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Bogotá, a la luz de una lámpara

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Los 450 años de Bogotá, cumplidos hace pocos meses, ya parecen un suceso remoto. Pasaron con la fugacidad de una luz de bengala o la brevedad de una copa de champaña. El acontecimiento fue más ceremonioso y emotivo que generador de progreso. Para el centro de la ciudad se ofrecieron algunas obras de transformación, pero és­tas se vienen ejecutando con irritante parsimonia. Nada espectacular, nada revolucionario para la gran capital.

El recuerdo de la efemérides queda, en cambio, recogi­do en las páginas de bellísimas ediciones. Muchos libros luminosos, mucha prosa brillante, grandes textos socio­lógicos acrecieron la bibliografía de una de las capita­les más destacadas de Latinoamérica, que se asoma con ímpetu al misterioso reto del siglo veintiuno. Los 450 años de Bogotá engrandecieron la literatura colombiana.

La revista Lámpara, tan vinculada al corazón de la patria, le rindió a la cosmópolis, en admirable edición de lujo, esplendoroso homenaje. Especialista en la per­fección del grabado y la magnificencia de la policromía, los textos que reunió, de autores sobresalientes, hacen de este número un acervo de arte, de gracia y eru­dición.

Donosas plumas, como las de Belisario Betancur y Ger­mán Arciniegas, recrean, con la magia de sus estilos ame­nos y descriptivos, la vida bogotana llena de peculiaridades, de anécdotas y evoluciones. La ciudad hosca que halló el montañero de Amagá en su primer contacto con la fría altiplanicie, más tarde se le volvió tierna hasta serle imprescindible. «Como en el viejo poema de Cavafis –dice el expresidente–, siempre llevaré esta ciudad puesta».

El general Álvaro Valencia Tovar pasa revista a los episodios bélicos que sacudieron la vida santafereña del siglo diecinueve y deduce que, a pesar de la dureza de aquellos conflictos, nunca Colombia se había visto tan azotada como en las graves contiendas que se presenta­ron, y siguen enconadas en nuestros días, a partir del 9 de abril de 1948.

José Salgar es otro testigo de excepción de este pro­ceso histórico que salta de doce chozas levantadas de afán hasta la vertiginosa era electrónica que hoy nos asombra y nos confunde. Salgar, que ha visto tantas metamorfo­sis en su denso camino de hombre de la calle, va de la mano, en este inventario de la Bogotá que se fue, con Gonzalo Mallarino, otro cronista memorioso y cordial de su terruño, quien recordando los primeros automóviles capitalinos, montado en el carro de su vecino, nos pinta la transformación del tráfico motorizado.

El deporte, la expansión, el rigor atlético tienen en la crónica de Eduardo Arias Villa la resonancia que sale de los estadios y del aire libre y enmarca una ciudad de deportistas. Bogotá no se resigna a los espacios cerra­dos y todos los días agranda su territorio y fortalece sus pulmones.

El Carnero, obra vital para comprender la épo­ca de la Colonia y los episodios pasionales que en ella tuvieron ocurrencia, se examina con sentido crítico, encuadrándolo bajo los aleros de la vieja ciudad, por el escritor Rafael Humberto Moreno Durán. Con vena chis­peante, propia de su genio guasón e ilustrado, Alfredo Iriarte nos ameniza la Bogotá cachaca entre añejas recor­daciones.

Elisa Mújica se va por las antiguas librerías bogota­nas, apegada a las curiosidades bibliográficas del si­glo diecinueve, y nos recuerda, con ánimo nostál­gico, que un día nos ganamos el título de Atenas suramericana. Por fortuna, el bogotano culto todavía no se ha extinguido. Y no podía faltar la óptica del visitante extranjero, Manuel Mora, representante de la agencia es­pañola Efe, quien se mete en el alma de la ciudad y re­vela sorprendentes apreciaciones. Es un viajero inquieto que sabe revolver las entrañas de la urbe acogedora.

¡Qué grato contemplar a Bogotá bajo la lumbre de esta Lámpara de cultura! Lámpara que se alimenta del petróleo nacionalista para iluminar el camino que nos abre el incierto siglo que ya tenemos encima.

El Espectador, Bogotá, 30-I-1989.

