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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Miserias de la literatura

miércoles, 5 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Antonio Morales Riveira, joven escritor de El Espectador, ha logrado en corto tiempo afortuna­dos enfoques sobre hechos menudos. Hay que aplaudirlo por su incursión en los archi­vos cargados de polvo y recuerdos de la colombiana Milena Esguerra, que como jefe del departamento de grabaciones de la Universidad Autónoma de Méjico se convirtió en pun­to de referencia de las angustias económicas de gran­des escritores continentales.

Eran ellos escritores de algún renombre que estaban despegando hacia horizontes insospe­chados, hasta llegar a ser figuras notables de la literatura latinoamericana, y miembros algunos del sonado boom, institución detestable para mu­chos, pero al fin y al cabo cofradía de influjo hemisférico. Por más excluyente y antipático que sea este círculo cerrado que pretende apoderarse de la literatura, con desconocimiento de otros valores que no logran descollar entre las cortinas de humo creadas por las vacas sagradas, constituye una res­petable fuerza de presión regional y un hecho cierto de impulso a las letras latinoamericanas.

Pero no hablemos aquí de circunstancias distin­tas a las miserias del escritor, una faceta que no por conocida es tratada con el realismo que merece. La literatura y el dinero no son compatibles. Parece que la fortuna material hubiera declarado guerra a muer­te al escritor. Este se resigna a los hados de la parvedad, aunque consigue, como contrafuego, armar su mejor obra rodeado de estrecheces. Con el estómago vacío se han escrito los libros más valiosos de la lite­ratura. ¡Vaya consuelo! La palabra «escritor» ha si­do siempre sinónima de pobre, y por lo general, de pobre de remate.

El cerco de las deudas

Recuérdese a un García Márquez deambulando con su literatura a merced del hambre por las calles de Ciudad de Méjico y lanzado, por insolvente, de míseras pensiones. Un portero lo alberga en secreto en su insignificante guarida, sin sospechar que estaba sirviendo de mecenas al scritor que no sabía qué hacer con el mamotreto que llevaba a cuestas, nada menos que Cien años de soledad.

Dostoiewski, espíritu inquieto, vive sus últi­mos años acosado por las enfermedades y los acree­dores. A pesar de que sus obras se cotizan en am­plios círculos, los triunfos económicos se quedan en el bolsillo de los editores. Y es tanto el cerco de las deudas, que en época dramática no se atreve a regre­sar a Rusia por miedo a la cárcel. En Colombia, por lo menos, no pagamos cárcel por deber, loado sea Dios.

Teófilo Gautier, gran aficionado a la prosa y a la poesía, tiene que desviar su vocación al periodismo, forzado por las dificultades económicas. Escritos apresurados, folletones, crónicas a dos manos, salen de esta pluma abundante que, para no extinguirse, produce a como dé lugar, así sean naderías. En los entreactos de su oficio remunerado continúa con su producción literaria, que lo lleva a la celebridad. Vencido por terrible enfermedad, el médico le prohí­be trabajar. Está casi paralizado. Ya ha escrito El capitán Fracasa que años atrás había tenido que vender por míseros pesos a un editor explotador, pa­ra no morir de indigencia.

¿No trabajar? ¿Y cómo po­dría vivir y sostener a los suyos? Oigamos lo que dice uno de sus biógrafos: «Tercamente, reuniendo todas sus fuerzas, Gautier se refugia en la evocación del pasado y emprende Historia del romanticismo. Cuando la mano no puede escribir, dicta; y muchas noches, atormentado por el insomnio, garra­patea febrilmente con lápiz en la cama». Muere días más tarde con la pluma en los dedos.

Chateaubriand, de noble linaje, pasa años de in­mensa penuria defendiéndose con traducciones, trabajos periodísticos y clases particu­lares de francés. Solo después lograría relativo bienestar económico, pero en la vida pública de Francia, donde llega a ser figura destacada.

