Archivo

Archivo para la categoría ‘Violencia’

El humor de Alan Jara

miércoles, 17 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nunca se había visto un secuestrado que saliera tan eufórico de la selva como Alan Jara. A pesar de su aspecto demacrado, donde se notaban las huellas de las enfermedades que lo aquejaban y de los maltratos que recibió de la guerrilla, cualquiera diría que volvía de una excursión y no de un cautiverio.

Una vez descendió del avión en el aeropuerto de Villavicencio, derramó copiosas lágrimas al abrazarse con su esposa y con su hijo Alan Felipe, a quien ya no conocía, pues lo había dejado de ocho años y ahora lo encontraba de quince. Además, fue inmensa su emoción al saludar a sus paisanos y recibir el primer aire de la libertad en la tierra donde había sido gobernador en dos ocasiones.

Superado el duro impacto inicial, su ánimo se fue serenando. Luego lo vimos reír y sonreír con espíritu jovial y caminar con paso ágil, en medio de las dificultades propias de su penosa situación, durante el trayecto que lo condujo hasta el vehículo que lo llevaría al centro de la ciudad. Para quienes no lo conocíamos en persona, las cámaras de televisión nos mostraron una imagen grata, e incluso fresca, sobre este personaje que se ha caracterizado por su talante alegre, muy dado al gracejo, y que regresaba a la vida haciendo gala de su proverbial sentido del humor.

En la extensa rueda de prensa que concedió para narrar sus desventuras en la selva, se le vio de nuevo con el rostro agotado y el espíritu abierto para responder a las inquietudes que le formulaban los periodistas, y precisar  detalles sorprendentes sobre su cautiverio. Lo que mayor impresión me causó fue la nitidez con que recordó a un buen número de sus compañeros de infortunio, con nombres y apellidos y una serie de datos familiares.

Sus declaraciones estuvieron matizadas de fino humor, y no se dio tregua para el descanso. Contó, por ejemplo, que al capitán Murillo lo llamaban ‘champion’ –así como suena, en inglés–, para destacar en plena selva, tan ajena a los títulos, su condición de campeón nacional de esgrima.

En referencia a los largos trayectos que tenían que realizar por los montes (y que en sus siete años de cautiverio fueron numerosos y agotadores), le envía este mensaje al profesor que ha recorrido el país entero pidiendo la liberación de su hijo, prisionero de las Farc: “Profesor Moncayo, allá sí que es verraca la vaina de caminar”.

Con increíble exactitud puntualiza que esos siete años largos suman 2.760 días de ausencia de sus lares. ¿Cómo haría –me pregunto– para llevar esta cuenta rigurosa? “Yo descansé siete años y medio, tengo todo el tiempo libre” –anota con ironía, como indicación de que gozaba de buen estado de ánimo para atender todas las inquietudes de los periodistas–.

En relación con el tipo de comida que le daban, dice que era “una dieta muy rica en harinas: arroz y arvejas. Al día siguiente, fríjol y arroz. Al día siguiente, arveja y arroz. En la tarde varía: arroz y pasta, arroz y lenteja, arroz y pasta, arroz y lenteja. Pero cuando las condiciones lo permitían, se cazaba carne de monte… Comí hasta mico”.

Hace mención de la entrevista que tuvo con el Mono Jojoy, en la que este le comentó que la guerrilla iba por los parlamentarios para tomarlos como objeto de negociación. Ante lo cual, Alan Jara repuso que él no era parlamentario. “Pero iba a serlo”, contestó el guerrillero. “Y aquí estoy, siete años y medio después –manifiesta el político que subsiste en el personaje recién liberado, como si estuviera hablando de frente con el Mono Jojoy–. Ojalá esas palabras fueran premonitorias”. Lo son, en efecto, ya que después de la rueda de prensa transmitida al país, no queda duda de que el ex gobernador desea volver a la arena política.

En el campo de la política, donde Alan Jara se movió como pez en el agua, sus declaraciones fueron movidas por la verbosidad, que tal vez es característica de su manera de ser. Es posible que su facilidad para el gracejo lo hiciera incurrir en excesos verbales, en persona que como él, al salir a la libertad después de 2.760 días de prisión selvática, no tiene la percepción cabal de lo que sucedía más allá de su encierro.

