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Archivo para la categoría ‘Temas literarios’

Palabras de mujer -II-

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El otro libro es el de la poetisa antioqueña Mara Agudelo, nacida en Toledo, y lleva por título Mara, una vida novelada. En 1967 inicia su producción literaria. Fuera de la obra actual, ha escrito siete libros de poesía y un taller literario con poesía infantil. Sus versos son de protesta y en ellos bullen los problemas sociales. Alguien dijo que Mara Agudelo, con María Cano, “son lenguaje de liberación”.

Mara Agudelo ha ejercido el periodismo, y en 1980 fundó la revista Voces. Es cofundadora de la Asociación Colombiana de Periodistas de Antioquia y presidenta de la Corporación Mujeres Poetas de Antioquia (las distinguidas damas prefieren que se les llame poetas y no poetisas: allá ellas). Trabajó como educadora oficial hasta jubilarse y ocupó diversos cargos en entidades oficiales, dentro y fuera de su comarca. Además, es experta vendedora de libros

Entre sus poemas sobresale Corazón de montaña. Amiga del arte musical, varias letras suyas han sido musicalizadas y difundidas por sellos de prestigio. En Pereira se hizo amiga de Luis Carlos González y Enrique Figueroa. Fue una aplaudida declamadora. También ha actuado en el teatro. En fin, esta gama de aficiones y actividades revelan una inquieta y atrayente personalidad. Bien hace ella, ahora en la edad madura, en recoger sus vivencias, ideas e inquietudes en el libro autobiográfico que, junto con el de Gladys García de Londoño, que comenté en nota anterior, representan hechos destacables.

La narración de su vida es franca, abierta, sin tapujos. Descarnada en algunas partes. Aquí está la auténtica mujer antioqueña que emerge desde el montañoso y estrecho poblado de Toledo, distante 176 kilómetros de Medellín, y luego de no pocas peripecias llega a la capital y conquista un nombre y una posición en el mundo literario. Su ambiente familiar, que hoy recuerda con pesar y desazón, está oscurecido por el padre beodo y mujeriego, y más tarde por la madrasta que le declara la guerra. Sin embargo, de allí surge la dulce evocación de su madre, al lado de la cual se inicia en la actividad cultural, que años después se convertirá en la justificación de su existencia.

En un mismo mes pierde a su padre y a su madre. Los huérfanos quedan bajo la protección de su tío sacerdote y encuentran refugio en la casa cural. Como tienen parentesco con monseñor Miguel Ángel Builes, el controvertido obispo de la historia católica colombiana en mitad del siglo pasado, la futura escritora abre los ojos a esta dolorosa realidad: la de la Iglesia politizada y extremista, y la del país violento y sectario. A pesar de sus raíces religiosas, Mara se crispa un día, en vísperas de hacer la primera comunión, ante el grito que recibe del confesor por no hablarle duro.

Grito que le queda sonando toda la vida como un acto de terror. Quizá este hecho contribuya al deseo que llegará a experimentar por no pertenecer a ningún credo y ser librepensadora. Sin embargo, mantiene en su alma la llama de la religiosidad y la costumbre del rezo. Le encantan la misa voluntaria y la confesión íntima con Dios. “Veo a Dios en el temblor de la hoja (…) No sé vivir lejos de Dios”, declara. De esa compenetración con la divinidad se derivan su amor al prójimo y su solidaridad con las causas del hombre.

Varias marcas más le quedan de aquellas épocas ingratas. Entre ellas, la pasión fanática de los partidos: había descubierto en las oficinas de personal que las hojas de vida llevaban grabadas las letras “C” o “L” para diferenciar al que era conservador y al que era liberal y disponer de los cargos cuando llegara el momento. Se iba a casar con un godo, y como ella era liberal, su familia se lo impidió. ¿Liberal, conservador? El individuo podía no serlo, pero el rótulo o la tradición del apellido era lo que contaba.

Mara no se casó, sino que la “casaron”. Su ignorancia e ingenuidad en este terreno eran supinas. De sexo no sabía nada, ni recibió ninguna formación. Pero había que dar el paso y llenarse de hijos. Tuvo ocho partos, y cinco criaturas se perdieron. En medio del caos, logró al fin la separación conyugal por decisión del Tribunal Eclesiástico. Y juró no volver a casarse.

Como desquite para sus frustraciones, conquistó la tranquilidad en los caminos de las letras. Ha viajado por el país y el exterior y se ha embriagado de paisajes y de cultura. En Méjico se entrevistó con Germán Pardo García y Laura Victoria. En Europa probó los buenos vinos, saboreó platos deliciosos, se extasió ante el arte y se maravilló con los infinitos placeres que surgen por doquier.Da gusto leer libros testimoniales como el de Mara Agudelo. Libro que, al mismo tiempo que recrea, dibuja perfiles de las costumbres y el modo de ser de los colombianos en viejos tiempos, y de paso deja lecciones de vida.

