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Fumar: vicio de neuróticos

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Leo en alguna parte que en un congreso de científicos reunido en Venezuela se enjuicia al cigarrillo como vicio de neuróticos.

Es, además, un hábito solitario. Me parece entender que la neurosis se da en lo más recóndito del ser. La necesi­dad de fumar nace de un impulso oculto. Di­cen los fumadores que no es fácil dejar el cigarrillo porque la conciencia no lo permite. Se pretende echar­le la culpa a la conciencia, cuando lo que falla es la vo­luntad. Con el acto de fumar se busca, creo yo, aca­llar la inconformidad con que se expresa la persona emocionalmente inestable.

Si seguimos el movimiento a un fumador, lo veremos agitar los dedos con nerviosismo y chupar con igual impaciencia el pedazo de ilusión, que llaman mu­chos, hasta que el cigarrillo termina consumiéndose en su última ceniza. El cigarrillo es una mentira; pero los enviciados lo defienden como una necesidad. No se atreven a dejarlo dizque porque les traería trastornos. ¿Trastornos de qué índole? Emo­cionales, naturalmente. Y es  que su frecuencia crea há­bito.

Se estaría en un círculo cerrado. No se deja el cigarrillo para no desequilibrar el sistema nervioso. Y se busca la cura del nerviosismo con las chupadas repetidas con que el fumador profesional (y admítase que esto también es una profesión, aunque nociva) engaña su estado neurótico.

De aquí en adelante, cuando vea fumar a alguien por costumbre, voy a pensar que tiene una falla en su personalidad. ¿Acaso usted no ha presenciado el cuadro de la persona malhumorada que primero golpea lo que encuentre a la mano y luego se serena tras de expeler dos bocanadas de humo? Ese humo, que se va a los pulmones y forma capas cancerosas, también penetra en el subconsciente y le dice mentiras al individuo. Le aconsejará: «Serénate, serénate, que para eso he llegado yo”. Es aquí cuando la persona sonríe y deja de estrellarse contra la humanidad.

Pero como un taco de cigarrillo dura poco, en minutos comenzará de nuevo a sentir el hormigueo en el organismo. Si se descuida, estallará otra vez el mal genio y será capaz de aniquilar a su mejor amigo. Lo mejor, entonces, consistirá en acudir al consejero secreto para tranquilizarse.

De cigarrillo en cigarrillo, lo sostienen los cancerólogos, los pulmones se intoxican. El enfisema es fa­tal, pero como la neurosis no le tiene miedo a percan­ces que no conoce, no se rinde ante tales amenazas.

La regla, con todo, se contradice en casos crónicos co­mo el de Klim, quien se inspira en el humo para reír­se de sus congéneres. Fuma a todo momento, y más parece una chimenea que un ser vivo. Neurótico o no, fabrica sus mejores crónicas lanzando humo has­ta por las orejas. Y cuando no le salen bien perfiladas, se para sobre el cigarrillo y protesta.

La Patria, Manizales, 17-X-1980.

 

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La guerra de los números

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Dicen que la vida volverá a subir por varios motivos importantes, entre los que se mencionan los siguientes: nueva alza de la gasolina, proximidad de diciembre, la guerra en el Medio Oriente, la recolección del café, la reapertura de los colegios…

O sea, la vida sube por cualquier cosa. Sube, sobre todo, por contagio. Un alza contagia a otra alza. No hemos finalizado el año escolar y ya los colegios y las librerías están listos a elevar matrículas y textos. La tienda, donde se resume toda la eco­nomía doméstica, procura tener la mayor cantidad de mercancía para que sus depósitos sigan valorizándose, pero se encuentra con la misma difi­cultad por la que atravesamos todos los colombianos: la de estirar el peso.

Tan seria será la situación, que ya no existen billetes de $ 1. Los de $ 2 casi han desaparecido de la circu­lación. Una moneda por el mismo valor abulta el bolsillo: pesa, pero no vale. El billete de $ 5, de tanto trajinarlo como cosa insignificante, vive apenado; y la moneda equiva­lente se confunde con la de $ 2.00: es mejor que con ellas siga ju­gando el niño a ser rico. Y llegamos al billete de $ 100, ese papel que en la antigüedad constituía un capital y con el que la señora logra pagarse apenas un arreglo de uñas; y sólo las de las manos, porque si la vanidad llega a los pies, el gasto pesará.

