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Chiquinquirá: oración y cultura

sábado, 28 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Acabo de asistir en Chiquinquirá al encuentro de escritores que se celebra anualmente, desde hace veintidós años, promovido por la Fundación Cultural «Jetón Ferro», de la que es presidente Raúl Ospina Ospina, veterano periodista a la par que activo líder cívico y cultural de la población.

Javier Ocampo López, presidente de la Academia Boyacense de Historia y analista de la idiosincrasia regional, hizo magnífica exposición sobre la literatura boyacense, desde sus orígenes hasta los tiempos actuales.

Bajo la experta coordinación de Alonso Quintín Gutiérrez Riveras, otro promotor cultural, la lectura de poemas dejó grato mensaje en la concurrencia. Alrededor de ochenta escritores nacionales e internacionales nos dimos cita en la «capital religiosa de Colombia», título ganado por el espíritu de recogimiento que vive la ciudad desde tiempos inmemoriales. En lenguaje chibcha, Chiquinquirá significa «pueblo sacerdotal».

Esplendoroso este santuario de la oración que es la Basílica de Nuestra Señora de Chiquinquirá. La construcción del templo concluyó en 1812. Desde entonces, Colombia ha admirado esta joya, elaborada con exquisito arte religioso, que año por año atrae nutridas romerías venidas de todas partes. Bolívar, en 1828, llegó a Chiquinquirá acongojado por la derrota de la Convención de Ocaña y se postró ante la Virgen. Y con motivo del cuatricentenario de la aparición de la imagen milagrosa a María Ramos y dos niños que la acompañaban, Juan Pablo II estuvo de visita allí, en 1986.

Chiquinquirá, con más de cincuenta mil habitantes, es el principal municipio del occidente de Boyacá y se encuentra situado a 107 kilómetros de Tunja. La travesía desde Bogotá, por excelente carretera, es de dos horas y media. Pero como hay que disfrutar los atractivos del camino, es preciso alargar el viaje con una parada en Ubaté, para saborear los productos lácteos de la región y la deliciosa comida boyacense; o en la laguna de Fúquene, para admirar el encanto que se esparce sobre el paisaje; o en Sutatausa, para embelesar el alma con la contemplación de este pueblo dormido que parece de ensueño.

La ciudad fue fundada en 1556 por los esposos españoles Antonio de Santana y Catalina García de Islos, y en 1636 adquirió la categoría de municipio. En 1781 se sumó al movimiento de los Comuneros. En 1815, por petición del jefe político del distrito, José Acevedo y Gómez, los padres dominicanos donaron alhajas de oro y plata para apoyar la causa de la libertad. En 1977 se fundó la sede episcopal. Muchos personajes famosos han brotado de esta tierra noble, y enumerarlos sería prolijo.

Baste citar, en el campo de la cultura, a los poetas José Joaquín Casas y Julio Flórez; a los escultores Rómulo Rozo y César Gustavo García; a los académicos Napoleón Peralta Barrera y Antonio José Rivadeneira Vargas; al poeta Homero Villamll Peralta, cantor del alma boyacense, cuyo libro Mi canta por Boyacá es digno de ponderación.

He dejado de último, para enmarcar el encuentro de escritores, a Antonio Ferro Bermúdez, el famoso «Jetón Ferro». De Chiquinquirá he regresado a desempolvar en mi biblioteca el viejo libro de antología titulado La Gruta Simbólica, del que es coautor Ferro, junto con José Vicente Ortega Ricaurte, miembros asiduos de la famosa tertulia bogotana de la gracia, la bohemia, el humor y el repentismo, que funcionó en postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX, y la que, según Calibán, «fue la primera y será la última tertulia literaria que en Colombia ha florecido».

Este año, la Fundación rindió homenaje a la poetisa Laura Victoria. Y me invitó, como conocedor que soy de su vida y su obra, a que presentara una semblanza de la colombiana ausente, mi ilustre paisana soatense, radicada en Méjico hace 62 años y que pronto llegará a la cumbre de los 97 años de vida. La poesía sensual de Laura Victoria marcó a comienzos del siglo pasado un hito en la literatura colombiana, y hoy está olvidada por las nuevas generaciones, acaso por la larga ausencia de la autora, que ya es irremediable.

Ella vive con el alma puesta en Colombia. Resultó confortante para el oferente, y enaltecedora para la memoria de la poetisa, la ovación que se escuchó en el encuentro de escritores, como si ella estuviera en sus mejores días de gloria.

El otro escritor agasajado fue Fernando Soto Aparicio, cuya obra múltiple –en los géneros de la novela, el cuento, la poesía, el ensayo, los guiones de cine y los libretos de televisión– lo señala como creador prolífico de las letras nacionales. Sus novelas, escritas con lenguaje vigoroso y diáfano, abarcan la problemática del hombre americano, con el grito de angustias, miserias, esclavitudes, amores frustrados y a veces felices, que pesa sobre la humanidad.

