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De las rifas y otros suplicios

martes, 4 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando más ocupado estaba en mi escritorio resolviendo uno de los tantos rompecabezas a que estamos sometidos los gerentes de banco, desde la sala de espera me sonreía el afable caballero provisto de vistosa cartera de negocios. Entre venias y afectuosas manifestaciones, en un minuto me había extendido sobre el escritorio llamativos catálogos. Tuve que suplicarle al desmedido propagandista de libros que respirara siquiera un segundo, pues me parecía que le estaba faltando respiración.

Era el tercer vendedor del día que intentaba colocarme su mercancía. Más tarde tuve que vérmelas con el agente de electro­domésticos que amenazaba descargar en mi residencia, sin compromiso alguno, unos muebles sicodélicos que yo no sabía dónde podría ubicar.

A mi casa ya habían llegado, en la misma semana, dos boletas para bingos y en ese preciso momento un transeúnte anónimo que se presentaba como el líder de su clase, convencía a mi esposa para que adquiriera, como finalmente lo hizo, una boleta para la rifa del automóvil con la que se pensaba financiar la excursión a la Costa de los alumnos de último año.

Mis hijos, que se mueven como todos los muchachos de su genera­ción en su propio mundillo de fantasías, soñaban con el vuelo a Río de Janeiro que tenían asegurado con las boletas que también les había patrocinado el presupuesto familiar.

Cualquiera, con todo y lo maduro que se crea, cae en los ha­lagos de las tentaciones. Cuando ya me disponía a poner en marcha el vehículo y por más afán quo llevaba, me sugestioné con el bille­te de lotería que veía ante mis ojos y que correspondía a las placas del carro. El lotero se fue feliz y yo todavía espero el premio.

Días más tarde, cuando había jurado y hecho jurar a mi familia que no volveríamos a caer en trampas y que seríamos enérgicos con la invasión de rifas, loterías y contribuciones que no dejan la vida en paz ni el bolsillo equilibrado, alguien me llamó por teléfono a pedirme un modesto óbolo para la campaña del candidato presidencial y de paso me contó que el equipo del cuerpo de bomberos de su pueblo natal estaba desintegrándose.

Como a este amigo no podía negarle mi colaboración, incurrí de nuevo en el pecado de disminuir la cuota para la cocina. Esta vez por poco exploto, pero acto seguido volví a jurar que de ahí en adelante exterminaría a quien me ofreciera una rifa más.

Satanás, Armenia, 1-X-1977.

 

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El Cristo contemporáneo

domingo, 2 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La Iglesia, a través de los siglos, ha estado sometida a dificultades de diverso orden y contra ella no solo han atentado fuerzas extremas sino que tam­bién han surgido voces diver­gentes que desde sus propios predios han pretendido sem­brar la confusión y dispersar la fe. Los movimientos subver­sivos han tenido un lánguido final y, para bien del inmenso número de católicos extendido por todas las latitudes del orbe, ha sido derrotada la incertidumbre siempre que se ha in­tentado menoscabar, con insen­satez, los sólidos cimientos sobre los que está montada nuestra religión.

Esta pujante Iglesia, capitana de borrascas y la única brújula segura dentro de las vicisitudes de un mundo con­fuso como el que se desliza por las postrimerías del siglo vein­te, representa la respuesta a tanta perturbación del espíritu en tiempos como los actuales movidos por agudas crisis morales. La humanidad, tam­baleante en medio de errátiles y peligrosas filosofías, e instigada por los mensajeros del desastre que solo buscan la con­fusión de la conciencia para im­plantar el caos, no puede perder la fe en los seculares principios éticos que sostienen el equili­brio del mundo.

Acaso se argumente que en ciertas materias no ha contem­porizado la Iglesia con la evolución de los tiempos, pero no hay duda de que los fundamen­tos básicos se mantienen incon­movibles como pilares contra la desesperanza. Temas como el control de la natalidad, el divor­cio, el celibato de los sacer­dotes representan sin duda escollos que hacen abrigar temores frente a los conflictos de los tiempos modernos, em­pujados por el sello de esta época que ha variado algunos moldes tradicionales del comporta­miento.

La época actual, asediada por la duda y el descontento y acosada por los  problemas de una generación en constante crisis de valores y por las penurias físicas del mundo menesteroso, está sujeta a las arremetidas extremistas de quienes predican tiempos mejores pero sin ofrecer las fórmulas para lograrlo.