De ahí las numerosas críticas que ha recibido por sus expresiones fuera de tono acerca de la seguridad democrática adoptada por el presidente Uribe. Clamar por el canje de prisioneros, que todos deseamos, es muy distinto a manifestar que “el Presidente no ha ayudado para nada a que se produzca el intercambio humanitario”. Ignorar lo que esa política ha logrado en la búsqueda de la paz, y lo que por razones de Estado no puede conceder cuando tratan de imponerse condiciones inaceptables, es salirse de la realidad, doctor Jara.

En el grueso de la opinión pública ha quedado la sensación de que el recién liberado traía un libreto mental que lo hizo hablar más de la cuenta. Cierta complacencia hacia los sistemas practicados por sus captores hace pensar en el síndrome de Estocolmo. Es usual que suceda este desenfoque frente a la realidad, después de siete años de cautiverio.

Sea como fuere, nada resulta tan deseable como que el doctor Jara, luego de serenado el espíritu, y analizando el panorama nacional con mejores luces que las que tuvo el primer día de ibertad, se incorpore a la vida ciudadana como el líder político que es en su tierra.

Y ojalá maneje su humor habitual como elemento para conjurar, en el plano político, los tremendos dilemas que enturbian la paz de la nación.

El Espectador, Bogotá, 5 de febrero de 2009.
Eje 21, Manizales, 6 de febrero de 2009.

Categories: Violencia Tags:

La Patria herida

miércoles, 27 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cómo conforta el espíritu de los colombianos ver que el país, con mínimas excepciones, se pone de pie para respaldar a su Presidente en momentos tan difíciles como los actuales, cuando países llamados hermanos se confabulan para atentar contra la gobernabilidad de la nación.

La famosa frase de Benjamín Herrera: “La Patria por encima de los partidos”, tiene plena aplicación en esta crisis de proporciones gigantescas, en la que Colombia se juega supremos intereses para salvar su posición y su convicción como gran abanderada de la lucha mundial contra el terrorismo y el tráfico de drogas.

Enemigos tan pugnaces del presidente Uribe, como Carlos Gaviria, han salido a censurar los agravios de Chávez contra el mandatario de Colombia. Otro tanto ha ocurrido con Héctor Helí Rojas, otro de los dirigentes más combativos de la oposición, quien ha dicho que “como colombianos estamos como un solo hombre”.

Las fuerzas vivas del país respaldan sin titubeos las acciones ejecutadas por el Gobierno en el ataque a un campamento de las Farc situado en la zona fronteriza con Ecuador, país patrocinador de este movimiento subversivo, acciones que causaron la muerte de ‘Raúl Reyes’, uno de los cerebros más importantes y más intransigentes de dicha organización, comprometido en más de cien expedientes por actos terroristas.

Mientras el exitoso operativo militar y policivo, que fue el resultado de una minuciosa labor de inteligencia y maestría, recibió vigorosa aprobación en el país y fuera de nuestras fronteras, los dos presidentes vecinos afectados por esa baja –Chávez y Correa, cortados por la misma tijera–, la emprenden, en forma denigrante y utilizando los peores epítetos, contra el gobernante colombiano. El vocabulario soez e injurioso empleado, como el de calificar a Uribe de “terrorista”, “asesino”, “mafioso”, “lacayo de Estados Unidos”, resulta más propio de las bajas esferas que de los palacios que ocupan.

Con tales improperios, y sabiendo que “el pez respira por la herida”, es la propia dignidad de sus cargos la que se ve manchada. Bien ha hecho el presidente Uribe en no contestar a tales vilezas, para no ponerse a la altura de la ordinariez y la infamia. La prudencia de que ha hecho gala en los últimos días, que es la mejor consejera para superar la crisis inaudita que le han creado sus propios colegas volubles, dejará al paso de los días, y ojalá en corto plazo, previsibles dividendos.

Colombia tiene que salir adelante en esta encrucijada. La acompañan la razón y la primacía de los altos objetivos que defiende. Más allá de los dos kilómetros que tuvo que penetrar en territorio ajeno para perseguir el terrorismo universal, están el sentido de la lógica y el derecho a la defensa, dentro de circunstancias complejas que, de no haberse manejado con el tino y la precisión con que se afrontaron, no hubieran permitido este golpe certero contra la delincuencia.

