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Paipa, mi pueblo

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Apenas acababa de regresar de breve recorrido por los caminos de Boyacá cuando recibí el libro Paipa, mi pueblo, de Armando Solano, afortunada edición del Banco de la República dirigida por Hernando Mejía Arias, discreto trabajador cultural, el mismo que asesoró las obras Gotas de tinta, de Luis Tejada, y Poesía y prosa, de José Asunción Silva, excelentes publicaciones de Colcultura.

Decía Solano que «no hay en nuestra raza característica más per­sistente que la melancolía, y esa melancolía hace del tipo que se mueve bajo su influencia, el más apto para un progreso sustantivo e inte­gral». En el boyacense se combinan condiciones poco comunes. En su sencillo porte habitual van escondi­das la malicia, la sinceridad, la cordialidad, la penetración de espí­ritu, la ingeniosidad bromista con que protege su humildad y se defiende contra los zarpazos de la existencia.

Armando Solano se pasó la vida cantándole a su tierra y extrayendo de ella el sabor, la sabiduría y la poesía que permanecen en su obra mesurada y reflexiva. Es él, ante todo, ameno conversador literario —como era su permanente manera de ser—, cuyo mérito principal reside en la autenticidad con que supo captar la pureza del paisaje y la pureza del alma boyacense. Dos condiciones que le dan dimensión a la patria co­lombiana.

Dominó la difícil facilidad de la escritura, y forma, con Eduardo Ca­ballero Calderón, Eduardo Torres Quintero, Eduardo Mendoza Varela, José Mar, José Umaña Bernal y tantos otros, la legión de grandes estilistas boyacenses. ¿Y qué es el estilo sino esa garra del pensamiento que se queda en el tiempo como mojón irremovible del tránsito del hombre sobre la tierra?

Hoy es distinta la Paipa que conoció Armando Sola­no, como lo advierte el prologuista, Próspero Morales Pradilla, otro bo­yacense preclaro. Comenta él que lo más curioso que les ha ocurrido a los boyacenses es el cambio de color. En vida de Solano se vestía de negro. ”Este hecho —dice Próspero Morales— les daba resonancia y, sobre todo, uni­formidad a los escritos de Solano».

Pero vino la época del color: televisor, violencia, siderúrgica, camisetas de los ciclistas… que acabaron con cuatro siglos de luto en Boyacá. ¿Y toda esta barahúnda del color y el progresismo —pregunto yo— no estará terminando también con los escritores? ¿Sí es fácil escri­bir entre el bullicio del transistor endemoniado o la pantalla fulgurante y frívola del televisor que no deja pensar?

Encontré, en mi viaje relámpago por la zona turística de Boyacá, dos lindos pueblos agonizantes: Tibasosa y Nobsa. Se están intoxicando entre la contaminación mortífera de las fá­bricas de cemento. ¡Los está ma­tando la civilización! Y me hallé con otro adefesio: el turismo, a lo gringo, o sea con arrogantes dólares viajeros, hace hoy de Villa de Leiva, Paipa y sus alrededores, antes pueblos acce­sibles al bolsillo, lugares exagera­damente caros.

Regocijémonos, quienes aún lee­mos libros, del reposo de aquella Paipa lejana que se rescata hoy, con la confortante melancolía del alma boyacense, entre el vértigo y la al­garabía infernales de estos tiempos convulsos y confusos que no alcanzó a presentir Solano. Paipa es también emblema de la quieta aldea del ayer que el país se dejó robar. Los pueblos serán siempre reflejo del alma. Carlos Eduardo Vargas Rubiano, celoso vigilante de la heredad, debiera promover una campaña para preservar a Boyacá contra los asaltos deformadores de la falsa civilización.

Una pregunta final: ¿Por qué le suprimieron, en la carátula del libro, la coma a Paipa, mi pueblo? Esto tampoco lo hubiera entendido Solano, esteta del estilo, y es mejor que lo ignore en su descanso eterno. La coma se suda y se goza tanto al colocarla, cuando es correcta, como al suprimirla, cuando es defectuosa. La buena puntuación usurpada o dis­locada se vuelve un atropello contra el ritmo y la donosura del idioma. (Pero si las nuevas generaciones no aprendieron a escribir con sintaxis, menos lo harán con comas y tildes).