El billete de $ 200 se consume en unas gaseosas, para que la familia no viva sedienta. El de $ 500, colorado y potente como toro de casta… ¡ese sí vale! Es el tesoro para defender. Ayer, por ejemplo, mi mujer se fue alegre con una colección de ellos a la galería y regresó furiosa. Los había gastado todos y volvía con el canasto a medio llenar. No hablo de canastos, porque estos también están escasos en los hogares.

Eso de echarse la mano al bolsillo, que es la manera habitual de decirle a alguien que gaste, que no sea tacaño, ya no cuenta en nuestros días, porque el bolsillo vive limpio. En el Quindío estamos en la época de recolección del grano, ese calumniado símbolo de prosperi­dad, y la plata llegará a manos llenas. A los cafeteros, se supo­ne. Pero ellos también están caria­contecidos, y furiosos con el ministro de Hacienda, como mi mujer puede estarlo con el carnicero.

Los cafeteros están peleando con el almacén agrícola por el alza de los implementos; transando unos jornales cada día más costosos y menos productivos; forcejeando con el bulto que no quiere comprarles la Federación por «aguado», cuando hay mucha agua, o por «tostado», cuando hay mucho sol; y disculpándose a la postre con el gerente de banco por no alcanzar a cubrirle sino la tercera parte de la deuda y prometiéndole que en la pró­xima cosecha sí se desquitarán. Es una manera de estar «salados».

El servicio doméstico, que se acabó pero que todavía se usa, a precios astronómicos, se entiende, y al cual hay que darle más permisos que a los sindicalistas de las empresas, se alegra con razón cuando llega la co­secha. Tira el empleo, y sin ningún preaviso, ya que éste no se hace valer para con la patrona, como tampoco se usan ni la cortesía ni los buenos días, sale corriendo a los campos en busca de billetes.

Los cafeteros son de buenas con las recolectoras, y de malas con la eco­nomía nacional y con su propia econo­mía, porque el aroma se les evaporó. Consiguen recolectoras, pero en cambio desmantelan sus hogares de servicio doméstico. El remplazo de la chapolera, si es que logra con­seguirse así sea uno de esos residuos: humanos que da pena mostrar, significará no sólo otro esfuerzo, sino también un susto tremendo, porque lo más posible es que resulte ladrona y marihuanera.

Moviendo apenas unas pocas fichas de la economía colombiana, como aquí se ha hecho, se ve que ese fenómeno que los economistas llaman inflación, y los  profanos llamamos carestía, consiste en darnos palo los unos a los otros, hasta hacer disparar la resistencia del país.

El Espectador, Bogotá, 22-X-1980.

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Una esperanza trunca

domingo, 9 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuesta trabajo aceptar una muerte prematura, sobre todo cuando la ju­ventud sonríe henchida de esperanzas, de entusiasmos y confianza en el futuro. Ser joven no es tan solo estar comenzando a vivir, sino ante todo tener el alma fresca. La edad de la ilusión, aquella en que el mundo resulta una dulce expectativa y donde es imposible presentir contratiempos y menos desgracias, porque el dolor está descartado, será una contradicción, por no decir que una mentira, si cae tronchada por los asaltos del destino. En ella todo se ve promisorio, y hay además derecho a lo mejor. En las jornadas siguientes, cuando la reali­dad cambia de color, es más tolerable la tragedia, si bien esta será incom­prensible en cualquier época.

Una juventud de 23 años como la de Daniel Morales Benítez, rebosante de lozanía física y vigor espiritual, y por eso admirable, era la página en blanco que Otto y Livia, sus ilustres artífices, crearon para llenarla con amor. La cerró el hado siniestro. La suerte, cuando se obstina, todo lo cambia. En ocasiones parece como si se saciara haciendo sufrir a los seres buenos. La razón se resiste entonces a entender los designios inescrutables que man­dan el dolor donde antes reinaba la alegría. Pero también es cierto que las almas justas se purifican en la adver­sidad, la cual, si aflige el sentimiento, también fortifica el espíritu.

Esta familia Morales Benítez, de tan honda raigambre en la historia del país, pierde un miembro entrañable apenas en el embrión de su existencia fecunda. Es una risa menos, pero una virtud más. Porque sacrificar un hijo que se había formado en el calor del hogar modelo, de cuya savia había él extraído la certeza de ser hombre, es entregarle al Dios de los justos un jirón de la propia existencia. Se deposita también en el altar de la patria, a la que Otto ha servido con ilimitado afecto, una ofrenda estoica. En la antigüedad los guerreros, para probar que lo eran, se sangraban el corazón.