Va a cumplirse medio siglo de la muerte del «Jetón Ferro», humorista extraordinario. Su alma continúa viva en la comarca. Allí, alrededor de su recuerdo, nos hemos reunido unos cuantos quijotes de estos tiempos frívolos y hemos transitado las calles por entre guitarras, tiples, bandolas, requintos y panderetas (cuadro clásico de las romerías), dispuestos a no abandonar los eternos valores del espíritu. Como cosa curiosa, que parece obra del «Jetón», la célebre Guabina chiquinquireña no es guabina sino bambuco. En este ambiente de poesía, cultura, música y oración se siente mejor el alma de la patria.

El Espectador, Bogotá, 27-IX-2001.

 

 

 

 

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Los abismos de la ira

sábado, 28 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La guerra declarada contra El Espectador por el narcotráfico no se detuvo con el asesinato de don Guillermo Cano en 1986, ni con el atentado dinamitero contra la sede del diario en 1989, sino que se trasladó, con la mayor sevicia que haya existido contra cualquier otro periódico, ¿quizá en el mundo entero?, al departamento de Antioquia.

En agosto de 1990 estuve en la ciudad de Medellín, y como viejo lector y colaborador de El Espectador solicité en la recepción del Hotel Nutibara, donde me hospedaba, que todos los días se me pasara dicho periódico. Mi sorpresa fue mayúscula al enterarme de que el diario, desde meses atrás, no circulaba ni en Medellín ni en Antioquia, debido a la época de terror impuesta por Pablo Escobar.

En efecto, los representantes locales del diario habían sido asesinados por el narcotráfico, y los voceadores, amedrentados, no se atrevían a anunciarlo por las calles. Para evitar más represalias y sin duda nuevos asesinatos, El Espectador prefirió retirarse en forma temporal y prudente de la tierra paisa, donde un siglo atrás había nacido con signos tormentosos. Ante semejante noticia, me sentí perplejo y descorazonado.

¿No conseguir el diario de los Cano en su propia comarca antioqueña? Esto era inaudito. ¡Hasta tales abismos habían descendido los fermentos de la ira! Era el único lugar del país donde el periódico estaba amordazado, en plena libertad de opinión del siglo XX, y no por los gobiernos represivos de Núñez, de Reyes o de Rojas Pinilla, sino por el amo y señor de los narcóticos.

Me privé, pues, de leer mi diario el mismo día de su aparición, y este placer tenía que postergarlo, con desazón y dolor, para cada fin de semana, cuando regresaba a Bogotá con aires de libertad. Así, por espacio de dos meses.

Más tarde descubrí que la directora de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, Gloria Inés Palomino, recibía todos los días tres ejemplares sigilosos, por correo inmediato, que devoraban en secreto algunos lectores privilegiados de la entidad. Algún día encaminé mi curiosidad a la Piloto, y presencié un espectáculo conmovedor: sobre el mismo ejemplar se inclinaban varios contertulios ansiosos, y podría decirse que en aquel ambiente de peligrosa clandestinidad, ocultos a la ira inexorable del capo, paladeaban el banquete suculento del día.

Cualquier día encontré sobre el escritorio de un alcalde de la región el libro titulado También fui espectador, cuyo autor, José Yepes Lema, al retirarse resentido del periódico, escribió dicho libelo contra los Cano en sus vidas privadas. El libro tuvo escasa circulación nacional, quizá por la intención baja con que había sido concebida la obra, pero en Antioquia llegaba por aquellos días a todas las alcaldías en forma misteriosa. El remitente, según me explicó aquel alcalde, no podía ser sino la mafia reinante, interesada en desacreditar a sus enemigos periodistas en su propia tierra.

El alma me volvió al cuerpo cuando pocos días antes de mi regreso definitivo a Bogotá, acodado en la ventana del Hotel Nutibara, oí de repente que alguien voceaba en plena calle el nombre de El Espectador. Desde la altura en que me hallaba pude presenciar que el valiente muchacho corría por la calle borrosa con un paquete del diario, seguido de numerosos transeúntes que querían adquirirlo. Cuando bajé en busca de mi ejemplar, ya la edición estaba agotada.

Desde entonces, el grito de los repartidores de Medellín fue cada día más vigoroso, y al fin pude hacerme a un ejemplar. En Antioquia estaba a punto de extinguirse la horrible noche cargada de odios viscerales.

Hoy, cuando el periódico vuelve a recibir otro golpe increíble, dentro de su larga y accidentada historia de epopeyas, se me antoja asimilar aquella voz callejera a un grito de libertad, y se me ocurre pensar con optimismo que no será ni imposible ni lejano el día en que El Espectador vuelva a cantarse a diario y con júbilo, como en aquel lejano agosto de mi estancia en Medellín, por todos los caminos de la patria.

