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La honradez, un don escaso

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La falta de honradez se convirtió en un distintivo de la humanidad. El mundo se volvió tramposo. A la gente le gusta la farsa, la mentira, la escaramuza. Los negocios, incluso entre la llamada gente decente, se hacen con cartas tapadas, con malicia, con intención aviesa. Estamos en un momento donde todos recelan de todos y viven prevenidos contra el engaño en el trato comercial o en las relaciones personales.

La estafa, tan común en el medio colombiano, es el pan cotidiano que parece estar vigente, desde la primera edad, en la formación del individuo. Se enseña más a ser asaltador que a leer y escribir. Como la persona, desde la niñez, debe aprender a defenderse, llevará inculcada la lección de que vivimos en un mundo de traición permanente.

Recorrí más de diez almacenes en busca de un repuesto ele­mental para mi vehículo. El precio normal era de $5.500, marcado en la revista Motor, y en ninguno de los sitios visitados hallé siquiera una aproximación. En todos subía de $7.000 y uno de ellos tuvo el descaro de pedir $ 10.000, casi el doble del valor legítimo.

Si usted recorre el comercio decembrino hallará, de almacén a almacén, a veces puerta de por medio, las más extravagantes oscilaciones por el mismo artículo.  Los comerciantes en nuestro país parecen haber sido amasados con el criterio, muy a la colombiana, de la tum­bada. Primero se le mira la cara al cliente y de acuerdo con su ingenuidad se le sube el termó­metro.

Leo en una revista que en una ciudad de la China se fue la luz en una gran tienda de mercancía colmada de 10.000 personas ¡y no hubo un solo robo! En una su­cursal bancaria, dentro de la misma tienda, había depositada una cifra millonaria sobre una mesa ¡y no desapareció un solo billete! Exaltar con signos de admiración estos rasgos de honradez es apenas sorpren­dernos de una conducta que en Colombia sería insólita. Anota la revista: «La tienda estaba a os­curas, pero los clientes fueron un luminoso ejemplo de honradez».

Cuando inicié mi carrera ban­caria, hace tres décadas, todavía se usaba la honradez. Y era título de honor que exhibía la persona y le hacía ganar pres­tancia social. Recuerdo que uno de los cajeros del banco, por en­gomar un fajo de billetes de $500 (entonces una cuantía crecida), entregó pegados dos fajos por uno.

El descuadre le represen­taba toda una fortuna y el pobre empleado quedó confundido. Ya cerrado el banco y en medio de la natural conster­nación de todo el personal, se presentó el comerciante honrado y devolvió al gerente la cantidad sobrante. De ahí en adelante el cliente, que se iniciaba como menudo comerciante, obtuvo del banco, como premio a su honra­dez, la máxima colaboración crediticia. Pasados muchos años volví a encontrarlo y me alegró saber de sus grandes progresos económicos.

Aunque la falta de honradez es una plaga mundial, no exclusiva del ambiente colombiano, quien es recto puede considerarse salvado de este naufragio. Yo sé, por experiencias propias y ajenas, que no es po­sible el éxito sin rectitud. La persona tramposa tarde o tem­prano conoce el fracaso. La honrada, en cambio, esa que se da el lujo de llevar alta la frente y limpia la conciencia, vivirá con regocijo y verá progresar sus actividades. A veces el recono­cimiento es tardío, pero siempre produce dividendos.

*

La honradez es un estado mental, un atributo luminoso del alma. Es un código inapreciable, tanto más valioso y gratificador cuanto más escaso se halla en este planeta de falacias y cobardías. Para ser honrado, también hay que ser valiente.

El Espectador, Bogotá, 7-I-1988.
Revista Manizales, julio de 1989.

 

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El regreso de Laura Victoria

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Actualidad de las profecías bíblicas)

Laura Victoria reside en Méjico hace 48 años. Y allí pien­sa morir. «Estoy muy unida a México con vínculos indisolubles, pero mi corazón y mi mente están en Colombia», expresa en reciente reportaje que me ha concedido. En la mejor época de sus éxitos literarios —año de 1939— tuvo que cancelar sus giras internacionales, en las que los públicos latinoamericanos colmaban los teatros pa­ra aplaudir su vibrante poesía amorosa, y más tarde se vio pre­cisada a radicarse en el país azteca, que la acogió con alborozo, como dolorosa solución para proteger la patria potestad de sus hijos dentro del insuperable conflicto conyugal que, a cambio del amparo de sus afectos maternales, la hizo huir de Colombia.

