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El atardecer de Soto Aparicio

martes, 15 de diciembre de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

“Para un hombre que ha cumplido sus deberes naturales, la muerte es tan natural y bienvenida como el sueño”, dice Santayana. Estas palabras parecen escritas para Fernando Soto Aparicio, que penetrado por la idea de la muerte a raíz del cáncer gástrico que lo aqueja, se despide de sus lectores, con poética valentía, en el libro Bitácora del agonizante (Panamericana Editorial, noviembre de 2015).

Desde que se presentaron los primeros indicios sobre el grave deterioro de su salud, me comuniqué con él para expresarle mi voz de solidaridad. Cuando el mal fue confirmado por los médicos, la noticia, no por presentida, dejó de serme traumática. Así define Fernando su sufrimiento: “Me ha tocado (no en suerte; tampoco sé si en desgracia) una de esas enfermedades irreversibles y perversas (un cáncer agresivo y cruel). Pero voy a vivir hasta el último instante, hasta el aliento final, hasta el postrer destello”.

En medio del dolor, mantiene la serenidad. Esta fortaleza espiritual trasciende a su libro del adiós, compuesto por 36 poemas (que él llama salmos) escritos durante los días de la atroz contingencia. Pocas personas tienen el valor de hacer pública esta embestida del destino, y los propios parientes suelen eludir la palabra “cáncer” como causa del deceso del ser querido, y acuden al rodeo de “la penosa enfermedad”. Prurito social que no cabe en el carácter del escritor boyacense.

Soto Aparicio vio la luz en Socha (Boyacá) el 11 de octubre de 1933, pero a los pocos meses sus padres se trasladaron a Santa Rosa de Viterbo, considerada su verdadera patria chica, donde estudió las primeras letras, comenzó a trabajar, se casó e inició su carrera literaria.

Nació con el don de la palabra. Desde muy corta edad ya era lector y escritor. De 10 años escribió 2 novelas a la vez, que más adelante destruyó. Su primera poesía, Himno a la patria, fue  publicada en 1950 (a los 17 años de edad) por el suplemento literario de El Siglo. Hacia la misma época escribió Oración personal a Jesucristo, obra que en 1954 llenó la totalidad de la página literaria de La República, y lo mismo ocurrió en 1964 con el Magazín Dominical de El Espectador.

A los 28 años escribió su novela más nombrada, La rebelión de las ratas, que resultó ganadora del premio Selecciones Lengua Española de Plaza & Janés. De ahí en adelante arrancó su carrera ininterrumpida en todos los géneros literarios. Es de los autores más prolíficos y más brillantes del país. Su obra llega a 70 volúmenes. Ha sido además guionista y libretista para cine y televisión. En el gobierno de Belisario Betancur estuvo vinculado a la diplomacia, como representante de Colombia ante la Unesco, y en los últimos años ha sido asesor de la Universidad Militar Nueva Granada.

“Tengo que escribir para sentirme vivo”, confiesa en reciente entrevista con Marco A. Valencia Calle, escritor payanés (El Tiempo, 8 de diciembre). Y agrega: “Mi rutina es trabajar en un libro e ir investigando sobre el próximo. Algunos críticos dicen que escribo mucho, pero es mi manera de ser, y mi manera de contribuir a que la literatura nos haga entender un poco más de la vida. Ellos que opinen, que yo hago mi trabajo: escribir”.

Ese es Fernando Soto Aparicio: escritor empedernido y obsesivo que desde el día que tuvo consciencia de la función literaria no ha hecho otra cosa que llenar cuartilla tras cuartilla, en irrenunciable alianza con las causas del hombre. De hecho, la temática de sus novelas está dirigida a los asuntos sociales. En 1982, Beatriz Espinosa Ramírez elaboró un sesudo ensayo sobre la calidad de Soto Aparicio en este campo, y lo definió como el novelista más consagrado y el más identificado con la causa del hombre latinoamericano.

Se nace para morir. Nada más cierto que la muerte. Pero la muerte no es igual para todos. No todos merecen morir en paz con la vida. Esto lo sabe muy bien mi infatigable compañero de luchas y realizaciones que, ante la cruda realidad de la parca que acecha, tiene el coraje de afrontar esta verdad inexorable. Quedan los personajes de sus novelas como testimonio perenne de su tránsito por el mundo.

El Espectador, Bogotá, 11-XII-2015.
Eje 21, Manizales, 11-XII-2015.

 * * *

Comentarios

No sabía del grave estado de salud de Fernando Soto Aparicio, que lamento de veras. De Fernando sé desde la época de sus libretos para televisión cuando yo era niño. Le agradezco por darme tan mala noticia, pues la aprovecharé «por el lado amable», como decía Chespirito, y memoraré varias de sus lecturas (las que hice de él), empezando por repasar la vida de Rudecindo Cristancho y su entorno familiar y campesino invadido, usurpado. Sebastián Felipe (correo a El Espectador).

