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Archivo para la categoría ‘Violencia’

Cartas desde la selva

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El cabo Livio Martínez permanece en poder de las Farc desde el 21 de diciembre de 1997, junto con otros militares capturados en el cerro de Patascoy. Claudia Tulcán, su novia de 15 años, lo buscó entre los 11 cadáveres envueltos en bolsas que bajaron de los helicópteros después del combate, pero no lo encontró. En marzo siguiente, la joven recibió una carta donde su novio le contaba que había sobrevivido a la catástrofe y esperaba salir pronto de la prisión para casarse con ella y darle un hogar al hijo que venía en camino.

Embarazada a tan temprana edad, Claudia confiaba en que él regresara en pocos días a cumplir su palabra de matrimonio. Han pasado 6 años y ella ha recibido 23 cartas, que guarda con dolor y cariño en el cofre de su alma esperanzada. La última le llegó hace un año y estaba dirigida al hijo que ya había nacido y había tenido que ser registrado con los apellidos de la madre.

Los actores de este drama, al igual que una larga lista de colombianos, padecen la impiedad de la guerra, un monstruo al que nada importan el destrozo de los afectos ni la amargura de los hogares. A lo largo de los tiempos ha sido la guerra el mayor suplicio y la mayor insensatez que ha sufrido la humanidad. La madre prematura, hoy de 21 años, a quien el destino tronchó en plena juventud sus más caros ideales, lucha en medio de su abandono por sostener y educar a su hijo, y al mismo tiempo abrigarle la confianza de que tiene padre, por más que este sea más hipotético que real.

Los 2.300 días corridos desde que la mala suerte le tendió una celada al cabo Martínez representan el mayor oprobio para estas personas separadas de sus seres queridos por la sevicia y la demencia de los torturadores. A mitad del año 2001, cuando se realizó un acuerdo humanitario, volvieron a casa 365 militares, pero la guerrilla retuvo a 32 oficiales y suboficiales, como un medio para presionar una ley de intercambio.

Encerrado entre tablas y alambres de púa, al estilo de Hitler, Livio Martínez se ha comunicado con su novia a través de las 23 cartas descubiertas en Pasto por un periodista de El Tiempo, cartas de amor y de tragedia en las que el corazón del cautivo manifiesta bellos sentimientos. En una de ellas le dice: “Si quieres puedes buscar otra persona que te brinde muchas cosas que yo no he podido brindarte, pues veo que lo mío es muy incierto y sinceramente no me gustaría que no pudieras realizar muchos sueños que tienes”.

Claudia le ha sido fiel y, lejos de desanimarse, le ha contestado con mensajes de esperanza, narrándole de paso las travesuras del pequeño, quien en Navidad, y ante la pregunta sobre lo que deseaba que le trajera de regalo el Niño Dios, respondió que a su papá. Si los dos se ven y se conocen algún día, ya la crueldad habrá dejado en sus almas cicatrices incurables. Y si el encuentro nunca se realiza, su drama será un monumento más que se levantará al odio  que nos legó Caín y que nunca ha dejado de gravitar sobre el destino humano, como una maldición bíblica. En otra carta, el novio se dirige a Claudia como “la mujer más linda” y le dedica un poema que así comienza: “Quiero ser en tu vida algo más que un instante, / algo más que una sombra y algo más que un afán. / Quiero ser en ti misma una huella imborrable / y un recuerdo constante y una sola verdad”.

Como personas privadas de la libertad y del derecho a la intimidad, todas las cartas que escriben los presos son revisadas por la guerrilla. ¿Qué sentirán los verdugos, que también tienen mujeres e hijos, cuando se enteran de estas tragedias, que podrían ser las suyas? La duda está en saber si ellos tienen también sentimientos.

El Espectador, Bogotá, 22 de abril de 2004.

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Cartas de Gilberto Echeverri Mejía

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Marta Inés tenía ocho años cuando conoció a Gilberto Echeverri Mejía, cuya  familia, procedente de Rionegro, se había instalado en Medellín, donde él entró a estudiar en el Colegio San Ignacio y entabló estrecha amistad con un hermano de su futura esposa. Se casaron doce años después, en 1962. La feliz pareja cumplió la parábola del amor ideal, rodeados del cariño de sus hijos y nietos, hasta que el ex ministro y el gobernador de Antioquia cayeron en poder de la guerrilla y fueron acribillados en el monte, de la manera más vil y despiadada. ¿Por qué los mataron? Por ser pregoneros de la paz.

