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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Una digna referencia

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Euclides Jaramillo Arango no nació en Armenia pero aquí vive hace muchos años. Quiere a esta ciudad como su segunda patria chica, y si ella le ha dado honores, él le ha dispensado prestancia. Comprometido en acciones de noble empeño regional, todavía se recuerda su paso por Fenalco, el Comité de Cafeteros, la Universidad del Quindío –uno de sus fundadores y en la cual dicta cátedra–, Seguros Tequendama y tanta empresa menuda donde ha puesto su  entusiasmo y su vocación de servicio.

Estudio Derecho pero prefirió la literatura. De la ciencia jurídica aprendió a ser hombre de bien, y no perseveró en ella porque no tenía alma de pleiteador. Dice que apenas comenzando el recorrido descubrió que no sabía decir “no”.  Y agrega que si hubiera sido mujer, su reputación andaría por el suelo.

Su primer cargo como profesional del Derecho, en aquellos tiempos en que realmente el título valía, fue el de juez de Santuario de Caldas, pueblo  solariego y reclinado en el filo de una montaña. «Allí –dice él–, enfrentado con dificultades idiomáticas, nació en mí el amor por lo nativo, lo nacional, lo sencillo».

Se me ocurre que allí se descubrió como folclorólogo, una aptitud que llevaba en el alma y que habría de fomentar en el trato con la gente sencilla y en su recorrido por los textos. Hoy es una autoridad del país en esa materia.

No todos conocen esa faceta suya, acaso por haberse acostumbrado a su presencia descomplicada por las calles de Armenia. Se contagió de campo en estas fértiles praderas del Quindío, donde asimiló el alma noble del campesino. Con ese germen en su propio espíritu, ha hecho brotar páginas de entrañable entonación, sencillas y eruditas -como es él–, y le ha dado honor a la región.

Cuando en el país se habla de Euclides Jaramillo Arango, de inmediato se le asocia con Armenia, como la re­ferencia natural de alguien que, desde la provincia, es fabricante de cultura colombiana. Quiere él los sím­bolos patrios que otros ni siquiera advierten, y que lo mismo se encuentran en la vereda que va borrando el tiempo, o en el camino que ya no escucha las coplas de antaño, que en la ciudad veloz, esta Armenia de impre­sionante evolución, vivida por él como su cuna sentimental y su patria entrañable.

Ha podido ser novelista de alta proyección. Se con­formó con una sola novela, Un campesino sin regre­so. Novela de honda penetración en la violencia colombiana y que algún día volverá a conquistar su justo lugar en las letras.

Ahora, cuando el Gobierno departamental anuncia que este año entregará a Euclides Jaramillo Arango la Medalla del Mérito Artístico y Literario, hay que comentar que no puede ser más acertada esa decisión. La tie­rra que Euclides ha enaltecido a través de su obra y su vida ejemplares, lo premia a él como el hijo beneméri­to que siempre ha sido.

La Patria, Manizales, 10-X-1980.

 

La literatura quindiana

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La Dirección de Cultura del Quindío realizó en mayo de este año el primer encuentro de escritores quindianos. No hay duda de que tuvo éxito, quitándo­le algunos lunares de organización.

Muchos trabajadores de las letras quindianas, resi­dentes o no en la ciudad, y exhibicionistas o no de la cultura, ya que de todo hay en estos predios, contestaron a lista y durante tres días estrecharon los lazos de la camaradería, presentaron algunas inquietudes y se comprometieron en planes que irían en beneficio del gremio. Se designó una junta y se dejó en sus manos la orientación de los programas que se habían trazado.

Por omisiones explicables, aunque no comprensi­bles, quedaron por puertas varios escritores a quienes no se les extendió tarjeta de invitación. Entre ellos, Bernardo Ramírez Granada, Haydé Londoño de Jaramillo y Alirio Gallego Valencia. Sien­do personas importantes y trajinadas en la cultura regional, resulta extraña esa omisión, y franca­mente lamentable.

Uno de los organizadores me explicó que por no haber publicado nin­gún libro no eran considerados escritores. Yo sigo creyendo, con mucho respeto para quienes no comparten mi punto de vista, que son más escri­tores que muchos de los asistentes al acto.

Un libro es circunstancial. La calidad del escritor va por otro lado. Recuérdese que Luis Tejada, posi­blemente el mejor cronista del país, sólo escribió notas periodísticas, pasadas más tarde a un libro. Tejada, desde antes de esa publicación, ya era gran escritor por medio de sus notas de prensa.