Muy bonita y sentida columna. En el boletín de la Academia Colombiana de la Lengua, segundo semestre de 2015, saldrá un extenso artículo mío: De vuelta sobre Soto Aparicio. Hernán Alejandro Olano García, Bogotá.

Pero la muerte no es igual para todos. No todos merecen morir en paz con la vida. Me temo que esa frase con que encabezo y que es la usada para terminar el bellísimo texto sobre Fernando, días antes de emprender el viaje final, no pega en este país. No entendemos la muerte y, a veces, cuando alcanzamos a estar listos para irnos, nos hemos dado cuenta de que no entendimos todo lo que vivimos. Por el amigo que se está yendo, un abrazo estrecho de gratitud. Gustavo Alvarez Gardeazábal, Tuluá.

Qué triste debe ser escribir una nota para despedir a un amigo, pero también satisfactorio tiene que ser hacerle el reconocimiento público de los méritos cuando está aún vivo. Y lo digo porque en la mayoría de los casos ese reconocimiento es póstumo, y aunque válido, no deja de ser extemporáneo. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Esta columna en honor a Fernando Soto Aparicio es el mejor homenaje al connotado escritor boyacense. Lo mejor de sus expresiones es que con ellas se está interpretando fielmente lo que dice el famoso poema: «En vida, hermano, en vida…» Jorge Enrique Giraldo, Íquira (Huila).

Fernando es una persona entrañable para mí; hace diez años lo invité a Medellín y recorrimos diez bibliotecas hablando de su obra. Nos escribimos por un tiempo y nos veíamos en las ferias del libro de Bogotá. Iván de J. Guzmán López, Medellín.

Leí tu artículo, lo imprimí y descendí al primer piso para leérselo a mi esposa Luz Irlanda. Con voz entrecortada, pues bien sabes del infinito aprecio que guardamos por nuestro compadre Fernando, di lectura a tan bello y sincero comentario. Qué grato y satisfactorio confirmar una vez más el valor y sencillez con que aludes a circunstancia tan difícil, como real y absoluta, por la que está viviendo, porque aún vive y «vivirá hasta el postrer destello», nuestro común amigo. Carlos Martínez Vargas, Fusagasugá.

Carlos: Sé del hondo aprecio que has sentido por él y recuerdo tu campaña por el Premio Nóbel que le quedan debiendo (escribo Nóbel con tilde, contra el querer de los académicos, como lo pronuncia la gente en español). Gustavo Páez Escobar.

Maravillosa descripción de la vida de Fernando Soto sobre su paso por la vida. Solo Dios sabe cuándo se acaba el tiempo acá, y esperemos que Fernando pueda seguir haciendo lo que más le gusta que es escribir. Son dones especiales que solo quienes los tienen conocen su importancia. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Colombia debe darse cuenta de que se está extinguiendo la vida de un ser humano extraordinario, que nunca buscó la gloria literaria. Pero sus libros serán una guía para millones de colombianos que, como nosotros dos, supimos valorar el contenido social de su obra en conjunto. Ya empiezan a sentirse los homenajes a su vida. La página que le dedicó El Tiempo, dos días antes de publicar mi artículo, fue un bello homenaje a un escritor que ha estado marginado de las páginas de los grandes diarios. José Miguel Alzate, Manizales.

Nacemos para morir. Lo que pasa es que entre uno y otro hecho corre mucha agua bajo los puentes, pero de lo que sí estoy seguro es que con el prolífico escritor se cumple el poema En paz, de Amado Nervo. Por encontrarse en paz y no deberle nada a la vida, tiene esa visión y esas profundas convicciones que le permiten esperar con serenidad el momento final, dando inmenso ejemplo de grandeza y riqueza espiritual. Luis Carlos Gómez Jaramillo, Cali.

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En paz

(…) Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Amado Nervo
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Qué artículo tan lindo. Qué triste es saber que Fernando Soto puede irse pronto. ¡Que Dios lo proteja! Fabiola Páez Silva, Bogotá.

Despides bellamente a un ser humano muy valioso y valiente. Además, a un escritor que honra las letras de nuestro país. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Valientes somos quienes enfrentamos el realismo absoluto. Honor a nuestro querido amigo Fernando. Seguimos transitando este hermoso camino de la vida hasta cuando «la siempre inoportuna» parca se aparece. Eduardo Malagón Bravo, Tunja.

Los grandes escritores jamás mueren. Sus ideas, sus pensamientos, sus obras, sus nombres quedarán en sus libros. La partida del escritor Fernando Soto Aparicio dejará una estela perenne de hombre de bien. De persona impoluta, intachable. De gran colombiano que dedicó su vida a enriquecernos con sus libros. El primer libro de literatura que leí fue Mientras llueve, que conservo en París y que he vuelto a leer dos veces más. Alvaro Pérez Franco, París.

