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Baculazos

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Gustavo Páez Escobar

La aplicación por primera vez en Colombia de la ley del aborto ha dado lugar a reñida controversia entre la jerarquía eclesiástica y la opinión pública. El cardenal Alfonso López Trujillo, presidente en el Vaticano del Consejo Pontificio para la Familia, se vino lanza en ristre contra quienes intervinieron en la suspensión del embarazo de una niña de once años a quien su padrastro había violado.

El problema residía en que el organismo de la niña no era apto para la formación del feto (que llevaba mes y medio de gestación), lo que impediría el nacimiento de una criatura normal. De ocurrir el parto, la joven madre expondría su propia vida, y en caso de supervivencia recibirían –ella y su hija– graves traumas sicológicos. La situación encajaba en los tres casos previstos por la ley para realizar el aborto: cuando haya violación o incesto, cuando se encuentre en peligro la salud de la madre o cuando haya malformaciones en el feto que hagan inviable su vida.

El aborto se realizó dentro del marco jurídico. No obstante, el cardenal López Trujillo señaló como “red de malhechores” a quienes habían participado en el proceso, y les anunció la pena de excomunión. Como “malhechores” –es decir, delincuentes– quedaban incluidos el personal médico y paramédico del Hospital Simón Bolívar, los magistrados que habían votado a favor de la ley, e incluso los periodistas que la habían apoyado con comentarios públicos.

Ante semejante desmesura, El Tiempo terció en el debate con el editorial titulado La lengua del Cardenal, donde apoya la legitimidad jurídica, al acatarse, como se acató, lo establecido por la norma (dentro de una “sociedad plurirreligiosa como la colombiana –enfatiza el editorial–, donde las leyes no tienen por qué someterse al ‘nihil obstat’ vaticano: les basta el ‘imprimatur’ de la Constitución y la ley”).

La polémica, acalorada en ocasiones, no debería llegar al extremo de la excomunión, figura temible que en viejas épocas de ingrata recordación –movidas por el fanatismo religioso y la pasión política– se prestó para el abuso y se convirtió en arma que asustaba las conciencias.  A lo largo del tiempo, figuras famosas del país, lo mismo que entidades, han sufrido anatemas y excomuniones que hoy carecerían de razón.

El Espectador padeció censuras y hostigamientos, oficiales y religiosos. Fidel Cano, su fundador, fue encarcelado varias veces por capricho de las autoridades y recibió reprimendas religiosas por sus causas sociales y la defensa de la libre opinión. En 1888, cuando se adelantaban grandes preparativos para celebrar con pompa y lujo las bodas de oro sacerdotales de León XIII, un escritor criticó la suntuosidad de dicho suceso, frente a la pobreza y humildad vividas por Cristo. Como represalia por el artículo, el obispo de Medellín, Bernardo Herrera Restrepo, prohibió a los fieles, bajo pena de pecado mortal, “leer, comunicar, transmitir, conservar o de cualquier manera auxiliar al periódico titulado El Espectador”.

En 1948, monseñor García Benítez censuró un cuadro de Débora Arango en el que un obispo le daba la comunión a una prostituta, y amenazó con excomulgarla. El filósofo y escritor Fernando González fue excomulgado por sus escritos irreverentes. Lo mismo sucedió con Vargas Vila, por la publicación de su novela Ibis, en 1900, y por sus críticas contra el clero. El párroco de Choachí hizo quemar el granero del poeta Germán Pardo García por no pagar diezmos y primicias.

En los años 20 del siglo pasado, la familia Botero inició en Circasia la construcción del Cementerio Libre –“monumento a la libertad, la tolerancia y el amor”–, que recibió el apoyo decisivo del filántropo Braulio Botero Londoño durante el resto del siglo. La obra nacía como una necesidad –y una protesta– frente a la prohibición de enterrar en cementerio católico a los librepensadores, a los suicidas y a quienes, a criterio del párroco, vivieran en “estado de pecado”. Los promotores del proyecto fueron a dar varias veces a la cárcel por atentar contra la religión.