Cervantes pasa hambres

El nombre de Cervantes es patrimonio de la lite­ratura universal y al mismo tiempo símbolo de la vida esforzada. Se dice de su padre, cirujano errabundo y bohemio por los pueblos de España, que en va­rias ocasiones se vio procesado por las deudas. En este ambiente estrecho crece el genio de las letras, que deseoso de conocimientos se matricu­la como alumno pobre en el colegio de los jesuitas en Sevilla.

Al correr del tiempo y ya literato reconocido, es nombrado recaudador de impuestos de su Majes­tad el Rey, apremiado por la necesidad. Termina en la cárcel al no poder responder por los fondos que le birla un banquero inescrupuloso. Escribe Cervan­tes las primeras páginas del Quijote en medio de su­ma pobreza. Llegado a Madrid, debe cambiar de ca­sa con frecuencia por falta de cumplimiento del arriendo.

Los editores se benefician de sus obras mientras el autor pasa hambres. Son miserias desco­munales de la literatura, que no respetan ni al primer clásico de la lengua hispana, autor de vasta obra como poeta, dramaturgo y novelista. Es su producción alimento del espíritu y orgullo para la humanidad, así ignore ésta que el pobre de don Mi­guel por poco se queda sin proteínas por aguzar de­masiado la inspiración.

El augusto silencio de los libros

¿Habrá que citar más tristezas? Es un recorrido al vuelo que se hace tomando apenas una hilera de li­bros famosos. Ahí está la literatura mundial lujosa­mente empastada y protegida, nutriendo las raíces del espíritu. Varias veces he acariciado los lomos de estos libros de augustos silencios y elocuentes mensajes, y acaso mis descendientes y los descen­dientes de éstos sepan apreciar la majestad de las bi­bliotecas. Pero en el fondo de éstas, y agazapadas, muchas hambres se esconden con sus corolarios de angustias, de sofocos, de incomprensiones, de enfer­medades, de muerte…

El burdo almacén de baldosas

¿Recuerda usted a José Asunción Silva cuando tuvo que ponerse al frente del menguado negocio para salvar la dignidad de la familia? Son tiempos de luchas abrumadoras que lo llevan a la ruina total. Y como si no fuera suficiente el fracaso económico, muere de repente su hermana Elvira, la noble confidente del poeta que le deja cicatri­ces incurables y le inspira –¡bendita literatura!– el célebre Nocturno, una de las más bellas poesías de la lengua española.

Se ausenta del país poco tiempo después, queriendo superar la pena; y a su regreso pierde en alta mar la casi totalidad de su obra litera­ria. Aun así hace esfuerzos por mantener la calma y de nuevo intenta otro negocio, un burdo almacén de baldosas que debe estremecer la sensibilidad del poeta. La empresa quiebra y los acreedores no dejan en paz al hombre liquidado. Atormentado por la ma­la suerte y vencido moralmente, se dispara un tiro. Tiro certero en mitad del infortunio, que con­mueve a esta sociedad no consciente de que ha perdi­do a un genio de la poesía.

El mundo escondido

Nada nuevo, por consiguiente, nos cuenta Anto­nio Morales Riveira en su crónica. Pero lo hace con novedad y gracia, con sabor a boom, con disparo de nombres célebres. Es un hallazgo venturoso éste de sacar del baúl de los recuerdos unas cuantas cartas conservadas con naftalina y sentar a su propie­taria, Milena Esguerra, que algo o mucho tiene de mecenas, a narrarnos intimidades sobre los afanes de célebres personajes de las letras que buscaron, entre discretos y menesterosos, la con­quista del  pequeño cheque en dólares como pago «simbólico» por la grabación de fragmentos de sus obras. Se me antoja que el escritor es un personaje forrado entre vestido de paño y con el estómago crujiéndole.

Las cartas que los escritores y poetas se cruzan con Milena son testigos del mundo escondi­do de los intelectuales que, disminuidos por regalías que no fluyen, acuden al favor del exiguo patroci­nio cultural que debe buscarse y obtenerse, no im­porta que sea simbólico, si también es económico. Hermosa página humana, de profundo conte­nido. Las necesidades del poeta, o del escritor, o del artista, son vergonzantes. El mundo las ignora y las pisotea. El intelectual, mientras más intelectual, más refinado y más renombrado, tiene que ahogar sus apuros entre el humo de su inspiración. Es el tributo que pagan las letras, y muy caro, porque es en carne propia, al vil metal que todos desprecian pero todos necesitamos.

