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¿Cuál es su hobby?

lunes, 2 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Exponiéndome a la censura de Lexicófilo, quien con envidiable paciencia sostiene en las pági­nas de El Espectador su asidua cátedra del buen decir, donde predica purezas y reprocha imperti­nencias, y con perdón suyo por usar un término extranjerizante (¿estará patentado este vocablo?), voy a hablar del hobby. Podría sustituir la pala­breja por el colombianísimo pasatiempo, al que todos somos adictos. Pero no confundamos el hondo sentido de un hobby con cualquier clase de holgaza­nería. Es preferible tirárselas uno de gringo, antes que de sapiente, con tal de hacerse entender, o fin­gir no entender a los demás. Y ya se verá que hobby y pasatiempo son la misma cosa, aunque más expre­sivo el primero, sobre todo si no se trata de una dis­tracción cualquiera.

La persona necesita constantes dosis de relaja­mientos para mantener erguido el espíritu y no declinar como cualquier político en desgracia, que por estas épocas electorales los hay muchos alicaí­dos por no saber practicar la afición, o el hobby –que debe ser constante y no de última hora– de mover, de agitar las masas. Cuando hablo de ma­sas, obvio que me refiero a las multitudes, ese cuer­po informe que, por más adormecido que parezca estar, se levanta como un coloso cuando se trata de ungir a sus representantes o de rasgar títulos equi­vocados a quienes se durmieron sobre laureles mar­chitos; y no a otra clase de masas, que también deben ser agitadas para que se mantengan vigoro­sas, aunque no precisamente con fines electorales.

Las candidatas en conquista de corona exponen disímiles gustos. Desde practicar la nata­ción o el tenis, lo que no siempre resulta evidente ante algunas gorduras que hablan otro idioma; o arrobarse con la música clásica, cuando este género está desterrado de las discotecas; o disfrutar con los clásicos, sin precisar cuáles, siendo lo más posi­ble que el pimpollo se atomizaría si se le preguntara si mi tocayo Flaubert es un arzobispo o un violinis­ta; o combinar enredadas recetas de cocina, cuando bien sabe su apenada progenitora que la única habi­lidad culinaria que posee es la de ponerle la sazón a los huevos pasados por agua.

¡Vaya ociosidad la de preguntarle a la gente por su hobby! El verdadero pasatiempo, lo que a usted más lo distrae, lo que a veces lo chifla, no es para difundirlo. Hay gustos tan íntimos, que son inconfesables. Tan simples, que apena el revelarlos. Tan bobalicones, y al mismo tiempo tan deleitosos, que perderían su gracia si se divulgan.

Si la gente, en estas tontas entrevistas a reinas, políticos, toreros, ciclistas y cuanto personaje real o ima­ginario se atraviesa, contara su auténtico hobby, sabríamos cosas como estas: el doctor Botero, con todo y sus 56 años, goza todavía hurgándose la nariz como en sus mejores años de escuela; doña Cleotilde, la solterona, se encarama todos los días en bikini al tejado de la casa y allí sueña dos horas con Tarzán; don Edilberto, tan pulcro y meticuloso, guarda en una cajita las etiquetas de cuanta cami­sa se estrena y se divierte con ellas en sus ratos de ocio; el siquiatra Rojas duerme con los pies sobre la cabecera de la cama; y su mujer, para compla­cerlo y porque también se acostumbró a gozar con la misma posición, hace lo mismo.

Es el hobby, ante todo, un ingrediente casero para calmar la acidez de la vida. ¡Ah si los esposos y las esposas hablaran! Pero que hablaran claro. La lista anterior se complementaría con las invencio­nes más insólitas, no todas publicables, pues una de las ventajas del matrimonio consiste en que el se­creto deja de serlo si se comparte entre más de dos.

Que no se siga especulando con la cacería, ni con la natación, ni con los libros, ni con la música, ni con la culinaria, ni con tanta mentira inútil, pues el verdadero sabor de lo agradable, de lo melifluo, de lo realmente tonificante, permanece oculto. Ahí está el detallo, como dice Cantinflas. ¿Dónde? ¡Averígüelo y encuéntrelo cada cual! Y hágase feliz la vida.

