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El verdadero autor de la “Alegría de leer”

lunes, 25 de febrero de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

La obra más difundida en Colombia a partir de su aparición en 1930 fue la Alegría de leer, que estaba compuesta por cuatro cartillas. Se convirtió en un best seller que vendió alrededor de un millón de ejemplares. Caso insólito. Las cartillas, que en realidad eran libros separados y fueron editadas en diferentes fechas, las conserva en Manizales, como verdadera reliquia, Jairo Arcila Arbeláez. En esa obra aprendimos a leer miles de colombianos. Después vendrían los libros de García Márquez, que registrarían ventas fabulosas.

Evangelista Quintana Rentería figura como el autor de la Alegría de leer. Él fue inspector escolar en su departamento del Valle (nació en Cartago en 1896) y poseía influencia en el campo pedagógico. Su nombre, por supuesto, adquirió alta ponderación como escritor de la obra, y así pasó a la historia bibliográfica.

En internet se encuentran numerosos registros que acreditan a Quintana como el afortunado autor de uno de los textos más emblemáticos del siglo XX. Incluso mucho tiempo después, en febrero de 1999, Jorge Orlando Melo, prestigiosa figura de la cultura nacional, destaca su nombre en artículo de la revista Credencial. De la misma manera, esta información la reproducen muchos tratados de literatura y educación.

Pero la realidad dice otra cosa. Hoy puede asegurarse que se trató de un hurto literario cometido por Quintana en la Colombia sosegada de su época, y que por extraña circunstancia quedó impune. Hay nudos tan bien hechos, que nadie logra deshacerlos. Hay mentiras tan bien urdidas, que terminan convirtiéndose en verdades. Verdades falsas, como los “falsos positivos” en el área militar de Colombia en los últimos años. Esto sucede lo mismo en los sucesos  históricos que en la literatura y en la propia vida.

Dos fuentes respetables demuestran que el verdadero autor de la Alegría de leer es el educador nariñense Manuel Agustín Ordóñez Bolaños, nacido en La Cruz en 1875. Esas fuentes son:

  1. la de Vicente Pérez Silva, cuya labor en los campos histórico y literario es bien conocida, y quien pronunció en 1999, durante la Feria Internacional del Libro, una conferencia en la que aportó suficientes pruebas que no dejan duda sobre el plagio. Dicha conferencia fue recogida en el folleto que tituló Ventura y desventura de un educador (2001);
  2. la de José Oliden Muñoz Bravo, doctor en Historia, que escribió en la revista Historia de la Educación Colombiana (número 13 de 2013) un exhaustivo estudio sobre los pormenores del plagio.

Según testimonio de Manuel Agustín Ordóñez, se sabe que en diciembre de 1926 su paisano nariñense Abraham Zúñiga, también pedagogo y que poseía hermosa caligrafía, le sacó en limpio, para su posible publicación, dos cuadernos que contenían el material de la Alegría de leer. Ejecutado el trabajo, Ordóñez viajaba un día en ferrocarril de Popayán a Cali, cuando de pronto sintió que alguien le ponía la mano en el hombro y le preguntaba por los cuadernos que portaba. Era Quintana, quien se interesó por ellos, y de ahí en adelante se dedicó durante horas a leerlos durante el viaje.

Cuando se los devolvió, muy cerca de Cali, Quintana le dijo: “Yo le voy a ayudar a usted, aprovechando mi amistad con el director de Educación y con mis demás amigos, para que usted pueda cumplir mejor con el deseo de publicar sus obras que considero muy importantes”. Ante esta perspectiva halagüeña, Ordóñez depositó su obra en la Dirección de Educación Pública de Cali, con la solicitud de que se hiciera el registro de la propiedad literaria. Y no obtuvo ninguna respuesta.

En junio de 1931, volvió a verse con su colega Abraham Zúñiga, quien le hizo esta tremenda revelación: “Evangelista Quintana ha publicado unos libros de lectura, que son la misma cosa que los suyos”. El plagio estaba cometido. De ahí en adelante, la vida del verdadero autor de la Alegría de leer estuvo marcada por el dolor y la tristeza.

