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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

García Márquez, ¿plagiario?

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, escribe un vehemente ensayo donde sostiene que Memoria de mis putas tristes, la última obra de  Gabriel García Márquez, es un plagio de la novela La casa de las bellas durmientes, del japonés Yasunari Kawabata, premio nóbel 1968. Y formula graves afirmaciones, como las siguientes:

“García Márquez, con Memoria de mis putas tristes, estafa conciencias literarias. Muy bueno que se diera el dato de las utilidades de esa estafa por parte de la Editorial Norma. El libro es un hijo bastardo de Gabo… El argumento de Memoria de mis putas tristes es exactamente el mismo de La casa de las bellas durmientes”.

Leí el ensayo con interés y desazón. Frente a la inquietud que despierta la  acusación de López Velásquez, lo indicado es conocer la obra del japonés para confrontarla con la del colombiano. Sin embargo, aplacé la compra del libro por ser hoy exagerado su precio: por el breve volumen de 150 páginas, publicado en España, las librerías están cobrando $ 53.000. Si la edición fuera colombiana, no valdría más de $ 15.000.

Por supuesto, quedé estupefacto ante la posibilidad de que García Márquez pudiera incurrir en el exabrupto del plagio. De todos modos, la controversia es interesante y merece que se ventile en centros académicos y foros literarios. Para contribuir a dicho propósito, retransmití a varios de mis amigos el ensayo de marras, y algunos me expresaron valiosas opiniones.

Desde Medellín, el escritor y periodista Hernando García Mejía, gran lector de literatura colombiana y mundial, dice: “Lo de la última novela de Gabo es cuento viejo. Desde el principio se sabía que se inspiró en La casa de las bellas durmientes del japonés. Lo de plagio es excesivo y, personalmente, no le doy ninguna trascendencia a ese debate trasnochado.

“Lo que sí me parece es que Yasunari Kawabata, a quien leo desde la juventud, es superior a Gabo como escritor. Gabo es hojarasca efectista y retórica, y Kawabata, esencialidad trascendida en profundidad. Yo plantearía la discusión desde el estilo, aunque tampoco parece admisible, habida cuenta de que, como reza el aforismo, ‘El estilo es el hombre’. Y un hombre que escribió El coronel no tiene quien le escriba –¡qué envidia, por Dios!– merece respeto”.

Jorge Consuegra, reconocido crítico literario y promotor cultural, manifiesta: “Siempre he creído en la opción de la crítica, y el reclamo, el comentario, son válidos en todos los campos. Y creo que García Márquez no ha plagiado. Él, antes de Cien años de soledad, lo dijo: ‘Me encanta La casa de las bellas durmientes y me gustaría hacerle un homenaje’. Y lo hizo”.

Desde Armenia, Carlos Fernando Gutiérrez, columnista de La Crónica del Quindío y literato, dice: “Pienso que hay que leer la novela del nobel japonés, para hacerse un criterio más personal y menos apasionado que el escrito por el director de Mefisto. Algunos han planteado que la mejor literatura son reescrituras”.

Por su parte, Borges recomienda evitar “la confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulises de Joyce y la Odisea de Homero”.

Hernando García Mejía tuvo la gentileza de facilitarme una novela exquisita de Kawabata: Lo bello y lo triste –edición de Ultramar Editores, Barcelona, 1985–. Obra que, junto con País de nieve –que leí hace mucho tiempo–, me permiten corroborar el concepto de que el autor es un enorme novelista, tal vez el más representativo de Japón.

Nació en Osaka en 1899 y se suicidó en Zushi en 1972, en el pequeño apartamento que poseía frente al mar. Cuatro años antes de su muerte había obtenido el Premio Nóbel de Literatura. Antes de los 15 años de edad murieron, en forma sucesiva, sus padres, su única hermana y sus abuelos. A raíz de su juventud desolada, fue un ser solitario e introvertido.