No divulgue el secreto. No conceda entrevistas. Y siga el ejemplo de mi amigo que, después de haber todos manifestado sus gustos, sus pasatiempos, sus aficiones, sus manías, sus chifladuras, (¿serán sinó­nimos, don Lexicófilo?) remató la encuesta con­fesando que él también tenía su hobby pero no le suministraba la dirección a nadie.

La Patria, Manizales, 12-II-1974.

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Luces de Navidad

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Extinguido ya el alboroto na­videño, crepitan en la mente las últimas luces de un diciembre agitado y nebuloso, acaso más difícil y contradictorio que muchos diciembres preceden­tes, pero seguramente menos agobiante que otros por venir. Es la vida, en efecto, cada vez más vertiginosa, más alocada, menos consciente. No estamos en la época de los diciembres desenvueltos, llenos de gracia y delectación, archivados ya en el álbum de las remembranzas. No hay tiempo ni lugar, como antaño, para caminar despacio, para vivir en reposo. La fiebre de la velocidad, del atropello, ha invadido al mundo.

La Navidad, que por esencia es la fiesta del hogar, se ha desdibujado y es ahora, ante to­do, símbolo comercial cuya importancia parece medirse por el índice de ventas en los almacenes. El afecto, que también se ha degradado, se hace más expresivo mientras mayor sea el costo de los obse­quios. La gente corre, se afana, en persecución del regalo que no siempre resulta el más apropiado en este tonto empeño de querer sobrepasar el gesto del amigo, por más que el presupuesto no alcance. La tarjeta de Navidad, testimonio que fue de verdadera amistad, no pasa de ser hoy una costum­bre mecánica, un formalismo mercantil.

El padre de familia, acosado de penurias, debe soportar todo el peso de estos diciembres angustiosos que exigen su mayor esfuerzo y su máximo sacrificio. En la calle, en el almacén, en la oficina, estará siempre asediándolo la idea de proporcionar unos momentos de felicidad a los suyos y buscando la manera, por lo general esquiva y a veces imposible, de compartir con ellos los recursos que le niega la suerte.

La tradicional cena matiza­da de buñuelos y natillas, que congregaba a la familia en pleno y reconciliaba distanciamientos y malquerencias, se ha quedado sin quórum. El hogar anda disperso. Y la Navi­dad es menos íntima.

Pero admitamos que estamos en el mejor periodo de la fas­tuosidad, del colorido, de la fantasía. El sencillo juguete que antes accionaba el niño con un cordel elemental, o a pun­tapiés si era preciso, y que lo llenaba de júbilo por más que no caminara, resulta hoy inconce­bible en el estallido de la ciencia locomotriz que pone a rodar trenes inmensos, con pitazos auténticos cuando se sumergen en la oscuridad del túnel; o a caminar muñecas maravillosas que no solo dan pasos de persona grande, sino que emiten, mejor que muchos desventurados mortales, lloros y risas de envidiable naturali­dad. Poder llorar o reír, a gusto y con el necesario desahogo, es otro de los derechos que nos ha robado esta época mecanizada.

Continúa siendo, por fortuna, la festividad de los niños. Y nosotros, los niños de ayer, que hacíamos mover el camión de madera en un declive, a falta de los medios actuales de locomoción, y que no conocimos muñecas caminadoras, ni perros mecánicos que ladran y muerden, ni platillos espaciales, ni artefactos supersónicos, gozamos cuando los pequeños nos permiten me­ternos en sus fantasías y nos confían, así sea fugazmente y a regañadientes, el timón de su universo maravilloso, de ese universo que duele a veces cuando las fuerzas con que lo edificamos no están bien equilibradas.

El chisporroteo de la Navidad cesa de pronto y la chiquillada abandona la juguetería que en corto tiempo ha quedado averiada, posiblemente inservible, y comienza a fabricar planes para un diciembre nuevo, que al igual que nosotros los adultos –los niños de ayer–, todos am­bicionamos menos gris y más luminoso.

El Espectador, Bogotá, 24-XII-1973.
La Patria,
4-I-1974.
Satanás, Armenia, 24-XII-1976.
Revista El Velero, Coempopular, Bogotá, diciembre de 2010.

