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La Patria ajena

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Porque la Patria, Pacho, es primero que todo nuestra. De todos.  Y Colombia es ajena». Tulio Bayer.

Leo ahora, y mejor releo, en un remanso de vacaciones, el excelente y combativo libro Carta abierta a un analfa­beto político, del médico Tulio Bayer, hoy refugiado en París, desde hace muchos años, como consecuencia de su protesta guerrillera contra el «establecimiento» colombiano. Cuando las noticias diarias de la prensa dan cuenta de la masacre entre colombianos que deja al país salpicado de sangre, cabe meditar, como lo hago con pesar al borde de uno de los límites territoriales, en presencia del mar que por fortuna sigue siendo nuestro, si la Patria –con esa mayúscula sentida que Bayer repite muchas veces en su escrito– es realmente de todos.

El primero en sentirla y añorarla, por tenerla lejos y desfigurada –en el afecto y en el acto físico y moral de su lenta destrucción–, es el mismo Bayer, el patriota que ha podido equivocarse de métodos y de estrategias, pero no de sentimiento nacionalista. Mucho se ha fustigado a este médico audaz que,  cercado y angustiado, reclamó, por medios considerados subversivos, mejores oportunidades para todos, comenzando por él mismo. Se lanzó a la rebelión al cerrársele todas las puertas, y acaso no se considere atrevido afirmar que es uno de los colombianos más valientes, por lo mismo que ha sido de los más combatidos y más sufridos.

Acaudillar causas sociales –y no podrá negarse que Bayer es un hombre que siente las necesidades del pueblo– no es posición cómoda. Muchos, como José Antonio Galán, el sacerdote Camilo Torres y Jorge Eliécer Gaitán, que también recibieron el calificativo de subversivos, pagaron con su vida el amor a sus ideas, el amor a la Patria. Nariño, y Sucre, y Bolívar, y Cristo fueron derrotados por defen­der a los humildes. La Carta de Jamaica, uno de los más importantes documentos políticos de nuestra historia, no es sino un clamor de justicia. En su tiempo provocó furiosas reacciones.

Ahora que la geografía de la Patria se tiñe de sangre a mañana, tarde y noche, en una de las guerras más violentas que haya conocido el país; ahora que la violencia urbana y la violencia rural están acabando con la tranquilidad de los hogares y la riqueza nacional; ahora que se enardecen las pasiones en el fragor de la plaza pública; ahora que el país se divide entre secuestrables y ¡Muerte a los secuestradores…! es cuando resuena la gran verdad de la Patria ajena. Nos matamos entre colombianos, nos zaherimos, desquiciamos la nacionalidad… ¡y aún queremos ser colombianos! Nos distanciamos por colores políticos y nos odiamos, olvidando que, al decir de Gaitán, «el paludismo no es liberal ni conservador, ni el hambre es liberal ni conservadora”.

Bayer pide comprobar «que hay un conglomerado humano hambreado, ignorante, engañado, que constituye la población del país». ¡Qué bien citar estas palabras al oído del candidato, de todos los candidatos que se disputan el favor las urnas!

Una artista colombiana, Feliza Bursztyn, acaba de morir asilada en País por nostalgia de Patria. Tulio Bayer, ausente de Colombia hace dieciocho años, tiene también dolor de Patria. García Márquez abandona apresuradamente nuestro territorio, «su territorio», por no sentirse en su casa. La Patria, entonces, no es de todos. Es un derecho y también una negación. La consigna de Bolívar  de unir a los colombia­nos, de hacerlos más hermanos, está perdida en nuestros días. En lugar de dispersar, de desterrar a los habitantes de es­ta sufrida Colombia, hay que unirlos, hay que atraerlos. La mejor manera de hacer patriotas es no formar apátridas.

