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Sudando petróleo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Acabo de regresar de breve tempo­rada en Barrancabermeja, la capital petrolera de Colombia, uno de esos sitios míticos que es preciso vivir, así sea de paso, para poder entender. Creo que en la mente de la mayoría de los colombianos existe la idea de que se trata de un lugar de vicios y libertina­jes, enmarcado en un caserío de míse­ras condiciones. Nada tan distante de la realidad. Hoy Barrancabermeja, la segunda ciudad de Santander, con cerca de trescientos mil habitantes, es centro pujante que ha logrado vencer las estrecheces del pasado y surge con la fisonomía del progreso.

Todo gira alrededor del petróleo. Desde el florecimiento económico hasta la tensión social provocada por los conflictos laborales en Ecopetrol, que determinan, año por año, grandes im­pactos sobre la economía nacional. El petróleo es la sangre de Barrancabermeja. La sangre del país. Elemento de riqueza y perturbación. Es la ciudad con mayor tradición revolucionaria. Sus orígenes son obreros y en ella se respira esa atmósfera entre cruel y seductora que nace del carácter proletario.

Su entraña combustible parece que ardiera a toda hora con el fuego del trabajo. Este pan negro, amasado con músculos de hierro bajo la inclemencia de las temperaturas abrasadoras, pal­pita como una exudación de las fuentes de betún y los panales de brea que brotaron, en 1536, ante los ojos de los conquistadores, con Gonzalo Jiménez de Quesada a la cabeza. Desde entonces los yacimientos petrolíferos hierven como llamas irredentas.

Decir que en Barrancabermeja se suda petróleo es refrendar una carac­terística del ambiente. En esa califica­ción va implícita la densidad de la vida sufrida, la de los petroleros y de quienes pululan en las orillas de los ríos. «El río, ancho y turbio —dice Tomás Vargas Osorio—, este pobre y proleta­rio río Magdalena, está creando en el país un sentido vagabundo de la vida.»

Aún se recuerdan los días de la Tropical Oil Company, la primera explotadora de los pozos, que instaló en 1921 la refinería de Barrancabermeja, y también la incitadora del levan­tamiento obrero en 1947, de donde arrancan las huelgas en el país. El 9 de abril de 1948 estremeció la vida del puerto como un eco violento de lo que sucedía en la nación entera, y desde entonces se consolidó la beligerante organización sindical, la más fuerte del país, con sentido de defensa obrera y también de intransigencia.

Jiménez de Quesada y sus compañe­ros, que navegando desde Santa Marta por las aguas del Magda­lena llegaron a la manigua inhóspita, no se pudieron imaginar que cuatro siglos después se fundaría en aquellas barrancas bermejas la capital proletaria de Colombia.

Ni que sería pueblo de prostitución y azar, movido por la fiebre del oro negro, donde la vida transcurriría entre el humo del cigarrillo y las embriague­ces del ron y el amor, con el fondo de mujeres incitantes y placeres desaforados. Así mismo se esfumaba el salario de los obreros y de aquella aventura apenas quedaría el recuerdo fugaz de las eternas orgías, que animan y envilecen a la vez.

Es imposible abarcar de una plumada la densa historia del puerto. Pocos saben, por ejemplo, que en los años treinta se constituyó un grupo de intelectuales que bajo el rótulo de Los Saturnales le rendían pleitesía a la belleza, con clara intención política.

Los viernes culturales de Gaitán tenían resonancia en el puerto, y por allí pasaron intelectuales de la categoría de Jorge Artel, Nicolás Guillén, Natanael Díaz, Luis Vidales, Manuel Zapata Olivella y Andrés Crovo. A María Elena, la mujer de Crovo, la picó en Barrancabermeja el primer virus in­surgente. Afluían además pintores, cantores, músicos y conferencistas famosos. Pedro Nel Gómez les regaló a los obreros su óleo Galán hacia el patíbulo.

Hoy Barrancabermeja es diferente. La prostitución se civilizó, una manera de decir que ahora se ejerce de puertas para adentro, como en toda ciudad que se respete, y no en la barahúnda de cantinas y traganíqueles que atronaban en el puerto llamado de Las Escalas; y el ambiente cultural también se extin­guió, como si fuera inseparable de la vida bohemia. La mecha se apagó y sería interesante averiguar la fórmula para que la combustión intelectual vuelva a prender.