Enrique Santos Montejo –Calibán–, el columnista más leído del país con “La danza de las horas” en El Tiempo, recibió tres excomuniones cuando dirigía La Linterna en la ciudad de Tunja, debido a sus denuncias contra el clero por su intervención en política y su enriquecimiento personal y de las comunidades religiosas.  Por aquellos días, un amigo ponderó el fino traje que lucía Calibán en la capital del país, ante lo cual éste le manifestó: “Estoy estrenando mi vestido de primera excomunión”.

Tiempo después, el ilustre periodista comentaba: “Instalado yo en Bogotá, me encontré un día con monseñor Restrepito, quien cariñosamente me dijo: ´Camina conmigo y te quito esa calamidad de la excomunión que puede entrabar tu carrera. No tienes que hacer declaraciones ningunas’. Así fue. Monseñor Restrepito me puso una estola en el hombro. Me dio una porción de bendiciones con muchos latines. Así regresé al seno de la Iglesia, dentro del cual espero morir liberado de la gran pesadumbre de mis pecados y locuras”.

Esto de la reconciliación y el perdón, de parte y parte, suena muy bien en estos días en que el cardenal López Trujillo anuncia una lluvia de excomuniones. Al dejarme perplejo esta actitud, corrí a desempolvar viejos capítulos del país dominado por el sectarismo, la ortodoxia y la intemperancia, y los comparé con los actuales.

En esta carrera me tropecé con Lutero, el monje alemán que criticó a la Iglesia  por la práctica, entre otros casos, de ofrecer la salvación del alma mediante las donaciones, las bulas y las indulgencias. La salvación del alma solo se consigue, dijo el monje, con la fe y la confianza en Dios. Su censura le valió la excomunión. Y dio origen al protestantismo, hace cerca de 500 años. Después de tanto tiempo, Juan Pablo II vino a reconocer que Lutero tenía la razón y le levantó la excomunión. Lo mismo sucedió con Galileo Galilei, a quien Roma condenó como hereje (y por poco va a la hoguera, si no abjura ante la Inquisición), debido a su defensa del sistema cósmico de Copérnico. También Galileo tenía la razón. El Papa, por tamañas equivocaciones, le pidió perdón al mundo.

Viene al caso la sabia receta, que separa lo divino de lo humano: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

El Espectador, Bogotá, 9 de septiembre de 2006.

 * * *

Comentarios:

Sobre tu tema hay mucha tela para cortar. Una hermana de Luis Granada Mejía, Aleyda, que había sido monja y era mi compañera de trabajo en el almacén de Héctor Gutiérrez Mejía, decía con la mayor propiedad que matar liberales no era pecado. Y el padre Alzate, cura de Circasia cuando yo era un niño, azuzaba a la gente para que apedreara la casa donde vivía una familia de protestantes. El caso es que ya nadie se asusta por las excomuniones, menos cuando provienen de la arrogancia del cardenal López Trujillo, un Torquemada perdido en el siglo XXI. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Gracias por tu artículo a propósito del tan cuestionado exabrupto de ‘Savonarola’ López Trujillo. Me pareció buenísimo y ojalá él lo lea para que se dé cuenta de que no solo él sino muchos otros han procedido en igual forma, hasta el punto de que el papa Juan Pablo II tuvo que pedir perdón en nombre de la Iglesia, tal como tú lo recuerdas. Daniel Ramírez Londoño, Armenia.

Haces un simpático relato de algunas situaciones en las que ha habido sanciones eclesiásticas. Y digo simpático porque aunque el tema es bastante delicado y complejo le has dado un tono intrascendente y el apunte de Calibán vale por un texto. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Palabras cruzadas

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde mi traslado de Armenia a Bogotá, hace más de veinte años, ya sabía que el odontólogo Daniel Ramírez Londoño preparaba un diccionario para crucigramas. Como apasionado por dicho pasatiempo, Daniel se forjó el plan de ir elaborando una obra de consulta fácil para resolver los acertijos que plantean los crucigramas, desde los más comunes hasta los más ingeniosos y complicados.

