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Escritos y dibujos de Álvaro Gómez

jueves, 29 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Pocos secuestrados consiguen escribir y difundir desde su cautiverio testimonios trascendentes, como lo hizo Álvaro Gómez Hurtado durante los 53 días que en 1988 permaneció retenido por el M-19.

El poeta Jotamario Arbeláez escribió en aquella época una interesante crónica –que reproduce El Tiempo en Lecturas Fin de Semana del pasado 13 de enero– donde relata la circunstancia privilegiada que lo convirtió en enlace para recibir del comandante Carlos Pizarro los originales de 200 páginas que recogían escritos y dibujos elaborados por el cautivo, y luego entregarlos al propio Gómez Hurtado, que después de su liberación adelantaba la escritura del libro Soy libre (publicado por Ediciones Gamma en 1989). Sin embargo, en este libro no fueron incluidos tales documentos, como era la intención de hacerlo.

¿Qué sucedió para que Gómez Hurtado no hubiera dado cabida en su obra a dicho material, del que  sólo tomó algunas cartas? Es la pregunta que Arbeláez se ha formulado durante los 18 años siguientes. Asesinado Gómez Hurtado en 1995, en sus archivos no se halló el legajo de las 200 páginas rescatadas por el poeta, lo que hace presumir que los documentos se extraviaron o fueron destruidos. Ante tal conjetura, Arbeláez entregó en estos días al rector de la Universidad Sergio Arboleda fotocopia completa de los documentos, con el fin de que se integren a la biblioteca de Gómez Hurtado, donada por su familia al centro docente, y para que ojalá se edite un libro con este legado de vital importancia.

Pienso yo que la documentación aludida ha podido publicarse, en forma total o parcial, en dos libros diferentes al de Gómez Hurtado que vieron la luz en aquellos días: Itinerario político de un secuestro (Tercer Mundo Editores, 1988), de Rodrigo Marín Bernal, y Rolando está en camino (Editorial Kelly, 1989), de Felio Andrade Manrique. Apoyo esta suposición en una reseña biográfica escrita por Alberto Bermúdez (acucioso biógrafo de Laureano Gómez y de Álvaro Gómez), en la cual manifiesta que “los detalles de la liberación con muchos documentos producidos por el secuestro” están publicados en tales obras.

Libros hoy de difícil consecución. Pero ambos reposan en la Biblioteca Luis Ángel Arango, como lo investigué por internet. Me falta localizarlos en la propia biblioteca. Sea lo que fuere, ahora se le presenta a la Universidad Sergio Arboleda la ocasión de rendir un justo homenaje a Gómez Hurtado –fundador de ella y profesor de la cátedra de Cultura Colombiana en su Escuela de Derecho–, mediante la edición de las valiosas páginas de que ha sido custodio Jotamario Arbeláez. Espléndida crónica la suya sobre esta historia en buena hora revivida por Lecturas Fin de Semana.

El Espectador, Bogotá, 19 de enero de 2007.

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Las memorias de Alberto Lleras

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Alberto Lleras Camargo, uno de los mayores estrategas de la política colombiana y conocedor como pocos de los reflujos del país, escogió la ocasión precisa para anunciar su retiro de la actividad pública. Muchos calcularon que su decisión sería revocada y formularon votos de esperanza para contar con sus luces cuando arreciara la tormenta.

Otros, al revés, pensamos que su actitud era inmodificable, y el curso de los días nos lo confirmó. Partícipe desde temprana edad en los sucesos nacionales y promotor de no pocos actos del ajetreo político durante cerca de sesenta años, se sintió con derecho a obtener de su partido y de la patria permiso para recogerse en su vida privada. No era la suya una emergencia ni una táctica. Era un propósito maduro, sin duda difícil, y por lo demás una aspiración justa de quien había dedicado lo mejor de sus energías y de su inteligencia al bien común.

