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La misteriosa casa de Manuel Mujica

miércoles, 28 de noviembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Durante varios meses estuve buscando en las librerías de Bogotá la novela La casa, de Manuel Mujica Láinez, agotada desde años atrás. Hasta que al fin apareció un ejemplar en la librería Torre de Babel, bien conservado a pesar de los 30 años de su existencia. Este libro, salido en 1988, pertenece a la décima edición efectuada por Editorial Sudamericana (la primera fue en 1954).

Es una de las novelas más sugestivas de la literatura argentina, cuya acción se desarrolla en una suntuosa casa señorial construida a fines del siglo XIX y situada en la calle Florida de Buenos Aires. Sus propietarios son el influyente senador don Francisco y su esposa doña Clara, padres de 4 hijos, y protagonistas todos de singulares sucesos que cautivan la atención del lector.

En realidad, el principal actor de las varias historias que narra el novelista es la noble casona,  convertida en un ser con vida propia, que habla, ríe, sufre, presencia hechos horrendos, se recuesta en su pasado de glorias y se duele de su demolición inevitable. Hay momentos en que se escuchan voces estremecidas entre las paredes que van flaqueando, y surgen reales fantasmas que brotan de la propia intimidad de quienes habitan la residencia. O las residencias, porque todos llevamos una casa a cuestas.

Esta casa de Manuel Mujica es, cómo no, el grito silenciado que se esconde en el alma cuando volvemos al pasado y nos enfrentamos a las sombras inocultables. Al iniciarse la novela, la casa nos pone en sintonía de lo que va a pasar: “Soy vieja, revieja. Tengo 68 años. Pronto voy a morir. Me estoy muriendo ya, me están matando día a día”. Sí: la están matando, la están desmantelando y descuartizando, la están despojando de sus lustres y sus pergaminos, para volverla el esqueleto que pronto llegará a ser. Pero antes dirá su verdad.

Ella ha presenciado un crimen que nadie vio –el crimen del balcón– y capta el drama del hijo loco. Por eso, clama con furor enardecido cuando se inclina alguna columna y tapa la realidad. Ella sabe de las lujurias cometidas en los cuartos cómplices; de las intrigas, los chismes y los enredos de la esclarecida familia; de las infidelidades urdidas en el secreto de las alcobas; de los pecados cuyo eco por la casona solo ella percibe, lo abomina y le eriza la piel.

Mientras tanto, resuena el carnaval que sacude a la ciudad y se siente con mayor ímpetu en la inquieta calle Florida, frente a la residencia patricia. La casa, aquí y en todas partes, hoy y siempre, es un termómetro de la conciencia. Es el reflejo de lo que llevamos adentro. En eso reside la magia de Manuel Mujica al escribir su obra cumbre.

El escritor nació en Buenos Aires en 1910 y murió en La Cumbre, Córdoba, en 1984. Sobresalió como crítico de arte, periodista y novelista. Su obra narrativa, con fondo histórico, ocupa puesto destacado en la literatura argentina. Venía de una familia aristocrática, con raíces de los fundadores de la nación. Después de residir varios años en Europa regresó a su país y se dedicó a la escritura de sus libros. Su prosa es amena, fluida, seductora.

La casa fue escrita entre enero y agosto de 1953, y editada en 1954. Por lo tanto, lleva 64 años de vida, casi la misma edad del autor. Las casas literarias no mueren, como sucede con las físicas: estas se derrumban bajo el peso de los años, y en cambio las literarias sobreviven en los ejemplares que no logra destruir el tiempo, como este que estaba guardado en una librería de viejo y ha motivado la presente columna.

Clara, la esposa del senador, es personaje pintoresco, encantador. Mujer bella y elegante en su juventud, fue perdiendo el encanto físico hasta volverse glotona y obesa. La pasión por el dulce le formó una figura caricaturesca, que no la estorbaba. Genial en sus gustos y disgustos. Siempre se mantuvo vanidosa, autoritaria, intrigante. Su presencia se siente a lo largo de toda la novela. Va y viene. Ya muerta, vuelve muchas veces a las páginas que avanzan, como queriendo decir que no se resignaba al olvido ni dejaba perder su esencia femenina.

