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Los sordos del volcán

miércoles, 2 de septiembre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El próximo 13 de noviembre se cumplen 35 años de la erupción del Nevado del Ruiz, la peor tragedia natural ocurrida en Colombia, que dejó entre 23.000 y 30.000 muertos, alrededor de 5.000 lesionados y 5.000 hogares destruidos en 13 poblaciones. Meses antes de aquel día pavoroso, el escritor y periodista Gustavo Álvarez Gardeazábal se había dedicado, con voz de profeta, a llamar la atención de las autoridades sobre la catástrofe que se veía llegar y pedir medidas urgentes para proteger a los habitantes.

Pero no le hicieron caso. Esta alarma la expresó varias veces en su columna Notas profanas y además se radicó por algún tiempo en Manizales para estar más cerca de las autoridades y en contacto con el problema. Según lo revelaría más tarde en su novela Los sordos ya no hablan (1991), forjada entre la realidad y la ficción, la clase dirigente de la capital caldense estaba más preocupada por los toros, la Feria de Manizales y sus propios intereses que por los rugidos del león dormido, al que ya se habían acostumbrado.

Esta misma situación se vivía en Armero, uno de los municipios que corrían mayor riesgo. Se había vuelto común la atmósfera cargada de ceniza, con olor a azufre. El aumento de las aguas del río Lagunilla no asustaba a nadie. En la propia boca del volcán no se había instalado el sismógrafo indispensable para avisar a la gente de los movimientos premonitorios de un desastre. Bajo la pasividad derivada de las costumbres perniciosas, todo se veía normal. Algunos geólogos y ciudadanos promovían actos aislados de prevención, pero estos no eran suficientes para conjurar el peligro general.

La novela de Álvarez Gardeazábal acaba de ser reeditada en Medellín por la Universidad Autónoma Latinoamericana, bajo el sello de Ediciones Unaula. Es un signo para volver sobre el suceso fatídico que destruyó a un pueblo y produjo una calamidad apocalíptica. La erupción era previsible, pero no se le prestó la debida atención. No se trataba, por supuesto, de evitar lo que era inevitable, sino de salvar la vida de miles de personas sacrificadas por la indiferencia oficial.

En noticias de estos días que de pronto han pasado inadvertidas, se ha informado sobre la aparición de fumarolas en la cumbre del Nevado del Ruiz, con percepción de ceniza gruesa en Manizales, Villamaría (Caldas) y Tolima. Según el Servicio Geológico Colombiano, el nivel de actividad se situó en amarillo frente a un “incremento importante de la actividad sísmica volcano-tectónica”.

Hace 35 años, la presencia de las fumarolas, la salida de azufre del volcán y la irrupción de columnas de ceniza oscura fueron las manifestaciones anteriores a la erupción, hecho sucedido en horas de la noche del 13 de noviembre de 1985, que hizo desaparecer a Armero y llorar a toda la nación. En la nota final de su novela, escribe Álvarez Gardeazábal:

“De Armero no queda para el mundo sino el recuerdo de una niña que trataron de salvar por horas enteras de los escombros inundados de su casa. Por ello esta novela, quizás, no sea toda la historia de lo que pasó en Armero, pero sí resulta muy cercana a la verdad de lo que a diario ha venido sucediendo en Colombia, donde los sordos hace mucho rato que ya no hablan”. 

El Espectador, Bogotá, 29-VIII-2020.
Eje 21, Manizales, 28-VIII-2020.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-VIII-2020.

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He tenido un día muy ajetreado y apenas a esta hora me entero de este muy generoso comentario. Como diría nuestro común amigo y nunca bien lamentado Otto Morales Benítez, «solo la pluma del juicioso observador pasa a la historia». Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

El ingeniero y representante a la Cámara de la época, Hernando Arango Monedero, se cansó de advertir y nadie le paró bolas. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Estremecedor que en estos momentos se estén presentando los mismos síntomas y nadie ponga atención a las alarmas y las señales de la naturaleza, para prevenir y cuidar a las poblaciones que podrían salir afectadas. Es la crónica de una erupción anunciada, como lo hizo en su momento el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal y nadie hizo nada. Inés Blanco, Bogotá.

