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Memoria de un gran boyacense

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 25 años —el 31 de julio de 1966— moría en accidente de tránsito uno de los hijos ilustres de Boyacá: el doctor Luis Torres Quintero, senador de la República, y que dos años atrás había ocupado la presidencia de la corporación. El suceso se produjo a corta distancia de la ciudad de Tunja, en la población de Ventaquemada –vereda Barro Colorado– cuando el doctor Torres Quintero estaba próximo a terminar uno de sus habituales recorridos desde la capital del país.

Con él desaparecía el líder político más destacado del momento, cuya muerte prematura, cuando apenas contaba 46 años de edad, repre­sentó frustración para el departamento. Su comando político había permitido que  la comarca boyacense tuviera figuración en el panorama nacional.

Tal vez desde entonces no volvió a sentirse en el país, con la resonancia y el influjo que despertó el nombre de Torres Quintero, el vigor del liderazgo boyacense. Boyacá ha contado con hombres distinguidos, pero éstos no siempre han logrado desarrollar la­ ver­dadera acción que requiere el departamento para salir de su actual encrucijada social y económica.

Los hermanos Torres Quin­tero, todos desapare­cidos, marcan una época brillante en la historia boyacense, en campos diversos. Rafael, director del Instituto Caro y Cuervo y respetable autoridad del idioma, falleció en 1987. Eduardo, el «caballero andante de la cultura boyacense», el mayor exponente cultural que haya tenido Boyacá en mucho tiempo, lleva 18 años de muerto; en estos días tuve ocasión de exaltar su memoria dentro de la pasada Feria In­ternacional de la Cultura, rea­lizada en la ciudad de Tunja.

Guillermo, el cantor del amor y la muerte, que dejó obra valiosa, fue una esperanza trunca que se extinguió a los 27 años, en la década de los 30. A Roberto se le conoció como el «general humanista». Hernando y Ricardo, coronel del Ejército y abogado, cumplieron notables desempeños en sus actividades. A los Torres Quintero sólo les sobreviven hoy sus dos hermanas, Lucía y María Helena, miembros prestantes de la sociedad.

Luis Torres Quintero nació para la política. Con su hijo Andrés —exalcalde de la ciu­dad de Tunja— recordaba yo en estos días los atributos de caudillo de que estaba dotado su padre. Su simpatía y aguda inteligencia —unidas a la proverbial mali­cia indígena del boyacense— irradiaron en la comarca la imagen del hombre llano y al mismo tiempo culto que llega con facilidad al alma del pueblo. El don de gentes, in­signia suya de marca mayor, le hizo ganar con igual bizarría la plaza pública y el salón social. Como brillante orador, su palabra deslumbraba y seducía.

Su fulgurante carrera deja la sensación del meteoro. Entre 1947 y 1948 se desempeña como secretario de la Asam­blea de Boyacá y secretario de Hacienda del departamento. Luego, durante seis años, se ausenta del país en misiones consulares que ejerce en Suecia, Bilbao, Chicago y Montreal. A su regreso, y en menos de un año, es jefe de su partido en Boyacá. Y al poco tiempo salta al escenario de la nación, hasta llegar a ser presidente del Congreso.

Boyacá lo recuerda hoy, a los 25 años de muerto, como uno de sus varones esclarecidos que cumplieron el noble ejer­cicio de la política en bien de las causas populares.

El Espectador, Bogotá, 24-VII-1991

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La Constitución y el idioma

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El arte de la brevedad consiste en condensar el pensa­do eliminando las palabras innecesarias. Quien es experto en esta materia sabe expresar, sin faltar a la claridad, las mayores ideas con el menor número de términos. El mayor reto para el novelista es lograr escribir novelas ejemplares que, como Pedro Páramo, quepan en menos de cien páginas.

