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Suerte perruna

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

I

Creo que usted tendría la misma sorpresa mía si en­contrara en el periódico el siguiente aviso:

Danesa, perra de alta alcurnia, busca novio. El aspirante debe poseer sangre azul e impulsos muy definidos de virilidad. Soy menudita, cariñosa y muy excitante. Búscame en la carrera 17 número 85-33, teléfono 256 09 45, sólo en horas vespertinas, porque en las mañanas recibo clases de glamour.

Este mundo está loco, me dije tirando el periódico so­bre el sofá. Al momento Póker, mi fino perro irlandés, terrier linajudo que se daba humos de gran señorito, salió corriendo con el periódico en la boca. Lo husmeó como si fuera para él la invitación de Danesa y pareció deleitarse con la sugestiva foto donde la perrita se mostraba muy sexy sobre un colchón de plumas. (¿Por qué no iba a ser de plumas si la niña era burguesa?). Alrededor del cuello llevaba una cintilla que terminaba por delante en un aderezo refulgente, de seguro una es­meralda o un diamante, si eran tantas las campanillas de esa aristocracia perruna. Los ojos inteligentes y azucarados dejaban entrever la muy coqueta personali­dad con que estaba revestida y que ella cuidaría con mujeril esmero.

—Llévate a Póker para que me deje trabajar —gritó mi mujer desde la alcoba.

—Ven acá, Póker —lo llamé con un silbido que él entendía muy bien.

Porque ha de saberse que los perros son los animales que mejor traducen los gestos y los sentimientos de los hombres. Póker, a quien yo contemplaba tal vez en ex­ceso, vivía pendiente de mis menores deseos para com­partir conmigo el ambiente de la casa. Desde que el automóvil penetraba al garaje, el cariñoso animal, dando vueltas de contento, saltaba a la ventana del vehículo y no se consideraba correspondido hasta recibir la palmadita en la cabeza y apreciar el guiño a que lo tenía acostumbrado.

Acto seguido, retorciéndose entre fruiciones que sólo él sabía precisar, volaba a mi alcoba y en dos segundos estaba de regreso con las pantuflas en la boca. Mi fiel amigo me dispensaba recibimiento de rey, y muy superior, porque no he sabido de ningún rey que desde la bajada del vehículo encuentre el calor de las zapatillas para transportarse al refugio hogareño. Mi mujer, menos detallista, se anunciaba desde cual­quier sitio con el «aquí estoy», como si yo ignorara que no podía estar en otra parte, o sea, distante de los mimos conyugales.

Póker correteaba a sus anchas por la casa y no siem­pre hallaba en mi mujer disposición de ánimo para en­tender sus travesuras. Por eso el buen animal era menos afectuoso con ella, y otras veces huraño. Las pequeñas faltas cometidas en mi ausencia eran exa­geradas por la meticulosa ama de casa que terminaba emprendiéndolas conmigo por lo que ella llamaba excesiva protección hacia el perro consentido.

—Este bendito perro va a terminar con nuestro ma­trimonio —vociferaba mi esposa cuando salía de pa­ciencia.

—¿Qué ha sucedido hoy? —preguntaba yo, mostrando interés aparente.

—Fíjate que he tenido que limpiar la alfombra de la sala por haberla manchado este sucio animal…

—¿Por qué hiciste eso, Póker? —lo reprendía yo con forzada seriedad.

El animal se quedaba mirándome. Un ligero movimien­to de cola me daba a entender que se le condenaba sin fórmula de juicio. Con los ojos sindicaba a mi mujer y parecía revelarme que había sido objeto de desaires y castigos que no merecía.

—Y además es muy holgazán —continuaba mi mujer—. Se tira en cualquier rincón y duerme a pata suelta…

Ya me sabía de memoria aquella cantinela. Cuando resultaban tantas quejas, algo de otra índole no le fun­cionaba bien a mi mujer. Era fácil distinguir su mal humor.

El perro, alargando las orejas móviles por entre el pelo rizado, escuchaba los cargos. Se echaba a un lado mío, como protegién­dose contra la ojeriza de su ama. Pero todo se desvanecía a los pocos minutos y yo terminaba desentendido entre los sorbos de una buena taza de café. Sabía que a Póker no lo quería mi mujer y eso me dolía. ¿Acaso un perro no es como un miembro de familia?

II

—No me gustan los animales —me confesó en un arranque de sinceridad.

—Me lo imaginaba.

—Y tendrás que salir de Póker…

—No exageres las cosas. El animal es inofensivo, servicial y cariñoso…

—¡Pero contigo! —me cortó la palabra—. Y resuélvete de una vez: o te quedas con el perro o te quedas conmigo.

Preferí callar. Conocía bien los momentos de histeria de mi esposa y era mejor no provocar nuevas dificulta­des en nuestra vida conyugal ya de por sí deteriorada.

—Esta noche te haré cama aparte porque he vuelto a sentir mareos. ¿Póker dormirá contigo, verdad? —pre­guntó con ironía.

Mi esposa llamaba mareos a su falta de calor conyu­gal. Con esa palabreja solucionaba cualquier trance.

Cuando estaba vacía de impulsos afectivos, eran mareos; cuando la invadía el mal genio, eran mareos; cuando le daba por odiar a Póker y al marido, no podía tener sino mareos. Comprendía yo su temperamento descompuesto e irascible y deploraba que los médicos y los siquiatras fueran incapaces de resolver el permanente desarreglo que yo tenía que soportar.

Comprenda usted, por eso, mi apego a Póker. No me había atrevido a tomar la suprema decisión de mi vida que era mandar al diantre a la desabrida compañera. Me detenían sus palacios y sus chequeras. Usted me comprende muy bien y sabrá disculparme, ¿verdad?

El aviso insinuante del periódico picó mi curiosidad. Se me antojaba exótica una perra recibiendo visitas sobre tapetes aterciopelados, pero en realidad no puede ser extraño que en el mundo de los perros, como en el de los hombres, haya pruritos sociales. Mi Póker, tan noble, debía cruzarse con categoría. Decidí entonces comunicarme con el teléfono del periódico. Sin demora escuché una voz que decía:

—Aquí habla Danesa. ¿Y yo con quién?

Quedé confundido, ya que la perra, por más educada que fuera, no podía hablar. Colgué el teléfono y no me sentí con deseos de una nueva llamada. Se me ocurrió que aquella voz entre misteriosa y provocativa no podía pertenecer sino a cualquier solterona  que a falta de otro pasatiempo se había dedicado a jugar con los encantos de la perra. Sin pensarlo más me propuse iniciar la conquista amorosa. Había llegado el momento de buscarle compañera a Póker, cuya exis­tencia peligraba al lado de una mujer neurótica. Si yo la toleraba por millonaria, no era justo exponer al perro, ajeno al sentido de la plata, a que padeciera sus ímpetus destructores.

Lo engalané como caballerito de alta sociedad y nos fuimos en persecución de aventuras. Le ensor­tijé el pelo a lo Travolta, le acicalé las uñas y lo puse a estrenar pañuelo rabo-de-gallo y chaleco de paño inglés. Con porte airoso y hecho un gentleman, sólo le faltaba hablar. Cuando penetrábamos a la casa me miró con malicia, insinuándome que iba listo para el cortejo…

—Pórtate bien —le recomendé— para que te acepte Danesa y no tengas que sufrir más palizas.

