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Rincón del libro (6)

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La eternidad y el olvido

Pri­mera novela del poeta Víctor Paz Otero, publicada por Pla­za y Janés. Relato lírico donde el autor, valiéndose de símbolos, sugerencias e imágenes, penetra en su propia alma para presentar un mundo movido por el erotismo, la alucinación y los conflictos religio­sos de nuestro tiempo. La historia ocurre en una ciudad mítica –Popayán– y se confunde con la misma historia del narrador, quien también se estremece, como la patria chica arrasada por el cataclis­mo, con la arremetida de las pasiones.

El novelista mezcla en su relato el amor y el odio, la ternura y la piedad, la inocencia y la perver­sión. En este juego de luces y sombras, como es en sí la aventura humana, se traza la silueta de Popayán la religiosa y la impía, que ambas cosas es a la vez. En esta simbiosis sale a flote el mundo interno del autor, mundo ensimismado, sensitivo, poético, con­fuso en medio de emociones versátiles. Lucha el escritor por la conquis­ta de la palabra, y lo hace con ardentía y pasión, hasta darle a su obra la temperatura ideal para que se escuche su mensaje. El novelista se encuentra consigo mismo.

La ciudad y los sueños

Algo parecido, en género literario distinto, es lo que realiza Enrique Medina Flórez en este libro de ensayos. El humanista boyacense decanta en su obra, con virtuosismo idiomático, el alma pu­ra –e impura, como nos la transmi­tió Inés de Hinojosa– de su Tunja maternal, a través de leyendas, mitos, personajes, diablos y llo­ronas. Y pone a volar su espíritu por el propio espíritu de la historia. Este escritor silencioso –poeta, his­toriador y prosista de alto vuelo–, enclaustrado en su recinto de pie­dra milenaria bajo el sopor de paisajes taciturnos, es el intérprete cabal de una ciudad gloriosa que ha sabido conservar sus tradiciones en medio del turbión de los tiempos modernos.

Periplos y

Diez burritos y algo más

De Méjico recibo este par de libros en­cantadores que me remite su autor, el colombiano Aristomeno Porras, columnista del periódico Excelsior y el principal colaborador que tuvo la revista Nivel de Germán Pardo García. En el primero, como consecuencia de los viajes del escri­tor por el mundo, capta imágenes diversas que transmite saturadas de apuntes y pensamientos alrede­dor de los lugares visitados. Y en el segundo ofrece, con sutil y grato humor, una antología sobre los apacibles jumentos inmortalizados en muchas páginas de la historia. Al mismo tiempo se detiene en hechos simples de la vida cotidiana para estructurar, con gracia y maes­tría, crónicas ejemplares por su brevedad y su técnica expresiva.

El Espectador, Bogotá, 7-XII-1993

Diccionario del desahogo

He conocido el siguiente comentario que sobre el libro Dicciona­rio del desahogo, del escritor santandereano Jaime Álvarez Gutié­rrez, obra que ha pasado inadvertida en Colombia, y que fue mencionada por esta columna en días pasados, escribió en España, en Diario 16, Camilo José Cela,  nóbel de Literatura:

«Álvarez Gutiérrez, apoyándose en una cumplida bibliografía y aco­piando lectura tras lectura, nos brinda un curioso repertorio de voces no siempre admitidas en sociedad, aunque sí en la prosa de muy ilustres autores. Ahora que la gente habla mal, en los muchos sentidos que esto de hablar mal pudiere tener, es saludable repasar los elegantes usos, los airosos es­guinces y los graciosos últimos significados que nuestros padres y abuelos literarios acertaron a dar a este prolijo vocabulario. Insisto en recalcar el valor de estos estudios sobre las palabras desterradas no más que por la ñoñería y la pudibundez”.

E. E., 2-I-1994

El diablo que ríe

A Hernando García Mejía le bullía en corazón y cere­bro el diablillo fiestero a quien Riosucio tributa un culto que se volvió mítico. En El diablo que ríe, obra publicada por Plaza y Janés, crea un universo de carcaja­das para que el país aprenda la lección de este diablo bueno que recorre las calles y penetra en los hogares con su varita mágica de la simpatía y la risa a flor de labios. Novela fresca y retozona en la que el lector siente al diablo hacién­dole cosquillas y provocándolo para que coma del fruto no prohibido: el fruto de la alegría y la confraterni­dad.

Sólo el silencio grita

La nueva novela de Fernando Soto Aparicio, publicada por Editorial Grijalbo, presenta un cuadro caricaturesco sobre la realidad latinoamericana que hace víctima al hombre de atropellos, despojos, desaparicio­nes, impuestos sin medida, tortu­ras y toda clase de violaciones de los derechos humanos. Hay algo novedoso en esta obra y es que los documentos (papeles oficiales, pastorales, manifiestos, artículos de prensa), convertidos en personajes de novela, hablan como protagonis­tas de la gran farsa social que denuncia el novelista. El humor incisivo campea por las páginas del relato y desazona el ánimo ante tanta injusticia con que gobiernos y políticos, de Colombia y de toda América, azotan al indefenso ciudadano. Es preciso aplaudir la labor que cumple Editorial Grijalbo al brindar, entre su acredi­tada bibliografía empresarial y sico­lógica, espacio relevante para el escritor colombiano.