Tulio Bayer, por decir y sostener su verdad –y esto es Carta abierta–,  tuvo que irse de Colombia. Vive  convencido de su verdad y no cede ante nada ni nadie. Ha estado a favor del pobre, del necesitado, del opri­mido. Se ha dado lujos poco comunes. El principal de ellos es el de mantenerse fiel a sus principios. Ha sufrido reveses, cárce­les, afrentas, pero nunca se ha doblegado. Le gusta ser así. Colombia no conoce a Tullo Bayer. Sabe, cuando más, de un «locato» que hacía guerrillas.

Antes de combatirlo, de expulsarlo de la sociedad, hay que leerlo. También es colombiano. Y es un colombiano sufrido, nostálgico de su suelo. Quizás nunca regrese a él. La Patria le es ajena, y no debería serlo. «Y para mí –dice– y creo que también para ti, Pacho, montañeros como somos en el origen, los  campesinos también son la Patria…»

El Espectador, Bogotá, 21-I-1982.
Clarín, Montenegro, enero de 1982.

 

 

Los dioses americanos

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ha llegado a mis manos uno de los mil ejemplares numera­dos que la General Electric pu­blicó en diciembre como aporte a la cultura del país, de la estupenda obra La resurrec­ción de los dioses americanos, de la cual es autor Pedro Cade­na Copete. Bien merece que es­te hecho se mencione con los honores que conquista, casi en silencio, la firma patrocina­dora, que cumple  desta­cada participación en el desa­rrollo industrial de Colombia.

Es usual en compañías de es­te tipo asociarse a los diciem­bres con alguna novedad transi­toria, a veces llamativa pero ca­si siempre fugaz como las propias burbujas del champán na­videño. En los rincones de los trastos viejos suele uno encon­trarse con la porcelana no apta para trajines pesados, muti­lada y cubierta con el polvo del olvido, que a una compañía se le ocurrió elaborar cual­quier año como atención para sus clientes. La esferográfica marcada, la agenda vistosa o el disco de actualidad, también efímeros, resisten más, pero terminan también sucumbiendo a la vuelta del tiempo. Obje­tos tan comunes como la botella de licor, de consumo instantá­neo y posteriores lamentaciones, no llegan a perdurar más allá del instante en que a pico de vidrios soporíferos se fabrican efervescencias peligro­sas que al día siguiente dese­quilibran los nervios.

Pero un libro… Un libro ja­más muere. Por eso, cuando a la General Electric le viene la feliz idea de editar un libro, y por añadidura un libro nacio­nal de pulcra confección tipo­gráfica y profundo contenido, se pone de presente un rasgo de inteligencia. Una de las ma­neras más auténticas de iden­tificarse con la idiosincrasia del pueblo es interpretar sus gustos y costumbres. Co­lombia es nación culta. El camino para mantener ese espíritu es patrocinar a los escritores la publicación de sus libros.

Cadena Copete, con su Resurrección de los dioses americanos, contribuye a que la cultura precolombina tenga nuevas interpretaciones, esta vez en mensaje que se escri­be para las mentes estudiosas. En esta obra se mezclan la historia, la poesía, el amor y el mito. Representa aporte valioso para la cultura del pueblo.

La General Electric, que varía su presencia en las fiestas  navideñas, llega más al alma de Co­lombia con el patrocinio de esta obra impresa con todo lujo por Gráficas Cruz. Oja­lá otras entidades que suelen despilfarrar grandes sumas en ofrendas que por lo efímeras no expresan el ca­lor del afecto, se acordaran de nuestros artistas y escritores para plasmar mensajes trascendentes.

El presidente de la General Electric en Colombia, míster Michael Kahn, sabe que el esfuerzo de su gestión se traduce en motivo de reconocimiento de mil afor­tunados lectores que a su vez prolongarán en otras manos este mensaje que no caduca. La cultura es un hecho constante, un eslabón que no se rompe. El más fino whisky escocés dura apenas el hervor de una liba­ción.

La Patria, Manizales, 16-III-1978.

