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Temas literarios

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

 

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Gaviotas y jardines en la vida de Chéjov

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

 Por: Gustavo Páez Escobar

Antón Pávlovich Chéjov, el mayor dramaturgo y cuentista de Rusia, lleva a escena en 1896, en la actual Leningrado, su primera pieza teatral, La gaviota, que se convierte en un completo fracaso. Promete entonces no volver a escribir para el teatro. Con todo, dos años después la obra es montada de nuevo, esta vez en Moscú, y obtiene un éxito extraordinario. Con el tiempo se sabrá que es su mejor creación en este género. Poco tiempo antes de morir escribe su última pieza, El jardín de los cerezos (1903), que se desarrolla en una finca rústica como la que él habitaba en sus últimos años. Este par de obras poseen especiales connotaciones en la vida del escritor. 

La gaviota es un símbolo de su propia alma transparente y triste. Ave blanca como la espuma. Inteligente y soñadora. Provista de grandes alas, con las que desafía (o desafían ambos: la gaviota y Chéjov) el tiempo tormentoso. El jardín representa el contacto con la vida rural, ambiente en que  escribe sus mejores obras: primero, en un predio rural en Melijovo, donde mantiene estrecha relación con grandes escritores de su patria; años después, en Crimea, a donde, enfermo de tisis, se traslada a los 37 años de edad en busca de mejor clima, y allí se dedica al cultivo de la tierra en medio de profunda soledad; y al final de su vida, en el balneario alemán de Badenweiler, en la Selva Negra, donde muere hace un siglo, el 2 de julio de 1904. Había nacido en Taganrog, puerto ruso a orillas del mar de Azov, el 17 de enero de 1860.

Su padre era un tendero que, arruinado en su propia localidad, se traslada a Moscú en busca de mejor suerte. Allí comienza Chéjov a estudiar medicina a la edad de 19 años, profesión que ejercerá al lado de la literatura. Desde muy joven siente pasión por las letras. En Moscú escribe sin pausa para periódicos y revistas, de los que obtiene algunos honorarios para ayudar a sostener la familia. Su nombre toma vuelo, pero no consigue que aparezca un editor que apoye sus escritos. Esto sucede en 1886 con la edición que él mismo hace de Cuentos variopintos, libro que llama la atención de un destacado director de revista que le brinda la ayuda que necesitaba.

Chéjov descubre en el relato breve un venero para su imaginación. Al darse cuenta de que a la gente le gusta más el humor que los tonos graves, comienza a forjar jocosas historias tomadas de la vida cotidiana, aliñadas con finas dosis de gracia e ironía y con la almendra oculta que le pone la magia al verdadero cuento.

Es él quien sienta las bases para el relato corto y sustancioso que ha llegado a nuestros días, género que domina con lúcida maestría. Su penetración en el alma de la gente y en los problemas sociales lo dota de agudo espíritu crítico frente a las angustias populares y los abusos de la aristocracia.

Con lenguaje llano y expresivo, en que campean el sutil ingenio y la sátira punzante, el gran sicólogo que hay en Chéjov retrata a los actores de una época dramática, la vivida en Rusia bajo la tiranía de Alejandro III. Y describe un estado social. Son cuentos llenos de vitalidad, que se pasean por el ambiente y las costumbres de la época y toman al hombre como el centro de un proceso histórico.

Amigo irreductible de la verdad, defensor acérrimo de los humildes y crítico contumaz de los sistemas opresivos, el escritor sugiere un cambio en la vida de su pueblo. Sus personajes, dotados de enorme fuerza sicológica, son seres del montón que ejecutan los más simples quehaceres y al mismo tiempo muestran sus lacras y fragilidades humanas.

En aquel mundo de burócratas, jubilados, pequeños comerciantes, potentados caídos en desgracia, mujeres frívolas y hombres anodinos, el cuentista dibuja la condición humana. En Yalta, a donde se desplaza en temporadas de convalecencia y trabaja como médico rural, se familiariza con los campesinos, los cazadores, las criaturas indefensas, la pobre gente de provincia. En 1890 viaja a Sajalín, en Siberia, para investigar la situación de los deportados que se aglutinan en la cárcel de la isla. Tres años después escribirá La isla de Sajalín.