 

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Doña Inés perdió su casa

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

De paso por la ciudad de Tunja, un año antes de po­nerse de moda Inés de Hinojosa gracias a los arranques eróticos de Próspero Morales Pradilla, pregunté por la casa del pecado. El vecino me repasó de pies a cabeza como investigando si había escuchado bien.

–La casa del pecado –precisé.

–¿Tan temprano, señor?

Y como insistiera en mi deseo de visitar en ese mis­mo momento, tres de la tarde, la oculta mansión de la concupiscencia que no había logrado descubrir, el veci­no, adoptando un gesto guasón, me preguntó:

–¿La casa de la mestiza? ¿La del cuerpo excitante y la mirada seductora? ¿La de los senos voluptuosos y el andar irresistible? Lo veo por sus ojos, señor: pregun­ta usted por la mayor pecadora de Tunja. ¡La perdición de los hombres! Y quiere conseguirla a las tres de la tarde, ¿no es cierto?

–¡La misma, la misma…!

–¡Ya! –remató mi guía–. Se va seis cuadras en línea recta; voltea a la izquierda hasta una pileta de agua; luego sigue hasta la cuadra siguiente, por la derecha, hasta que ve aparecer un árbol; frente a él se halla una casa colonial, silenciosa, con las ventanas cerradas y con cierto embrujo pecaminoso, que es lo que usted busca. Cuando la dama abra el postigo, usted le sonríe…  ¡y ya!

En la travesía, que devoré con paso precipitado, me dije que al fin iba a saciar mis ansias. La niebla y el frío tunjanos se me habían metido en el alma, pero cuan­do vi el árbol sentí un fresco en el corazón. La brasa del deseo calentaba mis zonas frígidas.

La dama sigilosa, con un guiño, me invitó a empujar la puerta. Avancé entre penumbras y me detuve en la escalera de piedra. El reposado patio sembrado de árbo­les, al fondo, me sugirió recónditas aventuras amorosas del siglo XVI. ¿Dónde estará el túnel secreto?, me decía, al tiempo que la dama, desvaneciendo de sus ojos un ex­traño sopor, me conducía por el corredor. Por allí, en­tre bostezos perdidos y peligrosas sensaciones de inti­midad, vi moverse bajo las sábanas figuras somnolientas.

Cuando me sentí prisionero de la equivocación en medio de una salita olorosa a trago y a pecados ordinarios, pretendí retroceder. Pero la damisela, que en nada se parecía a la Hinojosa, ya había servido dos copas de ron, sin mi consentimiento, y puesto en circulación el disco que a la madrugada quedó en el aparato de la música.

¡Vamos, vamos!, reaccioné, como despertando de un sueño. La época de la Colonia, llena de delirantes pasio­nes de alcoba, ya estaba esfumada. Ahora corría detrás de unos pecados baratos, los de las tres de la tarde, que me asustaron. Los dejé a medio tapar, como los ha­bía encontrado, y huí por la calle del árbol; y éste no era el del ahorcamiento, como el vecino bromista me lo había hecho suponer.

Después de semejante chasco, averigüé en el Institu­to de Cultura y Bellas Artes por la casa evaporada, que ningún transeúnte había logrado localizarme. Creía, des­de luego, como boyacense y amante de la historia, que existiría todo un museo atestiguando los hechos memora­bles. Mi interlocutor me confesó, con pena, que doña Inés no tenía casa.

Fui, de todas maneras, al lugar que me indicó. Por el balcón colonial, que nadie abre desde que la resi­dencia se halla en ruinas, supe que estaba en el sitio histórico. En la tienda de la esquina pedí un café, y ya con suficiente calor, pregunté por la residencia. ¡Inés de Hinojosa!, se me hinchó el ánimo. La empleada quedó en babia. ¡Inés, la mundana, la pecadora! Se bur­ló de mi arrebato. Nunca había oído hablar de ella.

Me encaminé al portón siguiente, donde existe una carnicería. ¡Esa era la entrada al paraíso perdido! Como el cuidandero no estaba, lo esperé buen rato. Me dejó seguir, pero con reticencia. Cuando subía las gradas que llevan al segundo piso, todo un enjambre de Pedros, de aventuras clandestinas, de intrigas pasionales, de formas lúbricas, me atropellaba la mente. A poco andar supe que el túnel del amor había desaparecido entre paredes derruidas. Las alcobas estaban cerradas y denunciaban calamidades. El pasado yacía entre moles de decrepitud. En medio de aquel abandono me pareció escuchar el quejido acusador del Judío Errante.