Qué valentía la de Fernando Soto Aparicio. Coger al toro por los cuernos. Examinar el dolor mientras se sufre. Eso para mí es heroísmo. Todo un referente para cuando llegue lo nuestro. Dios lo bendiga y le guarde un sitio de privilegio en su seno. Rezo para que el dolor no se ensañe en él. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Aflige saber la dolencia del maestro, prolífico escritor de la tierra y de la sociedad colombiana, como usted bien lo caracteriza, con total compromiso hacia la literatura. Hugo Hernán Aparicio Reyes, Armenia.

Me alegra que escribas sobre uno de nuestros importantes autores. Fue uno de los primeros que leí en el colegio. Álister Ramírez Márquez, Estados Unidos.

Muchos colombianos crecimos, en nuestra adolescencia, con los personajes creados por Fernando Soto; muchos colombianos, millares, conocimos que la literatura estaba en los libros cuando leímos sus novelas, duras y melancólicas, pero todas muy cercanas a lo que era nuestro país. José Nodier Solórzano Castaño, Armenia.

Dolorosa la noticia y admirable la valentía de Fernando para enfrentar lo irremediable. Está dándole la cara con el arma que mejor conoce: la literatura. Lástima que la muerte no haga excepciones, pues personas tan valiosas, en este mundo plagado de tanto malandro, son las que nos alegran la vida y nos hacen conservar la esperanza. William Piedrahíta González, Estados Unidos.

Tuve la oportunidad de leer el artículo sobre Fernando Soto Aparicio y causa pena saber de la enfermedad que lo aqueja. Quiera Dios que el sufrimiento que el cáncer conlleva lo siga soportando con valentía. Ligia González, Bogotá.

Conmovedor, sentido y casi poético el diálogo entre tú y Fernando Soto Aparicio a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, pero sí de admirar a plenitud. Hazle llegar mi mensaje de solidaridad, no de pesar, porque la muerte es una realidad para todos, pero la valentía para ser consciente sobre su ineluctable ocurrencia es cualidad de mentes brillantes. La frase de tu hija me conmovió. Luis Fernando Jaramillo Arias, Bogotá.

Siento mucho los graves quebrantos de salud de Fernando Soto, figura grande de nuestro país, escritor y hombre de calidades relevantes. Ojalá encuentre mejoría y permanezca con el ánimo que lo ha sostenido. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Qué humana columna sobre Soto Aparicio. Se lee y se relee, y mientras se hace, más se aprecia la pluma de Fernando. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Libros quindianos

miércoles, 17 de junio de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 La Biblioteca de Autores Quindianos cumple ponderada labor en la difusión de las letras regionales. Después de algún receso, esta serie llega a 25 títulos publicados bajo el auspicio de la Gobernación y la Universidad del Quindío. Comento 5 libros de autores quindianos que me han llegado en estos días, los que he leído con interés y agrado.

 Antología de cuentos, de Gloria Chávez Vásquez

 Cumple la autora 45 años de vivir en Estados Unidos. El mayor campo donde se ha desempeñado es el del cuento. Su primera incursión en este género data de 1971, con Sor Orfelina, que le hizo ganar puesto de honor en un concurso del Magazín Dominical de El Espectador. En 1978 aparece su primer volumen de cuentos, Las termitas, al que le siguen Cuentos del Quindío, Akum, la magia de los sueños, Opus americanus, Depredadores de almas y Crónicas del juicio final.

En 1990 es la ganadora del premio Emma en Estados Unidos. Es la primera vez que una hispana obtiene dicho galardón. Ha actuado además en el periodismo, el ensayo, la crónica social y el profesorado. Su narrativa contiene enfoques agudos  sobre los hechos cotidianos, que maneja con buenas gotas de sicología, y recoge sus propias vivencias como espectadora del mundo conflictivo que le ha tocado vivir.

Tiempo del escarabajo, de Esperanza Jaramillo (Editorial Oveja Negra)

En 1979 inicia su carrera literaria con el libro de prosa poética Caminos de la vida. Le siguen, en el mismo género, Testimonio de la ilusión y Abecedario del tiempo. Autora de la novela El brazalete de las ausencias y los sueños (2002). Adelanta la escritura del poemario De mis sentidos hacia adentro. Su obra tiene aliento romántico, vena que le viene de sus abuelos, los célebres poetas Juan Bautista Jaramillo y Blanca Isaza.