Pero sigue ardiendo la atmósfera. Son a veces 40 y más grados de soles implacables. La ciudad, entre tanto, se abre paso por entre vías veloces y otros derroteros de progreso. Es un crisol de razas, de hombres duros y esperanzas proletarias. El azar no ha desaparecido. Es el signo de los puertos. Tal vez es el lugar donde más loterías y chances se juegan en el país.

*

Escuchemos la voz petrolera de Au­relio Martínez Mutis:

Barrancabermeja, florida barranca,

me gustas por libre, por ruda y por franca;

te quiero por negra, te quiero por blanca:

es negra mi vieja tristeza escondida

y es blanco el ensueño que alumbra mi alma.

El Espectador, Bogotá, 24-VII-1985.

 

 

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La escalera

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

—Papi, es que tú no vas a ganar mañana y has luchado mucho.

Yo le expliqué que no iba a ganar, pero tampoco iba a perder. El niño entendió a medias la respuesta. Siguió llorando y dijo:

—Sí, pero mira, el lunes nosotros tenemos que ir al colegio y todos mis compañeros y los de mis hermanos están seguros de que tú vas a ganar, ¿y nosotros qué explicamos?

—Pues diles a tus compañeros que esto es como subir una escalera de 20 peldaños; hoy estamos en el quinto peldaño y mañana alcanzaremos el peldaño 14 o 15 y esa es una forma de ganar, le dije yo.

(Luis Carlos Galán Sarmiento a Re­vista del Jueves).

*

No existe hoy en Colombia político más seguro de sí mismo que Luis Carlos Galán Sarmiento. Su fuerza interior mantiene desconcertados a sus ene­migos. No hay duda de que se trata del hombre movido por su inmensa voluntad. Cree en el triunfo de sus ideas, las aviva y las convierte en antorcha de su movimiento.

Lucha con intrepidez contra la poderosa maqui­naria de su colectividad. Le han llovido excomuniones de todas partes, se le combate y se le cierra el paso. Ya perdió unas elecciones. Y sin embargo, sigue adelante, sereno, entusiasta, convencido de que de derrota en de­rrota llegará, como Churchill, al triunfo final. Su partido sabe que sin él unido no es fácil conquistar el poder.

Galán no hace concesiones. No ce­lebra pactos secretos. No se presta para componendas. Su verdad es la misma del primer día, cuando manifestó que el Partido Liberal se hallaba en decaden­cia y era necesario reformarlo y vigorizarlo. Se fue contra los vicios políti­cos, contra el abuso del poder, contra los pontífices de su partido y, sobre todo, contra sus sistemas clientelistas.

Ha dicho en todos los tonos que el Partido Liberal está descompuesto. Y aparte de expresarlo en público, lo cree. Con esa convicción lucha. Se le pueden venir montañas encima y él no se deja amilanar. No da un paso atrás, ni se le recuerda un solo minuto de indecisión. Y siempre aparece más batallador. Es un fino gallo de pelea.

Cuando le recriminan que él fue el causante de la caída de su partido en las pasadas elecciones, responde que sólo los vicios y los desvíos de los jefes provocaron el desastre. Y afirma que la colectividad debe purificarse antes para merecer el poder. Camina en contravía y esto no es fácil. Tal vez es demasiado inflexible y ortodoxo, lo que en políti­ca suele crear tropiezos electorales. Pero su actitud moraliza. Mantiene en jaque a los jefes liberales, porque detrás de su figura joven y vigorosa marcha un ejército que respalda su causa.

Galán despierta interés y conquista simpatías. Esto no puede desconocerse. Sus ideas son categóricas. Se le consi­dera hombre valiente y esto le gusta al pueblo. Su atractivo personal lo mantiene en buen nivel de popularidad. Se le mira con respeto porque es un líder que maneja la política en grande.

El hecho Galán no se puede ignorar y menos subestimar. El mismo López Michelsen, uno de sus mayores opositores, hace reflexionar sobre el significado de esta realidad.

La fe de Galán es demoledora. Es la fe que tumba montañas. En sus huestes infunde fervor y en sus enemigos, desconcierto. A su hijo le dice que el triunfo es como subir una escalera de 20 peldaños. Falta saber en qué peldaño va.