El escritor es duro animal de combate, de re­cias bregas, de desiguales resistencias contra el me­dio ambiente que lo rodea y lo asalta. Su dignidad corporal, de tan sensible miramiento, la protege a hurtadillas del mundo huidizo y despectivo que no entiende ni entenderá jamás las dolencias ajenas y se solaza, en cambio, con sus propias holganzas. Por eso acude al correo secreto de las Milenas dispensa­doras de pequeños guarismos y sobre todo de dulces expectativas.

El grito vergonzante de la literatura

Por estas cartas que guarda el baúl abierto de repente, casi contra la voluntad de su dueña y al am­paro de una vodka acariciante, desfila la vida del es­critor, sea éste famoso o escritorzuelo de provincia, con sus angustias, sus ironías, sus urgencias de vi­vir. Cuando un García Márquez, o un Jorge Zala­mea, o un Vargas Llosa, o un Fuentes, o un Cortázar, o un de Greiff revelan sus aprietos económicos, sale un grito vergonzante de las entrañas de la literatura. No importa si quienes sufrieron penurias llegaron más tarde a poseer chequeras abultadas, si de todas maneras el hambre es hambre.

Y si tales miserias abundan en el mundo alto de la literatura, qué no ocurrirá con el menudo escritor que deambula por periódicos y revistas ofreciendo una mercancía que no tiene cotización. El talento es mendicante. Las tarifas rentables, capaces de com­prar un vestido a plazos, son para unos pocos. El real estipendio por un «artículo», la literatura, que se suda y se cincela con lágrimas de sangre, es esca­so. Para ser cotizado se necesita fama. Fama es­quiva como las Milenas convertidas en dólares.

¡Defiéndame el cielo de estar metido en un be­renjenal! Pero no lo digo sólo por los periódicos de Colombia, ni por nuestros editores, que no existen, sino por la apatía universal hacia el escritor. La ins­piración vuela con las revelaciones de este cronista in­quieto que sabe hablar entre líneas sugiriendo pro­tección dentro del mundo metalizado y bárbaro. Tanto por nuestros artículos como por nuestros libros que nadie compra porque se quieren regalados y has­ta con dedicatorias mentirosas.

¡Lástima grande que el consuelo de las Milenas sea tan irreal!

La Patria, Revista Dominical, Manizales, 21-I-1979.
El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 28-I-1979.
Revista Nivel, No. 272, Ciudad de Méjico, febrero de 1986.

 

Adel y su Gloria

miércoles, 5 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Toda una vida consagrada a la literatura otorga a Adel Ló­pez Gómez el titulo de maestro. El distintivo de maestro, re­servado en otras épocas a los peritos en las distintas ramas del saber humano, está hoy degradado por el abuso. Ahora se le dice maestro a cualquiera y por el hecho más simple. El poetastro que acaba de pecar contra la estética al publicar un sartal de sandeces que nadie leerá, queda graduado como maestro. También es maestro el novelista ingenuo con vora­cidad de triunfo prematuro. Y lo es el cuentista aventure­ro, y el músico desentonado, y el emborronador de lienzos, y el comediógrafo barato, y has­ta el diablo.

Como ironía, ha perdido esa distinción el más auténtico de los maestros, el que enseña las primeras letras, no sólo porque se acabaron los maestros, sino por no conformarse el de escuela con ribete distinto al de profe­sor o catedrático.

Pero el maestro Adel López Gómez… ese sí es maestro. Dueño de ejemplar lenguaje castizo, sobresale co­mo uno de los escritores más fecundos y más notables, au­tor de cuentos de inspira­ción campesina e intérprete de costumbres y paisajes ver­náculos que traslada a su am­plio público en amenas notas pe­riodísticas, convertidas en cá­tedra del buen decir. Desde su columna diaria de La Patria ha recorrido distancias que ya no es posible retro­ceder, para orgullo de las letras y premio a sus esfuerzos.