Pocos minutos después apareció la mujer, de unos cuarenta años, alta y desenvuelta. Caminaba con esbel­tez. Quizás llevaba algún recargo de cosméticos y cierto exceso de pulcritud. Definir a las mujeres no es fácil. Gustan o no gustan. De inmediato borré la imagen de la aburrida solterona y en rápido examen la definí como toda una mujer. Sonrió con amabilidad cuando le presenté a don tenorio, cuyo porte la impre­sionó. Cualquiera hallaría agraciado un perro vestido de caballero y en plan de conquistador.

Extendí los pulcros documentos con la historia de mi personaje y ella se mostró satisfecha de la sangre azul que le ofrecía.

–Muchos perros han desfilado por esta sala y ninguno llenó los requisitos.

—¿Demasiadas exigencias? —pregunté.

—El pretendiente de dama tan distinguida —exclamó con sonora expresión que flotó por todo el ambiente— debe poseer un pedigrí intachable para transmitir a las generaciones futuras auténtica sangre burguesa.

Aspiré el aire como si con las palabras de la dama se hubiera impregnado el recinto de realeza. Por allá en el fondo alcancé a distinguir a la perrita coqueteando des­de su trono principesco. Me sentí transportado a un pa­lacio y comencé a flotar entre espumas y misteriosos vapores.

—Y además debe ser culto y muy caballeroso.

—En eso nadie le gana a Póker —afirmé con vanidad, a tiempo que llegábamos al sitio del encuentro. Y agregué: —Mi perro es todo un personaje de los modales, la alcur­nia y la virilidad, como usted lo quiere.

—Como lo necesita Danesa —repuso ella con delicada ironía.

—¡Entonces nuestros apellidos están salvados!

Me alegré más de la cuenta, y ella terminó riéndose.

III

Póker entró paso a paso, algo tímido y temeroso. Luego se unió sin más titubeos a la exigente princesa. La olfateó por todas partes y a manera de cumplido le frotó una oreja. Yo le ayudé a ofrecerle el ramo de flores y la caja de chocolatines que llevaba de ofrenda. La mutua atracción fue idéntica al flechazo de Cupido que pintan las novelas románticas. Nariz contra nariz, los animalitos intercambiaron el soplo de su fulminante senti­miento. Algún músculo se movió en la naturaleza de Póker y yo presentí que algo serio estaba a punto de su­ceder.

—¿Los dejamos solos? —insinué, mientras tomaba del brazo a la dama.

Sorprendí un ligero rubor en sus mejillas, pero su discreta sonrisa cortó la cohibición. Más elocuente no podía ser la invitación a nuestros pupilos para que tu­vieran sus galanteos sin estorbos. Cuando de pronto es­cuchamos el suspiro y notamos el movimiento peculiar, supimos que el amor había hablado su mejor lenguaje. Pensé en mis vacíos sentimentales y algo se alborotó en mi interior. La compañía de la hermosa mu­jer incitó mi desazón.

—¿Casada? —le pregunté.

—Viuda. Me llamo Teresa.

—Una viudez cómoda, por supuesto.

—Por lo menos llevadera —manifestó sin mayor in­terés.

Al rato apareció la pareja. Faltó el cura que hubiera recitado las palabras rituales: «Ahora sois marido y mu­jer». Todo había sucedido más rápido de lo pensado. Si sangre azul se buscaba, los genes aristocráticos de la perrita estaban protegidos. Danesa, embelesada, recibía los arru­macos con que la abrumaba su apasionado compañero que en esa forma, como lo quería Teresa, contribuía a la preservación de una raza fuerte. Me pareció que el mun­do no era tan loco como lo había juzgado de afán al leer el aviso de aparente frivolidad.

IV

Le comenté:

—El amor es tan sublime en los hombres como en los animales, pero los hombres nos encargamos de dañarlo.

—De acuerdo —repuso Teresa—. Y como creo que para usted resulta extraña mi contemplación por la perra, voy a revelarle algunas intimidades: en la felicidad de Danesa está mi propia felicidad. En mi vida no existen otros afectos. Los hombres son vacíos e inconstantes. Ellos me persiguen por mis joyas y mis chequeras, por mi cuerpo y mi apetecible viudez, pero olvidan el alma, la nobleza de los sentimientos, lo romántico de la vida. Esta perrita, en cambio, tiene alma pura. Porque, ¿sabe usted?, los animales también tienen alma.

—¡Deténgase! —la interrumpí—. Su caso se pa­rece al mío. Usted viuda y yo casado, nuestros destinos son similares. Habito una lujosa mansión como la suya, pero me siento solo. Muy solo. Mi mujer es fría. Sus genes amato­rios no le funcionan correctamente. Es tirana con los afectos. Usted me entiende. Y Póker es el socio de mi soledad, mi mejor amigo. Sin embargo, vengo a dejárselo, con profundo dolor. Mi mujer lo detesta, porque me per­sonifica en él, y terminaría envenenándolo.

—¿Cuál es su precio?

—Es un obsequio a su hermosura. Ahora me marcho.

Sentí un nudo en la garganta. Una fuerza invisible me retenía, pero me impuse valor para no dejarme abatir. Mi mano tembló entre la mano de Teresa. Descubrí en sus ojos un extraño destello y me pareció que la vida tomaba otro matiz.

—¿Me permite volver a verla? —le pregunté en la des­pedida.

—Hágalo usted, si así lo desea.

Póker y Danesa continuaron recostados en la alfombra afelpada. Los vi retozando y envidié su suerte perruna. En el camino recordé que aquella noche tenía cama aparte porque mi mujer era víctima, otra vez, de indes­cifrables sequedades.

V

Teresa se mostró amable conmigo. En mis visitas me dispensaba trato afectuoso. Fino yo en los detalles, avanzaba cada vez más en el corazón de la viuda so­litaria que se había desencantado de los hombres pero que sería accesible a sentimientos nobles.

Así no perdía por completo a Póker. En el tiempo pre­ciso llegó la camada de lindos cachorros. No sólo quedaba demostrada la efectividad de Póker, sino cons­tituida una nueva generación, digna de progenitores ilus­tres. Y como los perros no saben de explosión de­mográfica, apenas superado el acontecimiento la perra quedó de nuevo embarazada. Era hábil reproductora que traducía en hijuelos de selectísima mezcla las cargas amorosas de su vigoroso consorte.

Al cabo del tiempo supe, con cierto misterio, que la perra había sido internada en una clínica. Y me enteró Teresa de que se trataba de operarle la matriz.

—Su misión está cumplida —me explicó—. El ser de­masiado prolífica es perjudicial. La perrita se desgasta en cada embarazo y pierde sus encantos.

—¿Y Póker? —le pregunté.

—Él es hombre, perdón, él es macho y no tiene pro­blema.

Me lo dijo muy seria y tuve que rendirme ante la evi­dencia de un mundo movido por veterinarios y especia­listas que abren y cierran matrices, inyectan hormonas, curan frigideces y prescriben clínicas de reposo a los animales, como si fueran seres humanos.

—Los animales, como los hombres, tienen iguales pro­blemas orgánicos y sentimentales —agregó.

—Así es.

Lo comprendí al visitar a Danesa en su cama de en­ferma. No parecía un animal sino una enternecida damita susceptible a los halagos y las contemplaciones.