Por defender su sangre, Laura Victoria abandonó su patria. Sacrificio inmenso, que mide el corazón de la madre. A su hijo Mario le manifiesta:

¡Pobre hijo mío, que heredaste mi alma

soñadora, romántica y enferma;

tú ignoras que con lágrimas de sangre

abonan sus jardines los poetas…!

Y a su hija Beatriz —con el tiempo la célebre Alicia Caro del cine mexicano— le escribe en 1935 desde un hospital de Nueva York, cuando la lucha matrimonial era implacable:

… Yo gritaré a lo lejos

que te adoré como ninguna madre

haya querido su pedazo de entraña,

así como aman las tigresas

al cachorro indefenso,

con alma, con dolor, con ambiciones…

Laura Victoria sufre dolor de patria desde hace 48 años. Ausencia pronunciada que hace de ella una heroína del des­tierro. Sueña, en sus anchas soledades dentro de su silencioso apartamento de la avenida Coyoacán, con Colombia, sus paisajes, sus climas, sus ríos, sus regiones, sus costumbres y su gente, como el amante se deleita y padece con el recuerdo del ser distante. Su Canto a Colombia tiene acento estre­mecido:

Lejos de ti no saben

el pan ni la alegría;

no hay aliento tan puro

como el de tus montañas,

ni abrazo más inmenso

que el de tus cordilleras...

Pero ahora está de regreso. Volverá por breve temporada si no se interponen nuevos inconvenientes, como viene suce­diendo en los tres últimos años. Todos los preparativos para su encuentro han quedado destrozados, y ya nos resignamos a recibirla sólo en los pliegos de la correspondencia. Sus cartas son prometedoras, pulsadas además con firme y her­mosa caligrafía, como si en cada línea y en cada rasgo impri­miera una afirmación vital, un signo de vuelo. La amiga lejana, que siempre viaja y nunca llega —caminante pertinaz en otras épocas—, sin embargo ha permanecido con nosotros. Su poe­sía y sus emociones recorren las llanuras y las cumbres colom­bianas como una golondrina vibrátil.

Acaso muchos de las nuevas generaciones no conozcan, en la era actual de rapidez y poca profundidad, la grandeza poética de esta cantora del amor, la añoranza y la angustia; habrá que perdonarlos, porque el mundo se volvió superficial y ajeno entre la frivolidad y la deshumanización que marcan los tiempos modernos.

Laura Victoria regresa a Colombia en alas del espíritu. Aquí la tenemos, afirmativa y penetrante, en las páginas de este libro. Para escribirlo se consagró durante largos años al estudio de los grandes exégetas tantos judíos como cristianos. Para Boyacá es un honor y una fortuna que la obra, inédita desde hace 16 años, vea la luz en nuestra tierra como homenaje a la insigne pensadora soatense, la juvenil can­tora de los dátiles y las tardes morenas en años remotos, que hoy, tras la prolongada espera, reaparece en Colombia con su mensaje bíblico.

El jesuita Óscar González Quevedo, el mejor parapsicólogo de habla hispana, doctor en teología y en Sagradas Escrituras, manifiesta elevado concepto sobre este libro trascendente y diáfano, esplendoroso y revelador; y que según lo confiesa, lo ha hecho pensar. Abundando el sacerdote en elogios sobre la escritura de la obra, habla del «estilo bello y escueto» como la manera de definir la erudita sencillez, impregnada de poesía, con que el trabajo ha sido elaborado.

Habrá sorpresa por el viraje de Laura Victoria de la poesía amorosa sensual, campo que en los años treinta la coronó de gloria tanto en nuestra patria como en los países americanos, al estudio de las profecías bíblicas. Pocos saben que, cumplida su estremecedora poesía erótica, se entre­gó al cultivo de la poesía mística, de la que posee también un libro inédito. Sus raíces religiosas le llenaron el espíritu de éxtasis divino y la llevaron a consentir, en la época de su ma­durez, tan exigente género lírico, cual otra Teresa de Jesús, Juana Inés o Francisca Josefa del Castillo.

