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Libros del Instituto Caro y Cuervo

jueves, 15 de diciembre de 2011

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Formidable labor cumple el Instituto Caro y Cuervo en su empeño por preservar la cul­tura colombiana. Es de las pocas entidades que se han mantenido incontaminadas de los afanes buro­cráticos y las interferencias políticas tan comunes en otros organismos del Estado, vicios que suelen trasto­car incluso los proyectos mejor es­tructurados. Baste señalar que en los 51 años de su existencia, cumplidos en agosto de 1993, sólo ha tenido cuatro directores titulares y uno encargado, poseedores todos de ponderados méritos.

Varias series editoriales, maneja­das con rigor científico (como la Granada Entreabierta, la Biblioteca Colombiana, los Clásicos Colombia­nos, el Archivo Epistolar Colombiano), han levantado a lo largo de los años una mole al pensamiento de la na­ción. La Imprenta Patriótica, en Yerbabuena, es una pieza infatigable en la tarea de lanzar a la voracidad del lector culto los innumerables testi­monios de los autores privilegiados, que sobrevivirán en la memoria de las futuras generaciones por el solo hecho de haber pasado la prue­ba de la selección. Son ediciones pulcras, sobrias, dirigidas con impe­cable precisión idiomática y elevado criterio académico.

Tres libros recientes entran a enriquecer este acervo cultural y a ellos voy a referirme. El pintor Carlos Dupuy, que tiene mucha garra de escritor, describe en Recuento de imágenes –opúsculo de apenas 88 páginas– rasgos veloces sobre un grupo de amigos (Gonzalo Ariza, Joaquín Piñeros Corpas, Danilo Cruz, Eduardo Carranza…) que a lo largo de los años posaron en su estudio de retratista. Dupuy fue reco­giendo las impresiones, fragmentos de diálogos y determinadas facetas que surgían en esos encuentros, sistema novedoso que aparte de revelar momentos íntimos de los personajes, permite interpretar sus personalidades. Varios de los rela­tos, elaborados con sutiles tonos poéticos y filosóficos, parecen fábu­las: en ello reside su encanto.

Cecilia Hernández de Mendoza es autora de un estudio sobre Jorge Rojas y de la antología que arranca con la primera obra del poeta, La forma de su huida (1939), y concluye con El libro de las tredéci­mas (1991). La trascendencia de Jorge Rojas está reconocida por la crítica. Como el primer impulsor de Piedra y Cielo (movimiento del que es uno de sus maestros) le corres­pondió liderar un salto revoluciona­rio de la poesía. Bardo universal del amor, su mensaje es puro, emotivo, radiante de imágenes. Al decir de Carranza, «es uno de los grandes poetas de todos los tiempos colom­bianos». Su acento sobre la soledad y su pasión por la mujer y la naturaleza lo convierten en un espíritu que ha visto crecer el mundo dentro de su propio mundo encantado.

La lira nueva, antología publicada hace cien años (1886) por José María Rivas Groot, y que albergaba a los poetas contemporáneos de entonces, se rescata hoy, en edición facsimilar, como auténtica primicia.

En las palabras de presentación que escribe el profesor Ignacio Cuevas se anota que desde años atrás buscaba el Instituto Caro y Cuervo recoger la obra de Rivas Groot, misión que se había encomendado a su hijo José Manuel Rivas Sacconi, presidente honorario de la institución, muerto a comienzos de 1991. Dicho propósito comienza con La lira nueva, trabajo que enfoca el país poético de aquellas calendas. La antología abarca la obra de 35 poetas, y de ellos sólo pasaron unos 10 a los tiempos futuros (Candelario Obeso, Julio Flórez, Ismael Enrique Arciniegas, José Joaquín Casas, José Asunción Silva, Rivas Groot…) En la nómina no figura ninguna mujer, como era la realidad de entonces.

El crítico Femando Charry Lara, eminente conocedor del acontecer literario del país, escribe como prólogo un estupendo ensayo sobre la historia de nuestra poesía.

El Espectador, Bogotá, 2-XI-1993

 

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