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Los fantasmas de Guayacanal

martes, 1 de octubre de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Conforme avanzaba yo por Guayacanal, la reciente novela de William Ospina editada por Panguin Random House, surgía de la entraña de los montes y del encanto de los paisajes un mundo alucinante. Son 248 páginas movidas por el asombro, el embrujo y la poesía. Lo que el novelista sintió al descubrir la historia de sus bisabuelos lo transmitió con autenticidad para que el lector sintiera su propia emoción, como si fuera un miembro más del grupo de colonos que a mediados del siglo XIX salió de Sonsón, Antioquia, a descuajar montañas en las tierras vírgenes del norte de Tolima.

Esta corriente de antioqueños sintió el deseo de buscar un nuevo mundo más allá de  los horizontes azarosos. Era preciso desafiar los peligros si querían obtener las riquezas que se escondían en el territorio indómito. Los seducían las guacas en que los indígenas habían enterrado sus tesoros, y sabían que en la exuberancia de las tierras baldías estaba el futuro para ellos y sus descendientes.

Largos días transcurrieron en medio de grandes penalidades. Caminaron sometidos a las enfermedades de la selva, el hambre y el asalto de las fieras, antes de llegar a la tierra presentida. Benedicto, el bisabuelo, hombre duro y visionario, puso el pie firme en el terreno conquistado y ayudó a Rafaela, su mujer formidable, a desfilar por entre matorrales y laderas de horror. No supo cómo hicieron para atravesar la hondonada que carecía de puente, para llegar a la finca, ni qué espíritu lo iluminó para saber que aquella tierra sería la futura morada.

Lo que sí tuvo claro fue el encuentro de una plantación de guayacanes, y ahí mismo resolvió que el predio se llamaría Guayacanal. El nombre pasó de generación en generación hasta el día de hoy, y el escritor, que siempre había soñado con rescatar la memoria de sus antepasados, con ese título bautizó la novela. Manera genuina para sacar del olvido las historias fantásticas y crear de paso otro pueblo mítico, como Tipacoque, Comala o Macondo.

En este contorno tolimense se retrata, por otra parte, la historia del país. Se pinta el éxodo de gentes sencillas y laboriosas manejadas por la aventura y el ansia de progreso. En su tránsito por otras latitudes fundaban pueblos y sembraban sus propias raíces. La colonización antioqueña es un hecho histórico que definió la suerte de varias comunidades y formó núcleos familiares que impulsaron la vida social de pueblos y regiones.

En Guayacanal se estrechó la convivencia de varias familias –mejor: de una sola familia con diversas ramificaciones– en medio de sudores, esfuerzos, penas y alegrías. La novela se encarga de revivir el pasado, y en sus páginas vibran la música, los tiples, los tangos, los amores y desamores de antaño. Allí se vivieron largos días de paz, pero en los años 50 estalló en los alrededores, y en el país entero, el fragor de la violencia, del odio y las pasiones. Famosos bandoleros surgieron en la zona y acabaron con la paz edénica.

Guayacanal es Colombia. Es la patria de todos, vapuleada por la insania y la maldad humana. Estos reflejos agitaban la mente del novelista, y este no recobró el sosiego hasta dialogar con sus propios fantasmas –los de la finca y los de su espíritu–, para saber sobre sus ancestros. Y forjó su novela, la más personal de todas, escrita con magia, pulso sereno, alegría y ánimo emotivo, con la que muestra una época y una familia fabulosa.

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El Espectador, Bogotá, 28-IX-2019.
Eje 21, Manizales, 27-IX-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 29-IX-2019.

Comentarios

Guayacanal es la memoria de un país que se mueve entre el olvido y el miedo. Es una radiografía de una sociedad que no ha nacido para ser país. Tan solo somos intentos fallidos. Sin embargo, sus gentes son el tesoro y su territorio, aunque violado constantemente, aún da la esperanza y el compromiso de quedarse para insistir en el arado y el abono en pro de un país mejor. Gracias, William Ospina: la historia es una buena vieja que nos invita a dialogar con el tiempo vivido y los sueños por cumplir. a.puentes (correo a El Espectador).

Bella y sentida columna sobre la hermosa novela-reportaje Guayacanal del escritor grande, William Ospina. Carlos-Enrique Ruiz, Manizales.