 * * *

Pérdida de la identidad.- El escritor Hernando García Mejía me había enviado copia de la carta que dirigió a Manuel Drezner y que aparece publicada en la sección Preguntas y Respuestas de El Espectador (edición dominical del pasado 3 de octubre). En ella el corresponsal manifiesta que la causa que determinó la muerte de Nicolás Gogol, de quien se dice que lo enterraron vivo, no podría ser un ataque de epilepsia sino de catalepsia. García Mejía, erudito en literatura y que tiene a Gogol entre sus escritores preferidos, hace en su carta valiosas reflexiones sobre el tema de los burócratas (a propósito de El inspector, obra de Gogol que acaba de ser adaptada al teatro colombiano). Pero ocurre que el segundo apellido del corresponsal (Mejía) fue cambiado en la columna de Drezner por Maya. Conclusión: Hernando García Mejía corrigió una errata y luego fue víctima de una errata mayor, que le hizo perder su identidad. .

El Espectador, Bogotá, 25 de noviembre de 2004.

El cronista de Tuluá

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Difícil hallar otra persona que quiera tanto a su pueblo como Óscar Londoño Pineda. Hasta tal punto la patria chica se ha adherido a sus afectos, que se ha vuelto una obsesión. Tuluá ha tenido presencia absorbente en su vida, y él no ha cesado de enaltecerla en sus libros, discursos y artículos de prensa. Desde Los pasos de Egor, libro de cuentos aparecido en 1975 (el primero de los trece que lleva publicados), por su obra han desfilado, de manera elocuente, personajes de ficción o memoriosas páginas de reconocimiento de los hechos y los hombres que conforman la historia local.

Digamos también que el amor está bien correspondido. De allí se le llama con frecuencia para que honre con su palabra los grandes sucesos regionales, y para recibir, por supuesto, el tributo que la gente le rinde como a uno de los coterráneos más  ilustres. Fue alcalde de Tuluá en 1959, juez penal, concejal y representante a la Cámara. También ha sido juez de instrucción criminal en Bogotá, secretario general de la Aeronáutica Civil, magistrado de los Tribunales Administrativos del Valle del Cauca y Cundinamarca y profesor universitario.

Es la voz lírica más destacada de la ciudad, donde también han descollado, en el plano de las letras, figuras tan reconocidas como las de Enrique Uribe White y Gustavo Álvarez Gardeazábal. Hay un hecho curioso en su producción literaria: sus cinco primeros libros estuvieron situados en los géneros de la narrativa y el ensayo, que se consideraban las venas de su literatura, y no llegó a intuirse su afición por la poesía.

Sólo en 1998, con Las palabras necesarias, título publicado 23 años después de su primera obra, vino a revelarse su capacidad lírica. Siguieron luego, en profusión sorprendente, Los silencios reunidos, Viento de espejos, La ciudad cantada y Las voces sumergidas, con los que se descubrió que siempre ha sido poeta.

Hay algo más: el ambiente de su libro inaugural, Los pasos de Egor, está imbuido de poesía. Sobre este hecho no repararon los lectores iniciales, quienes -los más perspicaces- sólo hallaron una obra singular, la que, dicho sea hoy de paso, no puede clasificarse en un género determinado, y esto la rodea de cierto hechizo: en algunas partes hay cuento, en otras, crónica, y también ensayo. Pero, por encima de todo esto, se trata de prosa lírica. Y si leemos con atención sus ensayos, encontramos en sutiles y a veces vigorosos hilos líricos. Por eso, es dado afirmar que el distintivo más certero que puede asignarse a su quehacer literario es el de poeta.

De su paso por la judicatura le brotó el libro La justicia no sonríe, testimonio patético de lo que es la sinrazón de ciertos episodios dolorosos que sufre la humanidad y por lo general permanecen silenciados. Más que el funcionario judicial, el que habla en estos cuentos es el humanista, en su tránsito escrutador por los juzgados y la magistratura. En estas historias de impiedad y angustia, zurcidas con fuertes hilos de enredo e ironía, para que no se olviden, discurren ignorados personajes del común  que se mueven sin esperanza dentro de los intrincados caminos de las leyes.

Otra de sus facetas, muy acentuada, es la de cantor de su pueblo. Desde días lejanos, su sentimiento regional comenzó a manifestarse en diferentes formas: en el escrito divulgado por la prensa o la radio; en el discurso en la plaza pública; en la conferencia académica; en el prólogo de un libro, o en el poema secreto que se unía a otros dentro del sigilo de su mesa de trabajo.

