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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Premio Aplauso a Fernando Soto Aparicio

jueves, 4 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Juan Goytisolo dejó en su libro “Cuaderno de Sarajevo” (El País/Aguilar, 1993) un testimonio estremecedor sobre la devastación de la capital de Bosnia-Herzegovina por parte de las fuerzas comandadas por Radovan Karadzic, líder de la entidad territorial llamada Republika Srpska, quien por esos hechos pasaría a la historia con el mote de “carnicero de Sarajevo”.

Desintegrada la República Federal de Yugoslavia a partir de 1991, el flagelo de la guerra ha cubierto de sangre la península balcánica y sembrado el terror entre los habitantes. Al proclamar su independencia los nuevos Estados que surgieron de la desmembración de Yugoslavia, vino el enfrentamiento con Serbia, la cual, por tener importantes sectores de población en la mayoría de las regiones yugoslavas, buscaba su predominio en toda la península.

Esta situación se tornó más dramática en Bosnia-Herzegovina debido al choque religioso, y desencadenaría las acciones bélicas de Karadzic animadas por el  propósito de exterminio de los musulmanes. El principal objetivo: Sarajevo, la capital, una ciudad de más de medio millón de habitantes, donde se iniciaron intensos combates en abril de 1992.

Juan Goytisolo se hizo presente en dicha ciudad como corresponsal de prensa y allí se encontró con la escritora neoyorquina y directora de teatro Susan Sontag, gran defensora de los derechos humanos, empeñada en montar en Sarajevo –como en efecto lo hizo, en un teatro bombardeado y a la luz de las velas– la tragicomedia “Esperando a Godot”.

La limpieza étnica adelantada por Karadzic y sus secuaces representó, durante los 43 meses que permaneció sitiada Sarajevo, una de las masacres más sangrientas ejecutadas en Europa después de finalizada la Segunda Guerra Mundial. En esta operación perdieron la vida 12.000 personas y se vivieron los peores extremos de la ferocidad humana: violaciones masivas, torturas, campos de concentración, hambre, desalojos y otros crímenes de lesa humanidad.

El “Cuaderno de Sarajevo” describe, con patético realismo, los cuadros cotidianos de una población sometida por la crueldad demencial del tirano y expuesta a todo momento a perder la vida en medio de los bombardeos incesantes y los más salvajes sistemas de destrucción, que hicieron revivir la época de Hitler. La ciudad quedó convertida en un espacio humeante, tétrico, lleno de muertos y de heridos, sin agua,  luz ni gas y con ausencia absoluta de cualquier clase de protección.

Por todas partes saltaban las vísceras, las cabezas, las piernas y los brazos cercenados y se escuchaban los gemidos infinitos de la gente que agonizaba bajo la bota militar de un monstruo suelto, insaciable en su fanatismo religioso y en su instinto demoledor, que buscaba no dejar piedra sobre piedra, acaso para sentirse más déspota y más perverso. Se vieron escenas dantescas como la de aplastar a los niños bajo las orugas de los tanques, para causar mayor pánico en la población civil.

Edificios enteros se habían venido al suelo, y los que permanecían en pie estaban perforados por las descargas de los bombardeos y mostraban una decadencia de años, como si la ciudad se hubiera envejecido en contados minutos. Los tranvías, los buses y los automóviles yacían calcinados en plazas, calles y avenidas, mientras los osados habitantes que transportaban en bidones el agua escasa existente en algún sitio remoto, hacían verdaderas acrobacias para circular por entre los escombros y protegerse de las lluvias de proyectiles, que podrían dejarlos quietos a cualquier momento y en cualquier lugar.

Los postes del alumbrado público se habían doblado como en una oración conjunta que imploraba piedad para una ciudad devastada y huérfana. De algunos cables brotaban aisladas chispas eléctricas como constancia de una tecnología agonizante que duraría años en volver a restablecerse. Sarajevo era un mapa de ruina y desolación. Era una ciudad fantasma, cadavérica, pisoteada por la insania de una de esas bestias apocalípticas de las que el mundo no podrá librarse jamás.