¿Será que con la salida de Jaime Duarte French de la Biblioteca Luis Ángel Arango se están colando los diablillos de los tiempos modernos que tratan de desdibujar la época y la obra memorables de Armando Sola­no?

El Espectador, Bogotá, 4-VIII-1983.
Revista Cultura, N° 135, Tunja, diciembre de 1991.

* * *

Comentario:

Buena, pero muy buena, tu nota de hoy en El Espectador sobre el libro de Armando Solano. Inteligente, sabrosa, conceptuosa. Lo de la coma, estupendo. Adel López Gómez, Manizales.

Entre santuarios y asombros

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Prólogo del libro Sus santuarios

Escribe monseñor Libardo Ramírez Gómez un libro es­pontáneo que le brota de corrido, sin artificiosas galas literarias, y que busca transmitir un sentimiento. Lo hace de manera desprevenida, como esos viajeros que se dejan conducir por los caminos abiertos de las emociones y en­cuentran, en cada travesía y en cada parada, motivos de admiración y de regocijado desconcierto. Saber hallar las cosas bellas de la vida y sobre todo ser sen­sibles a las manifestaciones del arte y sus confortantes encantos, es la mejor manera de darle ritmo a nuestro universo interno. El alma se marchita cuando se pierde la capacidad de asombro.

Este libro de viajes que fue escribiéndose en los san­tuarios de la Virgen dispersos en todos los sitios del pla­neta, es el testimonio del peregrino entusiasta y embelesado ante la maestría de grandes dibujos y monumentos que exaltan la figura de la soberana universal. Los genios del Renacimiento italiano hicieron surgir hermosísimas ex­presiones de esta mujer serena que le da aliento a la hu­manidad. En en el mundo entero, pintada en las más variadas formas, es la Virgen el símbolo más deslumbrante de la belleza.

Por el suelo italiano se multiplican las madonas de líneas exquisitas y sobrenaturales gracias, unas veces representadas en la doncella campesina que contempla la ternura de su hijo, y otras en la dama majestuosa que parece levantarse por el aire corno ficción inalcanzable. Monseñor Ramírez Gómez, que por espacio de tres años adelantó estudios en Roma, quedó herido para siempre con estos cuadros de impresionante maestría, y nace ahí su afán de descubrimiento de nuevos tesoros por los santuarios del planeta. Ante todos ellos se detiene con mirada anhelante y fe estremecida.

Sigue a su patrona por todos los sitios y lo mismo la encuentra en la Pietá de Miguel Ángel que en Nuestra Se­ñora de las Lágrimas, en Siracusa, o en esta dulce campe­sina boyacense que conocemos como La Virgen de los Ties­tos. La persigue por Francia, por Egipto, por Rusia. Y en todas partes está. Se le desliza en el Santuario de las Lajas, y desciende hasta el abismo para no perderla. Y es que además la lleva en el corazón, porque desde niño conoció en Garzón, su ciudad natal, este olor que transpi­ran las campiñas de su Huila maternal.

Y es en Armenia, la que hace diez años lo recibió y lo aclamó como su obispo recién consagrado, donde escribe este diálogo con la Virgen y se solaza entre santuarios y añoranzas. Estas páginas caen en buen terreno, entierra sensible al arte y que sabe también de Vírgenes ar­tísticas y bellas y virtuosas mujeres salidas de la naturaleza.

Armenia, 27-X-1982.

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El humor de John Vélez Uribe

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nunca había escrito un libro, tai vez porque no le había lle­gado la oportunidad. Había, en cambio, incursionado por las páginas del periodismo regional. Todos en Armenia sabemos de su vena humorística, pero no conocíamos su ha­bilidad para trasladar ese humorismo a un libro. Fue el gober­nador del departamento, doctor Jesús Antonio Niño Díaz, el que propició ese hecho al publicarle la obra El humor de los míos, que acaba aparecer dentro de la Biblioteca de Escritores Quínchanos.

El autor, ausente hace varios años en la capital del país, donde descubrió el mundo de las flores y se volvió experto en aromas y hermosos jardines, regresa a su parcela quindiana de manos del humor que siempre ha cultivado. Cultivar flores con humor debe ser una delicia. El humor de John Vélez Uribe es tan natural como sus viveros, y le corre en las venas como un elemento vitamínico.