Su estilo se caracteriza por la sutileza con que maneja las historias, la agilidad de los relatos, la técnica de los diálogos, las dosis de sicología con que actúan los personajes. Y como aspecto fundamental de la buena novela, la trama excitante de los argumentos, urdidos con habilidad y delicadeza, para que el suceso atrape al lector y lo mantenga en suspenso hasta la última página.

Artífice de la “novela miniatura”, es un placer leerlo. La brevedad y dinámica de sus relatos es todo un monumento en las letras japonesas. Aprendió que el vigor de la acción narrativa se consigue con ahorro de palabras innecesarias, por más bellas que suenen al oído (lo cual es más propio de la poesía), y con precisión y gallardía del estilo. Para Kawabata, la hojarasca literaria no existe. Ahí está su gloria.

El Espectador, Bogotá, 6 de septiembre de 2005.

* * *

Comentarios:

Muy buena tu columna. Yo tengo las bellas durmientes y aunque el tema es el mismo, no puede considerarse un plagio. Y eso que a mí García Márquez, como persona, no me gusta. Carlos Arboleda González, Manizales.

Plenamente sensato y pertinente tu artículo sobre Gabo y sus tristísimos putas tristes. Como tú sabes, los idólatras de Gabo son muchos, pero sospecho que la gran mayoría ni siquiera lo han leído como se merece. Espero no haber sido  demasiado injusto con él, pero, qué diablos, eso es lo que pienso después del deslumbramiento de El coronel no tiene quien le escriba. Hernando García Mejía, Medellín.

Desde un principio supe que no todo el mundo iba a estar de acuerdo. Eso es normal. De todas maneras, lo importante es continuar un análisis, una evaluación. Borges dijo que una cosa es recrear una historia literaria y una muy distinta calcar. Decía que un escritor nunca debía calcar a otro, que el escritor surgía de su propio interior. Sostengo que García Márquez calcó. Su escrito enriquece sobremanera el debate. Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, Pereira.

La verdad, me encanta García Márquez, pero esta novela en particular me decepcionó. Además, considero que el título no tiene nada que ver con el contenido. Creo que las palabras grotescas le encantan a mucha gente hoy en día: quizá se trató de una alternativa publicitaria para llegar a muchísimas personas. Para mí su obra cumbre por excelencia, conmovedora, es El amor en los tiempos del cólera. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

El leopardo mártir

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En Bucaramanga, de donde era oriundo el personaje, adquirí hace varios años el libro José Camacho Carreño, el leopardo mártir, título que recuerda una época ya desdibujada en nuestros días: la de los Leopardos, aguerrido grupo de políticos e intelectuales que se hicieron famosos en el país en la segunda y tercera décadas del siglo pasado.

 Otto Morales Benítez me facilitó dos viejos textos de José Camacho Carreño, básicos  para comprender el pensamiento del ilustre santandereano: el prólogo de las Memorias de Florentino González (1933) y el libro Bocetos y paisajes (1937), trabajos que encierran un acervo de riqueza intelectual. También leí el  vehemente ensayo de Horacio Gómez Aristizábal, escrito en los inicios de su profesión de penalista y su carrera literaria, donde sostiene que Camacho Carreño fue un espíritu atormentado toda la vida.

En la selecta biblioteca de Vicente Pérez Silva descubrí un tesoro invaluable: el álbum de recortes de prensa que él viene elaborando desde hace largos años y que hoy supera las 240 páginas, en tamaño oficio y color azul purísimo (enseña política de los Leopardos). Allí reposa la historia completa de este grupo legendario, decantada por las plumas de eminentes escritores del pasado. Todo este material, diverso en sus apuntaciones históricas y en sus enfoques críticos, me ha permitido abrir un horizonte amplio sobre el fulgurante leopardo.

No resisto la tentación de transcribir para mis lectores las palabras de Pérez Silva anotadas al comienzo de su preciado archivo (tal vez único en el país), como abreboca del suculento manjar que en sus páginas he degustado durante varios días: “Del acopio de escritos que recoge este álbum de recortes surge omnipresente la imagen de José Camacho Carreño, santo de mi devoción, al igual que la de los otros compañeros de generación que integraron el famoso grupo de los Leopardos. Este álbum hace parte de mi propia vida”.