Secretos de escritores

En esta obra de Jaime Montoya Candamil publica­da en su serie El pulso de los tiempos, el autor recoge diversas entrevistas con escritores y poetas publicadas en el diario El Siglo, las que en 1984 le merecieron, dentro del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, la medalla al mejor trabajo cultural en prensa. Libro llamado a permanecer en las bibliotecas por los testimonios que dejan los entrevistados, por las lecciones que siembran y por la variedad de estilos, matices y opi­niones que se presentan en el mundo de las letras.

La creación literaria,

asedios y tentaciones

Afín al libro anterior, e integrante de la misma serie bibliográfica, se encuentra esta obra de Óscar Londoño Pineda, batallador de la cultura nacional. Se trata de una selección de breves y ágiles ensayos elabo­rados sobre aspectos referentes al oficio de escribir, lo mismo que de discursos pronunciados en la presentación de libros. En este material se halla el observa­dor atento y el analista certero del quehacer literario, que ofrece, como guías para el escritor, ideas novedosas bajo el impulso de una prosa castiza.

Un hombre destinado a mentir

Ramón Molinares Sarmiento lan­za esta novela singular con el sello de Plaza y Janés. El actor principal es un impostor que pierde su identi­dad y se mete en pellejo ajeno para desvertebrar su propia existencia. Con el cambio de piel no consigue, empero, acallar su alma en perenne vigilia. Por el contrario, la tortura más. Novela que entre misterios y toques sensuales des­pierta interés e intriga desde las primeras páginas, y así se va hasta el final.

Memorias de un médico anda­riego

También de Plaza y Janés. Judith Porto de González elabora una serie de relatos que giran en el mundo de la medicina y pintan la cotidianidad del hombre en su aven­tura por amar y vivir. Mundo dibujado con gracia y maestría en medio de veloces rasgos sicológicos, algunos llenos de fantasía,  de personajes que se mueven entre la vida y la muerte, el dolor y la alegría, el amor y la frustración.

La manzana del Edén

Ignacio Chaves Cuevas y Vicente Pérez Silva sorprendieron a sus amigos, como lírico regalo navideño, y en edición numerada, con la reimpresión de La manzana del Edén, de Miguel Rasch Isla, hermo­sa obra que había visto la luz en 1926, en edición privada de cien ejemplares. Rasch Isla, que en fe­cha reciente obtuvo el premio a la mejor poesía erótica, es recibido con júbilo entre las bellas páginas revividas por este par de quijotes modernos, en las que se admi­ran además las dotes artísticas de José Eduardo Jiménez y Martha Patricia Jiménez como director de la edición y autora de la portada.

E. E., 16-II-1994

Chiquinquirá y el humanismo boyacense

Horacio Bejarano Díaz, se­cretario de la Academia Colombiana de la Lengua, recopila en este libro sustancio­sos ensayos sobre escritores de Boyacá (José Joaquín Ortiz, José Joaquín Casas, Joaquín González Camargo, Carlos Arturo Torres y otros), en cuya obra ha profundiza­do a través de hondas lecturas. El libro está patrocinado por el municipio de Chiquinquirá, enti­dad que es hoy la mayor promotora de cultura boyacense con su reco­nocida serie bibliográfica.

Correspondencia de Rufino José Cuervo

El Instituto Caro y Cuervo publica la segunda parte de la correspondencia de Rufino J. y Ángel Cuervo con corresponsales colombianos. Este seguimiento que hacen investigadores acuciosos de la entidad –esta vez Angelina Araújo  Vélez– no sólo penetra en la intimi­dad de los personajes sino que a través de notas marginales explica ciertos hechos de la historia nacio­nal que coexistieron con la vida estudiada.

Corrientes interiores

Con el mismo sello del Instituto Caro y Cuervo ha salido a circula­ción la obra Corrientes interiores y otros poemas, de Roberto Uribe Pinto, con prólogo de Eduardo Carranza, que dice so­bre el autor: «Así como camina, con ese paso ondulante de felicidad como el de los colegiales formales cuando van a recibir un premio, avanza con su poesía frutal, rebo­sante de efluvios vegetales, sin sombra, porque hasta la noche le rinde su cosecha de estrellas».

El equilibrio del poder

El general en retiro Fernando Landazábal Reyes hace en este libro, publicado por Plaza y Janés, un estudio sobre las relaciones político-militares y ofrece fórmulas de interés, con ánimo polémico –como lo sugiere el alacrán pintado en la carátula–, sobre los caminos de la paz. Landa­zábal Reyes, autor de varios libros, personifica la evolución en los últi­mos años de las Fuerzas Armadas, preocupadas no sólo por dominar la estrategia militar dentro de un mun­do cada vez más conflictivo, sino por contar entre sus hombres de mando a personas con pre­paración intelectual. 

Tiempo frágil

La Universidad Central, que no cesa en su labor de estimular el talento colombiano, ha editado este libro de Fernando Lleras de la Fuente, con prólogo de Ignacio Cha­ves Cuevas. Este poemario se suma al publicado en 1989 con el título El corazón suspenso, y corrobora la vocación lírica del autor. Es la suya poesía romántica –melancólica en muchos pasajes– e imbuida de ritmo y resonan­cias intimistas, que transmiten mú­sica y ensoñación.

India, un universo fascinante

Hermoso libro, tanto en su diseño como en su contenido, publicado por el arquitecto y escritor Germán Puyana García con la mar­ca de Plaza y Janés. Viajero perti­naz de mundos y culturas diversas, el autor ha sido un enamorado de los países legendarios de Oriente, entre ellos la India. Su sentido de aventura y observación lo llevó a plasmar en este libro las andanzas que hoy presenta con novedad y ameno estilo.