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Miss Coco

miércoles, 27 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si hiciéramos una lista de las cosas pintorescas del país, habría que incluir los reinados de belleza. Hay reinas por todo y para todo. Por algo Colombia es un país soberano. Mire usted hacia cualquier latitud y allí encontrará un cetro y una corona. Estos arreos de la exquisita dictadura femenina pueden de pronto encontrarse vacantes, pero nunca ociosos.

Si la reina se casa antes de expirar su mandato, lo que en buen romance no es otra cosa que sacrificar el trono por un amor, la respectiva re­gión no se resignará a permanecer sin el tutelaje de su diosa y elegirá con presteza la nueva beldad para llenar es­tos vacíos imposibles.

El mando de la mujer, así sea bajo la fragilidad de un cetro de belleza, está determinado desde que Eva obligó a Adán a comer el exquisito manjar que la humanidad continúa saboreando precisamente por ser apetitoso. Y que no se siga sosteniendo que fue Adán quien tomó la iniciativa de desobe­decer, pues fuera de culebras y otras alimañas no quedó testigo de aquella oculta aventura.

Adán es un personaje calumniado. También, en su caso, re­sulta evidente la pérdida del paraíso por un amor. Aunque considerándolo mejor, ya estoy arrepentido de pintar­lo como ser pasivo y sin impulsos, si de él heredamos los hombres la agre­sividad que le da vida al planeta. Con­vengamos, para ser ecuánimes, que la culpa fue mutua, punto de equilibrio que juega muy bien en este momento de hermandad donde todo es compar­tido, desde el Gobierno hasta el peca­do.

Si desvié el tema de la belleza, fue para no olvidar que los reinados na­cieron en el paraíso terrenal. Eva, la esplendorosa ama del universo, quedó ungida reina desde el primer instante de su creación, no solo como homenaje a su belleza, sino también por falta de competencia. El hombre, desde en­tonces, le rinde tributo a la mujer. No cuenta la historia el título que con­quistó Eva, pero es fácil deducir que fue la primera Miss Desnuda del planeta.

Los reinados proliferan como la explosión demográfica. Cada región, cada cosecha, cada cereal, cada barrio, tienen reina propia. Y no la prestan ni la comparten. Muchos hogares también poseen su reina. Tampoco la prestan ni la comparten. ¡Egoísta que es la humanidad!

Si la mujer alumbra y le da sentido a la vida, bien está que su belleza irradie encanto y optimismo. Falta por promover otras campañas. No estaría mal que cada candidato presidencial promoviera su reina (fórmula lamentable para María Eugenia Rojas, pues seguiría en desventaja). ¿Por qué no buscar reina para la carestía de la vida, para los alcohólicos anónimos, para los alcohólicos públicos, para el invierno, para los viudos, para los aburridos, para los neurasténicos…?

Bajo las palmeras de San Andrés ha ganado la corona internacional de Miss Coco la bella representante de Nicaragua. Todo es posible. Los árboles también tienen madrina. Pero no he logrado que mi hijo, que dentro de su precocidad entiende ya algo de mu­jeres a pesar de que solo cuenta con tres años de edad, asocie la idea de belleza con lo que para él significa el coco: fantas­ma, espantajo, miedo.

Miss Coco In­ternacional, si llega a leer esta nota, estoy seguro de que le perdonará a mi hi­jo su confusión, que ninguna ofensa puede haber en su mente temprana; y tener la certidumbre de que, como él entiende de belleza y es medio mujeriego, fácilmente se encantaría si llegara a tenerla cerca. Y de paso borraría para siempre el temor al “coco” que no hemos podido desterrarle sus padres.

La Patria, Manizales, 13-XII-1973.

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Personalidad de escritorio

lunes, 25 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Curiosamente el escritorio, una de las más anti­guas herramientas de trabajo, se ha convertido en símbolo de frustración. Este servidor del hombre, mudo testigo de tanto suceso de la vida cotidiana, es por lo general elemento frío, expuesto como se halla a composturas y ambientes estirados, y solo por excepción parece menos inerte en áreas descomplicadas.