Daniel, que ya resolvió su problema vital, es el escogido de los dioses que levanta el vuelo, sonriente e inconta­minado. Deja perplejo el corazón de sus seres queridos y de quienes hemos estado cerca a la casa hidalga, pero dentro de estos reveses que no hay forma de desviar, el saberlo una con­ciencia recta, una factura de su propio padre –se dice todo–, consuela la hora triste. El destino no siempre teje toda la existencia, y cuando se ade­lanta, acaso haya que entenderlo como un privilegio, si el camino es penoso.

La patria esperaba mucho de él, y no lo disfrutó. Livia y Otto, y sus herma­nos Adela y Olimpo, que lo disfrutaron a plenitud, se confortarán, sin duda, con la fuerza que dimana de los seres superiores. Si su pena es grande, están rodeados de la solidaridad del país, y sobre todo de sus amigos más cerca­nos.

El Espectador, Bogotá, 17-V-1980.

* * *

Misiva:

Con todos los míos agradézcote nobilísimo homenaje. Otto Morales Benítez, Bogotá.

 

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Estafas en serie

sábado, 8 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Círculo de Lectores, la conocida cadena de libros que coloca, de unidad en unidad, ventas en gran volumen y al contado, se valió de un truco sutil para reforzar sus finanzas navideñas. Con el argumento de que celebraría con derro­che de amistad los diez años de funda­ción de la empresa, lanzó una llamativa lluvia de regalos para que sus innume­rables lectores quedaran gratificados.

En Colombia, país de cándidos apostadores donde todavía cambiamos la carne del almuerzo por el pedazo de lotería, nos alimentamos con fanta­sías. En el corazón de los colombianos hay siempre una lotería. Pues bien. El Círculo de Lectores anunció la nada despreciable cantidad de cinco mil premios. La tentación se iniciaba con un Renault cero kilómetros.

Como segundo renglón, el artículo de moda: televisión en color, y no uno sino nueve aparatos. Luego una variada ga­ma de artículos domésticos, como ra­dios despertadores, licuadoras, cubiertos, bati­doras y equipos de coci­na; artículos infantiles, como bicicletas, monopatines, elefantes (sobra decir que de peluche, o sea, de mentira), y miles de libros.

¡Cinco mil regalos! Nos vimos estre­nando forros nuevos. Con el Renault último modelo nos reiríamos del vecino que hace cinco años no cambia de latas.

¿Regalos….? Primero había que com­prar libros para adquirir las boletas. Y no  libros del catálogo, sino de una breve lista, impuesta por las circunstancias. El Diccionario visual del sexo ($800) aportaba dos bole­tas; el Manual práctico de decoración ($1.300), tres; el Libro de oro del niño ($1.700), cuatro. ¿Cómo ven ustedes la fiesta? Lo más accesible, saliéndonos de estos precios de inflación, era el jueguito El trampolín (título muy apropiado por venir de trampa), que por sólo $360 daba derecho a una boleta. ¡La boleta ganadora, porque una opción es suficiente! Pero el jueguito se retiró a los tres días, ya que toda Colombia lo pidió.

Los billetes de banco se pusieron religiosamente unos encima de otros. Y aún estamos esperando el pedido. Han pasado cuatro meses y no llega el libro (las boletas vienen adentro).

El sorteo se verificó el 11 de enero. Pero por parte alguna hemos visto al ganador del Renault. ¿Será que el carro ya se desintegró? ¿Las bici­cletas habrán aporreado a algún transeúnte? ¿Las baterías de cocina habrán suplido, sin salario mínimo, la falta de servicio doméstico? ¿Los libros a porri­llo habrán llevado erudición, aunque sea sexual? ¡Averígüelo Vargas!

Naturalmente, este ingenuo juga­dor que les habla fue uno de los esta­fados. En mi oficina hay varios, y mu­chos entre el vecindario. Esto se llama una estafa de masas. Para vengarnos se necesitaría la rebelión de masas de Ortega y Gasset. No hemos logrado, a pesar de la santa ira que todos entienden, que nos envíen el libro, aunque sea sin indemnización, o nos devuelvan el dinero. ¿Cuántos somos los estafados? Miles, sin duda. Aun suponiendo el envío anticipado de las boletas, la numeración fue tan numerosa que alejaba las probabilidades de estrenar el carro de los colombianos.