El viento de Aranzazu

miércoles, 23 de enero de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Qué motivo tuvo José Miguel Alzate para llamar San Rafael de los Vientos a Aranzazu? Con dicho nombre bautizó su reciente novela en la que presenta una alegoría de su patria chica. Se me ocurre pensar que mediante esta poética insignia se propuso regresar a la niñez y la juventud vividas en medio de la exuberancia de la montaña y frente a la tersura de las madrugadas y el embrujo de los atardeceres de Aranzazu.

Y como parte de ese escenario edénico, el sonido del viento… El viento es un ser sobrenatural, que camina, vuela, habla, refresca el ambiente y el espíritu. El viento de Aranzazu, que desde siempre se quedó anidado en el alma del escritor, le irradia embeleso. Le produce alegría. Y él trasmite esas emociones al lector. A veces el viento se enfurece, pero luego se aplaca. Con eso, le enseña al hombre a moderar sus pasiones y obrar con serenidad.

El viento es vida, armonía, entusiasmo. Y tiene color. Eso es la novela de José Miguel Alzate: una cadena de gratas reminiscencias. Es la propia existencia la que desfila por estas páginas memoriosas. Dijo Antonio Machado: “Abril sonreía. Yo abrí las ventanas / de mi casa al viento… El viento traía / perfumes de rosas, doblar de campanas”.

Además, tiene esencia femenina. La poetisa Laura Victoria, al recordar las muchachas de su pueblo, las evoca como “compañeras del viento, / que juegan con las flores / y bajan las pestañas / cuando el aire las besa / y les alza la falda / de pespuntados vuelos”. Este viento travieso y coquetón corre por todas partes, y en Aranzazu es un emblema del contorno bucólico.

Todo lo que pasa en la historia de un pueblo ocurre en San Rafael de los Vientos. Aquí se agitan, conforme se avanzan páginas, los problemas sociales, los vicios públicos, los abusos de las autoridades. Se percibe la comunidad pacata de todas las latitudes, la que peca y reza, enamora y traiciona, se santigua y luego se olvida de las buenas intenciones. De otro lado, surgen las rectas conductas y los sueños vivificantes. Se rememoran los días de la colonización antioqueña y el esfuerzo creador de los arrieros. Nos acordamos entonces de que estamos en Aranzazu.

¿Por qué, unido al nombre del pueblo, está Rafael el santo? Supongo que el arcángel, patrono de los enfermos y los peregrinos, es, junto con el viento, un oráculo de la población. En viejas épocas, Aranzazu era conocida como “la ciudad levítica de Caldas” en razón del número de clérigos que de allí salía. Al fique, otra de sus preseas, se le rinde tributo en la Fiesta de la Cabuya que se celebra cada año.

En San Rafael de los Vientos la vida transcurre con amor, sosiego y poesía. Una nómina esclarecida de escritores y periodistas realza la historia local: César Montoya Ocampo, José Miguel Alzate, Javier Arias Ramírez, Uriel Ortiz Soto, los cuatro hermanos Zuluaga Gómez, Jorge Ancízar Mejía, Rubén Darío Toro, Pedro Nel Duque González –Crispín–, Carlos Ramírez Arcila, Juan de Dios Bernal.

Hace años, en viaje con Otto Morales Benítez hacia su finca Don Olimpo, en Filadelfia, pasé por Aranzazu y quedé fascinado con sus paisajes y la calidez de la gente. Hoy regreso a la población mítica –donde “se ama, se vive y se espera”, según el eslogan de José Miguel Alzate–. Me trae el viento seductor de esta apasionante novela.

El Espectador, Bogotá, 19-I-2019.
Eje 21, Manizales, 18-I-2019.
La Crónica del Quindío, 20-I-2019.
El Caldense, Aranzazu, 20-I-2019.