Libros de la Universidad del Quindío

La Universidad del Quindío cumple, bajo el liderazgo de Henry Valencia Naranjo, destacada labor en el campo cultural. En sus talle­res gráficos edita no sólo la revista institucional y textos de los profesores, sino que apoya a los escritores quindianos. Tres libros que enaltecen las letras de la región son Huellas de rebeldía, de Iván López Botero; Historias de un pueblo rebelde, de Alberto Bermúdez, y un en­sayo sobre la posmodernidad, de Nodier Botero. El mismo rector Valencia Naranjo cultiva la poesía, don que mantenía oculto. En 1989 dio a luz su primer libro lírico, Evasiones y soledades, que le mereció elogios de la crítica, y ahora prepara su segunda salida en el mismo género.

E. E., 11-VI-1994

 

Poeta de la brizna y el cosmos

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

He sentido viva emoción con la noticia que me comunica Jorge Enrique Molina Marino, rector de la Universidad Central, sobre el homenaje que la revista Hojas Universitarias tributa en la presente edición al poeta Germán Pardo García para recordar el segundo aniversario de su muerte, ocurrida en Méjico el 23 de agosto de 1991, país donde vivió por espacio de 60 años.

El hecho de haber mantenido con el poeta intensa relación epistolar durante los años finales de su existencia, de haberlo visitado en Méjico en 1988 y, sobre todo, de ser desde tiempo atrás admirador asombrado de su obra poética, me llevaron a escribir el libro Biografía de una angustia, hoy en proceso de edición en el Instituto Caro y Cuervo.  

Adel López Gómez lo llama poeta de la brizna y el cosmos. Exacta definición para quien como Pardo García plasmó en su obra, con sensibilidad artística, la trascendencia de la vida, desde la pequeñez hasta la inmensidad, y supo unir el átomo con la mole. «Y me volví cósmico y soñé con la vida y la muerte en razón de ser astrofísico», señala el poeta en una de sus confesiones.

Cuando Germán Pardo García abre los ojos al mundo, se encuentra frente al páramo. Y éste ruge como dragón que amenaza devorarlo. Durante toda la vida lo persigue la imagen siniestra. Nunca logra liberarse de ella. «El huracán del páramo –dice– no ha cesado un instante de soplar sobre mi». Su secreto reside en la vivencia del páramo. El páramo significa orfandad. Y la orfandad, soledad, abandono, miedo, neurosis, angustia, sombras… El páramo representa para él, siendo su mayor tortura, una sinfonía.

La epopeya del páramo

Germán Pardo García heredó del páramo cosas majestuosas. Derrotó el desamparo y escribió una epopeya. En el páramo, denso en penumbras, también alumbra el sol. La sombra va pegada a la personalidad del poeta.

«La sombra –declara– es para mí uno de los fenómenos más sublimes del universo. Tengo la certidumbre de que todo el universo es sombra, y esa sombra formidable me envolvió por completo, no como una entelequia, sino como un postulado físico».

El poeta –todo poeta verdadero– posee alma sensible, propensa a la ternura y la solidaridad, y ahí está su desgracia. Al pretender cambiar la desdicha por la felicidad y no conseguirlo, sufre. Trata de curar los entuertos de la humanidad, y al no lograrlo, se agranda su desazón. Entonces es más poeta. Y no le interesa que lo desprecien. Si el poeta no sufriera, la gente no entendería la dimensión del dolor. Si no amara, no habría amor en el universo, ni luz en los paisajes, ni lumbre en los hogares. Si no cantara, el planeta estallaría en un lamento.

El bardo es un eco del mundo. Es la caja de resonancia de la tragedia y la grandeza humanas. Si no existiera la poesía, moriríamos de melancolía. Incluso los violentos. Si el poeta no hubiera nacido, habría que crearlo. Y existiendo, a los necios se les antoja destruirlo. Esto es un deicidio, pero así de loca es la humanidad.

Germán Pardo García lee desde muy joven a José Asunción Silva. Y cada vez encuentra allí mayor ternura. El murmullo de esos poemas le embriaga el alma. Decide entonces que será poeta. Poeta de las nieblas del páramo, de las penas del alma. En Silva ha visto su destino. En esos años inciertos sólo tiene un confidente: Silva. Con él dialoga en fantasía todas las noches y le cuenta sus pesares. Medita en la senda trágica de su ídolo y se siente atraído por la muerte, la «casta, suave, dulce señora» invocada por Guillermo Torres Quintero, otro vate del amor y la muerte.

Hay dos claves fundamentales para entender a Germán Pardo García: el páramo y Silva. Podrán existir otras circunstancias que expliquen su personalidad, pero ninguna de ellas ha influido con tanto poder, como las dos mencionadas, en la vida y en la producción de este cisne atormentado que escucha a corta edad, en una ciudad gris y melancólica, el llamado de los dioses a ser poeta.

Poeta universal

Con el libro Lucero sin orillas, publicado en 1952, la poesía pardogarciana busca la interpretación del universo. En esta época, que va hasta 1960 con la publicación de La cruz del sur, es cuando más se acentúa la búsqueda del cosmos para plasmar otra visión sobre el ser humano.

El lirismo de Pardo García adquiere aquí tremenda resonancia. De la elevación mística –característica de sus primeros poemas– pasa a la compenetración con la naturaleza, y de ésta, al hallazgo del universo. El poeta quiere encajar al hombre en el mundo de los astros, los planetas y los choques cósmicos. De ahí en adelante será más poeta de la tragedia universal y la angustia del hombre.