 

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Carta a un analfabeto político

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un editor arriesgado publicó en la serie Hombre Nuevo, de Medellín, el libro Carta abierta a un analfabeto político, del médico revolucionario Tulio Bayer, hoy confinado en París desde hace diez años, donde se gana la vida en el ejercicio de la medicina y en la traducción de textos para editoriales médicas.

Tulio Bayer, cuyas andanzas revolu­cionarías son bien conocidas en Colombia, goza de un estatuto de refugiado político en París y desde allí sigue con interés los aconteci­mientos de la patria.

Temible para muchos, como que se trata de implacable fustigador implacable de lo que ha dado en llamarse el es­tablecimiento, se confunde con el niño travieso que desde los primeros años no deja en paz lo que lo rodea.

Es permanente crítico de la sociedad y no se resigna al papel de simple observador. En los al­bores de su  juventud promisoria, recién especializado en los Estados Unidos, irrumpe en Manizales como secretario de Salud Pública. Libra tenaces batallas contra la adulte­ración de la leche y pone en calzas prietas a unos cuantos personajes locales que no le perdonarán nunca que los haya desenmascarado. Todos le temen y evitan sus dardos. Y como se torna, por múltiples sucesos, en elemento indeseable para ciertos intereses, se le hace el vacío y se le obliga a abandonar sus lares manizalitas.

Queda desde entonces la sen­sación de que se trata de un enemigo público. Se le combate y se le de­nigra. Pero se le respeta. Sus adver­sarios no se atreven a medirse con él en el foro, pues posee un verbo en­cendido y luminosa inteligencia.

Expulsado de Manizales, sus enemigos creen haberse librado de un fantasma. Leyendo su libro, que es un apa­sionante relato autobiográfico con nombres propios, provoca preguntar si los hechos que relata, tanto de Manizales como de otros lugares del país, son simples ficciones. Correspon­dería a las personas aludidas contestar los cargos.

Refugiado en las selvas del Putumayo, inicia la novela Carretera al mar, que publica en 1960. En Méjico por poco la llevan al cine. Liega más tarde a los Laboratorios CUP y descubre irregularidades en la fabricación de las drogas que lo ponen en enfrentamiento con los directores de la firma, quienes, sin dejar de reconocerle sus amplios cono­cimientos, prefieren deshacerse de él.

De allí pasa, después de sufrir ham­bres en las calles bogotanas, a un oculto rincón de la frontera con Ve­nezuela, donde logra ser contratado como médico del pueblo. Pero a los pocos días está de nuevo si­tiado. El Ministerio de Salud Pública no quiere seguir con sus servicios. Se hace cónsul honorario en Puerto Ayacucho y más tarde inicia la revolución armada. Su vida, en fin, es una constante aventura. En ninguna parte encuentra la igualdad social y se propone combatir las injusticias. Escoge los caminos del levan­tamiento. El Ejército le da captura. Pasa a la Cárcel Modelo, y tras no pocas peripecias, obtiene asilo en París.

Su libro merece leerse con aten­ción. En lenguaje directo no exento de toques novelescos narra su vida y condena al establecimien­to. Dueño de inmensa cultura, que hasta sus enemigos le reconocen, su obra es dinámica, irreverente, enjuiciadora y de indudable mé­rito literario. Es experto narrador, pero con pocas ambi­ciones de literato, para sentirse, en cambio, revolucionario.

Queda la duda sobre si Tulio Bayer posee sólido convenci­miento marxista. No es comunista. La crisis del comunismo soviético no lo seduce y en Cuba no admira la revolución ideal. Sea lo que fuere, Bayer es hombre inteligen­te que suscita interés y dice ver­dades. Es maestro de la palabra. Con ella lanza latigazos contra sus enemigos, el sistema, los desequilibrios sociales. Es la voz de un colombiano a quien la vida ha tratado duro.

Falta saber si sus denuncias, valerosas e intrépidas, nacen tan solo de su mente inquieta o si más bien les han faltado estrategias para hacerse valer. Se trata, de todas maneras, de un juicio público, el de su libro, que no puede subestimarse.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 26-III-1978.