El amigo quindiano se había ideado su propio método de trabajo, consistente en adelantar la tarea con base en los crucigramas que él mismo descifraba en sus ratos de ocio, lo que suponía ponerse en el lugar de la persona enfrentada a esta afición, para suministrarle una serie de posibilidades o fuentes de consulta que lo llevaran a encontrar respuestas en la obra novedosa que planeaba, la que por supuesto exigiría largo trabajo para su elaboración.

Me desentendí de la noticia sobre dicho propósito, y en estos días llegó a mis manos, publicado por la Universidad del Quindío, un tomo de 328 páginas, en formato de 21 por 27 centímetros, que lleva por título Diccionario de sinónimos y Diccionario al revés para crucigramas. Considerando que cada página tiene cuatro columnas para las definiciones (es decir, unas 1.300 columnas en total), puede deducirse la ingente labor que ha significado la fabricación de la obra.

Si se pusieran en fila los crucigramas que el autor ha resuelto en más de veinte años, y que le proporcionaron la materia prima para armar este libro curioso y útil –tanto para crucigramistas como para cualquier persona que busque información rápida sobre diversos tópicos–, tendríamos una extensión incalculable, que a buen seguro el mismo autor no podrá determinar.

Desde luego, el diccionario no da todas las respuestas a la infinidad de preguntas y dudas que surgen en estos rompecabezas, pero sí contiene un inmenso acervo de datos (como el de los sinónimos y parónimos, campo muy fértil en el libro) que en la mayoría de los casos conduce a la solución acertada. Tampoco ningún diccionario da todas las respuestas, y ni siquiera el de la Real Academia Española, que vive desactualizado en razón de la permanente evolución del idioma.

Al crucigrama se le califica el “rey de los pasatiempos”. Es la diversión más popular en todo el mundo. Tiene la ventaja de que entretiene enseñando. Practicando esta disciplina constante, que apenas requiere unos minutos diarios, como lo hace el inquieto amigo quindiano desde que comenzó a leer periódicos –¡cuántos años hace!–, se mejora el vocabulario y se adquieren diversos conocimientos sobre las ciencias, ha historia, los países, la gente notable, las ciudades, los ríos, la naturaleza, el arte, la mitología, las plantas… Sobre la vida humana en general.

Según los médicos, la lectura y la actividad de descifrar crucigramas favorecen la función cerebral y protegen a la persona contra algunos deterioros y enfermedades, como la pérdida de la memoria, el alzhéimer y la demencia senil. Es conducente pensar que Daniel se encuentra amparado contra estas embestidas de la edad adulta en virtud de su disciplina impenitente por las palabras cruzadas, que le prometen gozosa longevidad.

No se sabe a ciencia cierta quién fue el creador del pasatiempo que hoy le da energía a esta columna. Según el prologuista de la obra, médico y crucigramista Rubiel Mejía Ramírez (otro apasionado del sano hábito de no tener la mente ociosa), sería Tour Wynner, en Norteamérica. Por internet me entero de que una primera versión apareció en Inglaterra en el siglo XIX, y que el crucigrama moderno hizo su primera aparición en Estados Unidos, en New York Word, en diciembre de 1913. Quizá algún lector pueda aportar mayores datos.

En el Quindío suceden cosas extraordinarias. En 1980, el escritor folclorista Euclides Jaramillo Arango publicó, con el sello de la Editorial Bedout, otro diccionario singular, donde recoge el habla propia de las gentes del Quindío, en especial el que tiene que ver con la actividad cafetera. Y lo llamó Un extraño diccionario. Obra deliciosa, llena de humor, de anécdotas y de historia, donde se deslizan costumbres y apuntes regionales movidos con la gracia que caracteriza toda la producción literaria del genial escritor.