Miremos ejemplos: Está el del alto ejecutivo, a cuyo recinto se llega con cita previa y atravesando salas y antesalas, con cohibiciones imposibles de reprimir. Lo encontraremos hundido en el laberinto de sus negocios y acosado por el vértigo de preocu­paciones y sobresaltos que hacen parte de su mun­do cotidiano. Su mesa de trabajo se ve atiborrada de libros y papeles en tránsito que deben ser evacuados en lucha contra el tiempo. El saludo será breve y la conversación, recortada. Sonreirá, es posible, al estre­charnos la mano, pero se sentirá más aliviado cuan­do nos despegamos de la silla y tomamos el camino de regreso.

Dentro del escritorio se hallarán dos o tres frascos con píldoras para equilibrar el sistema nervio­so. Pero no lo culpemos, porque la empresa deshuma­niza. El escritorio de los ejecutivos enferma y traumatiza.

En un rincón de la oficina recaudadora de im­puestos, el empleado común, burócrata por voca­ción, acciona números en la máquina que sabe me­jor que él las cuatro operaciones aritméticas, em­borrona libretas, contesta dos teléfonos al tiempo, escribe cifras y rellena espacios, pero no le queda tiempo para saludar y mucho menos para mirarnos a la cara, porque sus cálculos deben cumplir­se también contra reloj.

Si estamos de buenas, no nos regañará. Pero como es difícil estarlo en estas marañas oficiales, saldremos de igual o peor genio que el déspota de turno. Y eso que deberíamos sen­tirnos de plácemes por efectuar el acto cívico, y desde luego heroico, de pagar la cuenta que tantos insomnios nos había causado.

A la oficina de empleos nos arrimamos despacio y acomplejados. Repasamos, antes de entregar el formulario, la recomendación del jefe políti­co, redactada en términos tan obligantes, que lle­gamos a vernos encasillados en la nómina. El funcionario tiene por lo menos el gesto de detenerse a leer nuestra pequeña biografía, y nos despide, con sonrisa que reconforta, ofreciéndonos la próxima vacante, mientras al voltear nosotros la espalda, rasga los papeles ante la complicidad de la secretaria, que espía el acto desde el escritorio vecino.

Pero como no todo es acidez, acerquémonos al vendedor de automóviles, o al de electrodomésticos, o al de cédulas de capitalización, o al de tantos otros artículos difíciles o imposibles para el común de la gente, y hallaremos a un señor ágil y refina­do, o a una señorita pizpireta y almibarada, quie­nes entre venias y cortesías nos pasearán por todos los lugares del establecimiento y nos deslumbrarán con los planes que en un minuto pueden volvernos propietarios con solo el aporte de una pequeña cuo­ta y la firma de un papel que se llena antes de ter­minar el tinto que nos habían servido sin nuestro consentimiento,  como una muestra más de cor­dialidad. Si no llevamos la mercancía, fingirán no molestarse, pero a nuestra salida desahogarán en el escritorio la insatisfacción del fracaso.

¿Habrá algo tan encantador, aunque no con­venza, como una secretaria bonita diciendo men­tiras por cuenta del jefe? ¿Y habrá algo tan anti­pático como un gerente de banco (yo lo soy) negando créditos detrás de un escritorio en nombre de la inflación monetaria?

Digamos de una vez que el escritorio imprime, para muchos, una doble o falsa personalidad. Hay quienes se sienten grandes o pequeños de acuerdo con la medida de su mesa de trabajo. La neurosis es hoy, ante todo, una enfermedad de escritorio. El carácter se distorsiona bajo el influjo del oficio.

Yo he visto a personas hurañas, antipá­ticas, detrás del escritorio, como parapetadas en una trinchera; y las he vuelto a ver muy amables y extrovertidas en la calle o en el salón social. He escuchado grandes mentiras entre los sorbos de esos tintos que se sirven por compromiso, y he descubier­to la verdad en otros escenarios. Hay gente que se vuelve rígida, circunspecta, si está encaramada en el engranaje empresarial, y se desdobla o se relaja, que es lo mismo, tan pronto abandona la puerta del establecimiento; o el establecimiento se deshace de ella, que es casi lo mismo.

Existen, por ventura, y para contradecir la lí­nea general, quienes no solo se resisten al embate empresarial, sino que tratan de humanizar este ám­bito que es, en el fondo, un medio in­civilizado de vida. Y si no lo consiguen, no permi­ten que la inteligencia se maquinice.