Hoy mirará el escritor esas correrías desde la cima de su gloria, con la emoción del ca­minante aprovechado que fue sembrando vientos de amor y esperanza, de fres­cura y ensoñación. Los perso­najes de sus obras están pegados a la tierra como seres de la esencia misma del hombre que ama, que odia y vive entre gozos y penas.

Infatigable en la búsqueda estética del hombre, ha hecho de lo cotidiano y lo trivial el canto de cada día. Pule su ins­piración con pulso de ciruja­no y ennoblece lo prosaico con toques de genialidad. Pocos lo­gran una trayectoria de tan mar­cada perseverancia y tan bri­llante destino Huésped de los periódicos y las revistas más prestigiosos de Colombia, la pluma docta de Adel López Gómez es como un penacho de esta nacionalidad nuestra que se precia de su vocación humanística, la mayor embes­tida contra las asperezas del ru­do vivir.

Penetre usted, maestro, a los nimbos de la inmortalidad de manos de sus personajes. Son ellos los que lo empuja­rán –y el día esté lejano– al cenáculo de los convidados de la gloria.

Cuando José Restrepo Restrepo, director de La Patria, recoge como «homenaje de admiración y aprecio al maestro y al amigo” algunas de las colaboraciones con que Adel ha enaltecido la existencia de uno de los periódicos más selec­tos de Colombia, se siente en­vidia por el maestro. La sanda­lia y el camino, un certificado de buen comportamiento en las letras, es mensaje de honda amistad.

En feliz encuentro con el maestro y el amigo, y al amparo de la hospitalidad de Eduardo Arango Palacio, personaje en­trañable de los libros y la vida de Adel, acabamos de compar­tir con mi mujer, en la frescura de estos predios quindianos de tan plácidos atardeceres, gratos momentos de efusión. Es admirable la plenitud físi­ca de quien, pletórico en sus años intensos, mira atrás sólo para nutrirse de vivencias, al lado de la amantísima compañe­ra de todas sus travesías.

Tam­bién se hallaba en la tertulia Ramón Londoño Peláez, otro báculo del maestro, eximio hombre público que un día, como gobernador de Caldas, fundó la biblioteca de autores caldenses, con la asesoría y la presión de Adel como jefe de la imprenta oficial.

Y como trasfondo de la tar­de campesina, estaba la dicha del escritor de vientos y atajos quindianos, el creador de amo­res y reyertas comarcanas, es­te Adel López Gómez que transita sereno las luces del oto­ño, con la gloria en los ojos y en el corazón. Gloria, la hija dilecta, es su galardón y su mejor conquista. La fiel discípula, ya con nombre pro­pio como escritora de limpio estilo, puede rubricar la obra de quien le transmitió la ternu­ra humana y la talló a su gusto como prolongación de sus venas y de su estirpe literaria.

La Patria, Manizales, 22-X-1978.

 

 

El escritor y el periodista

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un buen amigo a quien siem­pre escucho aconseja al escritor no dejarse manejar de la urgen­cia. Es el mal de la época. Con lo cual estoy identificado. Cin­cuenta años atrás se hacía un periodismo pausado y pensante. El tiempo permitía repasar y pulir con mayor es­crutinio. Una página era so­metida a implacable ejer­cicio de moldura, de dicción, de obra artesanal. Tanto era el afán de perfección, que a veces se llegaba al perfeccionismo, un extremo que traiciona al es­critor.

Don Luis Cano, maestro de periodistas y escritores, cin­celaba cada editorial con pa­ciencia de orfebre. Sus escritos son modelo de periodismo ejemplar. Se vivía entonces bajo la tutela del país gra­matical donde la mala dicción desentonaba, y el estilo, que tanto se ha perdido en nuestros días, era rótulo de categoría.

En épocas recientes, Gil­berto Alzate Avendaño sudaba los editoriales que al día si­guiente sacudirían la opinión del país. Era el suyo pe­riodismo cerebral, henchido de ideas. Dueño de prosa florida, jugaba con la retórica y desgranaba adjetivos ondulan­tes que debían encajar en forma precisa, o de lo contrario eran sacrificados.