Cuando días más tarde supe la desaparición de Póker, me entregué a la pena. Ya por aquella época Teresa me había rechazado. Avancé muy rápido en el sendero que debía recorrer con tacto, y ella insistió en su soledad, lejos de pretendientes inmoderados. Para colmo de ma­les, mi mujer, a quien creía frígida, se marchó con el discreto amante cultivado durante mis devaneos, y que resultó más experto para pulsar sus cuerdas amo­rosas. Así tengo que confesarlo con desconsuelo.

Me había quedado solo. No intenté buscar a mi esposa. Sabía que no regresaría. Me dediqué, en cam­bio, a dar con el paradero de Póker. No quedaba difícil deducir que el perro se había desilusionado de aquel mundo donde se respiraban perfumes y se dormía sobre alfombras encantadas, pero no se permitía el goce legíti­mo.

Se le había condenado a un régimen antinatural al separarlo del calor de la perra, en prevención de mater­nidades indeseadas. No es, por cierto, diferente el des­tino de ciertos hombres. Su emperejilada consorte conti­nuaba recibiendo clases de glamour y paseando por arboledas, mientras los pequeñuelos retozaban en aquel ambiente sofisticado que no era para un perro taciturno como Póker que ya había cumplido su misión.

Un día lo pusieron de patitas en la calle como a cualquier advenedizo.

Me sentí abandonado por el mundo. Parecía como si todos me hubieran volteado la espalda. Desconsolado recorrí la ciudad de un extremo a otro detrás de los pe­rros callejeros, con la pretendida esperanza de rescatar a mi amigo de entre los torbellinos de la vagancia. Esfuerzo desmesurado en medio de la ciudad apabu­llante que no sólo se comía a los perros sino también a los seres humanos.

Ya al borde del fracaso me acordé del coso público. Allí se ence­rraban los animales mostrencos y eran sometidos a una existencia miserable. Con la recogida de animales vagabundos se despejaban las calles de estorbos y mor­deduras.

Y allí encontré, ojeroso y famélico, a mi pobre Póker. Las costillas se le notaban como testimonio de hambres y penalidades. Se me lanzó ladrando de alegría cuando me divisó. Me agaché para recibir sus quejas. Pareció de­cirme con los ojos lo mucho que había sufrido y supli­carme que lo sacara de aquella madriguera que oprimía a los perros parias, los plebeyos, los sin ilusiones.

En ese momento habíamos los dos redescubierto la amistad y todo podía olvidarse, hasta mis reveses y pesadumbres. A él, así pisoteado por su suerte perruna, no le importaría su abolengo, como tampoco me impor­taba el mío, ambos desteñidos entre las densas polvaredas de la vida. Si el hombre y el perro son los mejores amigos, nuestra unión lo confirmaba, porque era perfecta. Todo quedaba superado: las traiciones, la fuga de mi mujer, el desdén de Teresa, las discordias, los desengaños, los rigores de la vida.

El agradecido animal salió corriendo, en busca de vida, cuando le conseguí la libertad, y caro pagó su regocijo. Se me lanzó eufórico porque había encontrado a su mejor amigo, y se tropezó con la muerte. Un grito lastimero brotó de sus entrañas, mientras el carro que lo había atropellado emprendía la fuga entre las risas fieste­ras de alocados jovenzuelos. La angustia me invadió. Estreché contra mi pecho la derrengada osamenta y aún tuve tiempo de recibir su última emoción, el estremeci­miento angustiado del animal libertado para morir.

En la profundidad de sus ojos se congeló la mirada de dolor y luego vino el sacudón que se me grabó para siempre en el alma. Y aprendí que las cosas gratas son una exhalación, una dolorosa fantasía.

(Del libro El sapo burlón, 1981).

Letralia, Cagua (Venezuela), 17-IX-2015.

* * *

Comentario

¡Veleidosa que es la buena suerte! Tanto el señor como el perro se quedaron un tanto defraudados y la pasaron mal con sus planes amorosos. No resultaron tan duraderos como ambos los imaginaban: perra y dueña resultaron inconstantes. Linda esa historia en la que se combinan la vida de los hombres y de los  perros. Historia que, una vez más, me da la dimensión de lo que amas a los perros. Diana López de Zumaya, Ciudad de Méjico, 17-IX-2015.

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Elíxir de vida

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

La silueta del viejo desapareció por la esquina. Fre­cuentemente recorría esa vía donde se ofrecían libros baratos, expuestos en burdos estantes o en el físico suelo, que miraba y manoseaba. Y luego de no adquirir ninguno, avanzaba con dificultad y se escurría con cierto aire que lo mismo podía ser de insatisfacción que de conformismo.

Diríase que el viejo era un intelectual arruinado, o un profesor jubilado, o un militar en retiro, o el saldo de alguna persona importante llegada a menos. Cualquiera de esas condiciones, y otras del mismo estilo, se imagi­naban los siete u ocho vendedores callejeros, habituados a observar el recorrido del anciano entre tenderete y tenderete, por donde se detenía sobre cada libro en exhibición.

Podía ser también un cazador de joyas, de esas que agotadas en las librerías y desterradas del mercado regular sólo sería posible pescarlas en el revol­tijo de cualquier esquina almacenadora de cancioneros de arrabal, de textos escolares mutilados por sucesivas generaciones, de revistas pornográficas, de manuales de ciencias ocultas o de esa, en fin, inclasificable gama que va del folleto ordinario hasta el best seller de actua­lidad.

Las sospechas de los vendedores parecían bien enfo­cadas. Y mantenían una coincidencia: se trataba de un personaje misterioso. Era, con todo, pésimo cliente, si nadie había logrado venderle mercancía alguna en los varios meses de sus constantes correrías, no obstante el esmero y la paciencia con que le complacían sus deseos y curiosidad.

No se conformaba él, como el común de la gente, con detenerse en los títulos, sino que repasaba las páginas, leía una frase o tomaba un apunte, y hasta rebuscaba, entre existencias encajonadas, algo que pa­recía habérsele perdido. Demostraba, en esta tarea de investigador, cierta impaciencia, cierto afán por desen­trañar el tesoro. ¿Cuál tesoro? Sólo él lo sabía.

Rutina indescifrable la del vejete, encorvado y famé­lico, soñador y taciturno, que repetía la misma escena día tras día. ¿Buscaba un incunable? Era posible, pero ninguno de los comerciantes se atrevía a averiguarlo, pues su porte abstraído no se prestaba para intimidades. ¡Incunable! ¡Vaya absurdo más grande para estos me­nudos vendedores que apenas conocían textos corrientes, carcomidos y desbaratados!

Se había formado en la cuadra de los libros callejeros un raro ambiente de protección, con buena mezcla de afecto y algo de piedad hacia la soledad del viejo. Su escuálida figura, retocada con inocultables vestigios de gente distinguida, dejaba la sensación de uno de esos personajes nacidos en los libros de caballerías, de aven­turas y misterio. Estos comerciantes, ignaros de lite­raturas encumbradas y vacíos de cono­cimientos elementales, resultan propagandistas expertos para colocar su mercancía. Repiten doctrinas extrañas con la misma familiaridad con que tratan a Julio Flórez, a Vargas Vila o a Jorge Isaacs, sólo por mostrar conocimientos.

