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Vocación de tramposos

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Colombia tiene fama de ser país de leyes. Es algo que nos acredita, porque nos permite aparecer como ordenados y amantes de la justicia y la libertad. Tenemos leyes para lo divino y lo humano. Aquí se legisla para todo y por todo. No hay materia, ni actividad, ni dolencia pública que no estén reglamentadas, y no sólo en códigos sino también en infinidad de tratados, de jurisprudencias, de manuales y de apéndices.

Se han dictado tantas normas, y éstas han sido tantas veces reformadas y vueltas a reformar, que para transi­tar por ellas se necesita todo un ejército de intérpretes y asesores. De todas maneras, hay que andar con cuidado, porque podemos enredarnos entre los códi­gos.

Ser país de leyes es título de dignidad. Pero también es de público conocimiento que las leyes co­lombianas son para violarlas. En otras partes, como en Estados Unidos, son para cumplirlas. Las disposiciones nuestras, tan medita­das, tan debatidas y articuladas, constituyen por lo general un mar de vacíos y confusiones de peligrosa navegación.

A veces no se sabe si la norma está derogada, y debe pe­dirse auxilio para salir adelante. Y otras veces se aplican disposiciones obsoletas, absurdas para los nuevos tiempos, pero vigentes para algún funcionario que desea atormentarnos la vida. En esta maraña de artículos, parágrafos e incisos, podemos ahogarnos si no contamos con las luces o las habilidades de un buen conductor, llámese abo­gado o tinterillo.

La abundancia de normas no significa orden ni justicia. Cuando se legisla demasia­do, también se enreda demasiado. Y como no siempre nuestros legisla­dores poseen la suficiente claridad mental o el necesario tiempo para pensar con sabiduría, nos dejan reales esperpentos para que los leguleyos justifiquen su existencia.

Lo ideal serían disposiciones claras y de fácil interpretación. Lo ordinario son los rompecabezas de peligrosa armazón. No se quebran­tarían tanto las leyes si no fueran tan contradictorias, tan cojas, tan ple­gables a las circunstancias. Somos expertos en burlar y desafiar la autoridad, porque cada infracción tiene quién la salve.

Las normas del tránsito, por ejemplo, se incumplen con un billete en la mano. La contribución para el Sena o el Subsidio Familiar se niega con eludir o saber acomodar unas cifras.

Con la costumbre muy colombiana de evadir responsabilidades hemos aprendido a defendernos de los códigos. O dicho en lenguaje adecuado: «las leyes son para los de ruana». Todo depende de la maña para torear los reglamentos. Como el colombiano se considera a todo momento perseguido por el Estado voraz, vive prevenido para no de­jarse acorralar. Ha des­cubierto que los que pagan más son los que menos tienen.

El rico esconde bienes, los reduce y los evapora como por arte de magia, mientras el pobre asalariado vive exprimido por la garlancha enfure­cida de los impuestos. De los impuestos disparejos, que a unos les permiten fugarse mientras otros quedan atrapados.

Con una legislación confusa, ar­bitraria o inhumana, como suele presentarse en muchos casos, el ciudadano tiene que protegerse para poder subsistir. Y los eternos viola­dores de las normas, los que se defienden con abogados y su maquinaria de intrigas e influencias, salen siempre ufanos de estos labe­rintos de los códigos.

No habría tantas leyes si no existieran tantas trampas. Parece que en el fondo lo que se busca es taponar la trampa de los colombia­nos, más que crear determinados estados de progreso social. Quienes consideran que las leyes y la cárcel son para los de ruana, se ríen de los estatutos. Y si en ocasiones caen en manos de la justicia, ponen a funcionar sus propios sistemas astutos para derrotar el rigor de los códigos.

Los llamados padres de la patria, fabricantes de normas y causantes de tantas injusticias so­ciales, saben también legislar en beneficio propio. Ahora, en otro descuido de sus electores, han deci­dido aumentarse las dietas de noventa y dos mil a ciento cincuenta mil pesos mensuales. No les importa que el salto sea mortal, si cuentan con un pueblo sumiso que volverá a elegirlos.

Vienen luego los diputados persiguiendo la misma protección de un país de leyes que no tiene cómo contrarrestar estos absurdos. Un padre de la patria representa veinte salarios mínimos. Dicho en otra forma, para llenar a uno de nuestros pesados legisladores se necesitan veinte desnutridos contribuyentes. Nada pasará, claro está, porque estamos en un país de normas, donde pierden unos para que ganen otros. Y todos tranquilos.