Colombia, por su actuación decidida y valiente, recibe el castigo humillante del cierre de fronteras de los dos países vecinos, la expulsión del embajador en Ecuador, la ruptura de relaciones por parte de Venezuela y, como si fuera poco, el despliegue de tropas en los límites fronterizos, con manifiesta provocación belicista.

Antes, el presidente Chávez le había advertido al presidente Uribe (como si se tratara de un niño malcriado): “Si a usted se le ocurre hacer esto con Venezuela, presidente Uribe, le mando unos sukhoi” (aviones rusos de guerra). Este tono de prepotencia refleja el desaforado estilo de monarca tropical que exhibe nuestro peligroso vecino, del cual Dios nos libre.

La Patria, nuestra sufrida Patria colombiana que sobrevive como un milagro durante tantos años que llevamos de barbarie terrorista, ahora está herida –aunque no de muerte– por dos países ‘hermanos’ que no le perdonan a nuestro gobernante el que los haya desenmascarado en sus nexos y afectos con las Farc. Esto es una utopía, difícil de entender y de aceptar.

El Espectador, Bogotá, 5 de marzo de 2008.

* * *

Comentarios:

Claro que sí. No soy uribista, pero como dice Gustavo Páez, hay que apoyar al gobierno porque vivimos una guerra contra el terrorismo. Esos monstruos terroristas no tienen ninguna posibilidad política distinta al chantaje, el secuestro y la matanza. Los colombianos debemos estar unidos, el país lo necesita. Mono (correo a El Espectador).

Si no se hubiera llevado a cabo esta acción no nos hubiéramos enterado de los funestos planes de estos falsos vecinos. Les abortamos sus complots. Chávez y Correa son los nuevos dirigentes del Secretariado de las Farc. William Piedrahíta González, colombiano residente en Estados Unidos.

Magnífico y contundente tu artículo. Jorge Mario Eastman, Bogotá.

Todos los colombianos debemos manifestar nuestro respaldo al presidente Álvaro Uribe en momentos en que personajes ya identificados amenazan nuestra democracia para tratar de establecer en nuestro territorio un gobierno socialista. José Miguel Alzate Alzate, Manizales.

Millones de colombianos ven en su Presidente al líder transparente que es, como lo captan a nivel americano y mundial. Capitán de navío (r) Jorge Alberto Páez Escobar, Bogotá.

Lo más importante: que somos muchísimos los que estamos orgullosos de esta nuestra patria herida. Josué López Jaramillo, Bogotá.

Hoy gracias a Dios parece que se solucionó el problema, por el momento. Digo por el momento, pues no creo en Chávez ni en Correa. Nydia Ramírez Londoño, Armenia.

Categories: Violencia Tags:

Las guerrillas del Llano

martes, 19 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los testimonios más representativos y veraces de la violencia política que azotó al país en los años cincuenta del siglo pasado lo presenta Eduardo Franco Isaza en su libro Las guerrillas del Llano.

La primera edición de dicha obra apareció en Caracas en 1955, y en Colombia circuló en forma clandestina debido al clima de represión y censura que se vivía entonces. La segunda edición es de la Librería Colombiana, de Bogotá, en 1959, con prólogo de Juan Lozano y Lozano; la tercera, de Hombre Nuevo, de Medellín, en 1968; la cuarta, del Círculo de Lectores de Colombia, en 1988; la quinta –que logré conseguir hace poco, luego de buscar el libro durante largos años– la efectuó Planeta Colombiana en 1994.

El autor, nacido en Sogamoso en 1920 y miembro de una prestigiosa familia, fue uno de los principales dirigentes guerrilleros del movimiento liberal que surgió en el Llano  para combatir el régimen conservador que se había encarnizado contra su partido. Eduardo Franco Isaza vivió, entre los años 1947 y 1953, dentro de la guerrilla que él mismo ayudó a organizar junto con otros tenedores de tierra en las sabanas de Casanare, todas las peripecias, angustias y horrores que representó aquella contienda histórica, una de las más demoledoras de Colombia.

Esta rebelión campesina estaba orientada desde Bogotá por el doctor Carlos Lleras Restrepo, presidente del Partido Liberal, quien en asocio de otros copartidarios suyos realizaba colectas para financiar los gastos inherentes a dicho conflicto armado, que no eran pocos ni fáciles de sostener. Mientras tanto, los guerrilleros luchaban casi con las uñas –sin armas suficientes y en precarias condiciones de alimentación y salubridad– para contrarrestar los ataques del adversario que se replegaban en el amplio territorio bajo el ímpetu de los “chulavitas”, denominación proveniente de una vereda del municipio boyacense de Boavita, que se hizo célebre por salir de allí las hordas asesinas que causaron en el país innumerables estragos.