Silvio Villegas se desem­peñaba con garra, con nervio, con alma de poeta. Desde La Patria de Manizales escribía en tono magistral para la amplia audiencia que disfrutaba de su prosa original y combativa, lírica y refinada. Ya en sus úl­timas jornadas se sentía aprisionado por el periodismo y buscaba el reposo de la bi­blioteca, luego de haber vivido la pasión del tribuno y la lisonja del diplomático. Se proponía iniciar las memorias que la muerte le frustró. Su verdadera vocación la suponía en el quehacer literario, aparte del afán editorial del periódico, donde pudiera enhebrar sus ideas con calma y delectación, superadas las angustias de la escritura veloz. Como para­doja, su mejor obra la escribió de afán.

Dostoievski realizó su no­velística inmortal acosado por los usureros y agobiado por dolencias físicas y espirituales. Pienso que el escritor ne­cesita cierto desasosiego como acicate para herir su mundo interno. La comodidad y el exceso de reposo no son los mejores tónicos para la produc­ción.

En el campo alternado del periódico y el libro se han movido no pocos de nuestros ilustres hombres de letras. Para Eduardo Caballero Cal­derón el periodismo restringe y desvía la calidad del escritor. Los temas se tocan al vuelo, sin mayores contornos, dentro de las exigencias de un público que va de prisa y que quiere notas breves para llenar la curiosidad de cada día.

Hay quienes piensan lo con­trario. Al no permitirles la velocidad del tiempo y el cerco de las preocupaciones sentarse a escribir un libro continuo, alejados del bullicio, van estruc­turando entre líneas de corrido las dimensiones de una obra a largo plazo. Tal el ejemplo de Luis Tejada, que se propuso escapar de lo circunstancial y lo efímero para fabricar breves ensayos que resistieran la embestida del tiempo. Sus Gotas de tinta, vertidas en El Es­pectador y trabajadas con minucias y mira ele­vada, son tratado de pe­riodismo ágil y profundo.

José Umaña Bernal, esteta y cirujano de la palabra, trabajador nocturno y maña­nero de duros rigores, huyó en sus Carnets de lo transitorio, lo provisional y lo inauténtico. En su columna de El Tiempo fue recorriendo, paso a paso, largas travesías.

Surge la pregunta intran­quila: ¿La gente prefiere el libro o el periódico? ¿O no le in­teresa ninguno de los dos gé­neros?0 Se llega al momento de la gran interrogación y es saber para quién se escribe. El mundo es hoy ligero y se aparta de los libros pesados. Prefiere la nota rápida. La idea debe llegar escueta, pero expresiva. Lo im­portante es transmitirla con gracia y simplicidad. Lo único que no pere­cerá es el estilo.

¿Se estará perdiendo el tiem­po en la fugacidad del perió­dico? Desde luego que no, si hay estructura para pensar. Se puede ser escritor perdurable en las glosas dispersas que con el tiempo unirán un itinerario intelectual. El periodista debe ser, por esencia, escritor. No siempre lo es. El buen escritor supone un buen periodista. La fórmula ideal está en la fusión de ambas calidades.

Se conciliarían todas las co­rrientes con dos puntadas fi­nales. La obra que mucho se piensa, que se trabaja con demasiadas exigencias, a lo mejor nunca se termina o no se entiende. Y es de pronto el ar­ticulo de urgencia, del afán cotidiano, que escarba aquí y allá, el que perdura. Creo que el arte no consiste en tratar temas profundos, sino en presentarlos con novedad. Cae al dedillo el consejo de escribir de prisa y con emoción, para luego co­rregir despacio.

El Espectador, Bogotá, 20-VII-1978.
El Pueblo, Cali, 23-VII-1978.
Aristos Internacional, n.° 44, Alicante, España, agosto/2021.