Su obra no es un simple texto escolar, sino una técnica de enseñanza –original, asombrosa y docta– que mereció los mejores reconocimientos de eruditas personalidades, entre ellas el eminente pedagogo, médico y sabio belga Decroly, quien en 1925 expresó estas palabras: “Yo admiro el método inteligente empleado por el señor Manuel Agustín para enseñar la lectura. El procedimiento puede perfectamente asociarse al sistema ideovisual o global que yo preconizo”.

Así mismo, otros personajes de las letras y la cultura colombianas, como Luis Eduardo Nieto Caballero, Juan Lozano y Lozano y Agustín Nieto Caballero, honraron la sabiduría del sencillo y virtuoso maestro nariñense a quien Evangelista Quintana despojó de su creación magistral. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué la justicia no castigó al usurpador? ¿Por qué los registros bibliográficos no han corregido el error? Las preguntas siguen sin respuesta nueve décadas después de cometido el fraude.

Episodio estremecedor. El verdadero autor de la Alegría de leer hizo el 10 de septiembre de 1947 la siguiente imprecación, abatido por el infortunio: “Qué terrible será cuando la conciencia le grite a Quintana, si no le está gritando ya: ´Día llegará en que haya de venir el Impartidor de los dones perfectos, el Justo, para impartirme su justicia´”. 

El Espectador, Bogotá, 23-II-2019.
Eje 21, Manizales, 15-II-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 17-II-2019.
El Velero, revista de Coempopular, n.° 35, Bogotá, junio de 2019.
Mirador del Suroeste, n.° 68, Medellín, junio de 2019.   

Comentarios 

Acabo de leer la historia de aquella cartilla en la que yo, por supuesto, aprendí a leer. Hasta me acuerdo de que había un cuentecito que se refería a «Clotilde era una bruja que… era la bruja de los claveles…» Por eso mismo me ha parecido tan interesante, tan desconocido y tan bueno de saber el contenido de esta crónica. Los robos y los plagios abundan, sin duda alguna, y deben molestar, tallar en la conciencia de los que los cometen. Diana López de Zumaya (colombiana residente en Méjico).

Este artículo es un aporte más a las injusticias que se cometieron. José Oliden Muñoz Bravo, Pasto.   

Gracias por el mensaje que todos los colombianos debemos conocer. En lo personal, fui uno de los beneficiados de la obra,  pues ella me enseño a conocer la Alegría de leer que hoy me  llena de vida. Mariano Sierra.  

Muy interesante artículo, justo cuando estaba escribiendo sobre el tema de las primeras lecturas escolares. Luis Eduardo Páez García, Academia de Historia de Ocaña. 

Qué bueno dar a la luz pública este triste episodio, que los colombianos que aprendimos a leer con ayuda de esas cartillas ignorábamos. Que quede, así sea tardíamente, la constancia del delito cometido por el usurpador Quintana y el reconocimiento al mérito del modesto profesor nariñense. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Nota del columnista. Dos revistas me han solicitado autorización para publicar este artículo en próximas ediciones: Mirador del Suroeste (Medellín) y El Velero, de Coempopular (Cooperativa de Empleados del Banco Popular y sus filiales). Además, la nota ha tenido amplia difusión en las redes sociales, y numerosas personas me han hecho llegar sus expresiones de rechazo al plagio y admiración por el profesor Ordóñez.

Entre la música y el sueño

miércoles, 12 de diciembre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Leí en estos días dos obras que me impactaron: Otto, el vendedor de música, y La alegoría del sueño, de Mauricio Botero Montoya, editadas por La Serpiente Emplumada, que dirige Carmen Cecilia Suárez, cuyo nombre adquirió notoriedad hace varios años con el libro de cuentos Un vestido rojo para bailar boleros (1988). El primero de los títulos de Botero Montoya va por la cuarta edición y además fue traducido al alemán.

El autor nació en Bogotá y estuvo vinculado al servicio diplomático. En Buenos Aires fue amigo cercano de Jorge Luis Borges, cuyo pensamiento ha influido en su obra. Ha sido profesor,  periodista y conferencista en diversos países. Y ha escrito otros libros, entre ellos Cóncavo y convexo, El baile de los árboles y No vi otro refugio.