Hacia 1964 su poesía se encamina a nuevos temas y descubrimientos. La matemática, la física, la astrofísica traen nuevos ingredientes en la obra del colombiano. Por este nuevo orden camina siempre de la mano de Einstein. Es la pasión más fuerte de su vida. «Yo veo en él –dice– un dios sobrenatural. Ese hombre me condujo a la demencia del espacio». En adelante Pardo García será el gran lírico de la ciencia y la técnica moderna.

Es el cantor por excelencia del nuevo mundo científico. Ha sorbido la ciencia con sed de investigador. Toda su cultura viene de Grecia. Su obra poética, una de las más prolíficas de todos los tiempos, ha llenado a cabalidad su necesidad de conocer y representar al hombre en sus miserias y grandezas, y la ha elaborado lo mismo con materiales gongorinos que con clamores cósmicos. Muchos de sus poemas ya se ganaron el privilegio de la inmortalidad. Pardo García ha penetrado en el futuro. Se ha adelantado a su tiempo. Su voz es augural. Tiene el poder de la clarividencia. Su poesía ha irrumpido en el siglo XXI.

Enamorado de la muerte

Pardo García siente desde los lejanos días de su juventud atracción por la muerte. El suicidio de Silva es una imagen fascinante que traslada a sus propios versos con extraño placer. Por eso, en 1979 se abre las venas. Edmundo Rico le había advertido en Bogotá, muchos años atrás: «Cuida tus pasos porque te meces en el trapecio de la angustia y llevas dentro de ti a tu propio homicida».

El maestro, cual otro Rimbaud, fue al infierno y regresó, con su tragedia a cuestas. Habló con Satán y con los diablos del averno. Hastiado de vivir y de soñar se quemó las entrañas para buscar su exterminio. Se abrió las venas para acabar con Eurídice. Pero su sombra y todo cuanto ella simboliza no lograron destruirse. Lo salvaron –o lo perdieron– dos casualidades: la del amigo que descubrió el hilo de sangre que salía de su habitación, y la de la Cruz Roja, que le cerró las arterias. Como consecuencia de este trance mortal publica en 1980 el libro Tempestad, uno de los testimonios más estremecedores que se hayan escrito sobre la tragedia de morir y volver a nacer.

Otro drama apabullante de su existencia es su confusión religiosa. De su poesía mística de la infancia, que se traduce en su amor a Dios, al hombre y a la naturaleza, salta a los mundos caóticos de la ciencia. Einstein le desquicia la mente. Por épocas se declara ateo. Pero luego busca a Dios, en sus momentos de mayor desconcierto, y lo encuentra. Y de nuevo le da por navegar en los arcanos inalcanzables del cosmos. Entonces vuelve a perder a Dios. Y más tarde lo descubre una vez más.

Su Cristo negro

Uno de los mayores interrogantes que se me formulan con frecuencia, por considerárseme conocedor cercano de la vida del poeta, es sobre su incredulidad religiosa. Para muchos, Germán Pardo García se mantuvo alejado de Dios en sus últimos años. Y así murió. Concepto equivocado, como ya se dijo. Poseo pruebas suficientes, manifestadas en cartas, en actuaciones inequívocas y sobre todo en varias poesías fulgurantes. Este punto tiene amplio análisis en mi ensayo biográfico en vía de edición.

Considero pertinente entregar a Hojas Universitarias, dentro de la muestra poética que me ha solicitado el doctor Molina Mariño, varios testimonios de los últimos años que refrendan mi tesis sobre el reencuentro de Germán Pardo García con su Dios irrenunciable. Entre ellos hay un extraordinario poema social: Cristo negro. Cuando en mayo de 1987 me envió el poeta, recién fabricadas, sus Flores enfermas y sus Flores de sal, venían acompañadas de un papelito que reza así: «Amigo de mi alma: usted me dijo que yo moriría invocando a Cristo. Se cumplió su augurio».

* * *

Cronología

Del libro Biografía de una angustia, de Gustavo Páez Escobar

(Rastros, en medio de grandes silencios, que hacen notar la sombra del poeta entre 1902 y 1991)

1902   Nace el poeta el 19 de julio en la ciudad de Ibagué, capital del departamento del Tolima, República de Colombia. Son sus padres el abogado Germán D. Pardo –con el tiempo presidente de la Corte Suprema de Justicia– y doña Julia García Esponda. A los pocos días de nacido queda paralizado como consecuencia de grave lesión en la columna dorsal.

1903   Le aplican puntos de fuego en la columna vertebral. Continúa paralizado. Se considera inminente su muerte. Más tarde el niño reacciona. Se salva, pero le quedan serias consecuencias para toda la vida.

1904   Es trasladado a Bogotá, donde su padre ha sido nombrado juez. El 5 de junio muere su madre, a la edad de 22 años, al dar a luz a su hija Julia. El niño es enviado a Choachí, donde su padre tiene una propiedad en inmediaciones del páramo El Verjón.

1906   Queda al cuidado de una nodriza sicópata, llamada Lucía Acosta. Los ruidos nocturnos, la soledad y las nieblas del monte invaden la mente asustada del futuro poeta.

1910   Es llevado a Bogotá. Su padre se casa con Ester Piñeros Encinales y ella se convierte en madrastra rezandera y neurótica del pequeño. El niño aprende a leer y a escribir en una escuelita privada. Después ingresa al colegio de los Hermanos Maristas. En Bogotá vuelven a reunirse, en forma pasajera, los cuatro hermanos separados.