El poemario actual, con prólogo de Gonzalo Mallarino Flórez, nace en el sosiego de su predio Puerto Claro en el Quindío y es un camino por la zona de los sentidos. Poemas de dolor y alegría, de nostalgia y añoranza, de ensueño y soledad. Poesía breve y sutil, cuyo eco suena casi insinuado, y a veces parece un silbido. Un silbido melodioso. En diálogo con la naturaleza, exclama: “Abandoné mis pasos / al borde de la soledad / Ahora regreso a la sombra de las montañas” (…) “En vano intentaré cruzar / el lindero de mi luz congelada”.

Memorias del día a día, de Ángel Castaño Guzmán

Esta recopilación de artículos periodísticos abarca el periodo 1950-2000. La tarea fue ardua debido a los pocos y precarios archivos existentes en la región. De muchas publicaciones no ha quedado huella. Con todo, el autor, buscando aquí y allá, logra rescatar piezas significativas que dibujan el perfil de los tiempos idos. Los artículos fueron tomados solo de periódicos locales, y quedan por fuera numerosas páginas de otros medios de comunicación a los que el investigador no tuvo acceso.

No figuran, por ejemplo, las notas en La Patria de Manizales, que por mucho tiempo ejerció el papel de periódico local. Durante mis 15 años de estadía en el Quindío publiqué abundantes artículos en El Espectador y La Patria. Este material está recogido en mi página web y representa, así lo espero, una memoria histórica de la región. Ahora mismo, fueron publicadas en el blog de la Academia de Historia del Quindío, bajo el título La Armenia antigua, 10 crónicas que escribí en La Patria en agosto y septiembre de 1980.

Castaño Guzmán, destacado escritor y periodista y gran promotor de la cultura regional, ofrece en su trabajo una visión amplia sobre el discurrir del Quindío en el medio siglo reseñado.

Cuento contigo, de Carlos Alberto Villegas Uribe

Diversas facetas de la conducta humana contempla el autor en este libro de cuentos, donde alternan la tragedia con la alegría, el desencanto con la gracia, la desesperanza con la ironía, la sordidez de los prostíbulos con las situaciones oníricas. Se sienten atmósferas de humo, alcohol y vicio, y por allí transitan seres oscuros y geniales, salidos de la realidad y pisoteados por el mundo. De pronto surgen ambientes surrealistas, llenos de alegorías, y el lector se tropieza con intelectuales, con libros y títulos que ambientan las escenas. Son pequeñas dosis de la comedia humana.

Villegas, escritor y gestor cultural, versado en Comunicación Educativa, en Lengua y Literatura, entre otros títulos, obtuvo un doctorado en la Universidad Complutense de Madrid con la tesis “Psicogénesis de la risa. La risa como construcción de cultura”. Ocupó la Secretaría de Cultura de la Gobernación del Quindío, y a los pocos días renunció por no acomodarse con la estructura del cargo. Y protestó por el deterioro del paisaje cultural cafetero que se veía expuesto por el tractor de la minería impulsado por el presidente Santos, y que en palabras del escritor “solo dejará un Quindío lleno de famélicos quindianos tiznados de hollín”. Resultó profeta en su propia tierra.

La Secreta, de José Nodier Solórzano Castaño (Editorial Torre de Palabras, Calarcá)

Esta novela recibió un accésit en el Concurso Cáceres de Novela Corta, en España. El eje de la obra es el Parque de La Secreta, desde donde se otea la vida de Armenia y Calarcá, y todo repercute allí. En el parque se rememora la vida del fundador de Armenia, el Tigrero, y se siente la presencia perenne de un tigre frente a la puerta de la casa. Por la historia deambula Raigoza, personaje enigmático, que habla de riquezas, de juegos de azar, de loterías, de cosas misteriosas, y con su labia se abre campo en muchos ambientes. Huye del pasado, pero no se deja descubrir.

Es una historia alucinante que se desliza por diversos escenarios (licor, prostitutas, fútbol…) y encierra los lugares comunes de todas partes, bajo una narración manejada con picardía, humor, gracia y sentido erótico. Posee nervio policiaco, que en ocasiones hace pensar en el novelista chileno Roberto Ampuero y en su detective privado Cayetano Brulé.

Solórzano es licenciado en Lingüística y Literatura. Ganador en varios concursos de cuento. Editor y columnista de revistas y periódicos. Promotor del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Calarcá.

El Espectador, Bogotá, 13-VI-2015.
Eje 21, Manizales, 12-VI-2015.

* * *

Comentarios:

Los quindianos siempre hemos encontrado en tus palabras y en tu tribuna nacional un aliento a nuestro trabajo. Carlos A. Villegas Uribe, Medellín.

Muy importante que se dé a conocer lo que se hace en la provincia en el ámbito cultural. Tú y yo sabemos de las dificultades para escribir y para editar. Augusto León Restrepo, Bogotá.