Los “chulavitas” les dieron encarnación a los “pájaros” y unos y otros pasaron a la historia con la connotación de matones. Los cuerpos armados del régimen conservador exhalaban por los poros sangre chulavita, y a ellos se enfrentaban con arrojo, como centauros, los 1habitantes del Llano, acaudillados, entre otros, por Guadalupe Salcedo Unda, Eliseo Velásquez, Eduardo Franco Isaza, Rosendo Colmenares, Tulio Bautista, Dumar Aljure, Antonio Villamarín, Eduardo Fonseca. Eran dos poderosas fuerzas de choque y destrucción que se disputaban el dominio de las pampas y los montes para destruir al enemigo.

En esta guerra a muerte, que no solo estaba declarada en los Llanos Orientales, sino en el país entero, Colombia se desangraba en una pavorosa ola de criminalidad. El nervio de tal conflagración eran los odios políticos entre liberales y conservadores. Odios atávicos que comenzaron desde el propio nacimiento de la República con la rivalidad entre Bolívar y Santander, continuaron con las guerras del siglo XIX y llegaron a las entrañas del siglo XX. Colombia siempre ha estado en guerra.

Dice Augusto Trujillo Muñoz en su reciente libro De la Escuela Republicana a la Escuela del Tolima: “Tanto a nivel nacional como en las distintas regiones del país el lenguaje de la oposición conservadora era vehemente y, a menudo, agresivo. También lo había sido el del liberalismo frente a la hegemonía conservadora durante los años veinte. Quizá eso ayudó a incubar el fenómeno de la violencia de la mitad del siglo”.

Esta última lucha fratricida, pintada por Franco Isaza con realismo y lenguaje vehemente, donde a veces campea el alma poética de la llanura en medio del fragor de las balas, dejó en la comarca llanera alrededor de doscientos mil muertos, y en Colombia, alrededor de trescientos mil. Los combates se extendían desde Villavicencio hasta Arauca y desde el río Meta hasta el Vichada, en una extensión de 200.000 kilómetros cuadrados de llanuras, montañas y selvas.

La crueldad chulavita llegaba hasta los límites de la demencia. No solo se mataba, sino que se mataba con sevicia. El siguiente relato, que sitúa Franco Isaza en Puerto López, pinta la maldad diabólica que se aposentaba en las almas sanguinarias: “Un día un sargento conduce a cinco ciudadanos a la cantina del popular turco Chalela. Los hace beber hasta la embriaguez, él también se anima con unas cuantas copas. Al final los hombres mareados quedan dormidos sobre el mostrador y las mesas, entonces el sargento desenfunda su revólver y los despacha uno por uno con un tiro en la cabeza, les aligera los bolsillos de dinero y se larga en un avión de guerra”.

Los llaneros buscaban despejar su territorio de esta gente advenediza y bárbara. Y estos, a su turno, incitados por la peor pasión partidista de que se tenga noticia en la historia colombiana, no podían comportarse como mansas palomas. El terrorismo se apoderó de las tierras y de las almas. En la capital del país, los dos partidos libraban, desde la cumbre de sus mandos desquiciados, inútiles tentativas por conseguir la paz de la nación. Lejos de lograrlo, ardían las rotativas de El Espectador y El Tiempo y las llamas llegaban hasta las residencias de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo.

Con la caída de la dictadura civil de Laureano Gómez y el inicio de la dictadura militar de Rojas Pinilla, se sintió un respiro en el Llano. Vino la invitación a que los guerrilleros abandonaran las armas, y a cambio se les ofreció la amnistía. Esto sonaba bien, por supuesto. La mayoría de los líderes rebeldes, creyendo en la buena fe del armisticio, se aprestó a firmar la paz, para regresar a sus hatos. En sentido contrario, Eduardo Franco Isaza, que pedía garantías para dar este paso, se opuso a la rendición incondicional.