Por fortuna, la inversión fue poca, por cabeza. La gente calla. El truco da resulta­dos. Algún mago de la publicidad lo vendió con buenos honorarios, a costa de nuestra ingenuidad. Aquí entra el multiplicador de que hablan los econo­mistas. En el peor de los casos, el Círculo colocó de todas maneras ventas millonarias al envidiable contado. Con­tados por adelantado.

Para rematar el cuento, ni siquiera pude disfrutar de una buena lectura de Mejía Vallejo. Su libro El día señalado, editado por la misma firma que lanza promociones fabulosas, me salió con cincuenta y tantos errores ortográficos. Supuse, entonces, que mi suerte estaba señala­da. Doble estafa.

La Patria, Manizales, 15-V-1980.

 

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Un papel deteriorado

sábado, 8 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un comerciante de Corabastos se quejaba de la falta de negociabilidad del cheque de la Caja Agraria. El reclamo hubiera que­dado mejor formulado señalando que no sólo el cheque de la Caja Agraria sino todo cheque bancario se volvió un papel sin seriedad. Hasta tal grado ha crecido la desconfianza, que el comercio, receloso de fraudes, advierte en sus dependencias que «no se reciben cheques». Y como ironía, son los comercian­tes quienes más abusan de una chequera.

Hoy un talonario de cheques lo porta cualquier persona, hasta los analfabetos y con mayor razón los delincuentes. Por eso es un papel que circula con asfixia. Los giradores inescrupulosos, convertidos en una plaga inconte­nible, están menoscabando la moral pública. Difícilmente sabrá alguien el número de cheques (una cantidad astronómica) que los bancos rechazan a diario por carencia de fondos y motivos si­milares, con los cuales los gira­dores se burlan de los negocios, generalmente con premeditación.

La selección de clientela bancaria ha dejado de ser rigurosa tan­to por la proliferación de oficinas que se disputan cuentas sin nin­gún sentido, como por las argu­cias de los defraudadores y eter­nos sobregirados para hacerse a la protección de los bancos. Los controles son en flo­jos. No es raro ver a personas in­deseables entrando por los esta­blecimientos crediticios con exhibición de vistosas chequeras y arrogantes cinismos. Hay, por desgracia, gerentes de banco pródigos en el asilo, que fomentan el rela­jamiento de las sanas costumbres.

El cheque es, por tanto, un pa­pel deteriorado, que no goza de confianza pública. Se abusa de él no sólo por manías irredimi­bles, sino por tolerancia bancaria. No se aplica mano fuerte para con­trarrestar la invasión de papeles falsos que están ahogando al país y hasta se usan insólitas protec­ciones al permitir que el cliente descuidado cierre la cuenta y quede en libertad de seguir come­tiendo nuevos abusos en otro banco.

Los geren­tes serios, que afortunadamente son muchos, o somos, porque el articulista sabe el terreno que pisa, nos movemos con aprietos entre estas maniobras y vicios que dañan un sistema que debería ser ejemplar. Resulta indicado que salga una voz de la propia banca, para buscar la deseable depuración.

Las leyes son inoperantes para castigar a los culpables, porque no se ejercen con la necesaria drasticidad o porque los abogados son hábiles para inter­poner interpretaciones que pug­nan por la suerte de sus defendi­dos. En los Estados Unidos el giro de cheques sin fondos da cárcel, y también, teóricamente, en Colombia, con la diferencia de que allí las leyes se cumplen y por eso existe moral pública.

Al amparo de la voraci­dad bancaria que se pelea cuen­tas, de la ineficacia de los contro­les y los castigos, de la liberali­dad de los bancos, de la suavi­dad de la ley y de las audacias de la gente deshonesta, está monta­da la inseguridad que se des­prende de un talonario de cheques y que repercute en la vida na­cional.

Es un estado de descomposición que debe recomponerse. ¿No es sano que la crítica del periodista sea al propio tiempo la incon­formidad del funcionario de banco para sembrar inquietud entre quienes son los encargados de vi­gilar y corregir el sistema? El país necesita seriedad en sus costumbres. El cheque «chim­bo», personaje siniestro, es un cáncer social que avanza y se reproduce al no encontrar quién lo detenga.

El problema, como se ve, es de personas y de instituciones, o sea que no es de poca monta. Hay que purgar toda una organi­zación averiada hasta recuperar la decencia y la honorabilidad. El cheque, entonces, realmente sería en Colombia un instrumen­to negociable, y el comerciante de Corabastos podría obtener confianza con su desacreditada chequera.

La Patria, Manizales, 20-IV-1980.

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