1912   Germán Pardo García vuelve otra vez a la casona del páramo, esta vez con su madrastra. Estudia en una escuelita rural. Se protege en una cueva contra la inclemencia de la madrastra. Su padre se separa de Ester Piñeros Encinales por conflictos insuperables. Germán viaja a Bogotá.

1914   Es matriculado en el Colegio de San Bartolomé, de jesuitas españoles.

1915   Se le pasa a interno en el mismo colegio. No soporta el rigor religioso ni el ambiente lúgubre que allí se viven. Sufre abatimiento y neurosis, y por recomendación médica abandona el internado y sigue en calidad de externo.

1916   Comienza a escribir poemillas infantiles.

1917 Un jesuita lo maltrata. El niño no acepta seguir en el plantel. Siente resentimiento contra la Iglesia Católica y sus ministros.

1918  Ingresa al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. El rector advierte sus inclinaciones literarias. Pardo García muestra afición por la retórica española y el latín. Conoce a algunos poetas de la época. Se sugestiona con la imagen del poeta suicida José Asunción Silva. Conoce al poeta mejicano Carlos Pellicer, que ejercerá gran influjo en su vida. Se apasiona por el idioma griego. Penetra en el ambiente de los bajos fondos.

1920   Carlos Pellicer es trasladado a la embajada mejicana en Venezuela. Pardo García intenta seguirlo, pero sus recursos económicos no se lo permiten. Toma clases de atletismo.

1921   El 14 de noviembre muere su padre. Por última vez se reúnen los cuatro hermanos. La familia se desintegra. El joven vuelve al destartalado caserón del páramo. Se hace agricultor. Un potro le da violenta coz en el oído izquierdo, a consecuencia de la cual sufrirá vértigos toda la vida.

1925   El párroco de Choachí le hace prender fuego a la casona y a los graneros por negarse a pagar diezmos y primicias a la Iglesia. Es Viernes Santo.

1927   Trata de recuperar los bienes perdidos. Se presenta su hermano Antonio y le quita la propiedad. Vencido y frustrado abandona el campo. Regresa a Bogotá en busca de trabajo. Ingresa al periódico El Gráfico.

1928   Visita a Ibagué, su ciudad natal, por primera y última vez. Recoge en los cuadernillos La tarde y El árbol del alba los versos escritos entre 1915 y 1927, que traslada más tarde, en su mayor parte, al libro Voluntad.

1930   Publica Voluntad, que él considera su primer libro.

1931   Viaja a Méjico el 2 de febrero, tras la huella de Pellicer, que lo alberga en su hogar. Allí funda revistas, elabora programas de cine, demuestra sus capacidades de publicista.

1933   Publica Los júbilos ilesos.

1935   Viaja a Colombia como promotor de un equipo de atletas, y fracasa. Publica Los cánticos y Los sonetos del convite, libros que, como los anteriores, contienen profundo espíritu místico.

1936   Se enamora de una hermosa joven que ha conocido en las calles de Méjico, la que más tarde se suicida luego de matar a su pequeña hija, y deja honda conmoción en el alma del poeta.

1940-1958   Se incrementa año por año su prolífica obra poética que lo lleva a las cumbres de la fama y eleva su nombre a los niveles de la inmortalidad. Conquista el título de poeta del cosmos. Recibe grandes homenajes en Méjico y en Colombia. Viaja por muchos países. En razón de su silencio de anacoreta son pocos los sucesos que trascienden de su vida al mundo exterior. Intensa época de entrega al arte, el recogimiento y el quehacer literario. Vida de permanente gloria literaria y agudos conflictos síquicos, que no cumple un itinerario determinado, sino una agobiante sucesión de soledades, angustia y hastío de vivir.

1959   En enero funda la revista Nivel.

1960   Comienza su firme producción como poeta del cosmos con sus divagaciones sobre los problemas eternos del hombre.

1963   Conoce en Nueva York al campeón Jack Dempsey, uno de sus ídolos.

1964   El presidente Guillermo León Valencia le ofrece grandioso homenaje en el Hotel Tequendama de Bogotá y lanza su candidatura al Premio Nóbel. En el mismo acto es designado embajador de Colombia en Méjico, cargo que declina. Su poesía se encamina ahora hacia la ciencia, de la mano de Einstein, su «primero y único maestro». Años después proclamará la teoría de que las ideas pesan al igual que la luz.

1968   Con motivo de las Olimpíadas realizadas en Méjico compone y reparte entre el público del mundo su poema Akróteras.

1970  Regresa a Colombia por breve temporada. Desde entonces no vuelve a la patria.

1979   El 29 de septiembre, dominado por tremenda angustia, se abre las venas. Un vecino observa el hilo de sangre que sale del apartamento, derriba la puerta y conduce al agonizante hacia la Cruz Roja, donde lo salvan eminentes médicos puestos a su cabecera por el presidente de la República.

1980   El fallido suicidio da lugar al libro Tempestad, terrible testimonio sobre la muerte. «Este libro es el infierno bramando en mí».

1982   El doctor Belisario Belancur, presidente de Colombia, le entrega un auxilio importante para que no suspenda la revista Nivel.

1986   En el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de Méjico le ofrece el embajador colombiano, doctor Ignacio Umaña de Brigard, en colaboración con la Asociación de Escritores de Méjico, gran homenaje en reconocimiento a su larga y esclarecida trayectoria intelectual. Allí expresa Henry Kronfle que «el poeta honraría al Premio Nóbel y no el Premio Nóbel a él».