De todas maneras, el encuentro quindiano tuvo una feliz realización. Por compromisos ya adquiridos no pude asistir a él, pero me informé de sus pormenores.

Alguien en forma osada e ingenua se presentó al re­cinto a enjuiciar la literatura quindiana y dijo que ésta no existía. Exhibió títulos del exterior y actuó con aire doctoral y pedante. Nadie lo cono­cía. Él, según luego se vio, tampoco conocía la calidad literaria del Quindío.

No había oído hablar de Eduardo Arias Suárez, ni de Baudilio Montoya, ni de Antonio Cardona Jaramillo, ni de Jaime Buitrago Cardona, ni de tantas otras figu­ras ya fallecidas que le dieron y le dan realce a la lite­ratura colombiana.

Cuando supo que Carmelina Soto es una de las glorias del país en el campo de la poesía, y que Euclides Jaramillo Arango es una autoridad en el folclor y reconocido cuentista y novelista, y que Humberto Jaramillo Ángel lleva cincuenta años ca­balgando con buen pulso por los caminos literarios de España, enmudeció. Es posible que con mejor aseso­ría conozca hoy la pléyade de escritores vivos y muertos que son patrimonio de la región.

La literatura quindiana es un hecho cierto. Falta, sin embargo, presencia en el país del escritor quindiano. Hay cierto sentido lugareño, de círculo estrecho, que frena el vuelo. En otras partes se nota mayor impulso, a veces con menos calidad. Aquí ni siquiera se ha logra­do conformar una asociación de escritores. Ese fue uno de los propósitos del pasado encuentro.

Se ignoran los resultados que haya obtenido en su gestión la junta nombrada. Ojalá no resulte cierta la in­formación de que no se ha reunido por primera vez. Así, el encuentro no pasaría de ser una reu­nión social. Hacer cultura es labor ardua y desa­gradecida. No todos, por cierto, poseen esa capacidad. Se necesitan vocación de lucha, desprendimiento y nobleza.

Ya se sabe que en la literatura abundan los celos, las envidias y las falsas posturas. Esto limita mucho la labor en equipo. Creo yo más en el esfuerzo aislado, silencioso y perseverante. Consigue más el trabajador marginado, pero laborioso, que el arrogante personaje que en lugar de construir vive en plan de crítica y disociación. Todo sea dicho con el respeto y el aprecio que me merecen los colegas escritores de mi tierra adoptiva.

La Patria, Manizales, 11-X-1980.

La máquina del escritor

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No era una máquina cualquiera. Había estado en mil batallas. Conoció los yermos caminos y las serenas planicies. Trotó, como jamelgo curtido, por densas geografías y no se fatigó trepando montañas, ni se despeñó desafiando precipicios. Se encabritaba a veces, como queriendo sublevarse, cuando sentía la rienda dura, pero luego bajaba la testa, sumisa y reflexiva. Su amo, cual otro quijote andariego, le templaba el nervio para que mejor respondiera.

La amaestró en los pasos castellanos. La puso a correr aventuras por anchos senderos y le enseñó a ser arisca para el peligro, y también briosa en campo abierto. Y de tanto andar y meter el hocico en todas partes, terminó cargando en la grupa, como jinete de rutina, a Azorín. Se tropezó con otros personajes que había visto lejanos y que terminaron siendo familiares: Unamuno, Baroja, Juan Ramón, Cervantes…

Era, más que una máquina, un heraldo. Supo de amores y de odios. De vientos frescos y melancólicos atardeceres. Cuando le daba por declarar la guerra, su dentadura letrada vomitaba fuego como lanzando bombas demoledoras. Y cuando amaba, toda su armazón se esponjaba y emitía ondulados sonidos que en­cendían las medias luces de los cuadros románticos. La piel se le erizaba con el sentimiento. Parecía entonces que no hubiera sufrido los enconos del combate.

Hecha para la tempestad y el reposo, su contextura se dilataba o se comprimía de acuerdo con la hora. A alguien se le ocurrió verle ojos azules, los ojos de la emoción, pero quizá la estaba metiendo demasiado en el pe­llejo de su dueño. Aunque es posible que los tuviera. Tal era el tempera­mento de esta noble herramienta de trabajo que desapareció, en la noche oscura, sin dejar rastro, y no por infidelidad, sino por ajena bribonada.