Y cuando  tuvo material suficiente, sacó a la luz, en 1999, dos libros seguidos como homenaje a su terruño: Tuluá, visión personal, a los que ya se suma el tercer volumen, próximo a aparecer en estos días. Además, en el año 2002 publicó dos poemarios de evocación y añoranza, dentro del ámbito de la comarca, y en ellos se conmueve su alma ante las “historias ya deshechas por la lluvia del tiempo”.

Londoño Pineda ha sido trabajador infatigable de la palabra, y gracias a esa perseverancia creadora acredita una obra polifacética y de alta valía, que lo hace sobresalir en el panorama literario del país y además lo consagra como el cronista mayor de Tuluá.

El Espectador, Bogotá, 19 de febrero de 2004

Palabras de mujer -I-

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

He recibido, casi en forma simultánea, dos breves y bellos libros escritos por mujeres, el uno de Bogotá y el otro de Medellín, que tienen entre sí curiosas coincidencias: ambas obras son autobiográficas, su formato y el número de páginas son parecidos, las dos autoras han cultivado expresiones del arte, y en ambos libros aparecen palabras preliminares de la poetisa Inés Blanco. Se trata de mujeres luchadoras, pensantes y creativas, con claro sentido de los valores éticos, religiosos y familiares, lo mismo que de los problemas sociales del país. La una es abogada y pintora y la otra, profesora y poetisa.

Gladys García de Londoño, nacida en Bogotá, abogada de la Universidad del Rosario, especializada en derecho de familia en la Universidad Santo Tomás y en derecho de menores en el Externado de Colombia, publica el libro que lleva por título Luz de otoño, páginas para David Esteban. Ya había escrito dos textos anteriores relacionados con su profesión. Desde joven siente afición por las letras y la pintura, y ahora, en la dorada época del otoño, ha querido escribir este libro testimonial, lleno de evocaciones, ideas y tesis diversas, que nos ha traído dgrata sorpresa a sus amigos.

“Quiero escribir para encontrarme, para contarles a los que me aman y yo amo, lo que he hallado, para dejarle a mi hijo, sobre todo, un testimonio de quién fui”. En estas palabras sintetiza Gladys el significado de su libro y de su mensaje. Y  para explicar su repentina aparición en las letras, manifiesta: “Cada quien tiene un lugar en el mundo, que debe poseer sin pedir permiso”. Su esposo, el también escritor y abogado Óscar Londoño Pineda, anota que en la obra se reúne un “cúmulo de emociones y de reflexiones finamente entrelazadas, trasunto de una sensibilidad y de una madurez cultivada con esmero”.

Podría pensarse que se trata de un álbum de familia para guardar en la intimidad del hogar, como sin duda lo es, pero su contenido va mucho más allá: es la palabra bien escrita, que trasciende al público. En eso consiste la fuerza de la palabra. Narrando episodios de su propia vida, de su vocación por la lectura, la escritura y las artes plásticas, de su actitud filosófica ante los aconteceres de su entorno familiar y del mundo que la rodea, Gladys consigue crear una parábola de interés general. Dejando su testimonio personal, está conectada con el mundo. Escribe para ella misma y para que los demás piensen y fijen sus propias pautas frente al ejercicio de vivir.

Habla de sus rebeldías juveniles, de sus encuentros con Dios, de su solidaridad con el dolor ajeno, de su amistad con los árboles, los animales y la naturaleza. Al confesar sus iniciales indecisiones sobre la abogacía, dice: “Aprendí que la Ley es uno más de muchos instrumentos y no precisamente el más poderoso para resolver los problemas de las gentes”.

Se duele de la indolencia hacia la pobreza y la miseria de los colombianos. Resalta el tesoro de la amistad y de la fraternidad humana. Le declara su amor a Bogotá y al mismo tiempo critica la congestión urbana, la grosería de la gente, el desgreño de las oficinas públicas.

Y abre su corazón al amor, el amor de su esposo y del hijo único, David Esteban, limitado por alguna circunstancia física, pero que es artista como ella: también pinta. Gladys lo llama su “maestro”. Ambos son los ejes de su existencia. Esa fusión del corazón y la mente se vuelve el hilo zurcidor de toda la obra. Son la música del otoño.

Sin música en el alma, la escritora no entendería la vida. La espontaneidad, la franqueza y el donaire con que hace fluir su sentimiento en medio de la defensa de los principios y del derecho de pensar, ennoblecen su alma sensitiva y realzan su palabra de mujer.

Una anotación final para ponderar la excelente edición del libro por parte de la Editorial Códice, de don José González, la que ha adquirido prestancia entre los escritores por la esmerada confección de sus obras. La semana entrante comentaré el otro libro.