1987   En octubre sufre uno de los vértigos más graves de su vida. En diciembre es trasladado a un hospital.

1988   Pasa 20 días en una clínica como consecuencia de una de sus tantas crisis. Vuelve a acordarse de Dios, a quien ha olvidado. En septiembre se le tributa solemne homenaje con ocasión de su libro Últimas odas.

1989   Queda reducido a una silla, atacado por la parálisis de sus primeros años. Nivel llega a su final en el mes de agosto, con el número 308.

1990   Sortea problemas económicos. La Casa de Poesía Silva se hace presente con un apoyo significativo. En Colombia se hacen sentir voces de solidaridad. Su salud registra seria decadencia. Sin embargo, continúa escribiendo poesía. Pobre, enfermo y abatido espera la muerte, con el estoicismo de los griegos, en medio de sus dioses y fantasmas.

1991   Muere en Méjico, el 23 de agosto. El 25 de septiembre llegan sus cenizas a Colombia.

* * *

Obra total de Germán Pardo García

(Abarca las antologías, lo mismo que los dos primeros cuadernillos trasladados más tarde al libro Voluntad. También algunos poemas que han sido publicados fuera de libro en ocasiones especiales, como Akróteras, en los Juegos Olímpicos de Méjico).

1928   La tarde, Bogotá.

            El árbol del alba, Editorial Colombia, Bogotá.

1930   Voluntad, Editorial El Gráfico, Bogotá.

1933   Los júbilos ilesos, Méjico.

1935   Los cánticos, Méjico.

            Los sonetos del convite, Méjico.

1937   Poderíos, Méjico.

1938   Presencia, Méjico.

1939   Selección de sus poemas, Editorial Cultura, Méjico.

1940   Claro abismo, Méjico

1943   Sacrificio, Méjico.

            Poemas, Editorial Antena, Bogotá.

1944   Antología poética, Imprenta Veracruz, Méjico.

1945   Las voces naturales, Méjico.

1947   Los sueños corpóreos, Méjico.

1949   Poemas contemporáneos, Méjico.

1952   Lucero sin orillas, Méjico.

1953   Acto poético, Editorial Cuadernos Americanos, Méjico.

1954   U. Z. llama al espacio, Méjico.

1956   Eternidad del ruiseñor, Méjico

1957   Hay piedras como lágrimas, Méjico.

1958   Poemas, Editorial Guadarrama, Madrid, España.

1959   Centauro al sol, Méjico.

1960   La Cruz del Sur, Méjico.

            Osiris preludial, Méjico.

1961   30 años de labor del poeta colombiano Germán Pardo García (1930-1960), Editorial Cultura, Méjico.

1962   Los ángeles de vidrio, Méjico.

           El cosmonauta (poema), Méjico.

1964   El defensor, Méjico

1965   Los relámpagos, Méjico.

           Labios nocturnos, Méjico.

1966   Mural de España, Méjico.

           Elegía italiana (poema), Méjico.

1968   Akróteras: Adorno para los Juegos Olímpicos de Méjico (poema), Gráficas    Menhir, Méjico.

1969   Himnos del Hierofante, Méjico.

1971   Apolo Thermidor, Editorial Libros de Méjico.

1972   Escándalo, Editorial Libros de Méjico.

1973   Desnudez, Editorial Libros de Méjico.

           Iris pagano, Editorial Libros de Méjico.

1974   Imagen poética, selección de sus obras, Biblioteca Banco Popular, Bogotá.

            Mi perro y las estrellas, Editorial Libros de Méjico.

           Génesis, Editorial Libros de Méjico.

1975   Himnos a la noche, Editorial Libros de Méjico.

           El héroe, Editorial Libros de Méjico.

1977   Apolo Pankrátor (1915-1975), Editorial Libros de Méjico.

1980   Tempestad, Editorial Libros de Méjico.

1986   Últimas odas (partes I y II), Editorial Libros de Méjico.

1988   Últimas odas (parte III), Editorial Libros de Méjico.

Revista Hojas Universitarias, Universidad Central, N° 39, enero-marzo/1994

 

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Aires quindianos

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

La atracción de la tierra quindiana me retornó a sus lares, en octubre pasado, para cele­brarle a Armenia sus 104 años de vida. Caras amigas y los aires siem­pre frescos del afecto y la hospitalidad vivificaron en mi esposa y en mí la añoranza de lejanos días imborra­bles. Este encuentro alborozado con la ciudad amada nos permitió palpar una realidad grata al corazón: que el Quindío, como no cesan de repetírnoslo sus gentes, es nuestra segunda patria chica.

Recuerdo que una vez me dijo Braulio Botero Londoño, gran señor de la hidalguía, que en su Cementerio Libre de Circasia, también llamado Panteón de la Libertad, me tenía reservado un terreno. Este ofreci­miento entraña el deseo del noble amigo por albergarnos en su parcela de paz, donde la vida y la muerte se confunden en abrazo fraterno, en medio del colorido y el sosiego de la verde campiña cafetera. Hay que resaltar aquí el sentido del color verde como símbolo de la esperanza.

La ciudad condecoraba ahora a Braulio Botero Londoño, que fue al­calde de Armenia en época remota, con el Cordón de los Fundadores. El filántropo y destacado hombre cívico, de 92 años, erguido como una de esas palmas de cera que se levantan airosas por los cielos de Salento, rememoró con voz emocionada la vieja aldea de los menudos afanes parroquiales y el firme andar hacia el progreso, hasta situarse en la briosa urbe actual que no encuentra un minuto de reposo en medio de su gigantismo arrollador.