¿Qué solución podían dar los hospitales, sin agua y sin luz y carentes de sitio para atender a miles de enfermos moribundos? ¿De dónde saldrían los médicos y las enfermeras en número suficiente para manejar semejante calamidad? En los centros de salud, lo mismo que en las funerarias, los cadáveres iban copando todos los espacios y luego se amontonaban en las aceras.

La saña de los fundamentalistas panserbios no respetaba siquiera el transporte de los muertos al cementerio, pues convertían los desfiles fúnebres en blanco fácil de las balas y cobraban de esa manera nuevas vidas humanas. Por lo tanto, estos actos tenían que hacerse bajo las sombras de la tarde o de la noche, y ni aun así podía confiarse en la supervivencia. No solo en Sarajevo, sino en toda la geografía de Bosnia, los habitantes tuvieron que vivir en físicas ratoneras humanas y rodeados de angustia y precariedad, huecos que perforaban por todas partes para lograr proteger la vida.

Este capítulo de Bosnia entraña un drama pavoroso para la humanidad. Fue un pueblo que se quedó solo y se desangró ante los ojos del mundo entero. Fueron ineficaces las medidas de la ONU, de Estados Unidos y de los países europeos. El tirano actuó a sus anchas, como si estuviera en el solar de su casa. Y luego desapareció.

Doce años después de cometido uno de los mayores genocidios de la humanidad, acaban de encontrarlo en Belgrado, capital de Serbia, país que gobernó como amo omnipotente. Estaba camuflado bajo la apariencia bonachona de un monje de barba blanca y figura inofensiva, que fingía ser un médico alternativo. Salía a la calle, viajaba en bus, hablaba con los vecinos, y nadie se había percatado de que se trataba de Karadzic. ¡Ni siquiera la policía secreta!, que a la postre lo capturó.

Impune, gozaba de la aparente vida pacífica de sus 63 años de edad, bajo la sombra protectora del imperio destructor del que se fugó cuando se sintió perdido. ¿Por qué no había sido descubierto? Es la pregunta obvia que aflora en la opinión mundial. Ahora falta que se localice al general Ratko Mladic, su mano derecha en estas atrocidades –el “carnicero de Srebrenica”, donde fueron asesinados bajo su mando cerca de 8.000 musulmanes en 1995–.

Dos carniceros del género humano, que merecen un castigo ejemplar. Y que aprendan la lección los gobernantes sanguinarios del mundo. Más aún: todos los gobernantes que atropellan los derechos humanos.

El Espectador, Bogotá, 28 de julio de 2008.

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Comentarios:

Excelente columna. Goytisolo junto con Jean-Luc Godard hacen una excelente visión en el documental de este último, “Nuestra música”. Camilo Perozzo R., Bogotá.

Excelente tu artículo sobre el monstruo de Sarajevo. Jorge Mario Eastman, Bogotá.

Conmovedora tu columna acerca de la carnicería de Sarajevo y estos villanos que, como tantos otros, arruinan la condición humana con sus peores armas. ¡Qué horror! ¿Hombres o monstruos? Inés Blanco, Bogotá.

Impresionante la crónica de Sarajevo. El Carnicero las pagará. Me pareció increíble que posteriormente aparecieran simpatizantes en su patria tan vejada. Luis Eduardo Gallego Valencia, Bogotá.

Las guerras de Oriana Fallaci

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando la adolescencia, Oriana Fallaci conoció la guerra. Esto sucedía en el régimen fascista de Mussolini. Su padre, activo combatiente de la resistencia contra el nazismo, influyó en el pensamiento de la joven bajo los postulados de la libertad. Oriana se vinculó al movimiento armado que luchaba contra la ocupación nazi en Toscana, su región natal. De ahí en adelante su vida estuvo marcada por la guerra.

A los 17 años se inició en el diario Corriere della Sera, donde escribió innumerables artículos a lo largo de su vida. Como corresponsal de guerra estuvo presente en grandes conflagraciones, como la guerra del Vietnam en los años 60 y la del Golfo Pérsico en los 90. En 1968, cuando adelantaba su labor de prensa dentro del conflicto estudiantil que se cumplía en la Plaza de las Tres Culturas de Méjico, fue herida de gravedad y tuvo que abandonar el trabajo durante varios meses.