Colombia es una nación de códigos, que goza de fama en el continente entero. Somos unos genios para legislar. Tenemos reglamentos para todo, no importa que no se cumplan. Se puede, además, crear malestar social sin que los responsables paguen sus abusos. Ellos saben defenderse, porque tienen la ley en la mano. Vivimos entre artículos, inci­sos, parágrafos, códigos soberanos. Respiramos leyes. Nuestra exacta proporción está entre legalistas y tramposos.

El Espectador, Bogotá, 2-XI-1982.

 

Ritmo de baile

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

El país sabía de un habilidoso político que se llama Julio César Turbay Avala, pero antes de su pre­sidencia no conocía sus destrezas de bailarín. Era una cualidad que solo ejecutaba en privado y le hacía ganar popularidad en los círculos femeninos.

Las damas, desde hace mucho tiempo, se dispu­tan el privilegio de danzar con el doctor Turbay, «un magnífico pare­jo», según acertada definición. Y es que esto de llevar el ritmo, y sobre todo saber moverse con naturalidad y garbo, sin paso trotón ni desgar­bada anatomía, es virtud que no a todos nos ha dado la naturaleza.

Entre las habilidades del buen danzarín está la de no pisar callos ni atropellar a los vecinos. A la pareja hay que manejarla con delicadeza y desenvoltura, permitirle respirar y hacerla enternecer. Hay que mante­nerla a raya: ni muy lejos, y tampoco demasiado unida. Lo primero, porque la soltura en el baile es apenas el pretexto para disimular un mal paso, y de parte de la dama, para defen­derse de indebidas presiones o peli­grosas confianzas; y lo segundo, porque la mucha cercanía puede ser embarazosa.

En estos trucos el doctor Turbay Ayala es maestro. Él sabe que no hay que arrimarse de­masiado, pero tampoco distanciarse mucho. Los hilos del baile hay que moverlos con sutileza y cierta seducción para asegurar la pareja feliz. Eso mismo ocurre con la polí­tica. En ambos campos es diestro el doctor Turbay, y de ahí el atractivo que ejerce en damas y caciques.

A los colombianos nos consta que en sus cuatro años de gobierno bailó al ritmo que le to­caran. Cuando anunciaba viaje a cualquier sitio, de inmediato se pensaba en el baile. Se alborotaba el galli­nero, como sería la expresión cabal. Desde un mes antes las amas comenzaban a preparar el mejor vestido y a entrenar el mejor compás.

De inmediato se encarecían las telas y se agotaban las zapatillas. Las damas salían en persecución implacable de los atuendos y las fantasías que era preciso lucir para tener suerte con el parejo grande de Colombia. Los salones de belleza no daban abasto, y como la mujer no acepta sino el peinado de última hora, la rebatiña se volvía terrible. Ustedes saben lo que son cientos de mujeres peleándose por el corte de pelo y el arreglo de uñas, todas queriendo ser las primeras y las más originales.

Algunos vestidos, como sucedió en Armenia, tenían que ser adquiridos en Cali y Bogotá, en las mejores casas de modas, sobra decirlo. No se trataba sólo de estar bien presentadas, sino de lucir el último grito de la moda. Todo porque había que bailar con el doctor Turbay, el mejor parejo del país.

Muchas se endeuda­ron más de la cuenta (y todavía hay maridos rescatando facturas), pero estaban felices por estrenar de todo, como si se tratara de la noche de bodas. En esto de gastar ellas en vestuarios, joyas y perfumes, toda ocasión es propicia, y no faltaba que no lo fuera así, tratándose de un baile presidencial.

El señor Presidente rompió el baile con la esposa del señor Gobernador, la más lujosamente ataviada por moti­vos obvios. Después vendrían las es­posas de otros altos funcionarios, pero éstas no fueron invitadas a tablas. Tampoco hubo opción para nadie más de la esperanzada sociedad quindiana, lo que no significa que el señor Presi­dente, un incansable danzarín, no bailara toda la noche.

Bailó y bailó hasta convencernos de que es un acompañante inigualable. Esto  puede certificarlo la dama pri­vilegiada de aquella noche. Hubo, desde luego, críticas y disgustos entre la gruesa concurrencia de mu­jeres ilusionadas, que en vano lucían elegantes trajes y aderezos.