El misticismo, que es la sublimación del amor, compro­mete el alma en el encuentro con Dios. A esa compenetración se llega cuando se ennoblecen los sentimientos y se entiende que el amor, la suprema creación que une a los hombres, sig­nifica vida y espíritu. No debe extrañarse, por consiguiente, que esta delicada cultora del amor romántico, que llenó de susurros el alma de los colombianos —triunfadora en los Jue­gos Florales de 1937—, convirtiera su producción sensual en puente para descubrir el lenguaje místico. Siendo la religión «noticia, belleza y reflexión», como la califica el jesuita arriba mencionado, representaba terreno seductor para quien no sólo tenía convicciones religiosas sino además vena romántica y ansias de sabiduría. A esto conduce el amor idealizado.

Los libros poéticos de Laura Victoria se encuentran ago­tados hace mucho tiempo. Son ellos: Llamas azules (Bogotá, 1933), Cráter sellado (Méjico, 1938) y Cuando florece el llanto (España, 1960). Con Gabriela Mistral, Juana Ibarbourou, Al­fonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sansores conforma la generación de mujeres iluminadas que escribieron la más bella poesía amorosa del mundo latinoamericano.

«Recibió usted —le dice el maestro Guillermo Valencia— el don divino de la poesía en su forma la más auténtica, la más envidiable y la más pura». Germán Pardo García, también residente en Méjco desde hace 57 años, la considera la mayor poetisa de Colombia y una de las más ilustres de América.

En 1985, tras 25 años de silencio editorial, publica en Mé­jico el libro Viaje a Jerusalén, donde narra los recuerdos de su peregrinación en pos de la huella de Cristo. Estas memorias, que se convierten en anticipo de su crea­ción mística y su estudio sobre la Biblia, separan las dos facetas de su labor literaria.

*

Carlos Eduardo Vargas Rubiano presidió, siendo goberna­dor de Boyacá, un acto cultural en la población de Soatá, la cuna natal de nuestra entrañable coterránea. Y allí, para hon­rar su figura epónima, anunció la publicación de su libro Actualidad de las Profecías Bíblicas por cuenta del departa­mento y en la serie que realiza la Academia Boyacense de Historia.

Esta es la novedad que llega al público, como mensaje luminoso, en esta tierra pródiga de escritores y poetas. Laura Victoria ha regresado. Ha vuelto con su verdad y su erudición. Aquí está ella, la romántica, la mística, la infatigable viajera por los países del mundo y por los caminos del aplauso, el corazón y la sangre. Cargada de recuerdos y vivencias y situa­da en la cumbre dorada donde los sueños son de nieve y el alma tiene vuelo imperecedero, regresa con su obra al terruño boyacense, a su tierra de moliendas y dátiles, a su patria soberana, para bañarse en ríos de eternidad.

Bogotá, enero de 1988.

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Un motor de la cultura boyacense

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Pocos saben que Javier Ocampo López, profesor uni­versitario, historiador y folclorista, es también músico. Es una faceta interesante que él divulga apenas entre amigos. Cualquiera diría que una perso­nalidad de tan rigurosas disci­plinas —presidente de la Aca­demia Boyacense de Historia, investigador profundo del género histórico en Colombia y prolífico escritor— no tiene tiempo para la música. En privado y en grupo de amigos Javier cultiva el arte musical como una terapia para su intensa actividad intelectual y es entonces cuando aparece un personaje ignorado para la ma­yoría: el músico de Aguadas.

Hace 30 años, antes de ingresar a la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, per­tenecía a la banda de Aguadas (Caldas), su tierra natal. Todas las semanas había retreta en la plaza del pueblo, romántico suceso que poco a poco ha venido extinguiéndose y que sólo se conserva en algunos sitios que no se resignan a dejar eva­porar tan bella tradición.

Aquella semilla musical que le quedó viva en el alma a Javier Ocampo López, y que él se ha encargado de acrecentar en alegres veladas caseras, explica su temperamento jovial y gene­roso. Tiene el músico, en efecto, un sentido amplio de la vida y así se dispensa con alegría a sus semejantes. Quien practica la música tiene corazón grande.

Así se explica la vocación de servicio que hay en Ocampo Ló­pez. Así se comprende el liderazgo que fue adquiriendo hasta convertirse en lo que es hoy: un motor de la cultura boyacense. Si he de emplear un símil, diría que él cayó parado en el departa­mento de Boyacá. No es fácil que un caldense, y sobre todo un músico resonante, se adapte a la vida tranquila de Tunja, ciudad de fríos y silencios, de rezos y monasterios.

