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A propósito de chinches

jueves, 12 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Largos insomnios le costó a un científico parisiense descubrir que la chinche, ese vulgar insecto de los ho­teles de mala muerte y de ciertos ma­lolientes hogares, es el mayor depra­vado del mundo animal. Algo gana el hombre con estas investigaciones. Le ha aparecido un espécimen que no so­lo compite con la innata y a veces re­finada ferocidad animal, sino que este «tigre de alcoba» o «bestia», como se le llama en dos tratados que tengo a la vista, va a resultar arrebatando títulos de que no quiere despojarse el hombre.

El insomne investigador demostró que se trata de un insaciable vampiro que ejercita sus armas en pájaros, murciélagos y seres humanos. Lo cual es ya bastante. Tanta es su sevicia, que no se conforma con ser un supli­cio más, sino que se emponzoña en los otros exprimidores con que cuen­ta la humanidad. Ha sido el hombre, con todo, el mayor vampiro de los siglos, afirmación categórica, así resul­te de pronto metido en los palos.

Asegura el profesor ante la Academia de Ciencias Naturales de Francia que este insecto es un vil carnicero. Esto no se opone a que el hombre sea menos bárbaro, en el extenso sentido de la palabra, y para sostenerlo basta repasar las páginas de los diarios, salpicadas con atro­cidades y salvajismos. No solo es vam­piro el que chupa la sangre, sino tam­bién el que en cualquier forma vive a expensas del prójimo.

Si media humanidad vive de la otra media, se deduce que medio mundo tiene características comunes con la chinche. Acertado enfoque que revela un símil del hombre. Si la investigación no ha dado un resul­tado consolador por el parecido que nos encuentra, se trata de un nuevo progreso científico al afirmar la teoría de Darwin sobre nuestros componentes animales, con la diferencia de que mientras estudiosos como Desmond Morris o López de Mesa nos asocian con el mono y el pez –atractivos representantes del reino animal–, el profesor francés nos rebaja a la ca­tegoría de repugnante chinche.

Quedan a flote, además, las abe­rraciones sexuales de esta bestia que no   conoce  el   método  normal de acoplamiento y resulta fecundando a la hembra con dolorosas inyecciones que le inocula en el abdomen. Y, lo que es peor, la chinche masculina no distingue demasiado entre ambos sexos y con frecuencia inocula a otro macho.

Se trata, sin la menor duda, de un consumado pervertido sexual, que no solo es torpe para hacer el amor, sino también ciego. ¿Acaso no es lo mismo que ocurre en nuestro mundo social? Es el vampiro humano más recalcitrante que el «tigre de alcoba», y si no que hablen muchas alcobas.

Plagado está el mundo de vampiros que succionan la honra ajena, que se enriquecen a costa de los demás, que inoculan gérmenes dañinos, que inyectan perversión y sadismo… Al pro­fesor Jacques Carayon, que tal es el nombre del científico, le faltó rea­firmar la teoría del origen de las especies para concluir que el hombre proviene también de la chinche, si son tantas sus afinidades.

El Espectador, Bogotá, 15-V-1974.
La Patria, Manizales, 27-V-1974.

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El desnudismo, una mentira

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No se resigna el hombre a permanecer en la penumbra y su instinto de notoriedad lo empuja, por no decir que lo obliga, a idearse los más exóti­cos medios para llamar la atención. La ley primaria de la conservación es la mayor fuerza creadora del universo, gracias a la cual se vive en permanente actitud de defensa frente al mundo voraz y cada vez más estrecho.

Aun las civilizaciones más anti­guas, en remotos tiempos donde la competencia por la vida era holgada y no había llegado el planeta al hacinamiento y los aprietos actuales, se unían en grupos para afrontar los peligros, las vicisitudes cir­cundantes. Era entonces acaso más placentera, me­nos agobiante la existencia, si bien cada época está marcada por sus propios problemas.

La humanidad, que ha probado los más diversos procesos de evolución, desde la edad de piedra hasta la supersónica del momento actual, vive ahora el ensayo del grito, del frenesí, del exhibicionismo. Con­tinúa el hombre dentro de su secular hábito de no conformarse con el ostracismo y protesta a pulmón lleno al sentirse asfixiado.

Nació, ayer no más, la moda «jipi» (palabra esta que los académicos, si no lo han hecho, deben patentarla cuanto antes, por expresiva), en un es­fuerzo malogrado de escape, de fugas imposibles, de irrealidad. Tonta manera esta de buscar la felicidad en los espacios siderales, tan distantes co­mo quiméricos, rebelándose en vano contra los mol­des de esta sociedad galopante.