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San Rafael es el nombre de una vereda de Aranzazu donde ventea mucho. Era adonde yo iba en vacaciones cuando era niño. Esa misma  pregunta me la hizo Juan Gossaín. Yo le respondí lo mismo que a él le respondió García Márquez cuando le preguntó por qué en una película utilizó el nombre de San Bernardo del Viento: porque es un nombre inspirador, muy bonito. Yo le dije a Gossaín que por ese San Bernardo del Viento fue que yo titulé así mi novela. José Miguel Alzate, Manizales.

No en vano el viento es una alegoría etérea y real en la vida del hombre, del hombre sensible que lo sabe sentir y apreciar. Tampoco es  fortuito que en poesía, como lo mencionas en el caso de Laura Victoria, este se campee en los versos de ella y de muchos poetas que han sentido su caricia y su ausencia. Los libros que recogen memorias de la infancia y de la juventud, como creo es el caso del escritor Alzate, tienen el tinte del recuerdo y la nostalgia que como la llama de una vela, se mecen perennes en el recuerdo y se hacen presentes y gozosos en la edad madura.  Inés Blanco, Bogotá.

El Atrato se defiende

jueves, 5 de abril de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Conocí el Chocó en 1990. En Quibdó la pobreza se traslucía en niños famélicos, de mirada taciturna y vientres abombados –invadidos de parásitos–, que se deslizaban por las calles como testimonios vivientes del eterno abandono en que ha vivido la población. Y me maravillé ante el espectáculo del torrentoso Atrato –el más caudaloso de Colombia–, que bordea la ciudad y representa el mayor medio de transporte de la región. “El río Atrato parece que gimiera, en sus sordos lamentos, siglos de esclavitud”, anoté en el artículo El Chocó merece más (El Espectador, 24-IX-1990). En los 27 años que han transcurrido desde entonces, la situación del departamento sigue siendo dramática.

El contraste entre los dos extremos que allí se tocan no puede ser más desconcertante. De una parte está el patrimonio ecológico, constituido por la biodiversidad y la minería, y de la otra, la miseria y la degradación humana. Políticos, gobernantes y los implacables explotadores de la naturaleza parece que se hubieran coaligado a lo largo del tiempo para extraer la fortuna a costa de la esclavitud de los moradores, la mayoría pertenecientes a comunidades negras e indígenas.

El Atrato tiene una extensión de 750 kilómetros y pasa por territorios del Chocó (69%) y de Antioquia (31%). Durante su recorrido se vigoriza con más de 300 afluentes, entre ríos y quebradas. Desde Quibdó hasta Urabá son navegables 508 kilómetros en embarcaciones de alta capacidad, y se convierte además en vía que conduce a Turbo y el puerto de Cartagena. En la cuenca habitan más de 470.000 personas que subsisten de la pesca, la minería y la agricultura en pésimas condiciones.

El Chocó, una de las zonas más lluviosas del mundo, es el único departamento de Colombia que tiene dos océanos: Pacífico y Caribe. Es territorio de agua, y asimismo de enfermedades, analfabetismo, pobreza extrema, corrupción y desempleo. La malaria, la tuberculosis y la desnutrición infantil son males crónicos que diezman a las familias y menoscaban la ilusión de vivir. Los políticos se roban los presupuestos para la salud, y nada pasa.

En medio de este panorama aterrador, fue puesta una tutela que busca recuperar el Atrato. Parecía una acción infructuosa, de las tantas que se han intentado y se han hundido en los ríos legendarios. Sin embargo, tuvo éxito en la Corte Constitucional. En el fallo de la sentencia T-622 del 10 de noviembre de 2016 (publicado en mayo de 2017), el alto tribunal “reconoce al río Atrato, su cuenca y sus afluentes como una entidad sujeta de derechos”. Colombia se convierte en el tercer país del mundo en el que se protegen los derechos de un río como si fueran los derechos de una persona.

Esto, en buen romance, significa que el Estado debe desalojar de aquel territorio la minería ilegal y la contaminación, purificar las aguas de los ríos y dispensar condiciones dignas a los miles de habitantes que han vivido entre el abandono, la insalubridad, el hambre y la miseria. Antioquia se proclamó guardiana y actora de este programa de largo alcance. Corresponde al próximo gobierno responder por lo que ya es mandato de la ley. Ojalá sentencia tan providencial no se convierta en letra muerta. Será la Corte Constitucional la que garantice su ejecución.