El Espectador, Bogotá, 17-VII-1985.

 

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¡Buen tiempo y buena mar!

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El capitán de corbeta Jorge Alberto Páez Escobar, actual comandante del Batallón de Cadetes de la Escuela Naval —cuyo parentesco con el articulista es evidente—, así define una pauta de su carrera: «Ser marino verdadero es algo que muchos am­bicionan y pocos logran, con un ideal tan noble y desinteresado como pocos tienen».

No es norma periodística ha­blar con vanidad sobre uno mismo o sobre sus familiares, y ella no se quebranta en el presente caso, sino que la mención resulta oportuna, a más de enaltecedora del credo marinero, ahora que el país celebra con júbilo los cincuenta años de fundación de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla.

Mucha agua ha corrido por los mares de la patria desde que la organización naval se consolidó como fuerza de soberanía nacional. Con razón el capitán de navío Julio César Reyes Canal, cadete fundador de la Escuela, anota en su libro Contra viento y marea: «La fundación de la Armada y de sus escuelas es uno de los hechos positivos fundamentales que se desta­can en los primeros 85 años de historia colombiana de este siglo».

Reyes Canal, que ha seguido de cerca los vaivenes de la institución, conoce como pocos sus orígenes y desarrollo. Siempre que se trata de defender un principio de la Marina o atacar una sinrazón, su pluma de comentarista nacional ha mostrado, desde estas páginas de El Espectador, el filo acerado de sus ideas vigorosas. Hace algún tiempo le pregunté en Cartagena por qué no había vuelto a aparecer su columna, y él me contestó que su tiempo estaba destinado con exclusi­vidad a escribir la historia de la Escuela Naval de Cadetes.

Es una historia que me llega ahora hecha libro, y que tan bien documen­tada se encuentra que será guía indispensable de este proceso institucional. Colombia sabe que en sus hombres de mar reposa buena parte de la seguridad territorial y por eso recibo con agrado, gratitud y admiración la noticia de este cincuentenario.

El honor, el valor, la ética, he ahí los principios funda­mentales que aprendió hace 50 años el cadete Reyes Canal, y que hoy, retirado del servicio activo, los sigue practicando como hombre íntegro y ciudadano ejemplar. En su vida se con­funde la historia de la Armada.

La pulcritud del marino es otra de sus virtudes cardinales. El capitán de navío Ralph Douglas Binney, organizador de la entidad en el gobierno de Alfonso López Pumarejo, escribió «al oído del nuevo cadete» el siguiente man­damiento entre 16 preceptos más que constituyen las reglas de oro para la digna conducta:

«No hay que echar en el olvido dos cosas: primera, el comando no se hace sino a base de respeto y jamás inspiran respeto el desaseo, el desaliño y, en general, el mal vestir. Segunda, la carta de presentación que llevamos para las personas que no nos conocen es el porte individual».

Así se comprende por qué el marino es impecable en su vestir y modales. Son condiciones incrustadas en la personalidad y de ahí se desprenden otros códigos de compor­tamiento social y moral, de hondo calado, como el espíritu de lucha, la lealtad, el compañerismo, el manejo del dinero, el sentido de la dignidad, la noble ambición, el estudio permanente, el entusiasmo y la alegría, la fortaleza física, la prudencia, la responsabili­dad… La formación del marino colom­biano es sólida y por eso éste sobresale entre las instituciones militares.

Año tras año aplaudimos el espectá­culo con que la Armada, hecha un cuerpo marcial y artístico, desfila por las calles bogotanas en los aniversarios de las gestas patrióticas. En ese océano de uniformes blancos y conciencias rectas parece que ondearan las virtudes nacionales. Es como un ritmo de los mares que hace sentir el sabor de la patria.

*

«De Boyacá en los mares…» sería el rótulo apropiado para este espíritu de disciplina y ensueños. En efecto, la gran mayoría de la oficialidad, comen­zando por el comandante de la Armada, almirante Tito García Motta; el director de la Escuela Naval de Cadetes, con­tralmirante Germán Rodríguez Quiroga, y pasando por el capitán de corbeta Páez Escobar —otrora bastonero mayor en los desfi­les marciales por las calles bogotanas y edecán de reinas en las fiestas cartageneras—, son boyacenses o des­cendientes de boyacenses. Marinos de Colombia: ¡Buen tiempo y buena mar…!