Guerras, hambres, despro­porciones sociales, falta de oportunidades para llevar una vida digna son graves inte­rrogantes que se le presentan al mundo y se quedan sin res­puestas adecuadas. Ante tales fermentos de insatisfacción surgen proclamas encendidas que pretenden, con el apoyo de teorías marxistas, que tampoco aportan los remedios, desviar el cauce de instituciones tan res­petables como la Iglesia Ca­tólica.

Hemos visto en los úl­timos días a re­ligiosos comprometidos en movimientos rebeldes, secun­dando oscuros propósitos con­tra el Estado, con la falaz promesa de cambiar las estruc­turas vigentes y solucionar todos los males. Se habla de ar­mas y pertrechos hallados en su poder y del indicio de estar sirviendo de enlace de grupos sediciosos empeñados en la caída de las instituciones democráticas.

El categórico y oportuno pronunciamiento del clero colombiano despeja el camino y fija la orientación que se ne­cesita. Han sido descalificados los sacerdotes rebeldes y se ha dado duro golpe contra quienes pretendan atentar con­tra el orden. La violencia solo trae violencia y no es con la fuerza bruta como se imponen las ideas. Si con tales gritos de rebelión se consiguiera la paz del mundo, ya estaríamos matriculados en causas como las que siguen estos clérigos sueltos. La verdad no se logra con las armas.

Resulta confortante que en medio de estos vientos confusos se escuche la voz de la Iglesia condenando la insensatez. La seguridad del Estado debe protegerse con los medios con­sagrados en las leyes. Queda muy bien definida la presencia de la Iglesia en los trastornos del momento al afirmar que ella no puede ser ni pasiva ni subversiva.

Su estructura, sujeta a los ajustes que impone el proceso de los días, debe responder a las esperanzas de la humanidad.  En los estados de angustia e incertidumbre hay que volver los ojos a Cristo, el Cristo contemporáneo que no puede permanecer pasivo ante los afanes del hombre, pero que tampoco enseña la subversión como camino para solucionar los infortunios del mundo.

El Espectador, Bogotá, 6-XII-1976.

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Caprichos del alfabeto

sábado, 1 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ser presidente del Senado, cono varias veces lo ha sido el se­ñor Abuchaibe,  es honor que busca la mayoría y que pocos consi­guen. Es la suerte de apellidarse Abuchaibe. Este señor, de sobra conocido en su ámbito regional, por los caprichos del abecedario se convirtió pronto en personaje nacional, con repercusiones al exterior. No todos tienen la oportunidad de ser presidentes alfa­béticos, aunque sus apellidos estén bautizados con los privilegios de la primera letra: No es lo mismo llamarse Aragón o Azula que Abuchaibe.

 El Zuleta o el Zuluaga, para los mismos efectos, no pasarán de ser simples coleros, por más brillantes que puedan ser. El Barri­ga o el Calvo serán apenas lejanos aspirantes, pues la letra A nació prolífica.

 Por fortuna, para equilibrar las cargas en otro campo, a los “másteres” de la Administración de Impuestos se les ocurrió este año establecer diferencias de clase para declarar la renta. Se acudió de nuevo al abecedario, la fórmula salomónica para borrar la sospecha de las discriminaciones. La A y la B tienen plazo hasta el 4 de abril, y la C y la Ch has­ta el 7.

 Por ahí vimos corriendo a última hora a confesar sus pecados tributarios a los Abuchaibes, a los Boteros, a los Caballeros, a los Chaves. En esto de pagar impuestos, las estadísticas o las na­turales presunciones indican que el 90 por ciento somos unos caballeros. Si lo mismo ocurriera con el otro 10 por ciento, no tendríamos que estar pasándole puntos al cinturón en esta emergencia de los desequilibrios.

 Podría pensarse en privilegio para las primeras letras del alfabeto. En modo alguno. Esta costumbre tan a la colombiana de dejar las cosas para el último minuto ha hecho refrescar a los Zuletas y a los Zuluagas, sin darse cuenta de que se les ha ido agrandando la úlcera.

Estos primeros puestos en el turno de emborronar los formularios tampoco resulta, a decir verdad, nada apetecible. A nadie le gusta servir de conejo de laboratorio. Por ahí se ve mucha gente caria­contecida. No dude usted de que el grado de depresión va ahora en proporción a la letra de su apellido. Aunque todos estamos per­plejos; los que ya declararon. por no haber tenido tiempo suficien­te para preparar mejor sus mentiras; y los que no lo han hecho, por haberlo tenido para leer las guías, los manuales o los tratados y darse cuenta de que no hay escapatoria.