Dejaría de ser el escritor público que había librado decisivas batallas en la contienda de las ideas y que había influido en el rumbo del país con su sagacidad y su curtida experiencia, para convertirse en el sereno ordenador de sus propias memorias. Aislado del bullicio mundanal en la placidez de su refugio de Chía, y frecuentado solo por un estrecho número de amistades, no se dejó convencer por la tentación –que para él ya no lo era– de saltar de nuevo a la arena política.

Se consideraba relevado de nuevos compromisos y sólo aceptó, en excepcional ocasión, el encargo académico de exaltar en Barichara la memoria de otro gran patricio, Aquileo Parra, circunstancia que no rehusó a fin de recordar a la clase dirigente las virtudes de uno de los más probos conductores del país.

Las salidas de Lleras Camargo, lo mismo que sus silencios, suscitaron siempre especial interés en el ánimo de los colombianos. En no pocas ocasiones fue el árbitro indiscutible para solucionar pugnas internas dentro de su partido y crear sucesos en el panorama nacional. Esta vez se confirmó, ya de manera inequívoca, el retiro del caudillo.

Su oración ante el recuerdo de don Aquileo, trabajada con los ingredientes que deseaba inyectarle, y pieza maestra como todas las suyas, a más de polémica para mover el marasmo de ciertas conductas, despertó, a cambio de la sorpresa política, temas de reflexión para los dirigentes del país, a quienes encareció volver los ojos al pasado glorioso y no enredarse en la política menuda.

Comprometido con el empeño de rescatar sus recuerdos, se mete en su propia existencia para narrar sus impresiones y añoranzas sobre los hechos y los hombres que influyeron en su vida. Retrocede al siglo XIX en busca de sus ancestros, y surge una generación de generales y guerreros, de maestros y políticos, con fondo de batallas y  tensiones permanentes, que fueron el mayor espectro del país en aquella centuria marcada por irreconciliables refriegas partidistas.

Con énfasis y orgullo, Lleras Camargo se reencuentra en sus recuerdos con su abuelo “formidable”, Lorenzo María Lleras, cuya personalidad lo seduce. Esa sombra patriarcal contribuye a plasmar el carácter del historiador que buscando sus raíces se ve sugestionado por la estampa señera. Al bautizar el primer tomo de sus memorias con el nombre de Mi gente, apuntala un ángulo imprescindible de su carácter.

Y es inevitable que al repasar sus orígenes se detenga en los campos de Boyacá y  Cundinamarca, de donde provienen los Lleras y los Camargo, “las dos familias democráticas y sencillas”, y se solace en el ámbito campesino donde transcurrió su primera infancia. El hombre requiere volver con frecuencia a la niñez, no solo con la memoria, sino sobre todo con la emoción, para encontrase consigo mismo y descubrir las claves de su existencia.

Este primer libro de sus memorias, dedicado casi por completo al recorrido de las dos familias por entre guerras y afectos hogareños, resume importantes trozos de historia patria y revela los primeros perfiles de la vigorosa personalidad del propio memorialista. Forjador de buena parte de la vida del siglo pasado, Lleras Camargo fue testigo de excepción para dejar su testimonio sobre grandes episodios nacionales.

Con prosa brillante y aguda penetración sobre las personas y los hechos, pocas plumas tan maestras como la suya para desentrañar la historia y dar a los sucesos su cabal interpretación. Cuando en Mi gente evoca sus recuerdos, matizados con la elegancia del pensamiento y el garbo del estilo, es como penetrar en mundos fantásticos que sólo logra plasmar el verdadero escritor.

Nadie, por lo tanto, tan indicado como él para entregarle al país las memorias que planeaba dentro de la serenidad de su senectud vivificante. Por desventura, luego del primer tomo le sobrevinieron serios quebrantos de salud que frustraron ese empeño de largo alcance. Así, naufragó el propósito de incursionar en intensos capítulos de la vida colombiana durante el siglo XX, donde él mismo fue protagonista como político, gobernante, escritor y periodista.