Algún día tendría que enfrentársele uno de los ven­dedores al enigmático visitante. Se escogió a Edilberto, muchacho de veinticinco años, ágil de mente, refinado en sus modales, de fácil expresión y el más «erudito» para acometer la empresa. Con cuatro años de un bachi­llerato llevado a empujones, pero medio bachiller al fin y al cabo, y no medio analfabeto como sus colegas que apenas habían tenido escasos estudios primarios, Edil­berto sobresalía con luz propia y era el líder de aquel pequeño mundo del comercio «intelec­tual», ubicado en calles y andenes y expuesto a sufridas intemperies, pero con humos de grandeza, por ser di­fusores de cultura.

Sería Edilberto, sin duda, hábil para dialogar con el anciano. Como la charla habría de conducirse a nivel intelectual para que suscitara interés y pudieran despe­jarse las incógnitas, se había metido en la mollera datos y minucias sobre los temas, los autores y el in­tríngulis de la mercancía, «su» mercancía, que era la que presentaba atractivo para las incursiones del viejo.

¿Sería doctor? No cabía duda. Los an­teojos enmarcados en abultada montura de carey, el abrigo bien acolchado, la corbata sobria, la mirada profunda, la frente amplia, como signo de capacidad, el bigotillo esmerado, el andar metódico… todo, absolu­tamente todo, le ponía talante doctoral a la figura enjuta. Sería escritor, o filósofo, o periodista, o magistrado… Todo eso, y mucho más, cabía en persona tan respetable, tan culta, tan escondida en su sabiduría.

Mientras así divagaba Edilberto devanándose los sesos, el viejo se aproximaba a la caseta. Se apoderó del primer libro, pareció devorarlo con los ojos, lo contempló en absoluto mutismo, y pasó al siguiente. Buscaba, según parecía, novedades, y Edilberto las había preparado para retenerlo y evitar que pronto se deslizara al puesto ve­cino.

—¡La vorágine! —comentó Edilberto—. La última edi­ción que ha salido. Y vea usted, doctor: la pasta es de lujo, el papel es satinado y tiene preciosas ilustraciones para hacer más amena la lectura. Por más conocida que sea, siempre será obra imprescindible en las bibliotecas cultas. ¡Qué fantástica imaginación la de «nuestro» José Eustasio Rivera! Veo la selva con su crueldad, con su violencia, con sus pena­lidades y sus atractivos…

—¡Ah, La vorágine! ¡La vorágine! —suspiró el viejo.

—Para usted le tengo un precio especial.

—¡La vorágine! —seguía suspirando, mientras toma­ba otro libro.

—¡Love story! —anunció Edilberto—. El gran best seller. Ha batido todos los cálculos y se sigue vendiendo a millones en el mundo entero. Está traducido a ocho idiomas. ¡Tierna historia de amor! Un amor elemental, casi absurdo para el siglo veinte.

—¡El amor, el amor!… —puntualizó el viejo.

—¿Le gusta el amor, doctor?

La pregunta quedó en el aire y la mano nerviosa del anciano se había dirigido hacia la Celestina. Edilberto se sintió acomplejado. Había sido imprudente. Estuvo por unos instantes indeciso, pero reaccionó cuando notó que el anciano no mostraba ninguna contrariedad. Pre­guntarle a alguien que ha llegado a la edad tembleque si le gusta el amor, puede ser un desatino.

—¡Oh, Celestina! Fiel retrato de una época de vicios escondidos en los bajos fondos del siglo XV… Celestina, la alcahueta Celestina, me hace recordar a tanta coma­dre de nuestros días. ¿Verdad, doctor? El libro se ve viejo, como la edad a que pertenece, pero es una curio­sidad de biblioteca. Ojalá usted, que conoce tantos li­bros, quiera ilustrarme sobre aquellos episodios oscuros.

—¡Celestina, la alcahueta Celestina!... —fue todo su comentario.

No por eso Edilberto se corrió. Miró al anciano y lo halló animado, en medio de su postración. Si de algo no había duda era de su decrepitud. Se notaba frágil. Sus dedos, rugosos y comprimidos, pasaban ahora con lenti­tud las páginas de Luz, la revista especializada en consejos sexuales, la de las píldoras mágicas contra la impotencia, contra la frigidez, contra el desamor, la biblia de cabecera sobre las técnicas de alcoba y sus efi­caces mecanismos. Edilberto miró de reojo al viejo, que estaba absorto en una de sus páginas, y prefirió callar.

—Sin duda gusta usted, doctor querido, de las novelas de aventuras. Mire apenas algunas de mi abundante re­serva: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Doña Bárbara, Papillón, El padrino…

—¡Basta, basta! —interrumpió el viejo, y se alejó.

Su silueta se volvía más diminuta conforme se aproximaba a la esquina por donde siempre se esfumaba ante la mirada de los libreros. «Maldita sea», se rascó la cabeza Edilberto. Y pensó que hubiera sido preferible señalarle libros de ciencia, o de poesía, o de historia, o de ficción, y acaso de humor, material todo que tenía listo para pregonarlo como el cantante de específicos o como el enredador de baratijas.

Ya no dudaba Edilberto de que se trataba de un intelec­tual arruinado. Intelectual, por su aspecto; arruinado, por su renuencia a comprar algún libro. Aunque no descar­taba tampoco que podía ser uno de esos personajes ex­céntricos que tanto abundan en las grandes ciudades. Así pensaba, dándole vueltas al asunto, cuando el chi­rrido de llantas que han frenado con brusquedad lo dis­trajo de su dubitación. La gente se arremolinó en torno al cuerpo que había quedado inmóvil, aprisionado por el peso del carro. Un chorro de sangre dramatizaba otra tragedia común.

Edilberto se irguió de puntillas, tratando de vencer las dificultades del tumulto que cercaba a la víctima. Eran como buitres que caían sobre la presa. Allí, menos soli­tario que antes, por estar ahora rodeado de una solida­ridad novelera, pudo reconocer al viejo. Había quedado tal como era en vida: con cierto aire que lo mismo podía ser de insatisfacción que de conformismo.

Después, poco a poco, los curiosos se fueron retirando cuando el muerto había dejado de ser noticia. Todos pa­recían saciados con la novedad, y el suceso había per­dido su lado llamativo. Quiérase o no, los muertos resultan atrayentes, a veces espectaculares, con cierto fondo fo­lletinesco. Parecía un pobre diablo atrapado en la calle que se había aventurado a atravesar sin medir el peligro de curvas borrosas.

Sólo quedaron las autoridades y los vagos. Edilberto podía contarse entre los vagos, si por presenciar los movimientos policivos que se eje­cutaban sobre el cadáver del transeúnte anónimo, por quien no pensaba hacer nada, desatendía su puesto de revistas, folletos y libros baratos.

La policía es experta en requisar, en un minuto, los cadáveres. Poco fue el inventario: un pañuelo, un papel con anotación de libros y autores, y en bolsillo del grueso abrigo, como todo capital, un billete de a peso y una moneda de veinte centavos. Algo más, aunque de­masiado deteriorado: la licencia de conductor. Era el carné de chofer público, que debió serlo algún día el anciano.

¡Un chofer, un ciudadano raso!… A Edilberto se le ensancharon las pupilas. ¿Y el catedrático, y el escritor, y el filósofo, y el personaje inmenso que aparecía detrás de las gafas abultadas y el porte docto­ral? Las letras del nombre se habían desdibujado y no fue posible recomponerlas, pero el retrato dejaba adivinar una lejana época del viejo.

—¿Alguien conoce a este individuo? —preguntó el pa­trullero.