El Espectador, 30-III-2018.
Eje 21, Manizales, 31-III-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 1-IV-2018.

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Conocí desde los años 70 el Atrato y también el San Juan (que desemboca al Pacífico). El San Juan era por excelencia el río de la minería: su principal poblado era Istmina y sobre su cuenca de influencia estuvo la Chocó Pacífico que explotó el oro de varios municipios. La devastación por minería se acentuó en ese río, pero en el río Atrato la devastación fue forestal: sus maderas se las llevaban las compañías americanas (Maderas del Atrato) y las españolas (Maderas de Urabá) para sus países, en embarcaciones transatlánticas propias, que llegaban hasta el golfo de Urabá para el cargue exclusivo de esas maderas. Fue tal el negocio que Maderas del Atrato tuvo una línea de ferrocarril de más de 20 kilómetros dentro de la selva para el transporte de maderas hasta los afluentes hídricos más cerca al río Atrato. ¡Qué bueno recordar esos tiempos, y, como usted, haber sido testigo de tantos acontecimientos tan poco conocidos por tan pocos! Carlos Alberto Tamayo Palacio (La Crónica del Quindío).

Yo  lo conocí mucho antes, en 1963, y no tendría que añadir un adjetivo a lo que anota el artículo. El minagricultura de entonces, Virgilio Barco,  se las ingenió para mejorar un poco la vida de los cultivadores de arroz con unas pequeñas secadoras, pero los políticos siempre saben caer donde hay algún dinero y nadie supo dónde ni quiénes lo aprovecharon, pero de ningún modo fueron los agricultores. 55 años y todo sigue igual o peor. Josué López Jaramillo, Bogotá.

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Canciones de la guerra

martes, 21 de marzo de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El historiador Orlando Villanueva Martínez ha escrito varios libros sobre la violencia colombiana, dedicados a repasar la vida legendaria de famosos personajes insurgentes del país, como Biófilo Panclasta, Dumar Aljure, Manuel Quintín Lame, Guadalupe Salcedo, Sangrenegra, Camilo Torres Restrepo. Trabaja ahora en la biografía de Pedro Brincos, y en sus planes se encuentra la  historia de Tulio Bayer, sobre la que ya posee buena información.

Su último libro se titula Canciones de la guerra: la insurrección llanera cantada y declamada, y lleva el sello editorial de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. E incluye un video con material audiovisual sobre el contenido de la obra.

Valiosa edición que llena un vacío en el largo y sangriento historial de las guerrillas y las voces rebeldes que han protestado contra las injusticias, los atropellos y los oprobios cometidos contra la población desprotegida. Nadie había realizado la tarea académica que cumple Villanueva Martínez al recoger en su libro un repertorio significativo de canciones, poemas, testimonios, fotos y mapas sobre los sucesos bélicos ocurridos en los Llanos Orientales (o el Llano, como también se le conoce) en los años 50 y 60 del siglo pasado.       

Época turbulenta en la que los partidos conservador y liberal, trenzados en el peor sectarismo de la historia, que era instigado por la propia Iglesia católica, cubrían de sangre el territorio nacional. En los gobiernos de Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez, los campesinos del Llano fueron hostigados por las fuerzas oficiales, e hicieron irrupción los temibles “chulavitas”, quienes despojaban a los nativos de sus tierras, los sometían a toda clase de vejámenes y los masacraban, como lo cuenta este corrido:

“Eran las seis de la tarde / de un 28 de marzo, / yo reconocí a esa gente, / eran policías chulavos / y algunos vecinos míos / que servían de baquianos. / Desde el guafal miré todo: / a mi mujer la mataron, / lo mismo a nuestros hijitos / de dos y de cuatro años”.