La novela está considerada como una alegoría política e histórica de la Argentina. Cuando fue escrita en 1953, Eva de Perón llevaba un año de muerta, y el gobierno de su marido entraba en la decadencia. Muchos de los sucesos que se describen encarnan lo que acontecía en la vida real del país. Hay símiles impresionantes. El derrumbe de la casa es el derrumbe de la Argentina.

El Espectador, Bogotá, 23-XI-2018.
Eje 21, Manizales, 23-XI-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 25-XI-2018.

Comentario 

Esta crónica de la novela argentina deja una misteriosa sensación de interés y curiosidad. Los ambientes de la Argentina de antaño y ese tipo de literatura e historia me han encantado. Algo así como de  Hugo Wast. Elvira Lozano Torres, Tunja.

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Jirones de niebla

miércoles, 24 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(prólogo)
Niebla 

A Fabricio Perdomo no se le borrará de la mente la imagen fantasmal en la que  fueron abatidos el día de elecciones, en la plaza del pueblo, tres vecinos por un soldado atemorizado ante la turba enfurecida. Era apenas un niño. Con el correr de los años, muchas veces se sentirá solitario en el balcón desde el que presenció esa escena de terror, imposible de olvidar.

En 1948, a raíz de la muerte de Gaitán, se vivía una de las convulsiones más atroces de la violencia fratricida que no ha dejado de azotar a Colombia desde los días de la Independencia. Era época de bárbaras naciones originada, bajo la ley del talión, por los odios atizados por el fanatismo político y religioso. El contubernio entre clero y política generó uno de los estados más funestos de la vida colombiana.

Tiempo, además, regido por la mojigatería y la hipocresía fomentadas por el poderoso dominio patriarcal de que dan cuenta las crónicas de la época. Bajo esa atmósfera de falsedad, opresión y simulación, a la familia se le nubló el horizonte. Y la sociedad perdió su rumbo. En el ámbito hogareño prevalecía la falta de libertad para que la mujer opinara y escogiera sus propios caminos del amor.

Colombia vivía el período tenebroso de la violencia encarnizada que ponía muertos a granel en los dos partidos tradicionales. Hasta el balcón de la plaza llegó el eco de los disparos, y a partir de entonces Fabricio Perdomo comenzó a captar la realidad nacional y a sufrir la dureza de su destino.

Por estas páginas, movidas –como debe suceder en la novela– por la realidad y la ficción, corren sucesos de distorsión social y desasosiego familiar, y también, por supuesto, de lucha, esfuerzo, amor y esperanza. Así es la vida.

Palmasola, que es cualquiera de los municipios del país, dibuja una época. El eje de esta historia, o de las varias historias narradas, es una casa solariega que ha resistido la embestida del tiempo y emerge entre la niebla de los años como un emblema del pasado y una reflexión para el futuro.   

Bogotá, octubre de 2018

Comentarios

Me ha atrapado tu jirón de niebla, narrado en un lenguaje limpio, castigado, sencillo, difícil de encontrar por estas calendas. Ya casi termino de leer tu relato. Pero el mejor homenaje es que tu niña nieta vaya adelante en la lectura de la mano de su abuelo ¡Qué maravilla! Augusto León Restrepo, Bogotá.

La lectora está muy linda, se ve cómo tiene cautivado al abuelo con su encanto. Es muy posible que herede las dotes de escritor del abuelo. De verdad, los abuelos nos renovamos a través de nuestros nietos. Elvira Lozano Torres, Tunja.

¡Valeria está preciosa! La foto no podía ser más bella: la guardé. No me extraña en absoluto que tu novela consiga la valoración que merece; tu narrativa es muy agradable y, además, la trama es tan cierta como la vida misma. Muestras al ser humano en su dimensión con sus trazos de luz y de opacidad permanentes. Esperanza Jaramillo, Armenia.

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La avaricia seca el alma

martes, 10 de julio de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Eugenia Grandet (París, 1833) está considerada la mejor novela de Balzac. A pesar de los 185 años que han transcurrido, se mantiene como una de las obras clásicas más leídas de la literatura universal. En la edición publicada por Gervais Charpentier en 1839, el autor la dedica a  María du Fresnay, que había sido su amante y con quien tuvo una hija (el único hijo que se le conoce), en cuya familia representó buena parte del desarrollo de la obra. Dostoievski la tradujo al ruso en 1843.

