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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Laura Victoria, en el centenario de su nacimiento

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Laura Victoria nace el 17 de noviembre de 1904, en Soatá, departamento de Boyacá. Al año de nacida, la familia se traslada a Bucaramanga, donde su padre, Simón Peñuela, se posesiona como magistrado del Tribunal Superior. Tres años después, la familia regresa a Soatá. A los cinco años de edad, la niña inicia en su pueblo el estudio de las primeras letras. Los estudios secundarios los concluye en el Colegio de la Presentación de Tunja.

A los 14 años escribe allí su primer poema amoroso, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica. Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. Desde entonces esta alondra de los vientos no deja de volar por los cielos de la poesía.

En Soatá se habla de la selecta biblioteca que su padre ha formado a través del tiempo. Es hombre de leyes y de vasta cultura. Ha militado con pasión en las lides guerreras de la época y se mantiene enterado del desarrollo social del mundo. Lee cuanto texto cae en sus manos, sobre todo los que tienen que ver con el pensamiento político que encarna la Revolución Francesa.

El siglo en Colombia arranca con un pesado ambiente político entre ambos partidos. La guerra ha sido el común denominador del país. Simón Peñuela la induce a leer los tesoros que guarda en su biblioteca. Así, poco a poco, despierta la mente de la poetisa hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa. Su padre descubre en ella una mente accesible a las ideas progresistas. Le abre las puertas de la inteligencia francesa, y Laura Victoria aprende a pensar. “Esa fue la causa de mi carácter independiente”, confesará años después.

Ya casada, se establece en la capital del país. El primer literato en llegar a la escritora es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico, y escribe sugestivo artículo sobre esta poesía encantada. De inmediato el nombre de la autora salta al primer plano de la popularidad. La revista Cromos publica su poema más audaz: En secreto, rebosante de fino erotismo, que sacude el alma de los enamorados y a ella le significa el ingreso a la fama.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Es un público extasiado que camina en pos de sus huellas, la aclama en calles y teatros, se enardece con el símbolo que representa y sueña con sus poesías incitantes. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Están maravillados con sus versos de pasión, con su belleza de sílfide, con su audacia y su juventud. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina selecta. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana.

Aún no ha cumplido los treinta años cuando aparece Llamas azules, que Rafael Maya considera “el mejor libro poético publicado por mujer alguna en Colombia”. La poetisa viaja como un meteoro por los escenarios de América, donde recibe calurosos aplausos de los públicos delirantes. Su alta calidad la hace sobresalir entre las grandes líricas latinoamericanas: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Rosario Sansores.

Se trata, sin duda, de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana.

Laura Victoria ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su arte y su independencia. Escandaliza a la pacata sociedad con sus poemas, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Ninguna otra mujer se ha atrevido a tanto. Colombia no estaba preparada para una escritora de tal calidad.

Una de las grandes atracciones literarias y orientador insuperable de su carrera es el maestro Guillermo Valencia, que expresa franco reconocimiento hacia el sorprendente suceso que Laura Victoria representa en el mundo poético. “En su manera de escribir -dice- no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañoso brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938, año que le produce serios reveses. Representa el final de sus giras. Con Cráter sellado, publicado este año, concluye su poesía sensorial. Varios golpes la derrumban por aquellos días: la separación conyugal, la muerte de su madre, la huida a Méjico con el propósito de proteger a sus hijos, que su marido pretende arrebatarle. En este país ocupa por varios años el cargo de agregada cultural de la embajada colombiana, el que también ejercerá en Roma años después.

En Méjico se vincula al periodismo, labor que desempeña por más de veinte años. Allí escribirá el resto de su obra, y su vida dará un viraje al misticismo y a los temas bíblicos, en los que se vuelve erudita. Siete títulos conforman el total de su producción literaria, fuera de numerosos artículos en periódicos y revistas.

Nunca conoce el amor ideal. En las escaramuzas del amor, la dama del erotismo se entretiene con sus admiradores. Los toma y los deja. Los disfruta y los distancia. A veces se enamora del que no es. Los hombres se sienten seducidos por la diosa de la poesía y la asedian con ardor. Muchos se imaginan que lo que dicen sus versos es lo que ella practica en la intimidad de su propia vida. Sobre estos vaivenes de su alma escribe uno de los poemas más bellos de su obra: Otro rumbo. Pasado el tiempo, un periodista le pregunta si ha hallado el amor verdadero, y ella responde: «Desgraciadamente no. Me consagré entonces al estudio bíblico para lograr el conocimiento de Dios. Y ese amor verdadero lo encontré al fin en Cristo”. 