No se combate la frustración con sueños sicodélicos ni con evasiones momentáneas. Pero estos protagonistas del ocio, trotamundos sin brújula ni equipaje, protestan, gritan, reaccionan en las formas más extravagantes contra los convencionalismos sociales, sin lograr descubrir el paraíso que todos buscamos.

Su reacción contra el mundo acicalado y con­formista que ellos piensan que es el causante de tanto infortunio, resulta estéril empeño. Todos es­taríamos matriculados en su movimiento si supié­ramos que la paz es conquistable con unas prendas andrajosas, con dejarse crecer la melena y la sucie­dad, con practicar el amor libre o inyectarse traicioneros soporíferos. Caduca escuela esta que, sin darse cuenta del todo, ha retrocedido en lugar de avanzar, al volver a la edad de las cavernas.

Es la era de la inconformidad. La ciencia, con sus prodigiosas evoluciones y sus intransigen­tes avances, acaso ha distorsionado esta época que debería ser más pausada. El ser humano, no pre­parado para tan acelerada metamorfosis, no asimila el progreso, la locura de nuestro tiempo, y resulta un desadaptado.

Por eso grita, por eso protesta, por eso busca la evasión. No lo consigue, ni nunca lo conseguirá, pues tal es la sentencia que pesa sobre la humanidad. Pe­ro se desespera, y rabia contra el sistema, y atropella a sus semejantes. Y hasta se rasga las vesti­duras, alegando, con Poncio Pilato, su mentirosa inocencia. Si el mundo debe recomponerse, no se logrará con frágiles voces en el vacío.

Tampoco desnudándose en público. Es otra fór­mula de protesta, imitada por la misma escuela de frustrados, de uno y otro sexo, y sin duda también de bufones, que anda dispersa esperando la inven­ción de nuevos sistemas para hacerse notar. Será por mucho tiempo, contra la prohibición y los rega­ños de las autoridades, y por eso mismo, un excelente medio para reírse de la sociedad.

Es otro recurso de evasión. Pintoresco, o ridículo, u obsceno, según la lente por donde se mire. Y tendrá más adeptos mientras mayor sea la prohibición y mien­tras se dispense más publicidad. El desnudismo se­ría, así, no solo una evasión, sino también una invasión.

Pero el insalubre método terminará extinguién­dose, pues hay cosas que se atrofian por cansancio y por falta de vigor. Hoy por hoy mentes mojigatas y asustadizas le están dando categoría al invento y estimulando el desnudismo que, así practicado, ni es morboso ni es provocativo. Quizás más bien tenga alto grado de infantilismo, si se piensa que la paloma de la paz no se enlaza con carreritas ner­viosas ni con cuerdas destempladas.

La Patria, Manizales, 4-IV-1974.
El Espectador, Bogotá, 15-IV-1974.

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El lustrabotas

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los lustrabotas del Quindío, un gre­mio organizado, escogieron este año la festividad de San José Obrero para fes­tejarse a sí mismos. Designaron su patrono y le pidieron a la ciudadanía que se acuerde de ellos cada 19 de marzo. Un solo día al año, a cambio de la constancia y la efectividad de este me­nudo servidor público que ayuda a la gente, en inevitables jornadas de sol a sol, con una caja de madera portadora de betunes, de cepillos, de telas y hasta de raras combinaciones acuosas, dócil instrumental en manos suyas con el que acomete la dura defensa contra un destino áspero.

Es el lustrabotas personaje fami­liar, pero olvidado. Anda de calle en calle, de café en café, vendiendo sus servicios a trueque de no dejar enveje­cer el calzado. Requiere de habilidad y de cierto toque artístico para que el cliente, tras escasos minutos en que debe borrarse el lodo, evaporarse el polvo y resplandecer el cuero, quede satisfecho y vanidoso.

Ser lustrabotas no solo consiste en embadurnar el cuero y darle brillo. Es­ta competida profesión no admite co­sas a medias. El trapo o el paño han de ser manejados con maestría en perse­cución de las suciedades que han pene­trado hasta las más ocultas costuras, para luego dejar tersa la superficie, que tal es la pretensión de ciertos parroquia­nos –falsos o pedantes intérpretes del poeta cartagenero– que siguen con­vencidos de que no hay como los zapa­tos viejos y olvidan que existen grietas que ya no se detendrán, o arrugas cada día más protuberantes, o fealda­des imposibles de mejorar.