Contra esas hordas de la iniquidad surgió Guadalupe Salcedo, legítimo llanero, intrépido líder de la rebelión y convertido, por fuerza de las circunstancia, en “el terror del Llano”, como se le conocía.  Así lo dibuja esta canción:

“Ahí viene don Guadalupe / terror y muerte llevando / mientras los de Bogotá / bandolero lo han llamao, / el pueblo que lo bendice / lo nombra su abanderao (…) ¡Ánimas, don Guadalupe! / que ya el sol está clariando / y la madrugada canta / en el pico de los gallos. / ¡Si nos quitaron la patria / la estamos reconquistando!”.

Miles de llaneros seguían, con portes desarrapados, armas precarias y el ánimo erguido, al heroico capitán de la insurrección. Su imagen fulguraba en todo el país. Hasta que un día, en el gobierno del general Rojas Pinilla, lo halagaron para que se rindiera y entregara las armas. Se dejó convencer, sin sospechar que sería traicionado. Cuatro años después de haber firmado la paz caía abatido por la policía en una calle de Bogotá. Guadalupe Salcedo se volvió un mito en la historia del Llano.

Estos hechos, hoy olvidados, resurgen de manera diáfana en el libro del historiador Villanueva Martínez. Obra que tiene el mérito de recuperar el folclor llanero de aquella época tenebrosa, cuando las canciones de la insurrección pasaban de boca en boca, y se volvieron un canto de libertad.

El Espectador, Bogotá, 17-III-2017.
Eje 21, Manizales, 17-III-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 18-III-2017.

Comentarios

Muy buena reseña, que he leído con especial interés tanto porque Villanueva es un referente notable en la investigación académica sobre el liderazgo insurgente en Colombia, cuanto por el aporte del artículo al entendimiento de episodios dolorosos de nuestra historia conflictiva. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

Qué bueno traer a cuento esa triste historia de la violencia partidista de los nefastos años cincuenta, porque la gente joven desconoce completamente los sucesos y fenómenos políticos de entonces y los procedimientos tortuosos de los chulavitas. Mucho menos saben quién fue Guadalupe Salcedo, y quienes vagamente tienen una idea, lo tildan de «un bandido asesino que hubo por allá en los Llanos». Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

No sé el motivo por el cual Sangrenegra, o Jacinto Cruz Usma, figura al lado de los insurgentes en esta columna. Siempre supe que Sangrenegra era un cruel bandolero. No sé si esté equivocado. Porque me imagino que el libro es para evocar personajes que lucharon por algún ideal o presionados por gobiernos opresores. César Carvajal Henazo (correo a La Crónica del Quindío).

Respuesta del autor del libro. Sobre el caso Sangre Negra, el comentarista podría tener en parte razón, aunque habría que decir que insurgente, en este caso, sería toda aquella persona que se levanta o se manifiesta, a su manera, contra el sistema, o una situación de opresión. En mi libro catalogo a Sangre Negra como un lumpen bandido, que llegó a hacer lo que hizo, no por gusto, sino porque las circunstancias lo llevaron a realizar determinadas acciones, que dentro del punto de vista de mayoría, resultan equivocadas. Orlando Villanueva Martínez.

Gran vocero de Caldas

miércoles, 24 de febrero de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Miguel Alzate es un enamorado entrañable de Aranzazu, su tierra natal. Este tema es recurrente en sus ensayos, conferencias y artículos de prensa. En el año 2000 publicó el libro Aranzazu, su historia y sus valores. Es autor de la letra del pasodoble Aranzazu, canción y poesía, con música de Manuel Alvarado. En El sabor de la nostalgia (2003) recoge crónicas, artículos y discursos sobre Aranzazu.

Hace un par de años compiló, en el libro Entre la soledad y la angustia, la poesía de Javier Arias Ramírez, emblema de las letras caldenses, nacido en Aranzazu en 1924 y fallecido en 1987. En 1989 editó el libro Javier Arias Ramírez, un poeta de Caldas.

Sobre este poeta ilustre, cuya obra, olvidada hoy, se enriqueció con la lectura de los grandes líricos de España y otras latitudes, dice Augusto León Restrepo: “Si algo caracteriza la producción de Javier es su desolación, sus imprecaciones aceradas, su envolvente y decidida pasión por lo humano”.    