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Los calofríos de Gabo.- En su columna de la revista Semana, Isabel Rueda formula esta pregunta a Gabo: “¿Se dice ‘calofrío’, como dice en la página 54 de su último libro su protagonista, el culto profesor Mustio Collado, o se dice ‘escalofríos’, como decimos a diario todos los colombianos?”. Sin ser yo, por supuesto, García Márquez, voy a permitirme opinar al respecto.

El Diccionario de la Real Academia Española registra ambos términos, pero prefiere “escalofríos”, en plural, como lo menciona María Isabel. “Calofrío”, en siugular, parece rebuscado. Sin embargo, se me ocurre pensar que García Márquez usa la palabra en forma deliberada, y no por pedantería, para enviarle un mensaje a la Real Academia.

Según el DRAE, el escalofrío, o calofrío, es “una sensación de frío, por lo común repentina, violenta y acompañada de contracciones musculares…” El Larousse tiene esta definición, que parece más precisa: “Estremecimiento del cuerpo caracterizado por calor y frío simultáneos…” Mientras para la Real Academia el mal se caracteriza por una “sensación de frío”, para el Larousse se trata de un “estremecimiento de calor y frío” (como lo es, en efecto, la enfermedad). Me parece entender que García Márquez, metiéndose en los predios de la medicina y del propio cuerpo humano, le da más propiedad al vocablo: calofrío (o sea, calor y frío). Y además en singular, ya que la enfermedad es una sola.

El Espectador, Bogotá, 18 de noviembre de 2004.

Laura Victoria, sensual y mística

lunes, 23 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comenzando el siglo XX, en Soatá, pintoresco municipio boyacense con alma agreste y sabor de dátil, nace una poetisa, el 17 de noviembre de 1904. Caso insólito en un país destrozado por las guerras civiles que siguieron al grito de la Independencia, y herido por el morbo de la política sectaria, éste de brotar una flor delicada en medio de asperezas. Colombia era entonces territorio de rústicos caminos y limitados ensueños, con más espacio para el arado y la contienda bélica, que vocación para el cultivo del verso.

Laura Victoria llega al mundo en cuna de noble estirpe, envuelta en edredones y cortejada por voces de sirena. El prestigioso abogado Simón Peñuela, su padre, combatiente de escaramuzas en la hoya del Chicamocha y al mismo tiempo lector apasionado de los libros de la Revolución Francesa, nunca llega a pensar que su hija será escritora. El canónigo Peñuela inculca en su sobrina el acatamiento rígido de las costumbres imperantes, que él acaudilla como pastor de la Iglesia Católica y vocero de su partido, una ambigüedad propia de aquellos tiempos.

Ante los ojos de la niña se levanta un muro insuperable: de una parte está la autoridad eclesiástica de su tío, cuya voz y acción enérgica se hacen sentir en todo el departamento; y de la otra, la figura protectora de su padre, que comulga con las ideas liberales que le llegan de ultramar. Los libros que él lee están prohibidos por la Iglesia, y su hermano, el canónigo, los censura con furiosos anatemas.

A los cinco años de edad inicia el estudio de las primeras letras. Su madre desea que ingrese al liceo que una parienta dirige en el pueblo, pero el padre se opone. Hay discusión familiar, mas no es posible que él cambie de idea: la niña entra a la escuela pública. El abogado explica que su hija debe tratar a la gente sencilla para aprender reglas de convivencia social.

De diez años es internada en el colegio de hermanas terciarias de Boavita. Dos años después es matriculada en el Colegio de la Presentación de El Cocuy. Las nieves eternas penetran en su alma con ráfagas de soledad. Apenas es una niña. Su madre, que se había ido para Bogotá a hacerse practicar una operación quirúrgica, no ha regresado. El crecimiento de la niña, en este vagar de pueblo en pueblo y en este despertar traumático de las primeras emociones, pesará para siempre en el corazón adulto de la poetisa.

El ambiente del hogar y de la comarca trae confusión a la futura cantora del romanticismo. Cuando ella tiene capacidad de pensar, se rebela contra las convenciones y las falsedades sociales. Un día el canónigo pone el grito en el cielo cuando lee el primer verso erótico, y la llama “la loca de la familia”. Démosle la razón, ya que en aquella época la mujer era solo de la casa y le estaba prohibido expresar sus ideas.

En el pueblo se habla de la selecta biblioteca de Simón Peñuela. Es él hombre de leyes y de vasta cultura. E induce a su hija a leer los tesoros que guarda en su biblioteca. Así despierta la mente de la joven hacia el hallazgo de los grandes maestros de la literatura francesa.