Como nació para gozar, conside­ra que la vida debe armonizarse con gracia y simplicidad, alejada de los hechos solemnes y movida por el sutil resorte de la comicidad. A la entrada de su vivero se lee la siguiente pla­ca: «Si quieres ser feliz un día, embriágate; si quieres ser feliz un mes, cásate; y si quieres ser feliz toda la vida, siembra un árbol». Hay, sin embargo, cierta contradicción en la senten­cia, porque John ha sido feliz más de un mes, y se propone seguir siéndolo por muchos años más, con su humor a cuestas, y sobre todo con su Leonor a cuestas.

La ciudad de Armenia lo recuerda como el hombre repentis­ta en el apunte certero y el genial intérprete de personajes lugareños. El humorista, que en esencia es un filósofo de lo cotidiano, también es un historiador cuando capta el gesto de los tiempos. El humor bien ejercido logra trasplantar el am­biente de su pueblo. Y John Vélez Uribe, con su vena chis­peante y su imaginación maliciosa, rescata en este libro sen­cillo y ameno un gran repertorio de Armenia.

Es como poner a hablar, reunidos, a una serie de protagonistas de la picaresca parroquial, que representan el rostro amable de la ciudad. Este espíritu paisa que anda por las calles de Armenia como un viento travieso y que es el sello  auténtico de la idiosincrasia local, queda admirablemente copiado por este genial imitador de costumbres y traductor de semblanzas.

Conoce él muy bien a su gente y además se ha ido por cuanto recoveco se abre y se pierde en los secretos de las ciudades, descubriendo y pregonando los filones ocultos de la gran aventura cómica que es la vida. Atrapa, de pronto, los cuentos y las ocurrencias que se repiten de boca en boca y que termina­rían extinguiéndose si no se recogen por escrito.

John lo nace de manera natural, sin demasiados adornos li­terarios, para que sus historias se transmitan al vivo, como co­rren por calles y cafés. El barniz hubiera desflorado ese sabor popular, auténtico y deleitoso, que es el condimento del chiste y la bufonada. El nuevo escritor es un personaje muy serio pa­ra narrarnos sus anécdotas sin mentiras, entre cosquillas y carcajadas.

La Patria, Manizales, 2-VIII-1982.

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Monografía de Quimbaya

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hugo Galvis Valenzuela, empleado público que hace esporádicas apari­ciones en el periodismo re­gional, acaba de publicar una monografía de su pueblo natal, el unicipio de Quim­baya que ahora estrena re­luciente carretera a Montene­gro, lograda luego de in­gentes esfuerzos y sobre todo de las sofocantes promesas de los políticos.

La carretera ha quedado concluida como la coronación de un viejo anhelo de la provincia que re­seña Hugo Galvis Valenzue­la en las 270 páginas de su li­bro. Si la vía asfaltada, que tu­vo que romper montaña y afirmarse sobre difícil terreno, se proclama hoy como una conquista regional, el libro, que demandó  años de investigación y muchas vi­gilias mentales del escritor, hace su entrada triunfal, sobre la senda del progreso, al bello municipio cafetero que gana al mismo tiempo en ade­lanto material y en impor­tancia cultural.

Arranca el estudio desde la aparición de la tribu, en 1539, pasa por la fundación de la aldea, en 1911, y termina en el surgimiento de la ciudad actual, en 1960.  Hay un dete­nido repaso de la colonización, donde aparece la raza pri­mitiva y laboriosa que hace brotar la aldea promisoria, luchadora y progresista. Fue en esta región donde los indios quimbayas establecieron sus reales.

Se dice de ellos que eran tra­bajadores y artistas. Su patrimonio se preserva en valiosas piezas de orfebrería que para fortuna de las nuevas generaciones han conseguido rescatarse como una de las referencias más importantes de dicha  cultura

Galvis Valenzuela escarbó libros y archivos, ordenó datos, sacó conclusiones, hasta lograr este libro que entrega a sus paisanos como su mejor ofrenda y su mejor testimonio histórico. Consultó las fuentes de la historia en boca de los  fundadores del pueblo, tomó estadísticas, ana­lizó cifras y rescató persona­jes. El pulso de la historia está en los hechos que el tiempo desmenuza y ter­minan sepultados en el olvido Estos trozos huidizos y muchas veces ignotos son los que dan perfiles a las regiones.

