Archivo

Archivo para la categoría ‘Humor’

El charlatán

lunes, 11 de abril de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

El mundo, este manicomio de estri­dencias, de gritos, de voces desapaci­bles, ha sido invadido por una plaga peor que es la de los charlatanes, ejér­cito diabólico que le ha quitado el re­poso a la vida. No creo que haya mejor definición sobre el charlatán que com­pararlo con una cotorra o una chicha­rra.

Por más equilibrado que se manten­ga el sistema nervioso, difícilmente se resistirá el ruido persistente de la chicharra, que irrita cualquier sensibilidad. Por desgracia, a todo momento tropezamos con las chicharras humanas, que nos interceptan cuando vamos con ma­yor afán, nos cercan cuando ma­yor libertad requerimos, nos hacen engullir, sin respiro, su sartal de menti­ras y exageraciones y, en definiti­va, nos vuelven imposible la vida.

El vendedor ambulante, por ejem­plo, que debe estar dotado de gran capacidad de tacto e ingenio, no parece entender que la mercancía no se vende metiéndola por las narices a la inocente víctima, ni cortándole el aliento, ni robándole el derecho a la defensa.

Cuando menos lo deseamos, tendremos a este sonriente embajador adulándonos con cualidades que no poseemos; felicitándonos por el libro que publicamos, que resultó un fraca­so; ponderando nuestras virtudes admi­nistrativas, cuando la empresa no sabe cómo deshacerse de nuestros «brillan­tes» servicios; admirando el respetable hogar que encabezamos, cuando la mujer desertó hace tres años y los hijos son marihuaneros o haraganes; mencionándonos el nombre del amigo que ha servido de enlace para la entrevista, cuando se trata de nuestro mayor detractor.

Vendrá luego el proceso de explicar­nos en detalle las calidades del producto,  tras este destemplado principio de querer hacerse simpático a la fuerza. Ignoran los tales parlanchines que estamos hartos de escuchar las mismas idioteces, y por más que les suplicamos que frenen la lengua, que se ahorren descripciones inútiles, que nos permi­tan un minuto para aligerar la vejiga, y les explicamos que no tenemos dinero para el mercado, menos para adquirir la enciclopedia de $15.000, conti­núan impertérritos dándole rienda a su inagotable vena oratoria.

Se parecen a los loros, que son capaces de repetir de memoria frases enteras; pero se dife­rencian de ellos en que la cuerda es más duradera en los seres humanos. Excedida la paciencia, no quedará otro remedio que decirle al intruso que se vaya a la porra. Y es posible que lo haga, pero antes se despedirá con múl­tiples muestras de cortesía y la in­variable promesa de volver a visitamos.

Así, la vida no pasa de ser un zumbi­do intermitente. Quizás la felicidad no sea cosa distinta que el disfrute de un poco de calma y sosiego.

Otra variación del charlatán es la del sabelotodo. No habrá tema ni discu­sión, por difíciles que sean, que no do­mine. Es, si se quiere, una enciclopedia rodante. Con increíble destreza arma auditorios y encuentra personas incautas que se sentirán deslumbradas con tanta erudición. Presume de profundos conocimientos sobre las más disímiles materias, lo mismo de política, que de literatura, que de astronomía, que de filosofía o culinaria… Es un auténtico descrestador este sabelotodo que nada sabe.

Pero por fortuna para él, que está emparentado con el pavo real –y discúlpeseme que mencione tantos anima­les en esta nota–, vive henchido, con la cresta flamante y el porte airoso. Aunque si alguien que no sea tan cán­dido aprieta, inmediatamente se desin­flará este maestro de la charlatanería que se nutre de aire. Ya lo dijo Tagore: «Y ese que habla tanto está comple­tamente hueco; ya sabes que el cántaro vacío es el que más suena”.

El Espectador, 15-I-1983.

Categories: Humor Tags:

El bus

jueves, 7 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El puente de San Pedro lo estropeó este año el paro intempes­tivo en el transporte intermunicipal. Los alegres viajantes que desde días atrás tenían preparada la excursión y soñaban con el confortante veraneo en regiones cálidas, tuvieron que regresar cabizbajos a sus hogares, cargados de maletas, paquetes y mal ge­nio.

La prensa, madrugadora, consagró en sus primeras páginas el personaje del día: el bus. Y evitó por fortuna que otros inadver­tidos aspirantes al codiciado desplazamiento alimentaran sus esperanzas. Era preferible resignarse a la noticia, antes que engrosar el frustrado número de personas que, atavia­das con vistosos atuendos, desfilaban cariacontecidas por las páginas de los periódicos.