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Ahora sus poemas son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. Muere en Ciudad de Méjico el 15 de mayo de 2004, faltándole seis meses para cumplir cien años de vida. La Academia de la Lengua, de la que era miembro desde varios años atrás, dispone rendirle un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento, este mes de noviembre, ocasión en  que se presenta la biografía titulada Laura Victoria, sensual y mística, de mi autoría. Obra auspiciada por la Academia Boyacense de Historia.

Olvidada en Colombia en los últimos tiempos debido a su estadía de 65 años en Méjico, la noticia de su muerte ha hecho revaluar su nombre como una de las figuras ilustres de las letras nacionales.

Bogotá, 2-XI-2004

La leyenda de Françoise Sagan

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con la muerte de Françoise Sagan, ocurrida en París el pasado 24 de septiembre, crece su leyenda. Leyenda que comenzó a formarse en 1954, después de la publicación de su primera novela, Buenos días, tristeza, cuando la autora apenas había cumplido los 19 años de edad. Esta obra, escrita en siete semanas, le trajo de inmediato un éxito arrollador. De ella se vendieron cuatro millones y medio de copias y ha sido traducida a 22 idiomas. Dos años después se repitió el suceso editorial con Cierta sonrisa. Ambas novelas son las que más la caracterizan entre los más de 40 títulos que componen su obra total.

Nacida en Cajarc (Lot) en junio de 1935, recibe el nombre de Françoise Quoirez, que ella cambiará en su vida de escritora por el de Françoise Sagan, en honor de la princesa Sagan, personaje de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En París estudia Filosofía y Letras, disciplina que influye de manera categórica en la creación de sus criaturas literarias, sobre todo las femeninas (muchas de ellas un calco de su propia alma), a las que mueve con las fórmulas de la intuición aprendidas de Bergson, su filósofo de cabecera. En 1951, se dedica a escuchar jazz en Saint-Germain-des-Prés, y años después se relaciona allí con grandes intelectuales, como Sartre.

Estos datos someros revelan su formación y su espíritu precoz, gracias al cual irrumpe en las letras francesas y se convierte en una revelación y, más tarde, en una leyenda viva. Françoise Sagan hace parte de los primeros rebeldes de su patria que expresan su divergencia frente a ciertas tradiciones.

En su primera novela aparecen los hijos de la burguesía francesa que después de la guerra actúan en un mundo materialista, manejados por un estado de desacomodo social. En esta novela figuran los ingredientes que moverán toda la obra de la escritora, y en ella queda retratada la vida trivial de las altas clases sociales.

Este es el mundo de la propia novelista, del que toma personajes y sucesos que giran en torno suyo, los condimenta y los dota de caracteres adecuados para que representen la comedia humana que ella vive y a la vez critica. Sus novelas son el retrato fiel del ambiente frívolo que alrededor del sexo, el licor y la droga viven personas aburridas de la burguesía, de la que ella misma es protagonista en la vida real.

Buenos días, tristeza, la fulgurante novela-sorpresa de hace cincuenta años, de breves páginas y de largo alcance, resulta premonitoria de lo que sucederá en la vida de la autora. He vuelto a leerla con motivo de su deceso y descubro en ella similitudes sorprendentes con los rasgos futuros de la escritora.

No me cabe duda de que Cecilia, la protagonista de la novela, es la misma Françoise Sagan. Ambas son adolescentes y estudian Filosofía y Letras en París. La una tiene 17 años y la otra, 19. Ambas son veleidosas, bonitas y sensuales, toman licor y disipan sus tedios en fugaces amoríos. En la velocidad hallan un placer casi sexual. Los coches descapotables que ruedan por las páginas de la novela son los mismos que apasionarán a la escritora en su vida de vértigo y alboroto.

En 1957, estuvo a punto de morir en un vehículo vertiginoso. (Ana, otro personaje de la obra, muere en el automóvil en el que se desplazaba a gran velocidad). La droga, que también seducirá a Françoise Sagan, no figura en la novela, pero se vislumbra dentro del clima de extravagancias, casinos y  frágiles diversiones que menoscabarán su existencia.