Ahora, la labor silenciosa de Daniel Ramírez Londoño representa otro hecho destacable en la comarca quindiana. Valioso aporte para la cultura de su tierra y del país. Su paciencia benedictina le ha permitido coronar con creces este empeño digno de ponderación.

El Espectador, Bogotá, 24 de julio de 2006.

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En la muerte de una monja

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Habíamos salido muy temprano de Bogotá para asistir en Villa de Leiva al entierro de la hermana Ana Josefa, carmelita descalza. Cuando llegamos, antes de las nueve de la mañana, todavía la población se encontraba dormida. Algunas personas se movían en la plaza como sombras de la noche anterior. Y es que en Villa de Leiva el tiempo no corre. Ese es su secreto.

No hay allí afán para nacer, y tampoco para morir. Parece, al igual que Comala –el pueblo quieto de Juan Rulfo–, territorio de almas vaporosas. Pueblo de sombras, de resplandores etéreos. Algún parroquiano se apostará en la pared centenaria y se dedicará a ver correr el tiempo. Y como éste no corre, también el vecino sospecha que está fosilizado. Ambos, la persona y el tiempo, se encuentran en un ángulo de la plaza y dialogan sobre la inmovilidad de sus existencias.

En el convento de las Carmelitas Descalzas, enmarcado entre pesadas y blancas paredes de eternidad, la quietud era absoluta. Podía masticarse la paz. Por ninguna parte había vestigios de muerte. Nos deslizamos hasta el torno, como si fuéramos parte de las sombras, y tocamos. Hablamos con duda y reverencia. Pensamos que iba a contestar el silencio, pero no. Cuando oímos el ¡Ave María Purísima! , supimos que adentro había vida. En la salutación recibimos un aire, un respiro del encierro conventual.

Íbamos, sin embargo, a buscar a la hermana Ana Josefa, la muerta de la madrugada. Y por allí debía estar, entre aromas de naranjales y lirios. Al otro lado –o sea, la separación del mundo y el edén espiritual–, la voz de nuestra interlocutora, tenue voz de santidad, nos informó que en la capilla, atravesando el parque, estaba la hermana Ana Josefa. Nos lo dijo con suavidad, sin tono mortuorio y casi con alegría.

Como en el sacro recinto no existía alteración alguna, ni signos fúnebres ni lloros mundanos, hubiera podido pensarse que nada había ocurrido. Y aquí, otra vez, la sensación de que en Villa de Leiva el tiempo está detenido. Con mayor razón en la densidad del convento.

No localizábamos a ninguno de nuestros familiares que habían viajado el día anterior. Tal vez ellos, también, se habían vuelto invisibles, como tantas cosas inertes de la población. Al fondo de la capilla divisamos dos siluetas que velaban ante el féretro. Eran dos hermanos de la monja, compenetrados con su recuerdo. Hablaban en secreto con quien, fuerte ante la última arremetida de la dura enfermedad, se había ido adelante.

La hermana Ana Josefa –Lucilita, como la llamábamos cariñosamente–, que un día fue superiora del convento, nos esperaba allí, en la iglesia del Carmen, serena y angelical. No estaba muerta. Por el contrario, la vimos bella y radiante. Algo debe pasarles a las religiosas en su último trance terrenal, cuando toman carne fresca y actitud de vuelo. Se van convencidas de que se han reencarnado en Cristo, y por eso sonríen, y derrotan las enfermedades, y expiden perfumes celestiales. Penetran en su última morada con belleza seráfica.

En la misa concelebrada por siete sacerdotes y con la presencia de una legión de diáconos y monjas, todos hermanos en la religión, que no lloran sino que cantan, la hermana Ana Josefa ascendió entre salmos y alborozos a su reino espiritual. El recinto no olía a muerta: olía a santa.