Al libro de Otto le agregó más tarde el texto Un hombre que se va, que es la despedida del vendedor de música al cerrar su negocio, o mejor, al irse del mundo. Despedida anticipada y simbólica, ya que este simpático personaje, erudito en música clásica y gran intérprete de la sociedad que pasa por su tienda musical (con interlocutores como León de Greiff), no desaparece en las páginas del libro, aunque sí anuncia su familiaridad con la muerte y deja su testamento en las 144 páginas de la obra. Y hasta se idea este posible epitafio para su tumba: “Perdonen si no me levanto”.

Otto –que es el alter ego del autor– no hace otra cosa que filosofar con los compradores de los discos y trasmitir a los lectores las graciosas conversaciones que tiene con su clientela en el negocio que lleva por nombre Caja de Música, al frente de la iglesia de Lourdes en Chapinero. Otto, por supuesto, es el mismo Mauricio Botero Montoya. Está hecho a su medida exacta. El alma del escritor queda plasmada en esta obra escrita con fino sentido del humor, la risa y la ironía, y que contiene incisiva penetración en los menudos y grandes sucesos de la cotidianidad.

Es un libro curioso, cuyo género no es fácil definir. Está ubicado entre el cuento y la crónica, quizás la autobiografía, y cabe pensar que el escritor no se detuvo en cánones literarios para decir su palabra libre y expresiva, la que llega al público diverso que entra a una venta de música. Por allí desfilan adultos y jóvenes, mujeres atractivas, viejos enamorados, viudas sin rumbo, intelectuales ociosos, filósofos andariegos… El gancho es la música. En el capítulo de Vivaldi, la pelipintada pregunta por discos de Julio Iglesias, y Otto, el vendedor de mente perspicaz, le responde que no los tiene porque el médico le prohibió el dulce.

La alegoría del sueño tiene el carácter de diario. Enfoca la condición humana. El hombre es el gran protagonista. Como tal, los problemas que caben en el ser humano se ventilan en esta obra genial, breve en páginas y densa en raciocinio, divagaciones, perplejidades y asombros, en la que hay lugar para todo: la política, la música, la religión, la literatura, la ciencia, la guerra, la pintura, e incluso la logia (ya que una legión de masones no cesa de viajar por todos los escenarios con su verbo reflexivo, el mismo verbo del escritor del diario).

El fondo de este prontuario de citas célebres es el derecho a soñar. “Estás hecho de la misma materia que los sueños”, dijo Shakespeare. Son deslumbrantes los destellos de este libro. A veces me parece escuchar a Fernando González, el brujo de Otraparte.

Copio al vuelo estos pensamientos de la obra: “La juventud es un gran defecto cuando no se es joven”. “Al final no me preguntarán si fui creyente, sino si fui creíble”. “En los negocios, los hambrientos no quieren a los sedientos”. “El primer requisito de la brevedad es no quedar corta; el segundo, no alargarse”. “Demasiados autores redactan como si escribieran en un idioma extranjero, trasmiten sin expresarse”. “La risa, el buen humor del cuerpo, es un canto de alondra sobre la llanura prosaica”. “Trabajar no es trajinar, para eso están los robots. Ninguna velocidad suple la calmada rapidez del pensamiento”.

El Espectador, Bogotá, 8-XII-2018.
Eje 21, Manizales, 7-XII-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 9-XII-2018.

Comentarios 

Se me antojan esos dos libros como un dulce y delicado bocado, ya con respecto al vendedor de música Otto, quien hace las delicias en su despacho como expendedor del arte sonoro, o ya en los sueños del alquimista donde entrega frases magistrales que parecen un merengue filosófico que se deshace en la boca, con una lectura que llena los sentidos de verdadero placer estético, risueño y afortunado. Inés Blanco, Bogotá.

Artículo ameno, interesante e ilustrativo. Me encantaron los pensamientos del autor Botero Montoya. Ellos solo pueden salir de una mente brillante y aguzado sentido del humor. El que más me gustó: «Trabajar no es trajinar, para eso están los robots. Ninguna velocidad suple la calmada rapidez del pensamiento». Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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Memorias de paisas

miércoles, 9 de agosto de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Jaramillo Mejía nació en La Tebaida, vivió en Montenegro y Circasia, y desde 1978 reside en Manizales, donde es columnista de La Patria y ha escrito 18 libros en los géneros de la crónica, la historia, la poesía y la biografía. En la capital caldense se vinculó a actividades comerciales, financieras y culturales, y hoy en la etapa de la jubilación, su oficio primordial es la escritura.