Pero sus escritos, discursos e innumerables páginas periodísticas constituyen un legado imperecedero, que ahora rescata el país al celebrar el centenario de su natalicio.

El Espectador, Bogotá, 30 de mayo de 1976 y 31 de julio de 2006.
Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nos. 46 y 47, enero-abril de 1990.

 * * *

Comentario:

Excelente semblanza del gran colombiano y patriota que fue Alberto Lleras. Ojalá los políticos contemporáneos aprendieran el legado y herencia política de este prohombre: servicio a la patria y sus compatriotas sin esperar prebenda alguna, total desprecio por los bienes y recompensas materiales y un amor infinito por su patria y su partido. En síntesis, un verdadero y auténtico colombiano. Luis Quijano, Houston (USA).

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Homenaje póstumo a Riosucio

jueves, 22 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Don Rafael Vinasco Trejos solía comentarme, con vivo entusiasmo y discreta vanidad, el plan que desde años atrás adelantaba sobre una historia de Riosucio (Caldas), su pueblo nativo. De su coterráneo y maestro Otto Morales Benítez, de quien durante largos años fue cercano colaborador, había aprendido que la microhistoria es el nervio de la historia. Esto lo movía a reconstruir hechos menudos que dibujaban el alma del terruño.

Dados nuestros nexos de amistad, quiso don Rafael que yo conociera varios de esos capítulos, recogidos al paso de los días con el poder de su memoria prodigiosa, los que me remitía en entregas calculadas para que fuera aspirando el aire pueblerino de su comarca, y de paso le expresara mi opinión sobre su escritura meticulosa.

Dichos escritos me enteraban sobre diversos sucesos locales (como la llegada del primer automóvil al pueblo, o el cenadero de doña Temilda, o el sortilegio de la pólvora, o la semblanza de algunos personajes típicos), con esta particularidad: la de ser evocados no en los sistemas de la enredada tecnología actual, por los que sentía terror invencible, sino en su elemental maquinilla de largas travesías, que pulsaba con desenvoltura y placer.

Yo, por supuesto, lo animaba para que editara cuanto antes la obra tantas veces anunciada, de valor manifiesto, y él me decía que aún le faltaba algo por decir. La razón que aducía –y de ahí nunca salió– era la de que en ese momento escribía el último capítulo y que pronto, en cuestión de días (que podían volverse años), concluiría su tarea. En nuestro próximo encuentro, tres o cuatro meses después, volvía a repetirme lo mismo.

De pronto me acordé de que no había vuelto a saber nada de don Rafael ni de su  programa interminable. (A veces las personas y sus ideales se nos esfuman sin darnos cuenta). Y me comuniqué con el teléfono de su casa, ansioso por conocer sus últimos progresos. Al otro lado de la línea, una voz femenina se mostró confusa con mi llamada, y yo alcancé a distinguir su sorpresa.

“¿Pregunta usted por Rafael?”, oí que exclamaba Sylvia, su esposa. Sollozó, y me contó que su marido cumplía, ese día exacto, dos años de muerto. ¡Por Dios! ¿Cómo era posible que nadie me hubiera contado su deceso? En medio de semejante aprieto, no pude evitar el preguntarle por las páginas escritas con tanto fervor y entusiasmo (después sabría que se trataba de cuatro libros sobre Riosucio), y recibí de ella esta respuesta tan común en el mundo de los escritores: la obra se encontraba inédita, y las gestiones para conseguir editor no resultaban favorables.

El autor se había ido del mundo sin haberle entregado a su patria chica el trabajo que consintió, pulió y repulió (con exceso de perfeccionismo) durante largos años. Cada línea que trazó reconstruyendo la historia regional, la gozó al máximo, al ponerlo en sintonía con el alma de su pueblo. Ese era su tesoro espiritual, y para él la edición tenía importancia secundaria.