En este legajo secreto, custodiado con tanto celo por el acucioso investigador, encontré la carta que Manuel Serrano Blanco le dirigió en 1952 a propósito de la noticia anunciada por Pérez Silva sobre el libro que en aquellos días –¡hace medio siglo!– había comenzado a preparar sobre el “santo de su devoción”. Conocida la confidencia, el reto para él no es otro que el de publicar cuanto antes dicha obra, de indudable valor, que el dilecto amigo le debe a la literatura colombiana.

Camacho Carreño nació en Bucaramanga el 18 de marzo de 1903 y murió en Puerto Colombia el 2 de junio de 1940. Itinerario demasiado fugaz, que sin embargo le permitió realizar rutilante labor en diversas actividades. En cualquier campo donde actuó –como político, parlamentario, diplomático, orador, ensayista, crítico o periodista–, dejó rastros de su inteligencia luminosa.

Desde temprana edad se adentró en la lectura de los clásicos y cultivó las disciplinas del lenguaje castizo, la oratoria refulgente y la dialéctica acrisolada. Su verbo subyugante, su ademán airoso, su fogosa elocuencia, su estampa varonil agitaban multitudes. Un coloso de la oratoria. Era el tribuno auténtico, huracanado y demoledor, que hacía vibrar el alma nacional con el poder de la palabra y el ímpetu y donaire de su talento. Sus defensas penales son de antología y sólo vienen a encontrar equivalencia en las de Jorge Eliécer Gaitán, de su misma generación.

A los 26 años llegó a la Cámara de Representantes, de la que fue dos veces presidente. Allí libró memorables duelos oratorios con prohombres de la talla de Antonio José Restrepo. Fue embajador en Argentina y Uruguay. En el campo del periodismo, su primera vinculación la hizo con El Nuevo Tiempo, donde alternaba con figuras consagradas, como Marco Fidel Suárez y Guillermo Valencia. Luego fue columnista asiduo de El Tiempo y allí divulgó sus mejores páginas sobre política, literatura y diferentes temas del acontecer nacional.

Los Leopardos aparecieron en el año 1924 como protesta contra el sistema político imperante y los dignatarios de su propio partido, que no permitían el surgimiento de nuevos dirigentes. El grupo lo formaban cinco jóvenes rebeldes y locuaces, nacidos entre 1900 y 1903, con similares ideas, temperamento y garra combativa: Augusto Ramírez Moreno, José Camacho Carreño, Silvio Villegas, Eliseo Arango y Joaquín Fidalgo Hermida (que se separó al poco tiempo y no dejó mayores huellas sobre sus actos posteriores).

Ramírez Moreno, al bautizar el grupo en honor de los leopardos pertenecientes a un circo que pasaba por Bogotá, recomendó “adoptar un nombre de guerra, algo que dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero como los leopardos”. Con dicha impronta, los bizarros gladiadores de la inteligencia marcaron toda una época de la historia política y literaria del país. Desde la tribuna pública, la academia y los periódicos se lanzaron como una tromba contra las castas privilegiadas.

Derrocaron ministros, fustigaron a Laureano Gómez (que no era poca cosa) y atacaron el abuso y la sinrazón. Nunca se había conocido fuerza colectiva tan arrolladora. Dotados de delirante elocuencia, dejaron páginas magistrales que hoy enaltecen las letras colombianas. Sus estilos fueron clasificados de la siguiente manera: Eliseo Arango, el sustantivo; Silvio Villegas, el adjetivo; Camacho Carreño, el verbo, y Ramírez Moreno, la interjección.