Françoise Sagan fue gran conocedora de la condición humana y sobre todo del alma femenina. En sus novelas, que algunos califican de frívolas, trataba, con aparente levedad y en lenguaje sencillo y ameno, franco y descarnado, temas serios y apasionantes salidos de los escenarios sociales que ella, como Balzac, frecuentaba en sus rutinas agobiantes. No le otorgaron ninguno de los grandes premios franceses, a pesar de que sus obras han sido de las más vendidas en el país y en el exterior. Al conocer la infausta noticia de su muerte, el presidente Chirac dijo: “Francia pierde uno de sus autores más brillantes y sensibles”.

Su agitado discurrir mundano, tal vez producto de su carácter hiperactivo y de su laboriosidad creadora, no le permitió el reposo. Siempre vivía en función de escribir, correr, soñar, gozar de los placeres y los desmanes existenciales. Dos veces se casó, y tuvo un hijo, Denis. Abusaba del alcohol y la droga, y cada vez, a plena conciencia, se hundía más en sus tinieblas.

En medio de esa atmósfera asfixiante, rodeada de aplausos y de la leyenda fantástica que siempre la acompañó, Françoise Sagan acaba de morir a los 69 años, víctima de una embolia pulmonar. Venía enferma desde hacía varios años, y sus propios lectores y admiradores no lo sabían. La niña precoz de mitad del siglo pasado, ídolo de un amplio círculo de admiradores, nunca fue feliz. Buscó la felicidad en las marañas de su existencialismo y no la halló. Siempre llevó consigo una inmensa soledad interior.

Pocos títulos tan acertados para una vida desolada, y a la vez exitosa en medio del gran mundo por donde corrió su fama, como el de su novela inaugural: Buenos días, tristeza.

El Espectador, Bogotá, 7 de octubre de 2004.

 * * *

 Comentario:

Acabo de regresar de vacaciones y no sabía la muerte de Françoise Sagan. También fue ella una de mis admiraciones de juventud y la leía al mismo tiempo de Sartre y Camus. Excelente la nota, me trajo reminiscencias.  Jaime Lopera, Armenia.

Adiós, Laura Victoria

miércoles, 25 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El viaje de Laura Victoria a Méjico hace 65 años (febrero de 1939), cuando por motivos familiares se vio precisada a radicarse en dicho país, concluye con su marcha definitiva del mundo, ocurrida el 15 de este mes, a seis meses de cumplir los cien años de existencia. De Colombia se retiró en el mejor momento de su gloria, cuando su nombre, como pionera de la poesía erótica, había adquirido alta celebridad en los países latinoamericanos, al lado de las grandes líricas del continente: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Alfonsina Storni, Delmira Agustini y Rosario Sansores.

Por aquellos días había aparecido su libro inaugural, Llamas azules, opúsculo que estremeció el sentimiento del país y provocó una revolución en la literatura, calificado por Rafael Maya como “el mejor libro poético publicado por mujer alguna en Colombia”. El segundo, Cráter sellado, salió en Méjico en 1938, y el tercero, Cuando florece el llanto, en España en 1960. Su obra completa la conforman siete títulos y es poco conocida en Colombia, por la circunstancia ya anotada de su larga estadía en la tierra azteca.

De la Bogotá parroquial de trescientas mil almas que aclamó la fibra romántica de la bella provinciana, a la metrópoli actual con más de siete millones de habitantes, mucha agua ha corrido bajo los puentes. El ambiente recoleto de la urbe se alteró, claro está, con un poema tan vibrante y lleno de fino sensualismo como En secreto, la página que causó mayor revuelo y la llevó a la fama. Grandes literatos de la época, entre ellos el maestro Valencia, reconocieron la aparición de una estrella en las letras nacionales, y el público delirante la rodeó de simpatía y admiración, como nunca antes lo había hecho con otra dama.

Laura Victoria, proveniente de un destacado hogar boyacense imbuido de rígidas costumbres, y situada en un ambiente puritano y farisaico, tuvo que romper con los lazos de su estirpe y de su tiempo para explayar su exquisita entonación erótica, que las mentes mojigatas calificaron como atrevida y pecaminosa. Colombia no estaba preparada para una poetisa de tal dimensión. Sin duda alguna, ella emancipó a la mujer colombiana y puso una nota muy alta en el panorama romántico del país.