Hace poco llegó a mis manos un precioso libro de 368 páginas, publicado en L. Vieco e Hijas Ltda., de Medellín, con prólogo de Otto Morales Benítez (excelente enfoque sobre el autor y su obra, lo mismo que sobre el espíritu de la población) y con el siguiente título: Apuntes sobre Riosucio.

Ante la falta de editor, fue la propia viuda quien con sus ahorros costeó la primera parte del trabajo impreso, y así lo hace constar en la dedicatoria del libro: “He querido hacer esta publicación como un sencillo homenaje a la memoria de Rafael. Sylvia Bonilla de Vinasco”.

Esta crónica, que en aras de la brevedad no entra a detallar el valioso material histórico de la obra, resalta en cambio la noticia grata sobre el entrañable homenaje ofrendado a Riosucio por uno de sus hijos preclaros, homenaje que se convierte, a la vez, en tributo a la memoria del propio escritor.

El Espectador, Bogotá, 20 de junio de 2006.

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Memorias inconclusas de García Márquez

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siendo un extraordinario documento familiar e histórico, las memorias de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, que abarcan treinta años de su vida -hasta 1957-, me dejaron una  dura desazón: que cuando más engolosinado estaba con su lectura, el libro llegó a su final.

La historia quedó trunca, a mitad de camino. Varios años más habrá que esperar hasta que aparezca -Dios lo quiera- el segundo tomo prometido a sus lectores por el fabulador de Macondo. Ojalá que esto sucediera en corto tiempo, ya que muchas veces los mejores propósitos y las más acariciadas ilusiones pueden frustrarse por circunstancias imprevisibles.

Otras memorias famosas, las de Alberto Lleras Camargo, que se iniciaron en 1976 con el volumen Mi gente, editadas cuando el autor cumplía setenta años de edad, quedaron detenidas en el relato de los orígenes familiares y la descripción de una generación de guerreros, maestros y políticos. Lleras sobrevivió catorce años al suceso editorial, pero de ahí en adelante le faltó entusiasmo para continuar el propósito concebido con tanto empeño.

Germán Santamaría, que pocos días antes de aparecer el libro de Gabo escribió unas laudatorias palabras de aperitivo, reveló que en las 580 páginas apenas había pescado dos errores veniales. Y retó a los lectores a que los localizaran. Yo, que me precio de leer con mente reflexiva, me dispuse a la faena de buceo, armado de lápiz y ánimo alerta. Mi cosecha, por cierto, resultó mayor que la de Santamaría, aunque también insignificante. Esto pone de relieve la pureza del texto, como es apenas obvio que ocurra con este maestro de la palabra y el rigor gramatical, y con una editorial de tanto renombre como Norma.

El primer gazapo, pequeñito como un conejo inofensivo, atribuible al editor, se ha repetido en cuanto texto bibliográfico o histórico se ha escrito sobre el autor y se refiere a su edad. Al comienzo de la obra figura como nacido en 1928, pero el año verdadero es 1927, como se aclaró en años pasados. Para despejar el equívoco, el escritor afirma en sus recuerdos: “Ahora, con más de setenta y cinco años bien medidos” (página 11). “Fue así y allí donde nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927” (página 76).

Veamos otras nimiedades, para responder al reto de Santamaría. En la frase: “Masticando bolas de coca para entretener a la vida” (página 12), sobra la preposición “a”, por no referirse a nombre de persona, de animal o de cosa personificada. Donde se escribe: “El petrolero Taralite, de bandera canadiense que entró con bramidos de júbilo” (página 169), falta una coma después de la palabra “canadiense”.¿Será demasiado rigor volver “oligarcas” a los “aligarcas” de la página 251?

Gabo, por las inevitables nebulosas que produce el paso del tiempo, de seguro ha olvidado el nombre exacto de algunas personas que cruzaron por su vida. El padre Eduardo Núñez, a quien en la página 194 evoca como su profesor erudito, y sobre quien dice que nunca supo si terminó una historia monumental de la literatura colombiana, es en realidad José Aristides Núñez Segura, sacerdote jesuita nacido en Duitama en 1908 y autor de la extensa Literatura colombiana (y de otras literaturas publicadas).