Ahora que los pecados de Inés de Hinojosa iluminan la televisión y despiertan explosivas apetencias, me duele que la pobre y deslumbrante mujer (ambas cosas unidas son posibles en el hechizo femenino) carezca de casa. Cuando no se tiene techo, tampoco se tiene lecho. Tal vez ella, que tanto lo disfrutó, se lo llevó para la otra vida. Doña Inés es una referencia tunjana y debe permanecer en su sitio histórico. Sus pecados, que escandalizaron a la Colonia y describieron un estado social, no pueden ignorarse ni removerse. Por eso, Próspero Morales Pradilla los ha sacado al desnudo, con sensuales alborozos.

Ya de regreso de mi frustrada visita, me acordé del tunjano guasón que me envió a buscar el placer en otro laberinto. Pero no me dejé atrapar por una Inés falsificada. Insistí en mi pesquisa hasta descubrir el recinto donde soñó y pecó la hermosa y desventurada mujer. En la entrada funciona hoy una venta de carne. La carne y el pecado caminan juntos. O si no, que lo desmientan los tunjanos, demorados en rescatar esta huella de la historia.

El Espectador, Bogotá, 19-XII-1988.

 

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Nuevos rumbos en Colcultura

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La directora de Colcultura, Liliana Bonilla, expone a las periodistas Marisol Cano Busquets y Poly Martínez (Magazín Dominical, 13-XI-88) nuevas políticas para el manejo de la cultura nacional. Hasta hace poco, en la du­ra administración de Carlos Valencia Goelkel, existía el criterio de que la cultura debían hacerla los particula­res, y el Estado encargarse de encauzar las iniciativas privadas. Era un concepto aislante, y así los escritores y artistas se vieron marginados de los programas oficia­les. Aunque siempre han vivido en precarias condiciones, el rigor se acentuó bajo esa regla.

Ahora, en la nueva etapa, Liliana Bonilla define una presencia más dinámica de la entidad en la orientación y estímulo que necesitan los creadores del arte. Estas  declaraciones hacen recuperar el liderazgo que le corres­ponde asumir a Colcultura. Lo cual no excluye el concep­to de la iniciativa privada (que se ha hecho evidente en importantes realizaciones), unido al de la descentraliza­ción regional, para que la cultura consiga mayor impulso e independencia, pero siempre bajo la protección económi­ca del Estado.

Se ha advertido en los últimos tiempos un notorio debi­litamiento de las partidas oficiales para atender las necesidades de la cultura. Con un presupuesto de 500 mi­llones, el actual, apenas se pueden sufragar gastos ele­mentales. Se salta a 1.300 millones en el presupuesto del año entrante, lo que significa un avance significativo, aunque de todas maneras la contribución es anémica. No lle­ga al uno por ciento del presupuesto total de la nación.

La cultura no puede continuar siendo la gran deshere­dada de los gobiernos. No puede funcionar como entidad de beneficencia. Pueblos avanzados son aquellos que estimulan la creación, buscan y defienden las raíces espirituales del pueblo, preservan el patrimonio común de la nación. Al Estado le corresponde no sólo promover las actividades culturales sino convertirse en patrocinador de quienes con­sagran su vida al cultivo del arte.

No se concibe un pueblo grande sin escritores y poetas. Ellos, los supremos memorialistas del tiempo, son quienes rescatan para la posteridad las lecciones de la historia; quienes se meten en el alma de la gente para traducir sus angustias y esperanzas; quienes se vuelven brújulas de la humanidad y le proponen las metas del progreso. Sin artistas no habrá nación culta. Los pueblos incultos están condenados al fracaso. Pensemos por un momento en Grecia, la nación más desarrollada de la antigüedad, gra­cias a sus escritores y poetas, que dejó para el mundo pirámides de civilización.

Colcultura, que nació en el gobierno del doctor Car­los Lleras Restrepo (como tantas obras suyas de verdade­ra proyección), ha cumplido una vasta labor. Siempre es­casa de recursos –más cuando algunos gobernantes no saben entender la trascendencia de la cultura–, ha salido ade­lante en su papel de orientadora de las inquietudes cul­turales de la patria.