Por último, pasa a estudiar al Colegio de la Presentación de Tunja. Allí queda bajo la protección del canónigo, que goza de prestigio como historiador y polemista, y que por sus dotes pedagógicas ha sido nombrado rector del Colegio de Boyacá. La familia Peñuela tiene señalada prestancia tanto en Boyacá como en el país. Otro hermano del religioso, el ingeniero Sotero Peñuela, ocupa el cargo de senador de la República y más tarde será ministro de Obras Públicas. Rómulo, graduado en la Sorbona de París, goza de prestigio como médico, y está casado con la marquesa Sara del Castillo.

Por el lado materno, uno de los antecesores de su madre es Sebastián de Eslava, virrey de Nueva Granada, que se hizo famoso por haber causado la derrota de los ingleses en el ataque a Cartagena en 1741. A esta rama pertenece también la familia Villarreal, que contará con figuras notables, como la de Camilo Villarreal, jefe político de Soatá, y la de José María Villarreal, gobernador del departamento, ministro y diplomático.

Laura Victoria nace a la vida del verso cuando las mujeres en Colombia no hacían versos. A los 14 años escribe en Tunja su primer poema amoroso en el colegio de monjas, y esto escandaliza a sus compañeras. El siguiente poema, para sacarlas de la duda, es un acróstico dedicado a la más escéptica. Desde entonces esta alondra de los vientos no ha dejado de volar por los cielos de la poesía.

Su vida se volverá una novela. Una novela apasionante, manejada por el triunfo y el fracaso, el aplauso y el olvido, la disipación y el recogimiento. Su figuración en la poesía y en la sociedad es sorprendente. Investigando estos entresijos, aparecieron para el biógrafo episodios ocultos de una fantástica leyenda de amor -que es la vida toda de la poetisa-, hitos que hay que saber buscar en su obra literaria.

Esta biografía es, además, un libro de reconocimientos. Un libro-testimonio. Escritores y personalidades que rozaron la vida de la poetisa contribuyen a marcar el perfil de los tiempos idos. Esas personas resurgen hoy para darle vivacidad a la historia. El personaje más importante es su hija Beatriz -la célebre Alicia Caro del cine mejicano, protagonista estelar de La vorágine-, su compañera y confidente de todas las horas.

Luego de varios romances, un día aparece en su vida el ingeniero Eduardo Segura Archila, integrante de una comisión que va a trazar la carretera entre Soatá y Boavita. Tras un año de idilio, se casan. Y comienzan a llegar los hijos. Su amor por ellos se vuelve la luz cenital de su existencia, y a través de tiernos poemas maternales expresa los más puros afectos de su corazón.

Establecida la familia en Bogotá, se inicia para ella una larga cadena de sucesos. Su vocación literaria, hasta entonces desconocida y titubeante, encuentra en la capital del país el escenario preciso para levantar vuelo por los aires de Colombia y América. En la casa silenciosa que ocupa en la carrera 13 con calle 62, comienza a relacionarse con destacadas figuras de la poesía. Sus primeros versos despiertan interés en los círculos literarios, donde se habla de una revelación.

El primer literato en llegar a la escritora es Nicolás Bayona Posada, que goza de amplio prestigio como poeta, ensayista y crítico, y que escribe un sugestivo artículo sobre esta poesía sorprendente. De inmediato el nombre de la autora salta al primer plano de la popularidad.

Se trata de una fina entonación lírica con acento sensual, que ennoblece el sentimiento humano como nunca antes lo había hecho otra mujer, y de paso provoca una revolución en la literatura colombiana. Se escuchan gritos de protesta salidos de los estamentos más ortodoxos de la sociedad, entre los cuales figuran algunos miembros de la Iglesia Católica, quienes no pueden aceptar que una dama proveniente de respetable familia, y por añadidura sobrina de prestigioso canónigo, induzca al pecado.

Ella ha descubierto el territorio libre de las emociones. Sabe que por encima de su ilustre apellido y de la censura social o eclesiástica está su derecho a ser escritora. Ese es su destino. Vino al mundo para pulsar en su lira la pasión amorosa, connatural al hombre como lo es el agua a la sed. Su corazón de fuego es receptivo a lo más sagrado que tiene el ser humano: el amor.

Despega en un escenario grande, pero debe luchar contra las críticas de la gente retrógrada, si bien son muchas las personas que aplauden su osadía y su fibra romántica. Esta mujer inesperada escandaliza con sus poemas a la pacata sociedad, por expresar el lenguaje ardiente del amor. Colombia no estaba preparada para esta revelación. A Laura Victoria hay que considerarla, sin duda alguna, como la abanderada de la emancipación femenina en Colombia.