En la página 390 menciona al “general Ernesto Polanía Puyo”, que penetró con porte de caballero a la casa de El Universal en Cartagena, durante los oscuros años de la censura de prensa impuesta por Rojas Pinilla. El texto deja claro que se trata del mismo glorioso militar que años después sería el primer comandante del batallón Colombia en la guerra de Corea, declarado héroe por sus acciones intrépidas (agrego yo), pero su nombre no es Ernesto sino Jaime. Como glosa final, anoto que el libro, como fuente que es de consulta histórica y literaria, ha debido poseer índices onomástico y toponímico. No incluyo algunos deslices históricos, como los mencionados por Carlos Lemos Simmonds en el ensayo aparecido en Lecturas Dominicales de El Tiempo.

Vivir para contarla, que pretendía ser el relato de una estirpe enmarcada en los contornos mágicos de Macondo, abarcó la historia de Colombia en el siglo XX, época convulsionada por la violencia, la guerra  encarnizada entre conservadores y liberales, la masacre de las bananeras, la hecatombe del 9 de abril y varios cuadros más de odio y destrucción. El inocente habitante de Aracataca, víctima de esta atmósfera brutal, comenzó a escribir sus cuentos y novelas bajo el fragor de las contiendas y los gérmenes fratricidas, y más tarde amplió sus horizontes como reportero y cronista magistral.

Las generaciones de su propio linaje, que nacen, mueren y se extinguen en Cien años de soledad, representan a todo el pueblo colombiano, y en general a la especie humana, como personajes de la tragedia del hombre. Contarnos ahora cómo surgieron sus primeras inquietudes de escritor, cómo sufrió y luchó por la conquista de sus ideales y cómo fabricó su mundo iluminado por el realismo mágico, es llevarnos a territorios de sortilegio.

Y no es sólo lo que cuenta, sino la manera como lo cuenta. El poeta que duerme en sus entrañas y que comenzó a revelarse en sus iniciales escarceos como alumno del Liceo Nacional de Zipaquirá, dibujado o desdibujado por sus bigotes insurgentes y su melena insólita, es el mismo poeta que forjó esta obra  que ha prendido entusiasmo en los países de habla española. La definición de Carlos Fuentes es precisa: “Gabriel posee una memoria poética fabulosa”.

El libro es también un homenaje a la amistad. Recuento emotivo de los numerosos amigos y repaso de anécdotas fascinantes. Además, un canto al amor, así sea el amor furtivo de Nigromanta, enturbiado por los lances de la traición y el arrebato sexual, pero representativo de todos los amoríos y todos los enredos de la juventud errátil. Las mujeres fugaces que figuran en las páginas sazonadas con gotas de erotismo, son las mismas mujeres que protagonizan hechos excitantes o rudos en el universo macondiano. Las memorias, en fin, son la vida.

Después llegará Mercedes Barcha, el amor eterno, a quien el escritor deja sentada y expectante en el portal de su casa, lejana y presente al mismo tiempo, como una esperanza posible. Las dotes del novelista ejecutan este suspenso abrupto para que el lector piense en el más allá, en un futuro de sorpresas y hallazgos, a lo largo de los cuarenta y cinco años que Gabo nos quedó debiendo de sus  vivencias. Siempre he creído que lo inconcluso, como lo imperfecto, significa una frustración, hasta que se arme la obra completa.

El Espectador, Bogotá, 31 de octubre de 2002.
Eje 21, Manizales, 19 de abril de 2020.

 * * *

Comentarios:

Excelente nota. Es una escanografía a las “amnesias” de Gabito. Alpher Rojas, Bogotá.

Me quito el sombrero y te hago todas las venias y me asusto de los errores que cometo al escribir, sabiendo que tengo un “buzo” de tal calibre. Pero más que buzo diría que implacable cazador de tiburones. Colombia Páez, Miami.