Balzac sacaba sus personajes de los escenarios franceses que él vivía con tanta intensidad, y los hacía figurar en la serie La comedia humana, de la que hace parte esta obra maestra. ¿A qué se debe la vigencia de Eugenia Grandet? A que sus verdades están vivas. Y por supuesto, a la destreza del escritor para pintar con gran realismo el eterno drama de la avaricia.

Este argumento ya lo había tratado Molière en la comedia El avaro, estrenada en París en 1668, cuyo tema central es el de la avaricia extrema encarnada por Harpagón. Esto mismo ocurre con Félix Grandet, protagonista de la novela de Balzac. Ambas creaciones perduran como imágenes  emblemáticas de uno de los vicios más nefastos del ser humano, que se da en todas partes y en todas las capas sociales, y que es comparable a la envidia.

La circunstancia de que ambos autores y los ambientes utilizados para sus producciones sean franceses hace mostrar aquella sociedad como modelo genuino de la condición humana. Se llevaban una diferencia de 177 años de edad (Molière nació en enero de 1622 y Balzac en mayo de 1799), y cada cual extrajo de su época turbulentos sucesos del mundo que se movía a su alrededor. Son retratistas geniales de su tiempo.

Félix Grandet, tonelero retirado y dueño de próspera situación económica, no se conformaba con lo que tenía e hizo creer a su mujer y a su hija Eugenia todo lo contrario: que estaban en la ruina y que por eso era preciso controlar los gastos al máximo, restringir la comida y privarse de la compra de ropa y otros gustos superfluos. Vivían en una casa destartalada que se caía a pedazos, y él mismo se encargaba de vigilar el consumo hasta de las cosas más elementales.

Mientras tanto, se solazaba amasando su dinero, y sufría cuando no aumentaba con la velocidad que deseaba. “El avariento jamás se saciará; y el que ama las riquezas ningún fruto sacará de ellas”, dice el Eclesiastés. Según Erich Fromm, “la avaricia y la paz se excluyen mutuamente”.

Algunos hombres descubren la riqueza del señor Grandet y pretenden casarse con su hija, como el mejor partido, pero él los ahuyenta. Pasado el tiempo, el avaro se enferma de gravedad y en medio de la obnubilación de la mente le dice a su hija: “¡Vigila el oro! ¡Pon oro delante de mí!”… Anota la novela que “Eugenia le colocaba algunos luises sobre la mesa y el viejo permanecía horas enteras con los ojos fijos en los luises”. Muere en forma miserable, y Eugenia recibe toda la fortuna, que a ella no hacía feliz, y la destina para hacer obras sociales.

El Espectador, Bogotá, 6-VII-2018.
Eje 21, Manizales, 6-VII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 8-VII-2018.

Comentario

La avaricia es más que un vicio, una terrible enfermedad que literalmente, como lo expresa el título del artículo, seca el alma de quien la padece. Conocí el triste caso de un hombre rico, propietario de varias gasolineras, que vivía solo con su perro en una casucha en el sur de Bogotá para evitar gastos. El día menos pensado el hombre desapareció y alguien informó que de la casa donde vivía salía un fétido olor. Pues el hombre había muerto hacía varios días y el perro hambriento había empezado a devorar su cadáver. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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La prima Bette

martes, 6 de marzo de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En mi época adolescente compré en Tunja la colección Grandes novelas de la literatura universal, de Ediciones Jackson (Buenos Aires), compuesta por 32 volúmenes y 63 novelas. Estos preciosos libros, de pasta dura color verde y letras y signos artísticos estampados en el lomo, han estado conmigo desde entonces.

Esas fueron mis primeras lecturas, bastante alborotadas, y han sido relecturas recurrentes a lo largo de los años. En mis albores en Tunja, incitado por las historias alucinantes que brotaban de aquella serie bibliográfica, escribí, a los 17 años, mi propia novela: Destinos cruzados, prematuro ensayo de juventud (o sea, de emoción y espontaneidad) que en 1987 adaptó Fernando Soto Aparicio como telenovela. Con esa obra inició RCN sus telenovelas nacionales.