Pero este paisa trotamundos, nacido para ser culto y ejercer liderazgo, entendió que Tunja era el lugar preciso para cumplir el llamado de su corazón. Se encontró con gente sencilla y bondadosa y poco a poco penetró en la simplicidad del boyacense. Compenetrado con el medio y con el hombre, ahí se quedó. Se hizo querer de la gente y terminó siendo un boyacense más.

Hoy Javier es el máximo con­ductor de la cultura regional. Le duele la tierra que le dio albergue y cariño. Por ella lucha, por ella trabaja todos los días, hacia ella están dirigidos casi todos sus li­bros. En las calles de Tunja se mueve como una abejita en constante producción. Allí ha realizado una obra extensa, que ya pasa de los treinta libros.

Obra valiosa, nacida de sus des­velos como sociólogo, historiador y folclorista de la raza boyacense. Es de los escritores que más han penetrado en la esencia de la región. Sus libros, acogidos por colegios y universidades, son textos necesarios para entender la evolución y la importancia de esta comarca rica en hechos his­tóricos y en valores intrínsecos.

Su tesonera labor como di­vulgador de las calidades boyacenses lo señala como el más di­námico dirigente de Boyacá. Si la cultura es lo que queda, Javier Ocampo López ha sembrado la semilla de eternas cosechas. La cultura siempre estará por encima de la política mal ejercida. Cuando el pueblo se desculturiza, va camino del abismo y la disolución.

*

El departamento reconoció, en buena hora, la vasta labor ade­lantada por este caldense em­prendedor que le puso música y nervio a Boyacá. Y lo proclamó como hijo adoptivo de la tierra. Título de honor que, por lo bien ganado, estimula el esfuerzo y el mérito de larga y fecunda travesía.

El Espectador, Bogotá, 15-XII-1987.

 

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Diciembre negro

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Ha pasado un año. Un año desde aquel diciembre negro de 1986 que puso un muerto grande para recordación de los tiempos futuros. Desde que las balas asesinas se enceguecieron en la noche del 17 de diciembre y sacrificaron una de las vidas más preciadas del periodismo colombiano, y por consiguiente del periodismo americano, muchas desgracias habrían de sobrevenir en nuestra patria.

Por más que la sevicia cobre con sangre inocente el acto de valor de quienes se oponen a la disolución de Colombia, habrá siempre conciencias rectas que no han de enmudecer ante la mor­daza que pretende silenciar el imperio de la palabra.

El asesi­nato de don Guillermo Cano avivó la fe del periodismo en los valores imperecederos de la noble pro­fesión. Tonto empeño el de in­tentar acallar con amenazas y muertes la voz de los hombres libres. Por cada periodista que sea asesinado brotarán nuevos gérmenes de valentía.

Las fuerzas subversivas buscan por el camino de la intimidación y la muerte crear des­concierto y apoderarse del mando del Estado. Varios periodistas  ilustres han sido abatidos a lo largo del presente año. Líderes de la comunidad han pagado con su vida su voca­ción republicana. El suelo co­lombiano está manchado con sangre de policías y soldados, lo mismo que de indefensos cam­pesinos y habitantes de las ciu­dades que caen, todos los días, dentro de esta masacre impla­cable que busca la desestabiliza­ción de las defensas ciudadanas.

Colombia sobrevive, sin em­bargo, pese a las arremetidas de las hordas criminales. Cuando parece que todas las esperanzas están a punto de sucumbir, sur­gen fuerzas inesperadas que impelen hacia nuevos horizontes. De este mar de muertos se le­vanta una luz de salvación. Y es ella la que ha alumbrado al país, a través de este año siniestro de 1987, y la que seguirá orientando el porvenir de los colombianos.

Llegamos al final del año en medio de graves calamidades. Pocos pueblos tan sufridos como el nuestro. Estamos al borde del abismo, y nunca como ahora existe tanta desesperanza. Se perdió por completo el respeto a la vida, a la honra, al bienestar económico. El Estado se muestra impotente para garantizar mí­nimas condiciones de seguridad y todos los días vemos cómo avanzan impunes los ejércitos de facinerosos que no se sacian en sus propósitos destructores.

Ojalá que aquel diciembre ne­gro que por fuerza tenemos que recordar sirviera para incentivar la conciencia del país y de las autoridades en busca de mejores días. Ha llegado el límite de la degradación moral a que puede descender el país. El pueblo ha perdido sus reservas. La fe, que es lo último que se pierde, tam­bién está en naufragio. Poco es lo que resta para dejarnos manejar por la desesperación. Faltan medidas sociales que devuelvan un poco, por lo menos, de la fe disuelta.