Echeverri Mejía le prestó brillantes servicios a la patria desde importantes posiciones, entre ellas, como ministro de Defensa. Allí se destacó por su ánimo franco y conciliador. Su natural campechanía, fruto del abierto espíritu paisa que se ha convertido en emblema de su tierra, le creaba un talante de llaneza y simpatía que le hacía ganar el aprecio de quienes lo rodeaban. El antioqueño, como hijo de la montaña, es desenvuelto y cordial. En esa misma montaña, y a manos de los insurgentes, fue asesinado con sevicia este hombre de paz.

Su cautiverio se prolongó por trece meses. Durante esos días infinitos, sujeto a toda clase de penalidades, pensaba a cada rato en su familia. El inmenso amor por su esposa y sus hijos le permitía soportar la adversidad con estoicismo. Sacaba fuerzas de donde no las tenía, y con su ejemplo daba valor a sus compañeros en desgracia, víctimas, como él, de esta guerra demencial que se ensaña en las personas de bien y no respeta edades ni clases sociales. Para mitigar la pena y alimentar la ilusión, se dedicó a enviar cartas frecuentes a su esposa. Cartas que al paso de los días brotaban con la llama del amor que no había conocido eclipses en cuarenta años de matrimonio.

Perdido en la montaña, el correo era el único medio que le quedaba para hablar con Marta Inés, bajo el sofoco de las horas cruciales y el acecho de las armas que vigilaban su encierro. Enviaba las cartas por intermedio de sus guardias, las que se convertirían en pruebas de supervivencia que interesaban a sus captores. Marta Inés le confesaba hace poco a Carolina Abad, editora de El Espectador: “Fue un matrimonio feliz, porque era un buen hombre, amoroso, el más querido del mundo entero, muy familiar, una persona brillante que admiré siempre”.

La primera misiva revelaba el cariño profundo hacia su esposa: “Inicio esta carta después de algunos comentarios para decirte una y mil veces que te quiero como a nadie he querido. Me paso todo el tiempo pensando en ti, en la historia de nuestras vidas y en cómo será cuando se produzca nuestro regreso. También sufro mucho al pensar en tu angustia y sufrimiento causados por mi culpa, pero yo conozco tu corazón y tu pensamiento, y sé que en el fondo de tu alma triste me entiendes y perdonas”.

Perdonarlo… ¿por qué? ¿Por ser solidario con el país? ¿Por haberse comprometido en la causa de la paz? Así era él: hombre bueno, de conciencia recta y alma patriótica. Ser romántico que expresaba, como en los mejores días del noviazgo, el amor perenne que ahora truncaba el hado siniestro.

Otra vez le decía: “El vacío que siento al no poder charlar, discutir, mirar, reír con ustedes, es un hueco muy grande, pero tengo que aceptarlo porque tomé un riesgo y perdí. Lo tomé porque tenemos que dar los pasos que sean necesarios para cambiar las cosas de nuestro país por medios no violentos”. Decenas de cartas llenas de ternura y de palabras de consuelo para la amada afligida (la “amada inmóvil” de Amado Nervo), que quizá no volvería a ver nunca más, fueron llenando este fantástico epistolario amoroso, digno de edición.

Ocultaba su amargura interior. La queja estuvo siempre ausente de su vocabulario. En otra misiva le decía: “El sacrificio que yo hago es mínimo al lado del tuyo”. A sus nietos les recomendaba que quisieran a Colombia y nunca se dejaran dominar por el desaliento hacia la patria. Incluso tuvo tiempo de escribir un libro de educación. ¿Cómo lograba serenar la mente en medio del horror? A sus guardias les daba lecciones de coraje, de civismo y amor por la patria, tanto con el ejemplo como con la palabra.

En su última carta, días antes de su muerte, manifestaba: “Si en vez de retención hubiese sido mi muerte lo que hubiera sucedido aquel 21 de abril, mi tema sería asunto del pasado, y ustedes estarían dando a sus vidas otro manejo. Si el llamado acuerdo humanitario requiere unos meses para ser terminado positivamente, se justifica continuar en este estado, pero si el horizonte es de años y de dudas, prefiero pedirle a Dios que me lleve lo más pronto posible (…) Soy católico y dentro de lo que me enseña mi religión, no haré nada contra mi vida y salud, pero sí le ruego a Dios que me permita partir para que mi gente pueda volver a la normalidad (…)”

Marta Inés no recibió ninguna de estas cartas. El Ejército las halló arrumadas en el cambuche donde quedó el cuerpo de Gilberto Echeverri Mejía, perforado por muchas balas y con el fatídico tiro de gracia con que los monstruos rematan a sus víctimas para cerciorarse de que no les queda ningún aliento de vida. Estas cartas son el testamento inmensurable de un hombre valiente, patriota a carta cabal, que hizo del amor la mejor defensa contra el infortunio y la desesperanza. Cartas que se suman a muchas más que acrecientan el monumento de la infamia.

El Espectador, Bogotá, 14 de octubre de 2004.

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