La salida de su primer libro, Llamas azules, constituye en 1933 todo un suceso editorial. Libro que se agota en ocho días. Se reedita y vuelve a agotarse. El éxito es arrollador. El país se pone de pie para escuchar la palabra iluminada. Las correrías líricas se suceden unas tras otras en ciudades diversas, tanto de Colombia como del exterior. Juan Lozano y Lozano escribe en la revista Política: “A la poesía femenina de la América Latina ha aportado Laura Victoria muchas notas originales: un hondo acento de pasión, una versificación fluyente y cristalina, extraordinarios acentos de expresión y una delicadeza magistral de gran dama”.

La pasión que corre por sus poemas viene de ella misma. Emana de la mujer, porque Dios creó el género humano con alma y sentimientos. Algunos censores despistados confuden el “divino soplo de la sangre”, de que habla Rafael Ortiz González, con la acción pecaminosa. Vuelven obsceno lo que es diáfano. En la serena capital de trescientas mil almas que es Bogotá por los días en que Laura Victoria inicia su carrera literaria, el poema En secreto repercute como una explosión en el ambiente recoleto de la urbe.

A partir de 1933 su fama vuela por los aires de Colombia y América como un meteoro. Y recibe los aplausos más calurosos de su carrera. Es la mujer fulgurante que vive en los jardines del elogio y en los cielos de la fascinación. Eduardo Segura Archila, introvertido y suspicaz, termina hastiado de la vida huidiza de su consorte. Un día le dice que debe alejarse de los poetas y abandonar las tertulias y los recitales. Pero ella no puede renunciar a la poesía. Es su razón de ser. Las grietas del desamor comienzan a horadar la relación conyugal.

Es preciso hacer alguna reflexión sobre la gloria. La fama trae soledad, frío, obnubilación. No permite ver el mundo verdadero, sino el mundo vaporoso. Las alturas marean. Producen vértigo. Terrible realidad humana. Afirma Dante: “Vuestra fama es como la flor, que tan pronto como brota muere, y la marchita el mismo sol que la hizo nacer de la tierra ingrata”.

Numerosos amigos y simpatizantes surgen en sus días gloriosos. Todos quieren conocerla, tenerla cerca, obtener algún miramiento suyo. Grandes personajes de las letras, la sociedad y la política integran la nómina egregia. Se le denomina la “amada ideal” de la poesía colombiana. Guillermo Valencia declara: “En su manera de escribir no hay artificio, ni rebuscamiento, ni alarde ni falsía, ni engañoso brillo, ni tortura de formas: es el libre fluir de la vena poética”.

La cadena de triunfos termina en 1938. Este año le propina serios reveses. Representa el final de sus giras y le da un fuerte viraje a su existencia. Varios golpes la derrumban: la separación conyugal, la lucha por sus hijos, la muerte de su madre, la huida a Méjico. La vida ha destrozado su gloria. El recuerdo de su marido es glacial, estremecedor. Desde el barco contempla el mar rugiente, y a lo lejos una gaviota se pierde en la inmensidad. El mar y la gaviota: dos símbolos para el poema que no ha escrito. Más tarde ese poema dibujará el estado de su alma herida por la soledad y la ventisca.

El mes de febrero de 1939, cuando desembarca en Acapulco, significa para ella el comienzo de una nueva vida. Huyendo de su marido, llega a Méjico con un objetivo claro: proteger y educar a sus hijos. Ha logrado un puesto diplomático gracias al cual podrá subsistir. Luego se vincula al periodismo, labor a la que se dedica por más de veinte años. No corta con la poesía, sino que la dosifica.

Cuando desea regresar a Colombia, ya no es posible. Ha echado tan hondas raíces en el suelo azteca, que no le resulta fácil alzar el vuelo. Su arraigo allí es poderoso, pero su alma gira alrededor de su tierra colombiana.

La dama refulgente, que tanto ha amado con sus versos de fuego, un día se detiene cual otro Alberto Ángel Montoya y se encuentra con Cristo. Cual otra Teresa de Jesús, o Juana de la Cruz, o Francisca Josefa del Castillo, se va en busca de la vida contemplativa y se sumerge en los temas bíblicos. ¿Desde cuándo siente la vocación mística? Desde el momento en que se desencanta del mundo y sus vanidades. Esto ocurre a finales de la década del 30, cuando saborea las mieles más apetitosas del triunfo y al mismo tiempo sufre la acidez más amarga de la vida conyugal.

La “cortesana”, como ella misma se nombra en sus versos, se detiene y se va detrás del Salvador de almas. La pecadora queda embelesada cuando oye el toque de la oración, y se dice que sus caminos están desviados. Nunca conoce el amor ideal. Una vez un periodista le pregunta si ha hallado el amor verdadero, y ella responde: “Desgraciadamente no. Me consagré entonces al estudio bíblico para lograr el conocimiento de Dios. Y ese amor verdadero lo encontré al fin en Cristo”.