Bajo su auspicio se han fundado numerosas casas de cultura en la provincia; se ha prote­gido el patrimonio aborigen; se ha impulsado el arte dra­mático; se ha estimulado la pintura; se ha creado mayor vocación musical; se han rescatado valiosos libros de la literatura nacional y se ha favorecido (en otros tiempos más que en los actuales) el nacimiento de nuevos escritores.

Todo eso ha sido importante, pero no suficiente. Falta mayor participación de la provincia. Es necesario que el país se descentralice culturalmente. Que los recursos pre­supuestales lleguen más a las masas. Que se regrese al libro popular, aquel de los tres pesos en su época, ideado por Jorge Rojas y que ha hecho más lectores en Colombia. El reparto cultural debe ser más pródigo. La cultura debe ser universal, jamás estrecha ni excluyente. Liliana Bonilla sabe interpretar tales urgencias en el  reportaje a que alu­de esta nota, en el que señala pautas claras y vigorosas para buscar mejores derroteros.

El Espectador, Bogotá, 28-XI-1988.

 

 

 

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¿Por qué no ensayar la paz?

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La angustiada pregunta de don Guillermo Cano, formula­da en momento crucial de la violencia colombiana, conti­núa sin respuesta. La sangre sigue corriendo y pone to­dos los días nuevas cruces clamorosas. Todos los sistemas del terrorismo han sido ejecutados. Nada nos falta por practicar.

¿Por qué no ensayar la paz? ¿Qué nos deja esta ola de violencia? Sólo dolor y espanto. Ya no caben más víc­timas en las estadísticas de la muerte. Nos estamos destrozando en una guerra ciega, guerra de pasiones e iniquidades que no ha tenido ni podrá tener vencedores. Nadie gana en esta refriega del exterminio.

¿Por qué se matan los colombianos? Pregunta sin respuesta. Lo único cierto es que nos correspondió vivir en una sociedad de odios. En esta matanza indis­criminada, donde caen los buenos y caen los malos, un grito de terror se escucha en Colombia. Ese grito, po­tente alarido de orfandad y angustia, repercute en otras naciones, en el mundo entero, y nos identifica como pueblo salvaje. Pueblo indescifrable, lleno de ren­cores y sin ánimo de reconciliación.

¿Por qué no ensayar la paz? Fue una voz solitaria que se dejó oír en una tregua de la guerra, cuando se abría paso la fórmula de la amnistía. Los grupos alzados en armas ya habían cometido las mayores atrocidades. La muerte violenta se había enseñoreado de los campos y las ciudades. La sangre de las personas sacrificadas de­jaba viudas y huérfanos inconsolables.

Don Guillermo Cano, apóstol de la paz, predicó resuelto su evangelio. Una ráfaga monstruosa le arrebató el uso de la palabra. Con su propia sangre pagó su invita­ción a la reconciliación. El panorama de Colombia se oscureció con el atentado horripilante. La patria vol­vió a erizarse en la tragedia insondable que silencia­ba una de las voces más respetables, y la más valiente, de la resistencia al caos.

Y el caos sigue avanzando… Situados en un momento sin grandeza, todo se derrumba, todo se aniquila. A Co­lombia le llegó la maldición satánica. Ya no es posible concebir mayor torpeza histórica. Enfrentados los ejér­citos en la vehemencia de la guerra, el furor es el úni­co motivador de esta desgracia colectiva que nos empuja a ser miserables. Ya ni siquiera el ánimo tiene fuerzas para el optimismo.

Todo se ha ensayado, menos la paz. Se ha transitado desde la represión hasta el perdón, y la guerra continúa. A los propósitos de paz se responde con descargas cerradas y con muertos hacinados. Se asesina en montón, para que las cuentas rindan más. La sangre se desborda por los caminos de la barbarie. El alma colombiana, alma pura e indefensa, clama a los cielos por el cese del fuego.

Hace seis años, el 14 de noviembre de 1982, don Gui­llermo Cano pedía ensayar la paz. Proponía un desarme de los brazos y de los espíritus. Su vocación pacifista, cual la de otro Gandhi, ayudaba en el desierto de Co­lombia para que no hubiera más metralleta ni más fero­cidad. Los violentos lo tomaron de blanco y pretendie­ron quitarle la bandera de la paz. Lo asesinaron, pero la bandera pasó impoluta a otras manos y a otros espíritus.