El Espectador, 12-VI-1985.

 

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Otro periodista asesinado

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ernesto Acero Cadena, que acaba de ser ase­sinado en Armenia, era un periodista integral. Allí lo conocí durante mi estadía en aquella ciudad, donde pude apreciar de cerca y con admi­ración su trayectoria profesio­nal tanto en la radio como en los medios escritos. Vehemente en sus planteamientos, era un comentarista serio, ágil y pe­netrante. Veedor lúcido de los problemas de la comarca, frente a los cuales actuaba con valor y claridad mental.

Su labor periodística hería la sensibilidad de quienes medra­ban –y medran– en los oscuros caminos de la corrupción pú­blica. Como era implacable en la crítica social, despertaba ex­plicables reacciones. Se le te­mía, y al mismo tiempo se le respetaba. El Quindío, que en los últimos años ha sufrido per­manentes crisis, se ha vuelto terreno abonado de fuerzas so­terradas que atentan contra la estabilidad de esta región de­bilitada en su economía y azo­tada por la inmoralidad.

Ernesto Acero Cadena se ha­bía convertido, desde su revista El Informador Socio-económico del Quindío, en vigilante de la moral pública. Denunciaba cuanto desvío sucedía en la re­gión, ya fuera de los gobernan­tes o de las organizaciones clandestinas. Con lenguaje pi­cante, entre bromista y mor­daz, llevaba a la picota a quie­nes abusaban del poder y se lucraban a expensas del era­rio.

Señalaba la transformación dañina de las costumbres y cla­maba por un Quindío sin ma­fias y una sociedad libre de concupiscencias. Su largo contacto con la gente quindiana y su percepción de los ye­rros locales le permitieron amplia visión de la realidad am­biental. No era periodista del montón sino líder de su ofi­cio. Un servidor de la comu­nidad.

Ese fue el tono de su ejercicio profesional. Había lle­gado al Quindío por los mismos días en que aparecí allí en el campo bancario, lo que equivale a decir que llevaba 27 años de vinculación a la región. Su presencia activa en los medios de comunicación hace suponer que se trata de nueva re­presalia contra el poder de la palabra.

En 1977 hice parte del jurado que escogió en Armenia al me­jor periodista del año. El elegido fue Ernesto Acero Cadena. Hoy repaso en mis archivos aquel suceso y encuentro que las pa­labras con que entonces defi­nimos la figura del ganador, pintan con exactitud lo que él continuó siendo durante los 18 años que han seguido a aquel fallo:

«Sabemos de la lucha tremen­da, noble, valerosa y desinte­resada del periodista de pro­vincia, constante y abnegado servidor del núcleo social en el cual actúa, y ese conocimiento nos lleva a palpar la dificultad que existe para la designación que ustedes buscan, porque to­dos son acreedores a ella. No obstante, sugerimos el nombre de Ernesto Acero Cadena, ras­treador tenaz de la noticia, pe­riodista de tiempo completo, buen colega, imparcial e inte­ligente».

El Espectador, Bogotá, 15-XII-1995.

 

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“Los elegidos”: una protesta perdida

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La edición de Canal Ramírez data de 1970. Entonces el autor de la obra era presidente de la República. Yo adquirí en aquella época un ejemplar en la Gober­nación del Quindío, en verdad sin muchos deseos de leerlo pronto. Quienes coleccionamos libros para leerlos algún día, y mantenemos a la mano los temas que más nos seducen en el momento, abrigamos la esperanza de que la vida nos conceda tiempo para revisar tanto material que, casi en forma insensible –unas veces sin propósito fijo y otras sin nuestro consentimiento–, va llenando los estantes del futuro.

La lectura es un ejercicio sin plazo, y bien es sabido que el verdadero placer reside en la relectu­ra selecta. Acumular libros puede ser una manía, una especie de tic intelectual que nos mantiene henchida la vena de la ansiedad. Es también, para muchos, un plan metódico de comprar a plazos la vejez.