Cubriendo los sucesos bélicos en numerosos lugares del planeta, se acrecentó su sensibilidad hacia todo lo que significara tortura y oprobio para el hombre. Los actos de tiranía los censuraba con su palabra encendida, virulenta a veces, en la que no cabían términos medios para condenar la maldad y reclamar la justicia. Oriana Fallaci no transigía frente a sus principios. Con esa bandera se hizo conocer en el mundo y temer de los poderosos.

Disparó sus mayores dardos contra los gobernantes transgresores de los derechos humanos. Se volvió maestra del reportaje, desempeñado con altura y mordacidad crítica. Con esta facultad llegó a grandes líderes del mundo, que sabían de antemano que la reportera no tenía inhibición para formular preguntas desenfadadas y audaces, que solían poner en calzas prietas a los entrevistados, o dicho de otro modo, ponerlos contra la pared.

En Entrevista con la historia, publicado en 1974, recoge reportajes realizados a gente célebre, como Henry Kissinger, Golda Meir, el ayatola Jomeini, el sha de Persia, Gadafi, Yacer Arafat, Indira Gandhi, Mao Tse Tung, Federico Fellini, Robert Kennedy, entre otros. Al ayatola Jomeini lo tildó de tirano y en señal de protesta, que también era irrespeto y provocación, se quitó el chador (velo que cubre la cabeza), con el qque había sido obligada a realizar la entrevista. Kissinger, fustigado con las preguntas, manifestó después del reportaje: “Jamás entenderé por qué acepté”.

Con la siguiente frase, alguien dibuja la actitud crítica de la reportera: “Las preguntas de Oriana eran arañazos en el rostro de la mentira para descubrir la verdad”. Su posición incisiva y beligerante le acarreó oprobios y enemistades, y al mismo tiempo le hizo ganar alto prestigio mundial. Un analista la califica como “guerrillera del mejor periodismo del siglo XX, casi siempre frente al poder”.

Libró encarnizado combate contra el fundamentalismo islámico, con motivo de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. A raíz de sus críticas implacables contra ese movimiento, recibió agravios y fue involucrada en procesos judiciales. Pero nunca se intimidó ni dejó de decir su verdad.

En sus libros La rabia y el orgullo (2002) y La fuerza de la razón (2004) arremete contra el radicalismo islámico, considerado por ella el mayor peligro para la paz del planeta. En el primer libro analiza la intención del Islam de quebrar el equilibrio de Europa para luego dominar el mundo. Y denuncia un proceso de islamización de Occidente, temor que le hizo crear el término Eurabia, con el cual llama la atención a las democracias del mundo a fin de que sus dirigentes, sobre todo los de las grandes potencias, adopten políticas eficaces para frenar la ola de violencia que se vive desde el atentado a las Torres Gemelas. En el libro Oriana Fallaci entrevista a Oriana Fallaci, editado en agosto de 2004, que es su último reportaje, hace serias advertencias sobre el “cáncer moral que devora a Occidente”.

Durante años fue la periodista más amada y odiada del mundo. Su estilo fogoso y sus escritos polémicos provocaron reacciones encontradas. Pero ganó la periodista de garra, la valiente reportera, la escritora de prestigio, que por encima de todo defendía la dignidad del ser humano y combatía el despotismo. Sus obras fueron traducidas en numerosos países y tuvieron ventas formidables.

La guerra fue un fantasma que la persiguió hasta el último momento. Siempre estuvo en plan de combate. Su última guerra fue contra “El otro” (como denominaba al cáncer). Descubierta la enfermedad en 1991, la manejó con amplias dosis de filosofía por espacio de quince años. Manifestaba que no le tenía miedo a la muerte, pero que no podía evitar “una cierta sensación de melancolía. Me desagrada morir, sí, porque la vida es bella, incluso cuando es fea”.