Para la mayoría, el enemigo común es la cómoda tendencia a la escritura larga y ampulosa. Los miembros de la Asamblea Constituyente, enredados al principio en discusiones bizantinas, se dejaron atropellar por el tiempo. Habían olvidado algo elemental: la necesidad de redactar con método, a lo largo de sus deliberaciones, un documento bien estructurado, elocuente y breve. Pero la brevedad exige tiempo y éste se dejó agotar. Por eso, nuestra Constitución es modelo de frondosidad idiomática.

Tratándose de la Carta Magna, deberían refulgir en ella la concisión y la sencillez. En las Tablas de la Ley, de tan asombrosa simplicidad, están consignadas las mayores guías de la conducta humana. La Constitución debe ser un compendio de normas, no un código. Un código fue lo que se pretendió elaborar, y de ca­rrera. La Carta debe ser documento sobrio, elemental y maestro. Comprensible para todo el mundo. De ella han de desterrarse la retórica y la verbosidad. Sobran los tonos doctorales al igual que los términos demasiado eruditos, y sobre todo los rebuscados.

En la Constitución aparecen palabras extrañas y disonan­tes, como subsidiariedad (art. 288) y complementariedad (art. 298). ¿Qué son los pre­supuestos plurianuales? (art. 339). La siguiente frase figura en los artículos 214 y 215: «Si el Gobierno no cumpliere con el deber de enviarlos, la Corte Constitucional aprehenderá de oficio y en forma inmediata su conocimiento».

¿Será  fácil  aprehender el conocimiento? Este verbo, de todos modos desafinado, significa asir, coger, prender. Otra frase: «Calificar y declarar precluidas las investigaciones realizadas» (art. 250). Un abogado sabe qué significa precluir: cerrar, terminar; pero el hombre común no. Como es término de juristas, no se en­cuentra en los diccionarios comunes de la lengua.

La coma es un diablillo que suele causar desastres. Bien empleada, le da fluidez y hermosura a la frase. Mal co­locada, frena el ritmo y altera el sentido de la oración; in­cluso ocasiona líos jurídicos. Si se usa para la enumeración, se suprime entre los dos últimos elementos cuando van unidos por conjunciones. No debe ponerse  entre el sujeto y el verbo.

Veamos, entre las mu­chas comas incorrectas que contiene el texto, las siguien­tes: «Los derechos y deberes consagrados en esta Carta, se interpretarán de conformidad con los tratados…» (Art. 93). «Son ramas del Poder Público, la Legislativa, la Ejecutiva, y la Judicial» (art. 113).

La tilde no es signo consen­tido por los escritores. Muchos la tienen desterrada. Otros la anotan a la diabla. En el texto no se marcó tilde a prohíbe y oírlos (arts. 17, 34, 35, 110, 136, 137), donde ocurre la fi­gura del hiato. Y se marcó a constituida, continua y dis­continua (arts. 95, 197 y 321), palabras graves terminadas en vocal (la combinación ui se considera diptongo).

Se acostumbra, sobre todo en el sector oficial, anotar con mayúscula el nombre de los cargos. Al Ministro lo en­cumbran con mayúscula, y en cambio al pobre portero lo de­jan en la oscuridad. Algunos piensan que el Doctor es más que el señor, tal vez porque éste se halla borrado por la sociedad moderna.

La ma­yúscula mal usada se ha con­vertido en signo sicológico con sentido reverencial, no gramatical. Ahí la noble dama se vuelve pedante y aduladora. La elegancia está en la senci­llez. Hoy la tendencia es es­cribir en minúscula el título de los oficios por tratarse de nombres comunes, y por más elevadas que sean las digni­dades. Permítanme los señores constituyentes, por lo tanto, el empleo respetuoso de voces llanas como estas: presidente, ministro, embajador, magis­trado, contralor, procurador, senador, representante, dipu­tado, concejal, alcalde, gobernador…

En fin, la Carta —esta sí en mayúscula— está escrita. Ojalá los legisladores del futuro tengan tiempo para la breve­dad y nos reduzcan a menos de la tercera parte el mamotreto actual, desde luego mejorán­dolo.