En el libro El leopardo mártir se estremece la sensibilidad al enterarnos de la defensa que Camacho Carreño hizo de sí mismo dentro del proceso judicial en que se vio envuelto tras la agresión recibida de un hermano de su señora, en la despedida del año 1938. Por tal hecho, que significó grave ofensa a su dignidad y su hombría, se vio compelido a asesinarlo. El drama, ocurrido en la cumbre de su gloria, conmocionó al país entero y asimismo destruyó su vida

El 2 de junio de 1940, José Camacho Carreño, que sufría severo estado depresivo a raíz de la terrible desgracia (desde la cuna llevaba inoculado el brote de la ciclotimia), murió ahogado en Puerto Colombia, donde aquel sábado departía con unos amigos frente al mar. Luego del almuerzo y tras intensas libaciones, abrumado por la tórrida temperatura que le quemaba el cuerpo y el alma, se tiró al mar en busca de refresco. Y no regresó con vida. El mar ahogó su pena, y las olas –poéticas y trágicas– rugieron con resonancias de inmortalidad.

Han pasado 65 años. Días después de la tragedia, Augusto Ramírez Moreno, su acongojado compañero de la elocuencia, a quien le temblaba el alma y se le enmudeció la voz, decía lo siguiente en carta enviada a la madre del mártir:

“José era un genio, señora. Su cabeza fue un mundo sideral y las hebras de su pelo eran estrellas. Intuía y analizaba con igual empuje y con idéntica eficacia. Como tribuno jamás oí nada semejante: su palabra era líquida llama unas veces y en ocasiones un bastión. La inteligencia en Colombia se estremece porque la muerte de José la sacude como un terremoto”.

El Espectador, Bogotá, 23 de agosto de 2005.

 * * *

Comentarios:

Felicitaciones sobre tu artículo sobre Camacho Carreño. Impecable. Me encantó. Hernando García Mejía, Medellín.

Con profunda emoción y regocijo he leído su excelente artículo sobre Camacho Carreño. Vine a Caracas a realizar mi especialización en neurocirugía, la cual termino en diciembre de 2005. Siempre había querido leer el libro del leopardo mártir, el cual conseguí en uno de mis viajes a la bella Bucaramanga y devoré en mis noches de turnos del hospital. Usted nos resume un acontecer que no puede olvidarse. Jairo Enrique Contreras, Caracas.

Esta página tan conmovedora resume y deja una huella de dolor en el corazón de quienes no sabíamos de Camacho Carreño. Qué bien por la historia que reposa en manos de nuestro común amigo Vicente Pérez Silva. Inés Blanco, Bogotá.

Pedro Páramo, 50 años después

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con Pedro Páramo nacía en 1955 la novela más representativa de Méjico y una de las más destacadas de la literatura latinoamericana. Sin embargo, los críticos del país, salvo contadas excepciones, expresaron comentarios adversos sobre la obra y ésta pasó inadvertida para el público en general. Se le enjuiciaba por la falta de trama y de personajes claros, por la difícil comprensión de los tiempos y por no parecer una novela sino un enredado poema en prosa.

De los 2.000 ejemplares de la edición, 1.000 gastaron cuatro años en venderse y el resto los regaló el autor a las personas que le mostraban algún interés por su libro fracasado. Hoy es una de las novelas más difundidas en el mundo entero, y Juan Rulfo se convirtió en uno de los escritores más enigmáticos y asombrosos de todas las épocas.

Entre los pocos que creyeron en la obra está el también novelista mejicano Carlos Fuentes, que en el momento de su aparición la recibió con aplausos y más tarde la catalogó como la mejor novela escrita jamás en su país. También se cuenta el crítico español Carlos Blanco Aguinaga, que en el mismo año 55 elaboró un brillante ensayo de 40 páginas donde resaltaba la trascendencia de este libro monumental –de sólo 100 páginas–, que no había sido comprendido y que estaba llamado a perdurar en las futuras generaciones.

Quienes criticaron, e incluso todavía critican, la confusión de los tiempos novelados, tal vez tienen razón, aunque habría que reclamarles la parvedad de su juicio: en Pedro Páramo el tiempo está detenido y no es acertado buscar pasados ni presentes, ya que en Comala el tiempo es mítico e inmutable, por tratarse de una historia donde todos se encuentran muertos y se levantan de sus huesos para ofrecer una visión fantasmagórica de la existencia.