Información explícita y concisa acerca de Guayacanal. He leído varios libros de Ospina y me encanta su forma de pensar, expresar y describir. Además, su amplio conocimiento de la Historia se refleja en ellos para deleite del lector. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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Revelaciones de un suicidio

martes, 9 de julio de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El escritor y comunicador social Alister Ramírez Márquez, nacido en Armenia, reside hace tres décadas en Estados Unidos, donde se desempeña como catedrático en una universidad de Nueva York. Es autor del libro de cuentos Los vendedores, y de las novelas Mi vestido verde esmeralda, Los sueños de los hombres se los fuman las mujeres y Si el sueño no me vence.  

Esta última obra, de reciente edición, lleva como subtítulo Revelaciones de un suicidio. La historia se inicia en el Batallón Cisneros de Armenia, donde un grupo de muchachos presta el servicio militar. Uno de ellos muere en extraña circunstancia, y años después, en una conversación que tiene lugar en el Parque Central de Nueva York, surge la duda sobre su posible suicidio. Al avanzar el relato, la novela adquiere ribetes policíacos y de suspenso.

Como habitante que fui de Armenia en las décadas del 70 y el 80 del siglo pasado, me llama la atención encontrarme con pinturas reales de la ciudad y con la mención de algunos personajes locales. Comenzaban entonces a formarse los barrios La Campiña y La Castellana, con residencias de lujo para la clase adinerada, en contraste con otros barrios aledaños de inferior nivel. La obra establece cierta distinción de clases, pero los vicios que comienzan a irrumpir penetran en todos los sectores, incluso en la vida de los campos.

Un día Armenia se ve invadida por la marihuana y la cocaína, y de esta manera se distorsiona la recta conducta de otros días. Con la llegada de Carlos Lehder viene el derrumbe de la sociedad. Los efectos repercuten en todo el contorno, y también, por supuesto, en el grupo de los reclutas. Una nueva generación se entrega a los placeres de la vida fácil brindados por el capo de las drogas y corruptor de la moral pública.

Entre la bebida, la droga y la vida concupiscente –con el suicidio de quien se ahorca en un árbol del Parque de los Fundadores y de un grupo de alocados jovenzuelos que se destrozan en un carro de alta gama–, ya la ciudad está desfigurada. Igual panorama lo  enfoca mi novela La noche de Zamira, que se mueve entre los embelecos de la bonanza cafetera y deja entrever la naciente descomposición que se veía llegar en los años 70.

No sé si los lectores del libro de Alister Ramírez han visto, con el mismo patetismo que yo lo vi, el drama del suicidio que desde hace mucho tiempo conmociona a la sociedad quindiana. Este, sin duda, es el mayor derrotero de su obra. Cabe recordar que el Quindío ocupa desde hace mucho tiempo el primero o el segundo lugar en las cifras  del suicidio en Colombia. En los años 30 del siglo pasado funcionó en Armenia el Club de los Suicidas, según relato que hizo la revista Semana.

En esta novela está claro que los sucesos corresponden a la Armenia tranquila que el escritor conoció antes de radicarse en Estados Unidos, y luego a la Armenia deformada bajo el imperio de las drogas malditas. Fuera del suicida del parque hay tres casos más en la familia Patiño: el abuelo, el hijo y el nieto. La narración, macabra e impactante, refleja una dolorosa realidad que no puede ignorarse.

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El Espectador, Bogotá, 6-VII-2019.
Eje 21, Manizales, 5-VII-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 7-VII-2019.

Comentarios 

Diste en el punto clave porque el tema tiene que ver con el suicidio, sobre todo en esta región, y las cifras tan alarmantes. Por lo pronto no existen políticas claras de salud mental para hablar y buscar soluciones. Supongo que fuiste testigo del derrumbe de Armenia y conociste a muchos de estos personajes y familias. Tienes los conocimientos históricos y literarios para analizar esa parte de la vida quindiana. Alister Ramírez Márquez, Manhattan.

Me causó mucho pesar  la existencia de ese triste contraste entre el Quindío tranquilo y apacible de hace unos años, con el actual. Qué lástima esa pérdida de valores, de moral y de vidas que las malditas drogas alucinógenas y similares han generado en la sociedad quindiana. Duele saber que teniendo tantas cosas positivas, la maldad y las actividades torcidas hayan podido cambiar ese encanto. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

El suicidio es la última de las opciones para quienes siempre les vemos solución a los problemas, pero son muchas las mentes tristes y acorraladas que buscan esta dura salida. Armenia se contaminó de dañinas sustancias, de vida fácil y de pocos principios que buscaban la peor de las salidas, que es terminar la vida, lo que solo debe depender del momento que Dios tenga para cada uno. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Me pregunto por qué no se ha dado una mayor promoción a los cementerios libres de Circasia y Montenegro como referentes históricos regionales. Haces memoria del Club de los Suicidas de 1930, vieja leyenda que creo tiene algunos visos de verdad y que debe tener algún antecedente que dé una luz sobre el porqué de las estadísticas anormales en esta materia. Luis Fernando Jaramillo Arias, Bogotá.

