciudad que crece a pasos acelerados. Para el año 2010 su población está calculada en 365.000 habitan­tes. Hoy cuenta con 176 planteles educativos, con 41.000 estudiantes y con 5.000 personas con especialización téc­nica y profesional.

Y quiere la paz. ¿Quién no la desea en Colombia? Al­gún día, piensan sus habitantes, el Magdalena Medio se­rá territorio pacífico y generador de riqueza. Este deseo de convivencia se advierte en dos obras importantes: Universidad de La Paz y Troncal de La Paz. Ecopetrol se mueve sobre todo este conjunto como un coloso de la civiliza­ción.

Barrancabermeja es un hervidero de petróleo y conflic­tos sociales, pero también de cultura. Su tradición pro­letaria ha incitado la vena de escritores y poetas. Apena lógico que se adelante ahora la construcción de una biblioteca pública con costo de $ 732 millones. Esta alianza del petróleo con la cultura será la redención del mañana.

Así le cantó el poeta Aurelio Martínez Mutis:

Barrancabermeja, florida barranca,

me gustas por libre, por ruda y por franca;

te quiero por negra, te quiero por blanca:

es negra mi vieja tristeza escondida

y es blanco el ensueño que alumbra mi alma

El Espectador, Bogotá, 27-II, 14-III-1990.

* * *

Misiva:

En nombre de la junta pro-construcción de la Biblioteca Pública Municipal Alejandro Galvis Galvis hacemos llegar nuestros agradecimientos por mostrarle al país en su columna Salpicón la nueva imagen de Barrancabermeja, gente trabajadora y que lucha día a día por la cultura de esta región del Magdalena Medio. Toribio Rivas G., Barrancabermeja.

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La Ciudad Bonita

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Un nuevo título ostenta hoy Bucaramanga: el de Ciu­dad Bonita. Desde que se ingresa a ella por el aero­puerto, o por cualquiera de sus vías carreteables, se hallarán a lo largo del recorrido numerosos avisos que le recuerdan al visitante la nueva insignia. Tal vez los bumangueses comprendieron que la antigua Ciudad de los Parques, y más tarde la Ciudad Cordial, no podía dormirse sobre sus laureles. Era preciso re­mozarle el alma y ponerle, como a las quinceañeras, la cara bonita.

En esto de asignar apelativos a los pueblos y ciuda­des juega mucho el ingenio popular. Es un arte de la si­cología lugareña. Hay bautizos de tal impacto y tal pe­netración en la conciencia colectiva, que poseen un po­der mágico para que los actos del conglomerado se muevan bajo la misma inspiración.

Cuando, por ejemplo, se hablaba de Bogotá como la Atenas Suramericana era porque en realidad se había conquistado esa categoría que destacaba a nuestra capi­tal como una de las urbes más cultas del continente. Con el paso de los días quedó borrado ese blasón, y hoy se sabe que Bogotá perdió, como consecuencia de la me­tamorfosis de las costumbres y sobre todo por culpa de los mismos habitantes, ese rótulo insigne. La Ate­nas Suramericana pasó al olvido.

Lo de Ciudad Bonita no es una frase caprichosa. No se hizo para que suene bien. Aquí habría que señalar que los honores hay que ganarlos. Bucaramanga, por su civismo, por su hospitalidad y su hondo sentido de pro­greso, que no son de ahora sino de siempre, viene dando pasos gigantes en el concierto de las grandes capitales colombianas. Ciudad amable, metódica, culta, previsiva del futuro, tiene asegurado un rumbo cierto de desarro­llo. Se ha preocupado tanto por ofrecer eficientes ser­vicios públicos como por mantener aseadas sus calles.

Da gusto llegar a Bucaramanga. En ella impera la ley de la estética. Por doquier se encuentran avisos que in­vitan al orden, al aseo, a la disciplina ciudadana. Los recipientes de la basura no sólo son decorativos sino que prestan el servicio para el cual fueron diseñados. La gente se acostumbró a una regla: la limpieza.