En esta aldea de ánimas en pena, que se confunden con seres reales, es fácil perderse entre los laberintos del absurdo e incluso en medio de comicidades macabras, y habría que preguntarnos si esos caminos subterráneos acaso no personifican los espectros que llevamos en el subconsciente.

Todo en Pedro Páramo es desconcertante, fantasmal y perturbador, y también deslumbrante y mágico. Es una historia de muertos-vivos, y de vivos-muertos, que suele ser la misma cosa. La eterna historia de la humanidad, en la que  se alternan la vida y la muerte, con su horizonte de violencia y de escasos sosiegos.

A los cuatro o cinco años, Juan Rulfo quedó huérfano de padre, el que fue asesinado dentro de las luchas cristeras, suceso que le dejó marca indeleble para el resto de sus días. Después pasó a un orfanato y allí la soledad fue pavorosa. De Sayula, donde había nacido en 1918, se trasladó a San Gabriel, paraje rural que lo estremeció por las supersticiones y el culto que rendía a los muertos. De ese mundo desolado y violento surgió la temperatura del libro. Idea que el escritor maduró por varios años y que al fin se decidió a realizar, entre abril y agosto de 1954, en 300 páginas de cuadernos escolares. Vino luego una exigente labor de depuración, y la obra fue reducida a la mitad.

Antes, en 1953, había publicado los quince cuentos que conforman El llano en llamas, que le sirvieron de preámbulo para adentrarse en el universo de los campesinos que habitaban aquellas latitudes azotadas por la crueldad y el miedo, cuyo escenario mayor vino a plasmarse, con ráfagas de misterio y de  hechizo, en Pedro Páramo. En la baraja de los títulos de libros, duda que siempre acompaña al autor, Rulfo había considerado otros tres nombres para su novela: Los desiertos de la Tierra, Una estrella junto a la luna y Los murmullos.

El narrador, que fuera de escuchar en su juventud una serie de relatos espeluznantes de labios de su tío bohemio y andariego, había vivido en carne viva la dureza de las tierras devastadas, se sintió liberado cuando pudo contar la verdad: su verdad onírica y obsesiva. Cuando escribí Pedro Páramo –revelaría 30 años después de publicada la obra– sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio”.

Y se encaminó a la tierra mítica, que lo aguardaba desde muchos años atrás y que él iba a descubrir para la literatura universal. Con estas palabras comienza a cumplir su cometido: “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”  

Penetra en el territorio desierto, sólo habitado por fantasmas, ecos sepulcrales y sombras huidizas y se tropieza con las almas insepultas, que tienen capacidad de hablar, reír y llorar, y que terminan reconstruyendo los hechos del pueblo. Sabe entonces que la historia está viva, y él la rescata con palabras alucinantes que brotan de los labios de los muertos. La aldea resucita y le da vida a una de las novelas de mayor belleza, vigor y embrujo que se hayan producido en tierras americanas. Duras tierras las nuestras que, cincuenta años después, no han cambiado en absoluto su rostro de miseria y barbarie.

Rulfo, que conquistó la inmortalidad con sólo dos libros de brevedad fantástica, da ejemplo a los escritores farragosos que piensan perpetuarse, sin que puedan lograrlo, con monumentos al desperdicio de la palabra. Además, enseña con su modestia y lejanía de los círculos del poder y la fama que la valía del escritor está por encima de los reinos artificiales.

El Espectador, Bogotá, 31 de marzo de 2005.

Las letras boyacenses

viernes, 27 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Pocos lugares del país, como el departamento de Boyacá, tienen el privilegio de contar con un escritor de la calidad y el amor terrígeno que posee Vicente Landínez Castro, dedicado desde su juventud a difundir y preservar las tradiciones y los valores de la comarca. En 1979, y en asocio de Javier Ocampo López -otro desvelado impulsor de la cultura regional-, Landínez Castro hizo un recorrido detallado por la literatura regional en la obra El lector boyacense. Edición gigante que tuvo el auspicio de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y se distribuyó a todos los establecimientos docentes y culturales como guía certera para estudiar el talento de los boyacenses en el campo de las letras.