En 1963, el doctor Guillermo León Valencia, presidente de Colombia, la nombra agregada cultural en Italia, misión que se prolonga por tres años, hasta febrero de 1966, cuando regresa a Méjico. Valencia, captando la fibra mística de su amiga, sabe que llevarla a Roma es el galardón preciso que la hará sentir en el corazón de la cristiandad.

Su palabra febril recorre todos los senderos de la poesía, desde el soneto hasta el verso libre. Su obra está manejada por la armonía de la expresión y la fulguración de las metáforas, y sus cantos son aromas que excitan el deseo y fortalecen el alma. La biografía de Laura Victoria, que hoy tengo el honor de presentar en la Academia Colombiana de la Lengua, es un tratado de los sentimientos. Cuando me propuse escribirla, la primera idea que me brotó, fuera de rescatar del olvido a una mujer admirable, fue la de incursionar en las experiencias que ofrece su vida en el plano sentimental, para extraer temas de reflexión sobre el amor.

Es una vida tan rica en sucesos, que se vuelve inabarcable. Vida que posee ingredientes de aventura y suspenso, pasión y entrega, dolor y desengaño. El amor enriquece la existencia del personaje y vuelve fascinante su obra.

El amor es inevitable, porque el hombre nació para amar. Perder el amor, o degradarlo, o ajarlo, es lo mismo que envilecer la dignidad humana. “Ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. Es decir, ama y engrandécete, ama y conquista el mundo, ama y encuéntrate con Dios. El amor une, el desamor destruye.

En España, Montaner y Simón le edita en 1960 el libro Cuando florece el llanto. Hermosa edición, tanto por la maestría editorial como por el contenido poético. Han pasado 22 años desde el último poemario. Ahora sus cantos son melancólicos y expresan acentos de soledad y olvido. Con Crepúsculo (1989) finaliza su obra poética. El título lo dice todo: crepúsculo es el tiempo en que el sol se oculta y comienzan a entrar las sombras de la noche.

Y es, en la vida de Laura Victoria, el período donde aumenta la tristeza con ráfagas de frío. Es posible que desde Méjico perciba la ingratitud de los nuevos tiempos hacia su obra. Ya su nombre no se menciona en Colombia, y a los pontífices de las letras no se les ocurre difundirlo. Admitamos esta cruel realidad: los 64 años de ausencia de la patria han borrado sus rastros. Los que ahora recuperamos al cumplirse este año el centenario de su nacimiento.

La Academia Colombiana de la Lengua la eligió académica correspondiente en la sesión del primero de junio de 1998, atendiendo la solicitud presentada por Dora Castellanos. Aprovechando un viaje de Maruja Vieira a Méjico, la entidad la comisionó para hacerle entrega del título académico, acto que se realizó el 17 de noviembre de 1999 en el apartamento de la poetisa, donde su familia le celebraba los 95 años de vida.

Beatriz presencia hoy, con angustia, el lento declinar de la alondra. “A veces -me dice en carta reciente- he pensado que mamá va resbalando hacia un abismo, y yo, en mi afán de detenerla, voy resbalando con ella”.

En un viaje que realicé a Méjico hace varios años, comenzó a perfilarse el libro que hoy ve la luz gracias al patrocinio de la Gobernación de Boyacá, dentro de la serie bibliográfica de la Academia Boyacense de Historia, y que lleva por título Laura Victoria, sensual y mística. Aquí está retratada en cuerpo y alma, así lo espero, la mujer valerosa y la brillante poetisa que se fue contra las hipocresías sociales y la esclavitud femenina, y que con sus poemas ardientes estremeció el sentimiento de los colombianos y llevó el nombre de Colombia por los aires de América.

(Palabras en un acto cultural. Bogotá, 5 de abril de 2004).

Javier Huérfano, poeta del dolor

lunes, 23 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En 1984, a los 25 años de edad, Javier Huérfano publica su primer libro, Visiones, con prólogo de Luis Vidales, donde éste manifiesta que el nuevo poeta es “huérfano, pero no de poesía”. Refiriéndose a la brevedad elocuente de sus poemas, hace este vaticinio: “Si persiste en esta modalidad de su ahorro poético, no es aventurado el pronóstico de que alcanzará las excelsas rutas del canto”. Veinte años después, la obra de Javier Huérfano sobrepasa la docena de libros, varios de ellos inéditos. Además, escribe en silencio una prosa bien estructurada, con vuelo poético, que pocos conocen. Su nombre ha conquistado notoriedad en el mundo de las letras. El presagio está cumplido.