No era una máquina cualquiera. Era el brazo derecho de Humberto Jaramillo Ángel, el escritor y el poeta. Para qué decir que era también su diosa protectora. La consentía como a la niña de sus ojos. El escritor se amaña más con la máquina vieja. La pobre, huérfana y desarropada, se acordaría en su desamparo de las horas intensas y las cálidas tertulias. Debió sentir nostalgia de las cabalga­tas por la vieja España. No vería más a Platero ni se tropezaría con Sancho. Y antes que claudicar, se derritió el pecho con el plomo que ya no produci­ría más cultura.

La máquina del escritor ha muerto. Murió en manos sacrílegas. La máquina del escritor –de Humberto o de cualquier artista– va pegada a su propio estilo. Se anida en su alma, y con esto se dice todo. Cuado se cambia de máquina es como si se cambiara de piel. No importa que sea vieja y achacosa, si es la compañera más próxima, más fiel de las duras vigilias. Es quizá la única confidente que nunca traiciona. Soporta malos tratos y los sufre en silencio. El malandrín ignora que robarle la máquina al escritor es como perforarle el alma.

Cuando Humberto pulse otras teclas, algo se le rebelará en su interior. Me contó la noticia con pena. Seguirá escribiendo, sin duda. Y sabrá que algo ha muerto en él.

El Espectador, Bogotá, 19-V-1980.

 

A Horacio Gómez Aristizábal

sábado, 8 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los libros son para leer. Sobraría la manifestación, pero hay que hacerla. Muchos, o la mayoría de los libros, tienen como triste suerte la de llenar anaqueles y simular solemnidad, sin que su propietario se tome siquiera el trabajo de ojearlos. Hojearlos, repasarlos, ya sería pedir mucho para quienes viven ajenos a la cultura.

Semejante preámbulo es para decirte que tus Defensas penales no han dormido el sueño de los espacios inertes de las bibliotecas. He penetrado en tu libro con interés y cierta intriga, esta última muy explicable en mí que no soy especialista en Derecho y que por eso mismo el terreno se me presentaba misterioso a primera vista.

A poco andar me encontré con una obra humana, de fácil y erudita penetración. Cuando creía hallarme ante el fatigoso tomo doctoral, muy propio de los abogados, recorría las experiencias del humanista que sabe el difícil arte de transmitir conocimientos en forma sencilla y elemental.

Te ganas el interés del lector con amenidad, con frases directas y vigorosas, y no descuidas la intención profunda ni la sabia enseñanza. Matizas la materia con la ocurrencia anecdótica, con la cita precisa y la estocada certe­ra de quien ha recorrido a la par que las disciplinas del Derecho, los caminos de la vida.

Veo que defiendes con ardentía la dignidad del hombre. Ahí está tu humanismo en bruto, pero el otro, el humanismo diserto, se encuentra en la evolu­ción de tu pensamiento, que se afian­za en cada frase y en cada idea para proyectar calor y reclamar solidaridad para con la tragedia del hombre.

Tus otros libros apenas los conozco por referencias. Por el que has hecho el privilegio de obsequiarme deduzco tu formación no sólo de escritor sino de pensador inquieto y de vastos escrutinios. Pretendes, me parece, lanzar las experiencias de tu ejercicio profesional a consideración de los estu­diosos del Derecho para que sirvan de guía y de meditación, y tal vez sin darte cuenta logras un tratado accesible a otras personas. Te dejas, en definiti­va, leer hasta de los profanos, y esto es enaltecedor. Eres abogado muy respetable, pero no conseguirías comu­nicarte con el mundo si no fueras al propio tiempo escritor y humanista.

Estas líneas sirven para avisar reci­bo de tu envío. Quedas, pues, enterado de que tu libro no ha corrido el pobre destino de las bibliotecas inhóspitas.

La Patria, Manizales, 3-IX-1979.  

* * *

Misiva:

Tu comentario –magnífico y generosísimo– me hizo recordar al «nuevo rico» que recibió una tarjeta en la que decía –parte final– «corbata negra” y, perplejo, no sabía si mandar un sufragio o una corona. Y si de lo social se pasa a lo cultural, se observa que los nuevos ricos y muchísimos más confunden una biblioteca con una librería. Ad­quieren textos por metros, con lomos dorados y exóticos para decorar flamantes residencias. No. Una biblioteca es una colonización paciente, ennoblecida por el amor a la cultura. Un libro es un amigo, un hermano, el mejor compañero. Cómo es de grato, cuando todos nos abandonan, entregar­nos a las esclarecedoras confidencias de un autor preferido. Horacio Gómez Aristizábal, Bogotá.