Hoy, 24 años después, Vicente Landínez Castro, uno de los mayores estilistas boyacenses de todos los tiempos, acomete otra tarea colosal, y de superior aliento, cual es la de actualizar y ampliar aquel inventario del arte, labor que realiza en el libro Síntesis panorámica de la literatura boyacense, patrocinado por la Academia Boyacense de Historia. En cerca de 500 páginas y en formato amplio, el lector hallará todo lo que el departamento ha producido en las lides de la escritura. Los enfoques precisos que hace el ensayista sobre cada persona y cada obra permiten abarcar la dimensión de esta comarca prodigiosa que no ha cesado de hacer cultura desde los tiempos aborígenes.

La tradición viene desde los chibchas, dueños de novedosos sistemas de comunicación, por medio de los que difundieron sus mitos y leyendas valiéndose de expresiones orales (la literatura primitiva). Donde más eco tuvo la literatura chibcha fue en Tunja. Durante los tiempos de la Colonia, esta ciudad, rodeada de barrancos y misterios y coronada de blasones, figuró durante muchos años como la más atractiva de la época, por encima de la capital del país. Era tan intenso el movimiento literario que se vivía entonces, que en 1663 se verificó en Tunja el primer concurso literario de que se tenga noticia en Colombia.

El libro de Landínez Castro escudriña esos secretos y se lanza a los tiempos sucesivos, deteniéndose con reflexión en las épocas de mayor fecundidad literaria y en los nombres más representativos, sin subestimar otras figuras menores, acaso no valoradas antes en su justa medida, todos los cuales forman el inmenso patrimonio que representa para Colombia esta tierra grande de labradores y de gente pensante. Podría deducirse que el frío y los ambientes taciturnos, tan característicos de la tierra boyacense, mueven la mente y el alma al raciocinio y la creación.

Tal vez esto explique los 113.609 versos que constituyen el asombroso poema de don Juan de Castellanos titulado Elegías de varones ilustres de Indias, la obra más voluminosa -inconcebible en nuestros días- de la literatura occidental. Además, en Boyacá brotaron manifestaciones singulares, como la del ex jesuita Hernando Domínguez Camargo, poeta barroco y la máxima figura en América de la escuela gongorina durante el siglo XVII; o la de la madre Francisca Josefa del Castillo, pionera de la literatura ascética colonial y que dejó una obra estremecida por el amor divino; o la de Laura Victoria, que rompió con su poesía erótica, en la primera mitad del siglo XX, las cadenas de la hipocresía y los atavismos sociales y religiosos, liberando a la mujer de la esclavitud ancestral imperante en aquellos días.

Poetas, narradores, ensayistas e historiadores de los viejos y los nuevos tiempos quedan registrados en esta galería de gente ilustre, bajo la óptica diáfana y el criterio justo de quien, como Vicente Landínez Castro, ha sabido tomarle el pulso a su comarca y dignificar ante la historia el oficio de escribir.

El Espectador, Bogotá, 30 de octubre de 2003.

¿Dónde está Virginia?

viernes, 27 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Porfirio Barba Jacob nació en Santa Rosa de Osos en 1883, Colombia, hace 122 años, y se fue del mundo sin contarnos qué pasó con Virginia. Por lo menos yo lo ignoro, y quisiera que alguien más enterado me contara el secreto. Pocos saben que el gran cantor de la melancolía y la angustia, antes de ser poeta fue novelista. Virginia, la única novela que escribió en su juventud, desapareció en manos de un alcalde confiscador y nadie volvió a saber de ella.