Unos y otros, a no dudarlo, renegaban con furia del entroniza­do personaje del día. Pero yo –aunque esta vez ajeno al contratiempo– maticé en mi interior, y como un tácito desagravio a los decaídos fiesteros, la escena similar que años atrás me había correspondido vivir. ¡Que ellos me lo agradezcan, cuando el San Pedro esté más distante! Repasando mi epistolario, hallé copia de la carta que le había dirigido a un amigo, a propósito del viaje realizado entre Cartagena y Montería, cuando ansioso de reco­rrer los caminos de la patria me dio por estrenar el año nuevo en una ciudad que anhelaba conocer. No resisto la tentación de reproducir mi experiencia. Dice así:

Querido amigo: Mi viaje por Montería no fue menos pintoresco que tus aventuras y hazañas por Caracolicito, conforme vas a verlo. A última hora decidí el viaje a Montería, ya que no fue posible confirmar el regreso de San Andrés. Compré con suficiente anticipación el tiquete por la Empresa Brasilia y también me presenté con bastante adelanto a la oficina, queriendo ocupar un presto cómodo que hiciera menos pesado el viaje de ocho horas que iba a emprender.

Pero aquello parecía una verdadera guerra campal y a duras penas pude abrirme paso por entre la efervescente cantidad de pasajeros, con mi maleta a cuestas y con tan mala suerte que dos buses que iban a salir simultáneamente hacia Montería estaban copa­dos.

Quise entonces hacer valer mis derechos y con increíble arro­jo me encaramé en al bus y exhibí públicamente el tiquete; pero los presentes me dieron el pésame con una benévola son­risa que me indignó más aún. Con todo, el bueno del chofer me acomodó como pudo, aunque con la mala suerte para mí de haberme tocado encima de las rodillas de un caballero, que para colmo de males resultó barrigón.

Me dispuse a bajarme del bus, pero mientras el señor barrigón me tiraba de la camisa para no permitírmelo, el chofer cruzaba sus largas extremidades por la puerta de salida, por lo cual la hazaña era imposible. Menos mal que tu­ve alientos para lanzar el último berrido, lo que sirvió para que el señor conductor se condoliera de mi suerte y desalojara a una señorita que, muy oronda y sin tiquete, se había adueñado de mi puesto.

Como mi genio no estaba para consideraciones ni cortesías, acepté el asiento y le cedí el mío a la pasajera, aunque ella no quiso sentarse sobre las rodillas del optimista caballero barrigón y prefirió buscar acomodo en mi maleta. Ya con una o dos horas de camino, al fin ensayé mirar a la dama y, al chocar nuestras miradas, le mostré una sonrisa forza­da como de naranja agria, pero tuve que frenarla en seco al ver que ella me correspondía sacándome la lengua. Renuncié a cederle mi asiento, como ya lo habla pensado «caballe­rosamente» después de la primera reacción.

Al fin llegamos a Sincelejo y entonces oímos un «sálvese quien pueda», que no era otra cosa sino la fulminante invitación a trasbordar a otro bus. Nuestro chofer, muy tranquilo, se había conformado con decirnos: «hasta aquí no más vengo». Intentar ocupar el otro bus era una verdadera hazaña, pues aparte de venir lleno desde Cartagena, se había dado a la tarea de recoger a cuanto caminante se le atravesaba.

Pero había que proseguir el camino. Y así, dentro del revoltijo más espantoso, chorreando 30 grados de temperatura y percibiendo mil olores diferentes, prose­guimos la marcha. Mi pobre contextura, aporreada y maltrecha, a duras penas se defendía de los titanes que llevaba al lado.

Cuando quise respirar mejor, haciendo un esfuerzo sobrehumano lo­gré al fin, después de dos horas más de camino, sacar la cabeza por entre aquel abigarrado tumulto. Pero, todo confundido y avergonzado, volví a esconderme como el avestruz, cuando por segunda vez me encontré con la mirada de mi involunta­ria rival, que esta vez marchaba muy bien acomodada en el puesto delantero.

La señorita, sin embargo, fue galante y en vez de sa­carme de nuevo la lengua, como me lo merecía, me lanzó una mirada piadosa. Su venganza, así, resultaba irónica. El desquite, mezclado de amabilidad, duele más. No lo resistí y me bajé del bus.