 

 

 

 

 

 

 

El Tipacoque de Eduardo Caballero Calderón

viernes, 7 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De vacaciones en Soatá, mi tierra natal, me asal­tó de pronto la idea de entrevistarme en la vecindad, en el legendario Tipacoque, con don Eduardo Caba­llero Calderón. Después de trece años regresaba yo a la patria chica, con mi mujer y mis hijos, a rendir un tácito homenaje al pueblo que todos sentíamos prendido al afecto, los unos por haberlo vivido y dis­frutado, y los hijos por comprensible solidaridad.

Pensé que el personaje de Tipacoque, por más caba­llero de caminos y romántico cantor de aquellas bre­ñas ariscas, tan suyas y tan irrenunciables –como mías–, debía hallarse en la capital del país, muy lejos de los senderos polvorientos que serpenteando por el páramo de Guantiva, donde ni siquiera logran saciar la sed, toman breve descanso en Soatá para luego escabullirse montaña abajo, por entre precipicios y peligrosos recodos, hasta Tipacoque, pasando luego por Capitanejo y otros pueblitos resistentes al progreso, hasta morir finalmente en Cúcuta, un horizon­te remoto.

Por ahí en un restaurante del pueblo me tropecé de repente con Cipriano Chaparro, un viejo amigo sogamoseño a quien no veía desde veinte años atrás y que ahora aparecía en mi tierra en animada tertulia con Marcos Acevedo y Alfonso Márquez Rivadeneira, mi condiscípulo de las primeras letras en el Colegio de la Presentación durante una niñez ya des­dibujada por el tiempo, pero no olvidada.

Supe en­tonces, frente a un apetitoso plato de cabro, comida típica de la región, que Cipriano, ahora en uso de buen retiro del poder judicial, se había quedado en Tipacoque. «De esta tierra no me voy», no se cansa­ba de repetir entre arremetida y arremetida del jugo­so festín.

«Yo, el alcalde»

Apenas iniciado el reencuentro, ya Cipriano me tenía concertada una entrevista con Caballero Calde­rón, ahora también en temporada de descanso en su refugio sentimental de Tipacoque, y me aclaró que no se tomaba ninguna libertad, ya que «don Eduardo» –como lo nombraba con énfasis–, esquivo en la capital a los «lagartos» y los aduladores, recibía a to­do el mundo en su aldea.Muy rápido deduje un buen clima de amistad entre ellos.

Convinimos una prudente fórmula de protocolo, indispensable para quien iba a conocer en persona al cronista de Tipaco­que y no quería llegar invadiendo territorios ajenos, por más que de otra manera le fueran éstos fa­miliares por la lectura de los libros del eximio escri­tor, más que por la propia cercanía lugareña.

Tipacoque está a trece kilómetros de Soatá y a trescientos cuarenta de Bogotá. Años atrás fue co­rregimiento de mi pueblo, hasta que la porfía de Ca­ballero Calderón consiguió volverlo independiente, habiéndole correspondido la misión de apadrinarlo como su primer alcalde, por espacio de dos años. La duración de su alcaldía demuestra que no se trató de un acto protocolarlo, sino de un verdade­ro servicio a la comunidad. Fue él quien intrigó los primeros auxilios oficiales, abrió calles y hasta encar­celó al primer borracho disidente.

Soatenses y tipacoques

Soatá y Tipacoque, por lo tanto, tienen nexos de vecindad y de ancestro. Sobre esto último habría que hacer alguna salvedad, si bien el paso del tiempo se ha encargado de desvanecer viejos antagonismos. La rivalidad política de soatenses y tipacoques, en épocas de ingrata recordación, culminó en la separa­ción territorial. El motivo era poderoso. Se vivían las pasiones del país político que mantenían divorcia­dos a los colombianos entre liberales y conservado­res. Soatá, netamente conservador, no podía enten­derse con Tipacoque, netamente liberal, y lo mismo ocurría, desde luego, en sentido contrario.