Respuesta. Fui amigo de Braulio Botero Londoño, el fundador del Cementerio Libre de Circasia, y con él conversé muchas veces al respecto. Y publiqué varios artículos sobre la obra. La Iglesia católica negaba a comienzos del siglo XX la sepultura a los suicidas, y este fue uno de los motivos para la fundación del Cementerio Libre. El suicidio en el Quindío ha sido una dolorosa realidad, un grave problema de salud pública, y las autoridades no han logrado resolver esta calamidad. Gustavo Páez Escobar.

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El viento de Aranzazu

miércoles, 23 de enero de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Qué motivo tuvo José Miguel Alzate para llamar San Rafael de los Vientos a Aranzazu? Con dicho nombre bautizó su reciente novela en la que presenta una alegoría de su patria chica. Se me ocurre pensar que mediante esta poética insignia se propuso regresar a la niñez y la juventud vividas en medio de la exuberancia de la montaña y frente a la tersura de las madrugadas y el embrujo de los atardeceres de Aranzazu.

Y como parte de ese escenario edénico, el sonido del viento… El viento es un ser sobrenatural, que camina, vuela, habla, refresca el ambiente y el espíritu. El viento de Aranzazu, que desde siempre se quedó anidado en el alma del escritor, le irradia embeleso. Le produce alegría. Y él trasmite esas emociones al lector. A veces el viento se enfurece, pero luego se aplaca. Con eso, le enseña al hombre a moderar sus pasiones y obrar con serenidad.

El viento es vida, armonía, entusiasmo. Y tiene color. Eso es la novela de José Miguel Alzate: una cadena de gratas reminiscencias. Es la propia existencia la que desfila por estas páginas memoriosas. Dijo Antonio Machado: “Abril sonreía. Yo abrí las ventanas / de mi casa al viento… El viento traía / perfumes de rosas, doblar de campanas”.

Además, tiene esencia femenina. La poetisa Laura Victoria, al recordar las muchachas de su pueblo, las evoca como “compañeras del viento, / que juegan con las flores / y bajan las pestañas / cuando el aire las besa / y les alza la falda / de pespuntados vuelos”. Este viento travieso y coquetón corre por todas partes, y en Aranzazu es un emblema del contorno bucólico.

Todo lo que pasa en la historia de un pueblo ocurre en San Rafael de los Vientos. Aquí se agitan, conforme se avanzan páginas, los problemas sociales, los vicios públicos, los abusos de las autoridades. Se percibe la comunidad pacata de todas las latitudes, la que peca y reza, enamora y traiciona, se santigua y luego se olvida de las buenas intenciones. De otro lado, surgen las rectas conductas y los sueños vivificantes. Se rememoran los días de la colonización antioqueña y el esfuerzo creador de los arrieros. Nos acordamos entonces de que estamos en Aranzazu.

¿Por qué, unido al nombre del pueblo, está Rafael el santo? Supongo que el arcángel, patrono de los enfermos y los peregrinos, es, junto con el viento, un oráculo de la población. En viejas épocas, Aranzazu era conocida como “la ciudad levítica de Caldas” en razón del número de clérigos que de allí salía. Al fique, otra de sus preseas, se le rinde tributo en la Fiesta de la Cabuya que se celebra cada año.

En San Rafael de los Vientos la vida transcurre con amor, sosiego y poesía. Una nómina esclarecida de escritores y periodistas realza la historia local: César Montoya Ocampo, José Miguel Alzate, Javier Arias Ramírez, Uriel Ortiz Soto, los cuatro hermanos Zuluaga Gómez, Jorge Ancízar Mejía, Rubén Darío Toro, Pedro Nel Duque González –Crispín–, Carlos Ramírez Arcila, Juan de Dios Bernal.

Hace años, en viaje con Otto Morales Benítez hacia su finca Don Olimpo, en Filadelfia, pasé por Aranzazu y quedé fascinado con sus paisajes y la calidez de la gente. Hoy regreso a la población mítica –donde “se ama, se vive y se espera”, según el eslogan de José Miguel Alzate–. Me trae el viento seductor de esta apasionante novela.

El Espectador, Bogotá, 19-I-2019.
Eje 21, Manizales, 18-I-2019.
La Crónica del Quindío, 20-I-2019.
El Caldense, Aranzazu, 20-I-2019.