 

Medallas de Calarcá

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Tres nuevas figuras de las letras recibieron este año las tradicionales medallas lite­rarias que otorga la ciudad de Calarcá: Jaime Duarte French, Euclides Jaramillo Arango y Evelio Arbeláez Aristizábal. Hay un hombre inquieto en la pacífica villa calarqueña, Hum­berto Jaramillo Ángel, que como amante de las letras en­tiende lo que significa el estí­mulo a los escritores y poetas y viene sosteniendo, año por año, la institución de las medallas, con las que honra, además, la memoria de tres grandes de la literatura colombiana: Jorge Zalamea, Eduardo Arias Suárez y Antonio Cardona Jaramillo.

Establecida la primera de ellas para resaltar el mérito de un escritor nacional, le corres­ponde el turno a Jaime Duarte French, gran abanderado de la cultura colombiana. Como director de la Biblioteca Luis Ángel Arango ha adelantado fructífera labor cultural y favorecido a no pocos escritores con la adquisición de sus libros, si no en las cantidades que él deseara, por naturales limitaciones de presupuesto, sí con la generosidad de ánimo de alguien que entiende –y son muy pocos en el país– las penurias de este gremio desamparado.

La obra de Duarte French al frente de la Biblioteca Luis Ángel Arango, donde ha estampado el nervio de su carácter y el sello de su cultura, es inmensa y acaso insuperable. Como es­critor público de amplio humanismo y fácil pluma, ha enriquecido la bibliografía colombiana con obras ya coronadas de éxito, entre ellas, para citar solo dos, América a norte a sur y un ensayo sobre el maestro Valencia. Columnista de periódicos y revistas, acumula erudición en sus apuntes amenos. Se conjugan, en fin, virtudes sobradas para que Calarcá le testimonie su ad­miración en la voz de Abelardo Forero Benavides, otro grande de Colombia, que exaltará la presencia del laureado en el panorama de la patria.

Euclides Jaramillo Arango, nuestro escritor de provincia con eco nacional, recibió la medalla Eduardo Arias Suárez. Se extrañaría este reconocimiento tardío para quien es abanderado de la cultura quindiana como catedrático emérito y escritor de largas trayecto­rias, si no se supiera que ha sido su temperamento reacio a los homenajes el que ha dilatado la distinción, la que de todas maneras representa justo galardón en cualquier época. Su obra es admirada por numerosos lectores,  y sin duda esa es su mayor presea.

Jaramillo Aran­go viene trabajando desde hace varios años en un diccionario sobre el lenguaje cafetero, ex­traído de las zonas de cultivo, con sus aforismos y sus particu­laridades, y acaso no sea im­propio el momento para pedirle su pronta compilación. Su novela Un campesino sin regreso, que recibió los mejores elogios y que el paso del tiempo ha hecho ol­vidar, debe reimprimirse. Falta el editor que se detenga sobre una de las me­jores novelas de la violencia.

Evelio Arbeláez Aristizábal, distinguido con la medalla An­tonio Cardona Jaramillo, es poeta calarqueño que publicó hace varios años su primer libro y que trabaja en nuevas expresiones de su ro­manticismo. Siempre en plan de superación, un día empacó sus bártulos y se refundió en la capital de la República, de donde regresa a la sala de los elegidos. Tiene ancho ho­rizonte para nuevas produc­ciones y sabe, por lo pronto, que su esfuerzo se ve premiado por la Oficina de Exten­sión Cultural de su tierra.

Requisito indispensable para ser tenido en cuenta para estas distinciones es el de haber publicado por lo menos un libro. La edición se asemeja al parto, y no falta quien sostenga que el autor inédito vive en el limbo, o sea: ni es bueno ni es malo, una condena indeseable.

Al caer el telón del acto académico, quedó en el ambien­te, como todos los años, la afir­mación de que la cultura no se renuncia. Si la superficialidad de los tiempos modernos trata de desquiciar al hombre de su destino espiritual, quedan ciudades como Calarcá y lu­chadores como Humberto Jaramillo Ángel que no en­tregan sus blasones.

El Espectador, Bogotá, 3-VII-1978.