Acaba de publicar el libro titulado Las trochas de la memoria, que lleva como subtítulo Historias de la segunda colonización antioqueña. Está dedicado a sus ancestros, las familias Jaramillo Guzmán y Mejía Palacio, “cuyos títulos nobiliarios no han sido otros que las manos encallecidas por el trabajo”.  

La Colonización Antioqueña, iniciada a finales del siglo XVIII y que llegó hasta comienzos del XX, es uno de los hechos más destacados en la historia del país. Representó la movilización de núcleos familiares hacia Antioquia, y de allí a los hoy departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío, el norte del Valle del Cauca y del Tolima. Su propósito era descubrir y cultivar nuevas tierras, afincar a sus familias y encontrar medios de vida.

La que el escritor quindiano-caldense llama segunda colonización antioqueña se produce con la migración, desde el suroriente antioqueño, de su padre don Ernesto Jaramillo Guzmán, su madre y sus hermanos. Él llega en 1924 a La Tebaida,  donde adquiere una casita y un local e instala una tienda de abarrotes. Al año siguiente regresa a Antioquia para casarse con Elvira Mejía Palacio, unión de la que nacen varios hijos y da paso a nuevas generaciones.

Más adelante, don Ernesto compra una finca en Montenegro y luego se traslada a Circasia. En este tránsito laborioso por el territorio quindiano empeña sus mayores energías como comerciante, agricultor, criador de bestias y hábil negociante de ganado. Esto le permite levantar una familia formada dentro del apego al trabajo y los sanos principios.

Junto con él, otras familias antioqueñas se desplazan por la geografía regional y los territorios aledaños. Están identificadas por los mismos ideales del trabajo arduo y honrado y el ánimo de progreso. Así van poblando las tierras, impulsando los negocios y ensanchando la esperanza.

Bien claro, entonces, queda el criterio de la “segunda colonización” que inspira este libro de memorias salido de la pluma amena de Jaramillo Mejía. Rindiéndoles tributo a sus ancestros, recoge en sus páginas pequeñas y grandes historias que se van esparciendo por el entorno al paso de los colonizadores por las tierras de sus fatigas y sus ensueños.

Este libro es la historia general de numerosas familias vinculadas a un propósito común, y que llevan en la sangre la marca de la raza antioqueña, que lo mismo puede estar ubicada en Antioquia, Caldas, Risaralda o el Quindío. Como dice el autor en entrevista con La Patria, “cámbiele el apellido y es el mismo cuento”.

Por lo demás, hay que celebrar, cómo no, el fino humor, la gracia, la imaginación y el ingenio con que Jaramillo Mejía, con lenguaje grato y descriptivo, matiza sus recuerdos y rescata estos trozos de historia. Son como brochazos sobre el paisaje que pintan la idiosincrasia regional y enaltecen los hábitos y las virtudes de su gente.

El Espectador, Bogotá, 4-VIII-2017.
Eje 21, Manizales, 4-VIII-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 6-VIII-2017.
Mirador del Suroeste, n.° 62, Medellín, septiembre/2017.

Comentarios

Las trochas de la memoria me hicieron evidenciar el valor del esfuerzo colonizador, y la necesidad de profundizar en esa saga que agotó los sueños, la energía y la vida de tantas personas. Es muy grato leer a José Jaramillo Mejía con su fino humor e impecable uso del género narrativo. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Igual que otros investigadores, tengo discrepancias con el modelo colonizador. Sin embargo, pienso que los trabajos de José Jaramillo Mejía tienen un sello propio, además de un exquisito buen humor. Alpher Rojas, Bogotá.

Le deja a uno un sabor amargo el contraste entre el escenario que cuenta el artículo y el de los últimos 20 o 30 años durante los cuales, principalmente en Antioquia, las mafias cambiaron radicalmente el ambiente, el proceder y la mentalidad de los paisas. Afortunadamente quedan personas que por lo menos añoran los tiempos en los que la palabra, el honor y la buena educación eran los emblemas y tratan de no dejarlos perder del todo en las generaciones jóvenes. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

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El hombre clave

martes, 29 de noviembre de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El secreto mejor guardado del proceso de paz fue la actuación del empresario quindiano Henry Acosta Patiño, residente en Cali hace largos años. Allí ha tenido brillante desempeño en distintas posiciones, como estas: secretario de Desarrollo Social del departamento del Valle, director ejecutivo de Coomeva, líder cooperativista.