El silencio fue unánime. La policía, con todo y ser tan hábil, no había levantado completo el inventario, y Edilberto ayudó a incluir otro objeto que permanecía oculto a un lado del cuerpo. Era el libro de pastas su­cias y hojas mutiladas, con este título desacoplado: Cómo ser joven a los cien años.

Antes de retirarse, le cruzó las manos sobre el libro, encima del pecho. No supo Edilberto en qué instante se lo había embolsillado el viejo. Fue seguramente cuando nombraba de afán a Los tres mosqueteros, y a Doña Bárbara, y al Conde de Montecristo... Poco le impor­taba perder el libro, que al fin y al cabo era pacotilla, por más cotizado que lo fuera del grueso público. Sintió, en cambio, frustración por sus fallidos intentos de con­fesar al viejo, de desentrañar su misterio. Y desazón por la burla de éste al llevarse, furtivamente y en sus pro­pias narices, un elíxir de vida, sin dejarle una simple tarjeta de identidad.

(Del libro El sapo burlón, 1981).

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Vuelve y juega

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

I

Ya nadie puede quejarse de que el corazón lo traicione. Antes las personas se morían del corazón porque la me­dicina no había avanzado lo suficiente para conjurar los sobresaltos. Hoy, con el corazón bien cuidado, al que ya se le colocan hasta válvulas mecánicas, usted y yo podemos reírnos de la vida. Lo malo es que no siempre se siguen los consejos de la medicina y por eso, cuando menos se espera, llega el corrientazo que puede apagar el latido que suponíamos lleno de vitalidad. Pero atienda usted las precauciones del médico y verá que la vida se prolonga con aires de primavera.

Fíjese en la historia de Mariano Albor­noz, rubicundo empresario de pompas fúnebres que se ufana de contener los embates de su excedida ana­tomía, sólo por hacerle caso al doctor Salazar, su car­diólogo desde hace veinte años, que no cesa de recomen­darle el ejercicio permanente y la sana alimentación.

—Además debe vencer las preocupaciones —le anota el doctor—. No vale la pena vivir angustiados por asun­tos que son más imaginarios que ciertos. La vida, es­timado Mariano, se vive con demasiadas prisas y nos fatigamos por problemas que desgastan el organismo.

—Hay gente que no paga los gastos de funera­ria —comenta Mariano.

—Usted gana suficiente dinero.

—Podría ganar más. A la funeraria llegan las perso­nas con el muerto a cuestas y desorientadas ante ese momento dramático. Es entonces cuando les abro de par en par el negocio, les recomiendo el féretro apropiado y hasta les insinúo los rezos. En ese mo­mento todo lo aceptan. Firman sin discutir cuanto papel les presento, pero después…

—Después quiere usted hacerles pagar lo que no gas­taron. Hay gente como usted, querido amigo, que se aprovecha de los momentos de pena para cobrar hasta el abrazo de condolencia.

—A propósito, doctor, aún está pendiente un saldo de la cuenta por el entierro de su prima.

—Que en paz descanse —remata el médico.

—Mejor descansaría si usted me cancelara el saldo que me debe hace dos años…

—¿No se fija, hombre? Esas preocupaciones por cosas que no valen la pena son las que producen un infarto a cualquier momento. Tenga la mente libre de malos pen­samientos y verá que el corazón le marcha correctamen­te. Bastante gana con los ataúdes que vende en los apuros de la muerte.

—Usted también cobra duro, doctor.

—Pero les mantengo a los pacientes el corazón como si fuera el de un joven de veinte años.

—Y yo le pago consulta por consulta…

—Está bien, Mariano. Esta consulta queda por la deu­da, ¿de acuerdo?

—¿Acaso me está usted examinando? ¿Y desde cuándo una consulta vale lo que usted me adeuda? Vine sólo por conver­sar con usted. Es una entrevista de amigos, como quien dice, de cliente a cliente.

—Ahora desabróchese la camisa para examinarle ese lujo de corazón que tanto le cuido. ¡Respire fuerte! ¡Menos fuerte! Ahora vuelva a hacer el ejercicio que le enseñé. ¡Ya! Su salud es envidiable. Con sus 60 años es usted un roble.

A tres cuadras queda la funeraria de Mariano Al­bornoz, y hacia allá se dirige el comerciante con aire ri­sueño. Otra vez el doctor le ha infundido optimismo para gozar la vida. Saluda a cuanto transeúnte se le atraviesa, porque considera que el empresario de pompas fúnebres debe ser afable con todo el mundo. Marcha erguido y se ve saludable. Una sonrisilla le ha quedado bailando en los labios desde que el doctor le refrendó plena salud. Sin embargo, saltan a la vista unos kilos de más que no logra disminuir por más controladas que mantiene las grasas.

II

El miedo al infarto, que en otros tiempos era su obse­sión, ha desaparecido. Practica los ejercicios que le recomendó el médico desde que sintió las cajas destempladas en mitad del pecho y tiene fe ciega en que su organismo resistirá los asaltos de la vida. Por su funeraria pasan numerosos parroquianos vencidos por las flaquezas del corazón, mientras que él se siente un roble.

Mariano Albornoz recibe los residuos que no puede sal­var el médico. Ambos gozan a su manera. El cardió­logo, dando vida. El dueño de la funeraria, enterrando muertos. Son clientes mutuos. El doctor Salazar verifica en esta funeraria las exequias de la familia. Es buena fu­neraria y dispone, por supuesto, de confortables salas de velación. Bien se entenderá que es una manera de describir tales recintos, pues no es propiamente confortable lo que es mortuorio. Pero es un modo decente de tratar al muerto el de depositarlo en un salón alfombrado, con música de fondo, cande­labros relucientes y flores frescas.

Ambos se profesan cordial amistad. El uno paga los honorarios médicos, que vienen en ascenso año por año, y el otro devuelve el gesto llevando sus muertos a la fu­neraria.

—Son cuentas corrientes —se defiende Mariano—. La caja mortuoria sólo se lleva una vez y no está bien que se discuta su precio. En otro sentido, hay que  pagar altos honorarios porque el infarto se detenga.

—Los normales —refuta el médico—. El cardiólogo gasta la vida aprendiendo la ciencia que resucita muertos.

—Traficamos con la misma mercancía, mi querido doctor. Usted da vida y yo, muerte. Ambas son ocupaciones dignas. Al cementerio se debe ingresar con decoro y para eso están mis servi­cios, que tampoco los he aprendido en un día.

—Ahora quítese la camisa —dice el médico— y mués­treme el pecho. Trata usted de justificar su especulación con el pretexto de que las torpezas de los deudos se pagan con plata. Se equivoca, amigo. En tales apuros es cuando más sensibilidad se necesita.

—De sensibilidad no se vive, doctor. Yo también como, cancelo impuestos, mantengo mujer e hijos y atiendo altos honorarios por mis fallas  cardíacas…

III

Aquel día celebran un extraño negocio. En lugar de Mariano desembolsar el valor de las consultas, que tanto dice molestarlo, éstas serán abonadas al costo del ataúd que el médico encarga para los fu­nerales de su anciana madre, cuya muerte presiente cercana. La vena humorística del doctor Salazar es capaz de comprar a plazos anti­cipados el costo de la muerte.