En el sello de la Jackson están recogidas grandes obras clásicas, comenzando por Cervantes y la novela picaresca española. Y desfilan las literaturas francesa, rusa, inglesa, portuguesa, alemana… con títulos como Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; La cartuja de Parma, de Stendhal; Madame Bovary y Salambó, de Flaubert; Werther, de Goethe; Crimen y castigo, de Dostoievski; Germinal, de Zola; Los campesinos, de Chéjov; Las almas muertas, de Gogol; Manón Lescaut, del abate Prévost; Dafnis y Cloe, de Longo; Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; El padre Goriot y La prima Bette, de Balzac…

En estos días volví a encontrarme con La prima Bette. Personaje grandioso de Balzac que es símbolo de la envidia. Por lo tanto, se halla en todas partes. Y se esconde dentro de nosotros mismos. Ideada como novela corta, Balzac la amplió hasta convertirla en una de sus obras más extensas (453 páginas de la edición que poseo).

Comenzó a escribirla en junio de 1846 y la terminó en noviembre del mismo año. Está considerada su última gran obra. Era escritor incansable y compulsivo, que dedicaba a dicha labor hasta 15 horas diarias (a veces transcurrían hasta 40 horas continuas) y pasaba las noches bajo el estímulo de constantes tazas de café negro. Ese régimen minó sus energías y explica su muerte temprana a los 51 años (agosto de 1850). Elaboró cerca de 95 novelas, fuera de gran cantidad de relatos cortos, obras de teatro y artículos de prensa.

Forjó a Bette en su propia madre, con quien llevó relaciones frías y distantes; en la poetisa Marceline Desbordes-Valmore, que tuvo una vida agitada por el odio y las desgracias, y en la tía Rosalie, otra existencia también tormentosa. “Novela terrible”, declaró el autor. De tales prototipos sacó un compuesto adecuado para plasmar el alma de la prima solterona que ambicionaba casarse, sin lograrlo, y que se llenó de envidia y rencor hasta destruir una familia.

Muchas Bettes pululan en la vida cotidiana. Tal enfermedad la sufren por igual hombres y mujeres, ya que la envidia es la pasión más arraigada en la naturaleza humana. Caín mató a Abel por envidia. La historia de Balzac discurre a mediados del siglo XIX y calca el ambiente parisiense de vicios, desvíos morales y poder del dinero, sin desconocer la virtud y el mérito de la gente respetable.

Pinta la sociedad de todos los tiempos, porque ni el mundo ni el hombre cambian. Novela de nuestros días, a pesar de los 171 años que han corrido. Dijo André Maurois: “Balzac no ha escrito nada más atroz ni más bello”.

El Espectador, Bogotá, 2-III-2018.
Eje 21, Manizales, 2-III-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 4-III-2018.
Mirador del Suroeste, n.° 69, Medellín, octubre de 2019.

Comentarios

Bien traída la remembranza de los inicios en Tunja, base de su cultura literaria. Balzac, todo un genio en la tarea de describir, en  algunos de sus personajes, las debilidades humanas. ¿Qué tal la avaricia personificada en el padre de Eugenia Grandet, otra de sus famosas novelas? Gustavo Valencia, Armenia.

Uno de los grandes de la literatura universal, Balzac, nos regala una obra multidimensional en La prima Bette. Desafortunadamente los jóvenes de hoy poco leen. matjos03 (correo a El Espectador).

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Los estragos de la envidia

miércoles, 18 de octubre de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Miguel de Unamuno (1864-1936) fue el escritor y filósofo español más destacado de su generación. Ocupó tres veces la Rectoría de la Universidad de Salamanca. El último período se inició en 1931 y concluyó en octubre de 1936, cuando fue destituido por orden de Franco y condenado a arresto domiciliario. Agobiado por      el desespero, la tristeza y la soledad, murió tres meses después, el 31 de diciembre, en forma repentina.

Su pensamiento político lo mantuvo enfrentado a la República española por la división social originada en los comienzos del siglo. En 1917 escribió la novela Abel Sánchez, obra brevísima, y densa en ideas. En ella dibuja la anatomía de la envidia, basado en la historia de Caín y Abel, y crea dos personajes modernos, similares a los bíblicos: Joaquín Monegro y Abel Sánchez.

Estos tienen sangre española, como que el propósito del novelista es resaltar la envidia como un mal de su patria. Al mismo tiempo, le sirven de protagonistas de la pasión más extendida por el mundo. La envidia es un mal universal y eterno. Se inocula en el organismo desde la concepción de la criatura.