En Soatá el canónigo Cayo Leonidas Peñuela, historiador, pro­sista y polemista vigoroso, disparaba sus arcabuces contra los Caballero, y éstos, como buenos libera­les, mantenían enhiestas sus banderas. El país res­piraba por la herida de los odios políticos y los colom­bianos se mataban bajo la sinrazón del agudo sectarismo de la historia. Pasados los años, hoy la paz es absoluta. Desaparecieron, por fortuna, las épocas borrascosas de los vivas y los abajos y los ti­ros tronando en las calles de los pueblos.

Camino de Tipacoque, al que desde Soatá se lle­ga en veinte minutos, muchas ideas cruzaban por mi mente. Llevaba presentes las críticas de Caba­llero Calderón contra todos los ministros de Obras Públicas que vienen trabajando a paso de inválidos con esta carretera descuidada por todos los gobier­nos, y que acaso por ser el camino real de Colombia parece que estuviera condenada al eterno camino de herradura que aún lo es en muchos trechos, sobre to­do de Tipacoque a Cúcuta. El pavimento viene en Cerinza y sabrá Dios –que no los gobiernos– cuándo prosigue su ruta interminable.

El presidente Reyes, boyacense y uno de los grandes impulsadores de las obras públicas na­cionales, abrió la carretera de penetración hasta San­ta Rosa de Viterbo. Ahí se quedó estática por largos años. El camino seguía apto para mulas y cerrado a la civilización. A paso de mula fue avanzando una carretera difícil, sostenida entre peñascos y las ora­ciones de los viajeros, hasta que algún día logró lle­gar a Soatá y Tipacoque; y en la siguiente generación a Cúcuta.

El diputado y sus cojeras

Leo al vuelo en Tipacoque, una de las obras de Eduardo Caballero Calderón, el siguiente episo­dio que viene a propósito sobre el milagro del primer automóvil que apareció en aquellas laderas, perteneciente a un tío mío:

«Después, en el automóvil de don Miguelito, que es la única persona que en Soatá tiene un auto­móvil, vino el diputado Alvarado, médico también y con una pierna tiesa; y por último hizo su aparición en una mula barrigona el diputado Vera, que por una circunstancia maravillosa es médico también y tam­bién cojo. El tercer diputado era yo, aunque me fal­taba ser médico». Y más adelante: «Y cuando se fueron, el doctor Alvarado en el automóvil de don Miguelito y el doctor Vera en su mula, quedó flotan­do en el comedor un tenue olor a linimento». Es esta la constancia de las cojeras del diputado Caballero Calderón por aquellas tierras agresivas.

El automóvil, quién sabe cuántos años después, pisaba ahora un terreno más firme y menos polvo­riento. Pero no dejaba de saltar en los baches, ni de sudar en las pendientes. Los helechos salían ariscos al paso de la gasolina. Por fortuna el ambiente olía a naranja, a trapiche, a perfume de tierra caliente. El pedregal se sentía menos duro con la ilusión de cono­cer al insigne hombre de letras. En el fondo, casi im­perceptible, el río Chicamocha rumiaba sus pesares.

Alguna cabra solitaria me recordó la presencia de Siervo Joya, que no ha muerto, porque siervos sin tierra los habrá en todos los momentos de la humani­dad. En una vuelta del camino, ya presintiendo la aparición de Tipacoque, detuve la marcha para cap­tar el maravilloso espectáculo de la vega del Chicamocha, ante el que se queda corto el más recursivo pincel y desconcertado el más inspira­do poeta. El viento transportaba el aroma de las ho­jas de tabaco que manos endurecidas cosían en sartas que luego, al secarse, las llevarían a la Co­lombiana de Tabaco para convertirlas en duros sor­bos de vida.

Tipacoque y su personaje

Algo confirma la presencia de Caballero Calde­rón desde la primera piedra del pueblo. Es un perso­naje inmerso en la historia de esta comarca que parece más legendaria que real. Los tipacoques quieren a su amo como algo elemental y se acostumbraron a verlo y palparlo en cada esquina co­mo el espíritu que es de la aldea convertida por él en leyenda universal.

De labios del tipacoque sale con afecto y con respeto aquel «don Eduardo» que había escuchado yo en Soatá, y hasta me atrevo a creer que sus paisanos, distantes de los modernos «doctores» que han desacompasado la vida, tienen la doctísima noción de que el «don» era en España título nobilia­rio de difícil conquista.