Contraté con un hacendado de la reglón un auto­móvil expreso y me di el lujo de pasar también por hacendado, pues la cuenta me salió por doscientos pesos, mermando considerablemen­te mi presupuesto de viaje. Pero al fin llegué a mi destino, no sin antes darle gracias a Dios por haber terminado ese calva­rio.

El regreso lo hice por avión y allá, desde muy alto, contem­plaba, entre satisfecho y engreído, la polvorienta carretera por la que se arrastraban puntos diminutos, con su cargazón de «raci­mos humanos». Pensé inconscientemente en mi compañera de viaje y, para asimilar la lección y corresponder a su mirada piadosa, preferí no imaginármela de regreso en semejante suplicio.

El viaje, mi querido amigo, a pesar de los percances que te describo, resultó divertido. Conocí muchos sitios: Sincelejo, Lorica, Carmen de Bolívar, Sampués, Chinú, Montería… Es una región maravillosa y ojalá tengas oportunidad de conocerla. Pero para que la asimiles bien y sientas  el sabor de la tierra, debes viajar en bus.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 1-VIII-1971.

Categories: Humor Tags:

Corazón renovado

martes, 29 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Vamos a suponer, amable lector, que el día menos pensado, cuando usted camina tranquilamente por la calle o reposa en la paz de su hogar, siente un dolor agudo en el pecho que lo obliga a acudir de urgencia a una clínica. Como no tiene antecedentes cardíacos y no existen en sus sistemas de vida circunstancias propicias para el infarto, piensa en una fugaz indisposición que pronto desaparecerá.

Cuando más tarde el médico le informa que su corazón está enfermo, la  noticia lo deja mudo. Mejor dicho: descorazonado. ¿Enfermo del corazón, cuando lleva una vida sana y reposada –sin ser sedentaria– e incluso placentera, entre gratas lecturas y los propios escritos vivificantes? ¿Enfermo del corazón en un ambiente sin hipertensiones ni agobios asesinos? ¿Y con un alma alegre y una saludable paz otoñal?

Por otra parte, si usted no fuma, bebe con moderación y no es millonario ni ejecutivo desaforado, y tampoco gobernante deshonesto, y se mantiene en la línea –de peso físico y de pesos normales–, y controla el colesterol y los triglicéridos, la conciencia y tantas cosas más… tiene derecho a quejarse a la ciencia. Se lo dice al médico, y este le contesta que su caso es atípico. El profesional le menciona la carga genética y le pide resignación. ¡Vaya consuelo!

Sea como fuere, usted tiene una arteria obstruida que ya casi no deja pasar la gasolina –en este caso, la sangre– al motor.

Allí se acumularon residuos de grasa, quién sabe a través de cuánto tiempo, y esto no lo vio el laboratorio en los controles periódicos. Ahora, ya un poco tarde, el electrocardiograma señala serias anormalidades en el ritmo cardíaco. Y usted escucha por primera vez palabras extrañas, como cateterismo –método por medio del cual se llega a las cavidades cardíacas y se visualizan las arterias del corazón– y angioplastia –procedimiento no quirúrgico para destapar, dicho en términos profanos, la tubería averiada.

Los científicos de la Clínica Shaio determinaron que es más aconsejable la cirugía. Una eminencia en estas lides, el doctor Víctor Caicedo Ayerbe, habla de la revascularización miocárdica, y usted queda en Babia. Luego le explica que se trata de construir unos puentes, o bypases, para salvar los tramos tapados en las arterias a fin de que el corazón reciba con generosidad –ojalá por el resto de la vida– todo el torrente sanguíneo.

Si usted no se encuentra preparado para esta contingencia, es posible que reciba la noticia como una condena de muerte. Su vida se alterará en un instante. No es lo mismo operarlo de una hernia umbilical o de un quiste en el testículo, que del corazón. Este órgano noble y sensible –me refiero al corazón– todo lo regula y todo lo engrandece.

Por eso, cuando a uno le hablan de la operación coronaria siente angustia. ¿Qué tal con un corazón disminuido? ¿Acaso se puede vivir sin un corazón joven y romántico? Pero si ha sido operado por mano experta y en excelente clínica, canta victoria.

Es como si le quitaran un peso de encima, es decir, del corazón. Con un corazón lozano y optimista surge la esperanza. Y crece la capacidad de amar.