En Cúcuta pasó lo mismo. También en Ibagué, Cartagena, Tunja, Pasto y en todo sitio visitado por el señor Presidente. El baile no alcan­zaba para todas, y por lógica muchas regresaban frustradas a casa y ahí sí se acordaban de que también tenían marido.

Al doctor Turbay le gusta bailar. Es alegre, extrovertido, infatigable con su pareja. Durante su presidencia Colombia se convirtió en un gran baile, y fue tanto el ritmo de fiesta, que quedamos mareados. Es un acompañante ideal, y esto sólo lo sabía antes doña Nydia. Ahora ya no es secreto.

A sus críticos del baile de Cúcuta el doctor Turbay les increpa: «Lo que pasa es que son unos envidiosos porque yo sí sé bailar». Y tiene razón. El buen bai­lador suscita éxtasis en las mujeres y rivalidad en los hombres, que no pueden hacer lo mismo y pierden oportunidades.

Una de las damas furiosas de Armenia manifiesta que no todo ha de ser baile. Y agrega que el país se le salió de las manos al doctor Turbay por rumbear demasiado. Ella perdió sus ahorros en una corpo­ración que no vigilaba el superinten­dente bancario, otro gran bai­larín. En este repaso de personajes, la dama se acuerda también de don Félix Correa, una atracción de los salones sociales, y estafador redomado.

Con todo, el doctor Turbay dice que «al país le gustaría bailar otros cuatro años conmigo». No sabemos qué responderán las damas de Ar­menia, y las de  Cúcuta, y las de Ibagué, y las de Pasto… Habrá que preguntárselo a Colombia, la pareja mayor del jolgorio, y ésta ha quedado agotada.

El Espectador, Bogotá, 18-X-1982 y 15-VIII-2020.
Eje 21, Manizales, 14-VIII-2020.
La Crónica del Quindío, 16-VIII-2020.

 

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Una plaga destructora

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Habrá alguna entidad o algún funcionario que pueda contarle al país cuántos cheques chimbos giran a diario los colombianos? Si al­guien nos suministrara el dato, el sistema bancario tendría que sonro­jarse. La banca, que fue insignia respetable del país, lucha hoy por recuperar su prestigio después del menoscabo sufrido por culpa de establecimientos suyos, y sobre todo de personas, que desvia­ron aquella tradición.

Cuando ciertos peces gordos queden a buen recaudo, ojalá los líderes de la banca repasen el capítulo vergonzoso del cheque sin fondos y le den al país la buena nueva de una vigorosa campaña que esta­mos en mora de librar, y que sea en verdad ejemplarizante, por la depuración de los hábitos comerciales.

El cheque está hoy de capa caída. Es un instrumento humillado, famé­lico, haraposo. Todavía circula por calles y comercios, porque Colombia es un país aguantador. Pero la gente lo desprecia y se ríe de las doradas chequeras, ador­nadas con águilas, cuernos de la abundancia y fulgurantes logotipos, y desguarnecidas en lo profundo de sus entrañas, o sea, donde debe encon­trarse el líquido que no fluye.

Hay oficinas que les entregan a las damas chequeras perfumadas, como insinuando recónditos placeres sólo imaginables en las mil y una noches, pero se olvidan de recomendarles que sean ellas, las primorosas giradoras de estos embrujados papelitos, quienes deben ponerles el complemento indispensable de los fondos.

«La banca se pudrió», me comen­taba un indignado hombre de negocios mostrándome su colección particular de cheques fal­sos. Con el cheque se estafa hoy a medio país, y no sé si el porcentaje es tímido. La mayor tolerancia reside en las propias casas bancarias, que en los últimos tiempos se han mul­tiplicado en forma vertiginosa y así mismo han ido trabando los hilos de la sanidad ambiental.

Si el cheque está agonizante, dé­mosle el último aliento, el que se necesita para regresarlo a la vida. Este documento, admitámoslo con fran­queza, es una vergüenza nacional a la que nos hemos acostumbrado entre lentos deterioros y calladas perple­jidades. El público dejó de protestar porque no tenía ante quién. Prefirió, por ejemplo, cruzar sus estable­cimientos con la dolorosa adverten­cia de que «no se reciben cheques», aviso tan común como encon­trar por todas partes la cara lánguida de los miles de estafados por don Félix Correa y su escuela de avivatos.

Estos personajes siniestros que fueron surgiendo alocadamente en los últimos años y que impusieron un estilo, una norma de corrupción para el fácil enriquecimiento, autores de descaradas maniobras contra la buena fe de los colombianos, son los que no dejan progresar las insti­tuciones y desde luego las destruyen. El público se rebeló, ya tarde, contra la sumisión, pero hechos jirones sus ahorros y sus doradas chequeras.