Ambos ganan dinero abundante. Y en la misma forma se les va de las manos, aunque no en gastos normales, sino jugándolo. Son tahúres profesionales que dominan las artes de una sesión de dados o de una baraja de póquer. Se reúnen con frecuencia en largas jornadas nocturnas, domi­nados por ímpetus voraces que los deja con los bol­sillos limpios y la conciencia inquieta.

—Esto no le conviene, Mariano —le reprocha un día el mé­dico—. Su estado debe evitar estos momentos de tensión.

Mariano lanza una carcajada, y los dos jugadores concilian sus debilidades con  un abrazo. Ya habrá pacientes y muertos que les hagan recuperar la bolsa.

—Y no olvide que quiero la caja en legítimo cedro.

—Usted me lleva ventaja, porque las consultas van a ser muy seguidas…

—Tranquilo, hombre —le dice el médico—, y deje de pensar en el dinero.

—De esta forma va usted a termi­nar de comprarme muy rápido el ataúd.

—Considere más bien que está vendiendo su mercan­cía a buen precio.

Ellos son diestros tanto en tirar el dado como en alimentar su espíritu risueño.

IV

Una madrugada vuelve, de sopetón, el corazón de Mariano a jugarle una mala pasada. Lo despierta de nuevo el dolor que años atrás lo había dejado medio muerto. Comienza a faltarle la respiración y ape­nas acierta a exhalar un ronquido para hacerse notar. Su esposa practica con torpeza los movimientos que el médico ha tratado de inculcarle para estas emergencias. La casa se revoluciona en un minuto entre gritos y sollozos.

Pero al fin aparece el médico. Inyecta aire de boca a boca, con cierto reproche para los presentes, que olvida­ron medida tan elemental. El enfermo apenas si se mueve. Tiene la cara amoratada.

—¿Se morirá doctor? —tartamudea la esposa.

—¡Páseme la jeringa! —exclama el médico, ignorando la pregunta.

El médico mira con fijeza a los presentes, dándoles a entender que el caso es delicado.

—¿Vivirá, doctor?

Ya para entonces ha llegado la ambulancia, y en segundos sale disparada hacia la clínica, haciendo sonar la sirena desaforada que a las tres de la madrugada suena a tragedia. Algún borracho contempla el paso del vehículo y se recoge en su gabardina en busca del último trago.

Los recursos de la ciencia corren por la clínica en auxilio de otro corazón amenazado. Las enfermeras salen de su adormecimiento. En un rincón, el reloj de pared trabaja con desgano. Es la quinta emergencia coronaria de la noche.

Mariano Albornoz duerme un sueño intranquilo. Es posible que el infarto le haya permitido un segundo de lucidez para pensar que el doctor le prestará todo el cuidado de la ciencia. En los planes de Mariano no cabe la muerte por infarto desde que el doctor viene pregonándole un corazón de roble.

Desde luego, para los casos angustiosos está el doctor Salazar. El cardiólogo se seca el sudor de la frente. Y el enfer­mo comienza a dar los primeros signos de mejoría, que a los pocos minutos se hace evidente. Mariano al fin se mueve, y sonríe cuando abre los ojos.

—La vida es buena con los jugadores —le susurra el médico al oído.

El enfermo muestra agrado por vivir. Puede ser también, en lo más íntimo del subconsciente, gusto por el póquer y los dados. Los gustos, diría Mariano si en ese momento pudiera hablar, no lo abandonan ni en los últimos extremos de la agonía. A médico y paciente se les ocurre pensar que la vida es como el juego de dados: se pierde o se recupera en un instante.

De nuevo Mariano resulta vencedor. La cuenta del ataúd ha ganado puntos, pero él no está para reparar en negocios cuando su salud se halla en peligro. Nunca como ahora se siente tan protegido por la ciencia. El médico, que no ignora el nuevo triunfo, se desliza por el corredor y no espera a que nadie le exprese cumplidos que no necesita.

—El ataúd es suyo y puede llevárselo —le dice Mariano días más tarde, cuando formalizan las cuentas.

—No me haga chistes, Mariano. ¿Dónde guardaría el ataúd? Sólo queda bien en su negocio. En mi casa sería como una muerte en acecho.

—Usted y yo, querido doctor, somos bromistas. Recuerde que en las venas llevamos sangre de jugadores.

—En fin… —concluye el médico.

V

Meses más tarde se escucha un grito muy definido:

—¡Vuelve y juega!

El dado, que ha hecho estragos, ­tiene en desventaja al médico. Su capacidad económica ha venido en descenso, y él se empeña en recuperaciones difíciles.  La bolsa se encuentra liquidada.

—¡Vuelve y juega!

Esta vez el médico firma una letra de cambio. Suda copiosa­mente, más que cuando estaba atendiendo el corazón de Mariano. Ahora hace malabarismos con la copa de dados que pone a rodar por la mesa. Hay temblor en las manos del médico, pero juega con placer, con la fiebre del jugador.

—¡Vuelve y juega!

El dueño de la funeraria se niega a recibir más cheques. Duda que la capacidad económica del médico resista más. Bien sabe que esta viene en decadencia en los últimos meses. El cardiólogo calienta los dados en el cubilete, como si con ese soplo buscara fórmulas salvadoras. Mira a su contendor con ojos de reto. Y se apoya en la mesa para sacar energías ocultas.

—¡Vuelve y juega!

Los jugadores poseen un lenguaje misterioso que se expresa en mímicas y extraños movimientos, que sólo ellos saben traducir. Todos se miran cuando el doctor, acorralado, deposita en la mesa la argolla matrimonial y el reloj con que tantas veces han sido contadas las pulsaciones de sus clientes.

El médico no sabe cómo poner allí mismo su alma para jugarla en dos cambios de dado. Pero deposita su corazón. Piensa que el corazón es valioso, si siempre lo ha mantenido lubricado. Sabedor de tantas fórmulas, nota, de pronto, que no ha aprendido a detener el infarto que camina por la sangre del juga­dor arrebatado, que ahora es él mismo. Ya ha llegado a la ruina total. Y piensa que su ciencia es hábil para conjurar los infartos ajenos, no el suyo.

—Todo está perdido —se duele.

—¡El ataúd! ¡Juguemos el  ataúd! —grita Mariano.

El médico sonríe y se entusiasma ante el reto. El ataúd, su última esperanza… La mirada comienza a nublársele. La figura obesa de Mariano le da vueltas en la retina. Pero se sobrepone para jugar su carta final. El ataúd…. Los dados se deslizan con una carrera seca y luego se detienen con precisión fatal. Ha perdido el ataúd… Algo cruje en lo más hondo del su ser, y nadie, que no sea el cardiólogo, puede advertirlo. El jugador afortunado saborea el triunfo sin notar que su rival se entierra las uñas en la carne cuando los dados lo traicionan por última vez.

El cuerpo del médico se dobla sobre la mesa.

(Del libro El sapo burlón, 1981).

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Mujeriego irrevocable

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Nazario Umaña y Saldarriaga es un codiciado solterón. Considera que si por tanto tiempo se ha mantenido in­vulnerable, su celibato es impenitente. Hombre del alto mundo, como habrá podido deducirse por sus apellidos que huelen a aristocracia, es cliente asiduo de clubes y casinos y personaje sobresaliente en cualquier aconteci­miento social.