Años después dio un viraje al misticismo y se volvió erudita en los temas bíblicos. Fue agregada cultural de nuestras embajadas en Méjico y Roma, y por largos años ejerció el periodismo. Además, era miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Una vida en verdad meritoria y apasionante, que tuve oportunidad de escrutar en mi reciente libro Laura Victoria, sensual y mística. Con su muerte, Colombia pierde una egregia personalidad literaria y humana.

El Espectador, Bogotá, 20 de mayo de 2004.

El universo poético de Fernando Soto Aparicio

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Prólogo del libro Las fronteras del alma)

El público se acostumbró a ver en Fernando Soto Aparicio un novelista de clase, por encima de otras calidades. Es, sin duda, el género donde más se ha destacado ante los lectores y el que mayor beneplácito le ha traído a partir de 1960, cuando publicó su primera novela, Los bienaventurados. Desde entonces han aparecido 53 títulos, de los cuales 28 corresponden a novelas, 13 a poesía, 8 a cuentos y relatos, 4 a ensayos.

El éxito obtenido con La rebelión de las ratas (1962), su novela estelar, le abrió el horizonte hacia el campo de la narrativa, en el que cosecharía triunfos caudalosos. La mente de Soto Aparicio viene estructurada desde muy temprana edad para el arte de la novela. Esto es tan evidente, que a los diez años escribía dos novelas a la vez, que rasgaría tiempo después, privando a la literatura de conocer el mundo curioso, entre sutil y perspicaz, de aquella mente precoz. En efecto: Soto Aparicio ha sido novelista desde siempre.

Pero también es poeta, y de altos kilates. Esto ha pasado inadvertido para algunos lectores, que siempre lo han identificado como autor de excelentes enfoques sociales en el terreno de la novela y no han tenido la oportunidad de llegar a sus predios poéticos. La primera incursión que se le conoce en este género ocurrió con el poema Himno a la patria, aparecido en el suplemento literario de El Siglo, en agosto de 1950. Lo cual quiere decir que por lo menos doce años antes de salir su primera novela ya era poeta. Aquí también cabe afirmar que ha sido poeta desde siempre.

Otro hecho revelador de su talento poético es el relacionado con su Oración personal a Jesucristo, que escribió a los 20 años de edad, y cuya primera edición tuvo lugar en marzo de 1954, en la página literaria de La República, dirigida por Dolly Mejía, suplemento que dedicó al poema la totalidad de su espacio. En febrero de 1964, también el Magazín Dominical de El Espectador, dirigido por Guillermo Cano, ocupó todo el suplemento con esta producción maravillosa, calificada por el director -tan buen catador de las bellas letras- como una de las mejores obras de la literatura colombiana.

La poesía de Soto Aparicio comenzó a decantarse en los tersos paisajes boyacenses, en los que captó la claridad y la armonía de los cielos serenos. Es poesía que brota con naturalidad y frescura y fluye sin torturas de expresión para producir encanto y emoción. El caudal del pensamiento, de que es tan rica la mente del artista, forma la placidez de las aguas cristalinas y el vigor de los ríos profundos, tono que matiza toda la obra lírica del ilustre boyacense. Poesía auténtica y pura, sin barnices ni falsas pedrerías, y asperjada con el fulgor de la metáfora y la contundencia de la belleza. La sonoridad del verso, el precioso lenguaje y el rigor gramatical crean la estructura perfecta para que estos poemas posean la musicalidad y donosura de las mejores creaciones castellanas.

Para que la poesía cumpla su noble fin es necesario darle el toque de color, la cadencia, la magia, la fulguración de las imágenes, atributos fundamentales para la verdadera factura lírica. Y por supuesto, se requiere poner la propia alma para causar conmoción y asombro. Poesía que carezca de ritmo, latido, eco interior, no es poesía. “¡Ay del poeta que no responde con su canto a los tiernos o furiosos llamados del corazón!”, dijo Neruda.

Soto Aparicio ha seguido al pie de la letra estas reglas de oro, lo que le permite consolidar hoy un legado inapreciable, que entrega, para delectación de las actuales y las futuras generaciones, en la antología titulada Las fronteras del alma. No pocos de estos poemas se han reproducido en ediciones diversas y ya adquirieron el sello de piezas maestras para todos los tiempos.