Sus relatos son de una simpleza desconcertante. En ellos nada sucede en apariencia, pero todo se transforma. Chéjov abrillanta cualquier tema. La magia de su escritura reside en el realismo, mezclado de impresionismo, con que trata los sucesos de la vida corriente. Al trabajo creativo se entrega con fervor pasional. Como cree en la bondad humana, impugna la conducta rastrera. No es practicante religioso, ni militante político: su credo es el hombre. Su ética cotidiana es el amor a la gente.

Lo ofuscan los fulgores de la fama y confiesa que prefiere ser un hombre y no un monumento. En entrevista de 1957, William Faulkner, uno de sus mayores discípulos, manifiesta lo siguiente: “Un cuento se acerca a la poesía en que casi cada palabra debe ser exacta. En la novela puedes ser descuidado, en el cuento no. Me refiero a los buenos cuentos, como los que escribió Chéjov”.

La noticia sobre la tuberculosis irrumpe en plena producción literaria del escritor, a los 29 años de edad. Noticia que como médico lo perturba en grado sumo, al saber que su vida será muy corta. Vivirá 15 años más, pero de ahí en adelante le corresponde sufrir la angustia existencial bajo los más crueles tormentos. En el plano sentimental ha tenido algunos amoríos pasajeros. En 1901 se casa con la actriz Olga Knipper. Es un matrimonio casi platónico, ya que ella continúa trabajando en Moscú, mientras él, agobiado por la tisis, se mantiene en el campo. En este período le escribe a su esposa tiernas cartas de amor, que más tarde serán editadas como parte de su obra literaria.

En 1904 hace crisis su situación económica, y Olga se va a vivir con él al campo. A los pocos meses, Chéjov muere en el balneario de Badenweiler. Por ferrocarril se traslada su cadáver a Rusia, y el pueblo le tributa grandioso homenaje. Antes de morir, le había dicho a su médico: “Es inútil poner hielo sobre un corazón vacío”.

El Espectador, Bogotá, 4 de noviembre de 2004.

Dos cárceles literarias

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

I

Dos cárceles famosas en la historia de la literatura son las de Reading, en Inglaterra, y la de Lecumberri, en Méjico. Si por allí no hubieran pasado Óscar Wilde y Álvaro Mutis, no tendrían la nombradía que obtuvieron desde que ellos las honraron como presidiarios. Con estas circunstancias caprichosas del destino se unen dos mundos y dos tragedias, tanto alrededor de los personajes y sus carreras líricas, como de los vejámenes que sufrieron en la cárcel, gracias a los cuales la literatura ganó dos obras maestras: Balada de la cárcel de Reading, la de Wilde, y Diario de Lecumberri, la de Mutis.

Tanto Wilde como Mutis eran poetas destacados en el momento de su reclusión, y después lograrían mayor celebridad. Hacían parte de los altos círculos sociales de sus países y eran los perfectos dandis de sus épocas. Dados, además, a la buena vida, el hedonismo, el afán de notoriedad, el exhibicionismo e incluso la extravagancia. Ambos estudiaron en otras naciones, y los dos fueron lectores apasionados desde muy jóvenes. Uno y otro protagonizaron intensos escándalos sociales: Wilde por sus relaciones homosexuales, y Mutis por un desfalco en la compañía donde trabajaba.

Fueron a presidio a edades parecidas: Wilde a los 41 años, Mutis a los 36. El tiempo del cautiverio fue también similar: 24 meses el uno, 15 meses el otro. Ambos, por los días de su adversidad, mantenían relaciones sentimentales con gente de la nobleza: Wilde con un lord, Mutis con una condesa. En fin, un cúmulo de extrañas similitudes concurren en estos sucesos ocurridos con 64 años de distancia, y los convierten, a pesar del fondo amargo que poseen, en capítulos apasionantes de la comedia humana.

Óscar Wilde nace en Dublín en octubre de 1854. Su padre era un oftalmólogo de prestigio, y su madre tenía afición por la poesía y la bohemia. De ella heredó el temperamento y la vena literaria. En la Universidad de Oxford sobresalió en letras clásicas y en humanidades, y bien pronto se manifestó su placer por la literatura clásica de todos los tiempos. Su indudable vocación lo llevó a hacerse notar, por cuanto medio encuentra a la mano, en los círculos intelectuales de Londres.