Cuando vuelvo a Armenia y me hallo con la noticia de que el Quindío, en forma silenciosa, se entrega todos los días a las fuerzas ocultas del narcotráfico, hay algo que se rebela en mis intimidades.

Se habla de la invasión de pu­dientes familias llegadas de otros sitios en persecución de las apeteci­das fincas y terrenos urbanos que deberían protegerse como la mayor riqueza regional. La tierra se vende a extraños, sin penetrar demasiado en sus antecedentes ni en sus intencio­nes, porque la pagan bien. En los mejores puntos de la ciudad se levan­tan apartamentos increíbles, con pre­cios superiores a $200 millones, hecho desconcertante que nunca previeron los pobladores de la recatada villa que evoca Braulio Botero Londo­ño con voz estremecida.

Con Rodrigo Gómez Jaramillo, exalcalde de Armenia, analizo este fenó­meno doloroso y llegamos a la triste conclusión de que la historia local ha quedado dividida en dos: antes de Ledher y después de Ledher. Tremen­da verdad, que ojalá la gente de bien, que es mucha, contrarreste con la acción cívica que hoy parece adorme­cida en la Ciudad Milagro. El mayor milagro del momento seria éste: bo­rrar la semilla del mal y continuar produciendo café bueno. El obispo de la diócesis, monseñor Roberto López Londoño, clamó en su homilía por que se purifique el ramo de la construc­ción de los dineros dañinos que contaminan el ambiente.

La ciudad tiene varios periódicos a quienes corresponde, como voceros de la sociedad, preservar la moral pública. Con sus directores compartí la alegría del breve retorno: Rodrigo Gómez Jaramillo, de La Crónica; Al­berto Duque Ochoa, de El Quindiano; Ernesto Acero Cadena, de El Informa­dor Socio-económico; César Hincapié Silva, de Hoy.

Este último, que se ha desempeñado en los campos de la abogacía, las finanzas públicas, el periodismo, la diplomacia y la cátedra universitaria, acaba de publicar un libro de palpitante actualidad, con prólogo del ex ministro Diego Moreno Jaramillo y presentación del escritor y periodista Ovidio Rincón Peláez, que recibí como una primicia quindiana: El camello de la planeación. Se trata de un estudio profundo y polé­mico sobre el régimen legal de la planeación en Colombia, obra de gran utilidad para profesores universitarios, hombres de empresa y funcionarios públicos.

*

La joven ciudad que dejé hace diez años, hoy centenaria, conserva la lozanía y el encanto de entonces. La gente no ha perdido su tradicional señorío. En la plaza principal tremo­la, como una oración del trabajo honrado, el Monumento al Esfuerzo, de Rodrigo Arenas Betancourt. Es un símbolo del pasado creativo y un reto para el futuro nebuloso. En la epider­mis de la ciudad cayó alguna mancha, y ésta debe limpiarse para que no le ensucie el alma.

El Espectador, Bogotá, 25-XI-1993.

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Libros del Instituto Caro y Cuervo

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Formidable labor cumple el Instituto Caro y Cuervo en su empeño por preservar la cul­tura colombiana. Es de las pocas entidades que se han mantenido incontaminadas de los afanes buro­cráticos y las interferencias políticas tan comunes en otros organismos del Estado, vicios que suelen trasto­car incluso los proyectos mejor es­tructurados. Baste señalar que en los 51 años de su existencia, cumplidos en agosto de 1993, sólo ha tenido cuatro directores titulares y uno encargado, poseedores todos de ponderados méritos.

Varias series editoriales, maneja­das con rigor científico (como la Granada Entreabierta, la Biblioteca Colombiana, los Clásicos Colombia­nos, el Archivo Epistolar Colombiano), han levantado a lo largo de los años una mole al pensamiento de la na­ción. La Imprenta Patriótica, en Yerbabuena, es una pieza infatigable en la tarea de lanzar a la voracidad del lector culto los innumerables testi­monios de los autores privilegiados, que sobrevivirán en la memoria de las futuras generaciones por el solo hecho de haber pasado la prue­ba de la selección. Son ediciones pulcras, sobrias, dirigidas con impe­cable precisión idiomática y elevado criterio académico.

Tres libros recientes entran a enriquecer este acervo cultural y a ellos voy a referirme. El pintor Carlos Dupuy, que tiene mucha garra de escritor, describe en Recuento de imágenes –opúsculo de apenas 88 páginas– rasgos veloces sobre un grupo de amigos (Gonzalo Ariza, Joaquín Piñeros Corpas, Danilo Cruz, Eduardo Carranza…) que a lo largo de los años posaron en su estudio de retratista. Dupuy fue reco­giendo las impresiones, fragmentos de diálogos y determinadas facetas que surgían en esos encuentros, sistema novedoso que aparte de revelar momentos íntimos de los personajes, permite interpretar sus personalidades. Varios de los rela­tos, elaborados con sutiles tonos poéticos y filosóficos, parecen fábu­las: en ello reside su encanto.