Es lo ideal que no sea el escritorio el que dé personalidad. ¿Para qué una personalidad de es­critorio? Hay escritorios que crecen, que brillan, y otros que se opacan y disminuyen, según sea quien los ocupe.

Pugnan hoy las fábricas por representar nove­dosas líneas de oficina. Yo, que me he medido va­rios escritorios, mantengo miedo aterrador a que alguno llegue a quedarme grande. No hay co­mo la mesa casera, sencilla y sin resabios, y verda­dero sitio de intimidad y descanso. No produce divisas, pero seguirá siendo un refugio contra la fa­tiga empresarial. Pienso, con el vate cartagenero, que no hay como los zapatos viejos, que ni maltratan ni deforman.

La Patria, Manizales, 24-XII-1973.
El Espectador, Bogotá, 22-I-1975.
Prensa Nueva Cultural, Ibagué, agosto de 1993.

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¿Poeta o poetisa?

martes, 27 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siempre utilicé la palabra poetisa, no poeta, para mencionar a las mujeres que hacen versos. De cierto tiempo para acá, los movimientos feministas insisten en que el término correcto es poeta para referirse a los dos sexos. Por mi parte, considero que los argumentos expuestos en mi columna de El Espectador del 22 de mayo de 1991 conservan plena validez. Dicho escrito, que fue acogido por la Academia Colombiana de la Lengua en su boletín número 172 de junio del mismo año, dice así:

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, la mujer que escribe versos o está dotada de imaginación poética recibe el nombre de poetisa. Y si se trata del hombre, se le llama poeta. Las dos palabras diferencian los sexos, y la poesía será siempre poesía –ni masculina ni femenina–, porque el arte es único. Dentro de las campañas de liberación femenina, en los últimos tiempos se ha puesto de moda designar a la poetisa con el título del varón: poeta. Se comete así un error de concordancia. Es lo mismo que decir señora ministro –sustantivo femenino con uno masculino–, o sea, un caso de hermafroditismo idiomático; o distinguido ministro, tratándose de una dama, con lo que se desconoce de plano el bello sexo de la agraciada funcionaria.

¿Acaso las campañas de liberación buscan borrarle el sexo a la mujer? ¡Ni más faltaba! Esto sería lo mismo que arrebatarle, en aras de una causa mal entendida, su dulce identidad. No se trata de masculinizar a la mujer, sino de ponerla a competir con los puestos y las dignidades. Decir la poeta Guiomar equivale a inyectarle hormonas masculinas a la tierna poetisa y así desnaturalizarla. Esto no es invención del cronista. Es el genio del idioma.

Hay dos palabras similares: profeta y profetisa, consagradas para cada sexo. También existen definiciones exclusivas: pitonisa será siempre palabra femenina por asimilación con la mujer que en la mitología de Apolo predecía el porvenir. Si dijéramos el pitoniso Ramiro, o sea, un caso de masculinidad adulterada, ya sabríamos de qué se trata.

Al entrar la mujer a ocupar las posiciones que antes eran exclusivas del varón, la sabiduría del idioma reconoció a nuestras queridas competidoras, con los términos indicados, ese justo derecho. Y cada cual continuó en su puesto. En los tiempos antiguos solo había médicos. Hoy también hay médicas. Lo mismo ingenieras, abogadas, capitanas, alcaldesas, gobernadoras, ministras, gerentas, presidentas, zapateras, peluqueras… Sin embargo, algunas universidades todavía le dan el título de ingeniero o médico –sustantivos masculinos– a la mujer. Parece que en tales recintos no hubiera entrado la evolución del idioma, que también es una conquista de la mujer.

P“oetisas siempre las ha habido –y las habrá– por más que ciertos alardes feministas persigan, en un desmedido afán por igualarlas con el hombre, volverlas machos. ¡Y dicen que el hombre es el machista! La poesía, entre tanto, seguirá siendo poesía. No importa quién la elabore.