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Lectura tardía

lunes, 25 de mayo de 2015 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Lo primero que leí de Óscar Collazos fue una serie de cuentos publicados en los famosos bolsilibros del Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura), de los que era lector impenitente. Esos cuentos me causaron impacto por la destreza del autor para crear ambientes de tensión y críticos estados sociales.

En agosto de 1978 adquirí su novela Los días de la paciencia, editada por el Círculo de Lectores, le eché un vistazo, vislumbré su contenido y la ingresé con placer y honra a mi biblioteca. Pasaría mucho tiempo, demasiado tiempo para leerla, lo confieso hoy con franqueza.

Lo que nos sucede a los coleccionistas de libros es que la vida no nos alcanza para abarcar tantos temas, tanta literatura apasionante, que a veces se estacionan durante largos años en los anaqueles. Sucede en ocasiones que buena parte de la biblioteca se queda sin leer. Esto nos ocurre a la mayoría de los escritores.

Cabe agregar que una manera de proteger y consentir los libros –aunque no se lean pronto, o nunca se lean– es conservarlos bajo el cobijo y el cariño de las bibliotecas. Por mi parte, debo confesar el nexo afectuoso que nace en mí desde que las obras llegan a mi poder, consistente en acariciar a menudo los lomos, repasar los títulos, limpiarles el polvo del olvido, leer alguna frase escondida. En síntesis, conversar con el autor. Este diálogo silencioso crea lazos nutritivos.

A Óscar Collazos lo seguí en su literatura de combate, reveladora de su compromiso social, y en sus artículos de prensa, atentos siempre a los problemas palpitantes del país. Sobre todo desde su columna de El Tiempo, que escribía desde 1997, no había desviación pública que escapara a su ojo vigilante y a su crítica severa.

Acostumbrado a leer su columna semanal para apreciar su libre opinión sobre los grandes asuntos de la vida nacional, encontré, con alarmante desconcierto, la carta abierta que dirigió el pasado 4 de febrero al neurólogo Rodolfo Llinás, donde le pedía, como dato de interés general, su concepto acerca de la grave y poco común enfermedad que lo aquejaba: la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le producía la pérdida de masa muscular, el debilitamiento del aparato respiratorio, dificultades de movilidad, de deglución y del habla, aunque mantenía lúcida su capacidad mental.

Y decía que avanzaba en la escritura de una nueva novela. Su obra novelística se acerca a los veinte títulos. Esa circunstancia me llevó a consultar la lista de libros  suyos que estaban en mi poder, y descubrí que habían transcurrido ¡37 años! desde que adquirí su primera novela: Los días de la paciencia. Y aún no la había leído. Hacerlo ahora, como lo he hecho con la fiebre del lector tardío, se convirtió en el mejor homenaje a esta vida meritoria que declinaba en las garras de una enfermedad trágica.

Era la primera novela que ventilaba el drama de Buenaventura, flagelada desde entonces por la violencia, el contrabando, la prostitución, el hambre, los hampones y las bandas criminales. Salido desde muy niño de su pueblo natal, Bahía Solano (Chocó), llega al puerto del Pacífico a los siete años de edad y allí pasa su niñez y su juventud. En la sangre lleva la semilla del escritor, y con esa óptica capta aquel panorama de barbarie y ruindad que se agiganta a su alrededor.

Sabe interpretar la tragedia del hombre. En sus cuentos y novelas no hace otra cosa que repetir, en distintos escenarios y bajo el mismo detonante social, la miseria, la injusticia y la corrupción que destrozan al país. Y muere en paz con su destino de escritor, a los 72 años de edad, luego de coronar una de las carreras más sólidas de la literatura.

El Espectador, Bogotá, 22-V-2015.
Eje 21, Manizales, 22-V-2015.
NTC, Cali, 24-V-2015.

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Comentarios:

Por qué será que tenemos que esperar a que mueran los escritores para leerlos. Lo mismo me pasó a mí con Óscar Collazos. Solo leí un libro suyo, sobre García Márquez, que me pareció muy bueno. Pero nunca leí al novelista.  Solamente leí un cuento de sus primeros años, donde se descubre a un magnífico narrador. José Miguel Alzate, Manizales.

Su Quinta Columna en el diario El Tiempo fue muchas veces soporte de inquietudes mías sobre la vida de nuestro país, pues encontraba coincidencias de criterio con las suyas. Precisamente en estos días pensé en adquirir alguna de sus novelas (aparte de sus columnas, no he leído nada de él), y la leeré de inmediato. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Significativos reconocimientos y homenaje a Óscar Collazos. Incluimos la columna en la compilación que hacemos sobre el escritor. NTCGRA, Cali.

Tuve una excelente relación de amistad y de intercambios de producción bibliográfica con Óscar. Cada vez que vino a Bogotá me llamó para darles marcha a estupendos paliques literarios e históricos. Gracias por esta columna que hace justo homenaje a un buen escritor. Alpher Rojas, Bogotá.