Los elegidos llega al cine ruso y atrae la curiosidad de los colombianos. Colas inmensas en los cinematógrafos, que no indican necesariamente la calidad de la película, me descalifican, por ser enemigo de las aglomeraciones y las desmesuras, de las filas de los curiosos. Parece que se trata de una  mala producción, sin el calor y la emoción del trópico, según dicen los periódicos, pero el público llena los teatros atraído por el desnudismo de Amparo Grisales, la seductora artista del sexo que es capaz de vender cualquier cosa.

Leo el libro 9 años después de haberlo adquirido y a los 32 de su primera salida, en 1953, por parte de la Editorial Guaranía de Méjico. Tal como lo recomienda Schopenhauer, he llegado a sus páginas con mente abierta y sin el menor prejuicio. El verdadero lector es el que logra valorar el libro por sí solo, con abstracción del autor y de circunstancias favorables o desfavorables que puedan influir en el propio con­cepto.

En el caso de Los elegidos era fácil dejarse sugestionar cuando su autor, el doctor Alfonso López Michelsen, ocupaba el cargo de presidente de Colombia. Es decir, en momentos de gran efervescencia política, y como se sabe, la política a la colombiana no es buena consejera para los juicios serenos.

Opresores y oprimidos

Los elegidos de 1953, o sea, los privilegiados de la fortuna en cualquier tiempo, son los mismos que hoy dominan la vida colombiana. Y no se ve que vayan a desaparecer. De ayer a hoy, en 32 años sin cambios fundamentales en las estructuras de un país que se divi­de entre opresores –la casta burguesa– y oprimidos –el pueblo silencioso–, la novela de López Michelsen nada ha corregido, si ese era su propósito. En algunos casos las distancias se han agrandado. De esta reali­dad no se salva ni el período presidencial del nove­lista (1974-1978).

La fuerza de los poderosos se concentra, en la fic­ción, en el camino de la Cabrera, y en la realidad, en los puestos claves del Gobierno y en los negocios.  Es la nuestra una sociedad capitalista que se mantiene inalterable en sus sistemas de poderío absoluto y que el escritor no pudo reformar en su propio gobierno.

La influencia del oro, que condena a los desheredados al ostracismo y la soledad, quizás es más pronunciada ahora que en la década de los 40, cuando se supone que fue concebida la novela. Ya dentro del terreno narrativo, es posible que a la novela le falte mayor fuerza, más dinamismo en el desarrollo de la trama.

Una radiografía de Colombia

En algunas partes el narrador asume el papel de crítico social y trata de sentar cátedra sin permitir que sus personajes se muevan solos. Pero logra mante­ner el interés del lector y ponerlo a hacer cálculos sobre el desenlace, lo cual es buen ingrediente nove­lesco. Parece que López Michelsen compren­dió esta falla de la carencia de fluidez y por eso en el prólogo advierte que se trata de un relato. Es, en cualquier forma, una excelente radiografía del país.

Y una denuncia social, valerosa en su época, cuando el autor comenzaba a incursionar en el alto mundo, su propio mundo burgués, y al mismo tiempo lo enjuiciaba. En varios episodios se deja llevar por la tendencia al ensayo, uno de sus fuertes, y afloran tesis sobre la formación calvinista, el puritanismo, el dominio materno, el choque religioso y de costumbres. Aquí se advierte la condición de intelec­tual que siempre ha prevalecido en López Michelsen.

Y no podía faltar el amor. Hay escenas de real romanticismo, con boleros al fondo y florestas encan­tadas. Si el libro no fuera una novela, sería un tra­tado del amor. Me parece que el autor logra un éxito evidente en su tangencial ensayo sobre el bolero y su influjo social. «El pueblo, la clase media, lo mismo que esa sociedad de los clubes –dice–, todos utilizan el bolero con el mismo propósito, como el cuerno de caza simula la queja de la hembra».

Siempre he sospechado que en el alma de López duerme un romántico que se dejó despertar, y hasta dispersar, por el barullo de su destino político. El ser irascible no se opone al ser romántico.

Las pausas otoñales

Muchas páginas de Los elegidos no son sino una búsqueda del amor y del sexo, con el pretexto de una mujer elemental y sensual, mantenida en reserva y alejada de los suntuosos salones, la Amparito Gripa­les de la película que el doctor López debe de aplaudir en sus pausas otoñales. El recuerdo del amor rosa, la mayor conquista de la juventud, no abandona nunca al hombre, ni en sus años seniles, cuando se supone, falsamente, que el amor es decadente. El amor, claro está, no es solamente sexo y también es añoranza.