La poetisa Meira Delmar -que no el poeta– hizo esta defensa de la mujer en su discurso de ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua: “Tal vez no sobre aquí una breve observación dirigida a los que opinan que se encarece más a la poetisa si se le llama poeta, olvidando no solo elementales principios de gramática, sino la verdad incuestionable de que si la obra de arte cumple su cometido y trasciende su propia materia –palabra, sonido, color y forma– para transformarse en ese ‘algo más’ que constituye su real esencia, no será ni más alta porque se le atribuya a un creador, ni menos porque se le asigne a una creadora”.

 * * *

El poeta y académico Óscar Echeverri Mejía hace en sus columnas de prensa (que se reproducen en varios periódicos regionales) el siguiente comentario, titulado  Defensa de la palabra poetisa:

“En más de una ocasión he escrito sobre el tema: es contrario al buen uso y a la concordancia llamar poetas a las poetisas. Lo dice el Diccionario de la Lengua y lo manda la Academia Colombiana. Vuelvo al tema después de leer en la interesante revista Manizales un artículo del escritor Gustavo Páez Escobar, del cual extractaré algunos párrafos, por considerarlos atinados (…)

“Más adelante, Páez Escobar cita al secretario ejecutivo de la Academia de la Lengua, Horacio Bejarano Díaz, quien se muestra totalmente de acuerdo con las ideas expuestas al respecto por Páez Escobar, y reafirma que estas coinciden con las de la entidad rectora del idioma en nuestro país. De manera que Meira del Mar, Maruja Vieira, Dora Castellanos, Mariela del Nilo, mis ilustres colegas, en la Academia, son poetisas, a mucho honor y conforme con lo que mandan las Academias Española y Colombiana de la Lengua”.

***

José Ríos Trujillo, notable glosador del idioma, expone lo siguiente en el diario El Tiempo (7-I-92):

“Frecuentemente se oye decir poeta, para designar a un hombre o a una mujer que hacen versos, indiscriminadamente, como si se tratara de un sustantivo de género común a ambos, que abarca los dos sexos, lo que constituye un error gramatical.

“En efecto, la palabra poeta (que en griego significa creador) en castellano designa únicamente al varón que se dedica al anterior quehacer, pero si se trata de la mujer, el término que le corresponde es poetisa. Este error no se cometía cuando los ministros de Educación exigían la enseñanza del castellano como materia primordial y éramos por eso reputados los colombianos ante los extranjeros como los que mejor hablábamos el idioma.

“Las palabras en cuestión fueron tomadas del latín, donde existía el sustantivo poeta para el varón y poetria para la mujer, en la época clásica, y en la de la baja latinidad poetissa. Estos a su turno fueron tomados del griego donde existía el término poietés para el varón y poiétria para la mujer. Curiosamente son las mismas poetisas las que quieren denominarse poetas, como si se tratara de un término peyorativo el que les corresponde, lo que es paradójico en los tiempos de la revolución femenista (sic)”.

 * * *

El escritor Hernando García Mejía me envía una carta desde Medellín, el 19 de octubre de 1992, y en ella me cuenta un simpático episodio:

“Ayer, domingo 18, en su columna Funcionalidad del idioma, mi buena amiga Lucila González de Chaves reprodujo parcialmente tu excelente nota sobre la palabra poetisa, tan injustamente vilipendiada y rechazada por las hijas de Eva que cometen versos.

“¿Sabes qué llegó a decir en las mismas páginas de El Colombiano Dominical una de dichas damas: ‘¿Y por qué a los hombres no les dicen también poetisos?’. Esto me recuerda una anécdota de un amigo mío, de esos que emplean palabras sin conocer su verdadero significado. Pues bien, el sujeto de marras me llamaba siempre poetastro. Poetastro esto, poetastro aquello, poetastro lo de más allá. Un día, entre irritado e intrigado, le pregunté: ‘Dime, hombre, ¿tú sabes realmente lo que significa poetastro?’. Y el ‘académico’ respondió ni corto ni perezoso: ‘¡Claro, hermano! ¡Claro! ¡Significa poeta grande como un astro”.