Al presentir que llegaba su hora final,  en forma discreta se trasladó de Nueva York a Florencia, su solar nativo, donde buscó y encontró el descanso eterno. Murió con la  bandera en alto y satisfecha de sus convicciones. Vivió la guerra y la escribió para la historia. En Carta a un niño que no nació (1975) existe un párrafo de impacto que pinta la descomposición humana que ella trató de remediar:

“En cualquier sistema que nazcas, bajo cualquier ideología, siempre hay un fulano que limpia la alfombra de otro, hay siempre una niña humillada por un deseo de bombones. Nunca encontrarás un sistema, una ideología, que pueda cambiar el corazón de los hombres y borrar de él la maldad”.

El Espectador, Bogotá, 25 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Desaparece así la encarnación de la rebeldía romántica e inteligente, de la cual deberían aprender los actuales periodistas nacionales, salvo contadas excepciones. Jairo Fernando Castillo González.

Lo que tal vez Oriana supo y no contó fue que el sistema sin amor no era vida, así la ideología y los fulanos que limpien alfombras o las niñas que se humillaron por los bombones no lo conocieran. Pero al conocerlo y vivirlo se encuentra el verdadero sistema de vida. Muy buen artículo. Juan Carlos Campuzano, Bogotá.

La estrella trágica de García Lorca

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace setenta años fue asesinado Federico García Lorca. Su renombre, lejos de opacarse, como suele ocurrir, se ha intensificado con el correr del tiempo. Nació el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros y murió en la madrugada del 19 de agosto de 1936 en un barranco de Víznar, en las afueras de Granada, frente a un pelotón de fusilamiento. Aquel barranco pasó a convertirse en símbolo de la infamia y en lugar siniestro para las letras. Hoy existe allí un parque en memoria de las víctimas de la Guerra Civil Española.

La orden de ejecutar al poeta la impartió el general Gonzalo Queipo del Llano, uno de los principales lugartenientes de Franco y organizador del movimiento militar en Sevilla. Queipo hizo por la radio esta declaración escalofriante: “Por cada  uno de los nuestros que muera, yo fusilaré por lo menos diez. Los sacaré de bajo tierra, si es preciso, y si ya están muertos, los volveré a matar”. Palabras atroces que pintan el ambiente de terror que se vivía en aquellos días.

A García Lorca, el poeta más popular de España, se le calificaba de comunista, sin serlo, y con ese rótulo quedó en la mira de las armas insurgentes. El hecho de pertenecer a la izquierda, respaldar el Frente Popular y ser amigo cercano de Fernando de los Ríos, diputado socialista por Granada, eran razones de peso para declararlo objetivo militar.

No era militante político, como Miguel Hernández, Rafael Alberti o Antonio Machado, sino revolucionario en la literatura. Defendía a los marginados, y de este modo representaba con su voz clamorosa a quienes vivían situaciones de miseria e injusticia social. Su poesía y piezas teatrales agitaban el sentimiento popular. Por aquellos días estaban en boga el Poema del cante jondo, Romancero gitano, Bodas de sangre y Yerma, obras de hondo contenido dramático que repercutían en todo el ámbito nacional. Sus audaces metáforas producían llamaradas.

En 1935 escribió su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, dedicado al valiente torero, muy amigo suyo, que murió como consecuencia de una cornada en la plaza de Manzanares. Elegía de impresionante belleza trágica. Con La casa de Bernarda Alba, publicada poco antes de su muerte, y con la que llega a la cumbre de su fuerza lírica, concluye su carrera. Para qué dudarlo: la identidad de García Lorca con el alma colectiva fue la causa de su desgracia.

Sus encarnizados enemigos carecían de capacidad, y por lo tanto de sensibilidad, para apreciar el arte plasmado en aquellas producciones magistrales. Les sobraba, en cambio, ferocidad para embestir contra la libertad de expresión y contra el mundo de los escritores. Sobre todo, contra los escritores de la Generación del 27, que huyeron de España después del asesinato del poeta.

Como García Lorca percibía en el aire negros nubarrones, se trasladó de Madrid a Granada a fin de protegerse contra las agresiones. “Soy amigo de todos –declaró– y lo único que deseo es que todo el mundo trabaje y coma. Me voy a mi pueblo para apartarme de la lucha de las banderías y las salvajadas”. Pero en su pueblo encontró el aire envenado.