El Espectador, Bogotá, 18-VII-1991.

 

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Universidad Central

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

De plácemes se encuentra la Universidad Central con motivo de la celebración de sus bodas de plata. El importante centro docente de la capital de la República, dirigido por el doctor Jorge Enrique Molina Marino, ha querido resaltar este suceso con el lema «25 años con la democracia, la cultura y el humanismo», tres enunciados que caracterizan su razón de ser. Se trata, en efecto, de una de las universidades que más sobresalen en el país por su vocación cultural, la moder­nización de sus sistemas educativos y su afán de servi­cio social.

Fundada en 1966 con la in­tención de democratizar la educación superior, se buscó al mismo tiempo honrar la me­moria de Bolívar y San­tander, quienes en el gobierno de la Gran Colombia habían dispuesto la creación de tres universidades con el nombre de Central en cada una de las capitales de los departa­mentos de entonces (Cundinamarca, Venezuela y Ecua­dor). En la única parte donde había desaparecido la Uni­versidad Central era en Co­lombia, y con el nacimiento de la nueva entidad se corrigió el olvido histórico.

Un aniversario no ha de significar tan sólo la simple suma de años, como sucede en muchos casos, sino que ha de consistir en la comprobación de hechos positivos, la revisión de políticas y el fortalecimiento de estructuras, para no quedar rezagados frente al reto de los nuevos tiempos y propender por metas superiores. Cumplir años es ocasión propicia para rectificar errores, robustecer los ideales y consolidar fór­mulas de supervivencia. Es lo que hace ahora, con seria reflexión y creadora espe­ranza, esta universidad de los bogotanos que encuentra el porvenir despejado gracias a sus realizaciones y a su espí­ritu de lucha. Entre los pro­yectos de la hora se destaca la construcción de su moderna sede en el centro de la ciudad.

La cultura y el humanismo han sido afanes prioritarios de la entidad. Se distingue ella por su actividad editorial, gracias a la cual se ha visto estimulado el talento colombiano con publicaciones que enaltecen esta efemérides. Los escritores han recibido vigo­roso aliento al obtener la di­fusión de sus obras, en número cada vez mayor, lo que se convierte en un reto para las rotativas oficiales.

Entre las publicaciones con que la Universidad conmemora sus años de vida, y sobre todo de servicio a la comunidad, se encuentran las siguientes: Germán Arciniegas: su vida contada por él mismo, sus confesiones de viva voz y una serie de documentos recogidos por Antonio Cacua Prada para celebrar, en diciembre pasado, los 90 años del Hombre de las Américas; Estampas pue­blerinas, donde el sacerdote jesuita Manuel Briceño Jáuregui le canta a la patria en trescientos sonetos de agra­dable sabor costumbrista, y Diego León Giraldo: el cine como testimonio, obra que además tiene auspicio del Festival de Cine de Bogotá, donde se rinde homenaje a uno de los talentos de la cinema­tografía colombiana y se recopilan valiosos estudios sobre la materia.

El doctor Molina Marino, cofundador de la Universidad, ha sido su rector en dos oca­siones y hoy acumula veinte años en ese ejercicio. Su liderazgo es evidente. Las reali­zaciones en el campo docente son también palmarias. El porvenir, por consiguiente, se muestra promisorio para esta institución que ha cumplido «con la democracia, la cultura y el humanismo».

El Espectador, Bogotá, 12-VII-1991.

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Misiva:

Personal e institucionalmente agradecemos generosa nota publicada en tu importante columna de El Espectador, la cual nos enaltece por sus gallardos términos. La Universidad guardará en sus recuerdos de oro este hermoso y estimulante escrito. Jorge Enrique Molina Mariño, rector de la Universidad Central.