Maneja con igual desenvoltura el frac, el esmoquin o el vestido de corte inglés, que el palo de golf o el coche de actualidad. Es el primero que llega a las cabalgatas que organizan sus amigos y el último en aban­donar los encuentros etílicos con que los matrimonios de su círculo estrechan los lazos de la camaradería.

Con­versador ameno, anima cualquier reunión. Hombre culto y enterado de los aconteceres económicos, políticos o mundanos, no puede prescindirse de él como consejero o simple informador. Galante con el bello sexo, es personaje apetecido por la finura de sus gestos, por el garbo de sus ademanes, por su chispa siempre florida, por sus dos apellidos muy bien enlazados, por la prospe­ridad de su bolsillo.

Y tiene igual suerte entre las adoles­centes en persecución de marido o entre las doncellas que apenas comienzan a despegar las alas, que entre cua­rentonas, viudas y separadas. No faltan, como es natural, las aventuras clandestinas con señoronas y damiselas, terreno que trajina con pericia y refinamiento.

Su tenacidad por mantenerse célibe entre tantas ten­taciones hace pensar en romances afortunados, pero también en ocultas frustraciones. Y lo que es peor, en impedimentos de orden superior. Porque no está bien que con todas esas gabelas, Nazario Umaña y Saldarriaga ha­ya rechazado el matrimonio, y aun la unión libre, que en su caso no desentonaría. Ya comienza a hablarse de homosexualismo y aberraciones, pero él resiste, sin inmutarse, las alusiones que escucha o se imagina. No sólo las ignora, sino que se siente más defendido entre la duda y el enigma.

Ha logrado resguardar su reputación y bien sabe que el honor es la mejor respuesta a la maledicencia. Los ojos de solteras y solteronas, de viudas y señoronas, escudri­ñan sus andanzas en busca de la prueba o el simple indicio para lanzar el bombazo que todos esperan. Y no faltan las que por despecho serían capaces de armar un escándalo, de llegar a descubrirle enredos o deslices que ellas mismas no han podido protagonizar a su lado.

Pero Nazario, que conoce las luces nocturnas de París con la misma facilidad con que frecuenta los salones de la aris­tocracia, también sabe recorrer en su ciudad caminos y vericuetos hasta donde no alcanzan a llegar las miradas escrutadoras.

Resbala a veces, pero es hábil para no caer. Sus pasos son firmes, y tan cautelosos, que a su alrededor se ha levantado un muro de misterio, y tam­bién de dignidad, contra el que nadie ha podido atentar. Tendrá sus lances amorosos en la penumbra, pero se le ignoran líos de faldas como piedra de escándalo.

Que se siga insistiendo sobre su homosexualismo poco le preocupa. Se siente así más a sus anchas, pues ha de­jado de ser el peligro público al que todos temían. Alguien ha puesto a rodar la especie sobre sus encuentros con ciertos cachifos de dudosa identidad y no han faltado las lenguas traviesas que se entretienen enredando fanta­sías.

«Las mentirillas en la sociedad son inevitables», re­flexiona Nazario, y se ríe de sus calumniadores, con justificada dosis de humor, pues uno de ellos es el catedrático Valenzuela, quien mientras goza fabricando chismes, descuida a su mujer, cuarentona algo pasada de carnes y que por eso la tiene subestimada para la in­fidelidad, olvidándose que para muchos paladares es más apetitoso el menú balanceado a base de grasas. Ella, que disfruta las finezas de Nazario del mismo modo que su marido se divierte con la fama ajena, podría desmentir las consejas, pero prefiere callar.

Nazario Umaña y Saldarriaga, delicado en sus maneras, agradable y galante, es solterón empedernido, y no por falta de aptitudes para cambiar de estado, pues co­mo se ve es mujeriego irrevocable. Explota su despresti­gio y nada le importan los cuentos que le inventan. Como usted no es amigo ni vecino suyo, puede vivir tranquilo. Yo, que he descubierto sus artimañas, vivo aleccionado con la candidez del catedrático Valen­zuela.

Hoy he ido en busca de Nazario y lo he encontrado electrizado ante la bocina del teléfono. Es una voz fe­menina que, entre enigmática e insinuante, lo invita a una entrevista. Su acento es melodioso. Nazario se exalta al instante, pues bien claro está que se trata de una cita de amor, y da rienda suelta a pensamientos insanos que se alborotan con sólo escuchar el nombre de La Rubiela como sitio para el encuentro.

La Rubiela es el marco ideal para refugiarse a su acomodo. Es el lugar pecaminoso donde puede solazar sus entusiasmos. Él se mantiene disponible, como buen solterón. La interlocutora se niega a revelarle el nombre y sólo le dice que puede conocerla en diez minutos, en el reservado del fondo.

Vuela hacia La Rubiela forjándose escenas anticipadas. Perito en cuestiones del amor, no ignora su lenguaje. «El sitio preciso para el romance», se paladea. Allí se com­binan encierros estratégicos y se protegen reputaciones como la suya, y como la de la dama incógnita, que deben defender­se. Piensa en ella, sin conocerla. La idealiza al momento: rubia, o morena, o alta, o bajita, o bella,  o fea, o jo­ven, o jamona… Es lo mismo. Lo que importa es la mujer.

Se burla de su amigo Valenzuela que vive en función de chismes. Con todo y ser tan charlatán y tan buen conversador, lo compadece por los cuernos que Nazario le ha puesto. Su mujer es graciosa. Quizá el catedrático no lo ha descubierto, pues esos kilos de más no le permiten saborear el tajo bueno del matrimonio. La complace a medias, y una mujer complacida a medias es una mujer peligrosa. Aunque catedrático de humanidades, que pre­sume de ser muy leído, está lejos de interpretar a André Maurois cuando dice que «la golondrina y la mujer, desde el momento en que eligen un macho, piensan en el nido».

Desde que a Nazario le pusieron el mote de homo­sexual, que no ha podido quitarse de encima, se ha ideado un caminadito y unos ademanes que afirman  la sospecha. Se reúne con muchachos, para que no lo duden. Con ese contorneo avanza hacia La Rubiela. «Allá el profesor con su ingenuidad, y yo aquí con mis aventuras.» Penetra a la casa. Ha llegado el mo­mento de la emoción, del encierro garantizado. Ensaya, ante la puerta del reservado, la sonrisa, el galanteo se­ductor.

No lo piensa más y descorre el velo. Allí estará la hem­bra ansiosa. Pero al avanzar siente que se le congela la sangre y se le detiene la respiración. Porque la hembra resulta con cara de hombre y él no es especialista en es­tas lides, por más que así se le considere. El catedrático Valenzuela se queda mirándolo fijamente, con sonrisa incierta, que no se sabe si es irónica o desafiante. Con los dedos tamborilea despacio, en aparente calma, el mueble atravesado a la entrada. Y sigue mirándolo sin pestañear. Nazario siente que bajo sus pies el mundo se consume.

Yo, que no resisto los momentos de tensión, prefiero no esperar el desenlace y me escabullo. Como soy poco curioso, me despreocupo después de averiguar pormeno­res. Deduzco que algo serio debió ocurrir, pues el cate­drático Valenzuela dejó el chismorreo, su mujer hace gimnasia diaria y está en dieta rigurosa. Nazario Umaña y Saldarriaga reconquistó su posición de tenorio, abandonando para siempre su caminadito afeminado. Y hasta se rumora que le ha empalagado la soltería.

(Del libro El sapo burlón, 1981).