Huérfano elabora sus primeros poemas a los 11 años de edad, en medio de la burla de sus ocho hermanos. En 1981 conoce a Luis Vidales, su maestro, de quien se convierte en secretario. En 1990 conduce las cenizas de Vidales a la casa de cultura de Calarcá. Allí reposan en la paz de la comarca quindiana, como testimonio de perennidad lírica. En 1994 funda en el barrio Ciudad Bolívar de Bogotá, donde con gran esfuerzo ha construido su vivienda, la biblioteca pública Luis Vidales. Esta unión de los dos poetas calarqueños establece nexos indisolubles entre ellos, más allá de la muerte: Huérfano se ha encargado de salvaguardar la memoria de su maestro y protector, a través de escritos, recitales, talleres literarios y de su imitación en el arte poético.

El discípulo no heredó la vena de humor que exhibe Luis Vidales en sus versos, pero sí la fibra social, con la cual canta al dolor, la injusticia, el desequilibrio de la sociedad, la tristeza y el abandono. Ambas poesías llevan tinte de protesta, rebeldía y clamor ante el mundo, pero la de Huérfano está marcada por el pesimismo, el tedio vivencial, la desesperanza y la obsesión de la muerte, sin duda bajo el influjo de su vida atormentada. Se diferencian, además, en que la de Huérfano es más reiterativa en el plano romántico (siempre bajo la inspiración de Yolanda, su compañera ideal), tal vez como una necesidad de oxigenar el espíritu conturbado por el peso de sus cotidianos agobios.

Javier Huérfano nace en humilde casa de Calarcá, en 1959. A los tres años le diagnostican asma, y cuando asiste a la escuela pública debe retirarse por problemas de salud. Abandonado por su madre a corta edad,  en un inquilinato, inicia el recorrido por las sendas del desamparo. En Bogotá se emplea como ayudante de zapatería y comienza a estudiar de noche, hasta conseguir una mediana formación. Y se vuelve autodidacta, disciplina con la que supera todos los escollos del aprendizaje.

Aparecida su primera obra con el impulso de Luis Vidales, se le abren muchos horizontes y siente que su destino irrevocable es el de ser poeta. Más tarde funda Narka, revista de poesía. Ha nacido poeta, y poeta morirá. Al lado de esta vocación surge la de pintor, oficios que alterna como regalos del cielo y recursos de ingrata subsistencia, siempre en lucha denodada contra las mezquindades de la gente y la adversidad del medio colombiano. Algunos títulos de sus libros denuncian su calvario: Presencia de las sombras, Uno está en el día como dormido, El olvido no tiene palabra.

Este último (1998) es editado con auspicio de la Cámara de Representantes, y en él Íngrid Betancourt, la prologuista, expresa estas bellas palabras: “Dios ha querido, para fortuna mía, que conozca al poeta. De su mano he caminado por el túnel sin luz de la injusticia, a ciegas pero mordiendo siempre el tallo amargo de la rosa”. Maruja Vieira traza este perfil perfecto del poeta abrumado por sus horas desoladas: “Muchas puertas que se abren para otros, están cerradas para Javier Huérfano. Pero él serenamente se retira en la noche y se va para su mundo, despojado de bienes terrenales pero pleno de estrellas. En la semioscuridad de la madrugada, cuando van los obreros al trabajo en las fábricas, sería difícil distinguir entre ellos al obrero del verso”.

Acabo de leer un nuevo libro del amigo quindiano: La noche como pájaro viudo, publicado con el generoso apoyo de la editorial Códice y el sentido prólogo de la poetisa Inés Blanco, que anota: “Javier se ha enfrentado a sus molinos de viento, reales e imaginarios, con la espada de su pluma, teñida con su propia sangre”. Libro desgarrador el suyo, como lo fue Tempestad tras la salida de Germán Pardo García de las fauces de la muerte, luego del intento de suicidio. Sé que el poeta calarqueño ha tenido que librar duras batallas contra inclemente enfermedad. Esta circunstancia le hace lanzar, recordando sus noches de terror en una clínica yerta, las exclamaciones más vehementes y patéticas sobre la realidad de la muerte, que él parece esperar con la ansiedad de los poetas predestinados para el dolor. Y exclama: “Soy apenas un solo dolor que atraviesa el día con su sombra de negra compañía”.

Los cantos de Javier Huérfano, transidos de goces sensoriales en medio de las tristezas de su destino, le permitirán, sin duda, apurar con placer las copas amargas preparadas por los dioses del Olimpo. ¡Oh, bendita poesía!

El Espectador, Bogotá, 16 de diciembre de 2004.