Este humilde servidor de la humani­dad gana sus diarias batallas armado de fáciles herramientas de trabajo que co­bran, en su poder, significado y noble­za. Pocos oficios tan honrados como este donde la vida discurre con esfuer­zo, con tenacidad, con pulso firme. Es un amigo imprescindible de la civiliza­ción, aunque para proporcionar con­fort y limpieza tenga que vivir mu­griento, y quien, como pocos, tiene acceso a los diferentes niveles sociales de donde extrae confusos conoci­mientos de todos los aconteceres, que lo empujan a parlar de política, de eco­nomía o de sexo, de corrido y con chispazos geniales, cuando no a aseve­rar deslices o inconcebibles devaneos de algún parroquiano.

La letra menuda entra fácilmente por el oído del lustrabotas, pero la noticia suele desparramarse en sus labios. Aun­que así sea, su ingenua sabiduría lo convierte en sagaz traductor de este mundo que no es menos engañoso en mentes superiores.

Apenas justo que el lustrabotas tenga su día y bien escogido a San José como su padrino para que en adelante las cajas de madera salgan mejor pulidas de su taller. Grato tratamiento este de ponerle claridad a las prendas deslucidas. Con una buena lustrada se siente como si se desmanchara la conciencia. Y hay toda una poesía en el arte de rociarle colorido a la vida sacándole música a un par de zapatos  viejos.

La Patria, Manizales, 8-V-1974.

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El diablo anda suelto

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

La advertencia del Papa Pablo VI so­bre la existencia del diablo ha desen­cadenado los más diversos temores, pues no todo el mundo entiende que este personaje bíblico no tiene figura corporal, aunque sí está invisiblemente presente a todo momento, como el principio del mal que es. Querámoslo o no, lo llevamos a cuestas, cuando no es él quien hace lo propio, y pende de nuestra vida como el símbolo de la maldad.

Muchos, empero, ante las pa­labras papales temen encontrarse con este fantasma que la imaginación (por lo menos la mía, en un ayer ya supe­rado) lo representaba resoplando can­dela por todos los orificios, rojo de la rabia y de la vergüenza por habérsele despojado de su privilegio de príncipe de los ángeles rebeldes y listo a embes­tir con su tridente implacable y su mortífera cornamenta.

Hoy para mí no existe el espíritu maligno así encarnado, lo que no obsta para encontrarme con él a diario y a cada instante, vestido de las más disími­les maneras. No soy, contra lo que pueda de pronto sospecharse, un pose­so como la sordomuda de Usaquén de que habla algún periódico, en quien han fracasado todos los exorcismos e intentos parasicológicos, pues sigue ella de todas maneras soñando con el ejército de diablos que toda una vida la ha perseguido en plan de violarla, sin que las visiones hayan pasado de ser simples amenazas. Como la anciana es muda y sorda, y esto da lugar para pen­sar cualquier cosa, puede suponerse que los tales demonios no son otros que sus propios semejantes en quienes ha encontrado sin duda siniestras in­tenciones.

Harto me esforcé inculcándole a cierto amigo que no fuera crédulo, que no fuera liso, que dejara de ser tan pendejo, sin que me escuchara ni cre­yera en mis admoniciones, hasta que terminé viéndole crecer los cuernos que su mujer le puso. Pobre diablo este que, al igual que muchos, creen que todas las esposas son unas santas y olvidan que la mejor concepción del demonio es, ni más ni menos, con cola y con cuernos.

La Iglesia, a través de los siglos, ha reunido siempre el bien y el mal como fórmula inseparable de la natura­leza humana. Donde hay algo sano, siempre existirá el espíritu dañino tra­tando de atacarlo y de corromperlo. En el arte gótico eclesiástico se en­cuentran demonios retorciéndose al compás de danzas desbocadas y provis­tos de estridentes con los que arrojan las almas al infierno, figura esta de in­dudable provecho para la sana Edad Media.

En otros casos aparece el mal representado por un horripilante dra­gón que yace aplastado bajo los pies del santo. Sucede, en nuestros tiem­pos, que el mundo se ha desquiciado al influjo del desenfreno y es la voz del Papa la que se deja oír para recordar, cuando la perversión es tanta, que el diablo anda suelto.

Por ahí en las esquinas hay mucho ingenuo esperando verlo en carne y hueso. Y es posible que sueñen con él, cuando es tanto el miedo y la sensibi­lidad hacia este reptil que, sin darse cuenta los muy tontos, está dentro del propio ser, tratando de imponerse en la conciencia.

Y es que el Diablo, a quien esta vez le doy la solemnidad de una mayúscula, tiene muchos intérpretes. Lo conoce­mos como el «cojuelo» Asmodeo pa­seando por Madrid durante la noche y desentejando los techos, con un es­tudiante de la mano, para ver cuanto pasa en las puras e impuras intimida­des.