*

Pero existe un motivo poderoso para no resignarnos a las tinieblas. El sacrificio de don Gui­llermo Cano no puede ser inútil. Su sangre reclama rectificacio­nes. Habiendo sido el periodista más intrépido de su época, que nunca calló ni ante el peligro ni la maquinación, su ejemplo ha de servir para formar el frente que nos salve de la heca­tombe. Sobre su tumba, en el primer aniversario de su sacri­ficio, depositamos rosas de es­peranza.

El Espectador, Bogotá, 5-XII-1987.

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Boyacá, la gran perdedora

martes, 1 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En el curso de 16 meses Bo­yacá ha tenido tres gobernadores. Y en pocos días tendrá cuatro si no confirman al actual, que ejerce en calidad de interino mientras se encuentra la fórmula política para un departamento politiquero. Carlos Eduardo Vargas Rubiano, hijo epónimo de su tierra y en quien se cifraban grandes esperanzas, sólo permaneció en el cargo por es­pacio de cuatro meses. El mi­nistro de Gobierno, cosa extraña, no lo dejó gobernar. No lo apoyó. Prefirió escuchar y atender otros argumentos de la política pe­queña, de que es tan fértil el glorioso departamento.

La gente de Boyacá recibió con entusiasmo la llegada de Carlos Eduardo a la Gobernación. Sabía que en él hallaba una garan­tía para el adelanto material y espiritual de la comarca. Liberal independiente, pero sobre todo boyacense auténtico, se abría la posibilidad de un mandato pro­gresista. En poco tiempo la opi­nión pública se hizo sentir con signos de apoyo y sim­patía hacia la figura de uno de los promotores más batalladores de la región.

Cuando surgieron los primeros nubarrones políticos, como consecuencia de un acto de carácter de quien se proponía ejercer el cargo con altura y dignidad, la Asamblea Depar­tamental apoyó en forma vigo­rosa a Vargas Rubiano.

El concepto de adhesión de todos los círculos ciudadanos y de la mayoría de los políticos no se hizo esperar. Boyacá, a través de sus estamentos más represen­tativos, respaldaba a su gober­nante. Pero éste no podía go­bernar. Le faltaba apoyo por lo alto. El clientelismo, una vez más, ha demostrado en este caso que es más fácil sostenerse con el apoyo de los caciques que con la lógica.

Algún día tendremos que llegar a la elección popular de los go­bernadores. Será entonces cuando el pueblo ejerza su ver­dadero mandato. Boyacá, por lo pronto, ha quedado burlada en la expresión de su voluntad. Para darle gusto al sectarismo se ha sacrificado a un hombre de bien. Que hubiera podido sacar del atraso a esta región deprimida.

Pero Carlos Eduardo Vargas Rubiano sentó cátedra con su carácter. Su carta de renuncia es una lección política. No se do­blegó ante la presión indebida. No podía entregarse a los menesteres de la intriga quien siempre ha practicado normas de decencia y categoría moral. Después de su retiro, el depar­tamento deplora estos atropellos de la mal llamada democracia colombiana. Y la Asamblea en pleno vuelve a levantar su voz de protesta ante el Gobierno central.

Esta lección es, además, para todo el país. Fue un hijo ilustre de Boyacá, el general Rafael Reyes, quien hace 80 años, acosado por las tramoyas y los apetitos de los gamonales y los burócratas de la época —que en nada se diferencia en la actual—, pronunció su histórica frase: «Menos política y más adminis­tración». Se deshizo entonces de las ataduras que querían man­tenerlo inerte en el sillón presi­dencial e hizo uno de los gobier­nos más afirmativos que haya tenido Colombia.

*

Lástima grande que sea Boyacá la perdedora. Vuelve el depar­tamento al lugar común de los enredos y los retrocesos. Es una parcela postrada en lo económico, abandonada en sus carreteras, desesperada por la falta de empleo, sin industrias motoras, desesperanzada y errátil. Parece una partícula a la deriva. Las millonarias demandas laborales, consecuencia de cada remezón gubernamental, mantienen fre­nada la vida administrativa.

Y la herida sigue sangrando.

El Espectador, Bogotá, 1-XII-1987.

 

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