El 20 de julio fue cercado por los insurgentes y amenazado de muerte. Buscó asilo en la casa del poeta Luis Rosales, y esperó lo peor. El 16 de agosto, un pelotón militar lo sacó de su refugio y lo entregó a los rebeldes, quienes le formularon el cargo de ser “rojo y maricón”. El poeta se acordaría entonces de las ofertas de asilo político recibidas de Colombia y de Méjico, ocasión en que pronunció esta frase precursora de su destino implacable: “Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo”.

Bajo las sombras del amanecer fue trasladado, junto con un maestro de escuela y dos jóvenes anarquistas, en un camión que los condujo al barranco de Víznar. Minutos después, los ecos de la fusilería erizaban la piel de España. El mundo entero se horrorizó. Se dice que a García Lorca, que no murió de los primeros disparos, lo remataron de un pistoletazo en la nuca. Y enterraron los restos en fosa común de la que no han sido rescatados en los setenta años siguientes a la tragedia, la que parece sacada de sus obras de teatro.

El paraje se volvió inmenso cementerio, donde quedaron sepultados 3.000 cadáveres. García Lorca, en frase premonitoria pronunciada en 1921, había dibujado su destino final: “Mi corazón reposa junto a la fuente fría”. Alegoría de poeta. Con el estallido de la guerra, se iniciaba la era de Franco, que hundiría a España, durante cuatro décadas, en una noche oscurantista. Son diversas las conjeturas que corren desde entonces en torno a su muerte inicua, y todas coinciden en que fue asesinado por el movimiento de Franco, que tuvo su origen durante la Guerra Civil de 1936-1939. Estos tres años ensangrentaron a España.

El asesinato fue premeditado, no cabe duda, pero no todas las versiones dan como causa el hecho político. Hace muchos años se dijo que entre los guardianes que lo condujeron al suplicio se encontraban parientes suyos que pasaron a ser sus homicidas. También se adujo la condición homosexual: era preciso borrarlo de la sociedad, como se limpia una mancha. En aquella sociedad manejada por normas farisaicas, la sodomía significaba deshonra pública. Otros argumentaron el crimen político, pero con la adición de rivalidades familiares movidas por intereses económicos.

Ahora, en julio pasado, se presentó en Buenos Aires un film dirigido por Emilio Ruiz Borrachina en el que se sostiene, con fundamento en pruebas que se anuncian evidentes, que el crimen fue instigado por primos de la rama Roldán, que consiguieron el rápido fusilamiento. Entre ambas familias, según dicho documental, existían viejas rencillas por la posesión de tierras, lo que degeneró en conflicto insuperable. Agrega esa fuente que la situación se agravó con La casa de Bernarda Alba, que atizó el fuego de los resquemores.

Sea como fuere, el misterio rodea la muerte de García Lorca, ocurrida a sus 38 años de edad. Enigma hasta ahora inextricable, que acrecienta el mito del escritor eliminado en su propia tierra por el terrorismo demencial. Poeta grande entre los grandes, de España y del mundo. Se mató al hombre, pero se salvó la poesía.

El Espectador, Bogotá, 4 de septiembre de 2006.
Revista Aristos Internacional, n.° 20, España, junio de 2019.

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Comentarios:

Gracias por este artículo tan maravilloso e ilustrativo. Por fin alguien se acordó de la fecha de su muerte y le dedica unas letras. Llama la atención que al director de las Lecturas de Fin de Semana de El Tiempo, el señor Roberto Posada García Peña, su universal sabiduría e inteligencia no le alcanzó para referirse a este ilustre poeta. ¿Será porque lo catalogaban de maricón? Óscar Rojas M.