Desde temprana edad aparecen sus inclinaciones homosexuales. En la propia universidad se hacen evidentes sus relaciones con otros compañeros. Esta conducta comienza a escandalizar a la sociedad, pero él pasa por encima de los prejuicios y las murmuraciones para  mostrarse como lo que es. En 1884, a los 30 años de edad, rodeado de una serie de irreverencias y extravagancias, se casa con Constance Lloyd, joven agraciada y dueña de cierta fortuna, a quien tampoco parecen importarle los chismes que circulan alrededor de su elegido. El matrimonio logra estabilidad por varios años y en él llegan dos hijos que hacen la felicidad de la pareja.

Su horizonte literario se amplía luego de sus viajes a Nueva York y París, ciudad donde se vuelve amigo de famosos escritores: Hugo, Daudet, Mallarmé, Zola, Verlaine. Su nombre consigue los mayores reconocimientos de la crítica, mientras su desprecio de las costumbres imperantes lo hace detestable ante la ortodoxa sociedad inglesa.

En 1889 escribe un relato que no deja duda sobre su naturaleza homosexual, hecho que refrenda al año siguiente con El retrato de Dorian Gray, la única novela que escribe y que se convierte en su obra más renombrada. El homosexual que hay en esta obra es una pintura del alma del propio autor. Por esta época su unión conyugal con Constance es cada vez más frágil, y poco tiempo después llega el rompimiento definitivo.

En 1890 conoce al lord Alfred Douglas, apuesto mancebo, hijo de un marqués, con quien inicia una amistad tempestuosa que alborota el avispero londinense. Las intervenciones del marqués no logran nada distinto de unir más a la pareja, que muestra arrestos suficientes para romper con la moral burguesa e irse a Argelia en un viaje desafiante, hecho que desencadena la inmediata reacción del padre iracundo, que acusa al escritor de conducta licenciosa y escándalo público. A raíz del denuncio, Wilde es detenido en 1895 y llevado a la cárcel de Holloway.

Tras un sonado proceso judicial, el poeta es condenado a trabajos forzados y, luego de pasar por varios establecimientos penitenciarios, termina en la cárcel de Reading. En uno de los traslados de penal aparece vestido de presidiario y con el pelo rapado, y el público lo hace objeto de escarnios y ultrajes.

En la última cárcel presencia, horrorizado, la muerte en la horca de un recluso de 30 años, y la sevicia que se ejerce sobre el criminal -que en un rapto de locura había matado por celos a su esposa- mueve sus más íntimas fibras de estupor y conmiseración. Este cuadro macabro, sumado a los oprobios sufridos en la mazmorra, inspiran su célebre Balada, que es una protesta por la crueldad del hombre y una voz de ternura por la tragedia de los infelices.

Óscar Wilde sale de la cárcel en mayo de 1897 y ese mismo día se marcha de Inglaterra y nunca más regresa. Muere en París, a la edad de 46 años, el 30 de noviembre de 1900. Solo un siglo después, tolerante ya con la condición homosexual que se ha destapado en el mundo entero, Inglaterra rectificará ante la historia aquel acto reaccionario y despiadado, obra del fanatismo y la mojigatería social.

El Espectador, Bogotá, 18 de julio de 2002.

* * *

II

Álvaro Mutis nace en Bogotá en agosto de 1923. Sus antepasados registran larga tradición agrícola, y sólo él y su padre han nacido en la ciudad. El resto de la familia se desarrolló en la vida de las haciendas. Su padre, hasta hace poco secretario de la Presidencia de la República, es nombrado diplomático en Bruselas cuando el futuro escritor se encuentra en edad escolar, lo que determina que sus estudios de primaria y bachillerato los adelante en la urbe europea.

Desde muy joven se muestra lector voraz de toda clase de libros clásicos y siente especial atracción por los autores rusos y franceses, en el campo de la narrativa, y por personalidades como Neruda, Rilke, Juan Ramón Jiménez y Aurelio Arturo, en las lides poéticas. Bien pronto brotará de su propia cosecha la figura de Maqroll el Gaviero, su álter ego, personaje aventurero y romántico que conducirá su obra a las cumbres de la fama.