En esta cadena de atentados, que no quiso castigar un superintendente bancario generoso, hay que colocar hoy el capítulo del cheque chimbo, uno de los engranajes más flojos y más perniciosos de la vida comercial. Debiera ser, al revés, un medio confiable de la circulación del dinero, que se convirtiera en vaso comunicante y dejara de ser la vena rota que es en la práctica.

Hoy mostrar un cheque es exponerse a la duda y muchas veces a la afrenta. Detrás de todo cheque hay una sombra, una interrogación, y no importa que el portador sea hono­rable caballero, porque seguirá en sospecha el garabato de la firma y los fondos del banco. Don Félix Correa y sus camaradas crearon fantasmas en la mente de los colombianos, y ya el público ve por todas partes corpo­raciones y bancos intervenidos.

Pero el agua sucia pasará. Está pasando. Era necesario que el mal tocara fondo. Vendrá ahora el resur­gimiento de la banca sana. El sis­tema bancario no se ha ido a pique, sino que ha sido probado para que tome conciencia del riesgo de los piratas.

Vamos ahora a desinfectar las chequeras. En vez de figurines y señuelos tentadores, de gotas per­fumadas y misteriosos hilos magné­ticos, les pondremos fondos su­ficientes. El país entero va a acos­tumbrarse a girar sin trampas, o sea, con dinero y con dignidad. Si la moral pública está viciada y la banca está herida, ¿no habrá llegado el momento de rebelarnos contra el absurdo?

Esta nota no es contra la banca, sino a favor de la banca seria, y pretende al mismo tiempo llamar la atención de los altos mandos —yo soy apenas un modesto peón de brega— para que declaremos guerra a muerte a los “chimberos”. Hay que fulminarlos, porque están acabando con Colombia. Son como ratas aga­zapadas en todos los entables, que carcomen y aniquilan.

En el Quindío, desde donde escribo para el país esta columna sobre hechos cotidianos, al cheque chimbo se le llama «grosero». Es un bautizo perfecto, en tierra que gusta de la vida pulcra. Cuando aquí alguien incumple un negocio, se le dice: «No sea grosero». Aprendamos a girar sin grose­ría, es decir, sea con billetes de los buenos.

El Espectador, Bogotá, 6-X-1982.

 

A don Félix le patina el coco

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Según sus declaraciones a la justi­cia, «el coco no le funcionaba bien en los últimos tiempos». Con este ar­gumento, que a nadie convence, don Félix Correa Maya, creador y usur­pador de un imperio económico, busca escapar de la cárcel.

Su abogado hace increíbles esfuerzos para demostrar que su defendido es una mansa paloma y pretende cambiarle la cárcel por una clínica de reposo.

Lo cierto es que don Félix, uno de los cerebros mejor fabricados para pasar, hace ocho años, de quinientos mil pesos prestados a los veinte mil millones que hoy se le atribuyen, demuestra estupenda lucidez mental. Si no tuviera su cerebro tan bien engranado no se hubiera burlado de los treinta mil ingenuos co­lombianos que hoy lo repudian.

Por creer ellos en los poderes mágicos de nuestro playboy criollo lloran ahora los infortunios de esta alocada ca­rrera millonaria. Existen seres pre­destinados para amasar riquezas, y don Félix es uno de ellos. Hoy muchos empresarios se devanan los sesos estudiando qué resortes misteriosos esconde el ce­rebro que fue capaz de jugar en forma tan deslumbrante, y sin dejarse co­ger, con los ahorros de miles de colombianos.

Él resolvió cambiar su modesta bomba de gasolina en Caucasia, donde se le recuerda montando en brioso corcel y enamorando a las muchachas del pueblo, por algo más productivo.

Como es de apuesta figura y de gesto convincente, no faltó quien creyera en su capacidad de negocios y le fue soltando así no más aquellos billetes iniciales que iban a trans­formar la vida del país. La trans­formaría, claro, para el oscuro negocio de la especulación. Se con­siguió su varita hechizada y con ella, como en los cuentos de hadas y de ficciones en que todavía hay gente creyente, hizo brotar todo un mundo de ensueño.

Formó la cadena de la felicidad, y ahí está su secreto. La noticia co­menzó pronto a circular por todas partes, primero con sigilo y luego con certeza y hasta con arrogancia.