Vive Bucaramanga en permanente afán de planeación. No conoce los sobresaltos de otros lugares. Su acueduc­to y alcantarillado cubre el 98 por ciento de la población. Cuen­ta la ciudad con 70.000 líneas telefónicas, que pronto se ampliarán en otras 28.000, lo cual establece, de acuerdo con la población, uno de los índices de mayor eficiencia del país. La Corporación de Defensa de la Mese­ta de Bucaramanga es la entidad tutelar del saneamiento ambiental, de la erosión, de los barrios subnormales y del acue­ducto y alcantarillado, entre otros objetivos.

Y como la ciudad debe protegerse contra el tráfico pesado que llega de otros sitios, se ideó una vía cir­cunvalar entre Girón y Floridablanca. Esta obra ha sido acometida por el Área Metropolitana, compuesta por Buca­ramanga, Floridablanca, Girón y Piedecuesta.

Siendo un sitio culto que ha sabido prolongar el pasa­do, cuenta con numerosos centros docentes y casas de cul­tura. Una de ellas, la Biblioteca Pública Gabriel Turbay, es de las mejor dotadas y de mayor utilidad que existen en el país. La Academia de Historia de Santander es otro permanente hervidero de ideas.

No hay duda en el apelativo: Bucaramanga es la Ciu­dad Bonita. Su belleza no es sólo ornamental: también se lleva en el alma.

El Espectador, Bogotá, 11-VI-1990.

 

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Homenaje a Germán Arciniegas

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En forma intensa y sin olvidar detalle trabaja la junta organizadora del homenaje nacional que se tributa­rá al maestro Germán Arciniegas el día 28 de febrero en el Hotel Hilton de Bogotá. El país estará represen­tado en el acto. De diferentes regiones vendrán gober­nadores y sus secretarios, rectores y profesores universi­tarios, representantes de academias, de centros de histo­ria y de entidades culturales. El mundo intelectual rodea­rá de aprecio a este milagro de supervivencia que ha en­trado, juvenil y eufórico, en el año que marcará, el 6 de diciembre, 90 campanazos de su existencia creadora.

Germán Arciniegas, el escritor colombiano más traduci­do a otros idiomas junto con Gabriel García Márquez, ha sido el cantor por excelencia del continente americano. América entera, comprendiendo a Estados Unidos y Canadá, es para él cofre mágico de donde ha extraído leyendas e historias fantásticas no vistas por otros escritores. Su pluma castiza, salpicada del humor juguetón y vitalizante de su personalidad, ha creado un continente re­mozado, partiendo desde su descubrimiento hasta los días actuales, donde nada se ha escapado a la penetración del historiador y el humanista. Y le asigna, en uno de sus libros, un título alucinante: El Continente de siete co­lores.

Arciniegas ha descubierto otra vez a América. Su li­teratura americanista encerrada en numerosos tomos y ensayos sueltos ha escrito una gran novela sobre esta tierra de fabulación y maravillas, de sufrimientos y tor­turas, y también de esplendores, que a pesar de apro­ximarse a sus 500 años de vida permanece virgen en muchos de sus inexplorados secretos.

Para él ha sido una obsesión hablar de América. Su primer libro, El estudiante de la mesa redonda, publica­do en 1932, se convertiría en el introito de este tema inagotable. Las primeras palabras del libro abren con optimismo la aventura del descubrimiento:

«Metámonos en la taberna de la historia. Que vengan aquí, a la mesa redonda, y a conversar con el estudiante de Amé­rica, estudiantes de todos los tiempos. Nadie se escan­dalice: nunca tuvimos sitio más decoroso para platicar: siempre en los bodegones, en los desvanes, en las taber­nas nos sorprendieron la muerte o la alborada cuando más henchido teníamos el ánimo de empresas generosas y la emo­ción vibraba en las palabras».

Por esta vocación y esta devoción irrenunciables ha recibido el título preciso: Hombre de las Américas. Otto Morales Benítez, que le ofrecerá el homenaje, recordará, y además demostrará, hasta qué grado el maestro se confunde con la propia tierra americana. Arciniegas es América. Es como un roble gigante que se extiende de nor­te a sur para proteger contra los piratas y los aventu­reros el territorio de los mitos y las leyendas. Terri­torio de esclavos, de tiranías, de imperios derrotados, donde todavía pululan los reyezuelos de sanguinarias dic­taduras tropicales, es al propio tiempo un edén y una en­soñación. Arciniegas lo ventila a los cuatro vientos con su prosa llena de gracia y lozanía.