Magnífica síntesis de la existencia y muerte de García Lorca, el nunca bien ponderado poeta español que pervive por sobre el tiempo y el olvido. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Álvarez Gardeazábal: literatura y política

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El crítico norteamericano Jonathan Tittler, experto en literatura hispanoamericana y profundo conocedor de la cultura colombiana, gastó 26 años investigando la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Como resultado de ese escrutinio, publicó el ensayo titulado El verbo y el mando (Colección CantaRana, Tuluá), donde realiza un detenido análisis de los libros y la vida del novelista, con la siguiente conclusión: mediante el uso de la palabra, Álvarez Gardeazábal obtuvo, como se proponía, el peso político que llegó a tener.

En el estudio que realiza Tittler de las doce novelas del autor, aparece un cotejo entre los temas descritos en estos libros y los hechos sociales que ocurrían en el Valle del Cauca y sobre todo en Tuluá, patria chica del novelista y escenario detenebrosa época de terror. La  ficción, en este caso, es fiel copia de la realidad: en varios episodios figuran incluso nombres propios de personajes de la comarca, y otros simulados son de fácil identificación.

La novela más representativa de Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días (1971), está calificada como uno de los enfoques mejor logrados sobre la violencia que vivió el país en los años 50 del siglo pasado. Acción que en Tuluá estuvo dirigida por León María Lozano, jefe de los ‘pájaros’, apelativo que recibieron los matones políticos de aquellos días y con el que pasaron a la nefasta historia nacional. Este testimonio histórico, plasmado en breve novela de escalofriante dramatismo, consagró al autor como agudo intérprete de la realidad.

Toda su obra es de denuncia y está manejada por la insatisfacción y la rebeldía que nacieron en el escritor por el contacto con la barbarie reinante en su tierra nativa. Desde joven presenció la descomposición social provocada por políticos y hordas criminales que, tanto en Tuluá como en el resto del país, produjeron el flagelo del terrorismo, la tiranía y el menosprecio de la dignidad humana. Como escritor contestatario y dueño de un estilo descarnado y mordaz, que hería a sus enemigos y dejaba hondas cicatrices, sus libros y artículos de prensa se enfocaron a combatir a los gamonales y denunciar los abusos de poder y las corruptelas públicas.

Con el éxito de sus novelas, que tuvieron alta repercusión en los años 70 con seis títulos publicados en esa década, crecía su vocación por la política. Dicho ideal, según lo expone Tittler (a quien hay que creerle), lo llevaba latente desde la juventud. El ejercicio vigoroso de la palabra le permitía trabajar su liderazgo regional. Era un político nato que, apoyado por sus actos y escritos polémicos, robustecía su imagen pública y de paso se convertía en historiador.

En las décadas del 70 y del 80 su fama literaria logró las mejores notas de su carrera. Ayudado por esa condición y por su ejercicio como catedrático universitario, conferencista y periodista pugnaz, labores en que predominaba el ánimo combativo demostrado desde los primeros años, puso en marcha la conquista del poder. Fue concejal de Tuluá y de Cali, diputado a la Asamblea del Valle, primer alcalde por elección popular de su ciudad nativa en 1988 y reelegido en 1992.

Más tarde es elegido gobernador del Valle con 780.000 sufragios, la votación más elevada en toda la historia de Colombia. Le quedó faltando la Presidencia de la República. Al abordar en forma progresiva y fulgurante las citadas posiciones, deberes que asumió con ardentía –y con eficiencia en muchos casos–, reafirmaba su estirpe política. Conquistado el poder, vino un receso forzoso en su producción literaria y más tarde un declive en la calidad de su obra, que ha tratado de enmendar.

Este itinerario de éxitos vino a frustrarse con su vinculación al proceso 8.000, hecho que lo llevó a prisión y le hizo perder la posibilidad de volver a postularse para cargos de elección popular. En otras palabras –¡vaya ironía!–, perdió el poder por el cual había luchado con tanto arrojo e indudable voluntad de servicio a la comunidad. El rigor con que fue condenado por la venta de una estatuilla negociada en siete millones de pesos, que le fue pagada con dineros provenientes del cartel de Cali (hecho ocurrido dos años antes de ponerse en marcha el proceso 8.000), lo sacó de escena y representó el triunfo para sus detractores y sus émulos políticos, quienes de esa manera vieron despejado el camino para la lucha por la Presidencia.