Galvis Valenzuela tocó en muchas puer­tas en demanda del auxilio oficial que  debería estar presto para premiar el esfuerzo que sig­nifica escribir un libro. No tu­vo suerte, porque no se le oyó con atención, y de to­das maneras porque la cultura es huérfana, y acometió con sus propios recursos la empre­sa quijotesca de editar su obra.

Reto ingratos de la inteligencia, pero aquí lo vemos cabal­gando como chalán convencido de que a la cultura hay que aguijonearla para que produz­ca frutos. Y satisfacciones, que se hicieron evidentes la noche en que el pueblo le reconoció el mérito en la Casa de la Cultura.

Quimbaya, floreciente municipio quindiano rodeado de cafetales e impulsado con el tesón de sus antepasados, ahora con carretera pavimentada y aires modernistas, y que tiene en Bernardo Pareja la inspiración poética, cuenta también con su historiador. El pueblo puede sentirse ufa­no entre la cultura del asfalto y la cultura de las letras.

La Patria, Manizales, 21-VI-1982.

 

 

La verdad en cápsulas

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«No recomiendo estas páginas al transeúnte de los libros, que lee por simple pasatiempo», dice Bernardo Londoño Villegas en un preámbulo de su obra Al encuentro de Dios y del hombre, publicada en 1968 por la Editorial Canal Ramírez. Esta re­comendación es válida sobre todo pa­ra los lectores que no se dedican a pensar. Y el libro conduce, exacta­mente, a hacer pensar.

Dice además: «En este libro no se exponen verdades a medias: en él campea la verdad desnuda, con la pura e inocente desnudez de la cria­tura sin pañales, tal como sale de las manos de Dios». Es preciso, por tan­to, preparar la mente para recorrer este libro que se ocupa, en apretadas síntesis, de examinar los diferentes caminos de la vida, paso a paso, des­de el nacimiento hasta la muerte. El hombre tiene necesidad de encon­trarse consigo mismo, y haciéndolo, se encuentra con Dios.

Llega la obra a mis manos 14 años después de haber sido publicada.

Tras reflexiva lectura, he venido sope­sando las verdades que el autor se ha propuesto esparcir en 32 temas de vital importancia. Y tratándose de sín­tesis, es imprescindible degustarlas despacio, con mente analítica, para que transmitan su mensaje y no ter­minen indigestando. Londoño Ville­gas, que maneja un vocabulario lim­pio, sonoro, castizo, sabe simplificar las ideas para ofrecer pensamientos de pulida diafanidad.

Decía Voltaire que «todos los hom­bres están de acuerdo con la verdad si ésta es demostrable, pero tratándo­se de verdades oscuras, se hallan muy divididos». La verdad, por eso, penetra fácilmente cuando hay dominio de las técnicas de la expresión para hacerla accesible a la inteligencia común; y provoca polémicas cuando no sólo se emplea lenguaje precario, sino que no hay firmeza conceptual. Los temas que analiza esta obra son como las amarras del hombre en su azarosa existencia.

Cumple el autor su cometido, cual es el de defender sus puntos de vista y preocupar la mente del lector en el raciocinio de sus circunstancias vitales y espiritua­les. Podría decirse que no hay faceta que haga relación con la esencia del individuo, que no esté aquí tratada.

Desde el escrutinio del hombre inte­rior, pasando por sus relaciones con los demás y concluyendo en el miste­rio del tiempo y de la eternidad; desde el ejercicio de las virtudes básicas (la justicia, la libertad, la caridad, el diá­logo, la cultura), hasta el encuen­tro con la democracia y la solidaridad de las naciones; desde los vicios de la política, hasta la civilización de las costumbres; desde el cultivo del ser pensante, hasta la comunión de éste con el universo y con Dios, son todos capítulos elaborados con vigor, con convicción y sentido didáctico, que llevan a la compenetración del alma.

Buena utilidad cumple este mensa­je que, lejos de evaporarse en el tiem­po, parece que se vitalizara para se­guir cumpliendo su cometido de obra difusora de la verdad. La verdad, por más debatida y combatida que pueda ser, es perenne.

La Patria, Manizales, 13-IV-1982.

 

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