 

 

Al rescate de Luis Tejada

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Veintisiete años de vida son referencia incierta para medir una obra. Son por lo general una frustración. La personalidad comienza apenas a madurar. Es la época de la indecisión, de los sueños, de los planes a largo plazo. Se dice que el hombre no es hombre del todo sino después de los 30 años. Cristo comenzó su obra cumbre a los 33 años.

La experiencia –la verdadera dimensión del mundo– nunca se ha obtenido en la juventud. Alber­to Ángel Montoya, despegando hacia sólidos ho­rizontes, pensaba que se comienza a dejar de ser niño cuando se principia a ser hombre. El juego del hombre, esa modelación de la inconsistencia en sig­nos coherentes y valederos, es el tránsito forzado de lo quimérico a lo compacto, de lo fugaz a lo eterno.

La muerte, que todo lo desquicia, hasta la más absurda senectud, no debiera interceptar el paso de quienes, apenas en el embrión de probables realizaciones, se asoman al porvenir con un caudal de espe­ranzas. Tal la nota desconcertante que impresionó al país de 1924, época de fecundas tertulias literarias y de relativo reposo, al conocerse el fallecimiento de Luis Tejada, considerado el mejor cronista de to­dos los tiempos. En la estupenda vitalidad de sus 27 años y cuando se aprestaba a iniciar jornadas intelec­tuales de más vasto alcance, cayó truncada por el destino esta mente nacida para el raciocinio y frustra­da en plena fertilidad de ideas y proyecciones.

Había, con todo, escrito ya páginas asombrosas movidas por su lúcida inteligencia y trabajadas con arranques juveniles y sentido crítico. Este filósofo de lo cotidiano que bien pronto despertó el interés del país con sus notas amenas y eruditas, estaba clavado en el corazón de su época y comprometido con un fer­vor comunista y algo aventurero que tenía en él al propulsor y al ideólogo sin dubitaciones.

Resulta sorprendente repasar el itinerario de este joven metido a periodista sin proponérselo, y de allí a revolucionario, que logra en sólo tres años formar liderazgo al lado de figuras como las de Luis Ca­no, Alberto Lleras, Ricardo Rendón, León de Greiff o José Mar, y provocar revuelo con sus incursiones ideológicas. Es la patria de los literatos y de la cla­se pensante que se proyectaría con enorme trascen­dencia sobre las generaciones futuras y le daría renombre a la suya propia.

No es Tejada tan sólo el intérprete y el abande­rado de filosofías que llegaban al país desde ultramar, sino el tajante buceador de lo minús­culo y hasta lo insignificante, que transforma lo tri­vial en relieves de meditación y donaire.

En el discurrir de la época frívola como la que vivimos en 1978, rodeados de extravagancias y lige­rezas de todo orden, tan diferente a la de Tejada, es intolerable para generaciones no seducidas por las inquietudes del espíritu dispersar tiempo que pueden consumir en los embelecos de la moda, estudiando la personalidad del cronista ya medio desterrado de los métodos pedagógicos. ¿Para qué Luis Tejada, se pensará, borroso periodista perteneciente a una bohemia generación de escritores, cuando tene­mos ahora a los genios que exploran los mundos del sexo, la droga y el erotismo? ¿Para qué Luis Tejada, tan distante del planeta veloz que se está quedando sin poesía a cambio de fugas inter­planetarias y emociones supersónicas?

Las juventudes actuales no conocen a Tejada, ni les interesa conocerlo. El mundo es ahora más rau­do, y por consiguiente menos profundo. Las precipitudes de una juventud ligada más con las fantasías de la era mecanizada y febril, que con la cultura que va extinguiendola embestida de los días, no tiene por qué detenerse en capítulos desdibujados por los preceptos de este mundo de tecnócratas. El humanista pertenece al pasado. Y es a ese pasado, por desgracia, al que no se recurre cuan­do los decaídos valores, y no sólo los morales, sino también los estéticos, aguijonean la conciencia de los nuevos tiempos, fosilizados por espantosa iner­cia mental.