«Si quieres vivir tranquila, búscate a don Félix», le decía una viuda a otra viuda. Y miles de viudas pusie­ron a producir las reservas de su desamparo. En adelante no estarían tan solas, si el capita­lista, a quien por esta época ya nadie recordaba persiguiendo turistas en Caucasia y sudando petróleo, las protegía de riesgos innecesarios. Los pensionados oyeron el rumor y le confiaron la administración de su vejez. Después eran legiones inter­minables que buscaban la llave de la suerte.

Así, Félix Correa Maya, un mago para el arrebato del dinero, se con­virtió en personaje de leyenda. Ban­queros experimentados se inclinaban ante su sabiduría. Todos lo respeta­ban, porque sabía más que todos juntos. El olor de sus billetes pene­traba en todas partes. Era mejor tener el capital generando holgura y goces infinitos, que la finca con sobresaltos o la industria en decadencia.

La fama de don Félix se volvió nacional. El poder de su imperio compraba acciones e industrias con la misma facilidad con que arrullaba a las viudas y a los pensionados, dos símbolos del país explotado. La prensa lo destacaba como el paladín del trabajo, y él se daba el lujo de movilizar en sus avionetas a perso­najes del alto mundo.

A un candidato presidencial le publicó un libro de impacto, porque el financista se ha­bía convertido, además, en hombre de cultura. «Don Félix es completo, ¡divino!», le escuché decir a una de sus hinchas. El superintendente bancario, a quien el Estado tiene como vigilante de los descarríos del dinero, sonreía con él. Era una son­risa que infundía más confianza.

Hasta el águila llegó un día a asustarse, pero como sabe volar con garbo, se mantuvo desafiante. To­davía la vemos ufana, a pesar de haber recibido algunas reprimendas, tratando de llevarse en el pico lo que don Félix no alcanzó a recoger. Hoy la gente le cogió miedo al águila, pre­cisamente por sus picotazos traicioneros.

El imperio se derrumbó. De este episodio de la vida colombiana que­dan treinta mil ahorradores estafa­dos. Los billetes de la felicidad se esfumaron, o mejor, cambiaron de arca. Negocios increíbles, urdidos mientras las viudas y los pensionados se solazaban en su ancho mundo de fantasías, pregonan la ingenuidad de un país ligero que gusta de los héroes de barro. La opereta se ha desmontado. Los actores procuran hacerse a la sombra. Don Félix y su camarilla, lo mismo que en otros predios ocurre con similares magos de las finanzas sucias, se defienden con desespero para que la justicia no les cobre sus fechorías.

Ahora resulta que a don Félix “le venía funcionado mal el coco”, según su ingenua manifestación. Y pide que lo atornillen a ver si logra el equilibrio que no pudo tener su agitada vida de fabulador de millones prestados. Cuando a don Félix le abran el coco, ojalá nos permitieran ver qué cuerdas especiales posee para haber logrado burlarse de una clientela tan numerosa como hipnotizada  por los embelecos del dinero fácil.

El Espectador, Bogotá, 20-IX-1982.

 

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Las ruletas de la trampa

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando la banca colombiana era ortodoxa, existía un país serio v respetable. La gente no buscaba llenarse de plata de un golpe. Los capitales se defendían con prudencia y crecían con seguridad. Antes de comprar una acción o poner un dinero a interés se estudiaba la confianza de la operación.

Con el tiempo los papeles se invir­tieron. Ahora se busca ante todo la utilidad, sin importar mucho que ésta sea irrazonable y peligrosa. Como por todas partes comenzaron a aparecer unas entidades que compe­tían velozmente en ofrecer los inte­reses más altos y los halagos más seductores, la gente ni siquiera se esforzaba por averiguar anteceden­tes. Era un mercado persa y estra­falario, donde ganaba, por lógica, el que pusiera más puntos y ofreciera mayores señuelos. Lo importante era ganar, y ganar rápido.

Mi amiga la viuda, por ejemplo, no quiso aceptarme un consejo sano y a tiempo. No era mucho el capital que había heredado de su marido, pero era lo suficientemente capaz de pro­digarle una existencia digna. Des­preció mi consejo, como si yo fuera a quedarme con la herencia. Me dijo que en la «captadora» de la esquina, la que administraba la doctora Inesita, recién graduada en ciencias de la economía, le daban cuatro puntos más, le rebajaban la retención tri­butaria y le encimaban no sé cuántas más arandelas que no alcanzó a explicarme por el afán que llevaba con sus billetes en el bolso.