Además, el sentido de identidad con sus raíces vernáculas lleva a José Miguel Alzate a destacar la vida de otros pueblos de su comarca, como Samaná, al que en el 2001 dedicó el libro Samaná en la historia. Por otra parte, se ocupa a menudo de los problemas y el mundo cultural de la región a través de sus artículos de prensa.

Todo esto me lleva a resaltar el hecho de que este escritor perseverante es una de las voces más genuinas y analíticas del acontecer caldense. El amor por su tierra nativa lo irradia a todo el departamento –de tan gloriosos antecedentes cultos–, y esto le ha hecho ganar el aprecio y la admiración de sus coterráneos.

El inicio de José Miguel Alzate como escritor y periodista se manifiesta en La Patria de Manizales, donde a los diecisiete años sorprendió con sus notas críticas literarias.  Al paso de los días, ha sido articulista del Diario de la Frontera, El Colombiano, La Opinión, Diario del Otún, La República, El Heraldo, Eje 21. En los últimos seis años escribe una columna en El Tiempo.com.

Es autor de ocho obras. Fuera de los títulos citados se encuentran Conceptos libres, Sinfonía en azul (libro de cuentos ganador de un concurso en Manizales) y Para conocer a García Márquez, que vio la luz hace pocos meses.

Es experto en García Márquez. Su dedicación a la obra del creador de Macondo viene desde mucho tiempo atrás, y esto se evidencia en los variados análisis que ha ofrecido en sus artículos de prensa. El reciente volumen es buen glosario de sus andanzas alrededor del escritor insignia de la literatura colombiana.

De este libro entresaco dos asuntos. Uno: el origen de la palabra Macondo. Dice García Márquez que vio el vocablo en una tablilla a la entrada de la compañía bananera, y después sabría que se trataba de un árbol gigante descubierto por Humboldt cerca de Turbaco. Y es el nombre de una tribu milenaria de Tanganika.

Dos: ¿existió la famosa mamá grande? Sí existió. Fue una mujer “rica y pintoresca” que conoció García Márquez en la población de Sucre, en la década de los cuarenta, llamada María Amalia Sampayo de Álvarez.

Esta revelación de José Miguel Alzate me incitó el nervio para releer Los funerales de la mamá grande y sacarle, por supuesto, mayor sabor a aquella historia de estupendo realismo mágico.

Eje 21, Manizales, 19-II-2016.
El Espectador, Bogotá, 19-II-2016.

* * *

 Comentarios

A José Miguel Alzate lo he seguido de vieja data en sus incursiones editoriales y periodísticas. Ha sido un insistente y profuso exponente de las virtudes de su patria chica, como también de las de Caldas, su departamento. Merecido homenaje a nuestro amigo y justa exaltación de un valor caldense de parte tuya, a quien siempre te hemos considerado, con orgullo, como uno de los nuestros. Augusto León Restrepo, Bogotá.

Te felicito por tu recurrente y valiosa tarea de poner en valor la literatura regional. Carlos A. Villegas Uribe, Medellín.

Gracias a la participación que me haces de tus notas, he podido conocer algunos personajes y aspectos relacionados con el Quindío y en general con el Eje cafetero. El haber vivido en esa zona y haberte vinculado a sus círculos culturales y periodísticos te ha permitido divulgar lo concerniente a ellos y con seguridad eres una persona muy reconocida y estimada allá. Haces una fructífera labor periodística e histórica. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Muy interesante tu columna. No conozco a este escritor. Los datos que aporta sobre la obra de García Márquez denotan la profundidad de sus investigaciones. ¡Qué buen trabajo el que haces dando a conocer personajes para muchos desconocidos, como es el caso de  José Miguel Alzate! Esperanza Jaramillo, Armenia.

Este es un estímulo que obliga a seguir adelante, trabajando con la palabra, rescatando los valores de Caldas, hablando de quienes escriben para dejar huella de su paso por la vida. José Miguel Alzate, Manizales.