Es la guerra del abecedario. Nos sentimos unos más tristes que otros. Unos más resignados. Llenar, de todas formas, el bendito formulario, no debe ser cosa tan simple, si el ministro de Hacien­da tuvo que dedicarle la Semana Santa, con todo y asesor de cabece­ra, para no lograr de todas maneras bajar de $ 78 mil su cuota de tributación.

A declarar, se dijo. Y respete usted el alfabeto. ¡Cuidado con las adulteraciones! Si ha sido siempre Barón de la noble­za, no se le ocurra a última hora volverse Varón del machismo. Si nació Enríquez, no le anteponga la H, por más que no suene ni sirva para nada. Si es Báez, quédese para siempre con el rabillo y no trate de correrse al Páez, el  autor de esta nota que ha gastado largos insomnios pensando si compra la guía de $ 12.oo, o el manual de $ 30.oo, o el tratado de $ 550.oo, para ver cómo declara, en conciencia, la pérdida que le ocasionó su última novela.

No pretenda usted, por otra parte, entender cómo puede sostener­se una familia corriente, y mucho menos la no corriente, con la irrisoria partida que le concede la ley de tributación. Pagar co­legios, buses, arriendos, médicos, consultas del corazón y alzas de todos los órdenes, no es cosa que deban descifrar los cerebros electrónicos.

Bien que mal anote las cifras en el formulario. Procure no equivocarse, pues los errores se pagan. Es el mes de las taquicar­dias. Y que nadie se sienta de mejor familia en razón de su ape­llido. Todos debemos ser buenos patriotas para sufrir emergencias económicas. Hoy por hoy somos una letra del abecedario. Mañana nos convertiremos en una cuenta de cobro.

 La Patria, Manizales, 11-V-1975.

 

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Sutilezas del protocolo

viernes, 17 de junio de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si por protocolo se entiende un código manejado por reglas caprichosas que cambian con los tiempos y las circunstan­cias, debe admitirse que es una de las invenciones más simples del comportamiento de la sociedad. Nada tan ficticio, y al propio tiempo tan incómodo, como este manual de mis­teriosas recetas que busca mo­delar la compostura social dentro de cánones amanerados.

El hombre, que se ha liberado de tantas cosas, inclusive de la sumisión de la mujer en esta era de la emancipación femenina, no ha conseguido quitarse de encima torturas tan lacerantes como la del frac o el smoking que le frenan  el torrente sanguíneo y le cortan, como reprimenda, la tranquila expresión de una sonrisa.

Es el protocolo una de las más efectivas medidas para enjaular al hombre, después de cortarle las alas de su libre albedrío. Es la mejor manera de trasquilarlo, de trans­mutarlo, de volverlo inauténtico. Porque no debe dudarse de que bajo la rigidez de una de esas prendas ceremoniosas que ponen a palpitar con velocida­des peligrosas este lánguido corazón de nuestros días, de suyo acelerado, la figura pierde naturalidad, el apretón de manos se vuelve flojo y la personalidad se torna huidiza. ¿Habrá algo más sofocante que un   cuello estirado que reprime la respiración, o que una parada rígida que entumece los músculos?

Parece que la nobleza en el mundo se está extinguiendo más rápido de lo que se aprecia. Los príncipes azules escasean, para desconsuelo de tanta cenicienta trasnochada y para alivio de esta sociedad que cada día desea ser menos apergaminada. Las venias, las genuflexiones, el pestañeo, el ósculo insípido y tanto prurito de realeza que colmaron —con acrobacias que hoy serían irrealizables— los salones de la aristocracia ya desteñida, se miran ahora como muecas de un mundo agonizante, frente a este otro desenvuelto y desa­brochado. Si algo ha ganado la humanidad es la libertad de movimientos.

Por estos días nos visitó el príncipe Bernardo de Holanda y nuestra élite diplomática se vio en calzas prietas para condimentar la etiqueta debida a tan alta dignidad. Los fun­cionarios de la embajada me­ditaron, prepararon y aconsejaron la «estrategia» que debía seguirse. Solo tres periodistas podían concurrir a una entre­vista que figuraba en la agenda, y las preguntas debían estar preparadas de antemano. De pronto apareció el príncipe, hombre sencillo, desprovisto de solemnidades, simpático y accesible. Tan accesible, que las puertas se abrieron de par en par y entró quien quiso, con fotógrafos, grabadoras y la mente libre para preguntar cuanto deseara.

Habló con los periodistas de los problemas más agobiantes del momento, en forma llana y sin cortapisas, y hasta propuso que no se de­jara de lado uno de sus temas favoritos, la ecología, que encuadra tan bien en nuestro medio congestionado de toxinas.