Al mismo tiempo que el nuevo literato conquista aplausos en Colombia y en los países latinoamericanos, el dandy que hay en él –con su talante gallardo y su gran facilidad de palabra– irrumpe en los salones sociales y se vuelve miembro apetecido de los círculos sociales. No es su mayor éxito el matrimonio que contrae a temprana edad, al que habrá de seguir una serie de fracasos sentimentales, sino su figuración constante en los mundillos de la lisonja y el privilegio.

Un día ejerce la jefatura de relaciones públicas de la compañía petrolera Esso, posición que parece diseñada para él. El poeta-relacionista se mueve allí como pez en el agua. Lo que todo el mundo ve en el flamante directivo: distinción, prebenda, suerte, destreza para mover la imagen de una empresa poderosa, dista mucho de coincidir con el infortunio que ha de sobrevenirle por el manejo indelicado de los fondos a él confiados, a raíz de lo cual huye del país y se radica en Méjico. Mutis ha incurrido en el desfalco para sacar de apuros a unos amigos. Cuando la situación se torna crítica y no halla facilidad para reintegrar el faltante, toma el camino de la fuga.

Poco tiempo después es apresado en Méjico, a la edad de 36 años, y va a dar a la cárcel de Lecumberri. Presidio pavoroso para este hijo de la burguesía, cuyo tránsito por los salones dorados y por los floridos jardines de las letras no dejaba presentir semejante revés. Este hecho parte en dos su existencia, al saltar del boato y la falacia social a la cruda realidad de un presidio.

Los infinitos vejámenes y humillaciones sufridos por Óscar Wilde en la cárcel de Reading, los padece ahora Álvaro Mutis en la cárcel de Lecumberri. Uno y otro son figuras sobresalientes de la sociedad, brillantes poetas, perfectos petimetres. Ambos mantienen relaciones sentimentales con personas de la nobleza, el uno como homosexual declarado, el otro como mujeriego exquisito.

Los amores de Mutis con la condesa y escritora mejicana Elena Poniatowska, de origen polaco, que se encuentra casada, discurren con discreción durante los días del encierro penitenciario (1959), y queda constancia de que la condesa lo visitaba todos los domingos. Julio César Londoño, periodista colombiano que a lo largo de los años ha seguido este idilio con ojo penetrante, expresa lo siguiente en La Revista de El Espectador (23-VI-2002), a propósito de los encuentros furtivos en la cárcel: “Ella es una mujer precozmente adulta, él un hombre mayor. Ambos están de regreso. Han amado, engañado, sufrido. Conocen los deleites y las zozobras del Paraíso y los rigores del Infierno”.

De la cruel experiencia carcelaria sale un testimonio desgarrador: Diario de Lecumberri (1960), donde el colombiano describe el mundo sórdido de los presos y muestra su propia desventura, luego de haber probado los néctares de la lisonja social. Cuando amanece apuñalado ‘Palitos’, su habitual amigo y frágil vecino de celda, la noticia le produce honda conmoción y le agranda el fantasma de la soledad. Con todo, la prisión le permite conocer en toda su intensidad el destino trágico del hombre y apreciar lo que hay de bueno en cada individuo, sin la careta de las falsías y los engaños.

La temperatura de este desastre la traslada Mutis a su obra futura, tras los 15 meses de reclusión en Lecumberri. Muchos años después, gozando ya de la fama de su obra perdurable, Mutis sentiría, al recibir en España y Francia los premios Cavour, Príncipe de Asturias y Cervantes, que sobre sus hombros y su alma gravita el peso de la prisión, generadora de sombras y luces.

Wilde y Mutis, viajeros de la misma nave azarosa del destino, parecen caídos de la misma estrella y resultan víctimas del mismo desequilibrio de sus vidas gloriosas y al mismo tiempo desdichadas.

El Espectador, Bogotá, 25 de julio de 2002.

Víctor Hugo: monstruo de las letras

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Hace doscientos años, el 26 de febrero de 1802, nace Víctor Hugo, la figura máxima del romanticismo francés y genio de la literatura universal. Su padre es un general bretón que combatió, al servicio de Napoleón, en los ejércitos de la Revolución y del Imperio, y de él hereda el espíritu de rebeldía y democracia que marcará el temperamento independiente y combativo del escritor. El rasgo más señalado de su carácter lo constituyen su hondo sentido de la justicia y su acendrada sensibilidad por la suerte de los desvalidos.