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Los elegidos

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

I

La edición de Canal Ramírez data de 1970. Adquirí la obra en la Gobernación del Quindío, siendo su autor presidente de la República, en verdad sin muchos deseos de leerlo pronto.

Quienes coleccionamos libros para leerlos algún día, y mantenemos a la mano los temas que más nos seducen en el momento, abrigamos la esperanza de que la vida nos conceda tiempo para revisar tanto material que va llenando los estantes del futuro. La lectura es ejercicio sin plazo. El verdadero placer reside en la relectu­ra selecta.

Leí el libro varios años después de haberlo adquirido y a los 32 de su primera salida, en 1953 (Editorial Guaranía de Méjico). Como lo recomienda Schopenhauer, llegué a sus páginas con mente abierta y sin el menor prejuicio. El verdadero lector es el que logra valorar el libro por sí solo, con abstracción del autor y de circunstancias favorables o desfavorables que puedan influir en el propio concepto.

En el caso de Los elegidos era fácil dejarse sugestionar cuando su autor, el doctor Alfonso López Michelsen, ocupaba el cargo de presidente de Colombia. Es decir, en momentos de gran efervescencia política.

Los elegidos de 1953, o sea, los privilegiados de la fortuna en cualquier tiempo, son los mismos que han dominado la vida colombiana. Y no se ve que vayan a desaparecer. De ayer a hoy, sin cambios fundamentales en las estructuras de un país que se divi­de entre opresores –la casta burguesa– y oprimidos –el pueblo silencioso–, la novela de López Michelsen nada ha corregido, si ese era su propósito. En algunos casos las distancias se han agrandado. De esta reali­dad no se salva ni el período presidencial del nove­lista (1974-1978).

La fuerza de los poderosos se concentra, en la fic­ción, en el camino de la Cabrera, y en la realidad, en los puestos claves del Gobierno y en los negocios. Es la nuestra una sociedad capitalista que se mantiene inalterable en sus sistemas de poderío y que el escritor no pudo reformar en su propio gobierno.

La influencia del oro, que condena a los desheredados al ostracismo y la soledad, quizás es más pronunciada ahora que en la década de los 40, cuando fue concebida la novela. Ya dentro del terreno narrativo, es posible que a la novela le falte mayor fuerza, más dinamismo en el desarrollo de la trama. En algunas partes el narrador asume el papel de crítico social y trata de sentar cátedra sin permitir que sus personajes se muevan solos. Pero logra mante­ner el interés del lector. Parece que López Michelsen compren­dió la carencia de fluidez y por eso en el prólogo advierte que se trata de un relato. Es, en cualquier forma, excelente radiografía del país.

Y una denuncia social, valerosa en su época, cuando el autor comenzaba a incursionar en su mundo burgués, y al mismo tiempo lo enjuiciaba. En varios episodios se deja llevar por su tendencia al ensayo y afloran tesis sobre la formación calvinista, el puritanismo, el dominio materno, el choque religioso y de costumbres. Aquí se advierte la condición de intelec­tual que siempre ha prevalecido en López Michelsen.

Y no podía faltar el amor. Hay escenas de real romanticismo, con boleros al fondo y florestas encan­tadas. Si el libro no fuera una novela, sería un tra­tado del amor. Me parece que el autor logra éxito evidente en su tangencial ensayo sobre el bolero y su influjo social. «El pueblo, la clase media, lo mismo que esa sociedad de los clubes –dice–, todos utilizan el bolero con el mismo propósito, como el cuerno de caza simula la queja de la hembra».

El Espectador, Bogotá, 26.VII-2013.
Eje 21, Manizales, 26-VII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 27-VII-2013.

II

Siempre he sospechado que en el alma de López Michelsen durmió un romántico que se dejó despertar, y hasta dispersar, por el barullo de su destino político. Muchas páginas de Los elegidos no son sino la búsqueda del amor y del sexo, con el pretexto de la mujer elemental y sensual, mantenida en reserva y alejada de los suntuosos salones. El recuerdo del amor rosa, la mayor conquista de la juventud, no abandona nunca al hombre, ni en sus años seniles.

El novelista, que por esencia es biógrafo de sí mismo y no puede escribir sino sobre lo que siente, suele retratarse en sus escritos. A veces se adelanta al tiempo, porque también posee poderes de adivinador. Y lo que es más curioso y más sorprendente, de adivina­dor de su propia vida. Sin quererlo, el novelista no hace sino traducir su universo interior.