Comentarios 

San Rafael es el nombre de una vereda de Aranzazu donde ventea mucho. Era adonde yo iba en vacaciones cuando era niño. Esa misma  pregunta me la hizo Juan Gossaín. Yo le respondí lo mismo que a él le respondió García Márquez cuando le preguntó por qué en una película utilizó el nombre de San Bernardo del Viento: porque es un nombre inspirador, muy bonito. Yo le dije a Gossaín que por ese San Bernardo del Viento fue que yo titulé así mi novela. José Miguel Alzate, Manizales.

No en vano el viento es una alegoría etérea y real en la vida del hombre, del hombre sensible que lo sabe sentir y apreciar. Tampoco es  fortuito que en poesía, como lo mencionas en el caso de Laura Victoria, este se campee en los versos de ella y de muchos poetas que han sentido su caricia y su ausencia. Los libros que recogen memorias de la infancia y de la juventud, como creo es el caso del escritor Alzate, tienen el tinte del recuerdo y la nostalgia que como la llama de una vela, se mecen perennes en el recuerdo y se hacen presentes y gozosos en la edad madura.  Inés Blanco, Bogotá.

La misteriosa casa de Manuel Mujica

miércoles, 28 de noviembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Durante varios meses estuve buscando en las librerías de Bogotá la novela La casa, de Manuel Mujica Láinez, agotada desde años atrás. Hasta que al fin apareció un ejemplar en la librería Torre de Babel, bien conservado a pesar de los 30 años de su existencia. Este libro, salido en 1988, pertenece a la décima edición efectuada por Editorial Sudamericana (la primera fue en 1954).

Es una de las novelas más sugestivas de la literatura argentina, cuya acción se desarrolla en una suntuosa casa señorial construida a fines del siglo XIX y situada en la calle Florida de Buenos Aires. Sus propietarios son el influyente senador don Francisco y su esposa doña Clara, padres de 4 hijos, y protagonistas todos de singulares sucesos que cautivan la atención del lector.

En realidad, el principal actor de las varias historias que narra el novelista es la noble casona,  convertida en un ser con vida propia, que habla, ríe, sufre, presencia hechos horrendos, se recuesta en su pasado de glorias y se duele de su demolición inevitable. Hay momentos en que se escuchan voces estremecidas entre las paredes que van flaqueando, y surgen reales fantasmas que brotan de la propia intimidad de quienes habitan la residencia. O las residencias, porque todos llevamos una casa a cuestas.

Esta casa de Manuel Mujica es, cómo no, el grito silenciado que se esconde en el alma cuando volvemos al pasado y nos enfrentamos a las sombras inocultables. Al iniciarse la novela, la casa nos pone en sintonía de lo que va a pasar: “Soy vieja, revieja. Tengo 68 años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día”. Sí: la están matando, la están desmantelando y descuartizando, la están despojando de sus lustres y sus pergaminos, para volverla el esqueleto que pronto llegará a ser. Pero antes dirá su verdad.

Ella ha presenciado un crimen que nadie vio –el crimen del balcón– y capta el drama del hijo loco. Por eso, clama con furor enardecido cuando se inclina alguna columna y tapa la realidad. Ella sabe de las lujurias cometidas en los cuartos cómplices; de las intrigas, los chismes y los enredos de la esclarecida familia; de las infidelidades urdidas en el secreto de las alcobas; de los pecados cuyo eco por la casona solo ella percibe, lo abomina y le eriza la piel.

Mientras tanto, resuena el carnaval que sacude a la ciudad y se siente con mayor ímpetu en la inquieta calle Florida, frente a la residencia patricia. La casa, aquí y en todas partes, hoy y siempre, es un termómetro de la conciencia. Es el reflejo de lo que llevamos adentro. En eso reside la magia de Manuel Mujica al escribir su obra cumbre.

El escritor nació en Buenos Aires en 1910 y murió en La Cumbre, Córdoba, en 1984. Sobresalió como crítico de arte, periodista y novelista. Su obra narrativa, con fondo histórico, ocupa puesto destacado en la literatura argentina. Venía de una familia aristocrática, con raíces de los fundadores de la nación. Después de residir varios años en Europa regresó a su país y se dedicó a la escritura de sus libros. Su prosa es amena, fluida, seductora.

La casa fue escrita entre enero y agosto de 1953, y editada en 1954. Por lo tanto, lleva 64 años de vida, casi la misma edad del autor. Las casas literarias no mueren, como sucede con las físicas: estas se derrumban bajo el peso de los años, y en cambio las literarias sobreviven en los ejemplares que no logra destruir el tiempo, como este que estaba guardado en una librería de viejo y ha motivado la presente columna.