*

Leo ahora el libro suyo que surgió de aquella encru­cijada de la muerte. Repaso sus vibrantes escritos sobre la convivencia de los colombianos. Y siento turbada el alma con la sinrazón de la guerra. Cuando se abren los diarios o se escucha la radio o la televisión, sabemos que aquí, en este país que se dice civilizado, impera la ley de la selva. Al leer el último de los ensayos, cierro el libro luctuoso y vuelvo a encontrarme con la paloma promiso0ria y con el título  sobrecogedor: ¿Por que no ensayar la paz?

El Espectador, Bogotá, 24-XI-1988.

 

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Cátedra quindiana

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Escrito por autores quindianos –y por quienes sin serlo de nacimiento llevamos el honroso título de hijos adoptivos–, acaba de salir de los talleres de Editorial Kellyel libro que lleva por título Lo que el Quindío le ha aportado a Colombia.

Dice Horacio Gómez Aristizábal, comenzando la obra, que «la verdad profunda es que si Colombia es en lo polí­tico un país unitario, en la realidad es una definida federación de repúblicas». Cada región, en efecto, tiene sus propias características, no sólo geográficas sino tam­bién de costumbres y de temperamento. El café marcó en el Quindío un estilo de vida. Alrededor del café –dios mitológico– se impuso una sociedad laboriosa, inde­pendiente y progresista.

La separación del Quindío de la geografía caldense, que en realidad fue más física que sentimental, llevaba implícito un acto de soberanía para forjar el propio destino. Lejos de ser una salida de rebeldía, era un de­seo de superación. El pequeño territorio se sentía con fuer­zas para gobernarse a sí mismo. Y ha demostrado, al paso de los años, que el propósito no estaba desenfocado. Hoy Armenia es una de las ciudades con mayor futuro en el país, que dio el gran salto de pueblo pequeño a centro populoso.

La colonización que se formó alrededor del café de­termino el apego a la tierra. Esto es tan evidente, que el quindiano, por más halagos que se le han ofrecido, no cambia su parcela cafetera por los motores de la industria. Con el café no sólo ha sustentado sus necesidades cotidia­nas sino que ha engrandecido la economía del país.

En lo cultural y en lo literario, también el Quindío ha escrito su propia historia. Región de escritores y poetas, puede hablarse de una cultura. ¿Por qué no men­cionar la cultura quindiana lo mismo que se hace con la caldense o la boyacense?

Nombres sobresalientes como los de Eduardo Arias Suárez, Euclides Jaramillo Arango, Luis Vidales, Carmelina Soto, Adel López Gómez, Baudilio Montoya, Horacio Gómez Aristizábal, Héctor Ocampo Marín, Jaime Lopera Gutiérrez, Jesús Arango Cano, Humberto Jaramillo Ángel, Esperanza Jaramillo, Alirio Gallego Valencia, Tiberio Quintero Ospina, Jesús Rincón y Serna, Carlos Restrepo Piedrahíta, Rogelio Maya López, Mario Sirony, Guiller­mo Sepúlveda, Nelson Ocampo Osuna, Jaime Buitrago Cardona, Rodolfo Jaramillo Ángel, Humberto Senegal, Miguel A. Capacho, Fernando Arias Ramírez, Antonio Cardona Jaramillo, Gloria Chávez Vásquez, y otros que se esca­pan en este inventario al vuelo, hacen la cátedra quin­diana que hoy resalta, como contribución a la cul­tura nacional, el libro que aquí se comenta.

Quienes, sin ser oriundos de la región, hemos hecho obra en ella, nos sentimos comprometidos con la tierra. Varios de los nombres citados no son nativos del Quindío, pero se les considera quindianos por su vincula­ción y su identidad con la comarca.

Hay que lamentar que en el género del cuento, tal vez el campo en que más notoriedad tuvo el Quindío, ha­ya habido indiferencia regional para reimprimir, y en algunos casos editar por primera vez, obras significa­tivas. ¿Por qué no volver por los libros de Eduardo Arias Suárez –el mejor cuentista de Colombia–, o de Anto­nio Cardona Jaramillo, o de Jaime Buitrago Cardona?

El Quindío es una referencia colombiana. Por su ca­fé y por su literatura. Pueblo pujante y batallador, da ejemplo de laboriosidad a otros lugares. No se dejó amilanar por la violencia de otros tiempos y hoy vive en paz. El mensaje que lleva el libro en comentario es fortificante.

El Espectador, Bogotá, 21-XI-1988.

 

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