La novela lleva como subtítulo “Una historia de pasión”. Es la pasión que nace en el paraíso terrenal con los dos hijos de Adán y Eva: Caín, que se dedicaba a la agricultura, y Abel, al pastoreo. Al presentar sus ofrendas en los altares, Dios  prefirió la de Abel. Enceguecido por los celos, Caín mató a su hermano.

Al final de su vida atormentada, Joaquín Monegro (Caín) dice: “¿Por qué nací en tierra de odios? ¿En tierra en que el precepto parece ser: ´Odia a tu prójimo como a ti mismo´?”. Es la misma pregunta que puede hacerse el hombre colombiano. Aquí el odio germina como la mala hierba. Se extiende por todas las capas sociales, pero tiene más raigambre en las altas esferas del poder, que transmiten esa úlcera del alma a los seguidores de sus causas políticas, y estos se encargan de inyectarla a diestra y siniestra como una lepra social.

Nos odiamos sin motivo. Sin saber por qué. No fue suficiente la visita del papa Francisco, que vino a predicar el perdón y la reconciliación, y no logró penetrar con sus mensajes de paz en el alma de quienes parecen nutrirse con la envidia y el odio como si fueran un alimento sano.

Al presidente Santos, artífice de la paz, lo odian los políticos malquerientes y sus huestes, que riegan ese veneno por las redes y los periódicos. Lo que hay en el fondo, para qué dudarlo, es envidia. Envidia por hacer lo que ellos no pueden hacer.

El odio es envidia. “Un envidioso jamás perdona el mérito”, dice Pierre Corneille. Ya lo había advertido Ovidio desde lejanos tiempos: “La envidia, el más mezquino de los vicios, se arrastra por el suelo como una serpiente”.

Grandes núcleos de la población colombiana piensan y proceden de otra manera. Entienden que la convivencia está por encima de la envidia y el odio. En Colombia hay más Abeles que Caínes. La novela de Unamuno, que cumple 100 años de escrita, serviría para hacer pensar a los violentos que la vida es más grata, más sana y más útil, cuando se consigue controlar este morbo destructor. Por desgracia, con él  nace el ser humano.

El Espectador, Bogotá, 13-X-2017.
Eje 21, Manizales, 13-X-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 15-X-2017.

Comentarios

Absolutamente cierto: «cizaña» regada a lo ancho y largo del país. Jamás han visto con alegría el triunfo ajeno. Cuando alguien triunfa, saltan a desprestigiarlo haciendo uso de lo más bajo que albergan en su ser. Ni Botero, Patarroyo, Llinás o Gabo se han librado de sus ladridos. En otro país más agradecido y menos ignorante, el actual presidente estaría gozando de inmensa popularidad en las encuestas. Sin embargo, con el tiempo la Historia, ese gran juez, sabrá evaluarlo y ubicarlo en el sitio de honor que le corresponde. William Piedrahíta (en La Crónica del Quindío).

La envidia es un veneno que corroe el alma y hace daño a los demás. Pero como todo sentimiento negativo, realmente a quien enferma es a quien alimenta un rencor hacia los demás, es quien vive con esa carga y un corazón enfermizo. Opino que cuando nacemos venimos inocentes y nos contaminamos de la maldad del mundo. Liliana Páez Silva, Caracol, Bogotá.

Muy oportuna la mención de la novela de Unamuno. A propósito, te comento que la semana pasada estuvimos dos días en Salamanca conociendo tantas joyas arquitectónicas que allí existen, entre ellas la Universidad. El último  día entramos a desayunar al Café Novelty, que está ubicado en la Plaza Mayor y me llamó la atención la estatua de un señor en una de las primeras mesas. Al averiguar, supe que se trataba de Gonzalo Torrente Ballester, quien vivió y murió allí. Fue colega de Unamuno y en dicho café se reunían con otros pensadores, escritores y profesores a tertuliar. Este café data de 1904. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Me fascinó la columna Los estragos de la envidia. No sabía que Unamuno había terminado sus días preso. Estoy muy de acuerdo con la premisa de que «el odio es envidia». Quiero creer que «en Colombia hay más Abeles que Caínes». Colombia Páez, El Nuevo Herald, Miami.