Cecilia Hernández de Mendoza es autora de un estudio sobre Jorge Rojas y de la antología que arranca con la primera obra del poeta, La forma de su huida (1939), y concluye con El libro de las tredéci­mas (1991). La trascendencia de Jorge Rojas está reconocida por la crítica. Como el primer impulsor de Piedra y Cielo (movimiento del que es uno de sus maestros) le corres­pondió liderar un salto revoluciona­rio de la poesía. Bardo universal del amor, su mensaje es puro, emotivo, radiante de imágenes. Al decir de Carranza, «es uno de los grandes poetas de todos los tiempos colom­bianos». Su acento sobre la soledad y su pasión por la mujer y la naturaleza lo convierten en un espíritu que ha visto crecer el mundo dentro de su propio mundo encantado.

La lira nueva, antología publicada hace cien años (1886) por José María Rivas Groot, y que albergaba a los poetas contemporáneos de entonces, se rescata hoy, en edición facsimilar, como auténtica primicia.

En las palabras de presentación que escribe el profesor Ignacio Cuevas se anota que desde años atrás buscaba el Instituto Caro y Cuervo recoger la obra de Rivas Groot, misión que se había encomendado a su hijo José Manuel Rivas Sacconi, presidente honorario de la institución, muerto a comienzos de 1991. Dicho propósito comienza con La lira nueva, trabajo que enfoca el país poético de aquellas calendas. La antología abarca la obra de 35 poetas, y de ellos sólo pasaron unos 10 a los tiempos futuros (Candelario Obeso, Julio Flórez, Ismael Enrique Arciniegas, José Joaquín Casas, José Asunción Silva, Rivas Groot…) En la nómina no figura ninguna mujer, como era la realidad de entonces.

El crítico Femando Charry Lara, eminente conocedor del acontecer literario del país, escribe como prólogo un estupendo ensayo sobre la historia de nuestra poesía.

El Espectador, Bogotá, 2-XI-1993

 

Guerra de cielos abiertos

jueves, 15 de diciembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hay que aplaudirle al Go­bierno su política de cielos abiertos. El monopolio que ejercía Avianca tan­to en los aires colombianos como en los internacionales –poder que cada vez se debilita más con la competencia que se ha acentuado en los dos últimos años– impuso en el país unas de las tarifas más elevadas del mundo. Mediante la apertura aérea, que ha atraído a nuestro territorio a diversas empre­sas americanas y europeas, los usuarios han ganado en economía de costo y en eficiencia.

Lástima que Avianca, nuestra industria insignia que tanto renom­bre tiene en el continente, hecho del que nos sentimos orgullosos, no haya aprovechado su situación de privilegio para brindar mayores ventajas a los colombianos. Con el campanazo que se ha dejado sentir, la empresa no ahorrará esfuerzos para mejorar su imagen. El incum­plimiento persistente de sus hora­rios, cuando no la cancela­ción de algunos vuelos por causas distintas del mal tiempo o el cierre de aeropuertos, había llegado, due­le decirlo, a límites desesperantes. Ojalá esa falla se supere, si aún no ha sido superada, con medidas ejemplares.

El programa de cielos abiertos no sólo ha puesto en la onda de la competencia a las compañías ex­tranjeras sino también a las nacio­nales. Antes el costo de un pasaje a Estados Unidos era exorbitante. Ahora, Aces ofrece tarifas modera­das a Miami y Florida. Y adelanta trámites para el desplazamiento hacia Santo Domingo, San Juan de Puerto Rico y otros sitios centroa­mericanos.

La empresa que más ha contri­buido a abaratar costos dentro del país es Intercontinental de Avia­ción. Ha revolucionado el mercado con sus planes de turismo econó­mico. Mientras por Avianca la tarifa corriente de Bogotá a San Andrés y regreso es de $220.780, Interconti­nental vende el mismo servicio por $150.000, e incluye alojamiento y alimentación por espacio de cinco días en hoteles confortables. Con la tarifa de $36.352 a Cartagena, presenta una rebaja del 53% en relación con el pasaje por Avianca, que es de $77.890. Mientras Avian­ca cobra a Cúcuta $62.390, Intercon­tinental lo hace por $28.752 (una economía del 54%).

AeroRepública le sigue los pasos a Intercontinental. A San Andrés vende por $198.000 un plan que abarca el tiquete, el alojamiento por 5 días, media pensión y un día de carro. Y cuando viaja un matrimonio a Santa Marta, San Andrés o Cartagena, da tique­tes gratis a dos hijos menores de 18 años o a los padres, mayores de 65 años, de uno de los cónyuges. A Cartagena tiene la misma tarifa rebajada de Intercontinental.

La audacia comercial de las em­presas jóvenes ha aflojado los re­sortes de las viejas –Avianca y SAM–, que han lanzado al mercado tarifas de competencia. He conocido, al momento de cerrar esta nota, un tiquete económico de Avianca que sólo cuesta $104.000 de Bogotá a San Andrés y regreso. La misma empre­sa promociona el llamado Plan 2×1, que consiste en la ganancia de un tiquete cuando una pareja viaja a Cartagena, Santa Marta o San An­drés. SAM, por su parte, presenta diferentes alternativas para poner­se a tono con el mercado.

Las estrategias que se señalan al vuelo (la palabra cae al dedillo) representan una contraofensiva eficaz para frenar el alza escandalosa de los pasajes aéreos. Al fin se obtuvo algún alivio dentro de las carestías crecientes que asfixian la vida nacional. Las dos empresa mayores deben estar preocupadas con el descenso que muestran sus ventas durante el primer semestre de 1993: 4,6% en el caso de Avianca, y 2,9% en el de SAM. En cambio, Intercontinental superó el número de pasajeros en el 70,9%, y Aires en el 34,9%. La guerra de tarifas apenas ha comenzado.

El Espectador, Bogotá, 16-X-1993.