Ha asistido usted a una delicada cirugía que mañana puede ser la suya y, que siendo riesgosa, ya no produce el pánico de otras épocas y permite, con los recursos de la ciencia moderna, reírnos de los asaltos coronarios. Esto de tener el corazón renovado es un lujo que no todo el mundo puede darse.

El Espectador, Bogotá, 3 de junio de 1997.

Categories: Humor Tags:

El desquite del cerdo

viernes, 19 de noviembre de 2010 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Quién lo creyera: el cerdo, tan rastrero y maloliente, tan apaleado y humillado, cuyo sacrificio se vuelve plato suculento de todos los paladares, tiene en jaque a la humanidad entera. Le llegó el turno para vengarse de su eterno torturador, el hombre, por tantas crueldades recibidas. Pasándole la cuenta de cobro que ha crecido a lo largo de los siglos, le transmite a su verdugo la gripa porcina, endemia nacida en Méjico y que amenaza volverse pandemia universal.

Hoy la voz del cerdo se escucha en todos los confines del planeta. No se trata ya del simple gruñido con que se duele por los maltratos llovidos sobre sus  carnes generosas, o del llanto visceral con que exhala el último aliento en el matadero, sino de una voz retumbante que le advierte al mundo que ha llegado el momento de la reflexión.

El hombre, en cualquier latitud donde se halle, y sin importar raza, religión o estado social, tiembla de horror ante la idea de contagiarse con el virus porcino, que puede llevarlo a la muerte. ¿Por qué el hombre no ha aprendido que si causa la muerte, también puede recibirla?

Grandes angustias se viven hoy en todos los continentes por culpa de este animal vociferante, gruñón por naturaleza, que protesta en todos los idiomas porque lo han tratado mal. Y busca meterse en cuanto recoveco encuentre. No solo ataca la salud humana, sino que desbarata cifras y hace temblar imperios.

Hay países que restringen sus fronteras para evitar la propagación del aire contaminado que puede llegar de otro sitio. De esta manera, el turismo y los negocios sufren pérdidas enormes. De igual modo, la industria hotelera recibe fuerte menoscabo. Algunas bolsas se ven afectadas por la embestida porcina, y nunca habían pensado que esto pudiera ocurrir.

En Méjico, la demanda de carne de cerdo, actividad de la cual depende mucha gente, ha caído en los tres primeros días de esta semana en el 30%, y en la capital del país, en el 80%. En Bogotá, la gente ha dejado de comprar esta carne. Mientras esto produce una fruición pasajera en los pobres brutos que al fin logran respirar y sonreír, los vivos del negocio tienen que hacer malabares para subsistir. Así de irónica es la realidad porcina. Ya se sabe que media humanidad vive de la otra media.

Egipto extremó las medidas de prevención y ordenó la matanza de todas las piaras (calculadas en 300.000 unidades). Hasta ese grado llega el nerviosismo que invade al mundo a merced de una gripa que puede ser letal. Es la locura. En sentido contrario, la voz moderada del presidente Obama invita a controlar el pánico. Él sabe, como líder de la mayor potencia mundial, que las operaciones bursátiles y la economía de los países pueden sufrir grandes pérdidas por efecto de los nervios desenfrenados. Ya se ve que el cerdo también sabe producir pánico y amenazar las finanzas. Es gran economista. Y gran filósofo. Está en su hora, y hará todo lo posible por castigar la estupidez del hombre.

El hombre lo ha sometido a brutales escarnios. No solo lo apalea antes de cortarle la cabeza –que luego exhibe coronada de burlas, con el inri de las tentadoras “lechonas” fabricadas con sus tripas–, sino que le ha endilgado infamantes epítetos para mantenerlo por el físico suelo: puerco, cochino, marrano… De allí salen sinónimos de igual vileza, que lo asocian con estados repulsivos: sucio, mugriento, repugnante, maloliente, inmundo… Este hombre que asigna apelativos y sinónimos, y le gusta ser humanista y académico, olvida a veces ser humano.

Por allá en el siglo XVIII, existió en Inglaterra un cerdo letrado. Como era tanta su maestría para deletrear nombres usando letras de cartón, se volvió  personaje en Londres. Luego se hizo actor de circo. El público le tributaba frenéticos aplausos, y él correspondía a los vítores inclinando la testa humilde (la misma testa que le cortarían en los tiempos futuros, para coronarlo como rey de burlas). No se considere que esto es simple fábula: el cerdo posee alto nivel de inteligencia, goza de excelente memoria, distingue a las personas que lo rodean y es sociable con los miembros de su comunidad.