 

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El lector boyacense

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El lector colombiano, obra de difícil localización en las bibliotecas, fue inspirada por el poeta tunjano José Joaquín Ortiz en los finales del siglo XIX y en ella aprendieron a leer los escolares de comienzos del siglo actual. Fue un inteligente esfuerzo para que la ju­ventud se compenetrara con los valo­res más representativos de la litera­tura colombiana y aprendiera a querer la tierra y familiarizarse con las tradiciones, el paisaje, la cultura y las creencias de la patria.

Casi cien años después nace una obra similar y acaso de superior aliento, si los tiempos contemporáne­os, muy distintos a los del vate tunja­no, giran hacia lo frívolo y se han venido desentendiendo de las disci­plinas del espíritu. Hoy las gene­raciones ya no leen y poco se preocu­pan por la investigación y menos por incursionar en los tratados que es­tructuran la personalidad y enseñan a ser cultos. El profesional, que sale de los claustros universitarios con vacíos de formación, es un rele­gado cultural que rodará por los caminos ligeros del mundo superfi­cial. Carecerá de tiempo y vocación para repasar un libro. Los clásicos, imprescindibles antes como rectores de la mente, son ahora seres extraños y anacrónicos que no mere­cen ser estudiados.

Así van creciendo los escolares, los bachilleres y los doctores. Con el cerebro estéril se enfrentarán a los conflictos que vive la huma­nidad en esta época de choque y confusión, y como son inhábiles, cre­arán mayor caos.

Al salir ahora El lector bo­yacense, obra gigante no sólo por los diez mil volúmenes que lanzará hacia todos los establecimientos educativos de Boyacá, sino por su profundo contenido didáctico, se nota de inmediato el afán de sus promotores por asegurar mejores rumbos para las nuevas generaciones. Es, además, un ejemplo para toda Colombia.

En dos tomos extensos y selectos se recoge el pensamiento de los escritores y poetas de Boyacá, tanto de los tiempos antiguos como de los presen­tes, y bajo una acertada dirección se encarrilan los temas y se forma rico acopio literario para quienes quieran asimilar la esencia de esta región culta. El lector despreve­nido encontrará motivos amplios de orientación, y el avanzado tendrá a la mano, depurada y diversa, una antología del mejor gusto y la más escogida calidad. En sus páginas está el espíritu de la comarca pensante y creadora. Boyacá es tierra fértil para la inteligencia y representa un derro­tero espiritual para el país. En sus campos se han amasado las grandes gestas de la independencia y de ellos ha brotado nuestra raza de duros cimien­tos.

El educador hallará en estas páginas el semillero que le fortalecerá sus propias convic­ciones y acentuará en los escolares esa área cultural que es preciso defender como el mejor tesoro de la tierra. Será texto obligado en escuelas y co­legios, y también en los predios uni­versitarios, para que la gente se iden­tifique con la región y sus hombres de letras. Leyendo sus páginas, la mente tomará altura.

Esta obra ha sido posible gracias al empeño de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, el alma máter de los boyacenses, bajo la rectoría del doctor Juan B. Pérez Rubiano, y con la valiosísima eje­cución de dos elementos impondera­bles en el panorama cultural del de­partamento: Vicente Landínez Castro y Javier Ocampo López, el uno boyacense raizal y el otro por adopción, y batalladores los dos en las justas de la inteligencia. El lector boyacense proyecta el sentido de la vida para que la gente no se conforme con vegetar sino que se inquiete por pensar.

La Patria, Manizales, 15-XI-1980.
El Espectador, Bogotá, 9-XII-1980.

 

¿Qué pasa con Dionisio?

lunes, 10 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Dionisio, o Bernardo Ramírez Granada, ha venido elaborando con paciencia, autenticidad y buenos recursos literarios sabrosas crónicas sobre he­chos y personajes municipales de la Armenia antigua, que algún día serán recopiladas en libro. Libro que se ha hecho esperar y no sé si está en la intención del autor publicarlo por su cuenta o seguir esperando el cumplimiento de una ordenanza que se convirtió en letra muerta.