La pasión de América es para el maestro un estado del alma. El continente le hierve en la sangre y se le suble­va en el corazón. Lo quiere grande y a veces se le desfigura en medio de las reyertas y las ambiciones de la opresión. Su espíritu libre rechaza la esclavitud.

Esta vitalidad asombrosa con que Germán Arciniegas arriba a la edad nonagenaria, como uno de esos bajeles de la conquista americana, se la otorga con creces su espíritu joven. Maestro de juventudes, como que todavía se mezcla con ellas en la cátedra y en las mesas redondas, aquí lo tenemos, pleno de energía, como una reliquia del país.

El Espectador, Bogotá, 21-II-1990.

Cúcuta, modelo de arborización

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Esta vez le he encontrado a Cúcuta un nuevo atracti­vo que antes no había descubierto: el de sus árboles. En la portada del directorio telefónico aparece una ave­nida de árboles entrelazados que dibujan, en vigoroso abrazo de hermandad, un contorno maravilloso. Son árboles musculosos y tupidos que le dan sombra y poesía a la lla­mada Calle del Farol, o Calle del Túnel, uno de los sitios más atrayentes de la ciudad.

Los cucuteños, conscientes y orgullosos de este pa­trimonio de árboles que ellos han consentido a través de los tiempos, le han agregado al terruño nuevo tí­tulo fascinador: Cúcuta, Ciudad Bosque. Nada tan legi­timo como proclamarla con acento telúrico, si toda ella, desde su primera calle hasta el barrio más escondido, es­tá invadida por la floresta. Parece como si la montaña se hubiera trasladado de los alrededores para erigir, en ple­no corazón de la urbe, un monumento al árbol.

En sus parques y avenidas el aire juega con los soles caniculares. Cúcuta respira con poderosos pulmones, oxi­genados de viento fresco y esencias aromáticas. Si el ejemplo se extendiera a todo el país –¿y por qué no?– ha­ríamos de Colombia una inmensa arboleda. ¡Qué hermoso se­ría transformar la sequedad de ciertos pueblos por la frescura que dan los árboles! Ellos transmiten vida. Dan ejemplo de buena salud y reconfortan el espíritu.

Colombia, País Bosque. Ese sería el emblema perfec­to, sugerido por los cucuteños, para esta nación de tan marcada entraña campesina. Pero en lugar de proteger este tesoro nacional y transplantarlo a pueblos y ciuda­des, nos hemos empeñado en destruirlo. El atentado per­manente contra la naturaleza esteriliza las tierras y produce pobreza ecológica. Hay regiones gravemente enfermas, como la vía a Buenaventura, que agoniza por falta de defensas naturales. Los abusos en la explotación made­rera han causado grandes catástrofes a lo largo de nues­tro territorio. Este, como ironía, es uno de los más ricos del mundo en bosques, ríos y tierras feraces.

Cúcuta ha entendido lo que significa sembrar árboles. Aprendió a mantenerlos y embellecerlos. No se conforma con verlos de pie en los sitios públicos, como centine­las de la civilización, sino que los mima en las residen­cias, en los colegios, en los hospitales, en la apartada escuela del barrio. El acacio, el cují y el almendro son los amigos más fieles del cucuteño. Son seres vivos que crecen con las familias.

La Cámara de Comercio de Cúcuta, presidida por Juan Alcides Santaella y estimulada por la alcaldesa Marga­rita Silva de Uribe, viene publicando interesantes boletines dirigidos por Fernando Vega Pérez, los que destacan los actos positivos de la ciudad. En el último número se recoge una bella página: Elogio del árbol, escrita por monseñor Luis Pérez Hernández, primer obis­po de Cúcuta, muerto hace 30 años. «El árbol –dice el prelado– coopera a la formación y engrandecimiento de la patria porque da tierra buena, porque invita a pen­sar y ayuda a triunfar».