Por eso hay que revivir a Luis Tejada. Hay que rescatarlo de entre las capas de olvido en que duer­men sus crónicas, que parecen haberse detenido en el tiempo por no encajar en la evolución que hoy trata de dislocar los moldes tradicionales de la literatura. Los literatos modernos, si así pueden llamarse, pre­tenden transmitir su mensaje no sólo con ausencia de puntuación sino con empleo de un vocabulario entre­cortado y epiléptico.

Hoy la literatura más parece de sofoco que de recreación. Los escritores con pruritos de novedad y tentados por la jactancia sacrifican la modulación de nuestra hermosa lengua española por signos estentóreos y estrafalarios que irritan la sensi­bilidad y que aparte de no decir nada, ni siquiera lo insinúan. Estamos de regreso a la edad primitiva, donde la comunicación era por señas.

Hay que sospechar del periodista que no lea a Tejada. Sus Gotas de tinta, que destilan sabidu­ría, una sabiduría elemental que sin embargo pocos periodistas son capaces de verter en sus artículos, son dictados de la mejor escuela. Tejada no tenía ne­cesidad de encumbrarse por regiones misteriosas, como lo hace tanto predicador de falsas erudiciones, para estructurar pensamientos sólidos y al alcance de todos entre breves líneas y precisas puntadas.

Las tesis que le inspiraba una aguda observación del mundo circundante las exponía con amena dicción y envidiable brevedad. De los motivos más sencillos, como el del perro sin cola que todos desprecian, o de la mujer mal vestida en quien nadie repara, expri­mía, como saciado en oportunidades que otros deja­ban pasar, pensamientos y conclusiones movidos por sutil cuerda poética y penetrante sicología. Cualquier día se pone a filosofar con una butaca y fabrica un tratado de tanta profundidad, que logra convertir aquel elemento inerte en ser anímico.

Tejada, con su prodigiosa inspiración afinada a fuerza de meditar e imponerse ri­gores mentales, y no tanto por hálitos extraordina­rios, sublimiza los sucesos comunes colocándoles el alma que la mayoría de escritores no encuentra. Crea, a golpes de cincel, situaciones y personajes imperecederos. Es, sin duda, para quienes fracasan ante la hoja en blanco, ejemplo de periodismo recursivo y henchido de ideas. En El Espectador, donde dicen que aprendió a leer, dejó cátedras de gracia y talento.

Conciso y penetrante, se impone la firmeza de eliminar y seleccionar, de redondear el concepto y pulir la expresión. Huye de lo efímero, de lo accidental, y rechaza temas que no tengan lar­go alcance. No puede seducir la materia frágil a quien tenía como disciplina avanzar, de crónica en crónica, hasta la confección de un libro, el único que logró editar. Los demás se quedaron perfilados en la mente.

Su actitud doctrinaria lo empuja a escribir temas sociales donde se confunde su sensibilidad con el propósito de mantener vivas las convicciones que abrigaba por la redención del proletariado y la digni­ficación del hombre. Su Oración para que no muera Lenin evidencia el fervor revolucionario con que se proponía acaudillar la transformación pacífica que fraguaba con otros líderes para contrarrestar los efectos del imperialismo norteamericano y defender a los humildes.

Sus objetivos quedaron interrumpidos por la muerte sin lógica que conmovió a la sociedad. Era una juventud de 27 años, fértil como pocas, que pro­metía inmensas realizaciones. Es absurdo que una sociedad que sólo de vez en cuando encuentra inteli­gencias tan luminosas y excepcionales como la de Tejada, se prive de sus luces. Lo que escribió es, por fortuna, bastante para aprender lecciones de hondo contenido y tomarlas como brújula de inspiración pa­ra los periodistas y escritores que carecen de tiempo y método para ejercitar la mente en fines perdura­bles.

La juventud sugestionada por los destellos del espacio y el frenesí del erotismo y la droga que envi­lece, necesita de Tejada para curar el hastío y la desesperanza. Habrá quienes dudan de que la signifi­cación de Tejada puede liberar a la juventud del va­cío y el escozor de esta época liviana que está embotando la inteligencia y deshumanizando al hombre. Pero si logran encontrarlo, el descubrimiento les sa­ciará su curiosidad.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 28-V-1980.
Revista Manizales, septiembre de 1980.