A la postre, se quedó solo. Fue el único que no se entregó al general Rojas Pinilla, y se asiló en Venezuela. En ausencia, un juicio de guerra lo condenó a 24 años de cárcel. En Caracas escribió el libro a que se refiere esta nota. Allí, casado con una hija del jefe liberal Plinio Mendoza Neira, ejerció el periodismo durante varios años. Hoy, de 87 años de edad y residente en Bogotá, ya el país no lo recuerda. Dice él que luchó con coraje por la libertad del Llano y por la paz de los colombianos. Desde luego, hay que creerle. Se trata, sin duda, de un personaje legendario de aquellos episodios de sangre y violencia que concluyeron, en apariencia, hace medio siglo.

Eduardo Franco Isaza se queja en su libro del abandono en que los jerarcas del liberalismo dejaron a la guerrilla llanera, que ellos mismos habían empujado a la revolución. En el momento del naufragio del partido y de la angustia nacional que sufrió Colombia durante aquellas calendas, las figuras más importantes de la colectividad se ausentaron de la escena: Alfonso López Pumarejo se residenció en Londres; Eduardo Santos, en París; Alberto Lleras, en Estados Unidos; y otros se acomodaron en el exilio: Plinio Mendoza Neira, Alberto Jaramillo Sánchez, Julio Ortiz Márquez, Germán Zea Hernández… En esta crítica lo acompaña el autor del prólogo, Juan Lozano y Lozano, alta cifra del liberalismo.

El comandante general de las guerrillas del Llano, Guadalupe Salcedo, que creyó en la palabra oficial e hizo entrega solemne de las armas –con foto histórica que le dio la vuelta al mundo–, terminó traicionado. El 6 de junio de 1957, cuando se hallaba en la zona industrial de Bogotá, agentes de la policía lo cercaron y le ofrecieron respetarle la vida si se rendía. Con las manos en alto, murió acribillado por varios disparos. Hoy es una leyenda de la violencia de los Llanos Orientales.

Con la muerte de Guadalupe Salcedo hace medio siglo se cerraba un capítulo atroz de la vida colombiana, y comenzaba otra guerra, la que ha llegado a nuestros días: la del secuestro y el narcotráfico. La diferencia entre ambas es que la anterior no perpetraba secuestros y tenía otros ideales. Pero toda guerra es abominable. Así lo expresa Eduardo Franco Isaza en su libro: “La guerra siempre es desastre, muerte, destrucción, dolor. Ningún hombre normal quiere la guerra”.

El Espectador, Bogotá, 25 de enero de 2008.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 18, mayo de 2008.

Categories: Historia, Violencia Tags: ,

Los campos del terror

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Para escribir esta columna sobre las minas antipersonales –uno de los dramas más horripilantes de la era actual–, realicé un recorrido por el mundo a través de la internet. Y quedé abismado frente al sinfín de atrocidades que se cometen en todas las latitudes del orbe por medio de este mecanismo atroz.

En plena época de las globalizaciones, cuando los países luchan por vender sus productos en los mercados internacionales y adquirir a su turno los avances de las tecnologías foráneas, también la perversidad se ha globalizado. La maldad se exporta o se importa como un bien de consumo. La barbarie no tiene límites y cada vez se vuelve más refinada y más universal. El hombre lleva inoculado el odio desde su nacimiento.

Las empresas fabricantes de los artefactos explosivos ejecutan los métodos más novedosos para superar a la competencia y ganar mayores mercados, sin detenerse a reflexionar en los estragos que causan a la humanidad. Por encima de todo está el lucro. Y detrás del lucro, la ruindad moral de los comerciantes de desgracias.

Los 125 estados signatarios del Tratado de Ottawa (1997) llevan destruidas más de 30 millones de minas. Los grandes ausentes de este convenio son Estados Unidos, Rusia y China. Entre tanto, cada año se presentan unas 20.000 víctimas nuevas. Colombia ocupa el cuarto lugar entre los países que afrontan esta calamidad, después de Camboya, Afganistán y Angola.

Se calcula que en los arsenales del planeta existen alrededor de 230 millones de minas. Las sembradas pasan de 110 millones y están listas para explotar en 64 países. Otro dato alarmante revela que después de enterradas, se mantienen activas durante 50 años. Todo esto indica que el universo se ha convertido en un campo minado, no sólo para el presente sino también para el futuro lejano. Hoy, las minas sembradas en el país pueden pasar de 100.000.