El Espectador, Bogotá, 13-IX-2001

 

Los secretos de Fidel Castro

sábado, 28 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Castro confió a la poetisa colombiana Laura Victoria un papel secreto que impidió que un grupo de cubanos fuera expulsado de Méjico.

He leído en El Espectador la noticia sobre la repentina apa­rición de Dalia (o Delia) Soto del Valle, la esposa oculta de Fidel Castro, unión de la que existen cinco hijos varones: Alexis, Alex, Alejandro, Antonio y Ángel. Pocos en la isla sabían de es­ta relación, ya que el caudillo tiene establecido que los asun­tos del Estado no deben mezclarse con la vida privada.

Este suceso corresponde al misterio que rodea la vida de Fidel Castro. El hecho de que los nombres de estos varones comiencen todos por la letra A (caso distinto al de los tres hijos procreados con Mirta Díaz Balart), hace pensar en un enigma curioso. El pueblo cubano no sabe siquiera si su mujer actual, con la que ha tenido larga convivencia, se llama Dalia o Delia.

En mi poder reposa la primera página de Excelsior, correspondiente a la edición del 22 de abril de 1985, que da cuenta del encuentro que tu­vo la poetisa Laura Victoria con Fidel Castro, tres décadas atrás, en la cárcel mejicana donde éste se hallaba detenido junto con el Che Guevara y Ca­milo Cienfuegos, días antes de la revolución cubana.

Laura Victoria, amiga del di­rector de la cárcel y que ejercía el oficio de periodista, era llamada por éste cuando algún colombia­no necesitaba ayuda. Una vez se le informó que una compatriota suya se hallaba enferma, y de in­mediato fue a visitarla. Por ella se enteró de que un grupo de cu­banos estaba listo para ser ex­pulsado del país. Y deseaban hablar con Laura Victoria.

Fidel Castro, apuesto joven de 27 años, paseaba intranquilo por el patio. Al estrecharse las manos, la periodista le manifes­tó que ya lo conocía por el general Bayo, de nacionalidad española (que había dado instrucción militar a los guerrilleros cuba­nos). Castro le preguntó si su amistad con el general era cerca­na. Y ella le dijo que ese mismo día comería con él en casa del pintor Luis Marín Busquets.

Castro, titubeante, deseó sa­ber si podía confiar en ella. Ante lo cual, Laura Victoria lo invitó a que lo hiciera. El preso, que ha­lló convincente la actitud de la periodista, entró al baño y escri­bió de afán un papel. A su regre­so, le dijo al oído: «Debajo de la almohada de la enferma hay una misiva para el general». Más tarde, la colombiana se en­contró con Bayo en la casa del pintor y le hizo entrega del reca­do de Fidel Castro.

Aquel papel secreto impidió que el grupo de cubanos fuera expulsado dos días después en el barco que salía de Tuxpan con destino a la isla. Esto hubiera podido cambiar la historia de Cuba. Laura Victoria, en toda su vida, sólo ha visto a Castro aquella vez. Pero la presencia del caudillo, y lo que para ella –sin ser comunista– represen­taría más tarde como líder de la revolución cubana, le produje­ron hondo impacto.

En 1959, año en que el revo­lucionario entró triunfante en La Habana tras la derrota de Batista, la poetisa fue condeco­rada con la Orden de Martí por el poema épico El caudillo, dedi­cado a aquel preso «muy joven y muy guapo», como lo definió, confinado años atrás en la cár­cel de Miguel Shultz.

El Espectador, Bogotá, 17-VIII-2001.

El olvido de Laura Victoria

sábado, 28 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Fue la poetisa colombiana más famosa en los años 30 del siglo pasado. Nacida en un lejano municipio boyacense –Soatá, la Ciudad del Dátil–, irrumpe en la capital del país como la linda y primaveral provinciana que sorprende a la pacata sociedad de entonces con sus versos imbuidos de fino sensualismo.

El primer literato en descubrir su vocación precoz es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico. De ahí en adelante, la revista Cromos y el diario El Tiempo divulgan de continuo sus versos ardientes, que vibran en la ciudad y en Colombia entera como un murmurio de la sangre.

Nacía así en las letras colombianas la precursora de la poesía erótica. «Recibió usted el don divino de la poesía –le decía el maestro Valencia hace 70 años– en la forma la más auténtica, la más envidiable y la más pura». Laura Victoria es la primera escritora del país que habla sin rodeos de las eternas pasiones del hombre. Valerosa mujer que fue capaz de irse contra las mentiras de una comunidad acartonada y el fanatismo que obnubila las conciencias.