Clara, la esposa del senador, es personaje pintoresco, encantador. Mujer bella y elegante en su juventud, fue perdiendo el encanto físico hasta volverse glotona y obesa. La pasión por el dulce le formó una figura caricaturesca, que no la estorbaba. Genial en sus gustos y disgustos. Siempre se mantuvo vanidosa, autoritaria, intrigante. Su presencia se siente a lo largo de toda la novela. Va y viene. Ya muerta, vuelve muchas veces a las páginas que avanzan, como queriendo decir que no se resignaba al olvido ni dejaba perder su esencia femenina.

La novela está considerada como una alegoría política e histórica de la Argentina. Cuando fue escrita en 1953, Eva de Perón llevaba un año de muerta, y el gobierno de su marido entraba en la decadencia. Muchos de los sucesos que se describen encarnan lo que acontecía en la vida real del país. Hay símiles impresionantes. El derrumbe de la casa es el derrumbe de la Argentina.

El Espectador, Bogotá, 23-XI-2018.
Eje 21, Manizales, 23-XI-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-XI-2018.

Comentario 

Esta crónica de la novela argentina deja una misteriosa sensación de interés y curiosidad. Los ambientes de la Argentina de antaño y ese tipo de literatura e historia me han encantado. Algo así como de  Hugo Wast. Elvira Lozano Torres, Tunja.

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Jirones de niebla

miércoles, 24 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(prólogo)
Niebla 

A Fabricio Perdomo no se le borrará de la mente la imagen fantasmal en la que  fueron abatidos el día de elecciones, en la plaza del pueblo, tres vecinos por un soldado atemorizado ante la turba enfurecida. Era apenas un niño. Con el correr de los años, muchas veces se sentirá solitario en el balcón desde el que presenció esa escena de terror, imposible de olvidar.

En 1948, a raíz de la muerte de Gaitán, se vivía una de las convulsiones más atroces de la violencia fratricida que no ha dejado de azotar a Colombia desde los días de la Independencia. Era época de bárbaras naciones originada, bajo la ley del talión, por los odios atizados por el fanatismo político y religioso. El contubernio entre clero y política generó uno de los estados más funestos de la vida colombiana.

Tiempo, además, regido por la mojigatería y la hipocresía fomentadas por el poderoso dominio patriarcal de que dan cuenta las crónicas de la época. Bajo esa atmósfera de falsedad, opresión y simulación, a la familia se le nubló el horizonte. Y la sociedad perdió su rumbo. En el ámbito hogareño prevalecía la falta de libertad para que la mujer opinara y escogiera sus propios caminos del amor.

Colombia vivía el período tenebroso de la violencia encarnizada que ponía muertos a granel en los dos partidos tradicionales. Hasta el balcón de la plaza llegó el eco de los disparos, y a partir de entonces Fabricio Perdomo comenzó a captar la realidad nacional y a sufrir la dureza de su destino.

Por estas páginas, movidas –como debe suceder en la novela– por la realidad y la ficción, corren sucesos de distorsión social y desasosiego familiar, y también, por supuesto, de lucha, esfuerzo, amor y esperanza. Así es la vida.

Palmasola, que es cualquiera de los municipios del país, dibuja una época. El eje de esta historia, o de las varias historias narradas, es una casa solariega que ha resistido la embestida del tiempo y emerge entre la niebla de los años como un emblema del pasado y una reflexión para el futuro.   

Bogotá, octubre de 2018

Comentarios

Me ha atrapado tu jirón de niebla, narrado en un lenguaje limpio, castigado, sencillo, difícil de encontrar por estas calendas. Ya casi termino de leer tu relato. Pero el mejor homenaje es que tu niña nieta vaya adelante en la lectura de la mano de su abuelo ¡Qué maravilla! Augusto León Restrepo, Bogotá.

La lectora está muy linda, se ve cómo tiene cautivado al abuelo con su encanto. Es muy posible que herede las dotes de escritor del abuelo. De verdad, los abuelos nos renovamos a través de nuestros nietos. Elvira Lozano Torres, Tunja.

¡Valeria está preciosa! La foto no podía ser más bella: la guardé. No me extraña en absoluto que tu novela consiga la valoración que merece; tu narrativa es muy agradable y, además, la trama es tan cierta como la vida misma. Muestras al ser humano en su dimensión con sus trazos de luz y de opacidad permanentes. Esperanza Jaramillo, Armenia.

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