Con esta novela regresamos a una etapa distante de la vida colombiana. Comienza esta cuando el novel escritor tenía unos 31 años de edad e irrumpía, con el ímpetu de su futuro prometedor y el bagaje de su refinada educación inglesa, en la política colombiana. Por aquellas calendas su padre, gran estadista y hombre del alto mundo, ejercía su segunda presidencia y le abría paso a su hijo en la política y en los dorados salones de la burguesía.

Entonces López Michelsen ya intuía su destino privilegiado y disfrutaba de los gajes de la buena suerte, y fue cuando como paradoja debió de planear Los elegidos, documento de pro­testa social contra el círculo de los explotadores que él mismo vivía. Años más tarde, asilado en Méjico, salía la obra a la luz pública.

Ante el suceso bibliográfico del momento, Alberto Lleras Camargo calificó a López Michelsen como «el más valeroso de los escritores contemporáneos», aceptando el juicio de Hernando Téllez. Y además advierte que en la Cabrera (el «Du coté de la Cabrera» proustiano) debe haber una tumba abierta para el atrevido escritor.

¿Qué pasó para que López Michelsen no hubiera reformado en su gobierno el mundo que denunció? Quiso hacerlo. Fue cuando con su Movimiento Revolucionario Liberal se volvió disidente. Arremetió contra los poderosos y sus atropellos y ofreció grandes cambios sociales. Ya su padre, que era su brújula, los había impulsado.

El descendiente sabía, como el protagonista de su relato –el alemán B.K. perseguido por el régimen nazi y a quien los burgueses criollos de nuestro país terminaron despojando de sus bienes y de su tranquilidad–, lo que significaba el exilio y lo que dolía la persecución de los verdugos. Conocía el ambiente de intrigas y de canonjías tramado en las pirámides del privilegio. «El verdadero gobierno del país –dice entonces– lo constituye el alto mundo». Ahí va implícito el deseo de que haya cambio de fórmulas. Este reajuste de las costumbres no lo consigue, empero, cuando ejerce el poder.

Su novela es, por lo tanto, una protesta perdida. Desaprovechó el momento histórico para reformar el país. El instinto de adivinación que hay en el novelista parece como si hubie­ra puesto en sus labios esta frase pre­monitoria que pesco en la lectura de su novela: «Ahora comprendo que, a pesar de la distancia y de los años, y de que yo creía ser un explorador de mundos nuevos, no hice sino repetir entonces los mismos errores de mi juventud».

En Los elegidos se perciben en López Michelsen buenas dotes de narrador. Magnífico fotógrafo social. Es un libro bien escrito, que pertenece al género de las novelas intelectuales. De haber seguido de literato hubiera competido con Gabriel García Márquez. Creo que en las intimidades de López Michelsen protestó un novelista frustrado.

El Espectador, Bogotá, 2-VIII-2013.
Eje 21, Manizales, 3-VIII-2013.
La Crónica del Quindío, 3-VIII-2013.

* * *

Comentarios:

Leí el libro hace muchos años. Coincido con el breve análisis que hace la columna. Y la verdad, esta obra del doctor López Michelsen no requiere de mucho más juicio. Acertada la apreciación del poco cambio que presenta la estructura social y económica, de la década de los cuarenta a nuestros días. Gustavo Valencia García, Armenia.

Después de recordar mi lectura de esta novela, hace muchos años, afirmo que esta reseña es de las que llamarían clásicas porque toma cada párrafo como lo sintió el autor al obligarse a retratar algunas cosas que veía en su entorno burgués, muy a la manera como El gran Gatsby lo hizo a su modo en los mismos años de mi exjefe, con quien algún día hablamos de esa experiencia “atribulada”. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Claro que siguen mandando «Los elegidos». Y seguirán. La historia de Colombia parece ser la negación de la historia y más la representación del “eterno retorno» de los griegos. Marx decía que la historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda, como comedia. Pero, si aplicamos eso a Colombia, creo que aquí Marx se equivocó: la primera vez fue tragedia, pero la segunda vez es desastre absoluto. Porque, cuando creemos que ya hemos tocado fondo, mira uno abajo, a nuestros pies y… ¡oh sorpresa!, estamos parados sobre un abismo. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Estados Unidos.

Cuando López escribió Los elegidos era joven, inconforme y venía de Europa: un continente que buscaba acabar con los desequilibrios sociales. Cuando llegó al gobierno tenía 60 años y la piel curtida de la insensibilidad colombiana por el roce frecuente con amigos terratenientes, financieros y de los clubes sociales bogotanos, a quienes les importa un carajo el abismo social que separa a sus connacionales. Decartonpiedra (correo a El Espectador).

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Los años verde olivo

miércoles, 18 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No tenía yo ningún conocimiento sobre el escritor chileno Roberto Ampuero, nacido en Valparaíso en 1953, y autor de doce novelas, un libro de cuento y otro de ensayo, hasta que mi amigo manizaleño Pablo Mejía Arango, columnista de La Patria, me recomendó la novela Nuestros años verde olivo, a propósito de las crónicas que publiqué sobre mi reciente viaje a Cuba.