La aparición en 1933 de Llamas azules, su primer libro, constituye un acontecimiento editorial. En la serena capital de trescientas mil almas que es Bogotá por los días en que Laura Victoria inicia su carrera literaria, el poema En secreto repercute como una explosión en el ambiente recoleto de la urbe.

En 1939, abandona su itinerario de triunfos y huye a Méjico con sus tres hijos, abrumada por el rompimiento familiar. Allí ingresa a la diplomacia y más tarde ejerce el periodismo. En Italia se desempeña como agregada cultural de nuestra embajada. Hoy, 62 años después, su vida declina en un silencioso apartamento de Ciudad de Méjico, como una al viento, después de haberlo probado todo: honores, gloria literaria, grandes y tormentosos romances, nombradía nacional e internacional…

En 1988, la visité en Méjico. En aquellas horas de franco coloquio surgía de continuo el nombre de Colombia como un talismán en el destierro. Su dolor de patria estaba vivo como una herida abierta. Al año siguiente vino a Colombia a presentar sus últimos tres libros. Desde entonces, me impuse el reto de escribir su biografía, como un compromiso con mi tierra soatense y como un homenaje a su hija epónima. Esta biografía, que parece una novela, recoge de paso el estilo de las costumbres colombianas (sobre todo las políticas y las clericales) a comienzos del siglo XX, y roza a grandes figuras que cruzaron por la vida de la poetisa, olvidada hoy en su propia tierra.

Ya su nombre no se menciona en Colombia. Los pontífices de las letras y de la cultura parecen ignorar que es ella la autora de la fina entonación lírica con acento sensual que ennobleció el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer nuestra, y provocó una revolución en la literatura nacional.

El Espectador, Bogotá, 20-VI-2001.

 

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Ecos de la Feria

sábado, 28 de enero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Dentro de la pasada Feria del Libro de Bogotá, Guiomar Cuesta recibió de Ediciones Cóté-femmes de París el VI “Premio Internacional de Poesía Latinoamericana y del Caribe Gabriela Mistral» a que se hizo acreedora por su obra en ascenso. Fui a presenciar la entrega del galardón, con la mala suerte de que la sala programada se destinó a última hora a la firma de libros de Coelho, el escritor brasileño de moda.

Mientras éste atendía a los simpatizantes que buscaban su autógrafo, la colombiana había sido desplazada a un recinto inadecuado de la Cámara de Comercio. Esos son los atropellos causados por la propaganda exagerada que se ha montado alrededor de Coelho, cuya novela El alquimista, que le abrió las puertas de la fama, ha permitido que otros libros suyos de poca calidad se hayan vuelto éxitos de librería. ¡Artificios de la publicidad!

En la ceremonia académica de Guiomar Cuesta fue presentada su última obra, Jaramaga, en la que  recoge una nueva variante de su poesía, que se adentra en los mitos primigenios de la naturaleza y de la raza indígena para exaltar los valores de la vida y el amor.

En otro rincón silencioso de la Feria, en la grata compañía de Otto Morales Benítez y de sus dos nietas (las hijas de Olimpo), Vicente Pérez Silva hizo la presentación del libro de Carlos Bastidas Padilla, de enorme utilidad para estudiantes y los amigos del idioma: Cómo puntuar en castellano. Obra erudita y amena, acorde con las últimas normas de la Real Academia Española.

Vicente Pérez Silva, acucioso investigador de literatura e historia, personaje indefectible en toda feria del libro, puso en circulación el folleto Ventura y desventura de un educador. Se trata de la denuncia sobre el hurto literario que hizo Evangelista Quintana, considerado el autor de la famosa Alegría de leer, al maestro de escuela Manuel Agustín Ordóñez, oriundo de Nariño. Pérez Silva presenta documentos contundentes para demostrar este insólito delito cometido hace setenta años, en aquel país que se suponía de rectas  costumbres.

Llegados al pabellón del Instituto Caro y Cuervo, Morales Benítez se solazó con la salida de dos nuevos títulos de la obra que le publica la entidad: Señales de Indoamérica y Creación y crítica literaria en Colombia.

Los índices de uno de estos textos abarcan 200 páginas, el mismo espacio que necesito para la biografía que acabo de terminar, luego de un año de escritura y varios más de investigación, sobre la poetisa Laura Victoria, residente en Méjico hace más de 60 años.

Para finalizar este recorrido alegre por la Feria, colmado de encantos, sorpresas y colorido, he de decir que mis personajes de este año, inmersos en el alma de los libros, fueron las nietas de Otto. El abuelo magnánimo les decía a cada rato: «Compren lo que quieran». Y ellas, vanidosas, como nietas de escritor ilustre y ejemplar, le hacían caso. Al final de la tarde, el par de niñas eufóricas salieron cargadas con su remesa de libros fantásticos, como una esperanza del futuro.

El Espectador, Bogotá, 23-V-2001

 

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