La escena parecía sacada de Comala, el pueblo de las almas errantes, que quedan flotando para siempre por los contornos del sueño. En Villa de Leiva parece que la vida fuera inmaterial. Allí la misma muerte es silenciosa. Tiene algo de fascinante. Cuando una monja muere, sólo ocurre un aleteo. Apenas se siente un suspiro.

El Espectador, Bogotá, 22 de agosto de 1988.

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Reflexiones sobre la vejez

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

He leído un interesante libro sobre el tema anunciado, que lleva por título Relatos sobre la vejez (Editorial Códice, Bogotá), cuyo autor es el médico tulueño Francisco Londoño Pineda, que durante largos años ejerció su profesión en Cali y hoy reside en Estados Unidos. También es autor de La vejez como oportunidad y ha publicado diversos artículos sobre la misma materia en revistas especializadas.

Ya en la edad del retiro (78 años), su vida discurre entre el reposo y la serenidad proporcionados por su experiencia en los campos de la gerontología y la geriatría, y entregado a vastas lecturas humanísticas y científicas. Es un jubilado feliz y posee, por supuesto, sólidas bases de filosofía sobre la vejez, área de la que fue docente universitario en Cali. En la misma ciudad obtuvo, a los 73 años, el título de magíster en ciencias políticas, conferido por la Universidad Pontificia Javeriana.

A todo esto, de por sí ejemplar, se agrega otra faceta encomiable: un día se enteró de la existencia de una entidad que apoyaba en Miami la tercera edad, llamada Legacy Corps, y ni corto ni perezoso se vinculó a esa campaña como voluntario para visitar ancianos, dialogar con ellos y ofrecerles sus amplios conocimientos sobre esta difícil etapa de la vida, donde era uno más del grupo.

El contacto entusiasta con su propia realidad se ha convertido en una terapia para él y sus amigos. Como si fuera poco, dicta conferencias para ancianos en una emisora de Miami y le queda tiempo para escribir una novela. Una vejez venturosa como la suya no es, por cierto, rasgo característico del declinar de la vida.

La regla ideal sería envejecer sin sentirnos viejos. Esto supone mantener el espíritu juvenil, a pesar del avance inexorable del calendario, que conlleva la visita ingrata de enfermedades propias del deterioro físico. A veces esas enfermedades suelen ser simples achaques, pero los viejos pesimistas las vuelven dolencias graves y se echan a morir. Es decir, se mueren antes de tiempo.

“La vejez aparece exactamente el día en que no queremos estar gozosamente asombrados”, dice el padre Bro, citado por Londoño en su obra. Esto del asombro como ingrediente del entusiasmo –agrego yo, que como escritor y lector vivo de asombro en asombro– ha de ser la chispa constante, sea cualquiera la edad, nivel educativo o actividad de la persona, para impulsar el ánimo y no declinar ante los reveses o caídas, que nunca dejarán de existir.

Cicerón, uno de los grandes filósofos de la senectud –autor de El diálogo sobre la vejez, escrito hace más de 2.100 años–, expuso para su tiempo, como si se tratara de la época actual, pautas inmejorables para que el anciano aprenda a vivir, como las contenidas en este párrafo:

“Es nuestra obligación resistir a la vejez, compensar sus defectos con una vida sana, luchar contra ella como si de una enfermedad se tratara. Gran cuidado se debe tener con la mente y con el espíritu, porque, igual que las lámparas, se apagan con el tiempo si no se las provee de gas. La actividad mental da energía a la mente. Los ancianos retienen sus facultades mentales cuando mantienen el interés y continúan usando sus capacidades”. 

El énfasis que da el médico escritor a las tesis siempre vigentes de André Maurois me llevó a releer una maravillosa obra suya (que leí por primera vez hace más de 30 años), titulada Un arte de vivir (Editorial Azteca, 1970), en cuyo capítulo final –El arte de envejecer– sostiene: “El verdadero mal de la vejez no es el debilitamiento del cuerpo: es la indiferencia del alma”.