Es economista y magíster en Administración de la universidad del Valle y ha adelantado cursos en diferentes entidades académicas de Colombia y de otros países. Ha sido consultor permanente de la OIT en Turín (Italia) y de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Es oriundo de Génova (Quindío), donde comenzó a conocer los problemas del campo y la violencia. Nació el mismo año que mataron a Gaitán (1948), hecho que parece adquirir especial relevancia frente al papel que habría de ejercer, seis décadas después, como facilitador de los diálogos entre el gobierno de Santos y las Farc para obtener el acuerdo firmado tras medio siglo de hostilidades.

A la madurez que le conceden sus 68 años de edad, se suman sus virtudes como persona cordial, simpática, prudente y conciliadora. A esto se agregan la sencillez y la generosidad que son características de su carácter, además de sus firmes convicciones por la conquista de la paz, que lo llevaron a proponerle a Santos en el 2010 –como presidente electo– los sistemas para entenderse con las Farc y lograr el fin del conflicto.

Santos le creyó. Había aparecido el consejero perfecto. A partir de ese momento se iniciaron los contactos con el grupo guerrillero, y conforme avanzaba el tiempo, se veían mayores resultados. Henry Acosta se convirtió en el mediador ideal, no solo por la confianza que inspiraba en las dos partes, sino por su tacto, paciencia y sabiduría para conseguir fórmulas factibles de arreglo luego de vencer los innumerables obstáculos que surgían a cada paso.

Mantuvo siempre un nivel bajo, lindante con la humildad. El oficio lo cumplió en absoluta reserva. Estuvo sometido a grandes sacrificios, como la dedicación exclusiva a esa actividad altruista, que implicaba viajar de continuo, en compañía de su esposa Julieta, por trochas y montañas. Dormían en casas campesinas, en cambuches y caletas, y vivían expuestos a enormes peligros.

Para el éxito de su misión contaba con la amistad de ‘Pablo Catatumbo’, otro convencido de la paz, a quien había conocido en 1998. Este hecho fue decisivo para el contacto con las Farc, y luego para los numerosos diálogos que tuvo con la guerrilla en su condición de mensajero del Presidente.

Dice Henry Acosta en su libro El hombre clave, publicado hace poco con el sello editorial de Aguilar, que existieron diferencias notorias en los contactos de Uribe y de Santos con las Farc.

Uribe solo reconoció una vez la existencia del conflicto armado interno de Colombia, mientras que Santos aceptó ese hecho con carácter constitucional. Uribe quería negociar con las Farc la entrega de las armas, pero no el conflicto. En cambio, Santos buscaba los caminos de la reconciliación que llevaran a la dejación de las armas. Dos estilos contrarios. A la postre el que triunfó fue el de Santos mediante la firma del acuerdo final de la paz.

El Espectador, Bogotá, 26-XI-2016.
Eje 21, Manizales, 25-XI-2016.
La Crónica del Quindío, Armenia, 27-XI-2016.

Comentarios

Me parecen muy valiosos los numerosos documentos y patriótico su gesto de apoyo a la paz, con muchas experiencias difíciles y de alto riesgo. César Hoyos Salazar, Armenia.

Desconocía la existencia de Henry Acosta y por supuesto su influencia en favor de la terminación del conflicto. Siempre hay protagonistas ocultos en los procesos importantes. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Qué bien reconocer los esfuerzos meritorios de los nuestros, que sin hacer mucho despliegue de protagonismo sirven a los intereses del país. Eduardo Orozco Jaramillo, Armenia.