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Moniquirá, tierra dulce

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El prodigio colombiano permite que a una hora de Tunja —una de las ciudades más frías de Colombia— se encuentre Moniquirá con su delicioso clima medio de 19 grados. Allí se llega, con disfrute del maravilloso paisaje boyacense, por la carretera que conduce a Bucaramanga, una de las vías mejor conservadas del país. En lengua aborigen Moniquirá quiere decir Ciudad del baño, calificativo que se hace realidad por el placer de sus aguas fluviales. A corta distancia de la plaza pasa el río Moniquirá, una especie de dios de la población, alrededor del cual se han establecido balnearios frecuentados por propios y extraños, lo mismo que diversos motivos de atracción turística.

El poeta y periodista Juan Castillo Muñoz, hijo dilecto de la ciudad, dice que “Moniquirá, la comarca de los gratos aromas, concita con sus aires cálidos, el verdor de sus contornos y el perfil susurrante de su río, la unción inspirada de la música». Estos incentivos conquistan al visitante como un mensaje natural de la tierra.

Así tuvimos oportunidad de disfrutarlo quienes concurrimos al primer encuentro de escritores boyacenses convo­cado por el alcalde de la ciu­dad, Carlos Guerrero, que con su equipo de cola­boradores deja buen pre­cedente para futuras realiza­ciones culturales. La juventud moniquireña, deseosa de dia­logar con los trabajadores de las letras —entre ellos, Fernando Soto Aparicio, cuyas novelas tienen amplia pene­tración en los colegios—, de­mostró con su presencia un evidente afán de cultura.

En la misma ocasión se llevó a cabo el encuentro de com­positores, que en esplén­dida velada alegraron el alma de la comarca. El compositor Carlos Martínez Vargas, jefe de actividades culturales de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es uno de los grandes animadores de la música boyacense. Su voz tiene eco nacional. En el pasodoble brindado a la ciudad con motivo de sus 200 años de vida, Martínez Vargas ma­nifiesta: «Tus mujeres dejan al paso el aroma de tus jazmines y rosas».

En efecto, el am­biente de jardín y floresta, nota predominante de este tranquilo rincón de la patria, se embe­llece con la gracia de sus mu­jeres. La campesina boyacense, como la campesina santande­reana cantada por José A. Morales, tiene sabor de fruta madura.

A Moniquirá se le conoce como la Ciudad Dulce: Sus habitantes le dieron este distintivo como homenajes a los sabrosos bocadillos de guayaba que han hecho famosa a la región, y además a las abun­dantes siembras de caña de azúcar. El concepto de dulzura se ha vuelto un emblema de la ciudad, y así lo atestiguan la hospitalidad que se brinda al forastero y la amabilidad de la gente.

Se trata, por otra parte, de sitio preocupado por su progreso arquitectónico, con calles pavimentadas y limpias, residencias decorosas y la hermosa plaza arborizada. La población se esmera por conservar su categoría de cabecera municipal y compite en el concurso depar­tamental que premia al «municipio más lindo de Boyacá».

Los escritores le dejamos varios mensajes a la ciudad. Los principales, preservar la paz, la envidiable paz que allí se vive como privilegio ina­preciable —y tan esquiva en la mayoría de los municipios—, y luego defender la ecología para dignificar la vida de los mo­radores.

El Espectador, Bogotá, 2-IX-1991.

 

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Barichara, un canto a la piedra

viernes, 11 de noviembre de 2011 Comments off

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

En la arisca montaña santandereana, a 22 kilómetros de San Gil y por estupenda carretera pavimentada, surge de repente este pueblo amura­llado que se llama Barichara. Allí parece que el tiempo se encontrara petrificado al igual que la dura entraña de la tierra. El sorprendido visitante, acos­tumbrado a la jarana de los pueblos modernos, se halla con un sitio dormido en medio de toneladas de si­lencio. Mira a su alrededor y ve moverse unas sombras por la plaza, que no se sabe si pertenecen a seres vi­vos o a visiones fantásticas. Barichara, que todos los días despierta entre tenues luces de pureza alucinante, se detiene frente al abismo como una fortaleza de piedra que de allí no habrá de retirarse jamás.