Ramírez Granada, que maneja una prosa erudita y refinada, es profundo conocedor de la vida comarcana y ha logrado recuperar episodios y revivir personajes pintorescos que suelen esfumarse con el paso del tiempo. Como cronista atento a la vida de su pueblo, no solo relata los sucesos que han circulado a su alrededor, sino que investiga los que se escapan a su conocimiento, y lo hace en castellano florido e ingenioso. Es fiel historiador de la ciudad, labor difícil y ponderable.

He oído hablar, desde hace varios años, del proyecto de publicación de estas crónicas. Es inexplicable que Extensión Cultural per­manezca ausente de dicha iniciativa. Si las cosas se hicieran por prelación y mérito, las Crónicas de Dionisio han debido editar­se hace mucho tiempo.

Al autor habría que pedirle que, si la acción oficial sigue renuente,  acometa  por su cuenta la edición de su libro, en la seguridad de que ten­drá éxito rotundo. Sin embargo, Bernardo Ramírez Granada no tiene pretensio­nes publicitarias y vi­ve alejado de la vanidad. Sus cróni­cas, de todas maneras, no pueden per­derse.

Nunca ha existido verdadero propósito de fundar la Biblioteca de Autores Quindianos. Para que esto ocurra se necesita juicio serio y continuidad de la persona encargada de dirigir la cultura regional. En otras partes este empleo es casi inamovible. Aquí es cuota de poder.

Por las paradojas que suelen ocurrir en los predios de la cultura, a Bernardo Ramírez Granada no se le invitó al reciente encuentro de escritores quindianos. ¿La razón? Alguien me dijo que por no se autor de ningún libro. Quedé confuso con criterio tan miope.

Si algo es Bernardo, es escritor. Otros escriben libros y no son escritores. Las Crónicas de Dionisio, que han tenido amplia divulgación en la prensa local, muestran que su autor es gran escritor. Escribe despacio y se exige mucho. Es severo con su estilo.

Sin embargo, la verdadera solidez de esas crónicas, o su perdurabilidad en el tiempo, sólo se obtendrán cuando estén empastadas. Mientras tanto, Dionisio, el alias de Bernardo, no tiene afán de volverse libro, lo cual es una lástima.

No es razonable que continúe transcurriendo el tiempo sin que los amantes de las letras tengan la feliz oportunidad de deleitarse con esta joya de la literatura quindiana.

La Patria, Manizales, 11-IX-1980.

 Apostilla:

Las Crónicas de Dionisio fueron publicadas por Quingráficas, en octubre de 1981, dentro de la Biblioteca de Autores Quindianos. Su autor me pidió unas palabras para la solapa del libro, en las cuales digo lo siguiente:  

Un hombre de cultura

Un día ya lejano fue maestro de escuela en Quimbaya y de allí arrancó, sin duda, su amor a la pedagogía. Más tarde fue rector del Colegio Rufino de J. Cuervo y luego el primer rector de la Universidad del Quindío. En el sector público ejerció las Secretarías de Educación y de Fomento y Desarrollo del departamento. Se ha destacado, además, como articulista de diferentes periódicos y revistas.

La vida de Bernardo Ramírez Granada se caracteriza por sus inquietudes pedagógicas y su vocación de escritor. A pesar de ser este el primer libro que publica, siempre ha sido escritor. Desde hace mucho tiempo viene elaborando, en forma silenciosa y alejado de afanes publicitarios, las deliciosas Crónicas de Dionisio, martilladas con elegante y castiza prosa. Por estas desfilan personajes y episodios de Armenia, su cara ciudad, y dibujan importantes perfiles de épocas memorables. Es, por sobre todo, el cronista atento al discurrir de la vida, que logra rescatar valiosas referencias de la Armenia antigua.

 Gustavo Páez Escobar

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