Entre las múltiples virtudes de este hombre memorioso, con su libro que es testimonio literario, político y social de transparencia, lealtad, discreción y total amor por su país y por la paz, sin asumir posiciones radicales, destaco también la de ser este quindiano-caleño un corresponsal activo quien, a sus amigos, nos mantiene informados con minuciosidad sobre múltiples aspectos de los actuales procesos de la paz. Cuando se hable del libro y del histórico rol desempeñado por Henry, es insoslayable destacar, además, el arduo trabajo que a la par con Henry desarrolló «Dulcinea», su esposa Julieta López. Desde sus sensatas descripciones y develamientos políticos, los lectores podrán tener otra visión de las Farc-EP, no condicionadas por los medios habituales que tanto daño le hacen a la verdad. Umberto Senegal, Calarcá.

Recetas de mamá Astrid

martes, 9 de agosto de 2016 Comments off

La sazón de este libro

 

 Gustavo Páez Escobar

 

Portada y contraportada-lomo letra despegadaCuando nos casamos, hace 53 años, Astrid no sabía cocinar. A pesar de que la señora Graciela, mi suegra, era experta en la preparación de deliciosos platos, mi adorada esposa no había tenido la ocasión de practicar el arte culinario.

Instalados en nuestro apartamento de recién casados, la primera empleada que tuvimos fue María Santos, una muchachita de 16 años –risueña, pero torpe–, a quien contratamos para pequeños menesteres por recomendación de una parienta de Astrid, a sabiendas de que carecía de formación para manejar la cocina. Por el contrario, era a ella a quien había que enseñarle. Nunca la hemos olvidado.

En tales condiciones, la nueva ama de casa telefoneaba con frecuencia a su amiga Yolanda Morris en solicitud de ayuda para salir de apuros. Astrid comenzó a aprender las recetas que le dictaba su maestra, y al paso de los días se maravillaba de los progresos que obtenía.

Así, fue descubriendo su agrado y aptitud para la elaboración de los alimentos. Los dos éramos amigos de la buena mesa, y por fortuna nunca hemos perdido ese placer. Durante los días del noviazgo hicimos del Chalet Suizo, en el centro de Bogotá, el sitio preferido para nuestras cenas románticas. Y no hemos dejado diluir ese recuerdo.

Allí planeamos el matrimonio bajo los aromas placenteros de la buena cocina  y, sobre todo, bajo el impulso del amor que nos embriagaba el alma.

Hicimos el curso prematrimonial en la parroquia de Santa Teresita, situada a pocas cuadras de donde vivía Astrid (Park Way de la Soledad). Entonces no era obligatorio el curso para casarse, pero la fama que tenía el padre José Miguel Miranda como el mejor orador sagrado de Bogotá nos entusiasmó para asistir a las conferencias.

En el programa figuraban, fuera del párroco, un economista, un sicólogo, un abogado, un médico, una médica (exclusiva para las mujeres, por razones obvias), un ama de casa y un padre de familia, todos versados en el difícil campo de la vida conyugal.

A las novias se les inculcó la importancia de ser mujeres hacendosas, aspecto que exige la esmerada atención de la casa y el acertado manejo de la cocina, por donde pasa la economía hogareña. Sitio que debe volverse fábrica de manjares para darle goce al paladar y hacer grata la existencia.

Seis años después nos trasladamos a Armenia. Desde el inicio matrimonial, Astrid ejercía de tiempo completo, con absoluta dedicación y exquisito gusto por el ornato y el florecimiento del hogar, su labor como gerente ejemplar de la casa. Entre ambos constituimos una sociedad consciente de propiciar la felicidad familiar y buscar horizontes para engrandecer la vida.

Mi laboriosa compañera fue acumulando receta tras receta que recortaba de periódicos y revistas, y otras las aprendía de sus amigas. Cuando el material fue abundante, lo pasó a mano a un cuaderno. Hasta que se volvió idónea en el arte de la cocina. En Armenia hacíamos periódicas y memorables reuniones con nuestras amistades, siempre alrededor de la fragante cocina y bajo el estímulo de los alegres aperitivos.

Quince años después estábamos de regreso en Bogotá. En la parroquia de Cristo Rey se matriculó en clases de alta culinaria que dictaba, para apoyar obras benéficas, una prestigiosa profesora del ramo.

Algún día Gustavo Enrique le dijo a mamá Astrid que deseaba festejar su cumpleaños con una frijolada que quería compartir con un grupo de compañeros de Codensa. ¿Cuántos? No más de doce. Pero resulta que fueron más de veinte. A partir de entonces se hicieron famosas las frijoladas en cada cumpleaños. La última congregó a cincuenta personas.