El novelista, que por esencia es biógrafo de sí mismo y no puede escribir sino sobre lo que siente, suele retratarse en sus escritos. A veces se adelanta al tiempo, porque también posee poderes de adivinador. Y lo que es más curioso y más sorprendente, de adivina­dor de su propia vida. Dice Mauriac que el novelista sólo escribe una novela, por más libros que salgan de su imaginación y por más tramas que urda.

Habrá siempre en ellas el mismo personaje repetido y en todas preva­lecerá la misma tesis. Esto no es intencional sino subjetivo. Sin quererlo, el novelista no hace sino traducir su universo interior y explayar, aprovechando la ficción, sus dolencias, frustraciones y anhelos.

Las pirámides del privilegio

Con esta novela regresamos a una etapa distante de la vida colombiana. Comienza ésta cuando el novel escritor tenía unos 31 años de edad –hoy tiene 72– e irrumpía, con todo el ímpetu de su futuro prometedor y el bagaje de su refinada educación inglesa, en la política colombiana. Por aquellas calendas su padre, gran estadista y hombre del alto mundo, ejercía su segunda presidencia y le abría paso a su hijo bienamado en la política y en los dorados salones de la burguesía.

Entonces López Michelsen ya intuía su destino privilegiado y disfrutaba de los gajes de la buena suerte, y fue cuando como paradoja debió de planear Los elegidos, un documento de pro­testa social contra el círculo de los explotadores que él mismo vivía. Años más tarde, asilado en Méjico, salía la obra a la luz pública.

Ante el suceso bibliográfico del momento, Alberto Lleras Camargo calificó a López como «el más valeroso de los escritores contemporáneos», aceptando el juicio de Hernando Téllez. Y además advierte que en la Cabrera (el «Du coté de la Cabrera» proustiano) debe haber una tumba abierta para el atrevido escritor.

¿Qué pasó para que Alfonso López Michelsen no hubiera reformado en su gobierno el mundo que denunció? Quiso hacerlo. Fue cuando con su Movimiento Revolucionario Liberal se volvió disidente. Arremetió contra los poderosos y sus atropellos y ofreció grandes cambios sociales. Ya su padre, que era su brújula, los había impulsado.

El descendiente sabía, como el protagonista de su relato –el alemán B.K. perseguido por el régimen nazi y a quien los burgueses criollos de nuestro país terminaron despojando de sus bienes y de su tranquilidad–, lo que significaba el exilio y lo que dolía la persecución de los verdugos. Conocía el ambiente de intrigas y de canonjías tramado en las pirámides del privilegio. «El  verdadero gobierno del país –dice entonces– lo constituye el alto mundo». Ahí va implícito el deseo de que haya cambio de fórmulas. Este reajuste de las costumbres no lo consigue, empero, cuando ejerce el poder.

Su novela es, por lo tanto, una protesta perdida. Se desaprovechó un momento histórico para reformar el país. El mensaje del libro está vigente y continúa buscando un revolucionario capaz de hacer más iguali­taria y menos oprobiosa la suerte de los oprimidos. Los opresores siguen en el poder. El instinto de adivinación que hay en el novelista parece como si hubie­ra puesto en labios de López Michelsen esta frase pre­monitoria que pesco en la lectura de su novela: «Ahora comprendo que, a pesar de la distancia y de los años, y de que yo creía ser un explorador de mundos nuevos, no hice sino repetir entonces los mismos en errores de mi juventud».

¿El poder para qué?

En Los elegidos se perciben en López Michelsen estupendas dotes de narrador. Un magnífico fotógrafo social, sin duda. Es un libro bien escrito, que pertenece al género de las novelas intelectuales. De haber seguido de literato, hubiera competido con García Márquez, quien a la inversa e irónicamente persigue hoy el poder. Pero… ¿el poder para qué?, pregunta Darío Echandía. La tentación del poder distrajo una carrera literaria.

Creo que hoy, cuando ya es imposible retroceder, en las intimidades de López Michelsen protesta un novelista frustrado.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, No. 39, diciembre de 1988.

El Espectador, Bogotá, 28-III-1989.   

 

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