Por obra clásica se considera la que a lo largo de los años se mantiene en el alma  del público, árbitro supremo que, por encima de los críticos caducos, sabe distinguir lo que es valedero de lo que es mediocre. Lo que perdura es lo que sirve. Lo demás es ripio. Nos hallamos, pues, ante el poeta clásico que ha realizado uno de los itinerarios más brillantes en las letras nacionales, y que en el género del soneto atesora verdaderas joyas, por su corte perfecto, su ritmo musical y su refulgente expresión.

Los cuatro capítulos que componen Las fronteras del alma demarcan otros tantos horizontes de lo que ha sido el trajinar sustancioso del escritor por los campos de la poesía:

En Los júbilos del fuego se reúnen 60 sonetos de la mejor estirpe, nacidos al soplo de la emoción amorosa, y en ellos se hace manifiesto el eterno hechizo que hace de la mujer la fuente suprema de la belleza, la admiración y el placer, dones que le dan calor y sentido a la existencia del hombre. Soto Aparicio es, por excelencia, escritor romántico, no solo en sus versos sino también en sus novelas. El jardín romántico regado por estos 60 sonetos que alborozan el alma, es recinto de la ternura, la emoción y la filosofía ante el discurrir de la vida.

En Poemas intemporales se reúnen grandes piezas que resaltan la vena social del autor, en su compromiso con las causas del hombre. Aquí están Hermano indio, Réquiem por el agua, Oración personal a Jesucristo, Himno de lo cotidiano, Carta de bienvenida a la paz, Réquien para un niño marinero, La tierra joven, entre otras páginas memorables. Tema reiterativo es el de la paz, como lo son el de la violencia humana y el de la armonización del hombre con la naturaleza, y en ellos insiste en toda su obra, bien para repudiar el odio y la guerra entre hermanos, bien para clamar por la libertad y la dignidad humana, bien para proteger el espacio y los tesoros terrenales. Esa voz solidaria con Dios y con el hombre exclama en uno de estos poemas: “Pongamos a la paz a arar la tierra, a que siembre de trigo las laderas y vista de cebada las fontanas”.

En Poemas recobrados, el escritor retorna a sus temas perennes sobre la libertad, la paz, las riquezas del alma, la ternura, los paisajes de la vida cotidiana. En este mundo de llantos y regocijos que es el tránsito del ser humano sobre el planeta, el canto de Soto Aparicio se levanta para iluminar el camino y afianzar los eternos lazos del amor y la esperanza.

En Las tentaciones de Afrodita, último capítulo del libro, fulgura la mujer plena, en todo su esplendor, su misterio y su embrujo, como la imagen más persistente del alma enamorada. Cabe aquí apropiarme de unas palabras de Vicente Landínez Castro que desde vieja data captan, de manera precisa, los recursos del poeta embelesado ante el hechizo femenino: “Ha celebrado mimosamente la belleza y los dones del cuerpo y el alma femeninos -¡oh, el eterno femenino goetheano!-, en deliciosos sonetos de clásica factura, recogidos en libros tan cercanos al afecto de las gentes como Diámetro del corazón, Palabras a una muchacha y Sonetos en forma de mujer”. Y puntualiza Landínez: “Fernando Soto Aparicio es, antes que todo, un poeta. Un enorme poeta. Un eximio cultor del idioma que en cristalinos y musicales versos ha expresado los más hondos sentimientos tanto de sí mismo como de su pueblo”.  

Este bello y radiante poemario es, en fin, un toque en el alma sensitiva, en su vuelo por las aflicciones y los goces humanos y en su peregrinar por todas las causas del hombre.

Bogotá, octubre de 2004.

Ante la tumba del poeta

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A comienzos de este año me di a la tarea de localizar en Ibagué, en el viejo cementerio de San Bonifacio, la tumba donde reposan las cenizas de Germán Pardo García, fallecido en Méjico el 23 de agosto de 1991, y llegadas a Bogotá el 25 del mes siguiente. Cuando por aquellos días me enteré de que la urna funeraria venía con rumbo a Ibagué, donde el poeta había nacido en 1902 por una circunstancia accidental, adelanté gestiones para que se corrigiera ese destino por el de Choachí, que él siempre consideró su verdadera patria. Y fracasé.

Quien tomó la decisión de enviar las cenizas a Ibagué, sin duda por tratarse de la tierra natal del poeta, y desconocedor de otros hechos que no se le advirtieron, fue el embajador Julio César Sánchez García. A él me dirigí haciéndole notar el destino equivocado de las cenizas, pero la carta no fue recibida a tiempo.Días después, en un homenaje que aquel país le tributó a Pardo García, el embajador anunciaba el proyecto de publicar, por cuenta de Colombia, la obra completa de nuestro ilustre compatriota.