El día miércoles de cada semana está dedicado a almorzar con los hijos en nuestro apartamento. Es un almuerzo institucional que nos reúne en familia y nos regocija la vida. Ese día prepara Mónica, bajo las indicaciones de Astrid, los mejores platos de la semana, sacados del recetario. El hotel Mamá es sitio inmejorable para el encuentro, el conocimiento y discusión de los problemas, las fórmulas de solución, la propuesta de planes, la unión y la armonía de la familia. Y mantiene las puertas abiertas.

El cuaderno inicial de fórmulas culinarias lo trasladó Astrid a un libro de pasta dura en el que recogió, en 158 páginas, todas sus recetas. Un día me reveló que pensaba dejar una herencia especial a los hijos. Y comenzó a copiarlas a mano, con formidable paciencia e infinito cariño. Pasaba días enteros en la mesa del comedor (elemento esencial de la buena cocina), concentrada en su tarea maternal y feliz con el legado que adelantaba en completo silencio.

Escribió uno por uno, con su entrañable pulso de madre –que solo conocen las madres–, los tres libros de recetas que entregó a los hijos. Libros exclusivos y de edición única. Libros de oro. De paso, quedaba asociada a mi propia vida de escritor. La alianza perfecta. Para comprometerme con su obra, le colaboré con los índices.

En idea genial, los hijos acordaron imprimir las mismas recetas que ella les había transferido –y que representan un mensaje esplendoroso de la sangre y el corazón– en este libro confeccionado por la tecnología moderna. Y obsequiárselo a  mamá Astrid, la chef y la consejera insuperable, este 8 de agosto, cuando da un paso más en su etapa venturosa de la edad dorada.

Así pues, se unen estos homenajes mutuos, entrelazados por un mismo sentimiento: el que corre por las venas de los padres y los hijos, pero que solo es hermoso y valedero cuando el amor perdura como vínculo indisoluble.

Bogotá, agosto de 2016.

Contraportada

Astrid Silva de Páez nació en Bucaramanga, la Ciudad Bonita, bajo el signo de Leo, que simboliza el fuego. Del fuego se derivan la energía, la creatividad, el entusiasmo, la efusividad, la generosidad, el buen corazón. De corta edad se estableció en Socorro, donde sus tíos maternos eran comerciantes destacados. Allí hizo sus estudios primarios. Sus padres se habían separado. Cinco años después volvió a Bucaramanga, donde cursó el bachillerato.

A los dieciséis años iba a ingresar de monja. Pero un sacerdote le hizo ver que ese hecho podría enfermar a su mamá, y por eso desistió de la idea. Por aquellos días, Astrid integraba una asociación de muchachas de la misma edad que cumplían obras sociales en los barrios pobres de la ciudad. La compenetración con la miseria humana movió su alma religiosa.

En Avianca tuvo su primer empleo, y al año siguiente se trasladó a Bogotá. Durante seis años fue secretaria de la presidencia de la General Electric, entidad en la que gozaba de general aprecio (y era pretendida por un gringo enamorado suyo, que ella eludía por no ser su tipo).

Años atrás había buscado ser la esposa de Cristo, y de pronto se le presentó el amor humano. Se casó con el banquero y escritor Gustavo Páez Escobar, y seis años después se radicaron en Armenia, donde él ocuparía la gerencia del Banco Popular durante quince años. De regreso en Bogotá, el matrimonio se dedicó a la educación universitaria de sus hijos (Liliana, Fabiola y Gustavo Enrique). Cumplida la misión, disfrutan hoy de la etapa del reposo bajo el fulgor de la primera nieta, Valeria, una estrella sorpresiva que colma de regocijo a toda la familia.

El hogar ha sido para Astrid la razón de ser de su vida. El cariño por los hijos no tiene límites. Se ha integrado, con absoluta solidaridad y entusiasmo, a la vida literaria de su esposo. Además, posee vena sensible para el arte: ha tomado varios cursos de pintura y le encantan la lectura y la música. Este libro es refulgente símbolo familiar de los valores del amor y del espíritu.

Los Editores

escritor@gustavopaezescobar.com.

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