Era una novela de tipo romántico, basada en sus amores con Silveria Prisco, la hermosa novia campesina que tuvo en Angostura, el pueblecito panelero de Antioquia, durante viaje realizado a la finca de su abuelo. El alcalde, por oscuras razones de moralidad pública, la prohibió con el siguiente decreto que merece enmarcarse en la galería de las vilezas y los atentados contra la libertad de expresión:

“El suscrito alcalde municipal de Angostura, en uso de sus facultades legales y en bien de la moralidad pública, resuelve: Prohíbese al señor don Miguel A. Osorio que preste los originales de una novela llamada “Virginia”, en la que este señor, según informan los que la han leído, cuenta unos amores de una tal Virginia con un tal Maín, ocurridos en los parajes de La Romera y el río San Pablo, y hay allí conversaciones que perjudican la moral pública. El señor Osorio debe entregar esos originales en esta Alcaldía, en el término de 24 horas, y de no hacerlo, pagará una multa de cincuenta pesos ($ 50.oo) convertibles en arresto”.   

Lo poco que se conoce sobre aquel borroso episodio indica que el novelista frustrado (tal vez un genio de la narrativa si no se atraviesa el alcalde estrafalario) la escribió en máquina y la puso a circular entre amigos. Después de la alcaldada, la novela desapareció y nadie volvió a saber de ella.

Por los contornos que ofrece el suceso, protagonizado por una autoridad miope y caricaturesca, podríamos conjeturar que las hojas literarias, calificadas como escandalosas por el funcionario mojigato que ni siquiera las había leído, fueron víctimas de las llamas de nuestra criolla Inquisición, que aún ardían en países retrógrados como el nuestro, por aquellos días víctimas de horrendo fanatismo religioso. Los adjetivos me brotan a borbotones para reprobar aquella acción inicua que privó a la literatura de conocer la naciente sensualidad de quien años después escribiría en Cuba el desgarrado poema Canción de la vida profunda, que lo llevó a la cumbre de la fama.

Alejado del estrecho marco pueblerino donde habían transcurrido su niñez y juventud, y en el que careció de la cercanía y el afecto de sus padres (todo lo cual se reflejaría en sus versos desolados), Barba Jacob se puso a recorrer mundo: Costa Rica, Cuba, Méjico, Guatemala, Nicaragua, Estados Unidos… Apasionado por la lectura, descubrió a Voltaire y Nietzsche como sus autores favoritos y con ellos creció su rebeldía social.

Y se hizo poeta. Nunca más volvió a incursionar en el género de la novela, y nunca olvidaría a la novia lejana, la bella Silveria Prisco, que le alborotó el cuerpo, el alma y el cerebro y luego se esfumó. También él se esfumó de los amores castos.

El poeta quiso retener ese recuerdo en un amor novelado (la Virginia destruida por el alcalde pirómano) que se deslizó por un escenario elemental y puro, como vivo testimonio de sus andanzas románticas por las montañas de su tierra. De paso, en esa ficción real creó a Maín, el novio de Virginia, seudónimo que utilizaría en su vida de escritor (Maín Jiménez), junto con otros que hizo célebres al paso de los días.

La hoguera inquisitorial de Angostura, que devoró las cuartillas iniciales de quien tiempo después sería declarado hijo adoptivo de la población, no logró, sin embargo, destruir las huellas del amor bucólico de Virginia y Maín. Estampa sentimental que se me antoja calcada del amorío pastoril  inmortalizado por Dafnis y Cloe.

Desaparecida la novela, nació la leyenda. Quizá no sepamos nunca si aquellas hojas frágiles fueron en realidad quemadas por el puritanismo parroquial, o si se las comió el comején del tiempo, que viene a ser lo mismo, ni quede fácil averiguar hoy por la suerte de Silveria Prisco.

Sabemos, en cambio, a ciencia cierta, que Virginia y Maín, los novios de ficción y al mismo tiempo de carne y hueso, que por poco llegan a ser novela, se salvaron (así lo atestiguan estas letras escritas un siglo después) de entre el rescoldo crepitante de la historia sepultada por el alcalde de Angostura.

El Espectador, Bogotá, 9 de octubre de 2003.
Revista Manizales, Manizales, No. 728, enero-febrero de 2004.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 8, noviembre de 2005.  Mirador del Suroeste, No. 52, Medellín, septiembre de 2014.