Conforme se recrudece la ferocidad de los conflictos armados y se incrementa la ira entre los colombianos, progresa el ímpetu destructor de los grupos subversivos. Según datos del  Observatorio de Minas de la Vicepresidencia, 4.575 personas han sido víctimas de estos atentados entre 1990 y el año actual, la mayoría militares y campesinos (entre ellos, 476 niños). Alrededor del 60 por ciento de los municipios están expuestos a esta acción criminal.

Las minas antipersonales se idearon para mutilar y torturar, más que para matar. En otras palabras, para producir pánico en la población. Hasta esos extremos diabólicos ha llegado la hostilidad del hombre y la agresión de la guerra: su fin primordial es destrozar y amedrentar. Muchos mueren en la explosión, o días después a causa de las heridas, y quienes quedan vivos deben padecer brutales tormentos, tanto físicos como sicológicos.

Con estos atentados se realiza, además, grave daño social al desalojar a los pobladores de sus campos y arrebatarles los medios de subsistencia, con lo cual se merma la producción nacional y se crean situaciones de desempleo y miseria. Los predios rurales, que en otros tiempos fueron fuente de prosperidad e insignia nacional, se han convertido en campos de desolación y muerte.

Juan Passega es otra víctima inocente de este conflicto demencial. Su profesión de ingeniero civil, que ejercía en Bogotá desde años atrás, lo llevó a trabajar como jefe de interventoría de una mina de carbón a cielo abierto ubicada en el municipio de La Jagua de Ibirico (Cesar). Para cumplir su cometido, tuvo que resignarse a visitar a su esposa e hijos sólo por temporadas. Sacrificio enorme, motivado por la oportunidad laboral y por el deseo de prestarle un servicio a la patria en aquella lejana y riesgosa geografía.

Allí sufrió la pérdida del pie izquierdo al pisar una mina. El horror causado por este infortunio no sólo le obnubiló la mente y le conmocionó el espíritu, sino que hoy, en la lenta recuperación, lucha por recobrar el equilibrio emocional y superar la lesión física. Gracias a la valentía de los soldados que acudieron a sacarlo del lugar del accidente junto con otros de sus compañeros de trabajo, lo mismo que a los primeros auxilios recibidos en Valledupar y a los servicios que le presta el Hospital Militar, su caso, por terrible que sea, resulta milagroso. Y por fortuna, remediable.

Como amigo suyo personal, he seguido de cerca –y lo he sentido en lo más hondo del alma– este doloroso episodio de la guerra fratricida que tiene azotada la paz de los colombianos. Estos crímenes de lesa humanidad reclaman una vigorosa acción de todos los países.

“Mi caso –dice Juan Passega– puede ser el primero dentro de la población no campesina y le puede ocurrir a cualquier persona que por el simple hecho de hacer un paseo a cualquier lugar fuera de la ciudad caiga en un campo minado. Todos los colombianos estamos expuestos y no queremos abrir los ojos ante esta realidad”.

El Espectador, Bogotá, 13 de marzo de 2006.
Revista La Píldora, julio-agosto de 2006, Cali.

 * * *

Te agradezco en el alma tus palabras dedicadas a mi caso y el de muchas otras personas. Espero que con esto podamos comenzar a cerrarle las puertas a este mal que tenemos en nuestro país y en el mundo. Juan Passega Avalos, Bogotá.

Te felicito por el artículo y por resaltar el valor y la entereza de nuestro amigo Juan. Jorge Orozco, director de Marketing y Comunicaciones, Synapsis Colombia, Bogotá.

El artículo Campos del terror me abrió la mente a otras realidades que no tenía en perspectiva. Adicional a ser un artículo profundo fue realmente conmovedor. John Ramírez, Bogotá.

Qué buen artículo. Todavía queda mucho por escribir y muchos por recordar. Carlos Eduardo Astrálaga Pertuz, Codensa, Bogotá.