Desde El Mirador, a cuyos pies se precipitan profundi­dades medrosas que se bañan en el río Suárez, se contempla el cordón de montañas que dan asiento a la cultura de los guanes y por cuyos caminos —empedrados y arborizados— transitó el legendario Geo von Lengerke, en buena hora resucitado por Pedro Gómez Valderrama en su novela La raya del tigre.

En un mojón de piedra situado en inmediaciones de la plazuela de Santa Bárbara, se recuerda el paso repetido de Bolívar por aquellos montes hirsutos. Cerca del paraje se halla la residencia de Vicente Landínez Castro —Villa Laura, en honor de su esposa—, refugio admirable que buscó el escritor para pasar “entre libros, silencio y olvido”, según palabras suyas, sus apacibles horas del cre­púsculo. La selecta biblioteca de Landínez Castro es otro recinto amurallado —de pie­dra, cultura y erudición—, donde el estilista y académico boyacense se protege contra las asperezas de la vida, y al que ha bautizado con el nombre preciso: Remedios para el alma.

La capilla de Santa Bárbara, la más antigua de Barichara, es una verdadera joya colonial que se encuentra en plan de res­tauración junto con la plazuela y el camino circundante, pro­grama que dispone de una partida de $ 40 millones anunciada por la Corporación Nacional de Turismo. En el mismo sector alto de la ciudad se piensa levantar un gran hotel, con inversión privada, proyecto que busca recuperar un sitio ideal para el sosiego y la contemplación de la natu­raleza.

En este empeño de preservación del paisaje y de­fensa de la ecología se cuenta con voluntades como la de José María Gómez Navas — simpático abogado en uso de buen retiro, conocido allí como don Chepito—, quien ha ofre­cido la siembra de árboles para evitar la erosión en aquella zona propensa a deslizamien­tos.

En lengua aborigen Bari­chara significa sitio de pal­meras. Como quien dice, paisaje y ensoñación. Su clima maravilloso de 22 grados re­presenta un atractivo más de este edén tropical que por for­tuna se mantiene todavía in­contaminado, y que ojalá sepa resguardarse contra las inva­siones y los atropellos de la falsa civilización, como comienza a suceder con Villa de Leiva al deformarse su sosiego encantador con la absurda construcción de un hipódromo.

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La piedra es el alma de Ba­richara. Sus casonas, sus templos, sus monumentos, sus calles y tumbas cantan a toda hora la canción de la piedra. Y todo se conserva como en un relicario litúrgico. De piedra están hechos sus habitantes. “La piedra —dice Vicente Landínez Castro— constituye el timbre de orgullo, el mejor blasón de la ciudad». Y agrega que “es un privile­giado y nostálgico lugar, bueno para nacer entre sus muros o para reposar bajo su suelo”. 

El Espectador, Bogotá, 11-VII-1991.

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Misiva:

Te doy nuevamente las gracias –esta vez por escrito– por tu hermoso articulo Barichara, un canto a la piedra, que tanta simpatía e interés ha despertado en las gentes, por cuanto está, sencillamente, bien escrito; y en el que se nota de inmediato la mano experta, no del periodista ávido por lo momentáneo, sino la del escritor experimentado y atento a lo que se refiere más a la vida interior tanto del pueblo como de sus habitantes.

Te apoderaste, en pocas palabras, del espíritu recoleto, silente y pétreo de Barichara y lograste plenamente comunicárselo a los demás en forma tan agradable como intensa. Tú también, esta vez, escuchaste nítidamente –a pesar de lo fugaz de tu estancia– la canción de piedra de Barichara. Vicente Landínez Castro, Barichara. 

 

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