Con este capítulo de la picaresca política se pone en evidencia uno de los dramas más amargos del servicio público. Pocos colombianos, como Álvarez Gardeazábal, han tenido que sufrir un revés tan apabullante e injusto, que significó para él la inhabilitación vitalicia de su nombre para las contiendas electorales. Dice Tittler que en el mundo entero no existe una pena similar. Comentario que entraña dura crítica a muchas de nuestras enrevesadas leyes que, manejadas a veces de afán y con pasión política (vicio muy colombiano), estropean la democracia e inmolan víctimas propicias que se exhiben ante el país entero, aparentando así la aplicación de castigos ejemplares.

El Espectador, Bogotá, 17 de febrero de 2006.
El Nuevo Día, Ibagué, 12 de marzo de 2006.

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Comentarios:

Muchas gracias por tan entrañable artículo sobre el libro del profesor Tittler. Hoy mismo lo he remitido a su correo y al del profesor Bolaños. Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Mil gracias por la concienzuda y rigurosa reseña que usted ha hecho de mi libro sobre la vida y obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Da gusto entregarse al trabajo cultural cuando los lectores ejercen sus oficios con tanta lucidez como usted ha demostrado en su artículo reciente en El Espectador. Jonathan Tittler, Estados Unidos.

Este artículo tiene para nosotros, los que hemos tenido conocimiento de la labor de Gustavo Álvarez Gardeazábal, un sabor a reivindicación que debemos difundir. Le pido muy cordialmente me dé la posibilidad de publicar este artículo. Para su información, estoy ubicado en Londres y tengo comunicación con las revistas y periódicos del medio. Jorge Luis Puerta, Londres.

A Gardeazábal lo cegó la política. La búsqueda y obtención del poder cambió su verdadero rumbo: la literatura. En este país es imposible no salir manchado de la política porque los intereses particulares siempre terminan primando sobre los de la gente. Gardeazábal se equivocó, pues con la literatura estaba transformando la conciencia de la gente y ejercía como vigilante de la situación social colombiana. Erró al creer que con el poder en la mano podía cambiar el mundo. Creo que si hubiese seguido escribiendo, ya lo hubiera logrado. Gobernar no es la mejor herramienta del hombre para combatir las desigualdades sociales. Nadim Marmolejo Sevilla.

Me gustó mucho tu columna. Le haces justicia a la obra de Gustavo, a quien veía con mucha frecuencia en vida de Euclides Jaramillo. Íbamos a visitarlo a su casa en Tuluá. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

El poeta en La Habana

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace poco vino a Colombia el poeta José Luis Díaz Granados, desde su exilio obligado en La Habana, y se presentó en la Casa de Poesía Silva con nueva cosecha de versos. Allí se reunió con sus viejos amigos de las letras y luego regresó a Cuba, donde reside desde febrero del 2000. Más de cinco años de destierro –a pesar de la buena acogida que ha recibido en aquel país– son el duro precio que ha tenido que pagar  por su fidelidad a sus ideas políticas.

En Bogotá dirigía desde 1992 la Casa Colombiana de Solidaridad con los Pueblos, y a fines de 1999 recibió amenazas por su simpatía con el régimen cubano. Como su vida corría peligro en Colombia, y no contando con garantías para protegerse en su patria, decidió refugiarse en la isla, donde goza de ambiente propicio para adelantar sus actividades literarias. No obstante la distancia de la patria y de los amigos, se siente satisfecho en Cuba  por el clima cultural que lo rodea.

Allí transcurren sus días actuales, rodeado de tranquilidad y dedicado a lo que sabe y siempre ha hecho: el periodismo literario, a través de crónicas que divulga en Agencia Prensa Latina, y el desarrollo de varios planes, entre ellos, el remate de dos novelas, en las que trabaja con ardor espiritual. En el Instituto de Periodismo José Martí preside la cátedra de grandes periodistas latinoamericanos y dicta clases sobre Pablo Neruda y Gabriel García Márquez.