Esto me permitió descubrir un excelente novelista, tanto a través del título antes citado como de estos otros que seleccioné entre sus obras famosas: ¿Quién mató a Cristián Kustermann? y El caso Neruda. En el género policíaco, al que pertenecen varias de sus novelas más reconocidas, el escritor ha creado un personaje emblemático: el detective Cayetano Brulé. Esto mismo sucedió con Agatha Christie respecto al detective Hércules Poirot.

Fuera de Chile, Roberto Ampuero ha vivido en Cuba, Alemania, Suecia, Estados Unidos y Méjico, donde es hoy embajador de su país. Además ha sido catedrático y columnista y posee vasta experiencia internacional en el campo cultural. También en el político, toda vez que Nuestros años verde olivo, editada en 1999 (y que comenzó a escribir en 1981), nació a raíz de su vínculo socialista en contra de la dictadura de Pinochet, y de su adhesión a la causa revolucionaria de Fidel Castro, de la que se desengañó al haber vivido o conocido los amargos episodios que narra en su novela. Huyendo de una dictadura, cayó en otra.

El libro contiene dos aspectos fulgurantes que atrapan la atención del lector: el novelístico, movido por la pericia narrativa para mantener una constante atmósfera de interés y suspenso, y el testimonial, que describe de manera elocuente los actos de opresión, tortura y pérdida de la libertad ejecutados por el régimen castrista durante el medio siglo que lleva la revolución. Dicha realidad, que parece aminorarse en los últimos días, ha causado la pobreza estremecedora que sufre el pueblo cubano.

Sobre su novela, manifiesta Ampuero: “Ella es mi memoria, mi recuerdo personal, mi verdad individual, de los años de exiliado que viví en la isla”. Por supuesto, esta obra de aparente ficción, que encaja en el género de novela autobiográfica (con algunos personajes encubiertos para evitar represalias contra las personas que revelaron sus confidencias), se encuentra en la lista de libros prohibidos por el gobierno cubano. Solo circula en forma clandestina, y por lo tanto, muy restringida, como sucede con libros de otros autores censurados: Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Mario Vargas Llosa, entre otros.

Vargas Llosa expresó el siguiente concepto sobre la novela de su colega chileno: “Hacía tiempo que un libro no me absorbía y emocionaba tanto”. Esto mismo puede decir el autor de estas líneas. Y agrego: si se desea conocer la verdad oculta sobre el régimen totalitario que atropelló los derechos humanos, suprimió las libertades individuales y amordazó la libertad de expresión, la respuesta la da este libro. Lo que narra es extensivo a toda la vida cubana. Tal la fuerza comunicante que el escritor, víctima de la frustración al igual que miles de cubanos y de escritores y artistas, le ha imprimido a su obra maestra.

Concluida la lectura del libro, me queda grabada esta escena patética: los libros no permitidos en Cuba son reciclados como papel o tirados a las calderas para su extinción. Las dictaduras son la prolongación de la época inquisitorial, aunque la mayoría se diferencian de ella por el aspecto religioso. No hay dictadura buena. Algunas son peores que la propia Inquisición.

El Espectador, Bogotá, 5-IX-2013.
Eje 21, Manizales, 6-IV-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 6-IV-2013.
Red y Acción, Cali, 6-IV-2013.

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Comentarios:

En las dictaduras la religión es la dictadura misma, y el dictador, el ídolo, el centro del culto. Y el culto, como en todas las religiones, lo hay de todos los colores: azul, rojo, rojizo… En fin, solo me resta decir que el hecho de que nos hayamos salvado en Colombia de una de esas dictaduras, no nos vacuna contra una recaída. Ar mareo (correo a El Espectador).

No he leído ninguna novela de Roberto Ampuero, ni de muchos otros escritores que han narrado horrores de los disidentes del régimen castrista. Pero casi desde el principio de su revolución en los 60 hablé e hice amistad con cantidad de cubanos exiliados en Colombia que me contaron todas las masacres del régimen. Desde esa época comienzan a incubarse mi odio y rabia por el castrismo. Casi parecido al régimen de Stalin y el de Hitler. Luis Quijano, colombiano residente en Houston (USA).

Estoy de acuerdo con Ampuero: no hay dictadura buena, aunque agregaría que ellas no solo se visten de verde olivo. Pueden hacerlo también con corbata y vestidos elegantes, cooptando los medios de comunicación, presentando a los adversarios como enemigos y aplastando el pensamiento crítico y su expresión, que es el quejido o la alerta que emiten las sociedades cuando sus estructuras producen vivencias discriminatorias. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Estados Unidos.

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