Caminando por el corredor de entrada sentí que había llegado por fin al paraíso entrevisto. Unas sar­tas de tabaco colgadas en el tambo parecían más simbólicas que ciertas, y más románticas que materia­les. La casona, limpia desde el primer ladrillo y en­vuelta en acogedor manto de silencio, descorría a cada pisada su majestuosa solemnidad. Fue como si alguna mano invisible descubriera tanta historia detenida.

Allí estaba el fantástico lugar, se­de en un tiempo de los frailes dominicos y que en el año de 1580 pasó a ser propiedad de los antepasados de los Caballeros Calderón. Han corrido, por tanto, cuatro siglos desde que la familia sentó sus reales en la tierra mítica.

La hamaca coloquial

Por el corredor grande llegamos directo a la sala y allí nos reunimos con don Eduardo y con doña «Bel», otro personaje del pueblo. (Se trata de doña Isabel Holguín, nieta del expresidente Holguín). En el corredor pasa el escritor sus mejores momentos de recogimiento, entregado a sus lecturas y sus traba­jos. Allí permanece guindada la hamaca coloquial. Su esposa se encarga de trasladarle a máquina todos sus escritos.

Para interpretarlo en persona es preciso haber leído sus libros. De lo contrario puede tomarse como un ser corriente Conversador ameno y enterado de todo, habla de cuanto tema se ofrece, menos de lite­ratura. Yo entendí su postura, y se la respeté. Es un crítico observador del quehacer nacional y se mues­tra preocupado por las angustias sociales.

Sabe lo mismo de inflaciones y congelación de dineros bancarios, con cifras precisas, que de los abusos de los políticos y las inmoralidades oficiales. Le preocupa la transformación del país agrícola en país de ciudades. Es hombre sencillo. Con él se pue­de hablar de corrido y hasta se olvida uno que está conversando con un maestro de la literatura.

Cuando se asfixia entre el tufo urbano de los mo­tores y la falsa civilización, corre con la fiel compañe­ra hasta la casona donde puede respirar el aire puro de la montaña y encontrar los límites de su corazón («este rincón del Chicamocha donde los hombres son buenos, transparentes y silenciosos co­mo el agua»).

Allí, en sosegadas horas de paz interior, es cuando se encuentra consigo mismo y se confunde con la sencillez de la vida en el alma del campesino. Hablar sobre esto hubiera sido una in­tromisión. Preferí ver al escritor en su silla, reflexivo y afectuoso, para deducir luego, sin rebuscamientos, que aquello era lo auténtico, lo humano.

Tipacoque, símbolo espiritual

La casa es museo nacional, y así se conmemora en el decreto colgado en la pared del corredor. También se recuerda el paso de Bolívar cuando per­noctó en la hacienda. Los muebles, las vasijas, los pequeños utensilios, todo atestigua una época inme­morial. El viejo fogón todavía huele a cocina, porque lo inmemorial, para quienes saben ejercer la memo­ria, es lo presente, lo que nunca muere ni debe mo­rir.

Y le pedí permiso de tomar unas fotos. Me cui­dé, claro, de retratar a los distinguidos moradores, para no alterar una paz bucólica que por nada del mundo iba yo a alterar con mi lente fisgona. Fueron dos fotos rápidas. La una al corredor grande y la otra a la capilla de la hacienda.

Salí con dos estupendos testimonios gráficos y con la sensación de un sueño. Había encontrado, por fin, el secreto de los libros del fecundo escritor que supo descubrir y mantener su territorio romántico para hallar su propia ánima. Tipacoque, más que un pueblo, es una leyenda, un símbolo espiritual. En él se encarna la familia humana, con sus vicisitudes y sus esperanzas.

Afuera, en la noche, el aire sabía a trapiche y a perfume de azahar.

La Patria, Revista Dominical, Bogotá, 16-IX-1979.
Boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, Nos. 179-180, Bogotá, enero-junio de 1993.
Revista Manizales, 1995.

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Comentarios:

Magistral tu Tipacoque. José Agustín Amaya, párroco de Soatá (mencionado por Caballero Calderón en sus libros sobre Tipacoque).

Para quienes conocemos la región, al leerte nos trasladamos a esa tierra legendaria y contigo entramos a conocer la casona de don Eduardo Caballero Calderón y a presenciar tu diálogo con el maestro, para luego acompañarte en la soledad de la penumbra a observar el paisaje y a tomar ese aire tibio con olor a miel, a yerba y majada fresca. Rodolfo Barajas, Bogotá.