Y en respuesta a mi carta, me manifestaba la intención de interesarse con el gobernador de Cundinamarca para levantar en Choachí un busto que exaltara la memoria del poeta, obra que debería elaborar un artista de prestigio. Ninguna de las dos cosas se ha cumplido. Y han pasado doce años.

En vísperas de la llegada de la urna a Bogotá, hablé con el poeta Cobo Borda, nombrado para llevar la representación del Gobierno en la ceremonia de honores, y él me manifestó que no podía cambiar lo que ya estaba dispuesto, y que por lo tanto se limitaba a cumplir su encargo al pie de la letra. El propio día en que los restos eran recibidos en Bogotá, yo publicaba en El Espectador una columna en que exponía las razones para que se modificara la medida.

Esa nota llamó la atención de la gente de Choachí, y allí se dispuso que una comisión de vecinos, con el alcalde a la cabeza, reclamara sus legítimos derechos. Dicha aspiración tampoco fue atendida. A la postre se designó como árbitra a la directora de la Casa de Poesía Silva, María Mercedes Carranza, que propuso estas fórmulas singulares: ‘prestar’ por unos días las cenizas a Choachí, con la condición de que luego fueran devueltas a Ibagué, o repartirlas entre ambos lugares…

Ahora, mientras mi alma se encontraba con el alma del poeta en el camposanto de Ibagué, recordaba que su última voluntad, expresada al colombiano Aristomeno Porras, había sido la de que se cremara su cadáver y se lanzaran las cenizas al mar. Sin embargo, Porras, obrando de acuerdo con un deber patriótico, consideró que debía ponerlas a disposición de Colombia, como lo hizo a través de la embajada en Méjico.

La predilección de Pardo García ya estaba fijada en su obra y en diferentes manifestaciones, como esta carta al profesor norteamericano James W. Robb: “‘No con quien naces sino con quien paces’, dice el sabio refrán español. Soy, pues, de Choachí. Ibagué es una hermosa ciudad de Colombia, pero para mí nada quiere decir”. O esta otra a una prima hermana suya: “Estoy viendo cómo termino mis pocos asuntos aquí, para volver del todo a Colombia, al seno del pueblecito oscuro que tomé como cuna adoptiva: Choachí”. Estas y otras  razones las expuse al embajador Sánchez García y al escritor Cobo Borda, y luego las dejé consignadas en el libro Biografía de una angustia, que publiqué tres años después.

En el cementerio de Ibagué, en compañía del escritor tolimense José Antonio Vergel, autor de una excelente biografía sobre Martín Pomala, el olvidado poeta de Ataco (caso similar al de Pardo García), hice notar a mi amigo que el personaje de Choachí estaba en sitio inadecuado. Se trata de un panteón construido para sacerdotes y monjas, donde aparece esta inscripción aislada, que desentona en el territorio de religiosos: “Germán Pardo García, poeta”.

Al llevarlo allí, sin duda se desconocían dos episodios sensibles que lo alejaron para siempre de los ministros de la Iglesia. En 1917, cuando estudiaba en el colegio de San Bartolomé, de jesuitas españoles, un sacerdote lo maltrató, a raíz de lo cual se retiró de ese plantel. Y en 1925, en Viernes Santo, el párroco de Choachí hizo prender fuego a la casona y a los graneros que por aquellos días eran de su propiedad, por no pagar diezmos a la Iglesia.

El verdadero homenaje al poeta del cosmos -hijo del páramo- hubiera sido regresarlo al páramo. Ojalá algún día se realice este acto de rectificación y elemental nobleza. Queda claro que, al interponerse designios extraños como los que se presentaron en este suceso, tan similar a una traigicomedia, se ejecutó una acción errónea. Lo que no deja de ser significativo e irónico, ya que la vida del poeta fue una cadena de adversidades, que ni siquiera después de muerto lo han abandonado. Dicho en otra forma, no lo han dejado dormir en paz. Y a Ibagué fui a decirle: descanse en paz, maestro. O en palabras suyas, paz y esperanza.

El Espectador, Bogotá, 11 de marzo de 2004.
Eje 21, Manizales, 6 de marzo de 2022.