Dicha afirmación la vigoriza Londoño con esta hermosa frase suya, que refrenda el sentido de su propia existencia senil: “Al adulto-anciano todas sus preguntas le han sido resueltas, pero debe continuar viviendo en primavera para que florezcan con mayor verdor sus sentimientos al llegar a la serenidad y a la paz”.

He aquí, en estas frases que resalto, el secreto para no languidecer en la edad provecta, cuya evidencia es común para todos, pero no todos saben vivirla: mantener prendida la llama del espíritu. Si falla el combustible, la oscuridad será total.

El Espectador, Bogotá, 3 de abril de 2006.

* * *

Comentarios:

Lo importante es mantener prendida la llama del espíritu. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Mientras el espíritu esté joven no hay temor a envejecer. Aunque te lleguen los achaques de este período de la vida, debe uno sentirse feliz de haber podido llegar a él con alegría y optimismo. Nydia Ramírez Londoño, Armenia.

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Lo llamamos Quique

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Mientras otros muchachos de su misma edad son unos volantones pendencieros y de difícil acomodo en la familia, Quique, un adolescente que tendrá 18 años, vive su mundo ausente de veleidades e imbuido por una deliciosa desprevención.

El tiempo anda distinto para él, porque la vida lo premió permitiéndole que sus años sean más lentos, lo contrario del común de sus contemporáneos, que corren más y gozan menos.

Quique, mi vecino y mi personaje, con acceso a todos los hogares del barrio, donde se le quiere y se le consiente, no comprende por fortuna la seriedad de la vida y por eso su alma se mantiene fresca. Qué distinto, por cierto, el mundo de los mayores, que entre sorpresas y fatigas pierde la lozanía de la niñez. A veces los mayores nos desgarramos el alma, apenas iniciando la cumbre, por dejar extinguir la naturalidad.

Quique, en cambio, un ser ajeno a las complicaciones, para quien no se hizo el dolor, rueda por sus predios candorosos que rechazan la falsedad y el desengaño. En su mente sólo hay fulgores de constantes bienandanzas. Entiende el planeta fácil y desenvuelto, sin las trabas y las sofisticaciones que le ponemos los adultos, y choca, de seguro, con los portes severos y las palabras desentonadas. Quisiera que todos sus vecinos participaran de su alegría fácil, y si no le cabe comprender por qué los demás no son tan espontáneos como él, prodiga en su permanente sonrisa un contagiosos entusiasmo.

También se preguntará, mientras con ojos maliciosos escruta a las personas, por qué todos no son felices. La felicidad es para Quique un concepto nada misterioso, como montar en bicicleta, pasatiempo que lo hace importante, o exhibir sus camisas y sus pantalones de impecable limpieza.

Y es, además, todo un dandy, refinando y exigente. Lo mismo que se preocupa por sus vestidos, lo hace con su figura, porque se siente mejor como perfecto caballero. Y como comienza a apuntarle el bozo, algún instinto le dice que es la época del ademán apuesto. Cuando sube al bus que lo conduce a sus clases de adaptación, no ignora las miradas de las jovencitas que lo analizan con expresión pulcra y sugestiva.

Desconoce las escaramuzas juveniles del enredo amoroso, pero sabe que la amistad, esa que encuentra recorriendo las calles del barrio, es el mejor sentimiento humano.

Todos nos acostumbramos a llamarlo Quique. Es personaje simpático y comunicativo. Adopta a veces poses serias, porque también imita las composturas de la gente afectada, pero prefiere mostrarse risueño y parlanchín.

Se mueve en su ambiente de emociones simples y le huye al mundo loco de los cuerdos. Distante de dificultades y azares, es feliz por no poseer la noción exacta de la incierta existencia. Concibe la felicidad como algo elemental y en esto nos gana a quienes, para buscarla, debemos transitar pesados senderos. El hombre, para ser feliz, necesita conservar el alma del niño. Quique, mi personaje, no la ha perdido.

La Patria, Manizales, 27 de diciembre de 1980.

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