Por allá lo vimos haciendo cambiar la champaña dulce por la seca, que refresca mejor su paladar, y torturando, de paso, a los afanosos maestros de ceremonia que tuvieron que declinar sus códigos ante la sencillez de un hombre sin misterios.

Se lamentaba el presidente Caldera, en la visita que le hizo nuestro presidente Pastrana, de que se hubiera perdido más de la mitad del programa en el cambio de trajes, cuando eran tantos los temas de importan­cia para analizar. ¡Lastima grande que la etiqueta mutile tan buenos propósitos!

Siendo el protocolo una ceremonia establecida por “costumbre», son los mismos tiempos, con personajes llanos como estos que la gente preten­de atar a convencionalismos inútiles, los encargados de hacer variar los moldes sociales. Con mayor autentici­dad y sin tanto barniz la vida se vive mejor. Es la era de la prisa y de las soluciones rápi­das.

Los plumajes y los esplen­dores de la sana Edad Media —y lo sano suele también pecar de bobo— pertenecen a páginas retóricas que continuarán refrescando el espíritu, pero desentonan en este momento nuestro, febril y plastificado.

El Espectador, Bogotá, 16-II-1975.
Prensa Nueva Cultural, Ibagué, febrero de 1994.

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La eterna juventud

domingo, 22 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«La vida de un hombre no pasa generalmente de 60 oc­tubres», decía Jaime Barrera Parra, por allá hacia 1915, y murió cuando contaba 43 años de edad. Quitándole el hado siniestro de esta muerte prematura, sus células nor­males hubieran traspasado aquella frontera de no haber quedado su huma­nidad aplastada, en plena ma­durez física y emotiva, por un teatro de Medellín.

De entonces a hoy —y ya han corrido 40 años— ha decrecido el promedio de supervivencia bajo los rigores de la angustia, del sofoco de nuestros días que atropella el ritmo de la vida, imponiendo caducos marcapasos incapaces de remplazar lo auténtico con lo artificial.

El organismo humano, cada vez más caduco, más frágil y desnutrido, más saturado de impurezas y de ansiedades, se doblega sin remedio ante el ímpetu de fuerzas que todos los días limitan más el ciclo vital. La raza viene en decadencia, y las defensas, pese a las nove­dosas y progresistas in­cursiones de la ciencia, son desequilibradas para contener el deterioro de la humanidad.

Acaso ciertas píldoras y jaleas misteriosas —misteriosas más por la sugestión que inyectan, que por su eficacia— y tratamientos epidérmicos que borran arrugas y enderezan miembros atrofiados, logran remozar fachadas averiadas e inocular calorías y revivir dormidos entusiasmos. Pero la vejez no se detiene, por más que la piel se desdoble con planchados plásticos.

Se pregona el hallazgo de terapias y de atrevidos medicamentos a base de magnetismos y de soplos milagrosos, dentro del tonto empeño de querer prolongar eslabones que, por fuerza, han de reventarse bajo el peso de la inercia.

El hombre se aferra a la vida en desesperado esfuerzo por retener energías que se merman y se destruyen con incontenible rapidez. Busca la fuente de la eterna juventud. Pero se encuentra de pronto viejo en la mitad de la jornada. Se ve desmejorado, se toca marchito y se detiene perplejo ante la juventud que ya torció la es­quina, y mira asustado el porvenir que le llega atropellándolo.

Saber envejecer es un arte. La mayor sabiduría de la vida consiste en aprender a vivir ca­da día a plenitud, sin temor al siguiente y sin nostalgia del anterior.

Suponen los japoneses que al tomar un baño en una tina de oro puro asegurarán un año más de vida. Eso cuenta una revista, y dibuja, entre tantas frivolidades de la época, a un vejete sacudién­dose entre las aguas de una canoa de oro avaluada en un millón de dólares. ¡Vaya puerilidad más necia y estafa más improductiva!

La ley colombiana consagra una pensión de jubilación por veinte años de servicios, sobre la base de haber vivido 55 años de vida, si es varón; porque si es mujer tiene una rebaja de 5 años de su calendario, en un raro privilegio para el bello sexo, que según la ley natural, refrendada por la superviven­cia de tanta viuda joven, demuestra superior potencia que el hombre.

Pero en uno y otro caso la ve­jez remunerada resulta una utopía y al propio tiempo un juego de azar en este mundo de ilusiones, de píldoras energé­ticas, de masajes rejuvenecedores y de sumergidas en tinas milagreras.

El Espectador, Bogotá, 1-II-1975.

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