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Código del amor

martes, 27 de octubre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Sabía usted que tenemos un código del amor? Colombia es país de códigos. Desde el comienzo de los siglos el amor se ha expresado en las formas más diversas y ha permanecido, al decir de Carrel, como “el único cemento sólido para unir a los hombres”. En sentido contrario, la falta de amor destruye a los pueblos y arruina el alma.

Siendo el amor tan antiguo como la misma humanidad, es eterno como el hombre. Alguien podría argumentar que el hombre es perecedero, pero la verdad es que el universo no sucumbe por la desaparición de un individuo, ni de millones de individuos, porque Dios creó el mundo con alma inmortal. En ella es donde reside el amor. Los artistas y escritores de todos los tiempos se han dedicado a buscar las fuentes del amor. El escritor Vicente Pérez Silva saca del misterio una preciosa obra escrita en el siglo XIX, en verso y prosa, titulada Código del amor. Hablo de misterio, ya que el autor de dicho código quedó cubierto por el anonimato.

Al autor no le interesó difundir su nombre, y en cambio le rindió tributo a la más antigua pasión del ser humano: el amor. Sobre dicho sentimiento se han escrito páginas infinitas, sin que se hayan agotado los manantiales que brotan de esta fuente inextinguible. Siendo el amor la justificación de la vida, faltan palabras, partituras y obras de arte para manifestar el asombro del hombre frente a esa hada portentosa. Incluso el odio, la guerra o el dolor pueden desvanecerse al inyectarles unas gotas de amor.

El Cantar de los cantares, libro atribuido a Salomón, es una bella alegoría que interpreta el amor de Dios y el alma justa. En el mismo género místico se sitúa la madre Francisca Josefa del Castillo, cuya obra lírica construye un puente amoroso con la divinidad, luego de sus inquietas experiencias mundanas. Juan Ruiz, arcipreste de Hita, escribió en la Edad Media el Libro de buen amor, obra maestra que narra las aventuras amorosas del mester de clerecía, en versos salpicados de humor y sátira. Otro clérigo español y luego cortesano, Cristóbal de Castillejo, es autor del Sermón de amores, valiosa obra en el campo festivo y satírico, que según  Vicente Pérez Silva es “una mezcla extraña de devoción y lubricidad”.

La Celestina y El Quijote glorificaron en las letras castellanas los romances inmortales. Y como de amor también se muere, Los sufrimientos del joven Werther, obra de Goethe, representa la tragedia de un amigo suyo que se suicida por amor y simboliza la propia desgracia del escritor en su pasión por Carlota Buff. María, de Isaacs, en nada difiere de Beatriz y Laura en el campo de los amores platónicos.

Comenta Pérez Silva que en sus años estudiantiles leyó con gran deleite La gramática del amor, del poeta y novelista Ruso Iván Bunin, libro que contiene una serie de cuentos apasionantes, el primero de los cuales le dio título a dicha publicación. Esta lectura le despertó el ansia de adquirir un libro que, con el mismo título del cuento de Bunin, parecía existir en alguna parte. Al cabo de los años cayó en sus manos un ejemplar del Código del amor, libro pequeñito y parecido a un diccionario, en el que no figuran ni el nombre del autor ni la fecha de la edición. Sólo aparece esta leyenda: “París. Librería e Imprenta de la Vda. de Ch. Bourret”.

Guardián de esta joya literaria de autor anónimo, Pérez Silva contó con la acogida de Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez, firma que ha vuelto a impimir el libro en hermosa edición, conservando su tamaño original de breviario. Por supuesto que es un código, como tanto código que abunda en nuestro país. Pero éste tiene aroma y esencia diferentes. Y entra en el género de los libros raros y curiosos.

El Espectador, Bogotá, 11 de septiembre de 2003.
Revista Aristos Internacional, n.° 19, España, mayo de 2019.
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