A sus dos novelas en proceso ya les tiene nombres, según lo revela a Ricardo Rondón en reportaje aparecido en la revista Libros y Letras: “Tengo dos novelas –dice–: una sobre las luces y las sombras del exilio, titulada La noche anterior al otoño, y otra sobre mis años de adolescencia en el barrio Palermo de Bogotá, titulada El aprendiz de brujo”. En el género novelístico, ha editado otros dos títulos: Las puertas del infierno y El muro y las palabras, ganadora la última, en 1994, del Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira.

En 1968 fue el ganador del concurso de poesía Carabela, en Barcelona (España), y en 1990 le fue conferido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el campo de la poesía es autor de El laberinto, que ha tenido varias ediciones y ha sido ampliada con el paso del tiempo, y Cantoral, con su producción entre 1988 y 1992. La Universidad del Magdalena publicó en 2003 toda su obra poética en 40 años (1962-2002), bajo el título La fiesta perpetua. Uno de sus cuentos, La metamorfosis del saltimbanqui, fue laureado en concurso de 1980.

Díaz Granados vive en función de la literatura. Es su razón de ser. En Colombia ha colaborado con diversos diarios y revistas y su nombre goza de prestigio. Su fibra romántica –que gana nuevos acentos con su exilio en Cuba– ha plasmado obra valiosa. El amor es la savia de sus sueños. La mujer preside su mundo sensorial, tanto en la creación literaria como en su ámbito cotidiano. “La mujer –dice– es la fuerza motriz de mi alegría y de la totalidad de mi obra literaria”.

Ha sido hombre discreto, sereno y silencioso. Hombre de paz. Su única arma es la inteligencia. Y su haber, su acervo de versos y prosas. ¿Por qué, entonces, se le persigue y obliga a refugiarse en otro país? Cuando alguien me dijo que por sus ideas, trabajo me costó –y me cuesta– admitir que el modo de pensar de este ciudadano sosegado y caballeroso, con derecho a la libre opinión que garantiza la democracia, pueda significarle el destierro, por ironía en un sitio donde la libertad de expresión está restringida.

Al preguntársele en el reportaje atrás citado por su posición frente a la figura de Fidel Castro, respondió: “Es difícil encontrar a alguien de la generación de los 60 que no sienta algún estremecimiento afectivo hacia Fidel o el Che”. Esa circunstancia tiene hoy al poeta lejos de Colombia. Cuando sale al malecón de La Habana y conversa con las mulatas, en plan de averiguar por las honduras de los seres humildes, siente que su alma exorciza los demonios de la soledad. Y se acuerda de Colombia. Evoca la calle 45, la de su tránsito familiar durante tantos años, y el dolor de patria le aflige el recuerdo.

Díaz Granados es amante visceral de su cuna. Su poesía contiene hermosas expresiones de apego a sus lares nativos, la ardiente tierra samaria que le inyectó bríos de poeta. Hoy siente nostalgia por su gente, por los paisajes de Colombia, por los fríos y las lloviznas bogotanas, por las tertulias bohemias bajo el calor de la poesía. Todo esto le tortura el recuerdo. Dice que volverá pronto a Colombia. ¿Cuándo? La patria lo espera. La literatura nacional lo necesita.

El Espectador, Bogotá, 6 de diciembre de 2005.

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Comentarios:

Inmensamente emocionado y conmovido he leído tu hermosa y generosa nota sobre mi exilio cubano. No tengo palabras para expresarte mi infinita gratitud por tan generoso gesto de solidaridad y amistad. José Luis Díaz-Granados, La Habana.

Soy, por fortuna, un viejo amigo de José Luis Díaz Granados. Ahora que estuvo en Colombia lo invitamos a Manizales y estuvimos una larga noche, alrededor de unos rones de la Licorera de Caldas, hablando de literatura y de viejos amigos. Hace unos cuatro años lo visité en La Habana. Carlos Arboleda González, Manizales.

Muchas felicitaciones por su artículo sobre el poeta José Luis Díaz Granados, exiliado en Cuba. Es un hombre sencillo, valiente y honesto. Me gustaría referirle que no es el único poeta en el exilio (cita el caso Armando Rodríguez Ballesteros, refugiado en Costa Rica). Andrés de la Hoz.