Por otra parte, no todos los hombres lo maltratan y sacrifican. Véase, por ejemplo, este hecho laudatorio de los tiempos modernos: hace tres años fue creada la revista virtual Hermano Cerdo, dedicada a la literatura y las artes marciales, que cuenta con prestante nómina de colaboradores en más de diez países, entre ellos, Colombia. ¿Ven ustedes que el cerdo no ha perdido su condición de letrado?

Este obeso personaje (si no es obeso no es cerdo) tiene hoy en sus manos la paz del mundo. La humanidad tiembla ante el poder arrollador del virus mejicano que ya se puso a caminar y que, de extenderse –y se espera que no suceda–, contagiaría la atmósfera y provocaría el caos. Se piensa, claro está, en la peste bubónica del siglo XIV.

Hermano Cerdo: ¡apiádate del hombre! Hermano Cerdo: ¡hagamos las paces!

El Espectador, Bogotá, 1° de mayo de 2009.
Eje 21, Manizales, 2 de mayo de 2009.

* * *

Comentarios:

Lamentablemente ahora se les quiere ver a los cerdos como culpables, y hasta en su condición más humilde muchas veces se comportan de mejor manera que muchos seres humanos. Mi pensamiento (correo a El Espectador).

Cuando pequeño escuchaba hablar de política. Le pregunté a mi abuelo, un gran político y agitador de masas ya desmotivado, qué y cómo era la política, y él me llevó a la cochera, me mostró un poco de marranos y me dijo: “mire esa cochera, un charco grande, pantanoso, lleno de popó y mugre… igualito a la política, así son de sucios y cochinos los políticos”. Donjav (correo a El Espectador).

Muy buena reflexión en cuanto a las cosas que sacuden a la humanidad, porque al igual que con este espécimen porcino, el hombre ha maltratado mucho la naturaleza y de alguna manera ella nos pasa la cuenta de cobro dando lugar a la aparición de este tipo de enfermedades. Pedro Galvis Castillo, Bogotá.

La hipoteca

lunes, 8 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nos cuenta Euclides Jaramillo Arango, en deliciosa crónica publicada en La Patria, que “en un principio, en nuestra incipiente sociedad caldense, y como herencia paisa, la ‘palabra del arriero’, la grande, la mentada de madre, era escasa”. Y agrega: “A pesar de que la palabra era herencia de los españoles y venía en sus obras clásicas, en nuestra sociedad estaba proscrita. Decírsela a otro era peligroso porque casi siempre se mataba por ello.

Para citarla se decía siempre “la del arriero”. Fulano le gritó a zutano la del arriero, y éste le contestó con dos puñaladas…”

Se llamaba “la del arriero”, porque era éste el personaje que la llevaba a flor de labio por los caminos de sus sudores. La expresión, por estas trochas enredadas y peligrosas, sonaba como un himno de batalla. El arriero, para hacerse entender de su recua de mulas, e inclusive para hacerse querer, la soltaba a cada trecho y la hacía silbar, como un latigazo, si la caravana se detenía. Diríase que los nobles animales tenían afinado el oído para la fórmula mágica importada por los españoles, y como además de nobles eran brutas aquellas mulas andariegas, obedecían sin protesta y con entusiasmo. Es posible que desde entonces la mentada de madre comenzara a perder el rigor de las dos puñaladas de que habla Euclides.

Como los tiempos cambian y los hábitos se civilizan, ya no hay lances a muerte cuando se pronuncia la terrible invocación de antaño. Hoy el término, por lo menos en los territorios paisas, al ser tan común, se volvió familiar y cariñoso. Y no es que seamos unas mulas, sino que tenemos otra dimensión de la vida. En Boyacá, o en Santander, o en Cundinamarca, es posible que todavía se maten con el pretexto de la madre ofendida. Aquí, “la del arriero” se pronuncia con gracia, con música y con afecto. Todos tranquilos, y la madre glorificada. Ella sigue siendo el ser más grandioso de la creación, y naturalmente no se inmuta cuando oye mentiras.

“La del arriero”, como se ve, ganó categoría al pasar de los caminos de herradura a los clubes sociales. Es término cabalístico que hay que saber emplear. No en todos los labios suena lo mismo y por eso hay quienes lo vulgarizan. Si se desvía, hace estragos. Lo de las puñaladas no pertenece únicamente al folclor de Euclides, sino que puede volverse realidad si la intención es mala o la pronunciación es defectuosa.