Desde siempre el hombre es un ser enredador, travieso y malévolo. ¿No ha visto usted, acaso, en su vecino, en su amigo, en su pariente, este siniestro personaje de Vélez de Guevara? No es­pere hallarlo con tridentes y vomitan­do chispas, pues a todo momento pasa a su lado con otra forma, si es que Asmodeo no se ha reencarnado en us­ted mismo cuando le da por ser fisgón y meterse en la vida privada de los de­más.

Una de las mayores condiciones demoníacas es la astucia. Y la astucia engendra la picardía, el engaño, la raposería, el dolo, la envidia, la usura, la calumnia… ¿Será preciso designar más diablejos para convencernos de que el Papa no se equivoca? Además, por ló­gica, el diablo es de pésimo genio, co­lorete y muy feo; aunque, por otra parte, habiendo sido Lucifer, o sea, ple­no de luz, conserva signos distin­guidos, lo que indica que nadie se salva de tener ingredientes satánicos, acen­tuados o en potencia.

Yo pintaría, en esta era moderna, mi propio diablo: un ser elegantón, muy cachaco, a veces feo, a veces her­moso, de ojos azules, signo de vi­veza, pero también de veneno, ágil, parlanchín, con sombrero ocultándole los cachos, sociable quizás, aunque sul­furoso, de pronto intelectual, de pron­to ignorante, astuto o falsamente apo­cado… Suministro tales rasgos genéri­cos para quienes andan despistados. Y en alguna parte le colocaría la cola. No debe olvidarse, finalmente, que el mundo no solo está poblado de demo­nios, ya que el mal no distingue sexos, y la diabla es la mujer del diablo.

La Patria, Manizales, 22-III-1974.
Revista Ventanilla, Banco Popular, junio de 1975.
El Espectador, Bogotá, 13-V-1983.

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Las cosas simples

lunes, 2 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Comienzo a teclear mi vieja Underwood con el complicado empeño de tornear en una breve nota de periódico las ideas que van y vienen y que revolotean en el cerebro insinuándome que, si he de llenar esta cuartilla de presentación a La República, lo haga en forma llana, sin barnices ni artificios. No hay nada tan grato como la lectura fácil, desprovista de adornos postizos y engañosas palabrerías.

¡Mas qué difícil escribir con sencillez! ¡Y qué fácil torturar a los lectores con el lenguaje presuntuoso, con los modales afectados! A la humanidad, no contenta con vivir en esta época enrevesada, le gusta buscar complicaciones. El mundo está lleno de escollos porque nos hemos olvidado de las cosas simples. Acabo de cerrar un libro de Anatole France, el delicado, el profundo maestro de la sencillez y fino genio de la ironía, y me siento refrescado; pero se me ha enredado una nota de periódico que me ha producido escozor por lo ruda y desapacible. No me ha quedado otra solución que leer de nuevo a Anatole para sentirme reconfortado y no malograr la buena intención de este artículo.

Debería ser la sencillez la primera regla de la vida. Pero el hombre, amanerado y orgulloso, no se conforma con lo natural y anda en permanente búsqueda de hechos extravagantes, de situaciones insólitas, de aventuras absurdas.

Todo lo torna confuso, y aun los casos más comunes se hacen tortuosos por haber desaparecido el instinto primario, el sentido de la lógica. El mundo está falseado.

Hacia cualquier latitud a donde se mire, el horizonte se verá borroso. Las dificultades abundan en la misma forma que escasea la vida descomplicada. ¡Pobre humanidad empeñada en buscar la felicidad en paraísos ficticios, olvidándose que no hay mejor paraíso que nuestro propio mundo interno.

Escribir un artículo es algo serio. Tan serio, que no sé cómo salir del apremio con el generoso amigo de La República que me tiene tecleando mi sufrida Underwood en cacería de ideas que no se dejan atrapar del todo. Pero, considerándolo mejor, quizás no sea tan difícil llenar una cuartilla si nos acogemos al pensamiento espontáneo, si rechazamos lo sofisticado, si convertimos el acontecer cotidiano en pequeñas grageas de inspiración.

¿Para  qué rebuscar temas encumbrados o inaccesibles si la solución está en las cosas simples? A nuestro lado se mueve, palpita la noticia. Pongámosle el alma. Pero no hagamos lo del topo: que «piensa muy bien con sus patas, pero no piensa más allá de sus patas».

La República, Bogotá, 16-II-1974.

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