En el mismo boletín se rinde homenaje a Ramón Pérez Hernández, muerto hace 50 arios, hermano del obispo-ecólogo y gobernador que fue del departamento. Se recuerda de él un excelente escrito sobre los habitantes de tie­rra caliente o tierra fría – de donde sacan el tempera­mento–, trabajo que se titula Análisis espectral del Norte de Santander.

En Cúcuta el árbol es un personaje. Un amigo del hombre. Un socio de la civilización. Se sale de la ciudad con aire fresco y con deseos de contarle a Colombia este hallazgo de la cultura arborizada, un modelo para imitar.

El Espectador, Bogotá, 22-VI-1990.

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El final de la revista Nivel

jueves, 10 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Con la edición número 308, del mes de agosto pasado, Germán Pardo García dio por finalizada la existencia de su revista Nivel, que había fundado en Méjico, a instan­cias del presidente Eduardo Santos, en enero de 1959. Cerca de 31 años de labor continua de esta gaceta cultu­ral que puso en alto el nombre de Colombia por los países latinoamericanos significan una proeza.

Dos motivos fundamentales determinaron esta dura de­cisión para quien ve concluido un esfuerzo gigante: el encarecimiento de los costos de impresión y la salud, cada vez más menguada, del poeta-director. Germán Pardo García, tan ajeno a los afanes monetarios, sostuvo con su propio peculio la vida de la revista, haciendo verdaderos milagros para que cada número viera la luz y lle­gara a escritores notables del continente e in­cluso del mundo.

No lo movía interés diferente al de ren­dirle tributo a la cultura, sin reparar en su propio bolsillo cada vez más estrecho, y divulgar la obra de los escritores. Nivel fue siempre una revista abierta a todas las ideas y todos los trabajadores de las letras.

Como no recibía avisos publicitarios, lo que para él era casi una ofensa, bien se comprenderá hasta qué gra­do de abnegación, que al propio tiempo lo es de elegancia, llegó nuestro poeta. En los últimos números apa­recía, solitario, un mensaje de divulgación del Museo de Oro del Banco de la República, que más se asemejaba a una noticia cultural que a una propaganda, y que Pardo García, a regañadientes, aceptaba por amable presión de Otto Morales Benítez para conseguir algún apoyo financie­ro en momentos apremiantes de la publicación.

En otra época crítica, años atrás, el doctor Belisario Betancur le llevó, siendo presidente de la Repúbli­ca, una partida generosa con la que se aseguró por buen tiempo la continuación de la revista. Esto lo revela aho­ra el poeta, con honda gratitud, al final de su ago­tadora jornada, en reportaje concedido al periódico Excelsior donde comunica al pueblo de Méjico, en el cual lleva 58 años de residencia, el final doloroso de su ti­tánica empresa.

Se confiesa agobiado por la edad (87 años) y sobre to­do derrotado por  vieja dolencia que lo ha reducido a una silla. Yo lo vi erguido por las calles de Méjico, hace apenas año y medio, y aprecié su maravilloso esta­do mental y envidiable memoria.

Así, lúcido y espartano, este roble de América que tanto ha enaltecido el nombre de Colombia como autor de una de las poesías más bellas que se hayan escrito jamás, entrega el trofeo por él conquistado en forma modesta y silenciosa. Se lo ofrece, ante todo, al mundo de las letras, y luego al amplio círculo de escritores que recibieron su apoyo a lo largo de tres décadas de lucha creadora.

Germán Pardo García le ha dado más a Colombia de lo que ha recibido de ella. Ha sido esquivo a los laureles. El Premio Nóbel de Literatura, para el que fue varias veces candidatizado, hubiera cumplido en su caso un acier­to indudable. Pero su gloria reside en su poesía: lo de­más es transitorio.

«He aceptado mi suerte con la impasibilidad con que los estoicos griegos aceptaban sus enfermedades», dice en el reportaje a que antes se hizo alusión. Su riguro­sa formación griega, de donde extrajo su amplio bagaje cultural, lo conduce hoy, en la hora de los crepúsculos y las plenitudes, por el universo de su propia producción iluminada, que le deja al mundo una obra de cerca de 40 tomos de imperecedera memoria.

El Espectador, Bogotá, 12-II-1990.

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