Con esas armas del espíritu, trasladadas a sus numerosos libros, Víctor Hugo  se opone a todo cuanto sea oprobioso para el hombre y libra en Francia denodados combates por la dignidad humana y contra los abusos de las clases dominantes, luchas que le acarrean persecuciones y exilios. Es el auténtico revolucionario que con las luces de la inteligencia y el poder de la pluma se hace sentir, como fuerza demoledora, en la vida política de su patria.

Napoleón III, a quien llama con sorna “Napoleón el pequeño” -para diferenciarlo de Napoleón el grande-, lo destierra a Bruselas durante 20 años, a raíz de la protesta con que el implacable crítico social condenó el golpe de Estado que llevó al trono al monarca. Víctor Hugo sólo regresa a Francia tras la caída del dictador, y en venganza por el largo exilio a que fue sometido y por los desafueros del gobernante, escribió dos obras satíricas contra él: Los castigos y Napoleón el Pequeño.

Su literatura, que se pasea por variados escenarios de los conflictos sociales, es de lucha frontal contra la tiranía, la opresión, la miseria. El mundo fastuoso de París, plagado de injusticias y atropellos contra los humildes, lo hizo exclamar un día: “La verdadera división de la humanidad es entre los que viven en la luz y los que viven en la oscuridad”.

Él mismo había vivido la pobreza cuando su familia, tras la derrota de Napoleón, se estableció en París y su padre quedó arruinado y sumido en la amargura. En ese mundo revuelto, Víctor Hugo conoció de cerca el fondo de las personas, tanto en sus conversaciones con los monarcas como en su trato con los desgraciados, y de allí tomó sus personajes para elaborar sus obras maestras: Los miserables, Nuestra Señora de París, Los trabajadores del mar, El 93, El hombre que ríe…

En 1841, laureado por su carrera literaria, ingresa a la Academia y pronuncia un discurso de claro contenido político, donde deja reflejada su intención de actuar en la vida pública. Son tantas las simpatías que despierta en las esferas palaciegas, que el rey piensa en él como primer ministro. Cuatro años después es nombrado par de Francia, y la revolución de 1848 lo hace alcalde del distrito VIII.

Asciende por los ámbitos del poder como un meteoro, hasta que Napoleón III, en 1852, lo expulsa del territorio nacional y lo obliga a instalarse en Bruselas, castigo infamante que lo torna triste y desengañado y parece opacarle las luces del intelecto. En este trance amargo sólo escribe obras mediocres, con descuido del estilo y con desmedro del legítimo artista que habita en su alma abatida.

Cuando en 1861 visita el campo de batalla de Waterloo en busca de mayores fuentes de información para concluir Los miserables, proyecto en el que comenzó a trabajar en 1845, renace el escritor. Ese mismo año firma con Lacroix,  editor belga, el contrato para la publicación de su obra cumbre, y al año siguiente el mundo conoce una de las creaciones literarias más valiosas de todos los tiempos, la que, a pesar de su extensión superior a 1.300 páginas -repartidas en dos tomos-, la siguen leyendo con avidez, 140 años después, los amantes de los clásicos.

Víctor Hugo se inició, desde su niñez precoz, en el campo de la poesía y más tarde incursionó en el teatro. Pero su verdadera fuerza reside en la novela. Fue en esta área donde explayó su gran fuerza creadora, como intérprete de los hombres que luchan en medio de las desigualdades sociales por un mundo de libertad y dignidad.

Con su imaginación portentosa fabricó un universo exento de  fabulaciones falsas, donde el hombre es hombre y no títere de ficción. Su valor literario reposa en la autenticidad humana. Perteneció a las clases dominantes, y al mismo tiempo las desenmascaró. Su crítica a la sociedad de ayer y de hoy es el grito clamoroso de las almas libres.

Estudió la incógnita del hombre a lo largo de sus 83 años, longevidad muy alta para su tiempo y para su vida de tormentos. Sus biógrafos dicen que su espíritu nunca envejeció. Ya al final de sus días, y con absoluta lucidez, escribió estas palabras en su testamento, las que hacían parte de su credo vital: “Creo en Dios. Lego un millón de francos a los pobres. Renuncio a los sufragios de toda religión”.