Antonio Panesso Robledo escribe en su columna de El Espectador (7-VII-1992):

“En estos días se realizó en nuestro país una asamblea de ‘mujeres poetas’. En otro tiempo se llamaban poetisas, una expresión que se sigue aplicando a Safo y a Gabriela Mistral. En Colombia, las señoras que hacen versos han preferido llamarse oficialmente ‘mujeres poetas’, por alguna razón no muy clara. La primera vez que oí hablar mal de la palabra ‘poetisa’ fue al poeta Eduardo Carranza, a quien nunca le gustó ese vocablo, así como detestaba también la palabra ‘mirlo’.

“Empero, poetisa es una palabra muy bonita, bien formada en la tradición del idioma y usada durante siglos por los escritores de la lengua española, incluyendo a las mismas poetisas.

“El capricho de rechazar esa palabra se pone de bulto cuando se piensa en femeninos sonoros y expresivos, como emperatriz. A nadie se le ha ocurrido hasta ahora llamar a Eugenia ‘la mujer emperador’. Tampoco dice nadie ‘mujer actor’ para designar a María Eugenia Dávila. Decimos actriz, otra bella palabra española de la mejor estirpe.

“Un fenómeno cultural destructor que influye en estos fenómenos es el unisex, originado hacia 1968 y que ha tendido a la confusión de los sexos, en una atolondrada tendencia de garantizar los derechos femeninos y la ‘igualdad’ de mujeres y hombres. Al idioma penetró esta broca con ímpetu mayor en ciertos idiomas…”

 * * *

En días pasados (ya estamos en el nuevo siglo) asistí a un acto académico en torno al bello poemario de Inés Blanco Navío de arena, para el que escribí el prólogo y donde la menciono como poetisa (con perdón de mis queridas amigas y amigos que no comparten este vocablo). Y me encontré con una situación curiosa: quienes intervinieron con su palabra en la velada, tanto mujeres como hombres, siempre la llamaron poeta. Por lo tanto, quedé reducido a una abrumadora y única minoría. Como para salir corriendo. Pero no lo hice.

Recordé que días atrás, el 7 de septiembre de 2003, había leído la columna semanal que Soledad Moliner, una autoridad del idioma, escribe en Lecturas Dominicales de El Tiempo, y en la que absolvía la duda que se ha acrecentado en los últimos tiempos sobre si lo legítimo es poeta o poetisa. Transcribo la columna de Soledad Moliner:

Pregunta: “Varias cartas evocan a la desaparecida María Mercedes Carranza, llorada promotora de la cultura y la poesía, y preguntan por qué razón rechazaba para sí el término poetisa. Igualmente inquieren si debe decirse ‘Casa de la Poesía’ o ‘Casa de Poesía’.

Respuesta: “En cuanto a esto último, es indiferente el uso del artículo. Por otra parte, poeta es ‘el que compone obras poéticas’. Autores como Emilio Alarcos lo consideran masculino, pero para otros, abarca ambos géneros. Poetisa, en cambio, es definición exclusiva para la ‘mujer que hace versos’. Algo parecido ocurre con cantante (el/la) y cantatriz (solo la). Corresponde a una terminación femenina usual en castellano: papisa, sacerdotisa (…) Entiendo que, al rechazar el término, María Mercedes Carranza rechazaba la connotación de una poesía femenina, que le olía a ateneos y centros poéticos para señoras”.

 * * *

Como puede observarse, la cuestión está polarizada. En vista de estos vientos contrarios (y ya se sabe que las palabras nacen o se transforman por el uso popular, y también mueren), no queda fácil implantar una regla o teoría única. En los tiempos de Laura Victoria no había “mujeres poetas”. Todas eran poetisas y lo único que les afanaba era hacer buena poesía.

Debo anotar que mi posición, que tiene cierto carácter de anécdota, no es dogmática ni caprichosa. Pero la defiendo con las razones de peso que exponen las Academias de la Lengua y con el aliento que me transmiten las voces autorizadas que he citado, las que además considero útiles para los lectores de estas páginas. He querido tocar este asunto palpitante, de indudable interés para los estudiosos del idioma y para los propios cultivadores de la poesía, para que otros sigan buceando en el tema. Pienso que el choque actual es asunto de moda, de aire ambiental. ¿Cuánto durará esta moda?

Prometeo Digital, Madrid, España, 2006.
Revista Mefisto, No. 65, Pereira, 2009.