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Tinieblas

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Fernando meditaba en lo inconsútil del hombre, mien­tras por la ventanilla del tren rielaba un atardecer huidizo entre las sombras del crepúsculo. Algunas lu­ces, tan fugaces como sus imprecisos pensamientos, le arrancaban nostalgia. Los rebaños corrían asustados como si desconocieran la rutina de la locomotora que bramaba en las vueltas del camino. El día anterior, en otro atardecer semejante, viajaba eufórico al pueblito montañero que ahora dejaba para siem­pre. Entonces las luces de las casas sembradas a la vera del monte le habían producido regocijo. Otro estado de ánimo había abierto el espíritu al soplo, a la caricia de la montaña.

Pero al regreso el mismo espectáculo lo afligía. Un viaje puede cambiar el rumbo de la vida. Lo cambió, para Fernando. Todo comenzó en forma simple y así mismo terminó. Fernando llegó al pueblito montañero en un viaje más, tan común como tantos otros. En poco tiempo estuvo en el hotel. Muchas veces había per­noctado allí y era tan grata la posada como si llegara a su propio hogar. El perrito pequinés, desmelenado y mu­griento, lo recibió en la puerta batiéndole la cola. Tan familiar era el huésped, que nadie se preocupaba por conducirlo, ni por llevarle la maleta, ni por posesionarlo del cuarto. Que lo hicieran con otros, menos con él, clien­te de preferencia.

El pequinés, correteando por la habitación y revolvién­dolo todo, hacía más agradable la llegada: así se alboro­zaba con su amigo, el más amigo de los clientes.

Poco es el equipaje de un corredor de comercio: unos catálogos ornados con figurines, un directorio de clien­tes, la factura vencida y de pronto el obsequio para la dueña de la posada. Fernando llevaba algo más y era el retrato de la esposa. Siempre lo colocaba en la mesa de noche. Rosaura, la hotelera, solía hacerle gracejos por lo que ella juzgaba, y casi le reprochaba, como una exageración.

—Es bonita —se defendía él.

En verdad que lo era. Y no sólo para los ojos y el corazón del amante, sino para los habitantes de la pen­sión que admiraban también la belleza y la lozanía plas­madas en la foto.

—Demasiado amor —decía Rosaura.

—Demasiado amor —confirmaba él.

«Pero más que amor —reflexionaba Rosaura—, ¿no será una manera de sentirse vanidoso exhibiendo una foto artística? La belleza se marchita, y si Fernando no ha traído a su esposa es por temor a defraudarnos».

Existen seres enigmáticos, y Fernando lo era. Silencio­so, taciturno, aunque capaz de extrovertirse con las travesuras del perro pequinés, poco lograba extraerse de su vida. Sólo se sabía de su devoción por la foto.

Rosaura era joven y hermosa. Coqueta y seductora. Y acaso su belleza era más fresca que la del cuadro. Sin embargo, su marido no le había levantado ningún nicho. Pero es que Fernandos no se consiguen a la vuelta de cualquier esquina. Su mutismo, su secreta pasión, lo ha­cían interesante. Y nació en Rosaura, con la compara­ción, envidia. Una envidia tonta, pero muy femenina. La envidia y el amor se unen cuando menos se espera.

En un minuto desocupó Fernando la maleta. El barullo de un agente viajero es incorregible. Da lo mismo tirar los zapatos encima de la cama recién compuesta, que embadurnar el sofá con la crema a medio enroscar. De lejos había saludado a Rosaura, y ella le había sonreído. Dos pasajeros más se inscribían en los registros del hotel mientras la dueña dejaba escapar la mirada, y con ella la imaginación, detrás de la silueta de Fernando que se había perdido en la semioscuridad del corredor. Los torrentes de la luna llena que aparecía a medias, como jugando entre los limoneros del patio, habían producido en el ánimo de Rosaura el súbito deseo de correr, de retozar.

Irrumpió de pronto frente a él. Usual la visita, aun en la hora avanzada en que ocurría: también pare­cía ser este uno de los privilegios del viejo cliente. Fernando apenas si se inmutó.

—¿Tan enamorado como siempre?

Esta vez se turbó. Hay proximidades que no pueden desconocerse. Era como pretender no ver la claridad de la noche, que había invadido su alcoba; o ignorar los destellos de dos ojos ansiosos que se posaban en él. Fina e intuitiva llegaba como un felino a acorralar la presa.

Si otras veces había sido escurridizo, ahora no se le es­caparía. Un solo zarpazo sería suficiente para clavársele en la sangre como un aguijón. Ante la hembra exuberan­te, estaba el hombre acobardado. La saliva le formó un nudo en la garganta y sus carnes se apretaron en lugar de erizarse. Retrocedía mientras ella avanzaba. Y se tra­gaba los ímpetus, ahogando los sollozos que le revol­caban el pecho. Era un animal arisco, pronto a escapar. Mas la retirada estaba cubierta. Un calor borrascoso le entró por el cerebro. Y un tibio aliento lo rozaba con invasión de espumas y temblores.

—¿No eres hombre? —lo estrujó ella.

Era como una bofetada. La carne se estremeció. Y an­tes de desbocarse fue capaz de preguntarle por qué tanto impulso, por qué tanto arrebato. Rosaura, por toda respuesta, deseó ser la mujer del cuadro.

—¿La mujer del cuadro? —se indignó Fernando.

El hombre apacible se convirtió en animal ra­bioso. La sensualidad se desbordó, impulsiva y colérica. Bajo ardores brutales se deshacía su virilidad y se volatizaban sus entusiasmos. A Rosaura se le antojó que aquella forma de entrega lo había herido y consideró que había profanado la sensibilidad escondida en el cuadro. Se sintió afrentada. Y retrocedió. Quiso él atraparla, envolverla, pero fue ella quien no se dejó esta vez acorralar. Lo miró con estupor, acaso con desprecio, y prefirió huir.

Mientras la brisa del monte se estrellaba al otro día contra la ventanilla por donde se precipitaban los tonos del atardecer, experimentó desolación y rabia. Pensó, con desasosiego, en su madre, que se hacía más cercana, en sus correrías, en aquella foto algo deslustrada por el paso del tiempo, pero siempre diáfana.

Y continuó meditando en su exagerado afecto. Sentimiento excesivo, si tantas inhibiciones le había ocasionado; absurdo, si prefería mentir y engañarse a sí mismo antes que con­fesar su decidida soltería. Recordó a Rosaura, esbelta y sensual, y se apenó. Era como si un arañazo se le clavara en el pecho y de nuevo le produjera agradable desa­zón. Podía apenarse a solas, si para Rosaura, y para tan­tas mujeres que habían pretendido acercársele, era un fracaso. Pensó, confusamente conforme, que acaso el afecto maternal estaba por encima de cualquier ape­tencia.

Y allá, en el pueblito que cada vez dejaba más lejos el tren, la dueña del hotel vaciaba la habitación, aún caliente, de estériles emociones. Tropezó de pronto con un elemento humillante. Era la foto que Fernando había dejado sobre el nochero. Hay celos gratuitos, rencores sin explicación, y explotan en el momento menos pensado. Habría que disculpar la furia con que Rosaura destrozó aquel objeto inanimado, hasta hacerlo trizas, si se acepta que los sentimientos son ciegos.

(Del libro El sapo burlón, 1981).

Aristos Internacional, n.° 28, Torrevieja (Alicante, España), febrero de 2020.

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