El Espectador, Bogotá, 21 de febrero de 2002.

Centenario de Laura Victoria

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Las Academias Colombiana de la Lengua y Boyacense de Historia tributaron a Laura Victoria grandioso homenaje para conmemorar el centenario de su nacimiento, ocurrido en Soatá el 17 de noviembre de 1904. En el acto académico fue presentado el libro Laura Victoria, sensual y mística, de mi autoría, editado poco tiempo antes de su muerte. La ilustre desaparecida fue la pionera de la poesía erótica y su fama traspasó las fronteras patrias y la llevó a las altas cumbres del elogio, al lado de las grandes líricas del continente.

Con motivo de la edición de su biografía y de la muerte de la poetisa, diversas voces se dejaron oír en reconocimiento a su destacada obra literaria y su valiente actuación por las causas femeninas. En el periódico El Tiempo, Enrique Santos Molano comentaba que “sus primeros poemas, publicados en los años veinte, la consagraron como una de las figuras más excelsas de la poesía lationoamericana y fueron celebrados en todos los países de habla hispana”. En la emisora WFM, Alberto Casas Santamaría se refería a ella como una figura de “importancia cultural innegable” y recordaba que su poema En secreto, de fino sensualismo, produjo escándalo en aquellos tiempos puritanos.

En un reportaje radial por RCN, Dora Castellanos la calificaba como una mujer “vital, apasionada, interesante y atractiva, que causaba escándalo, porque ninguna otra mujer se había atrevido a decir una poesía tan ardiente, tan directa y sensual”. Maruja Vieira, en el mismo programa radial, manifiestaba que fuera de poetisa, Laura Victoria fue gran periodista, y mencionaba el encuentro que tuvo con ella tres años atrás en Ciudad de Méjico, ocasión en que su amiga añoraba al país y se dolía de no serle ya posible el regreso.

En su espacio radial, Jorge Consuegra, romotor de la cultura nacional, lamentaba la indiferencia de la prensa ante la muerte de la poetisa, con estas palabras: “Colombia no le dio a Laura Victoria la importancia que se le debía haber dado, a pesar de ser superior su obra a la de Juana de Ibarbourou y Delmira Agustini”. En efecto, ningún periódico (que yo sepa) publicó la noticia fúnebre, como sí lo hicieron varias cadenas radiales.

En cuanto a los medios escritos, merece destacarse la página suscrita por Carolina Abad, editora de Arte y Gente de El Espectador, dos semanas antes del deceso, en la cque declaraba que como pionera de la poesía erótica, Laura Victoria “desafió prejuicios sociales y religosos para dar rienda suelta a su imaginación, a sus sentimientos y a la sensualidad de la mujer”. Y pocos días antes, la poetisa Inés Blanco había publicado en el periódico Acorpol (Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro de la Policía Nacional) otra página notable, donde decía: “No le tiemblan la mano y la pluma a Laura Victoria para entregar en versos toda su capacidad emotiva y física”.

Como biógrafo de Laura Victoria, he sido destinatario de una serie de mensajes provenientes del mundo de las letras y sobre todo de los jardines de la poesía, en torno a la gran cantora del romanticismo, mensajes que deseo destacar y agradecer con ocasión del homenaje ofrecido por las dos Academias atrás citadas. La brevedad del espacio me impide transcribir, como lo quisiera, conceptos y poemas llegados a mi mesa de trabajo, pero voy a citar los nombres de los oferentes: Víctor Cardona Rojas, Hernando García Mejía, Leonor Herrera de Rodríguez, José Trino Campos, Mara Agudelo, Helena Araújo, Aníbal Quintero Quintero, Tertulia Tienes la Palabra “Francisca Vélez”, Horacio Gómez Aristizábal, Jaime Lopera, Esperanza Jaramillo, Sylvia Lorenzo.

En fin, se nos ha ido la pregonera del amor sensual y del amor místico, pero quedan su obra y sus realizaciones humanas como paradigmas del talento colombiano y como ejemplo de imitación para los nuevos tiempos.

El Espectador, Bogotá, 9 de diciembre de 2004.