Me la encontré luego radiante de su suerte. Meses después me contó que había mejorado el negocio. Se había pasado seis metros adelante, donde el doctor Hernán, «una fiera para las finanzas». Este le pagaba los inte­reses por anticipado. La viuda ga­naba nuevos puntos, y yo los perdía. Su vestuario, como lógica demostra­ción de progreso financiero, era cada día más refinado. Poco a poco se fue olvidando de la pena, conforme el mercado de las fantasías alcanzaba nuevos niveles.

Finalmente, cuando el pobre asesor de la banca ortodoxa le hizo alguna insinuación un poco tímida pero bien intencionada, ella se echó a reír. Salí de la competencia para siempre. Y era que la viuda había logrado que le pagaran el 36, pero por anticipado, y además se había ganado una comisión por trasladarse otros seis metros en la misma cua­dra. Se mostraba eufórica, desafiante, segura de la vida, y desde luego despreciativa con el atrasado banquero que no salía de sus tablas ruinosas. Ella, en cambio, había aprendido a mover las ruletas de la fortuna.

Ya en estas alturas del dinero, un día le dio por confesarme intimida­des. Había cambiado dos veces de carro en un año, «y no como en tiempos de Alfonso cuando el renolcito debía rendir para seis años», ya tenía engordando unos novillos y, con todo y su colección de trajes y de joyas, había un millón más en la «captadora».

Me preguntó si era evasor, y le respondí que por no serlo vivía algo estrecho. «Sos un pendejo», me re­criminó en lenguaje paisa. Y me explicó que hoy ser honrado es lo mismo que ser tonto. Sentí la espue­la, la misma que había sentido en muchas ocasiones, tratando de pi­carme. Me quedé observándola atentamente, con interés pero sin envidia. Y ella remató con este sartal de amonestaciones:

–En los bancos hay que hacer plata, ¿te embobaste? Prestá la platica en compañía, o sea, mitad y mitad. Mi primo, tu compe­tidor, sí sabe para qué sirven los autopréstamos. ¿No ves que ya tiene hacienda ganadera y chalet de mi­llonario? Cogés tu parte de la tajada y la llevás a la “captadora”, y ahí ni siquiera aparece tu nombre ya que el gerente te da a escoger muchas cédulas para que no resultés pagando impuestos a un Gobierno que todo se lo roba. Si aprendés el sistema, te llenás de plata. La maquinita de hacer billetes todo lo puede. ¡Despabiláte, pues, y aprendé las técnicas modernas de la banca, no  siás pendejo…

Con semejante discurso me quedó bailando el caletre. La vi arrancar airosa en su flamante carro y me acordé del difunto que llevaba varios años sin poder cambiar el renolcito-4. Pero le había dejado un seguro para que la viudez no le resultara invivible.

Cuando regresó a la «banca anticuada», la encontré con cajas destempladas. Me dijo que no había alcanzado a sacar los tres milloncitos y que se había quedado sin un peso. Estaba arruinada, pues todo el grupo financiero se había venido al suelo. La consolé, claro está, y me condolí de la suerte de miles de ahorradores es­tafados.

La viuda está hoy en clínica de reposo. Ya se llevaron el carro y le tienen embargada la casa de sus hijos por unas facturas suntuarias, pescadas en el mercado persa de las extravagancias, que no alcanzó a cubrir la maquinita de hacer billetes.

Parece que el país quiere volver a la banca ortodoxa. O sea, volverse serio y respetable, que ambas cosas se perdieron con la proliferación de «captadoras», de bancos sueltos, de intereses insólitos, de maniobras fraudulentas, de capitales fantasmas. Sobró arrebato y faltó control.

Ahora se dice que ha llegado el cambio. Y el pueblo agrega que para que haya cambio de verdad debe haber una purga ejemplar. No la habrá mientras no lleguen los cul­pables al sitio adecuado, es decir, a la cárcel. Los pulpos del sistema financiero se quedaron con el huevo y con la gallina. Los peces gordos terminan comiéndose a los peces flacos.

La viuda, tan oronda y tan perifo­llada, no se dio cuenta a qué hora se la comieron. Hoy está sujeta a in­tensos ajustes siquiátricos, y no quiere oír de tablas de interés Y todo por no haber escuchado a tiempo una propuesta sana.

El Espectador, Bogotá, 10-IX-1982.

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