Para rematar la columna quiero traer a cuento la historia de la hipoteca. Es un episodio memorable de Armenia, que voy a dedicar a mis colegas los banqueros, dejando esta vez en paz a mis colegas los escritores.

La hipoteca, claro está, hace parte de la personalidad de un gerente de banco, y ahora la verán ustedes mejor representada. A Silvio Ramírez Vélez, gerente por aquellos días del Banco Central Hipotecario y hoy fallecido, le rendía la sociedad de Armenia caluroso homenaje por los magníficos servicios presados a la ciudad. Todo estaba listo en los salones del club, menos el discurso. Y como alguien tenía que pronunciarlo, se escogió a Alberto Gutiérrez Jaramillo, años más tarde alcalde de la ciudad y luego, por ironía y tal vez por descuido, gerente de banco, a quien todos llamamos “el poeta” por su chispa aguda y repentina. Buen improvisador, pidió un aguardiente y media hora de plazo para moldear su inspiración. Y ante la nutrida concurrencia que quería testimoniar un acto de reconocimiento, así se expresó:

En su banco don Silvio mantenía
despachando sus cédulas baratas,
cobrando cuotas y prestando platas,
y rajando de todo el que veía.

Buscando una hipoteca cierto día
preguntaba en el banco una mulata
cuál era la gestión más inmediata
que la entidad bancaria le exigía.

“Pues para hacerle el préstamo pedido,
don Silvio debe hacerle la minuta”.
Y ante esta frase de infantil sentido,

dijo la joven que este cuento enruta:
“No me hace la minuta mi marido,
¿y me la quiere hacer este hijueputa?”.

¿Ven ustedes que “la del arriero” ya no es trato sólo para mulas? ¿Y entienden por qué se la dedico a mis colegas los banqueros y no a mis colegas los escritores?

El Espectador, Bogotá, 7 de abril de 1983.
La Píldora, Cali, febrero-marzo de 2009.
Mirador del Suroeste, No. 53, Medellín, diciembre/2014.

* * *

Comentarios:

Hace muchos años leí en El Espectador un artículo suyo titulado Humor a la quindianaLa hipoteca; le tomé una fotocopia, la cual hoy encuentro ilegible. ¿Podría usted decirme la fecha de publicación de este artículo para buscarlo en una hemeroteca? Eduardo Vargas Carvalho, Bogotá, 11-v-2008.

Es un buen recuerdo de Alberto, a quien no solo le debo haberme enaltecido con el cargo de Secretario de Gobierno de su administración, sino también la maravillosa oportunidad de haber escuchado tantas y tan sabias enseñanzas de sus labios, amenas narraciones de lo que había leído, las utopías que soñaba realizar, sus chistes y sonetos. También, por último, su visionario consejo: “Acepte la postulación para la Alcaldía, porque será Alcalde y en Bogotá no ven en la provincia sino a los que se suben a la montañita”. Paz en su tumba. César Hoyos Salazar, Bogotá, 9-II-2009.

Siempre he pensado que es usted quien hace unos veintipico de años nos contaba del suceso ocurrido a la dama cuando en el despacho del notario, éste le precisaba a la señora que era necesario hacer la minuta. A lo cual respondió la señora ofendida: “no me hace la minuta mi marido y me la quiere hacer este negro jijueputa”. Ese era el tema de un poema humorístico que, repito, creo que fue usted quien publicó. Recuerdo ahora que el autor es conocido suyo y es quindiano, risaraldense o vecino de los alrededores. Agradecería que me sacara de la duda. Fernando Vélez Montoya, 7-II-2009.

Respuesta: Don Fernando: En efecto, en el año 1983, cuando vivía en Armenia, publiqué el artículo a que usted se refiere. Se lo envío con el mayor gusto. Por sus apellidos, se me hace que usted es oriundo de alguno de los departamentos paisas. GPE.

Tiene usted razón, soy de Medellín. Y todos mis abuelos, mis padres y muchos de mis tíos y primos son de Titiribí. Mi tío, Pedro Montoya, sastre de profesión toda su vida, decía después de 7 u 8 aguardientes, a propósito del pueblo: “En Titiribí la inteligencia crece como maleza”. Ya se sabe que el guaro nunca ha sido humilde ni discreto. Continuaré leyéndolo. Fernando Vélez Montoya, 11-II-2009.