El hombre está empeñado en “convertir la tierra en una lágrima”, al decir de Robledo Ortiz en su Plegaria a San Francisco de Asís. Y tu artículo así lo comprueba. Son estadísticas alucinantes, que roban la tranquilidad y la realidad dolorosísimas que vivimos a diario. Por eso odio la guerra y la violencia, venga de donde viniere, y soy apasionada defensora del perdón, del diálogo, de la búsqueda de caminos de reconciliación. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Lo grave de este problema está esbozado en la última parte de su artículo: no le importa a nadie mientras no sea una víctima, y la mayoría de las víctimas son colombianos anónimos, pobres, ignorantes, explotados por los gamonales y electoreros de turno. Gracias al aprecio por su amigo en desgracia está hoy usted investigando y tratando de hacer algo, pero habrá muchos que no sentirán de cerca la explosión de una mina y seguirán ciegos y sordos ante esta tragedia. Martha Cecilia Sánchez Perdomo (correo a El Espectador).

Categories: Violencia Tags:

Cartas desde la selva

martes, 24 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El cabo Livio Martínez permanece en poder de las Farc desde el 21 de diciembre de 1997, junto con otros militares capturados en el cerro de Patascoy. Claudia Tulcán, su novia de 15 años, lo buscó entre los 11 cadáveres envueltos en bolsas que bajaron de los helicópteros después del combate, pero no lo encontró. En marzo siguiente, la joven recibió una carta donde su novio le contaba que había sobrevivido a la catástrofe y esperaba salir pronto de la prisión para casarse con ella y darle un hogar al hijo que venía en camino.

Embarazada a tan temprana edad, Claudia confiaba en que él regresara en pocos días a cumplir su palabra de matrimonio. Han pasado 6 años y ella ha recibido 23 cartas, que guarda con dolor y cariño en el cofre de su alma esperanzada. La última le llegó hace un año y estaba dirigida al hijo que ya había nacido y había tenido que ser registrado con los apellidos de la madre.

Los actores de este drama, al igual que una larga lista de colombianos, padecen la impiedad de la guerra, monstruo al que nada importan el destrozo de los afectos ni la amargura de los hogares. A lo largo de los tiempos ha sido la guerra el mayor suplicio y la mayor insensatez que ha sufrido la humanidad. La madre prematura, hoy de 21 años, a quien el destino tronchó en plena juventud sus más caros ideales, lucha en medio de su abandono por sostener y educar a su hijo, y al mismo tiempo abrigarle la confianza de que tiene padre, por más que este sea más hipotético que real.

Los 2.300 días corridos desde que la mala suerte le tendió una celada al cabo Martínez representan el mayor oprobio para estas personas separadas de sus seres queridos por la sevicia y la demencia de los torturadores. A mitad del año 2001, cuando se realizó un acuerdo humanitario, volvieron a casa 365 militares, pero la guerrilla retuvo a 32 oficiales y suboficiales, como medio para presionar una ley de intercambio.

Encerrado entre tablas y alambres de púa, al estilo de Hitler, Livio Martínez se ha comunicado con su novia a través de las 23 cartas descubiertas en Pasto por un periodista de El Tiempo, cartas de amor y de tragedia en las que el corazón del cautivo manifiesta bellos sentimientos. En una de ellas le dice:

“Si quieres puedes buscar otra persona que te brinde muchas cosas que yo no he podido brindarte, pues veo que lo mío es muy incierto y sinceramente no me gustaría que no pudieras realizar muchos sueños que tienes”.

Claudia le ha sido fiel y, lejos de desanimarse, le ha contestado con mensajes de esperanza, narrándole de paso las travesuras del pequeño, quien en Navidad, y ante la pregunta sobre lo que deseaba que le trajera de regalo el Niño Dios, respondió que a su papá. Si los dos se ven y se conocen algún día, ya la crueldad habrá dejado en sus almas cicatrices incurables. Y si el encuentro nunca se realiza, su drama será un monumento más que se levantará al odio  que nos legó Caín y que nunca ha dejado de gravitar sobre el destino humano, como una maldición bíblica.

En otra carta, el novio se dirige a Claudia como “la mujer más linda” y le dedica un poema que así comienza: “Quiero ser en tu vida algo más que un instante, / algo más que una sombra y algo más que un afán. / Quiero ser en ti misma una huella imborrable / y un recuerdo constante y una sola verdad”.

Como personas privadas de la libertad y del derecho a la intimidad, todas las cartas que escriben los presos son revisadas por la guerrilla. ¿Qué sentirán los verdugos, que también tienen mujeres e hijos, cuando se enteran de estas tragedias que podrían ser las suyas? La duda está en saber si ellos tienen también sentimientos.

El Espectador, Bogotá, 22 de abril de 2004.

Categories: Violencia Tags: